Crónica latina de los reyes de Castilla
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II. Alfonso VIII
A. Alarcos y Salvatierra

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A su muerte quedó su hijo, el glorioso Alfonso, infante tierno de apenas tres años, y hubo tanta turbación en el reino de Castilla cuanta no había habido antes en mucho tiempo.

Discordes entre sí los principales del reino, Fernando Rodríguez, hijo de Rodrigo Fernández, hermano de Gutierre Fernández de Castro, y sus hermanos y otros amigos y consanguíneos que lo seguían, formaron una facción, intentando huir de la persecución y opresión de los hijos del conde Pedro de Lara, es decir, del conde Manríquez y del conde Nuño y del conde Álvaro y de toda su parentela. Fernando Rodríguez y sus hermanos y consanguíneos poseían muchos castillos, fuertemente defendidos, por concesión como otros poderosos en el reino, la orden de no entregar las tierras y castillos a nadie sino a su hijo y cuando éste llegara a los quince años de edad.

A causa de esta discordia y del odio inexorable entre las distintas facciones de los poderosos, el conde Manríquez y su hermano el conde Nuño se apoderaron del rey Alfonso y gobernaron durante largo tiempo el reino, ya que intentaban someterlo todo entero en beneficio propio con pretexto del niño, para honor, según decían, y provecho del propio niño. Se procuró entonces, según se cree, por parte de los otros que el rey Fernando, hijo del emperador, entrara en el reino de Castilla, y, como era el más cercano familiar del niño, quiso tener la tutela del mismo y el gobierno del reino. Pero, al impedirlo los citados condes a veces con engaño, aunque laudable, a veces por la fuerza, no pudo conseguir lo que quería.

Por aquel tiempo, matanzas innumerables e infinitas rapiñas, desordenada e indiscriminadamente, se llevaron a cabo en todas las partes del reino. Por aquellos días, el conde Manríquez luchó contra Fernando Rodríguez, con quien estaba el pueblo de Huete. El conde tenía consigo al rey niño y sucumbió y murió en la batalla.

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Cuando el rey glorioso llegó a los quince años, Fernando Rodríguez y sus hermanos y amigos, cumpliendo el mandato del padre, entregaron las tierras que tenían y los castillos al rey Alfonso. El rey, hecho un poco mayor, comenzó a actuar como un hombre y a confortarse en el Señor y a ejercitar la justicia, a la que siempre amó y sirvió con poder y sabiduría hasta el fin de su vida. Adolescente ya, sitió Cuenca, a la que tuvo mucho tiempo asediada, y por la gracia de Dios expugnó y tomó, y a la que por propia voluntad honró con la dignidad pontifical, y es hoy una de las más nobles ciudades del reino de Castilla, fortificada por su posición natural y por la industria del hombre. Recuperó después Logroño y otras villas y castillos en dirección a Navarra, que su tío el rey Sancho, hermano de su madre, había mantenido ocupados durante largo tiempo. Por aquel entonces alzó un gran y fuerte ejército contra su tío paterno Fernando, rey de León, y recuperó toda la tierra que se llama del Infantado.

Este rey Fernando había tomado como esposa a Urraca, hija de Alfonso, rey de Portugal, la cual, sin embargo, no podía ser su esposa legítima, ya que eran parientes en tercer grado según el cómputo canónico, pues el emperador y el rey de Portugal estaban emparentados en segundo grado, puesto que eran hijos de dos hermanas, hijas del rey Alfonso, el que tomó Toledo. Como dote de este enlace ilegítimo el rey había entregado al rey de Portugal muchos castillos, que después recuperó de él cuando fue capturado en Badajoz, y arrojado de la montura de tal manera que nunca más pudo montar a caballo.

También fue entonces capturado Giraldo, alias "Sin miedo", quien fue entregado a Rodrigo Fernández, el Castellano, al que, a cambio de su libertad, Giraldo entregó Montánchez, Trujillo, Santa Cruz de la Sierra y Mofra, que el mismo Giraldo había ganado a los sarracenos, a los que había causado muchos daños, y por los que fue decapitado en tierras marroquíes con un pretexto baladí.

