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Artistas Flamencos

 

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El Agujeta

LA NIÑA DE LOS PEINES

 

LA NIÑA DE LOS PEINES. Nombre artístico de Pastora Pavón Cruz, originado en sus comienzos artísticos por cantar la copla de tangos que empieza diciendo «Péinate tú con mis peines ... ». Sevilla, 1890-1969. Cantaora. Hermana de Tomás y Arturo Pavón y casada con Pepe Pinto. Se inició actuando en la llamada Taberna de Ceferino, en su ciudad natal, pasando después a Madrid, para cantar en el Café del Brillante. Después se trasladó a Bilbao, donde permaneció una larga temporada. De nuevo en Sevilla, formó parte de diversos elencos de los cafés cantantes, así como en los de Málaga y otras ciudades andaluzas, a lo largo de varios años. En 1921, realizó una serie de actuaciones en los madrileños Madrid-Cinema y Teatro Maravillas, volviendo a este último, al año siguiente, en unión de Carmelita Sevilla, para después recorrer varias ciudades españolas, acompañada a la guitarra por Habichuela, con un espectáculo en gira. 

De nuevo en Madrid, se presenta en el Circo Price, y es contratada para el festival celebrado en el Palacio de Carlos V de Granada, alternando con Manuel Torre. El año 1924, también actúa en el citado festival y en el Teatro Novedades de Madrid. Durante 1925, aparte de sus actuaciones en otros escenarios españoles, cantó en los madrileños teatros Pavón, con Pepe Marchena, El Cojo de Málaga y Manolo Caracol; Romea, junto a Imperio Argentina, y Maravillas. Y en 1926, después de reaparecer en el Teatro Pavón de Madrid, emprende una tournée con una compañía formada por el empresario Vedrines. Los del Monumental Cinema y Fuencarral, son los escenarios teatrales de sus actuaciones en Madrid, en 1927, y en 1928, con don Antonio Chacón, vuelve a viajar por toda la geografía española, encabezando una de las llamadas óperas flamencas. Con Ramón Montoya a la guitarra, actúa en 1929 en el Circo Price madrileño, y durante este año y los siguientes, hasta 1935, se suceden sus giras por toda España, junto a otras destacadas figuras del momento, entre ellas Pepe Marchena.

