El motorista macarra
por Eloy Gómez Rube


Anjenzur, Portugal. Junio, 1989.

ALVAREZ CASCOSEl reloj comenzó a repiquetear a las 10 a.m. De un salto, como siempre sin pensárselo dos veces, se levantó rápidamente aunque hoy disponía de todo el día para si mismo. La empresa le debía uno libre en compensación de unas horas extras que el día anterior había realizado. Así que a las 10 a.m. era una hora aceptable para un hombre acostumbrado a levantarse cada día a las 7.15 am. Encendió el calentador de agua y tras lavarse la cara se acercó al frigo para ver que necesitaba comprar, pues deseaba prepararse un desayuno de estilo alemán. Normalmente cada día desayuna en un bar próximo a su trabajo rodeado de tristes formas de degradación proletaria, tomando el pulso al día consultando rápidamente el periódico local. En el frigorífico no tenia casi de nada. Bajó a la plaza y le pareció que hoy era un día precioso de la primavera romana.

Una vez realizada la compra en el cercano supermercado volvió sobre sus pasos, de nuevo en la Piazza di Fiori, animado por los colores de las flores expuestas en sus carrillos de venta y lo maravilloso del aire de la mañana. Mario compró dos ramilletes de variadas flores para adornar sus jarrones chinos comprados en su reciente viaje al País de los Emperadores Celestes y los Dragones de eternas bocas de fuego. Al subir las escaleras de su buhardilla Mario miró como siempre hacia su buzón de correos con la diaria y renovada ilusión de que hubiera alguna carta. Un hobby importantísimo en la vida de Mario que se jacta de su magnifica colección con remites tan exóticos como Nairobi, Katmandú, Tánger, Nueva York, Londres y Moscú... Cuando abrió el buzón pudo comprobar que, efectivamente, había dos cartas y una revista, las primeras provenían de Jamaica y Berlín, la revista de Milán.

Mario preparó el desayuno consistente en café con leche, un huevo duro, pan, mermelada, quesos variados y zumo de naranja. Un desayuno poco habitual para un latino acostumbrado a un simple vaso de café con leche y para mojar cualquier cosilla. En estos detalles era donde se ponía de manifiesto en Mario su cultura cosmopolita de empedernido viajero.

Comenzó a desayunar y dio apertura a la primera carta. Era de Claude, en ella le relataba su nuevo trabajo como médico anestesista en un hospital para ricos yankees en Montigo Bay (Jamaica). Por la mañana trabajaba en el hospital del dolor y la muerte, por la tarde se dedicaba a relajarse en su casita a pie de playa contemplando el mar al ritmo de reagge -¡el próximo verano lo mismo me piro a Jamaica!- se prometió a sí mismo mientras continuaba con la lectura de la carta e imaginando mil cosas sobre la isla. Tras la carta de Claude, Mario buscó ávidamente el índice de la revista KAN. Efectivamente, le habían publicado su dibujo en tan elitista revista de arte milanesa -¡ hoy no es un día cualquiera! exclamó satisfecho de su trayectoria de pintor y dibujante. Acabó el desayuno para leer con tranquilidad la no menos esperada carta de Dirk, un mimado bajista y cantante de la escena radical berlinesa con el que le unía una especial amistad artística. Terminado el desayuno, Mario abrió la carta llenándose de alegría: Dirk le invitaba a un viaje juntos por el Sur de Portugal este próximo verano. La perspectiva era sumamente interesante, ya que desde el primer encuentro de ambos en West-Berlin se había establecido una magnifica relación.

A la caída de la tarde, y como las llamadas de teléfono son mas baratas, Mario decidió telefonear a Dirk e informarse sobre ese proyecto de viaje. Marcó un número de teléfono bastante largo: código internacional, el de Alemania, el de la ciudad y el del abonado. A los pocos segundos, desde la otra parte del hilo respondió una voz:

—Hello, soy Dirk ¿quién es?

—Tio, soy Mario -respondió éste

—¡Guau que sorpresa! ¿Has recibido mi carta?

—Si. Hoy por la mañana.