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De Urraca el rey Fernando tuvo un hijo, Alfonso, rey de León, que ahora reina en lugar de su padre. Cuando murió el rey Fernando, su hijo, que entonces era adolescente, temió ser privado del reino por el poder de don Alfonso, glorioso rey de Castilla, cuyo honor y fama había llenado gran parte del orbe, y que entonces era terrible y muy de temer por todos los reyes vecinos, tanto sarracenos como cristianos.

Se trató, pues, y procuró que con Alfonso, rey de León, se desposara una de las hijas del rey de Castilla y besara entonces su mano, y así se hizo, pues en unas Cortes, celebradas con noble y notable concurrencia en Carrión de los Condes, el rey de León recibió el espaldarazo del rey de Castilla en la iglesia de San Zoilo y besó su mano en presencia de gallegos, leoneses y castellanos.

Pasado un pequeño intervalo de apenas dos meses, Conrado, hijo de Federico, emperador de los romanos, en unas nuevas e importantes Cortes celebradas en la misma de villa de Carrión, fue armado caballero por el rey de Castilla. Con él desposó a su hija doña Berenguela, que apenas tenía ocho años, e hizo que se le hiciera por parte de todo el reino el homenaje de que el mismo Conrado reinaría después de él, si aconteciera que muriera sin descendencia masculina, pues en aquel entonces el rey glorioso don Alfonso no tenía hijo, sino hijas.

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Había ya edificado Plasencia, ciudad populosa y rica, y había ganado a los sarracenos la muy protegida fortaleza de Alarcón. Comenzó entonces a edificar la villa de Alarcos, y, sin acabar todavía el muro y no suficientemente afianzados los pobladores del lugar, declaró la guerra al rey marroquí, cuyo reino era entonces floreciente y considerado poderoso y fuerte por los reyes vecinos.

Envió, pues, el rey de Castilla al arzobispo toledano don Martín, de feliz memoria, hombre discreto, benigno y generoso, que de tal manera era querido por todos que de todos era considerado padre. Llevó el arzobispo consigo hombres animosos y valientes y una multitud de soldados y hombre de a pie, con los que devastó gran parte de la tierra de moros de aquende el mar, expoliándola de muchas riquezas y de una infinidad de vacas, ganado y jumentos.

Cuando el rey marroquí Abdelmún el tercero, del cual antes se ha hecho mención, lo supo, se dolió en su corazón; salió al unto de Marrakech, reunió gran cantidad de soldados y de hombres de a pie, pasó el mar, llegó a Córdoba y, pasando el puerto de Muradal con gran rapidez, se extendió sobre la planicie del castillo que ahora se llama Salvatierra.

El glorioso rey don Alfonso, cuando supo la llegada del moro Almiramamolín -así se denominaba a los reyes marroquíes-, mandó a sus vasallos que le siguieran con toda rapidez. Él, como león rugiente que se estremece ante la presa, precedía a los suyos y con enorme rapidez llegó hasta Toledo. Se detuvo allí algunos días en espera de los grandes de la tierra, de sus nobles vasallos y de la multitud de pueblos que le seguían. De allí condujo sus campamentos a Alarcos, donde acampó con el firmísimo propósito que después de sucedido se supo: combatir con Almiramamolín, si rebasaba, camino de Alarcos, el lugar llamado El Congosto, que era considerado el límite del reino de Castilla, pues prefería exponer su vida y reino a tan gran peligro y someterse a la voluntad de Dios luchando con el susodicho rey de los moros, que era considerado el más poderoso y rico de todos los sarracenos, a permitirle traspasar cualquier palmo del terreno de su reino. Por esto tampoco quiso el glorioso rey de Castilla esperar al rey de León, que marchaba en su ayuda y que se encontraba ya en tierras de Talavera, por más que este consejo le dieran hombres prudentes y expertos en cosas de guerras.

