Tren Parlamentario

Calibre 9 milímetros luck plástica

por vicente bello

El índice extendido, y el empavonado cañón apuntando al cielo. ¿Escuadra 38 especial? ¿45? ¿9 milímetros? Un guardia de seguridad de San Lázaro resorteaba el arma para asegurar que ningún cartucho quedase en la recámara. Se la habían arrancado, abajo del cinto, a un sujeto con pinta de mascafierros que hacía unos minutos había accionado múltiples veces una cámara fotográfica digital sobre los rostros de ex azucareros, que iban ya para las 48 horas de pernoctar en el interior de la Cámara de Diputados.
Miércoles 10. Octubre del 2001. Eran las cuatro y pico de la tarde y los campesinos se arremolinaban en el patio central. Tenía rato que se congregaban en asambleas, en aquella explanada bordada de jardineras y rematada con una gran fuente. Repentinamente gritos encresparon el ánimo de por sí rasposo de los cañeros. Lleva un cuete agárrenlo.
El trajeado había vuelto a aparecer entre los corrillos de los cañeros, igual que el día anterior. Accionaba una cámara fotográfica de lámina blanca, resplandeciente. ¿Por qué nos tomas fotos, güey?, preguntaba un cañero flaco, nervudo y renegrido, sellado por el Sol del trópico veracruzano.
Se escamaba el trajeado. Y más cuando otro cañero le espetó: Trais cuete, cabrón En el accionar de su cámara fotográfica el saco se había desdoblado y la visión de las cachas negras de una pistola escaparon de la cintura hasta ser atrapadas por los ojos de uno, dos y luego tres campesinos ahí en plantón.
El trajeado se hacía el desentendido. Pero otros cañeros habían alertado a los guardias de seguridad. Y hacia él se fueron éstos, y entonces descubrieron que otro le acompañaba.
Los corrillos estallaron con el movimiento y se convirtieron en un tumulto. Las miradas de todos los que ahí estaban se clavaron en un sujeto de veintitantos años, trajeado, con el pelo en casquete pelón, piel blanca, ojo güero, fornido, que tomaba fotografías por aquí y por allá. Y en otro, también fornido, de piel blanca.
Quítale la pistola, otro grito barbotó del tumulto de sombrerudos. Entonces, a aquel trajeado le flanquearon una decena de guardias de San Lázaro y, sometido de los brazos, le trasladaron hacia la Dirección de Seguridad, en el sótano.
En el camino le encontraban la cámara fotográfica. Pero un sombrerudo aseguraba que el cuete ahí lo llevaba. ¿Quién? Y el cañero enronquecido señalaba al del portafolios.
Fueron hasta una esquina del patio. Flanquearon a los dos y doblaron hacia la salida norte, envueltos por los cañeros. Rodearon el edificio donde permanece el restaurante, bajaron escalones para dar vuelta por la entrada norte del estacionamiento y llegar a la Dirección de Seguridad.
No se la habían encontrado, incluso cuando dos cañeros lanzaban como dardos su afirmación: Trai un ´cuete, que no se haga pendejo.
Un último forcejeo en el descanso de una escalinata y entonces el cañón cortaba el aire del Palacio Legislativo. Se la habían arrancado literalmente de los calzones, por la espalda baja.
Ya ni chistó el detenido. Fue conducido rápidamente a la Dirección de Seguridad de San Lázaro. Los ex azucareros volvieron a los corrillos y no pudieron evitar la suposición de que detrás del pistolero aquel está el siniestro Enrique Ramos, ese gangster que hoy cobra como diputado federal del PRI y que no quiere responder adónde se fueron los 13 fideicomisos que, juntos, sumaron un ahorro por 700 millones de pesos, descontado por años a trabajadores del sindicato azucarero.
El atardecer. Los sombrerudos, provenientes de Veracruz, Puebla y Morelos, ya tenían la promesa de que Beatriz Paredes, diputada priista que preside la Mesa Directiva, intercedería para que el encuentro con Ramos se diera. Y también la fecha: que el miércoles próximo a más tardar. A Ramos no se le ha visto en San Lázaro, ni para remedio, desde el martes. Ya tarde no había sido localizado ni por los diputados miembros de la Comisión Especial de la Agroindustria Azucarero de México de la Cámara de Diputados, a la que también pertenece.
Seis de la tarde. Batía la atmósfera de San Lázaro el aleteo del rumor.
Que el detenido no iba solo, sino acompañado por otro, se confirmaba. Que uno respondía al nombre de Salvador Gerson, de nacionalidad israelí y ex miembro del Ejército de Israel.
El otro, que no habla el castellano, también ex militar de aquel país y de nombre Sar Ben-Zui.
Seis y minutos. En la sala de prensa ya unos reporteros de radio transmitían que la Procuraduría General de la República en camino venía, para la interrogada.
Del pasillerío barbotaba ya el otro rumor: que en el portafolios el detenido cargaba una granada de mano.
Terreno abonado para el rumor, la Cámara de Diputados en el anochecer concentraba la atención de los reporteros en torno de la puerta de la Dirección de Seguridad. Información oficial en voz de Ignacio Cabrera, asesor de prensa de Beatriz Paredes, decía a las siete y minutos de la tarde que los dos detenidos aguardaban en espera de elementos de la PGR que los conducirían al Ministerio Público Federal, y que habían confesado pertenecer a la Compañía de Desarrollo de Sistemas de Seguridad Privada.
Salvador Ansaldo Trápaga, el empleado de Seguridad de la Cámara de Diputados que desarmó al israelí , dijo entonces a Tren Parlamentario: era una escuadra 9 milímetros luck plástica, de las modernas, indetectables por los arcos electrónicos.
A Salvador Gerson, a quien se le desarmó, también se le decomisaron tres cargadores repletos.
¿Qué cargaba en el portafolios? No era una granada de mano, como se había esparcido, sino un encendedor. Pero sí llevaban cables y segmentos de tubo. En corto, guardias de seguridad presumieron ante cañeros que son utensilios para fabricar explosivos.
Un reportero de pronto aparecía con la supuesta declaración del jefe de los detenidos, un directivo de la Compañía de Seguridad Privada. Que en realidad se trató de una confusión, pues los detenidos vacacionaban y que por eso tomaban fotografías.
Otros reporteros de inmediato atajaron: que no mamen: ¿vacacionaban en la Cámara, con una pistola y tomando close-up a las caras de los cañeros?
Ya noche, entre los cañeros el pensamiento aquel seguía taladrándoles el cerebro: Enrique Ramos es capaz de todo Sesión hoy.