NOLI ME TANGERE
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Capítulo 61
LA CAZA EN EL LAGO
 

- ¡OÍD, SEÑOR, EL PLAN QUE HE MEDITADO! –dijo Elías pensativo mientras se dirigían a S. Gabriel-. Os ocultaré ahora en casa de un amigo mío en Mandaluyong;1 os traeré todo vuestro dinero, que he salvado y guardo al pie del balitî,2 en la misteriosa tumba de vuestro abuelo; dejaréis el país...

- ¿Para ir al Extranjero? –interrumpió Ibarra.

- Para vivir en paz los días que os quedan de vida. Tenéis amigos en España, sois rico, podréis haceros indultar. De todos modos, el Extranjero para nosotros es una patria mejor que la propia.

Crisóstomo no contestó; meditó en silencio.

Llegaban en aquel momento al Pasig y la barca empezó a subir la corriente. Sobre el Puente de España corría un jinete aprisa y se oía un prolongado y agudo silbato.

- Elías –repuso Ibarra-, debéis vuestra desgracia a mi familia, me habéis salvado la vida dos veces y os debo no sólo gratitud sino también una restitución de vuestra fortuna. Me aconsejáis que viva en el Extranjero, pues venid conmigo y vivamos como hermanos. Aquí sois también desgraciado.

Elías movió tristemente la cabeza y contestó:

- ¡Imposible!. Es verdad que yo no puedo amar ni ser feliz en mi país, pero debo sufrir y morir en él, y acaso por él: siempre es algo. ¡Que la desgracia de mi patria sea mi propia desgracia y puesto que no nos une un noble pensamiento, pues no laten nuestros corazones a un solo nombre, al menos que a mis paisanos me una la común desventura, al menos que llore yo con ellos nuestros dolores, que un mismo infortunio oprima nuestros corazones todos!.

- Entonces, ¿por qué me aconsejáis que parta?.

- Porque en otra parte podéis ser feliz y yo no, porque no estáis hecho para sufrir, y porque aborreceríais vuestro país, si un día os vieseis por causa suya desgraciado: y aborrecer a su patria es la mayor desventura.

- ¡Sois injusto conmigo! –exclamó Ibarra con amargo reproche-, olvidais que, apenas llegado aquí, me he puesto a buscar su bien...

- No os ofendáis, señor, no os hago ningún reproche: ¡ojalá todos puedan imitaros!. Pero yo no os pido imposibles, y no os ofendais si os digo que vuestro corazón os engaña. Amabais a vuestra patria porque vuestro padre así os lo ha enseñado; la amabais porque en ella teníais amor, fortuna, juventud, porque todo os sonreía, vuestra patria no os había hecho ninguna injusticia; la amabais como amamos todo aquello que nos hace felices. Pero el día en que os veáis pobre, hambriento, perseguido, delatado y vendido por vuestros mismos compatriotas, ese día renegaréis de vos, de vuestra patria y de todos.

- Vuestras palabras me lastiman –dijo Ibarra resentido.

Elías bajó la cabeza, meditó y repuso:

- Yo quiero desengañaros, señor, y evitaros un triste porvenir. Acordaos de aquella vez cuando yo os hablaba en esta misma barca y a la luz de esta misma luna, hará un mes, días más días menos: entonces erais feliz. La súplica de los desgraciados no llegaba hasta vos: desdeñásteis sus quejas porque eran quejas de criminales; disteis más oídos a sus enemigos y, a pesar de mis razones y ruegos, os pusisteis del lado de sus opresores, y de vos dependía entonces el que yo me convirtiese en criminal o me dejase  matar para cumplir una palabra sagrada. Dios no lo ha permitido porque el anciano jefe de los malhechores ha muerto... ¡Ha pasado un mes y ahora pensáis de otra manera!.

