Año 11 Dic. de 1998
 
   
LAS BANDERAS DEL MUSEO DEL EJÉRCITO  El Catálogo Razonado de Banderas fija por primera vez la identificación y origen de cerca de 2.000 piezas vexilológicas
De izda. a dcha.: pendón de la Santa Hermandad de Toledo (1517); coronela del Regimiento Milicias Provinciales de Badajoz (1760) y estandarte del Regimiento Castillejos (1870).

El Ministerio de Defensa cuenta con una serie de importantes colecciones de piezas históricas custodiadas en los museos militares, cuya dimensión transciende el propio contexto militar para señalarse, en muchos casos, como únicas y excepcionales dentro del patrimonio histórico español e incluso en el ámbito internacional. Varias de estas colecciones se encuentran hoy en el Museo del Ejército, y están siendo catalogadas por expertos en cada una de las materias, dentro del programa de trabajo de la Subdirección General de Acción Cultural y Patrimonio Histórico. Nada mejor que ofrecer a estos destacados investigadores, autores de la catalogación de cada una de las colecciones, la oportunidad de hacer una valoración cualitativa y cuantitativa de estos fondos: banderas, colección de artillería, uniformes, condecoraciones, colección Medinaceli, armas blancas, armas de fuego, emblemas y divisas. Todos ellos, con su valioso trabajo profesional, que quedará incorporado en la base de datos del Museo del Ejército, nos ayudarán, desde el punto de vista del patrimonio, a poner en valor todavía más el destacado legado que testimonia la historia de nuestros Ejércitos.

Leticia Azcue Brea Subdirectora gral. de Acción Cultural y Patrimonio Histórico


El Museo del Ejército conserva la mejor colección histórica de banderas de nuestro país, tanto por su número como por el valor de las piezas, pues incluye las usadas por nuestros Ejércitos y las tomadas a los que en otros tiempos fueron enemigos. Su importancia era, hasta fechas muy recientes, intuida en su conjunto, pero ignorada en el detalle, ya que los distintos catálogos existentes eran más bien simples inventarios, con multitud de descripciones y adjudicaciones erróneas, así como contadísimas referencias acerca de la datación y procedencia de las piezas. Después de varios años de intenso trabajo, está a punto de concluirse la elaboración del primer Catálogo Razonado de Banderas, en el que se identifican, por fin, multitud de enseñas de origen desconocido hasta ahora, se fijan sus fechas de utilización y las acciones o acontecimientos históricos en los que se halló cada una de ellas. Igualmente, se ha fotografiado la totalidad de las piezas, de modo que en adelante podrán ser consultadas por los estudiosos sin necesidad de tocar ni mover los frágiles y desgastados paños de las banderas originales. En esta labor se han consultado multitud de documentos inéditos y de olvidados expedientes existentes en los más diversos archivos de nuestra nación, entre los que destacan los fondos hallados en Simancas, Segovia y el Servicio Histórico Militar. El trabajo ha contado con la desinteresada colaboración de los principales expertos en el estudio de varios períodos de nuestra historia militar. Queda todavía pendiente la restauración de algunas piezas emblemáticas, pero sumamente deterioradas, como el Pendón de Hernán Cortés, o las 41 banderas tomadas por los franceses durante la guerra de la Independencia (1808-1814) y devueltas por el mariscal Petain a España en 1941. Pero también esta labor parece ser que va a ser llevada a cabo de forma inmediata, con lo cual el futuro de esta formidable colección parece estar asegurado. El Museo cuenta actualmente con un total de 1.644 piezas vexilológicas (banderas, estandartes, guiones, banderines, vexiloides y trofeos), de los que 898 se encuentran en su sede de Madrid, 532 en su delegación de Toledo y las aproximadamente 214 restantes distribuidas entre las diversas sedes regionales. Prácticamente la totalidad de los fondos localizados fuera de Madrid corresponden a modelos posteriores a 1843, fecha en la que se adoptó para nuestro Ejército la bandera rojigualda, hasta entonces utilizada sólo por la Armada y la Milicia nacional. Las banderas españolas anteriores a ese año están casi en su totalidad en el Museo del Ejército. A la hora de destacar algunas de las piezas que componen tan rica, como frágil, colección, podemos clasificarlas en varios grupos. Anteriores a 1700 La pieza vexilológica más antigua con que cuenta el Museo es el pendón de la Santa Hermandad de Toledo, construido hacia 1517, de damasco verde y terminado