28.09.2001
INDICADOR POLÍTICO
Carlos Ramírez
Doctrina Estrada; doctrina Castañeda

Aunque ha prevalecido el criterio de que los nombramientos de Marie Claire Acosta y la perredista Patricia Olamendi fueron una cortina de fondo del conflicto del Congreso con el secretario de Relaciones Exteriores, en el fondo hubo ahí una definición de fondo: el papel activo de México para calificar gobiernos y sistema políticos como parte del reconocimiento diplomático.

Los ataques terroristas con aviones-misiles contra Estados Unidos sirvieron para definir con claridad los términos de las relaciones del primer gobierno de la alternancia en México con la Casa Blanca. Lo malo, sin embargo, ha sido el hecho de que medios y legisladores personalizaron la disputa en la figura del canciller Jorge G. Castañeda y no fueron al fondo de las cosas: la política exterior de un gobierno no priísta.

En el pasado, México pudo jugar al gato y al ratón con las relaciones exteriores con EU. El presidente Echeverría diseñó una diplomacia tercermundista, progresista y crítica a EU, pero le confesaría al corresponsal del The New York Times que era un discurso de consumo interno. Al final, Echeverría fue víctima de una campaña de desestabilización doméstica pero apoyada desde el exterior.

López Portillo fue activista centroamericano y apoyó a los guerrilleros salvadoreños y a los sandinistas nicaragüenses, pero del otro lado buscó un acuerdo energético con EU y comenzó a construir un gasoducto. El ciclo De la Madrid-Salinas-Zedillo fue el de la integración total de México a EU. En todos estos periodos, la política exterior de México hacia EU fue determinada, sobre todo, por la personalidad de los presidentes norteamericanos y las concesiones de los gobiernos priístas. El ciclo de integración coincidió con una campaña de presiones de Reagan y la CIA contra México y a favor de la oposición conservadora.

Las posiciones doctrinarias de la diplomacia mexicana han sido definitorias. La Doctrina Carranza fijó el punto de la no intervención al calor de la invasión militar norteamericana a México como respuesta a los ataques de Pancho Villa a Columbus. La Doctrina Obregón estuvo amarrada a los Tratados de Bucareli: la negociación del pago a estadunidenses por daños en la revolución Mexicana, a cambio del reconocimiento legal de EU al gobierno obregonista.

La Doctrina Estrada ha sido mal utilizada. Como canciller, Genaro Estrada fijó el criterio en cuanto al reconocimiento de otros gobiernos sin atender su régimen político. Más que calificar, Estrada estableció en 1930 la posición de mantener o romper relaciones con otro país sin que ello significara la aprobación o reprobación de sus gobiernos locales.

La Doctrina Díaz Ordaz se definió al calor de Cuba y la campaña de EU para el aislamiento. Esta posición diplomática dio un paso adelante de la Doctrina Estrada porque tuvo que tener un criterio en torno al gobierno en conflicto: continuar con el reconocimiento diplomático, independientemente del carácter u orientación de los gobiernos.

A partir de 1970, la diplomacia se personalizó en el presidente en turno. Echeverría condenó el gobierno dictatorial de Pinochet y rompió relaciones diplomáticas, al igual que ocurrió con el régimen franquista de España. López Portillo fue más allá porque rompió la no intervención en asuntos de otros países al firmar con Francia el reconocimiento de la guerrilla salvadoreña como un factor político interno y luego al involucrarse con en asuntos internos de Nicaragua al lado del sandinismo.

Los priístas que critican al gobierno panista fueron en el pasado intervencionistas en otros países. El embajador lopezportillista en Managua y hoy diputado crítico del canciller Castañeda, Augusto Gómez Villanueva, fue conocido en esa época como el "noveno comandante sandinista". Y el hoy presidente de una comisión de relaciones exteriores de la Cámara, Gustavo Carvajal, llegó a entregarle dinero a los sandinistas y con ello se metió en los asuntos de otro país violando las doctrinas que hoy enarbolan sin rubor. ¿Entonces sí y hoy no?

Los principios de la política exterior --no intervención en los asuntos de otro país y autodeterminación de los pueblos-- nacieron de la historia nacional conflictiva: invasiones de fuera, mutilación territorial y falta de reconocimiento a movimientos revolucionarios. Es decir, fueron producto de la ilegitimidad de los gobiernos surgidos de conflictos, revueltas y revoluciones.

La actual representa una prueba para la legitimidad democrática de México. El sistema priísta se escondió detrás del aislacionismo para evitar que juzgaran su sistema autoritario y despótico. Asimismo, usó la política exterior como un mecanismo de defensa ante el expansionismo estadunidense, aunque la archivó cuando los gobiernos priístas le cedieron el territorio mexicano como base para las operaciones de la CIA en el contexto de la guerra fría contra la Unión Soviética. Con un gobierno democrático y un sistema electoral no priísta, la diplomacia mexicana tendrá que cambiar los supuestos diplomáticos frente a Estados Unidos. Hoy no hay nada que ocultar.

LA DOCTRINA CASTAÑEDA
Cuando el sistema autoritario priísta se cerró como una ostra, sólo la presión norteamericana pudo abrirlo hacia prácticas políticas más democráticas. En consecuencia, el proceso de democratización mexicano le debe mucho al escenario internacional. Si EU y los países europeos se hubieran regido por los principios de la Doctrina Estrada, la democratización de México se habría retrasado o entrado en la lógica de la violencia.

