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julio - agosto 2000
Nº 67/68



Suplemento especial
Cuentos iberoamericanos

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entrevista

Laura Restrepo
MIHÁLY DÉS

Escritora, periodista, ex guerrillera, la colombiana Laura Restrepo (Bogotá, 1950) fue nombrada por el presidente Belisario Betancur miembro de la comisión negociadora de paz entre el gobierno y la guerrilla M-19. Fruto de esta experiencia es su reportaje Historia de un entusiasmo, sobrecogedor testimonio por el que recibió amenazas de muerte y finalmente tuvo que emigrar de su país. Hace cinco años que vive de la literatura, desde donde sigue comprometida con la tremenda realidad colombiana. Ha publicado La isla de la pasión, El leopardo al sol, Dulce compañía (Premio Sor Juana Inés de la Cruz y Prix France Culture) y La novia oscura (Anagrama), su última novela, donde las prostitutas tienen la palabra.


Siento no empezar con una pregunta literaria, pero me intriga realmente, y sus obras corroboran mi perplejidad, ¿cómo es la vida cotidiana, las relaciones humanas, cómo es posible vivir en ese permanente estado de excepción, de situación límite que es Colombia?

En medio de la adversidad, las relaciones humanas se intensifican. Que tus amigos sobrevivan teniendo tantos enterrados es un milagro. Celebrar la vida se convierte en una fiesta. En un lugar donde la vida está tan amenazada, cobra un brillo particular el hecho de bailar, conversar, leer, disfrutar de tus hijos, ver que crecen, que no te los matan antes de que te maten a ti. Hoy en día los colombianos nos sentiríamos muy felices con sólo saber que nuestros hijos morirán después de nosotros. Esto que parecería ser un patrón elemental de la naturaleza es lo primero que se altera en situaciones límites como la nuestra: quienes matan son jóvenes y a quienes matan son básicamente a jóvenes.

 

Las situaciones límite parecen favorecer también la cultura o, al menos, despiertan la sed por ella.

La cultura se convierte en una de esas bolsas de aire que mantienen al margen la guerra. Mencionaría un festival de poesía que organizan en Medellín, donde el año pasado invitaron, entre otros, al alemán Enzensberger, quien luego declaró a los medios que en ninguna parte del mundo había tenido audiencias de dos mil y tres mil personas como las que tuvo en Colombia.

 

Esta vitalidad cultural es un gran consuelo o escape, pero nadie les quita el horror de cada día. ¿Cómo Colombia ha caído tan bajo? ¿Qué ha pasado?

Cuando hablas con gente de otros países, en particular europeos, y no digamos norteamericanos, te da la sensación de que te miran como si fueras un fantasma llegado del pasado, como si todos los problemas nuestros se debieran a que somos gente que se quedó atrás en el tiempo. Pero nosotros nos sentimos mucho más un producto del futuro del propio desarrollo de este primer mundo que del pasado. Lo que reclamaría acá sería: "Mírennos como un espejo de lo que puede llegar a pasar; mírennos como un espejo de lo que todavía están a tiempo de impedir."

Un narcotraficante colombiano, en muchos sentidos, es un señor feudal, un campesino que se enriquece de manera abrumadora, acumula millones de dólares y su sueño, su idea de felicidad es la misma que tenía en la infancia: tener tierra ­por supuesto no se va a vivir a Nueva York ni a París­, quiere ser el dueño de toda la tierra que alcanzaba a abarcar con la mirada cuando era niño. Y de hecho la compra, compra departamentos enteros, y monta unas haciendas-fortaleza absolutamente feudales, donde los campesinos le trabajan la tierra y al mismo tiempo son su ejército privado y los que cometen los crímenes que necesita él para mantener su negocio. En ese sentido, es un señor feudal, absolutamente conservador, moralista, con toda clase de reinas de belleza y divas de la televisión por amantes, pero al mismo tiempo tiene a su esposa e hijos entronizados en un altar hasta el punto que, generalmente, a todos los que han matado, lo han hecho en el momento en que iban a visitar a la esposa, a la madre o a los hijos. Por otro lado, ese señor feudal es un poderoso dentro de las transnacionales, mueve su negocio junto con socios capitalistas, banqueros, que pertenecen absolutamente al primer mundo. Su negocio está vinculado a ellos, maneja la tecnología más sofisticada que puedas conseguir en materia de armas, en términos de comunicaciones, espionaje, computadoras... Allí el pasado desaparece y estás vinculado a la globalización, a todos los excesos del capital, a una apetencia de consumo absolutamente desbordada.

 

Esto suena a ciencia ficción.

Si usted me pide una imagen visual de cómo veo a Colombia, le diría que como Mad Max. Nos sentimos una sociedad postatómica, no una sociedad feudal.

 

Debe de haber también un terrible choque cultural entre los valores del pasado y los de ese futuro de Mad Max que se encarnan en el narcotraficante.

El narcotraficante sale del pueblo, pero quiere ser feliz como es feliz un señor ejecutivo de cualquier parte del primer mundo. Es el ideal individualista, hedonista, de bienestar, de consumo, de tener su casa llena de electrodomésticos, automóviles último modelo, y eso multiplíquelo por miles de millones de dólares.

