Domingo, 16 de mayo de 1999 EL MUNDO periodico


Orania, un reducto del «apartheid» en el desierto sudafricano

Un grupo de 600 afrikáners convive en una localidad exclusiva para blancos y regida por sus propias normas racistas

NICOLE MORDANT

Reuters/EL MUNDO

ORANIA (SUDAFRICA).- Una estatua de bronce en honor del arquitecto del apartheid despunta sobre un desolado risco en medio del desierto, desde donde contempla el gastado poblado, azotado por el viento, que se ha convertido en el último reducto de su sueño.

En ese lugar, bajo un sol de otoño, un puñado de sus descendientes trabaja duro para intentar cincelar de este pétreo suelo un oasis exclusivo para blancos. Sueñan con que este polvoriento enclave se convierta en la semilla de la que germine un fértil suelo patrio independiente en el que los afrikáners blancos progresen, y donde mantengan viva la visión racialmente segregacionista de Hendrik Verwoerd, el anterior primer ministro sudafricano.

Esto es Orania, ubicado a 900 kilómetros al norte de Ciudad del Cabo, en la remota provincia de Northern Cape. Una ciudad granjera blanca, de propiedad privada, y que ha dado la espalda a la nueva democracia.

La visión de Verwoerd, al igual que la figura esculpida que tanto les gusta mostrar a los residentes, se ha convertido en una parodia del pasado. El otrora poderoso líder blanco, que hace 35 años quiso confinar a la mayoría negra sudafricana a una serie de pequeños reductos infértiles y mantener blanco y puro el 87% de las mejores tierras, ha quedado inmortalizado como un enano de un metro.

La creación de Orania

«Soy muy feliz viviendo aquí, es bastante seguro y eso es muy importante para mí... Tengo mi gente, mis hijos y mis nietos», dice, a sus 97 años, Betsie, la arrugada viuda de Verwoerd, sentada en una silla de ruedas en el interior de su casa prefabricada, llena de rosas y recuerdos de su marido.

Tannie (Tía) Betsie se mudó a Orania en 1992, un año después de que un grupo de derechistas compraran al Gobierno, por 1,5 millones de rand (unos 37 millones de pesetas), una ciudad edificada con motivo de la construcción de una presa, una ciudad que declararon de propiedad privada, lo que significa que los 600 habitantes de Orania tienden a crear sus propias normas.

Un comité se encarga de investigar a los potenciales residentes. Los negros pueden realizar compras o hacer repartos pero no pueden trabajar o pasar la noche en la localidad. «No le tengo demasiado cariño al lugar», reconoce Darrell Vaalmark, un vendedor mestizo, tras describir cómo un residente de Orania le llamó «kaffir», mientras intentaba obtener clientes en la localidad. Kaffir es un término peyorativo para designar a los negros y que está prohibido utilizar hoy día. Vaalmark, el cual tiene permiso para vender sus productos al supermercado en las afueras de Orania, afirma que un corpulento hombre blanco, vestido con pantalones y botas de combate, amenazó con pegarle un tiro si regresaba.

Durante los últimos ocho años, desde que arribaron los primeros residentes y se mudaron a los destartalados chalés prefabricados de la época de la construcción hidráulica, Orania ha crecido hasta contar con dos escuelas -una de ellas con su propio sistema educativo informatizado-, un hospital, una estación de servicio, un supermercado, una carnicería, un museo, un hotel y un cámping. Un edificio con un campanario sirve como iglesia para esta comunidad profundamente calvinista, cuyos miembros piensan que obtendrán su volkstaat (patria en afrikaans), si Dios así lo quiere.

Las banderas del volkstaat de vivos colores, una amalgama de los pendones de las repúblicas afrikáner bóer del siglo pasado, ondean en este árido rincón donde sólo dos partidos políticos de derechas han realizado una campaña electoral previa a las segundas elecciones democráticas previstas para el próximo 2 de junio.

Sus habitantes afrikáners blancos proceden de distintas partes de Sudáfrica; piensan que han perdido sus derechos tras convertirse en un grupo minoritario dentro de una nación de mayoría negra. Ven el comienzo de una nueva vida en este ordenado pueblecito al lado de los secos márgenes del río Orange, el cual da nombre a Orania y es la arteria vital de la actividad agrícola de la localidad. Una granja láctea con 300 vacas y gestionada por ordenadores es el orgullo del pueblo. También se cultivan maíz, nueces y melones.

Todo el trabajo lo realizan los residentes blancos, bajo la creencia de que el duro trabajo les traerá la libertad. Arguyen que los afrikáners perdieron el poder en Sudáfrica tras hacerse dependientes de la mano de obra negra. Desde 1994, Sudafrica está gobernada por el Congreso Nacional Africano.

«Hemos perdido todo»

«Somos una gente extremadamente independiente y tal vez un poco difíciles por nuestra actitud hacia otros grupos. Hemos perdido todo, nuestra nación, nuestras escuelas, incluso nuestro idioma se encuentra en peligro», afirma Andreas du Plessis, un periodista convertido en promotor de Orania.

Los residentes se quejan de que la prensa ha sido injusta con la comunidad, que en sus ocho años de existencia sólo ha logrado atraer un modesto número de los 2,5 millones de afrikáners blancos que se calcula existen en el país.

Orania posee significados distintos para distintas personas. Según Anna Boshoff, la presencia de Tannie Betsie -su madre- significa mucho para los residentes de Orania, donde unos enormes carteles en blanco y naranja, a lo largo de sus amplias aceras, les recuerda la obligación de pensar y hablar en afrikaans. «Betsy es el símbolo de la libertad afrikáner», asegura Boshoff, directora de uno de los colegios, para reconocer, a continuación, que existen racistas en la ciudad.

Ya en su sesentena, Boshoff guarda un asombroso parecido con su padre, el cual en 1966 fue asesinado por un enajenado en el Parlamento para blancos de Sudáfrica, y cuyo sistema de apartheid envió al presidente Nelson Mandela a la cárcel de por vida. Para Boshoff, Orania representa un lugar donde puede sobrevivir su exclusiva versión del afrikanismo.


Sin paro, sin problemas y sin comisaría

La ciudad de Orania ha atraído a cierto número de personas sólo por cuestiones prácticas, como puede ser la cuestión laboral.

Gys Olivier, el dueño del supermercado de la localidad, dice que él y su familia se mudaron de Pretoria a Orania después de que fuera reasignado a otro trabajo de su puesto como físico en una instalación nuclear.

La política de acción afirmativa ha supuesto para los blancos, que en el pasado tenían su puesto de trabajo literalmente garantizado, que la búsqueda de trabajo les resulte más difícil o que estén siendo jubilados anticipadamente para dar cabida a los aspirantes negros. «Creo que el problema de obtener trabajo es un motivo mucho más específico del por qué viene aquí la gente», afirma Christiaan van der Merwe, un abogado recién licenciado también procedente de Pretoria.

Otros arguyen que ha sido para escapar de la ola de crímenes en Sudáfrica. Sin apenas crímenes, Orania no tiene siquiera una comisaría, y, a diferencia del resto del país, sus casas casi no tienen barrotes y alarmas antirrobo.


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