en dos picos. Con él, los cuadrilleros —verdaderos precursores del ejército regular— acompañaron a los monarcas en cuantas ocasiones fueron requeridos, destacando en la expedición a Túnez en 1535, con el emperador Carlos V, contra el famoso Barbarroja. Igualmente este pendón era utilizado en una olvidada pero curiosa ceremonia. Cuando un monarca iba a entrar en la ciudad de Toledo, cubrían con él su rostro y las manos, simbolizando así «el que en lo que tocaba al castigo de los delincuentes cerrase los ojos y fiase del cuidado que la hermandad tenía en el negocio». Igualmente destacable es un pendón de caballería del siglo XVI, reutilizado en 1808 por el Regimiento de Infantería de Cangas de Onís, quien lo tomó de la iglesia de dicha localidad, en la que se hallaba depositado desde hacía más de dos siglos. Completarían este apartado los restos del pendón carmesí usado por Hernán Cortés en la conquista de México, tomado en 1814 a los independentistas de Oaxaca, que se habían adueñado de él, y cuya restauración se está llevando a cabo actualmente, y un fragmento de la bandera llevada en la batalla de Lepanto por Don Juan de Austria, procedente de la colegiata de Villagarcía de Campos. Igualmente existen varias réplicas exactas de algunas enseñas «emblemáticas» de este período, como son los dos guiones de la banda usados por los Reyes Católicos, el estandarte usado por Pizarro en la conquista del Perú o el guión del cardenal Infante Don Fernando de Austria. Los primeros Borbones Dado que las Reales Ordenanzas disponían que las banderas que quedasen en desuso fuesen llevadas a casa del coronel y allí destruidas, podemos hacernos una idea de la rareza de las piezas conservadas de este período. Destaca una bandera coronela, de grandes dimensiones, con el escudo real sostenido por dos grandes leones, y colocado sobre el aspa roja de Borgoña, que perteneció al Regimiento de Infantería de Línea Galicia, durante el reinado de Fernando VI, y que, retirada de servicio, fue reutilizada en 1808 por uno de los nuevos cuerpos de voluntarios creados en ese año para luchar contra los Ejércitos napoleónicos, siendo tomada por éstos y devuelta a España por el mariscal Petain en 1941. Otras banderas de este período, reutilizadas después, son: una sencilla del Provincial de Granada (1754-1770), usada en 1808 por el 21 de Voluntarios de Granada, y sucesivamente por los de Baza (1808-1815) y Voluntarios de Madrid (1815-1816), siendo donada al Museo en 1910 por la madrileña Parroquia de Vallecas, y otra sencilla del Provincial de Oviedo (1755-1802), reutilizada entre 1808 y 1812 por el Regimiento asturiano de Candás y Luanco. Igualmente se conservan dos banderas gemelas del Regimiento suizo Saint-Gall Dunant, al servicio de España entre 1742 y 1772, con el aspa roja sobre fondo azul, y con los típicos llameados suizos en sus esquinas, procedentes de la Armería Real, y que hasta hace poco se creía que eran trofeos austríacos tomados en Italia. Completan este reducido apartado la abigarrada coronela del Regimiento Real de Artillería, una sencilla de los Inválidos de Extremadura, otras dos (fundidas en una) de la Artillería de Marina, una coronela y una sencilla del Provincial de Tuy y otras dos sencillas no identificadas —les faltan los escudetes angulares en los que figuraban las armas del regimiento al que pertenecieron—, así como dos guiones carmesí de los Dragones Irlandeses de Edimburgo que, reutilizados después por los Dragones de América, participaron en la defensa de La Habana en 1762 y en la toma de Penzacola en los Estados Unidos en 1781. Carlos III-Fernando VII En 1760 Carlos III adoptó un nuevo escudo de armas reales, al tiempo que reducía el número de banderas a dos por batallón, en lugar de las tres que hasta entonces se habían utilizado, y dos años después decretaba un nuevo modelo de bandera, de medidas menores que el anterior (1,5 x 1,5 m en vez de los aproximadamente de 2 x 2). Este modelo, sin más variación que una nueva reducción en su número de banderas por batallón a tan sólo una, decretada en 1802, sería el utilizado inicialmente en nuestra guerra de la Independencia y, por tanto, uno de los más interesantes para los aficionados a la historia militar. Del mismo posee el Museo una excelente colección, destacando la procedencia de algunas piezas, ya que en 1823 el Duque de Angulema, que acababa de reponer en el trono a Fernando VII, devolvía a la Regencia 21 banderas y estandartes de los tomados durante la guerra de Independencia por las tropas