— ¿Qué te parece si nos encontramos en algún lugar de Francia y pasamos unos días juntos con un amigo de aquí, de Berlin, en el Sur de Portugal ?

—Eso sería de puta madre hombre ¡tengo tantas ganas de verte! ¿y cuando tienes previsto que sea y donde encontrarnos? —preguntó Mario a Dirk.

—Tengo pensado que a primeros de Julio, en esa época estoy libre de conciertos y Nimes me parece un buen punto de contacto ¿que te parece? -declaró Dirk.

—Ok, preguntaré en mi escuela como va el turno de vacaciones para el profesorado, cuando sepa algo en concreto te llamo -aclaró Mario.

—¡super de puta! -gritó Dirk lleno de alegría.

—Ok Dirk. Voy a colgar.

—Aufwiedersehen —susurró Dirk y colgó.

Mario volvió a su trabajo al día siguiente: una escuela de dibujo artístico donde trabaja como profesor. Lo suyo sería vivir de su trabajo como creador pero casi nadie puede vivir de sus sueños, a veces para ello hay que poner el culo a galeristas y soportar a los babosos que pululan alrededor de los artistas y que pretenden saber mas que estos, y el carácter de Mario es muy fuerte para esto. Así fue pasando el mes de Abril y Mayo, a principios de Junio el director ya tenía confeccionado el turno de vacaciones del profesorado. Mario había conseguido para las suyas el mes de Julio encajando perfectamente con su proyecto de viaje con Dirk. Le telefoneó de nuevo para comunicarle de ello llegando al acuerdo de que él y su amigo le esperasen en la Gare du Fer de Nimes el 3 de Julio. De allí, una vez juntos, proseguirían por Carcasone, Foix,Tarbes hasta Biarritz para entrar en España por el país de los vascos. Por el camino podrían conocer algunas aldeas perdidas en el Pirineo francés.

Llegado el día Mario tomó su tren hacia Nimes vía Turín en la estación Términi de Roma. Había muchísima gente, sobre todo jóvenes europeos que se movían ya no por un afán cultural sino por puro vacile. También se observaban algunos americanos descolgados de la propaganda gubernamental de su país desaconsejándoles no visitar Europa debido a la campaña terrorista islámica que se cebaba especialmente contra los hijos de la Estatua de la Libertad. Estaba claro que el verano había estallado y que la gente se movía de un lado para otro. Mario pensaba qué aventuras le aguardarían junto a Dirk. En este pensamiento le sorprendió la voz de una chica que por la megafonía de la estación comunicaba la inminente salida del tren rápido hacia Turin. Subió al vagón, y apenas sentado en su asiento, el tren comenzó a deslizarse sobre los raíles. Desde su ventana se despidió de la Ciudad Eterna que pronto quedó atrás.

La última vez que Mario estuvo con Dirk fue en un concierto en la sala KOB de Berlín, y como su amigo es tan dado a la melancolía, Mario se hacía preguntas acerca de cómo se sentiría Dirk ahora. Cuando éste disfrutaba de buen humor era un placer estar con él porque la verdad que el tipo era todo un excelente teórico social. A veces, por lo paralelo de sus ideas, Mario veía en Dirk su alma gemela. Así, pensando en su amigo, pasadas algunas horas, el tren arrivaba a Turín. Ya era de noche y como buen viajero Mario tenia estudiado los horarios de trenes para no tener que esperar mucho tiempo. Todo encajaba a la perfección, casi al minuto, no debiendo esperar para reiniciar su viaje hacia Nimes mas de quince minutos. Para desentumecerse un poco se acercó al próximo kiosko de prensa donde se hizo de una de esas revistas llamadas del corazón . Él sabía que se trataba de basura donde los ricos aparecen poniendo los dientes largos a los pobres pero se trataba sencillamente de pasar el tiempo. De nuevo sonó, esta vez una voz masculina, por la megafonía para anunciar la salida del rápido Turin-Nimes. Al pasar ya bastante entrada la noche por territorio monegasco, recordó la trágica muerte de Grace Kelly: "Nadie escapa del dolor y la muerte por muy alta que sea la cuna" -se dijo para si mismo. Cuando el tren arribó a Nimes era bastante entrada la madrugada. Tomó una habitación cerca de la estación para pasar la noche. Al día siguiente, sobre las 2 p.m., Dirk le aguardaría en la estación. Durmió profundamente.