Llegó Almiramamolín al lugar llamado El Congosto entre el castillo de Salvatierra y Alarcos, y acampó allí.

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Cuando el glorioso rey de Castilla lo supo, ordenó a todos los suyos que a primera hora de la mañana salieran armados al campo para luchar contra el rey de los moros, pues creía que ese mismo día el rey de los moros se presentaría al combate. Los castellanos, al llegar la mañana, salen al campo preparados para luchar, si hubiese enemigo contra quién blandir las armas. Pero los moros descansaron ese día preparándose para el siguiente, deseando al mismo tiempo eludir a sus enemigos de forma tal que, fatigados ese día por el peso de las armas y por la sed, se encontraran al siguiente menos aptos para la batalla: como así sucedió, pues el glorioso rey de Castilla y su ejército, después de esperar al enemigo en el campo desde el amanecer hasta después del mediodía, cansados del peso de las armas y por la sed, volvieron a los campamentos pensando que el rey de los moros no se atrevía a luchar con ellos.

Pero el rey de los moros ordenó a los suyos que se prepararan para la batalla alrededor de media noche y muy de mañana aparecieron súbitamente en el mismo campo que el rey castellano había ocupado el día anterior. Se originó un revuelo en los campamentos de los cristianos, y, lo que suele suceder con frecuencia, la imprevista presencia de los moros produjo en los enemigos estupor y temor al mismo tiempo. Saliendo de los campamentos rápidamente y sin orden, marchan al campo, miden sus armas, y en la primera línea de los cristianos caen importantes hombres: Ordoño García de Roda y sus hermanos, Pedro Rodríguez de Guzmán y Rodrigo Sánchez, su yerno, y bastante otros muchos. Se despliegan los árabes para perdición del pueblo cristiano. Una innumerable cantidad de flechas, sacadas de los carcajes de los arcos, vuela por los aires, y, enviadas hacia lo incierto hieren con golpe certero a los cristianos. Se lucha con fuerza por ambos bandos. El día pródigo en sangre humana, envía moros al tártaro y traslada cristianos a los eternos palacios.

El noble y glorioso rey, viendo a los suyos caer en la batalla, se adelanta y, metiéndose en medio de los enemigos, abate virilmente, con los que le asistían, muchos moros a derecha e izquierda. Pero dándose cuenta los que le asistían más de cerca que no podrían sostener a la innumerable multitud de moros, puesto que ya muchos de los suyos habían caído en el combate -pues había durado la batalla mucho tiempo y el sol había calentado al mediodía en la festividad de Santa Marina-, le suplicaron que se alejase y preservara su vida ya que el Señor Dios se mostraba airado con el pueblo cristiano. Pero no quería oírlos y prefería acabar la vida con muerte gloriosa a retroceder, vencido, de la batalla. Los suyos, dándose cuenta que el peligro era inminente para toda España, lo apartaron del combate, casi de mala gana y a regañadientes.

Llegó, pues, a Toledo con pocos soldados, doliéndose y gimiendo por la gran desgracia que había acontecido. Diego López de Vizcaya, noble vasallo suyo, se refugió en el castillo de Alarcos, donde fue asediado por los moros, pero por la gracia de Dios, que lo reservaba para grandes cosas, mediante la entrega de algunos rehenes, pudo salir y, siguiendo al rey, llegó a Toledo a los pocos días.

El rey de los moros saqueó los espolios; tomó algunas fortalezas como Torre de Guadalferza, Malagón, Benavente, Calatrava, Alarcos y Caracuel, y así volvió a su tierra.

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El rey de León, que iba en ayuda del rey de Castilla, llegó a Toledo y por consejo de algunos satélites de Satanás se convirtió en arco de maldad, buscando ocasiones para apartarse del amigo, y de amigo se hizo enemigo cruel, pues guardaba en la profundidad de su alma el recuerdo de lo que sucediera en las Cortes celebradas en Carrión, de las que anteriormente se hizo mención. Se marchó, pues, de Toledo indignado con el glorioso rey, porque no había querido darle unos castillo que le había pedido, y se congratulaba y se gozaba del infortunio acaecido a los castellanos.