Terminada la guerra civil, retorna a estos espectáculos itinerantes, alternando principalmente con Canalejas de Puerto Real y El Sevillano, en los años 1939 y 1940. Seguidamente ingresa en el espectáculo Las calles de Cádiz, de la cancionista Concha Piquer. Se retira durante unos años, reapareciendo en 1949, en compañía de su marido, con el espectáculo España y su cantaora, que se estrena en Sevilla, con excelente acogida crítica, y continúa por Málaga y otras ciudades durante unos meses, para volver a retirarse. En 1961, se le tributa en Córdoba un homenaje nacional, consistente en un festival en el que intervinieron Antonio Mairena, Juan Talega, Manuel Morao, Eduardo de la Malena, Terremoto, Tío Parrilla, El Laberinto, Tía Juana la del Pipa, La Chicharrona y Tomás Torre. Promovido por el programa radiofónico La Tertulia Flamenca de Radio Sevilla, en 1968 fue inaugurado un monumento en su honor, erigido en la Alameda de Hércules sevillana, obra del escultor José Illanes. Después de una larga enfermedad, y padeciendo enajenación mental a causa de una aguda afecciónde arteriosclerosis, falleció el 26 de noviembre de 1969, veinte días más tarde que su esposo. Considerada la más completa y destacada cantaora de toda una época, fue amiga de Manuel de Falla y Federico García Lorca -autor de las coplas llamadas lorqueñas, que ínterpretó por bulerías-, así como del pintor Julio Romero de Torres, que la reflejó en uno de sus lienzos. Su figura y su arte ha sido cantada por numerosos poetas, entre ellos Antonio Murciano, Pablo García Baena, Juan de la Plata y Rafael Belmonte. Su discografía, muy amplia, más de ciento setenta cantes, con las guitarras de Niño Ricardo, Ramón Montoya, Antonio Moreno, Currito el de La Jeroma, Luis Molina y Melchor de Marchena, da idea de su popularidad, dejando en ella registrada una gran gama de estilos desde las sevillanas a las saetas. Entre las opiniones que se han emitido de su arte, seleccionamos las siguientes: Fernando el de Triana: «Cuando empezó la decadencia del cante andaluz en la mujer, empezó el reinado de La Niña de los Peines, porque se encontró siendo muy buena artista, pero casi sola, pues La Antequera, Carmen La Trianera, Paca Aguilera y alguna que otra de esas que no acaban la guerra, pronto desaparecieron del mapa artístico y quedó Pastora completamente sola como cantaora, sin más competidores que Antonio Chacón y Manuel Torres; el primero firme en su trono y el segundo con su ingenioso y enigmático clasicismo. En los tres se concentró lo que quedaba del arte, que no era poco. Murieron los dos competidores, y ya tenemos a Pastora sola y exclusiva representación de un arte que siempre contó por veintenas los artistas consumados en todos los sistemas de cante. Entre tanto, salió pegando fuerte El Cojo de Málaga y Manuel Escacena, dos taranteros clásicos, y otros, que Pastora con su gran arte supo postergar para seguir, como sigue, siendo el ama, además de ser la mejor festera que se ha conocido hasta hoy, únicamente imitada por Manuel Vallejo». Ricardo Molina: «Pastora es la encarnación misma del cante flamenco, como Bach lo fue de la música. Genios de la talla de esta gitana aparecen en la historia muy de tarde en tarde. Pastora es una figura pontificial que une a través de su personalidad el pasado ilustre con el presente renacimiento, Pastora es, como Azorín, supervivencia preciosa de una generación de titanes. Pastora es puente vivo y sonoro por el que llegan a nosotros las grandes sombras de El Nitri, de La Serneta, del Loco Mateo, de Enrique El Mellizo. Por eso puede tener en la historia del cante futuro, significación auroral de punto de partida para nuevas generaciones de auténticos cantaores... Yo canto, amigos míos, como el hombre que respira, escribió Lamartine. Pastora Pavón podría decir lo mismo de tal manera cantar es su destino y su vocación. Como milagro fue saludado el arte de La Niña de,los Peines cuando irrumpió como astro de luz propia a principios de siglo, y el milagro seguimos proclamándolo cuantos tuvimos la suerte y el privilegio de haberla sentido hace unos meses -escribe en 1961-, en la cordial intimidad del sotanillo famoso del Bar Pinto sevillano; de ese bar que pasará a la historia del cante al lado del Burrero y de los más insignes cafés cantaores del siglo XIX... No es posible calcular el tesoro de cantes de los que Pastora es maravillosa depositaria. El estudioso siempre aprende algo valioso hablando con ella. Ya evoca el raro y sorprendente recuerdo de un cante de siguiriyas de Frijones de Jerez o revive con arte mágico la venerable reliquia de una toná olvidada o trae a nuestro tiempo el prestigio de la malagueña de La Trini, o salva del olvido una dramática siguiriya de Tomás El Nitri, o nos transporta a primitivos aires de tarantas y cartageneras de remoto abolengo. Esta mujer extraordinaria es como un mar sin fondo y sin orillas. Ella sola es toda la historia flamenca. Ella abarca todo el misterioso legado de nuestros cantes. Ignoramos lo que habían sido en su tiempo La Andonda, La Serrana, María Borrico, Merced La Serneta y tantas otras cantaoras famosas, pero parece imposible que ninguna superase a Pastora Pavón en vastedad de repertorio, frescura de voz, rajo gitano y vitalidad contagiosa». Juan de la Plata: «Como artista genial, Pastora Pavón lo cantó todo -soleares, siguiriyas, tientos, fandangos, malagueñas, etc.-, pero donde dejó su impronta de gran creadora fue en las peteneras, los tangos, los bamberas y las bulerías lorqueñas». Manuel Ríos Ruiz: «Hay algo muy importante, importantísimo, en la personalidad artística de La Niña de los Peines, en lo que hasta ahora no se ha reparado. Algo que afecta tanto a su cante como al cante de Sevilla. Se trata de una evolución en las formas más tradicionales trianeras, debidas a las influencias de los aires jerezanos y gaditanos que se destacaron en su voz. La Niña de los Peines, sin olvidar nunca los giros cantaores más añejos de Triana y el magisterio de su hermano Tomás Pavón, descubre la brillantez y el ritmo de los cantes de Jerez y los puertos, sobre todo por la magia buleaera de El Gloria, y tiene la capacidad de engarzar toda una riqueza de matices flamencos, perfilando su propio estilo. En ello radica la clave de su originalidad artística, junto a los dones de su voz y de sus facultades. Estilizó así y aligeró los sones de su tierra, cantando con un compás que hasta ella no se había dado en los intérpretes sevillanos. Por otra parte, su enciclopedismo es realmente asombroso, y hay que destacar el gran mérito que supone popularizar la petenera, las bamberas o la zambra por soleá».

 El Niño de la Albarizuela
Datos extraidos del Diccionario Flamenco
de Jose Blas Vega y Manuel Rios Ruiz
Cinterco - 1985.

 


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