Mario se levantó sobre las 11 a.m. para dar un paseo por la ciudad que le agradó bastante , sobre todo el casco antiguo y el animado mercado de abastos. Almorzó en un recoleto restaurante chino situado en la esquina de una plazoleta que le recordaba a su plaza de Roma. A las 2 p.m. se acercó a la estación para encontrarse con Dirk.

—Hey tío ¿hace mucho tiempo que estás esperando? -preguntó Mario a Dirk mientras se abrazaban.

—No, casi apenas he llegado, anoche dormimos no muy lejos de Nimes para compaginar la hora de cita -dijo Dirk, y agregó:

—Mario, te presento a Flower.

El amigo de Dirk era un tipo de simpático aspecto, alto, flaco, pronto a la risa y con su cabello al estilo rastafari. Salieron al exterior donde les aguardaba un Mercedes bastante vaqueteado, rojo vino y pintado con gráffitis cuyos slogans eran bastante duros y llamativos. El interior era un kaos de ropas revueltas, botellas vacías y un cenicero rebosante y maloliente, toda una auténtica casa rodante punk.

Tras el inicial saludo Dirk comenzó a relatarle a Mario cómo saliendo de Berlín condujeron sin parar turnándose hasta Frankfürt donde descansaron en casa de unos amigos.

-Al día siguiente -prosiguió Dirk- conducimos hasta Lyon. Allí nos pusieron una multa por estar aparcados en lugar prohibido ¡estoy hasta los cojones de los franchutes!. En la frontera con Alemania -proseguía- nos metieron los perros en el coche hasta que nos olieron los cojones. Luego la multa en Lyon. De allí, con un cabreo que les quemaría medio país, Flower condujo hasta las afueras de Nimes y, ya sabes, ya estamos aquí.

Montados en el carro se hicieron un largo trecho hasta llegar a Foix, de allí subieron a una aldea en el Pirineo para visitar unos amigos de Flower y luego hasta Biarriz. No paraban nada mas que para poner gasofa al coche, tomar un café y comprar algo de pan. No deseaban dejarle un marco a los jodidos franceses. Anochecía cuando entraban en la frontera española, esta vez sin control policial a pesar del mosqueo que reina en esa frontera a causa de las actividades de ETA. Esa noche descansaron en un hotel de camioneros no mas traspasar la frontera.

Mario y Flower se levantaron temprano, no así Dirk que siempre es el último en hacerlo. A eso del medio día comenzaron a rodar. De momento hasta Donosti, donde pasaron unas horas bajo el Sol y nadando ¡quién puede sustraerse a un chapuzón estando la playa a mano!, en España y con una temperatura que pegaba de lo lindo. En el grupo reinaba una buena atmósfera, Dirk y Mario estaban locos por pasar unos días juntos y Flower era un tío legal. A las 4 p.m. como suele decirse levantaron el campamento, Flower conducía alegremente mientras Dirk y Mario conversaban en la parte trasera del auto. Al anochecer arrivaban a Salamanca, Dirk ahora se hizo con el volante hasta Lisboa. Un café para mantener el cuerpo que es joven y aguanta lo que le echen y también para darle un descanso al coche que aunque viejo se comportaba. Hablaron sobre las dos posibilidades que había: quedarse a dormir en Lisboa o conducir hasta Aljenzur donde les aguardaba un viejo carromato de circo que les serviría de vivienda durante sus vacaciones. Optaron por continuar.

Preguntando dicen que se "va a Roma", y a lo lejos por entre caseríos y caminos pedáneos divisaron el carromato. Dirk disponía de un croquis que le habían dado en Berlín para localizar el vagón. Algunos perros dieron comienzo a ladrar cuando olisquearon a los intrusos, al momento salió una chica del caserío -chalet ubicado junto al vagón. Era una tal Marina, ella era la dueña del carromato de circo varado en tierra y que alquilaba como vivienda durante varios días a determinado tipo de turista.