Se alió en seguida con el rey marroquí y, tras recibir de él dinero y una multitud de soldados armados, declaró la guerra al rey de Castilla. Y así al año siguiente, en ese tiempo en que los reyes suelen proceder a la lucha, como Almiramamolín devastara la Trasierra y tuviera casi asediada la ciudad de Toledo durante muchos días, el rey de León entró en el reino de Castilla por Tierra de Campos con la mencionada multitud de moros -quienes, como enemigos de la Cruz de Cristo, cometieron muchas atrocidades en contumelia y deshonra de la religión cristiana en las iglesias y en el ajuar eclesiástico, y llegó hasta Carrión, donde determinó borrar la injuria que creía que se le había causado cuando besó la mano del rey de Castilla.

Por aquel mismo tiempo el rey de Navarra, Sancho, que emparentaba con el rey de Castilla en segundo grado de consanguinidad por una y otra parte, edificó cierto castillo junto a las viñas de Logroño, al que llamó Corvo, y comenzó a devastar el reino de Castilla por aquella parte, ya que creía tener causa justas para la guerra.

Así pues, daba la impresión de que los cristianos, aliados con los moros en una coalición de impiedad, conspiraban para destruir al rey de Castilla, infiriendo atrozmente por todas las partes del reino los males que podían, de forma que en todo el reino ni un ángulo podía hallarse en el que sentirse seguro. El fuego de la ira del Señor parecía crecer y abatir la soberbia, que quizá tuviese el noble rey por su gloria anterior, para que entendiera el prudente y noble rey que el reino de los hombres está en manos de Dios y lo da a quien quiere.

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Pero el rey glorioso, como quien no se quiebra mucho con la adversidad ni se ensoberbece en la prosperidad, poniendo toda su esperanza y confianza en Nuestro Señor Jesucristo, cuya fe siempre firmísimamente aceptó, mantuvo y defendió contra toda herética maldad, se preparó a defender virilmente su reino.

Por aquel tiempo, Sancha, reina de Aragón, tía paterna del rey de Castilla, tenía bajo su tutela a su muy niño hijo Pedro, rey de Aragón, y al propio reino, ya que, no mucho después de la batalla de Alarcos, Alfonso, rey de Aragón, hijo del conde de Barcelona y padre del citado rey Pedro, entró en el camino que ha de seguir toda carne. Se sospechaba de él que maquinaba todo el mal que podía en perjuicio del reino del rey de Castilla; pero la citada reina amaba, incluso en vida de su marido, al rey de Castilla sobre todos los hombres, de forma que por esta razón le resultaba muy odiosa a su esposa. Cuando fue, pues, propicia la ocasión, el fuego del cariño, que había estado un poco oculto en el pecho de la reina en vida de su esposo por miedo al mismo, estalló en llama manifiesta y confederó firmísimamente a su hijo con el rey de Castilla, procurando, como sensata Abigail, ayudar con todas sus fuerzas al rey de Castilla. Pero para que el rey de Aragón pudiese llegar con toda rapidez en ayuda del rey de Castilla y puesto que era algo pobre, recibió del rey de Castilla como regalo gran cantidad de dinero. Y así cuando el rey Pedro llegó a la adolescencia, por consejo de su prudente madre y acompañado de sus nobles vasallos, vino junto al rey de Castilla e inseparablemente se le unió mientras la guerra duró.

Después de una prudente reflexión, los reyes pusieron sus campamentos junto a Ávila, en un lugar sanísimo y frío en medio del verano, que vulgarmente se llama Palomera, desde donde, si fuese necesario, pudiesen con comodidad ayudar a los suyos, que estaban en Trasierra y defendían villas y castillos contra el rey marroquí, y a aquellos que estaban en la Tierra de Campos. Así, situados en medio, eran temidos por los enemigos de uno y otro lado, a los que no les permitían vagar a sus anchas como quisieran.

