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El Portal de Fabio Zerpa

UN HOMBRE LLAMADO...
                                                BURKHARD HEIM

                                                                            

Por CAEFA – Argentina




Cuando Alemania se halla casi vencida y el nazismo presiente la derrota y el fin, Hitler, empinado en su delirante paranoia, estimula a sus huestes con la promesa de terribles armas secretas que volcarán la balanza a su favor. Peenemunde, es el centro de investigación y fabricación de diabólicos ingenios, y aunque el Fuhrer exagera su importancia, lo cierto es que allí se busca desesperadamente el arma salvadora.

La cohetería, bajo la dirección de expertísimos químicos y físicos, pone en ejecución la terrible V-1, y poco después el más preciso V-2 con los cuales inflige incalculables daños a Inglaterra. Peenemunde, cobra un interés vital para el Tercer Reich, y sus necesidades tienen preeminencia absoluta, porque en los resultados de las investigaciones que allí se realizan están cifradas toda esperanza.

La V-1, y V-2, son pálidas muestras de las mortíferas armas que se fabricarán y a ellas alude Hitler para impresionar a sus enemigos e infundir ánimo a sus desalentados generales.

Y hay cierta verdad en lo que dice. Desde hace ya tiempo, los grandes físicos alemanes especulan con la posibilidad de la fusión nuclear utilizando la liberación de su tremenda energía con fines bélicos.

En este afiebrado clima de creación de nuevas armas definitorias, en Peenemunde se recibe una memoria para la fabricación de un motor de uranio, que suscita enorme interés porque puede ser la clave anhelada. La envía Burkhard Heim, un joven de veinte años que cuenta en su haber con un impresionante historial, poseedor de una mente privilegiada para la física. Teniendo apenas quince años de edad, cinco años antes de la fabricación de las bombas que destruyen Hiroshima y Nagasaki, proyecta un cohete atómico, que a pesar de ser perfectamente realizable, no es considerado seriamente por la ciencia oficial alemana. Pero ahora el tiempo corre al tiempo, y Alemania necesita desesperadamente de armas espectaculares.

Nace entonces como posibilidad cierta, la idea de fabricar una bomba de gran poder, que a su lado, las existentes de TNT serían simples petardos. Pero ya es tarde, los aliados, por intermedio de sus servicios de inteligencia han localizado el centro industrial y de investigación de Peenemunde, y llevan a cabo sobre él uno de los más grandes bombardeos aéreos arrasando virtualmente la zona, donde queda prácticamente reducida a cenizas los planos presentados por el joven Burkhard Heim. Además Alemania ya no cuenta con suficiente poder de recuperación como para montar nuevamente el centro industrial con capacidad para realizar proyectos de magnitud.



El accidente.

La inventiva de Burkhard Heim es ilimitada, y este casi adolescente, que no quiere perder tiempo con estudios oficiales (penosamente se ha recibido de bachiller), desarrolla una línea de explosivos, y con ella consigue que lo trasladen a la Oficina Investigaciones Químicas de Berlín, donde trabaja apasionadamente en sus proyectos.

El 19 de mayo de 1944, Berlín, como viene sucediendo casi todas las noches, centenares de superfortalezas volantes descargan sus bombas sobre cualquier cosa que se mantenga aún en pie.

También Brukhard Heim, como lo hace siempre, se halla trabajando en el centro químico, en el explosivo de su invención. Pacientemente y con extremas precauciones mezcla los ingredientes. Son apenas unos gramos de cada cosa, pero es tal su poder expansivo que su deflagración podría causar más efectos que kilos de explosivos convencionales. Afuera las sirenas alertan sobre el peligro del ataque llamando a los refugios antiaéreos. Es ya bien de noche y ha quedado solo en el edificio, escucha las sirenas pero decide continuar unos minutos más, presiente que está cerca del logro. Ese tiempo perdido le resulta fatal; cuando decide abandonar el lugar, lo hace llevando el mortero de la peligrosa mezcla. A punto de alcanzar el refugio la explosión de una bomba lo arroja al suelo y con él cae el mortero. Una vivísima luz, lo ilumina todo y su cuerpo queda tendido, casi despedazado. Pero no muere, después de meses de operaciones y curaciones, el saldo que queda de su cuerpo es desalentador. Casi ciego, sordo, y en lugar de manos dos increíbles muñones incrustados en restos de sus antebrazos.

Nada de ello fue motivo para frenar su empuje. Un aparato electrónico le permite oír, y su esposa y amigos leen para él, aquello que su genio necesita saber.

La guerra ha terminado y sus limitaciones físicas orientan su genio hacia horizontes nuevos coincidentes con el desarrollo de la naciente y pujante Astronáutica.



La Antigravedad.

En Goettingha funciona el Instituto de Física de Max Planck, y en él Heim, complementa sus estudios y conduce a notables físicos y astrónomos con los cuales mantiene un intenso intercambio de ideas.

Rápidamente su genio lo lleva a especular en problemas espaciales, y en 1952, en ocasión del Tercer Congreso Internacional de Astronáutica, presenta una brillante teoría para la utilización de la antigravedad en las exploraciones espaciales, utilizando términos como “contrabariodinámica”. Como es sabido, el bario es la unidad usada en Física para medir la presión. Su nombre va adquiriendo prestigio, y aunque sus teorías aún no tienen cabida en los órganos de difusión académica, se le conoce y respeta.

En 1957, en un bien detallado trabajo, propone concretamente la construcción de un cohete espacial, el cual, mediante una serie de anillos que contendrían dispositivos especiales, alcanzaría la capacidad de vencer la gravedad.

Tal vez para comprender mejor sus ideas sería necesario recordar algunos conocimientos básicos. Isaac Newton estableció en su famosa ley, que los cuerpos se atraen en razón directa de las masas y en razón inversa el cuadrado de las distancias. Por su parte Coulumb definió que: “dos puntos electrizados de dimensión muy pequeña ejercen uno sobre otro una fuerza de atracción o de rechazo inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa”, ha sido sugerido repetidamente, que entre estas dos leyes podría existir una tercera que correspondería a un campo de transición, o “campo medio”. La diferencia con lo que dice Heim, es que él cree como un axioma en la existencia de ese campo medio, a diferencia de los otros expositores que la proponen como una posibilidad.

Durante los últimos años de vida se dedicó a intentar demostrar experimentalmente la teoría de la existencia de los “contrabarios” de la antigravitación. Parece ser, según sus informes llegó a medir ínfimas cantidades de barios por la transformación de fotones en gravitones, también el proceso inverso, o sea la transformación de gravitones en fotones, proceso por el cual se anularía la fuerza de gravedad al trasmutarse el peso en luz.

La explicación de sus teorías exigiría una densa exposición pero en síntesis quedaría definida como que los fotones, que son partículas de luz, por un proceso aún ignorado, pierden su luminosidad al pasar a otro estado menos activo que es identificado como gravitones, equivalente a una forma energética mecánica.

Esta sería la base de especulación que sirve para pensar en la antigravitación, que no sería una fuerza antagónica sino la neutralización de la misma.



La personalidad de Burkhard Him.

Sordo, casi ciego, y sin manos, fue un ejemplo viviente del poder del espíritu. Se sobrepuso a todas sus deficiencias y nada pudo contener el desborde de sus inquietudes cognoscitivas. Lejos ya de sus ideas iniciales sobre la construcción de armas explosivas pavorosas, dedicó todo el esfuerzo de su intelecto al descubrimiento de energías o procedimientos que cristalicen el sueño, largamente acariciado por el hombre, de viajar a las estrellas.