La chica saludó a los tipos y les ofreció unas cervezas. Los perros se calmaron y tras una charla Marina les entregó las llaves y pasó a mostrarles como estaba organizado el interior. La entrada era cocina con toda la cacharrería, cocina de gas y fregadero cuyas aguas caían directamente al suelo pero sin joder la tierra pues el detergente era biológico. De allí se pasaba al salón-comedor con dos ventanas, una a la derecha y otra a la izquierda. Al final una pequeña estancia que oficiaba de dormitorio. A Dirk, Mario y Flower les encantó su hotelito de madera. Una vez reconocido el carromato decidieron conocer el pueblo de Aljenzur, había que coger el toro por los cuernos y vacilar un poco. Sin embargo el chasco fue gordo, allí solo había vasca de alemanes y eso deprimió un poco a Flower y Dirk que habían planeado ese viaje para final encontrarse con mas alemanes que en Alemania.

Aljenzur es un pequeño pueblo sureño con un riachuelo y un puente que da acceso a la villa. Lo que podríamos definir como el centro es un merendero sobre el pequeño río. La industria está formada por varios bancos comerciales, varios comestibles regentados en plan familiar, el mercado central y algunos bares. El pueblo se arrisca sobre una loma haciéndola prácticamente inaccesible para un ciclista o intransitable para un paralítico con su carro. Los vecinos son gente amable y un poco incrédulos ante tal avalancha de turistas dejando a su aire a los visitantes. De ellos deberían aprender los tangerinos y tetuaníes, que no paran de dar el coñazo a los turistas. Mario y sus amigos entraron en un pequeño bar cuya clientela estaba formada por hippies alemanes absolutamente entregados al alcohol. Pidieron unas cervezas y Flower descubrió un futbolín e invitó a sus amigos a jugar una partida. Al rato de jugar y motivado por el sudor, los tatuajes de Dirk refulgían. Fuera, en la calle, acababa de atardecer así que decidieron volver al carromato y prepararse la cena. Acabada y hasta la hora de dormir, Dirk y Flower jugaron al baggamon y Mario a tomar apuntes para su diario y algunos esbozos de dibujos. Así pasó la primera noche de su veraneo junto a Dirk.

El nuevo día no fue todo lo venturoso que hubieran deseado. Una espesa calima o nube gris que apenas filtraba el Sol era la escena que Dirk, Mario y Flower encontraron al despertar ¡Esto es una impostura! ¡Venían de Alemania e Italia para tumbarse al Sol de las playas de la zona y el astro rey no lucía ni de coña! Esta situación puso de mal humor a los alemanes, Mario, por el contrario, con su carácter latino encajaba sin problema el kid. Al rato condujeron hasta Aljenzur de nuevo pues necesitaban de hacerse con algunos víveres en el mercado central. Se trataba éste de una gran nave rectangular, con cuatro paredes, techos de uralita y estructura de metal. A ambos lados del mercado estaban situados pequeños puestos donde se podía observar y comprar verduras y frutas. Frente a ellos los pescados y carnes, al fondo, en una de las puertas de salida-entrada, se ubicaba la panadería. En ese momento había bastante público nativo mezclado con los visitantes. Realizada la compra volvieron a la "casa" pasando un rato en adecentarla y preparar el larguísimo desayuno alemán llamado Frühstuck . Durante el transcurso del mismo, y a la postre, Mario comenzó a notar una cierta frialdad en Dirk. Desde bastantes años, Mario y Dirk mantenían una fructífera amistad y habían pasado muchas horas hablando y diagnosticando sobre la crisis de valores de la sociedad en Roma y Berlín. Sin embargo ahora había algo que no funcionaba, era como si se hubiera establecido una sorda guerra entre sus egos. Mario pensó que quizá cuando la calima se difuminara y luciera el Sol la situación entre ellos cambiaría. Conocía bastante bien a Dirk como para saber sobre sus inexplicables cambios de humor. Pero la calima se prolongó durante dos días más y la vida transcurrió en el salón del carromato. Dirk y Mario leyendo, Flower practicando cierta técnica japonesa de autodefensa.

