31 de Diciembre del 2007 .: La Prensa Gráfica :.
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Los negros fueron esclavos en muchos países de América. Las liberaciones más famosas ocurrieron en Brasil y Estados Unidos. Pero a El Salvador no pudieron ingresar según las leyes migratorias. A nuestro alrededor territorial, Nicaragua y Honduras tienen población de ascendencia afro.
NO a “los otros”

Por Elena Salamanca
Las leyes de migración de 1933 negaron a cuatro grupos étnicos la entrada al país. Ese fenómeno migratorio influenció el imaginario colectivo: nacieron los estigmas y las leyendas.

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Etnofobia
El rechazo al “otro” pasó también al nativo. “Quedó más claro después de la matanza de 1932”, dice el sociólogo, e indica: “A principios del siglo XX, en América Latina había una filosofía que decía que el indio atrasaba el progreso de las naciones”. “En los 30, el indio fue convertido en la encarnación de la maldad y la barbarie”, añade el informe de desarrollo humano 2003 del PNU.

Puertas cerradas: América Latina cierra las fronteras a grupos étnicos que no se vinculan al ideal de raza: los árabes, los gitanos, los chinos y los negros deben tomar las maletas y regresar pisando sus huellas a la inversa. Son los albores de los años 30 del siglo XX.

“El siglo XIX se caracterizó por las migraciones”, dice el sociólogo Sergio Bran. Y las leyes salvadoreñas lo sustentan. Una investigación de Pedro Escalante Arce y Abraham Daura, miembros de la Academia de la Historia, evidencia más de medio siglo de recelo migratorio en El Salvador: desde finales del siglo XIX hasta inicios del XX.

El resultado de “Arabismos en El Salvador”, investigación de Escalante Arce y Daura, lo resume en una frase: “Xenofobia legal”, que “es un tipo de temor a todo lo extranjero que viene a irrumpir en la normalidad de las costumbres o identidad del país y hace efecto a través de las leyes”, explica Daura.

Leyes y “nos”

La exclusión de grupos étnicos no nació con las leyes de migración de 1933 de Maximiliano Hernández Martínez. “Para llegar a esa ley formal venían ya desde el principio de la República (primera mitad siglo XIX) los primeros indicios de xenofobia legal”, explica Daura.

El estudio de ellos explica: “Existía un esbozo de lo que iban a ser las legislaciones, ahí se habla ya sobre el tratamiento que se debe dar a una población que ha migrado. Y se promulga el “derecho de asilo sagrado”, en la Constitución de 1871 y que entra en vigor en 1886”. Esta ley especificaba: “Todo extranjero puede residir en este territorio con tal de que se someta a sus leyes”.

Sin embargo, esa Constitución ya tilda de “perniciosos” a ciertos grupos étnicos, “pero sin definición clara”, dice Daura, quien continúa: “Esos mismos años David Joaquín Guzmán publica una obra que se llama ‘Anotaciones sobre topografía física de la República de El Salvador’ y llama perniciosos a los chinos”.

Este fue el primer grupo étnico al que se le cerraron las puertas a pesar de que cuando se construyeron las primeras líneas férreas “los chinos se contrataron como mano de obra”, anota el sociólogo Sergio Bran. Y la ley que apoyó el epíteto fue en 1897. Los chinos eran “perniciosos” en las leyes.

Esto ya era campo fértil para la paranoia y la exclusión del otro, y las leyes de 1933 fueron fecundas.

El capítulo III de esta ley “Restricciones y limitaciones a la inmigración”, decía en su capítulo 25: “Se prohíbe la entrada al país, a los extranjeros comprendidos en uno o más de los casos siguientes: a los de raza negra; a los malayos y a los gitanos, conocidos también en el país con el nombre de ‘húngaros’ ”. Y el artículo 26 continuaba: “ No se permitirá asimismo el ingreso al país de nuevos inmigrantes originarios de Arabia, Líbano, Siria, Palestina o Turquía, generalmente conocidos con el nombre de ‘turcos’ ”.

“Estamos después de la Primera Guerra Mundial, y ahí hay una correlación de fuerzas interesante a escala mundial. Nadie quiere a los perdedores, y precisamente estos grupos vienen de los países que perdieron la guerra”, contextualiza Bran.

“La segregación racial o étnica sigue manifestándose actualmente y eso adquiere connotaciones diferentes”, añade el sociólogo. Para él, la xenofobia es una defensa al temor al otro, y la única manera de enfrentarla es cerrar la puerta, negarlo.

Imaginarios e idearios

Para que esta idea de exclusión o segregación racial surtiera efecto no era solo necesario el artificio legal: hay que inocular la idea en el pueblo.

“Un imaginario colectivo se construye a partir de tipologías culturales, y dentro de ellas, de estereotipos. Entonces hay un modelo sobre el cual el Estado y las instituciones que producen sentido quisieran que la sociedad en general fuera asumiendo. Y se trata de llegar a la población precisamente construyendo imaginarios colectivos”.

Y se inoculan. Las leyes no fueron tan efectivas como la tradición oral para que Rosa Elena Martínez supiera que los gitanos “se robaban a los niños”. Y lo supo desde los seis años, al filo de los finales los años 30.