- Tenéis razón, Elías, pero el hombre es un animal de circunstancias; entonces estaba cegado, disgustado, ¿qué se yo?. Ahora la desgracia me ha arrancado la venda; la soledad y la miseria de mi prisión me han enseñado; ahora veo el horrible cáncer que roe a esta sociedad, que se agarra a sus carnes y que pide una violenta extirpación. ¡Ellos me han abierto los ojos, me han hecho ver la llaga y me fuerzan a ser criminal!. Y pues que lo han querido, seré filibustero, pero verdadero filibustero; llamaré a todos los desgraciados, a todos los que dentro del pecho sienten latir un corazón, a esos que os enviaban a mí... ¡no, no seré criminal, nunca lo es el que lucha por su patria, al contrario!. Nosotros, durante tres siglos, les tendemos la mano, les pedimos amor, ansiamos llamarlos nuestros hermanos, ¿cómo nos contestan?. Con el insulto y la burla, negándonos hasta la cualidad de seres humanos. ¡No hay Dios, no hay esperanzas, no hay humanidad; no hay más que el derecho de la fuerza!.

Ibarra estaba nervioso; todo su cuerpo temblaba.

Pasaron por delante del palacio del General3 y creyeron notar movimiento y agitación en los guardias.

- ¿Se habrá descubierto la fuga? –murmuró Elías-. Acostaos, señor, para que os cubra con el zacate, pues pasaremos al lado del Polvorista, y al centinela puede chocarle el que seamos dos.

La barca era una de esas finas y estrechas canoas que no bogan sino que resbalan por encima del agua.

Como Elías había previsto, el centinela le paró y le preguntó de dónde venía.

- De Manila, de dar zacate a los oidores y curas –contestó imitando el acento de los de Pandakan.4

Un sargento salió y enteróse de lo que pasaba.

- ¡Sulung!5 –díjole éste-, te advierto que no recibas en la barca a nadie, un preso acaba de escaparse. Si le capturas y me lo entregas te daré una buena propina.

- Está bien, señor, ¿qué señas tiene?.

- Va de levita y habla español; con que ¡cuidao!.

La barca se alejó. Elías volvió la cara y vio la silueta del centinela, de pie junto a la orilla.

- Perderemos algunos minutos de tiempo –dijo en voz baja-, debemos entrar en el río Beata6 para simular que soy de Peña Francia. Veréis el río que cantó Francisco Baltasar.7

El pueblo dormía a la luz de la luna. Crisóstomo se levantó para admirar la paz sepulcral de la Naturaleza. El río era estrecho y sus orillas formaban llano, sembrado de zacate.

Elías arrojó su carga en la orilla, cogió una larga caña y sacó debajo de la yerba algunos vacíos bayones o sacos hechos de hoja de palmera. Siguieron navegando.

- Sois dueño de vuestra voluntad, señor, y de vuestro porvenir –dijo a Crisóstomo que se mantenía silencioso-. Pero si me permitís una observación, os diría: Mirad bien lo que vais a hacer, vais a encender la guerra, pues tenéis dinero, cabeza y encontraréis pronto muchos brazos, fatalmente hay muchos descontentos. Mas, en esta lucha que vais a emprender, los que más sufrirán son los indefensos e inocentes. Los mismos sentimientos que hace un mes hacían que me dirigiese a vos pidiendo reformas, son también los que me mueven ahora a deciros que meditéis. El país, señor, no piensa separarse de la Madre Patria; no pide más que un poco de libertad, de justicia y de amor. Os secundarán los descontentos, los criminales, los desesperados, pero el pueblo se abstendrá. Os equivocáis si, viendo todo oscuro, creéis que el país está desesperado. El país sufre, sí, pero aún espera, cree, y sólo se levantará cuando haya perdido la paciencia, esto es, cuando lo quieran los que gobiernan, lo cual aún está lejos. Yo mismo no os seguiría; jamás acudiré a esos remedios extremos mientras vea esperanza en los hombres.

- ¡Entonces iré sin vos! –repuso Crisóstomo resuelto.