Al tercer día, por fin, el Sol lucia resplandeciente y Dirk parecía mas comunicativo y sonriente que días atrás. Desayuna­ron rápidamente pues deseaban aprovechar el día y partieron en dirección a la playa de Almoreira, distante unos 10 kilómetros de la roulot. El camino después de abandonar la carretera asfaltada discurría por tierra aplanada, cañadas y pastizales extremada­mente verdes. Al llegar a la playa, el Sol lucia fuerte y el azul del cielo al horizonte parecía fundirse en un mismo plano. Era Almoraima, una playa extensa con arena muy rubia y limpia. De vez en vez aparecía algún cafetín encaramado en los riscos. Se tumbaron desnudos bajo el Sol en un sector escaso de público, al cabo de un buen rato comenzaron a sentir el cosquilleo del Sol calentándole las espaldas, luego la cara y el pecho. Mario y Flower se dieron un baño refrescante mientras Dirk permanecía sudando como un estibador en el mes de Agosto, y no se movió de allí durante las horas que permanecieron en la playa. Para Mario y Flower se trató de un auténtico y divertido día de playa pues todo el tiempo se lo pasaron entre los baños de mar y el juego del frisbis. Cuando regresaron a casa Dirk y Flower tenían las caras rojas como tomates. En el carromato la tarde transcurrió lenta y tras la puesta de Sol se preparó la cena. Tas ella volvió la partida de baggamon en la que como un circulo sin fisuras se encerraron Dirk y Flower. Mario se quedó fuera. El tan apetecido viaje con Dirk no estaba funcionando y no era por culpa de Mario que en varias ocasiones intentó abordar a Dirk para hablar sobre el silencio que se había instalado entre ellos, pero siempre encontraba por respuesta el silencio.

Amaneció otro soleado día de verano, así que tras desayunar consultaron el mapa para conocer otros puntos costeros de interés para ellos. Fortaleza parecía un buen incentivo, con sus acantilados y la ciudad amurallada. Hacia allí condujeron. La visita les gustó a Mario y sus colegas. Primeramente, para acceder a la ciudad fortificada, de ahí su nombre, había que dejar el auto en una explanada frente a la puerta principal de la ciudad donde aguardaban a los turistas, que eran muchos por cierto, decenas de tenderetes con sus diferentes souvenirs . La puerta principal está guardada por dos mudos cañones de época (siglo XVIII), cruzas un pasillo cubierto y accedes a la plaza principal y única de la ciudad militar con sus diferentes dependencias. Pero lo maravilloso de Fortaleza es asomarse a las murallas y contemplar los riscos en los cuales el fortín se asienta, y dejarse admirar por la vista que ofrece el basto y azul océano que hoy lucía sereno. Las gaviotas revoloteaban gritando como locas por encima de los riscos en busca de comida.

Tras la visita a Fortaleza continuaron conduciendo por la costa hasta llegar a una aldehuela a pie de cañada y el mar. Para acceder a la playa era necesario descender por una empinada cuesta con el coche. Mario sintió pánico mientras lo hacían y en algún momento deseó apearse del auto. Esta vez la playa no era como la de Almoreira sino una recoleta y tranquila playa de pescadores y con gentes del lugar. Dirk y Flower volvieron a ponerse como tomates de tanto Sol. Mario, al contrario, simultaneaba sus ratos de sol y sombra, a él le atraía más estar en el cafetín familiar y tratar de conectar con sus propietarios pues él es un tío bastante comunicativo. Allí transcurrió la jornada de luz, volvieron a casa y otra vez ese maldito juego entre los dos y esa falta de comunicación. Mario por haber convivido con alemanes sabia de su carácter taciturno pero tanta incomunicación para un latino le resultaba pesada así que comenzó a cansarse de estar todo el día allí despatarrado bajo el Sol e incomunicado con un extraño Dirk que no deseaba hablar sobre sus sentimientos en aquel carromato apartado de la mas mínima expresión de civilización para un tipo tan urbano como Mario. Él necesitaba del neón, el soportable ruido de la ciudad como Roma. Él no poseía ese carácter intimista de bosques y ecología como sus amigos berlineses, para él unas vacaciones se componían de dosis de Sol, coca, bares y alguna que otra sala de baile. Se prometió que al día siguiente, cuando bajara a Aljenzur para realizar la compra, preguntaría por un autobús que le dejara en Lisboa. Esta vez sus vacaciones junto a Dirk no marchaban. Algo se había roto en el interés de ambos por conocerse íntimamente.