Y cuando se cercioraron que el rey marroquí se volvía a su tierra, movieron sus campamentos contra el rey de León, enviando por delante con una multitud de soldados a Fernando Rodríguez de Albarracín, hombre noble, prudente y valeroso, para que detuvieran al rey de León y a su ejército en el reino de Castilla y no le permitieran volver a su tierra con entera libertad. Pero el rey de León, que lo supo con anterioridad, volvió con gran rapidez a su tierra, de manera que el citado noble, Fernando Rodríguez, no pudo alcanzarlo en el reino de Castilla, pero lo persiguió, no obstante, hasta su propio reino.

Los reyes fueron con sus ejércitos tras los soldados, que habían enviado por delante, y entraron en el reino de León, devastando por todas partes toda la tierra, puesto que no tenía defensor. Expugnaron y tomaron por la fuerza la ciudad de Castroverde, donde fueron hechos prisioneros con todos sus soldados el conde Fernando de Cabrera, y Álvaro Peláez, varón noble, y Pedro Ovario, y Alfonso Armillez, noble portugués. Después, avanzando más, se acercaron a Benavente, en donde estaba el rey de León con los moros y cristianos vasallos suyos, y llegaron hasta Astorga, y algunos incluso hasta Rabanal y otros hasta el comienzo de la tierra que se llama El Bierzo. Y así, devastando las regiones circundantes, volvieron a León, y, poniendo asedio al "castiello que dizen de León", lo tomaron por la fuerza, y, fortificándolo, lo retuvieron. Y con gran honor y mucho botín se volvieron al reino de Castilla.

Al año siguiente, es decir, al tercero después de la batalla de Alarcos, el rey marroquí vino de nuevo a la Trasierra y asedió la villa de Madrid y la mantuvo asediada muchos días. La protegió el poder de Dios por manos de Diego López y de otros nobles y de los plebeyos que estaban en la misma villa. Entonces el rey se retiró del asedio y marchó hacia Uclés y Huete y Cuenca, y después se volvió a su tierra. En ese mismo tiempo, el rey de León recuperó el "castiello que dizen de León" junto a León.

El rey de Castilla y el rey de Aragón entraron otra vez en el reino leonés y causaron a los leoneses mucho daño. El rey de León marchó junto al rey marroquí, al que encontró en Sevilla. Finalmente con la firma de una tregua entre el rey marroquí y el rey de Castilla, aquel se volvió a Marrakech, capital de su reino, y se rehizo la paz entre los reyes de León y Castilla. Paz que no pudo llevarse a cabo sino por el matrimonio de doña Berenguela, hija del rey de Castilla, con el rey de León, en un matrimonio de hecho, porque según derecho no era posible, ya que los reyes eran parientes en segundo grado de consanguinidad.

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El glorioso rey de Castilla, que no olvidó los daños que el rey de Navarra le había causado a él y a su reino en el tiempo de su tribulación, entró en su reino y comenzó a devastarlo. Como el rey de Navarra viera que no podía resistirle, dejó su reino y se refugió junto al rey marroquí: fue a la ciudad de Marrakech para implorar su ayuda y suplicar que se dignara socorrerle.

Entre tanto el rey de Castilla asedió Vitoria y, mientras duraba el asedio, adquirió todas las fortalezas vecinas, Treviño, Argazón, Santa Cruz, Alchorroza, Vitoria la Vieja, Arlucea, la tierra que se llama Guipúzcoa, incluso San Sebastián, Marañón, San Vicente y algunas otras. Finalmente se le entregó Vitoria, y así obtuvo toda Álava y las tierras vecinas, y con victoria volvió a Castilla.

