BOOGIE, nº 8. 26 de enero de 1989

El swing de la escuela de calor


Valencia fue la ciudad escogida para hacer historia en el ya denso camino del grupo maño - madrileño. Y el Arena Valencia Auditórium reventó los días 29 y 30 de octubre para decir:”Radio Futura, podéis cantar con nosotros”. La respuesta de esa ciudad fue inequívoca y sin reservas.

 

El último fin de semana de octubre no será un week-end cualquiera en la larga trayectoria de este combo que se ha caracterizado siempre por sus contenidos, su densidad y su innato perfeccionamiento a la hora de trabajar. Sólo había que ver la cara de Santiago Auserón en las pruebas de sonido, sus increpancias, exigiendo al grupo ese más que les diferencia sustancialmente del resto. Una forma de entender la música que pasar por el Caribe, un tanto de soslayo en De un país en llamas, y cuyo siguiente paso cristaliza en New York City. La canción de Juan Perro no sólo es una obra capital de rock doméstico, sino del panorama musical en lengua castellana de las últimas décadas.

 

Y Escuela de calor -que así se llama el disco- intenta reflejar lo que sido el grupo en el período de 1985-1988. Su forma de abrazar el reaggee argumenta para trazar todo un mundo de sensaciones y vivencias. Mas el hecho que supone que, sin ser un grupo de superventas -aunque sus disco mantienen unas cifras constantes- son una de las bandas españolas que más carretera lleva encima. La idea original del disco era grabar en diversas sesiones y ciudades a lo largo del verano; opción que, por su elevado coste y complejidad técnica, tuvo que desecharse. Con todo, Radio Futura contaba con varias referencias de su sonido. En el único macroconcierto que dieron –las fiestas de la Mercé de Barcelona, ante cerca de cien mil personas- El Camión, la unidad móvil de grabación, tomó buena nota del set; y otro anterior concierto en Barcelona también fue registrado para poder sondear el clima que el grupo quería obtener de su personal registro.

 

Como es penosamente habitual, la actuación del viernes -la primera- se retrasó más de una hora los carteles anuncian una cosa y la realidad suele ser otra bien distinta. Pasada la medianoche, la sala estaba a punto de estallar. Mientras, en los camerinos reinaba la calma. El que peor lo llevaba era Santiago, que no estaba contento con su voz. Apenas algunos conocidos se acercan. Aparecen los chicos de Seguridad Social. Tanto Mark como Jordi, los dos técnicos de El camión, lo tienen todo bajo control. A las 0,47 horas, Santiago viste traje morado, camisa negra –“Buenas noches, venimos a hacer un trabajo fino”-, y el resto del grupo va de negro. Suenan las primeras notas de 37 grados...

 

Mientras el viernes todo fue mucho más tenso, más milimétrico –es decir, más lineal por miedo al error-, la noche del sábado todos estuvieron mucho más sueltos. El que peor lo llevó fue otra vez Santiago, que se mostraba un tanto crispado. Su voz no estaba como él hubiese deseado, y en la posterior escucha de los temas se observó que tenía cierta razón, pero la tonalidad y el sentimiento que puso valían por todo lo demás.

 

Quien recuerde del 85 ahora no les reconocería. El paso de cuartero a sexteto, unido al hecho de que, para dos elementos -Javier Monforte y Oscar Quesada -era su primer disco- Futura, suponía una presión añadida. Recuperado Kike Sierra, con su característico sonido -bordó Escuela de calor- y su particular modo de moverse, la compenetración es un hecho y la riqueza cromática de Javier Monforte enriquece la sobriedad del primero.

 

La labor, hasta cierto punto oscura, de Pedro Navarrete en los teclados es tan esencial que por momentos consigue que uno se olvide de la ausencia de una sección de vientos. Su calidad quedó patente en canciones como Luna de agosto, Annabel Lee o Paseo con la Negra Flor. Pedro teje algo similar a un colchón sonoro, que posibilita que la parte rítmica, a cargo de Quesada y Luis Auserón, pueda dar rienda suelta a todo el swing que atesora. Oscar era el encargado de marcar las entradas, cuya milimétrica rítmica es admirable, pues demuestra que es lo suficientemente versátil; y más teniendo en cuenta que se le acaba de diagnosticar una hepatitis y requería reposo absoluto. Su coraje fue admirable.

 

Luis demuestra que es un zorro viejo en No tocarte, El tonto Simón o La Negra Flor. A su vez, Santiago ha ido macerando su personal timbre de voz, que llega a ser marca registrada en su rap - homenaje a Barcelona, Paseo con la Negrea Flor. Las dos noches fue el tema que más emociones despertó. Casi las mismas que En el Chino, que ahora tiene un muy marcado acento soul, No tocarte, El tonto Simón, Semilla Negra o Cara o cruz, en la que Santiago dijo: “Queremos lo mejor con esta canción. Queremos iniciar la senda del rock hispano.”

 

Dos tandas de bises concluyeron el sábado con una negativa a interpretar Divina. “Prefiero a James Brown”, explica Santiago, y entona la primera estrofa de Try me, para acabar con Sitting on the dock of the bay, de Otis Redding.

 

Todos quieren más y más. Valencia no se rinde. Muchos han cantado todos lo temas, han vitoreado, han sudado lo indecible. Muchos también han repetido las dos noches. Han sido protagonistas de una puerta a la esperanza.

 

Al día siguientes, a media mañana, Santiago Auserón, bloc y bolígrafo en mano, oye con satisfacción las grabaciones. Las canciones seleccionadas suenan como se esperaba; en cuanto a las demás, están bien o mejor ¿Qué hacer? De la idea original de un elepé sencillo con doce cortes, se pasa al doble con dieciocho. El perfeccionismo casi enfermizo de Auserón sigue diciéndole que su registro no era el adecuado. Es duro de pelar este hombre, que puede ir bien orgulloso por ahí, sabiendo que escribe y canta parte del glosario de rock’n’roll hispano. El reggae lo ha hecho posible. Y Valencia fue una fiesta.
 

 

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