 

Parece que el dinero ha pasado a ser un valor fundamental en Colombia.

Nosotros venimos, hace bastante poco, diez años atrás, de un mundo donde el dinero era inmencionable. Y es una herencia hispánica, tipo Lazarillo de Tormes: poner piedras en la olla para que no se note que no hay con qué comprar la sopa. Le puedo decir que en mi casa, mientras mi padre estuvo vivo no se podía mencionar el dinero porque era considerado de la peor educación. El dinero es indigno. Que alguien diga cuánto cuesta un coche allá es considerado un acto absolutamente mafioso. Si contratas a un carpintero para que te haga una biblioteca en casa y le preguntas cuánto le debes, te dice "lo que quiera, señora", considera de pésima educación cobrarte. Ésa es la mentalidad del colombiano.

 

Igual que en la cultura estadounidense, donde las cosas se dignifcan con su precio: tengo una camisa de cincuenta dólares.

Y esa camisa que vale cincuenta dólares de pronto empieza a ser el dios. El narcotráfico es el gran reconocimiento a la importancia del valor de las cosas. Mi novela El leopardo al sol, en realidad significó mucho más que averiguar sobre los orígenes de la mafia, una investigación de once años. Lo apasionante para mí fue ver qué pasa cuando el dinero irrumpe de esa forma en una sociedad que ha pretendido desconocerlo durante tanto tiempo y donde el valor no ha sido parámetro de felicidad. Los mafiosos sacan a bancos extranjeros lo que pueden y el resto lo mantienen en sótanos, es la imagen de dólares que se pudren en sótanos en un país muerto de hambre que ya apunta hacia la alucinación.

 

Además, la tentación...

Quedan pocos motivos para pensar que la vida es mejor que la muerte. No lo digo como figura poética, la juventud que está creciendo en Colombia, llena de vitalidad, inteligencia, tan deseosa de vivir, de algún tipo de reconocimiento, de afianzamiento en este planeta, de golpe no encuentra que la vida sea la mejor vía para hacerlo y encuentra en la muerte caminos mucho más fructíferos. Es una inversión de los parámetros más elementales de la civilización.

Destrucción y autodestrucción, esa cadena tremenda que implica meterse en Colombia en la delincuencia común, la guerrilla, el sicariato, lo que llaman los traquetos, adolescentes asesinos de la mafia...

 

Pero esos jóvenes, ¿realmente saben y aceptan que van a morir?

Lo asumen, como acto cultural. Hace años escribí un artículo titulado "La cultura de la muerte" que dio la vuelta al mundo porque ponía al descubierto algo que no sabíamos ni siquiera en nuestro propio país. Veníamos de una racha de magnicidios tremendos, habían asesinado a tres candidatos presidenciales, a un director de periódico, cuanta figura aparecía la asesinaban. Nadie sabía quién estaba asesinando a estos personajes dondequiera que estuvieran, en un avión, en su casa, escondidos. El descubrimiento fue que eran muchachitos de doce y trece años los que estaban asesinando en Colombia, gracias a un amigo muy querido que se llama Alonso Salazar, a quien hay que reconocer el mérito.

Alonso vivía en los barrios más marginales de Medellín, lo que llaman los barrios de la comuna nororiental. Medellín queda en un valle y hay unas laderas tremendas sobre la montaña, todas pobladas de barrios a los que no sube la policía. La gente siempre está mirando la ciudad pero la ciudad nunca mira hacia allá. Tremendos cinturones de miseria que asedian la ciudad de Medellín, que fueron el territorio donde Pablo Escobar se volvió todopoderoso porque logró manejar aquellas comunas. Este muchacho, Alonso, investigador y científico social, convivía desde hace años, le estoy hablando del año 89-90, en esas comunas con la gente. En determinado momento me puse en contacto con él y me dijo que viniera. Fui a convivir con él un mes en esas comunas, me atreví porque Alonso conocía el terreno y yo pasaba por prima de él. Hay nexos familiares ahí que implican un cierto corredor de respeto a la vida.

 

¿Cómo se relacionó usted con esos jóvenes?

Hablábamos con los muchachitos sicarios que pululaban en esas comunas en los bares, por las noches, bailando. Allí hay un espacio de neutralidad que es el baile: mientras bailas no agredes a tu interlocutor. Bailabas con ellos y te contaban ávidamente su vida, necesitados de que alguien les escuche. Es el primer elemento que te hace pensar que buscan reconocimiento y es una forma de afianzamiento cultural.

