Faldas cortas y prejuicios largos

Sábado, 17 Enero, 2009

En una sociedad moderna, plural y democrática no caben esos pensamientos medievales, propios de sociedades atrasadas y en las que las mujeres carecen de toda clase de derechos.

En un pronunciamiento que revela mucho de la mentalidad y los prejuicios que imperan en la Iglesia Católica a los más altos niveles, el arzobispo de Santo Domingo, Nicolás de Jesús López Rodríguez, declaró durante el sexto Encuentro Mundial de las Familias que “con escotes pronunciados y minifaldas las mujeres están provocando al hombre”, en tanto que el obispo auxiliar de Tegucigalpa, Darwin Rudy Andino, terció diciendo que “debido a la ropa provocativa que usan las mujeres se exponen a violaciones, a que las usen, que las traten como un trapo viejo, porque desvaloran su persona y su dignidad”.

Más aún, la religiosa ecuatoriana Alexandra Marcillo declaró que “las mujeres tienen la culpa de que las ataquen”.

Y por si fuera poco el obispo de Ciudad Juárez, donde se han cometido miles de feminicidios en los últimos años, Renato Ascencio, señaló que la mujer no sólo debe cambiar su forma de vestir sino sus actitudes. Se ha perdido el pudor en la familia mexicana”.

!Qué desfachatez y desvergüenza la de estos religiosos, que piensan que las mujeres que han sido víctimas de violaciones, acosos sexuales, insultos, amenazas, miradas lascivas y hasta asesinatos, fueron responsables de las agresiones que sufrieron!. !Con razón la Iglesia Católica ha perdido -y seguirá perdiendo- miles y miles de adeptos en México y América Latina!.

Y sin embargo, en el susodicho Encuentro no ha habido hasta ahora pronunciamiento alguno en contra de los sacerdotes pederastas, muchos de los cuales siguen haciendo de las suyas y protegidos con la complicidad de altos jerarcas de la Iglesia, lo que demuestra que en materia de moral y ética muchos curas están para recibir lecciones, no para darlas.

Y qué decir de las violaciones flagrantes que no pocos sacerdotes y obispos hacen de los votos de castidad y de pobreza. Muchos no sólo viven una doble moral, sino una doble vida:

en público se hacen pasar por castos curas, pero en privado tienen mujeres e hijos en distintas parroquias. Y de los supuestos votos de pobreza mejor ni hablar, pues todo el mundo sabe el elevado nivel de vida y los lujos que se dan obispos y sacerdotes.

Los pronunciamientos de los religiosos en contra de las mujeres merecen el más enérgico repudio de la comunidad, pues al margen de creencias y credos con tales ideas se promueve y fomenta no sólo la misoginia, sino el proceder delincuencial de quienes atacan a las mujeres.

Esos conceptos nada tienen de católicos ni de cristianos, pues con ellos se pueden justificar -por lo pronto a los ojos de esos religiosos- las peores arbitrariedades y abusos contra las mujeres.

Es verdaderamente abyecta y ruín esa forma de pensar, que achaca a las víctimas la responsabilidad de su propia agresión.

Las autoridades políticas y judiciales del país debieran tomar cartas en el asunto, pues es evidente que con tales pronunciamientos se está fomentando la discriminación y la violencia hacia las mujeres.

El fomento de conductas que promuevan o inciten la discriminación, el racismo y la violencia se tipifican como delitos en la actual legislación mexicana, por lo que la Secretaría de Gobernación no puede ni debe hacerse de la vista gorda.

Pero las propias mujeres debieran pronunciarse al respecto.
En una sociedad moderna, plural y democrática no caben esos pensamientos medievales, propios de sociedades atrasadas y en las que las mujeres carecen de toda clase de derechos.

La alta jerarquía católica desde siempre ha sido enemiga de la libertad de pensamiento y de acción de las mujeres, y las que no cumplen con los preceptos y prejuicios imperantes en la Iglesia son desvalorizadas y objeto de toda clase de condenas morales.

Sin embargo, los curas que abusaron de miles de niños y jóvenes, algunos de los cuales han terminado suicidándose a consecuencia de los traumas y reiterados abusos de los que fueron víctimas, que se cuentan probablemente por cientos en toda la Iglesia, fueron siempre protegidos por la más alta jerarquía católica, apostólica y romana.

Y el caso más conocido a nivel mundial ha sido el de Marcial Maciel, fundados de los Legionarios de Cristo, quien abusó durante décadas de decenas de novicios en diversos seminarios.

Pero lo cierto es que el caso de Maciel fue y es el de muchísimos otros curas.

No hay duda que el oscurantismo, el odio a la vida y a las libertades es lo que parece permear en amplios círculos de la Iglesia, lo que nada bueno puede dejar para la sociedad; y menos en una época de crisis como la actual.

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