Otro día caluroso apuntaba el Sol desde temprano. Dirk, como siempre, fue el último en despertarse. Flower y Mario aprovecharon el descanso de este para ir juntos al pueblo. Por el camino Mario le confesó a Flower que no estaba satisfecho con el ritmo del viaje con Dirk y que regresaba a Italia. Flower admitió que efectivamente encontraba a Dirk absolutamente metido en si mismo y que estaba de acuerdo con la decisión de que se marchara a Italia aunque le daba un poco de mal rollo que se tuviera que marchar solo. Tras la compra, Mario preguntó a un policía local donde había una oficina de información turística. Cuando dieron con ella Mario obtuvo toda la información necesaria del como y cuando podía salir de Aljenzur hacia Lisboa. Todo estaba resuelto, al día siguiente disponía de un bus en esa dirección.

Al salir del pueblo observaron un especial ajetreo informándose que mas arriba del mismo, no en la zona riscada sino en otra plana, se desarrollaba el día del mercado regional. Como sabían que aún Dirk estaría durmiendo decidieron observar un rato el mercadillo. Aparcaron el destartalado Mercedes y mientras caminaban, a escasos metros de ellos, en un bache Flower descubre a un chico con pinta de alemán y cabellos a lo rastafari como él pero mucho mas largo y claro. Fue a saludarlo por aquello de la afinidad entre bandas hermanas. Tras un buen rato de charla entre ambos y que Mario podía entender, saben que el tipo se llama Heiko y que vive en Hannover, que se encuentra en Portugal de vacaciones con su moto. Flower le invitó a desayunar con ellos en el carromato a lo que Heiko aceptó encantado. Heiko se quedó un rato en el bar mientras Flower y Mario daban un paseo por el singular mercadillo portugués. Finalizado el paseo volvieron junto a Heiko y este les siguió hasta el carromato en su moto. Dirk ya estaba levantado cuando el grupo arrivó a la casa, Flower le presentó a Heiko y al cabo de unos minutos comenzaron a desayunar desarrollándose una amena conversación. Mientras ésta se desarrollaba, Mario y Heiko, con cierta clandestinidad se cruzaron esporádicas miradas que ellos sólos eran capaces de captar. En la mirada del joven Heiko hay una complicidad de algo que presiente va a sucederle con Mario, en los de este se produce la misma atracción inexplicable o explicable pero sin palabras.

Acabado el desayuno, y mientras continuaba la charla alrededor de la mesa, en el exterior del carromato Heiko observa la panorámica y algo mucho mas práctico: una ducha. Pero una ducha muy original, se trata de una garita con tres paredes de madera y abierta al exterior, sin techo y sobre su ausencia, colocado sobre un trípode un cubo de agua que el Sol calienta. El invitado pidió permiso para darse una ducha pues durante tres días solo había vivido en la playa bajo el Sol con su saco de dormir y junto a su moto. No hubo ninguna objeción a su deseo y ,a pesar de estar el agua fría, Heiko se despojó de su ropa y comenzó a ducharse. Algún instinto debió de picarle a Mario pues con mucho disimulo, levantándose de la mesa, se situó frente a la zona abierta de la ducha y comenzó a lavar alguna ropa puesta la noche anterior a remojar. Desde esa posición podía observar sin ser visto el cuerpo hermoso del jovencísimo Heiko. A veces Mario levantaba la vista de la palangana de plástico para mirar a Heiko, el cual le devolvía la mirada con cierta concupiscencia. Poco a poco el miembro del invitado comenzó a adquirir cierta erección, ahora Mario ya no quita los ojos de aquel cuerpo cuyo pene ya está totalmente erecto y acercándose al motorista tras un gesto de este y sin que los otros pudieran escucharlo se desarrolló este breve diálogo:

—¿Te gusta? -preguntó Heiko ante la insistente mirada de Mario.