El rey de Navarra, desasistido de toda ayuda, aunque recibió cierta suma de dinero y consiguió que el rey marroquí le asignara en Valencia unos réditos, permaneció en tierras marroquíes mucho tiempo. Se firmó una tregua entre el rey de Castilla y el rey de Navarra, quedando todos los castillos y villas que el rey de Castilla había conquistado en el reino del rey de Navarra en poder del rey de Castilla.

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Después de esto, el glorioso rey de Castilla, para quien no existía más descanso que nunca descansar ni más placer que la actividad constante, se esforzó en obtener toda la Gascuña, ala que creía tener derecho ya que se la prometió su suegro, Enrique, rey de los ingleses. El noble rey de Castilla se había casado con la hija del citado rey Enrique doña Leonor, nobilísima en costumbres y linaje, honesta y muy prudente, con la que, se decía, el rey Enrique había prometido Gascuña a su yerno el rey de Castilla.

Por aquel tiempo tenía el reino de Inglaterra como rey a Juan, por sobrenombre Sin Tierra, hermano de la citada reina doña Leonor, pues el rey Enrique tenía cuatro hijos: el rey joven y el conde de Bretaña, que murieron ambos antes que su padre; Ricardo, conde de Poitou, que sucedió al padre en el reino y que, cuando volvía de las tierras allende el mar, al asediar una fortaleza en tierra del Lemosín o cerca, herido letalmente con una flecha, entró en el camino que ha de seguir toda carne; y el cuarto, Juan Sin Tierra, que sucedió en el reino a su hermano Ricardo, que murió sin descendencia.

En tiempos de este rey Juan, a quien Felipe, rey de los francos, había privado de Normandía y Andecavia y de la tierra de los turonenses y de la populosa ciudad de Poitiers, el rey de Castilla con algunos de sus vasallos entró en Gascuña y la ocupó casi en su totalidad, a excepción de Bayona y Burdeos. Ocupó también Blaye y Bourg-sur-Gironde, que están más allá del Garona, y la tierra que hay entre los dos mares, y así volvió a su reino.

Antes de que marchara a Gascuña, se había firmado una tregua entre él y el rey de León. Al volver de Gascuña firmó la paz y perdonó a don Diego López, que había estado desterrado ya mucho tiempo. La causa de la discordia entre el glorioso rey de Castilla y el rey de León había sido que el rey de León había repudiado a doña Berenguela, hija del rey de Castilla, de la que el rey de León había tenido ya dos hijos y dos hijas.

Aunque el noble rey de Castilla, como varón sabio y discreto, comprendía que trabajar en la adquisición de Gascuña era como arar una piedra, impulsado, sin embargo, por cierta necesidad, no podía desistir de lo comenzado. Pero la pobreza de la tierra y la inconstancia de los hombres, en los que rara vez encontraba fidelidad, volvieron la tierra de Gascuña odiosa al rey, si bien el amor a su esposa y el deseo de no causarle tristeza le empujaran a insistir pertinazmente en la empresa. Viendo que no conseguía nada, desligó finalmente a los gascones, tanto nobles como plebeyos, del juramento y homenaje al que estaban obligados. ¡Día feliz Y para siempre amable al reino de Castilla aquel, en el que el glorioso rey cesó de la pertinacia y desistió de lo comenzado! Gascuña hubiese podido secar la fuente inagotable de oro y ahogar la nobleza de grandes hombres.

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Antes de que el rey noble marchara a Gascuña entregó en matrimonio su hija niña, de nombre Blanca, que ahora está coronada como reina de los francos, al hijo de Felipe, rey de los francos, Luis, que ahora reina en el reino franco en lugar de su padre. Después de volver de Gascuña dio como esposa a otra hija suya, de nombre Urraca, a Alfonso, hijo de Sancho, rey de Portugal, que después reinó en lugar de su padre Sancho en el mismo reino.