imperiales, y en 1941 el mariscal Petain devolvió otras 41, al tiempo que entregaba al Museo Arqueológico la famosa Dama de Elche. Entre ellas se hallan banderas tan emblemáticas como la del Primer Batallón de Voluntarios de Zaragoza, blanca y con la imagen de la Virgen del Pilar, con la que, tras defender Zaragoza en su primer sitio, se trasladaron a Cataluña, perdiéndose en la toma de Tarragona (1811). Otra pieza de especial simbolismo es la coronela del Regimiento Zamora, al que sorprendió el inicio de la contienda en Dinamarca, donde se había trasladado con la División del Norte, al mando del Marqués de la Romana, para colaborar en el bloqueo a Inglaterra, y que, tras lograr regresar a la Península, perdió esta bandera en la batalla del Gebora, el 19 de febrero de 1811. Una curiosa bandera, de diseño no reglamentario, es la perteneciente al Batallón de Artilleros de la Universidad de Valencia, tradicionalmente atribuida al pintor Vicente López, y tomada por los franceses al ocupar Valencia. Y otras también no reglamentarias son las dos del 4¼ Batallón de Guardias Españolas, que, creado en Extremadura con guardias fugados de Madrid, perdió sus enseñas en la batalla de Gamonal (1808), pues lucen como único emblema el lema «Por Fernando VII Vencer o Morir; Su 4¼ Bon. de Reales Guardias Españolas». En este mismo grupo podemos englobar a la gran bandera de combate del navío San Juan Nepomuceno, mandado por el brigadier Churruca en la batalla de Trafalgar (1805), y que ingresó en el Museo en 1879. Banderas blancas Concluida la guerra de la Independencia fue reorganizado el Ejército, entregándose nuevas banderas a casi todos los regimientos. Éstas eran de diseño muy similar a las anteriores, y por ello muchas veces se han atribuido erróneamente a dicha contienda. Tales confusiones han sido ahora enmendadas, y así, por ejemplo, una bandera de las Reales Guardias Walonas que se creía procedente de las Walonas de Aragón, que defendieron Zaragoza durante los Sitios, ha resultado pertenecer a un batallón de guardias walones creado en el Bajo Aragón en 1823, y sobre el que ese mismo año se reorganizarían las Guardias de Fernando VII. De la guerra de emancipación de nuestros dominios americanos se conservan dos estandartes del Regimiento de Caballería de Tarma, otro de los Voluntarios de Vilcashuamán, el guión de las Milicias de Trujillo y las banderas de los Regimientos de la Concordia, Real de Lima (después reutilizada por el Infante Don Carlos), Brigada de Artillería de Lima y Veteranos de Venezuela, todas ellas de diseños muy similares a las usadas en la Península. De 1821 data una pieza única. Se trata del león de bronce que, apoyado en el libro de la Constitución, debería haber sustituido a todas las banderas del Ejército. Finalmente sólo se construyeron dos modelos, como muestra para las mismas Cortes, y uno de ellos fue entregado, el 16 de marzo, al 21 Batallón del Regimiento Asturias, a cambio de la espada con la que se había alzado el general Riego en Cabezas de San Juan el año anterior. Este león fue hallado por Hilario González, a la sazón coronel director del Museo de Infantería a comienzos del presente siglo en un anticuario madrileño, sin que lamentablemente podamos concretar si es el que se entregó al Asturias o el que permaneció en las Cortes. De esa misma época data la bandera de la Milicia Nacional de Ciudad Rodrigo, de tafetán rojigualda, y que construida conforme a su efímero reglamento de 1820, puede ser considerada como una precursora de la que 23 años después sería declarada bandera nacional. En 1823 fue disuelto todo el Ejército, salvo las Milicias Provinciales, y en 1824 volvió a organizarse sobre la base de algunos cuerpos de voluntarios realistas. De esta época datan varias banderas que en sus esquinas lucen cuernos de caza con el número del regimiento, en vez de las armas regimentales, pues inicialmente no se les asignó nombre alguno. En 1826 volvieron a recibir nombres los regimientos, y si bien algunos continuaron usando sus banderas con el número, como los regimientos de Valencia y de Gerona, que las siguieron usando hasta 1841, otros muchos las recibieron nuevas con las armas de sus denominaciones, combatiendo con ellas en la Primera Guerra Carlista (1833-1840) y hasta la adopción de las nuevas banderas rojigualdas, decretada en 1843, pero no llevada a cabo completamente en la práctica hasta algunos años después, como lo prueban las banderas del Regimiento Reina Gobernadora, de color blanco y usadas hasta 1854. De este último