—Si -respondió este para agregar: "pero tendría que probarlo, de otra manera no puedo estar seguro"

—Cuando termine de ducharme me incorporo al grupo y luego buscamos un pretexto para largamos solos un buen rato juntos ¿Ok? -propuso el motorista.

—Será un placer, estáte seguro de ello -prometió Mario.

Heiko, acabada la ducha, se reincorporó de nuevo al grupo y a la conversación que alrededor de la mesa y con un buen café proseguía. Mario también se había incorporado tras el lapsus que supuso el lavar su ropa. La charla ahora discurría sobre los últimos acontecimientos políticos y sociales que se estaban desarrollando ese verano en Alemania hasta que Mario, dirigiéndose a Heiko le propuso: “Me gustaría probar tu máquina ¿me llevas un rato a dar un paseo?”, “¡Klaro!” respondió este. Tomaron la moto aparcada junto al coche, Heiko la conducía y Mario tomó el asiento trasero. Rodaban lentamente, sin prisas, como queriendo saborear primero las caricias que Mario comenzó a prodigar al joven rastafari. El cuerpo de Heiko era pequeño pero musculoso, de carnes prietas, maravilloso para recorrerlo en toda su geografía sin obviar accidente alguno. Así rodaron algunos kms hasta que al fondo de la carretera y por el lado derecho divisaron una arboleda aislada de todo un contorno carente de vegetación. Era como si aquella arboleda perdida estuviera allí para acoger cualquier a pareja de enamorados deseosos de intimidad. Tomaron la vereda que hacia los árboles conducía, deteniéndose y aparcando la moto a la entrada de la misma y anduvieron hacia el centro. Una vez reconocido el terreno, y sabedores de que nadie les podría observar, Heiko se apostó hermoso como un San Sebastián de espaldas a un árbol. Sus azulísimos ojos brillaban con un destello de luz infinita. Mario se echó sobre él y comenzó a lamer con su lengua la ribera del labio superior de su nuevo amigo donde se dibujaba un incipiente bigotillo rubio. Heiko rodeó con sus ansiosos brazos las caderas de Mario atrayéndolo mas y mas hacia su cuerpo. Al rato de besarse y del magreo, el pene de Heiko cobró toda su fuerza siendo sentido por Mario. De los labios Mario bajó al cuello y Heiko se despojó de su chaqueta de cuero y camiseta dejando al descubierto un torso fuerte e impúber pues el chaval acababa de cumplir los dieciocho años. Del cuello, Mario pasó a mamar con fruición los pezones, mas tarde el vientre hasta que poco a poco y de tanto bajar ya tenía cerca de su boca el maravilloso pene desflorado y rosa. Heiko se despojó de sus pantalones y slips, lo mismo hizo Mario.

Mario comenzó a besar el pene de su amigo con satisfecha devoción, como si aquello fuera una reliquia sagrada. Con su lengua rozaba el prepucio y la cabeza del miembro viril de Heiko, éste se puso duro sin cuento. Ante tan extraordinaria pieza, Mario se la introdujo en la boca dando comienzo a felarlo, primero lentamente como queriendo saborear aquella perla escondida tras las prendas de vestir del motorista, hasta que aquella verga joven y fresca se puso dura y temblaba dentro de la boca de Mario. Para el italiano aquello era un éxtasis. Este felaba de rodilla ante el motorista que agarrando la cabeza de Mario con sus manos empujaba su pene lentamente a la boca para retirarlo y volverlo a introducir. Así pasaron un rato difícil de medir en aquella arboleda perdida y rodeados por un paisaje casi irreal y brumoso como los fondos de algunos cuadros de Da Vinci. Pasados algunos minutos, Heiko sacó su esterilla de playa de debajo del asiento de la moto, la extendió sobre el suelo y ambos se tumbaron sobre ella, pero en esa postura que se conoce como el 69. Aquello era como si una corriente de placer saliendo del pene de uno pasara a la boca del otro y viceversa, como un rió que fluye sin detenerse ante nada. Ambos anhelaban beberse la miel del semen de su compañero. Cambiaron de postura, Mario se tumbó boca arriba y sobre él, Heiko. De esta manera el primero podía ver el rostro del segundo y viceversa mientras se entregaban lujuriosamente al gozo de sus bocas y el que ambos se proporcionaban al restregarse mutuamente sus penes sobre sus vientres y pecho. Mario cambiando de postura se puso boca abajo rogándole a su amante motorista le penetrara por el culo.