- ¿Es vuestra firme decisión?.

- ¡Firme y única, testigo la memoria de mi padre!. Yo no me dejo arrancar impunemente paz y felicidad, yo que sólo he deseado el bien, yo que todo he respetado y sufrido por amor a una religión hipócrita, por amor a una patria. ¿Cómo me han correspondido?. Hundiéndome en un calabozo infame y prostituyendo a mi futura esposa. ¡No, no vengarme sería un crimen, sería animarlos a nuevas injusticias!. No, fuera cobardía, pusilanimidad gemir y llorar cuando hay sangre y vida, ¡cuándo al insulto y al reto se une el escarnio!. Yo llamaré a ese pueblo ignorante, le haré ver su miseria; que no piense en hermanos; ¡sólo hay lobos que se devoran, y les diré que contra esa opresión se levanta y protesta el eterno derecho del hombre para conquistar su libertad!.

- ¡El pueblo inocente sufrirá!.

- ¡Mejor!. ¿Podéis conducirme hasta la montaña?.

- ¡Hasta que estéis en seguridad! –contestó Elías.

Salieron de nuevo al Pasig. Hablaban de cuando en cuando de cosas indiferentes.

- ¡Santa Ana! –murmuró Ibarra-. ¿Conocéis esta casa?.

Pasaban delante de la casa de campo de los jesuitas.8

- ¡Allí pasé yo muchos días felices y alegres! –suspiró Elías-. En mi tiempo veníamos cada mes... entonces era yo como los otros: tenía fortuna, familia, soñaba y vislumbraba un porvenir. En esos días veía a mi hermana en el vecino colegio; me regalaba una labor de sus manos... la acompañaba una amiga, una bella joven. Todo ha pasado como un sueño.

Permanecieron silenciosos hasta llegar a Malapad-na-bató.9 Los que de noche han surcado alguna vez el Pasig, en una de esas noches mágicas que Filipinas ofrece, cuando la luna derrama desde el límpido azul melancólica poesía; cuando las sombras ocultan la miseria de los hombres y el silencio apaga los mezquinos acentos de su voz: cuando sólo habla la Naturaleza, ésos comprenderán lo que meditaban ambos jóvenes.

En Malapad-na-bató, el carabinero tenia sueño y, viendo que la barca estaba vacía y no ofrecía botín alguno que coger según la tradicional costumbre de su cuerpo y uso de aquel puesto, dejoles pasar fácilmente.

El guardia civil de Pasig tampoco sospechaba nada y no fueron molestados.

Comenzaba a amanecer cuando llegaron al lago, manso y tranquilo como un gigantesco espejo.10 La luna palidecía y el Oriente se teñía con rosadas tintas. A cierta distancia columbraron una masa gris que avanzaba poco a poco.

- La falúa viene –murmuraba Elías- acostaos y os cubriré con estos sacos. Las formas de la embarcación se hacían más claras y perceptibles.

- Se pone entre la orilla y nosotros- observa Elías inquieto.

Y varió poco a poco la dirección de su barca, remando hacia Binangonan.11 A su gran estupor notó que la falúa cambiaba también de dirección, mientras una voz le gritaba.

Elías detúvose y reflexionó. La orilla estaba aún lejos y pronto estarían al alcance de los fusiles de la falúa. Pensó volver a Pasig; su barca era más veloz que aquella. Pero ¡fatalidad!, otra barca venía del Pasig, y se veían brillar los capacetes y bayonetas de los guardias civiles.

- ¡Estamos cogidos! –murmuró palideciendo.

Miróse sus robustos brazos y tomando la única resolución que quedaba, principió a remar con todas sus fuerzas hacia la Isla de Talim. Entretanto, se asomaba el sol.

La barca se deslizaba rápidamente; Elías vio sobre la falúa que viraba algunos hombres de pie haciéndoles señas.

- ¿Sabéis guiar una barca? –preguntó a Ibarra.