Por ese tiempo el rey glorioso tenía dos hijos: Fernando y Enrique. Cuando Fernando llegó a los años de la pubertad era de tanta liberalidad, por no decir prodigalidad, que, aunque mucho diera, pensaba que nada había dado si aún había quienes pedían, cuya avaricia no era capaz de saciar suficientemente. De todas partes de España confluían a él en caterva nobles, a todos los cuales recibía como conocidos y su indigencia con muchos regalos aliviaba. Joven imberbe, separado al fin del tutor, disfrutaba con los caballos y los perros, y con la yerba del campo soleado, jugaba con aves de diverso género y sus iguales alababan sobremanera sus costumbres. Al hacerse un poco mayor y llegar al final de la adolescencia, se revistió de prudencia y comenzó, con el vigor de la edad juvenil, a despreciar todo aquello en lo que antes se gloriaba y a aficionarse al uso de las armas, juntándose de buen grado a los que conocía valerosos en las armas y expertos en asuntos de guerra. Ardía en deseos de guerrear con los sarracenos y lo comentaba con los familiares, dándole muchas vueltas en su mente, y ya no le agradaba otra cosa que la milicia y el uso de las armas.

El rey glorioso, que conocía el deseo de su hijo y veía su belleza -pues era muy hermoso- y el vigor de su edad juvenil, se gozaba en él y daba gracias a Dios que le había concedido un hijo tal que podía ser ya su ayudante en el gobierno del reino y suplir en parte sus obligaciones en los asuntos de guerra. Permanecía fijo en lo profundo de la mente del rey lo que nunca de ella se había borrado: el infortunio que había padecido en la batalla de Alarcos. Muchas veces recordaba en su espíritu aquel día, teniendo deseos de venganza sobre el rey marroquí, y sobre ello rogaba muchas veces al Señor. Pero el Altísimo, que es paciente vengador, viendo el deseo del glorioso, inclinó sus oídos y desde el excelso trono de su gloria escuchó su oración. Así pues, el Espíritu del Señor irrumpió en el rey glorioso y lo revistió de la fortaleza de lo alto, y así llevó a la práctica lo que durante mucho tiempo había pensado.

Confiando en la misericordia de Nuestro Señor Jesucristo declaró la guerra al rey marroquí e inmediatamente entró con su hijo en tierras de dicho rey marroquí e inmediatamente entró con su hijo en tierras de dicho rey por la parte de Murcia, pero como tenía pocos hombres no pudo causar mucho daño a los moros. Mientras que él estaba en aquellas tierras, Alfonso Téllez y Rodrigo Ruiz, vasallos suyos, asediaron con algunos toledanos Torre de Guadalferza y, colocadas las máquinas, la tomaron por la fuerza.

El rey marroquí Abdelmún cuarto, hijo del que vino a Alarcos, cuando supo que el rey de Castilla le había declarado la guerra, se indignó, y lleno de furor, como hombre valeroso y belicoso, impaciente por naturaleza, reunió gran cantidad de soldados de a pie y de a caballo, abrió sus tesoros, dio a los suyos unas soldadas muy espléndidas -el reino marroquí florecía entonces en prudencia y riquezas- y atravesó el estrecho con una multitud de hombres de guerra. Pasó por Sevilla y Córdoba y, salvando el Puerto de Muradal, asedió el castillo de Salvatierra -era entonces cabeza de los hermanos de Calatrava-, fortalecida en verdad con muchas armas de diverso género, con trigo y cebada, legumbres de muy variada especie, con carnes y con hombre valerosos: los hermanos y otros nobles y preclaros varones.

El asedio se afianzó y empezaron a atacar el castillo con máquinas de extraordinaria magnitud, ya que de otra forma parecía inexpugnable.

19

Cuando lo supo el rey noble, ordenó a don Diego que permaneciera con sus vasallos y algunos otros magnates junto a Toledo. El rey, por su parte, discurría por las villas y castillos de la Trasierra confortando los ánimos de los hombres, pero el ejército que pudo conseguir permaneció en la sierra de san Vicente, pues en aquella ocasión le siguieron pocos concejos.

