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   Edición del día Viernes 31 de Agosto de 2001
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polémica. Guacurarí nunca se escribió con cedilla porque este signo no existía en la escritura española
Nuestra historia posjesuítica y el apellido de Andresito

Preocupado por las distintas maneras en que se escribe e interpreta el nombre del cacique, el ingeniero Larguía propone hechar luz sobre el tema

Posadas. uando los españoles en el siglo XVI comenzaron a incursionar entre los guaraníes, estos usaban nombres propios. Así, por ejemplo, leemos que en el viaje a pie de Alvar Nuñez desde Santa Catalina hasta Asunción, su comitiva, después de trepar durante 19 días las sierras sin encontrar alma alguna y habiendo ya consumido todos sus víveres, por fin llegó al Planalto donde según palabras del escribano relator "Plugo a Dios que sin perder ninguna persona de la hueste descubrieron las principales poblaciones que dicen del Campo, donde hallaron ciertos lugares de indios, que el señor y principal que había por nombre Cipoyay y delante de este pueblo, estaba otro pueblo de indios cuyo señor y principal dijo llamarse Tocanguazú...." 
No sabemos si los guaraníes elegían sus nombres como ciertas etnias de América del Norte, o si se los asignaban sus padres, pero sí hay evidencias que se nombraban con una sola palabra.
Posteriormente, cuando los jesuitas conseguían captar un grupo para evangelizarlo, previa negociación con el mburuvicha (en castellano, cacique), a quien obsequiaban las cuñas (hachas de hierro), los indios adultos al aceptar el bautismo, convertían su nombre original en apellido y se les adicionaba un nombre español.
El padre Roque González en 1620, en la fundación de Nuestra Señora de la Concepción, bautizó al cacique Ñeenguirú, poniéndole por nombre Nicolás y al cacique Niezá, con el nombre de Diego.
El indio evangelizado, que denominamos guaraní misionero, adquiría así carta de identidad, diferenciándose de los que no llegaron a integrarse al proceso de las Misiones jesuíticas. El apellido paterno se transmitía a la descendencia y en el bautismo, los progenitores elegían nombres en español para sus hijos. Cuando los párvulos eran de padre desconocido, se inscribían en los libros de bautismo con el apellido de la madre.
Es así que algunos apellidos de guaraníes misioneros, se rastrean documentalmente hasta diez generaciones, tal el caso de los Chapay. La genealogía de Blas Chapay, corregidor de Corpus cuyos descendientes abundan en la región, fue investigada por el profesor Jorge Machón, quien facilitó una copia del árbol genealógico al actual comisionado interventor de la Municipalidad de Loreto, Corrientes, don Jorge Chapay.
Con esto queremos explicar que carece de sustento la pretensión de encontrar un significado semántico a apellidos de los guaraníes misioneros posjesuíticos, como sucede con el caso de Andrés Guacurarí.
Más aún si se divaga cuando se quiere asociar el supuesto significado atribuido al apellido con atributos personales de quien lo portaba, puesto que el apellido lo lleva desde su nacimiento como todos nosotros. Y no por apellidarse Alegre, una persona deba destacarse contando chistes.
Además, Andresito no fue el único Guacurarí en la época de sus campañas en Misiones. En efecto: hubo otros del mismo apellido que pudieron ser hermanos o tíos. Nunca el suyo se escribió con cedilla, ni tampoco se usaba la cedilla en la escritura española de aquella época.
El historiador riograndense Julio Quevedo Santos, transcribió 497 apellidos familiares de guaraníes misioneros de los pueblos orientales, quienes se mudaron a los dominios de Portugal en el siglo XVII, a consecuencia del Tratado de Permuta.
De modo que Andrés Guacurarí, nacido en San Francisco de Borja mucho antes de 1801, educado en las letras españolas, no tenía por qué usar esa letra; de hecho, nunca lo hizo. Su firma luce claramente Guacurarí en los documentos que van saliendo a la luz en los últimos años.
La historia de esta región después de 1768 se conoce poco y mal. Es que al ser expulsados los jesuitas, no encontraron más unidad ni continuidad en los documentos en los que se puede estudiar.
El proceso se dispersa en oficios de distintos orígenes y motivaciones políticas, que se encuentran (o desencuentran) en distintos repositorios. Así se da el caso frecuente de que el curioso por el rescate de algún hecho del pasado, partiendo de una información parcial, toma el camino equivocado. Otros que vienen detrás, siguen copiando el error. Falta que todos cometemos, pero lo bueno es que siempre hay oportunidades para corregir y ajustarnos a lo real, desglosando los elementos que provienen del imaginario.

Alejandro Larguía 
Ingeniero agrónomo, escritor e historiador. Miembro de la Junta de Estudios Históricos de Misiones

 

 


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