período de las banderas blancas (1826-1843) podemos decir con orgullo que el Museo conserva la totalidad de las entonces usadas por el Ejército regular, gracias a una acertada Real Orden que disponía su ingreso en el Museo de Artillería al ser reemplazadas por las nuevas rojigualdas. Banderas españolas Gran cantidad de banderas rojigualdas abarrotan las salas del Museo. De ellas, más de 100 pertenecen a los cuerpos que defendieron Cuba y Filipinas hasta su pérdida en 1898, destacando la del Batallón Fijo de Puerto Rico, laureado por su defensa de las lomas de San Juan en Caney. Otras muchas —las más deterioradas— corresponden al primer modelo 1843, fácilmente reconocible por llevar bordado alrededor del escudo central el número del regimiento, pero no su nombre; algunas lucen en su centro el escusón de la casa de Saboya, verdadera rareza si tenemos en cuenta la brevedad de su reinado, y otras muchas fueron depositadas tras el Decreto de 1902, que reducía el número de banderas a tan sólo una por regimiento, así como en 1931, al adoptarse la bandera tricolor republicana. Entre estas últimas se hallaba la famosa bandera morada usada, por especial privilegio, por el Regimiento Inmemorial del Rey n. 1 desde 1831, cuando la recibió de manos de la Reina María Cristina. La 2» República (1931-1939) está representada por diecisiete banderas tricolores, en las que pueden leerse nombres como «Ejército Popular de la República», «Grupos de Intendencia de Cataluña» o «Compañía Pancho», existiendo un mayor número de ellas en las delegaciones de Burgos y Toledo. Del Ejército «nacional» (1936-1939) se conservan bastantes enseñas, que van desde el guión personal de Franco, hasta los restos de la humilde bandera que presidió la defensa del Santuario de Santa María de la Cabeza, pasando por lávaros del C.T.V. italiano, banderas de los tercios de Requetés de Zumalacárregui, Oriamendi, y otros muchos, así como de las banderas de Falange de Aragón y Castilla, o de la Policía Montada de Sevilla, y del Cuerpo de Ejército de Marruecos. Varias banderas y banderines se conservan de la División Azul, que intervino en la durísima campaña de Rusia junto a los Ejércitos alemanes, destacando la bandera de la Legión Azul, formada por aquellos voluntarios que se negaron a regresar a España tras la repatriación de la División. Las enseñas correspondientes al período de gobierno del general Franco (1939-1975) son relativamente escasas en el Museo, pues, dada su proximidad de fechas, se hallan en su mayoría en los almacenes de las delegaciones regionales. Las piezas más recientes de las expuestas en el Museo son las banderas de los Regimientos de Infantería de las Navas, Órdenes Militares y Barbastro —disueltos hace pocos años—, todas ellas del modelo constitucional de 1982, así como una bandera azul de la ONU usada en Angola (1990) por la segunda misión española allí destinada. Trofeos Especial mención merecen las enseñas tomadas en combate, pues son testimonios de otras tantas victorias de nuestras armas. Destacan las dos banderas tomadas en Bailén (1808) a los Regimientos suizos de Reding y de Preux, hasta ese año fieles a España, pero que en mayo de 1808 habían abrazado la causa napoleónica. Sobresale igualmente la bandera inglesa tomada en el fuerte de San Felipe de Mahón, el 4 de febrero de 1782, extraviada durante decenios, y reencontrada ahora en el fondo de un baúl, al removerse los fondos para su fotografiado, y la también inglesa tomada por Bernardo de Gálvez en su lucha en pro de la independencia de los Estados Unidos (1780-1781), y que, depositada en su mausoleo familiar, en Macharaviana, sería enarbolada por los liberales en 1820 para proclamar allí la Constitución de Cádiz. Completan la colección de trofeos tres banderas tomadas a los independentistas mejicanos del Cura Morelos en Tezmalaca (1815); dos peruanas apresadas en Ica y Moqueua (1822 y 1823); dos puertorriqueñas usadas en el grito de Lares (1896); once joloanas, tomadas entre 1848 y 1887; dos mindanayas de 1861; seis amnamitas, capturadas en la Conchinchina (1860-1862); cinco cubanas, tomadas entre 1896 y 1898; otra del Katipunan filipino de 1898 y una bandera y las moharras de otras dos, traídas de Rusia por la División Azul. A éstas podríamos añadir las cinco marroquíes tomadas en 1860 y la bandera de la República del Rif, cogida en 1926, conservadas las seis en la delegación del Museo del Ejército de Toledo, así como otras trece cubanas, tomadas entre 1851 y 1898, y devueltas a Cuba por Alfonso XIII en 1928.