Después de algo más de dos meses el citado castillo de Salvatierra por especial mandato del rey glorioso, se entregó al rey marroquí, puesto que ya no podían defenderlo, a salvo la vida de los que estaban dentro y a salvo también los bienes muebles que pudieran llevar consigo. ¡Oh, cuanto llanto de hombres y gritos de mujeres gimiendo todas a una y golpeando sus pechos por la pérdida de Salvatierra!.

Pero aquel llanto, por la misericordia y virtud de Nuestro Señor Jesucristo, que ayuda a los suyos en los momentos oportunos y en la tribulación, se convirtió en gozo al año siguiente. En verdad que, como si de un presagio se tratara, el nombre del citada castillo era SALVATIERRA, pues el Señor se sirvió de aquel castillo para salvar la tierra toda de dos maneras: la llegada aquel año del rey marroquí, pudiendo haber causado mucho daño, no dañó a ningún otro lugar; además la pérdida de Salvatierra fue la principal causa de la guerra gloriosa que se llevó a cabo al año siguiente en navas de Tolosa, en la que por virtud de la Cruz de Cristo fue vencido el rey marroquí.

Tocado, pues, en su corazón por el dolor, el rey glorioso puso su alma en manos y, tras aconsejarse y deliberar con su hijo y con don Diego y con el arzobispo toledano y otros principales del reino, se acordó que al año siguiente, poniendo su esperanza en Dios, lucharían contra el rey marroquí, a no ser que él no quisiera. Salió, pues, un edicto del rey glorioso por todo el reino para que, interrumpida la construcción de muros en la que todos se afanaban, aprestaran sus armas de guerra y se preparasen para un próximo combate.

20

Pasados apenas quince días, Fernando, hijo del rey, flor de la juventud, gloria del reino y mano derecha de su padre, corroído por una aguda fiebre, murió en Madrid. Se desmoralizó el corazón del rey, los príncipes y nobles de la tierra se quedaron atónitos, enmudecieron los plebeyos de las ciudades y se aterrorizaron los sabios, considerando que la ira e indignación de Dios había decretado asolar la tierra. En ningún lugar cesaron los llantos, los más viejos rociaron sus cabezas con cenizas, todos se vistieron de saco y cilicio, las vírgenes todas ayunaron y la faz de la tierra casi cambió profundamente.

La nobilísima reina Leonor, al conocer la muerte de su hijo, deseó morir con él y, entrando en el lecho en que su hijo yacía, puso su boca sobre la de él y juntando las manos con las manos se esforzaba en vivificarlo o en morir junto a él. Como afirman los que lo vieron nunca fue visto un dolor semejante a aquél. Se puede exclamar con el pueblo: "¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!. ¡Qué profundos sus designios!. Y nosotros insensatos, no lo entendimos".

Lo que parecía comienzo de dolores y confirmación de males, eso mismo fue final de males y comienzo de gozo y consolación. Sepultado el hijo del rey en el monasterio real que está situado en Burgos por el arzobispo toledano en presencia de la reina doña Berenguela volvieron al lado del rey, al que encontraron junto a Guadalajara.

Después Rodrigo, arzobispo toledano, fue enviado al rey de Francia y a los príncipes y a otros nobles de aquellas partes para que les mostrara la angustia del pueblo cristiano y lo dudoso de la guerra futura. El rey noble, por su parte, marchó a Cuenca, donde mantuvo una conversación con su amigo Pedro, rey de Aragón, al que bajo juramento comprometió a que se le uniera en Toledo al octavo día de la próxima fiesta de Pentecostés preparado para la guerra contra el rey marroquí. Tras la conversación, se separaron mutuamente, y el rey noble, revestido del poder de lo alto, marchó al castillo de Alarcón, donde despidió a su esposa e hija, y con pocos soldados y algunos hombres de las villas y con sus domésticos tomó en menos de quince días el noble castillo de la Jorquera, que parecía inexpugnable, y el de Alcalá y las Cuevas de Garandén, todo lo cual fortaleció con armas y hombres, y así con gozo volvió a su tierra.


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