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Cien piscinas para Moussambani
Un texto de Juan Manuel Robles
Ilustraciones de Eriván Phumpiú


Todos quieren a Eric Moussambani. Y todos querían también sus memorables lentes submarinos por los que alguien pagó 2.551 dólares en una subasta, un dinero excesivo si se recuerda que pertenecieron a un perdedor y que casi no se sumergieron en el agua: en las Olimpiadas de Sidney 2000, Eric Moussambani nadó con la cabeza afuera, ejecutando una rara coreografía de brazadas de perrito y pataleos de rana. Fue un gran espectáculo. Algunos creyeron que iba a ahogarse antes del final, y eso le dio un suspenso cinematográfico a una competencia –los cien metros libres– que de otro modo hubiera sucumbido a la trama fugaz del microsegundo. Los negros siempre pierden en natación, pero aquella fue la carrera más increíble del hombre contra el agua. El tiempo de Moussambani fue de 1’52” y eso –un suspiro en la existencia– es la peor marca de la historia de las Olimpiadas, treinta segundos por encima del húngaro Arnold Guttmann en las olimpiadas de Atenas del siglo XIX, y un minuto más lento que el récord del campeón holandés Van den Hoogenband. Pese a todo, Moussambani llegó a la meta empapado y le dijo al mundo que jamás en su vida se había cansado tanto.


La leyenda no tardó en divulgarse: Eric Moussambani, hijo negro de Guinea Ecuatorial, se había entrenado en un río repleto de cocodrilos, y sólo pudo sumergirse en una piscina cuando por fin conoció un hotel de lujo de Malabo, en Guinea. Había llegado a las Olimpiadas de Australia mediante un sistema de invitaciones para países pobres. Nunca había visto una piscina de cincuenta metros hasta el día en que pisó el gigantesco Aqua Centre de Sidney. «No puedo», le dijo trémulamente a su entrenador. Pero pudo. Los aplausos de diecisiete mil asistentes estallaron de pronto. La prensa elogió su peculiar estilo y el DAILY MIRROR de Inglaterra le otorgó una medalla de oro en nombre de todos sus lectores. La marca de ropa deportiva Speedo le regaló un enterizo azul de piel de tiburón con el que Moussambani se dio chapuzones de fama. «Ahora me siento realmente rápido», dijo el negro sacando pecho en su recién estrenado cuerpo azul.
Veo el video de la carrera que en el 2000 llevó a Eric Moussambani a la fama. Lo veo una y otra vez, como si alguna toma subacuática me fuera a revelar la clave del entusiasmo que despertó un ejercicio tan desopilante. Adelanto la cinta y juego a darle a Moussambani una ilusoria rapidez que, por un instante, lo asimila –y le resta gracia– a la superioridad en serie de los atletas de elite: Eric Moussambani es el milagro más lento que he visto en mi vida. La gente de Sidney 2000 enloquece y aplaude como si fuera a ganar el oro. Al principio pensé que se trataba de un estallido efímero atizado por el oportunismo del marketing. Pero sé que horas después Michael Klim, el divo de la natación de Australia, se acercó a su camerino para estrecharle esa extremidad con la que había dado manotazos de ahogado sobre la piscina olímpica.
Las muestras de afecto posteriores denotan franca devoción. «Es el atleta que el mundo estaba esperando. El nuevo Mesías, el hijo de Dios, la señal de una nueva evolución en el pensamiento del hombre», escribió un admirador llamado Neptuno en la página web del Eric Moussambani Fan Club, una de las tantas que se erigieron en su nombre en esa piscina de kilobytes que es Internet. TIME le hizo una entrevista, la televisión alemana lo sacó a correr tabla, y el dictador de Guinea, Teodoro Obiang Nguema, vio en el muchacho un regalo caído del cielo para su aparato de propaganda, a tal punto que se puso furioso cuando el nadador le dijo que iba a Londres a presentar los premios nacionales de la televisión británica el mismo día en que debía liderar una recepción con los deportistas de su patria. Al final, un alto comisionado británico convenció a Obiang. Quince millones de televidentes te hacen olvidar cualquier traición a la patria.
¿Por qué quieren tanto a Moussambani? La hipótesis más elemental es cruel: lo quieren por lástima. Hay en los ciudadanos del Primer Mundo un goce estético que sirve para disfrazar un impulso humano que no es otra cosa que la compasión. Es un racismo noble y se parece al gesto de ternura de los gamonales que sonríen cuando ven al esclavo zapateando. Al fin y al cabo, Eric Moussambani venía de un país que se independizó a finales de los años sesenta y cuyo primer gesto de libertad fue declararse en bancarrota. En la dictadura de Guinea Ecuatorial, en los últimos veinte años, dos terceras partes de la población han huido o han sido asesinadas. Pero el papel de bufón tercermundista no explica el fenómeno Moussambani. No totalmente.