Esto que digo yo lo expresaban ellos en términos muy concretos. Primero: todos saben que antes de los dieciséis años estarán muertos. Por ejemplo, la película de Víctor Gaviria Rodrigo D: No futuro fue hecha sobre estos muchachos sicarios de Medellín, con más de catorce actores, de los que sólo hay uno vivo a estas alturas. Los demás, todos muertos, y eso que fueron muchachos que pasaron por el cine, que tuvieron acceso a otras esferas. Pero ese tren de vida no perdona. De La vendedora de rosas, con muchachitas que sobreviven vendiendo rosas, hay tres o cuatro asesinados también. No estoy hablando de escuelas de sicarios, gente especializada en el crimen, sino de muchachos de familias comunes y corrientes de estos barrios populares de Medellín que han encontrado en esta cultura de la muerte una forma de expresión. Ellos saben que los van a matar y se trata de vivir intensamente, a lo James Dean. No como el tradicional latinoamericano chaparrito, mal vestido, pobretón, hablo de una nueva generación de muchachos altotes, buenos mozos, con jeans de marca, zapatos de tenis de triple suela, con su chaqueta de cuero poderosa, motocicleta..., la imagen es otra, con cadenas de oro, anillos. Saben que van a morir y saben que tienen que vivir a toda velocidad. Hay una frase que recuerdo con claridad haber oído a varios: "Si yo me muero, no importa si logro haber dejado una nevera a mi mamá". Dime si no es una forma de expresar algún tipo de perpetuidad, de dejar alguna impronta en la realidad en que vives, dejar una heladera a la mamá.

Víctor Gaviria, que tiene una manera muy peculiar de interpretar esa realidad nuestra, en ese tiempo vivía también en aquellos barrios. Decía que la única ley que se cumple es la de la gravedad: todo va a parar al suelo, empezando por el muerto. Como son barrios en la ladera, cada vez que llueve barre las casas. Víctor me decía: "Mira lo que estos muchachos hacen, de alguna manera repiten la parábola de Cristo. Ellos mueren para que sobre su muerte se pueda construir una nueva cultura." Ellos lo tienen perfectamente asimilado. Se van a morir pero dejan la heladera a la mamá, van a morir pero van a dejar plata para que sus hermanos estudien. Pero no puede salir nada bueno de ello.

 

Y las mamás, ¿también lo saben?

Hay una cierta complicidad de las madres, una cadena bien compleja, es difícil de imaginar por qué las madres son cómplices.

 

¿No sentía usted miedo cuando vivió con estos jóvenes sicarios?

La muerte tiene un grado de energía que tú no puedes desconocer. Eso lo sentí en carne propia cuando estudié allá encaramada. Me pregunta si no me daba miedo. El problema no es ése, el problema es lo que aquello llega a fascinar, la energía que despide y hasta qué punto te cautiva. Es un nivel de intensidad que difícilmente sientes en la vida cotidiana.

Cada banda tiene sus uniformes, la guerrilla tiene sus uniformes, el ritual de las armas. Hay mucho de teatral en aquello también. Es una explicación muy buena para dar cuenta de esa intensidad que crea adicción, estamos acostumbrados a pensar que la muerte es algo indeseable. En países como el mío, lo que uno ve es que la juventud empieza a vivir la muerte como algo deseable, más deseable que la vida, que te aporta más en poesía, en intensidad, al sentido de tu vida. La pelea tremenda y apasionante que se puede dar desde el terreno de la cultura hoy en día es tratar de demostrar lo contrario, que la vida sigue siendo mejor, que no hay civilización que se pueda fundamentar en otra premisa distinta que la vida. Lo que los artistas colombianos tenemos por decir hoy es tan elemental como eso, que la vida es mejor que la muerte.

 

Pero obviamente no resulta fácil. Usted misma fue amenazada de muerte tras su reportaje Historia de un entusiasmo. En La novia oscura refleja otra experiencia distinta: la vida de las prostitutas.

No hay colombiano que no corra peligro, es una forma de vida. Lo que yo hago hoy en día es muy suave, pero estuve amenazada en algún momento cuando tenía una participación activa en la política. Hoy en día no. El tema de las prostitutas es también difícil porque son prostitutas de la zona petrolera y el petróleo ha sido declarado objetivo militar por distintas facciones armadas. Las zonas donde se hizo la investigación para esta novela son ombligos muy serios de la guerra, pero en Colombia el riesgo ya es una forma de vida.

Cuando empecé a escribir este libro no vivía de los derechos de autor. Tenía que buscar trabajos colaterales pero que de alguna manera me sirvieran para acumular información para hacer un libro posteriormente. Como alrededor del petróleo hay esta guerra tan feroz, en determinado momento yo mantuve contacto con directivos de la empresa colombiana de petróleo. Oyéndolos conversar los sentí muy preocupados. Invertían millones de dólares en la seguridad con resultados nulos. Tenían una serie de ingenieros, personas trabajando en el petróleo, que no podían salir de una malla custodiada militarmente, porque si salen de allí, los secuestran, los matan. En un momento dado se me ocurrió, ¿y si yo como periodista hago una investigación que no tenga nada de policial, sino que tenga que ver con el estado de alma de la región? Podría entrar y salir de la malla sin preocuparme. Si entrevisto a los ingenieros, trabajadores, obreros, y por fuera a los guerrilleros, paramilitares, prostitutas, desplazados de la violencia, les hago un gran marco de qué es la felicidad y la infelicidad para esta gente. Estuve trabajando un año. Les presenté un informe largo con cientos de entrevistas y luego de eso viví y acumulé...