Heiko estaba en el punto de que haría cualquier cosa para incrementar su placer. Primeramente, con el pene en su mano, dirigiéndolo por la zona anal, iba calentando a su amigo y cuando este estuvo lo suficiente exitado introdujo su miembro en el ano de Mario. Éste, al sentir como lo traspasaba, emitió un gemido de dolor y placer. Heiko se movía lentamente, luego a medida que el placer aumentaba Heiko embestía mas rápido, y mas rápido, y mas rápido. Sabiendo que la eyaculación estaba próxima le preguntó a Mario si quería que se corriese dentro o, por el contrario, la sacaba y vertía su semen en sus nalgas. Este contestó que dentro. Heiko y Mario se concentraron, las sacudidas cada vez eran mas violentas, en un momento dado Heiko emitió un grito y Mario sintió el semen caliente del motorista en su interior y bajándole piernas abajo. Luego de hacer el amor, Heiko y Mario se tumbaron cara al cielo relajándose con tiernas caricias.

Subidos en la moto volvieron al vagón donde Dirk y Flower pasaban un rato leyendo. En el camino Heiko le preguntó a Mario se quería unirse a él durante los días de sus vacaciones o, por el contrario, permanecer en un vagón donde su amigo se refugiaba en su propio rollo. Truncada la idea largamente rumiada de hacer un viaje creativo junto a Dirk, Mario se apuntaba a la aventura recién surgida en un zoco de un pueblecito del Sur de Portugal.

Llamó aparte a Dirk para hablar. Aunque este no quisiera hacerlo le obligaría, aunque fuese a la fuerza. Ya no podía Mario disimular su estado emocional. Durante días había intentado animar y hablar con Dirk, para eso habían venido aquí, eran unos días que se prometían divertidos y amenos, se podía haber aprovechado tanto de sus mutuas reflexiones que realmente era una putada ese mal rollo que entre ambos se había establecido. No era otro que una soterrada lucha intelectual y de modales internacionales a la cual Mario no se rendía si Dirk no hacia lo tanto.

Mario le hizo ver a Dirk el tiempo tan precioso que habían dilapidado en tonterías, a la vez recordándole su aprecio y fe en su onda. Dirk se sintió tocado en sus fibras mas sensibles, se excusó ante Mario que conociendo esa rivalidad no había puesto de su parte una contención, todo lo contrario, también se había subido al carro de su personalidad y no bajaría hasta que el otro hiciera lo mismo. Las cosas mas claras Mario le dijo a Dirk y Flower que se marchaba con Heiko.

—Bueno tíos, no cortaros. A veces los rollos no salen bien y lo mejor es tirar para otro lado.

—Ok, Mario que te lo pases bien -dijo Flower y preguntó:

- ¿Como vas a volver a Italia ?

—Eso no es problema, me voy con Heiko a Lisboa, dos días por allí y luego recorriendo la cornisa del Cantábrico hasta llegar a Mónaco, una vez allí hasta Turín no hay mucha distancia

—Chao ¡hasta la vista! -se despidió Mario de un Dirk y un Flower que se quedaron algo tristes ante la puerta del vagón por lo que "no pudo ser".

Y Mario desapareció súbitamente en la carretera a lomos de una moto y agarrado fuertemente de la cintura de un motorista rastafari y macarra.