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César Astudillo

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yo, yo y yo

la cabina A

Nunca me he interesado por la Física, ni me he esforzado en comprender sus principios. Eso sí, siempre me ha gustado viajar. Me gusta viajar porque el hecho de estar en un lugar distinto me hace sentirme otra persona. Y ser varias personas me gusta.

Pero al leer el anuncio, sentí que mi interés por la Física crecía hasta alcanzar una gran magnitud. Les diré, incluso, cuál era la magnitud: diez elevado a la potencia de nueve. Sí, mil millones de pesetas ofrecían por prestarse al primer experimento de teletransporte humano. Por prestarme a hacer un corto viaje de veinte metros en un mazo de fibras ópticas, podría pasarme el resto de mi vida viajando en transatlántico. Y sólo con los intereses.

Fui elegido de entre muchos voluntarios. Era extraño: siempre he sido un torpe con los tests de lógica. A saber lo mal que lo habrían hecho los otros.

Corría algun riesgo, sí. No sé qué me dijeron de tasas de error de transmisión y protocolos de corrección, o algo por el estilo. El caso es que ya se había probado con éxito en monos, con resultados impecables. Lo que me acabó de convencer fue cuando me explicaron que corría el mismo riesgo de no ser correctamente transmitido (esto es, morir) que el peligro que corría de ser abatido por un meteorito en los próximos dos segundos.

"Es mucho más complicado, desde luego", me decían, "pero viene a ser como sigue: Usted entra en la cabina A. Este escáner registra la posición y momento cinético de cada partícula que se encuentre en la cabina, lo cual le incluye a usted. La información viaja por este mazo de fibras ópticas, y aquí es donde llegamos a la cabina B. Sígame, está en esta otra habitación.

"Aquí llega la información. De este tanque de helio líquido se toman partículas, que pasan por el acelerador —¿ve? ese dónut de ahí— y se van depositando en la cabina B, donde se ha hecho el vacío, con la misma posición y momento cinético. Voilà: usted ya está en la cabina B. No le abrumaré con los detalles: el departamento psicólogico sugiere que un benigno grado de ignorancia le ahorrará ansiedad innecesaria".

Bueno, y aquí estoy. Hay cámaras por todas partes, y siento más timidez que miedo. Saludo, hago una broma. La gente se ríe. Me meto en la cabina A. Cierro la puerta. No hay niebla, ni rayos extraños que surquen el interior. No siento nada especial. Al otro lado de la puerta oigo: Síganme, caballeros. Esperemos la llegada del viajero. Siento cómo la sala se vacía y me dejan solo. Suena un zumbido muy suave.

El zumbido ha cesado. No ha ocurrido nada. Sigo en la cabina A. Qué extraño. Bueno, yo me encuentro perfectamente. Ahora me pagarán de todas formas, el contrato lo decía. El zumbido ha cesado. No ha ocurrido nada. Sigo en la... No, un momento. Estoy en la cabina B. Bueno, yo me encuentro perfectamente. Ahora me pagarán, el contrato lo decía.
Abro la puerta. Hay un técnico al otro lado. Oigo unos aplausos a lo lejos. Abro la puerta. Hay un técnico al otro lado. Oigo aplausos.
-Supongo que todo ha ido mal -digo con aire despreocupado. -Supongo que todo ha ido bien -digo con aire despreocupado.
-En absoluto, el experimento ha sido un auténtico éxito, créame -dice el técnico sonriendo. -Desde luego, el experimento ha sido un auténtico éxito, créame -dice el técnico sonriendo.
-Dios, no me apunte con eso. ¡No me apunte con eso, joder! -Dios, esto es increíble. ¡Esto es increíble, joder!

¡ B A N G !

  —Qué ha sido eso?
  —Supongo que algo que se

ha caído.

  —Sonaba como un disparo.
  —No sea macabro. Ande, salude a su público. Es usted un héroe.
  —Vamos, diga unas palabras.

—Me ha gustado el viaje. (risas). Me gusta viajar porque... bueno, porque, ¿saben? el hecho de estar en un lugar distinto me hace, no sé, sentirme otra persona. Eso es, y hoy... no sé, me siento un hombre nuevo. Es más que nunca como si fuera otro.

Hubo muchos aplausos. Realmente me siento otro. Pero les diré una cosa: no tiene nada que ver con el experimento. Tiene que ver con que antes no tenía diez elevado a nueve pesetas, y ahora sí las tengo.

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