Miércoles 27 Mayo de 2009
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Distrito Federal
Murió el escultor Feliciano Béjar
El artista nacido en Jiquilpan fue víctima de una arritmia cardiaca
Redacción
Viernes 2 de Febrero de 2007 • Enviar nota    • Imprimir

Víctima de una arritmia cardiaca que sufría desde hace varios años, el escultor mexicano Feliciano Béjar Ruiz falleció ayer a las 04:30 horas en su domicilio de la Ciudad de México y su cuerpo era velado ayer por la noche en una conocida agencia funeraria del sur de la capital de México.

En entrevista, su hijo y apoderado legal, Martín Feliciano Béjar, informó que el escultor nacido en Jiquilpan, Michoacán, en 1920, sufría desde hace varios meses un acrecentamiento del corazón que le provocaba una arritmia.

Finalmente, añadió, «esta madrugada (la de ayer) la enfermedad le ganó la batalla y mañana (hoy) será sepultado en el cementerio municipal de Jilotepec», Estado de México, cerca de su casa de campo, lugar donde fue su última voluntad que sus restos reposaran allí.

Martín Béjar dijo desconocer si el Instituto Nacional de Bellas Artes le rendirá algún homenaje a su padre, sin embargo, comentó que las autoridades de la dependencia ya se pusieron en contacto con él para expresarle sus condolencias.

Un mes antes de morir, explicó su hijo, inauguró una de sus últimas obras, El caracol, escultura de gran formato que fue colocada a mediados de diciembre sobre la lateral del Anillo Periférico, a la altura de Altavista.

A Feliciano Béjar le sobreviven su hermana, un hijo y cuatro sobrinos.

El escultor

Autodidacta en varias disciplinas, como dibujo, grabado, pintura y escultura, innovador en varios materiales plásticos y artesanales, creador de los magiscopios, Bejar pasó una niñez en su Jiquilpan natal como acólito y ayudando a su familia en las tareas de mercería.

A los ocho años sufrió de poliomielitis, por lo que usó muletas por casi cinco años, tiempo durante el cual aprendió diversas técnicas artesanales.

Durante la Guerra Cristera (1926-29) , descubrió las dos caras del hombre: su habilidad para crear vida a través del arte, y su infinita capacidad de autodestrucción, que arrastra todo lo que le rodea. De lo primero, construyó su porvenir; de lo segundo, hizo un enemigo al cual se enfrentó cada día.

Recuperado de su enfermedad, a los 15 años, descubrió el valor de reciclar como un acto creativo y restaurador, práctica que lo marcó en su vida artística.

En aquellos años, Jiquilpan se convirtió en centro de diversas actividades relacionadas con el arte, lo que le facilitó conocer al muralista José Clemente Orozco, quien plasmó sus ideas sobre la Revolución Mexicana en una biblioteca del lugar.

Fue un trotamundos, se desempeñó como vendedor de telas, afanador, lavaplatos y elevadorista, entre otros empleos. En Nueva York, el pintor inglés Arthur Ewart lo estimuló a observar y a organizar plásticamente otras zonas de la realidad.

En la Gran Manzana fue donde, durante sus largas estancias de estudio en el Museo Metropolitano, Béjar dio los últimos pasos de un proceso para entonces irreversible: se convirtió en pintor.

Regresó a México en 1947 y produjo una gran cantidad de obras.

Su primera exposición individual la montó con 18 pinturas, en la Ward Eggleston Gallery, de la calle 57 de Nueva York, con lo que el futuro constructor de paraísos terrenales e inventor del Magiscopio irrumpió en el mundo del arte, ante todo como pintor.

No obstante, en 1949 continuó su formación autodidacta en museos de París, becado por la UNESCO, estancia que aprovechó para recorrer en bicicleta Europa. Al año siguiente regresó a México, cargado con pinturas y acuarelas, y presentó su primera exposición individual.

En 1956 volvió a París, donde además de pintar trabajó como extra de cine y locutor de radio. En ese periodo, sus pinturas estaban plagadas de temas costumbristas, pero un nuevo elemento asomó con insistente belleza: las luces a manera de pequeños soles.

De regresó a México, nuevamente se involucró en la construcción de extraños instrumentos con una voluntad de convertir el desperdicio moderno en esculturas, y con ello «democratizar la belleza a través del arte», según apunta en la presentación de la exposición Juan Carlos Ruiz, quien añade que «sus esculturas, cuadros y casas comenzaron a poblarse de luz».

Habían nacido unas esculturas bautizadas por Jorge Hernández Campo como Magiscopios, instrumentos de acero reciclado con lentes encapsulados que albergan mundos y visiones asombrosas.

La llegada de estas creaciones al Palacio de Bellas Artes, en 1966, constituyó la apertura a toda una generación de escultores vanguardistas y significó la ruptura de moldes tradicionales, principal obstáculo a la originalidad.

Asimismo, dichas piezas impusieron una nueva forma de entender el arte como un juego, una actividad lúdica en esencia y de posibilidades infinitas.

Los magiscopios de Béjar acotaron los rígidos círculos del arte-propaganda y dieron pie y estímulo a la plástica mexicana por su originalidad, surgidos como esculturas con significados múltiples, dependientes de quién, cómo, dónde y cuándo los observe el espectador.





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