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He visto una infografía animada que simula una hipotética carrera entre Moussambani y el actual campeón olímpico Van den Hoogenband. Aparecen dos hombrecitos en una pantalla azul y se lanzan a la piscina al mismo tiempo. De inmediato, la distancia que se marca entre ambos es la que hay entre una liebre y una tortuga. El holandés llega a la meta antes de que el de Guinea alcance la mitad del recorrido. Objetivamente eso no es ninguna novedad, pero hay algo perturbador en que dos hombres de la misma especie genética parezcan animales tan distintos. Me pregunto con cuál de los dos atletas me identificaría yo. No es una pregunta difícil. «Vivimos en un mundo donde el fuerte siempre gana, y donde el débil sólo vence en los cuentos infantiles. Donde Bush le hace la guerra a Sadam Hussein porque le da la gana. Quizá por eso nos gusta identificarnos con un hombre como éste, que con gran inocencia y ganas, pero nada más que con eso, se atrevió a competir con atletas de alta performance». Me lo dice Julio Llosa, un PhD en Biología de la Universidad Pierre y Marie Curie de París.
Eric Moussambani se coló por las rendijas del sistema, y por eso nos gusta. Es un error de THE MATRIX. No puede existir verdadera grandeza sin ironía, ha recordado Javier Marías, y creo que es cierto: hay algo encantador en aquellos que nunca alcanzaron el endeble pedestal de tomarse en serio. Vean a Moussambani y recuerden que el espíritu olímpico se parece cada vez más a ese cosquilleo estomacal que impulsa a algunos petisos japoneses al suicido culposo por no obtener una estrellita en el kinder. Las Olimpiadas –la calle, el mundo– huelen a esa farsa meritocrática que quiere hacerte creer que vivimos en una democracia del mérito, que el destino no existe (o es un detalle) y que el oro es el resultado aritmético de la dedicación. Sé de un entrenador estadounidense que ha dicho que los atletas de elite del primer mundo deberían ser considerados «freaks genéticos». Cuando Eric Moussambani compitió, algunos dijeron que jóvenes como él hacían las Olimpiadas más humanas. La frase es absurda en sí misma, pero tiene cierta profundidad. ¿Acaso son los juegos olímpicos la más humana de las competencias? Para el doctor Llosa, estos parecen cada vez más un torneo de especímenes salidos de un laboratorio.

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THE NEW YORK TIMES ha reconocido que los atletas del equipo de natación de Estados Unidos tuvieron en Sidney 2000 un régimen farmacológico comparable al de un enfermo de sida: veinticinco pastillas diarias de proteínas, minerales, aminoácidos y creatina, ese milagro de la alquimia que engorda los músculos e hizo que el galáctico Zidane tuviera que comparecer ante un tribunal italiano. Hay más. Un sistema instalado en las habitaciones donde entrenan los nadadores norteamericanos les reduce la cantidad de oxígeno del ambiente para aumentar los glóbulos rojos: es una forma de lograr por la vía legal algo que también consigue la leritropoyetina, un fármaco prohibido por el que han caído olímpicamente varias cabezas. En la universidad de Pennsylvania unos científicos crean ratones musculosos de espaldas durísimas. Dicen que sus investigaciones ayudarán a mejorar la vida de los ancianos, pero todos los días reciben e-mails de entrenadores pidiendo que les den a sus deportistas lo mismo que están dándoles a esas ratas.
En el otro lado del mundo, en África, vive Eric Moussambani, un jugador de fútbol, básquet y voleibol que fue convertido en nadador por capricho y necesidad. Nunca iba a ganar. No sólo porque comenzó muy viejo (a los veintiún años) ni porque en su país no hay científicos brillantes ni piscinas, sino por algo más simple: Moussambani es negro. La afirmación es venenosa, vomitiva, horrible y quizá haya en ella ese tufo eugenista que le costó tan caro a Frances Galton (ese científico cuyas teorías descansaron tantos años en la cabecera de Hitler), pero tampoco puede taparse el sol con la negra silueta de un dedo. El destino existe y la estadística también: todos los campeones olímpicos de natación han sido torpedos caucásicos. «Por su musculatura, un negro podría ser un nadador excepcional. Pero en la natación intervienen otras variables», advierte el doctor Llosa. Y no sólo lo dice este biólogo. En 1995 se publicó en Sudáfrica el estudio más ambicioso de la diferencia corporal entre negros y blancos. Conclusión: los negros tienen ventajas físicas en casi todos los deportes menos en natación. Primero, la densidad ósea en los negros es mayor. Segundo, los blancos tienen más grasa corporal y eso los hace flotar más. La piel del negro es más gruesa, y aunque esto resulta genial si eres Mike Tyson, en el agua no te sirve. También se habla del centro de gravedad, que es el punto medio del cuerpo, y que en un hombre negro se encuentra más arriba del promedio. Es difícil nadar contra la corriente. Al parecer un negro sólo puede ser rápido en el agua nadando con el estilo mariposa, y aquí viene otra patada a los tejedores de estereotipos: Anthony Nesty, de Surinam, fue récord olímpico en las Olimpiadas de Seúl 88 imitando al más afeminado de los insectos. Pero en cien metros libres los negros siguen esclavos de la biología.
Moussambani le sacó la lengua al orden olímpico, pero la celebridad se disfrazó de mito del progreso y lo tentó a morder la manzana: acabadas las Olimpiadas de Sidney, el nadador inició la disparatada empresa de competir en Atenas 2004. Viajó a Barcelona, y allí utilizó su fama para conseguir entrenador y piscina. Cada progreso suyo fue cubierto por la prensa: «Ha aprendido a subir el culo para poder nadar más recto y deslizarse mejor», dijo a la televisión su instructor, que debía estar al tanto del tema ése del centro de gravedad. Moussambani ha rebajado su marca más de treinta segundos. Pero eso –un parpadeo en la eternidad– sigue siendo demasiado tiempo para conseguir aplausos por algo más que una metáfora de la compasión.
   
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