El apoyo de EU al PAN en el gobierno de Miguel de la Madrid, las presiones norteamericanas en el gobierno de Salinas para condicionar la firma del tratado comercial y la cláusula democrática de la Unión Europea para el tratado bilateral como factor de negociación con el gobierno de Zedillo lograron apresurar la democratización de México y contribuyeron al reconocimiento de la victoria de Vicente Fox.

Por tanto, el papel paradójicamente intervensionista de otros países en México permitió la democracia. De ahí que los criterios de política exterior del gobierno de Fox sean diferentes, y más si representa a un partido diferente al PRI. Y si a ello se agrega la apertura comercial de México en el escenario de la globalización internacional, entonces las doctrinas aislacionistas no son sino posiciones a contrapelo de la evolución de las relaciones exteriores de las naciones.

El debate, en consecuencia, no debe centrarse en el aislacionismo sino en la definición de los criterios para el activismo diplomático externo. México haría más por sí mismo desde una posición en el consejo de seguridad de la ONU, que esperar que otros países participen en los debates y México solamente esté obligado a acatarlos. El petróleo, sus exportaciones y su papel en la dinámica financiera prácticamente obligan a México a una nueva política exterior más activa y menos pasiva.

En este escenario se inscribe la Doctrina Castañeda. En un muy completo texto publicado el domingo pasado en Enfoque, suplemento político de Reforma, el canciller foxista establece los parámetros de la nueva política exterior. La nueva diplomacia mexicana se definió "con base en el cambio político inaugurado el 2 de julio del 2000" y en las transformaciones del mundo. Por tanto, México será activo en defensa de la democracia que le costó muchos años consolidar por la vía de la alternancia.

Este criterio de activismo democrático es un principio de política exterior. Y no es nuevo porque EU lo usa y la Unión Europea lo incluyó como cláusula democrática. Y más aún: en su reunión reciente en Lima, justo el día de los ataques terroristas contra EU, la OEA incluyó la "carta democrática" en sus postulados. En el pasado, el PAN utilizó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA como espacio de denuncia contra los fraudes electorales del PRI. Un país democrático ya no necesita protegerse detrás de criterios de no intervención política.

Este escenario explica las dos nuevas subsecretarías en la cancillería mexicana: los derechos humanos y los espacios democráticos como parte de la nueva diplomacia. En la doctrina priísta de la no intervención y la autodeterminación, estas oficinas diplomáticas hubieran sido un desatino pues el PRI fue un ejemplo internacional de violación de derechos humanos y de autoritarismo antidemocrático.

El activismo mexicano se basaría, según el texto de Castañeda, en criterios inocultables: los temas globalizados de democracia, derechos humanos y medio ambiente, el papel importante de países que no son potencias pero que pueden influir en el establecimiento de nuevas reglas y normas internacionales, la importancia del petróleo en el mundo, la urgencia de consolidar el comercio exterior como fuente de recursos y la globalización financiera.

Si México no participa activamente, entonces otros países lo harán en su lugar y México estará obligado a cumplir con sus conclusiones. Lo mismo ocurre en la relación bilateral con Estados Unidos. Los años de enconchamiento de México le dejaron a Washington la iniciativa, pero México lo hacía por la falta de legitimidad democrática que le daba el autoritarismo priísta. La consolidación de un régimen democrático, con vida política nacional, será el mejor criterio de contención del expansionismo ideológico, político y militar de EU.

La crítica contra esta nueva política exterior parte del priísmo y del perredismo que alguna vez --no hace mucho tiempo-- fue priísta. El principio de nacionalismo que enarbola la crítica priísta-perredista es el mismo que escondió al PRI de la observancia internacional. Y en esos años de confrontación con EU, México no sacó ninguna ventaja y al final tuvo que ceder más de lo indispensable.

"Un mundo abandonado a la espontaneidad de sus fenómenos es un mundo menos favorable a nuestro país, sobre todo en un sistema internacional asimétrico. Los actores centrales del sistema internacional contrariamente a la inmensa mayoría de los otros países, siempre se han beneficiado del curso espontáneo de las tendencias mundiales, el cual favorece inevitablemente al más fuerte", dice el canciller en su texto.

El debate entre cancillería y oposición debería ser más serio y profundo. En el pasado, el aislamiento mexicano fortaleció el mundo bipolar. Y el riesgo de que el planeta arribe al perverso unilateralismo puede enfrentarse con la participación de los países medios. Pero parece que sigue latente el rencor hacia EU y no una negociación más equilibrada.
La diplomacia es la habilidad para conseguir objetivos. Lo escribió Jorge Castañeda padre en la introducción al libro México y la Revolución Cubana, de Olga Pellicer:

"A fuerza de oír el ritual de ciertos postulados jurídico-políticos, tales como la no intervención, la igualdad jurídica de los Estados, etcétera, a menudo se tiene la impresión de que la política exterior mexicana es resultado del deseo altruista y noble de lograr la constante aplicación del derecho internacional. Si bien no hay divorcio entre sus postulados y los objetivos de política exterior mexicana, su mera invocación, aún reiterada y ferviente, no hace las veces de una política.

"Las decisiones en materia de política exterior son el resultado de un proceso de conciliación entre los planteamientos ideales del derecho internacional y las presiones provenientes de los factores de poder, nacionales y extranjeros, interesados en influir en esas decisiones".

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