Ni para que Abraham Daura recuerde que sus abuelos entraron en 1915 al país y no tuvieron ningún problema migratorio, “pero un tío sí, tuvo problemas para entrar y casarse con una hermana de mi abuelo en 1943. Fueron tantos los problemas, que se casaron e inmediatamente se fueron a Honduras”.

En el cementerio de San Miguel, una tumba de colores llama la atención de los visitantes. “Es la tumba de la húngara”, dice Otilio Orantes, el cuidador del cementerio.

Ah, una gitana. “No, una húngara”, responde al aludir al epíteto famoso de los gitanos. “Dicen que antes la venían a enflorar, ahora no, pobrecita, como ya no se miran ellos (gitanos)”, manifiesta una limpiadora del cementerio.

Sara Concepción de Palma es el nombre de la “húngara”. Su muerte fue en 1948, tres años después de que se derogaron las leyes migratorias que permitía a su grupo cultural entrar en este país. “A veces viene gente que pregunta por la tumba de la húngara”, dice la cuidadora, y se aleja de los azulejos tristes, sin flores ni lugar ni fecha de nacimiento.

Rezagos y espejos

“La idea era no contaminarse, ¿de qué? de costumbres, prácticas, cosmovisiones, creencias religiosas de estos grupos, asociados al mundo premoderno, al agrícola. Y para ser modernos, había que dejar las supersticiones y el atraso, el nomadismo”, dice Bran.

Las leyes no echaron raíz solo en El Salvador. La tesis de la antropóloga argentina Susana T. Ramella “Ideas demográficas argentinas (1930-1950): Una propuesta poblacionista, elitista, europeizante y racista” explica que las migraciones eran una consecuencia de las modificaciones ideológicas y del mapa europeo de los años 30. Lo que Bran cita es “la polarización que sería clara en la Segunda Guerra Mundial: capitalismo y socialismo”.

Ramella dice que las leyes estrictas de migración se desplazaron a Bolivia, Cuba, Honduras y Brasil en 1936; Nicaragua en 1930; Venezuela en 1939; y Uruguay desde 1890.

“Se trataba de una exclusión étnica”, sostiene, y la investigación de los miembros de la Academia de la Historia lo constata: “Había rezagos, desde la Colonia, de migración selectiva: había grupos que sí podían entrar, pero estos citados no”.

Bran explica que en los años 30 también se tendió a “afrancesar” el país, y parte de la región latinoamericana, “como en Guatemala y Argentina” porque el ideal de ciudadano de la época “eran estereotipos que se construían a partir de una tipificación del individuo en términos occidentales”. Y sobre salía el ario en la pirámide racial.

“La necesidad de construir identidades nacionales o grupales siempre implica compararse o referirse al otro”, dice Bran, quien segura que la xenofobia “es un problema actual: estos grupos estadounidenses de civiles (Minuteman) que han decidido tomar la ley por sus manos, vigilar las fronteras, dispararles y echarlos son un ejemplo”.

“Ahora si se hace un símil con los Estados Unidos, el conflicto con los hispanos va más allá de la indocumentación. El problema es que los latinoamericanos no se están dejando absorber por la cultura anglosajona, la estadounidense, son híbridos: hispanos de corazón que asumen la cultura estadounidense funcionalmente”, resume Bran.

Y eso explica que pasó con los árabes y los chinos: “Que son ahora grupos grandes en el país, y que, además, los árabes se han colocado en sitios de poder, gracias a su trabajo en el comercio”.

Por el lado de los negros, “hubo un afán de los mestizos de negarse, de decir: ‘Aquí no hubo’”.

Lo sustenta Enrique Cora, un octogenario que asegura fervientemente: “Hernández Martínez sacó a los negros”.

Mientras que los hacendados, con el éxito del café, seguían pensando que eran un grupo aristocrático, los árabes iban creando sus negocios, indica Bran, y los que habían migrado antes de las leyes ya “gozaban de simpatía y el reconocimiento de los salvadoreños”, señala el trabajo de Daura y Escalante Arce.

Con el golpe de Estado a Maximiliano Hernández Martínez, en 1944, las leyes cesaron. Lo atestigua una tumba con una fecha de muerte y la tradición oral detrás de ella. Pero los estigmas siguen en algunos casos: en 1931, LA PRENSA GRÁFICA escribía la desaparición de una niña: “Algunas personas suponen que la niñita fue robada por gitanos porque en el país no existen bandas de roba chicos”. Está escrito en papel y en el imaginario colectivo: “Si te portás mal, te vendo a los gitanos”, amenazan, con más folclor que contexto geoideológico, algunas abuelas.

El imaginario colectivo es más poderoso que las leyes: “las ideas permanecen”, dice Bran, o se mutan hacia nuevos grupos: los hispanos en los Estados Unidos, los musulmanes en algunos países europeos (en Francia, se intentó prohibir el año pasado que las niñas musulmanes asistieran con burka a clase).

Los estados poderosos cierran las puertas, anota Ramella, y Bran añade: “El etnocentrismo está siempre ligado al desarrollo, si estos grupos representan atraso o pobreza, había que terminar con ellos”. Era 1933, pero 2005 no está tan lejos.


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