- Sí; ¿por qué?.

- Porque estamos perdidos si no salto al agua y les hago perder la pista. Ellos me perseguirán, yo nado y buceo bien... yo los alejaré de vos, y después procuráis salvaros.

- ¡No, quedaos y vendamos caras nuestras vidas!.

- Inútil, no tenemos armas, y con sus fusiles nos matarán como pajaritos.

En aquel momento se oyó un chiss en el agua como la caída de un cuerpo caliente, seguido inmediatamente de una detonación.

- ¿Veis? –dijo Elías poniendo el remo en la barca-. Nos veremos en Nochebuena en la tumba de vuestro abuelo. ¡Salvaos!.

- Y ¿vos?.

- Dios me ha sacado de mayores peligros.

Elías se quitó la camisa, una bala la rasgó de sus manos y dos detonaciones se dejaron oír. Sin turbarse, estrechó la mano de Ibarra, que continuaba tendido en el fondo de la barca, se levantó y saltó al agua, empujando con el pie la pequeña embarcación.

Oyéronse varios gritos, y pronto a alguna distancia apareció la cabeza del joven como para respirar, ocultándose al instante.

- ¡Allá, allá está! –gritaron varias voces y silbaron de nuevo las balas.

La falúa y la barca pusiéronse en su persecución: una ligera estela señalaba su paso, alejándose cada vez más de la barca de Ibarra, que bogaba como si estuviera abandonada. Cada vez que el nadador sacaba la cabeza para respirar, disparaban sobre él guardias civiles y falueros.

La caza duraba; la barquilla de Ibarra estaba ya lejos, el nadador se aproximaba a la orilla, distante una cincuentas brazas. Los remeros estaban ya cansados, pero Elías lo estaba también, pues sacaba la cabeza a menudo y cada vez en distinta dirección, como para desconcertar a sus perseguidores. Ya no señalaba la traidora estela el paso del buzo. Por última vez le vieron cerca de la orilla a una diez brazas, hicieron fuego... después pasaron minutos y minutos; nada volvió a aparecer sobre la superficie tranquila y desierta del lago.

Media hora después, un remero pretendía descubrir en el agua, cerca de la orilla, señales de sangre, pero sus compañeros sacudían la cabeza con un aire que tanto quería decir sí como no.



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Capítulo 62
EL P. DÁMASO SE EXPLICA
 

EN VANO SE AMONTONABAN sobre una mesa los preciosos regalos de boda; ni los brillantes en sus estuches de terciopelo azul, ni los bordados de piña, ni las piezas de seda atraen las miradas de María Clara. La joven mira, sin ver ni leer, el periódico que da cuenta de la muerte de Ibarra, ahogado en el lago.

De repente siente que dos manos se posan sobre sus ojos, la sujetan y una voz alegre, la del P. Dámaso, le dice:

- ¿Quién soy?, ¿quién soy?.

María Clara salta de su asiento y le mira con terror.

- Tontica, ¿has tenido miedo, eh?. No me esperabas, ¿eh?. Pues he venido de provincias para asistir a tu casamiento.

Y acercándose con una sonrisa de satisfacción, le tendió la mano para que se la besara. María Clara se acercó temblorosa y la llevó con respeto a sus labios.

- ¿Qué tienes, María? –preguntó el franciscano, perdiendo su sonrisa alegre y llenándose de inquietud-, tu mano está fría, palideces... ¿estás enferma, hijita?.

Y el P. Dámaso la atrajo a sí con una ternura de la que no se le hubiera creído capaz, cogió ambas manos de la joven y la interrogó con la mirada.

- ¿No tienes ya confianza en tu padrino? –preguntó en tono de reproche-; vamos, siéntate aquí y cuéntame tus disgustillos, como lo hacías conmigo de niña, cuando deseabas velas para hacer muñecas de cera. Ya sabes que te he querido siempre... nunca te he reñido...

La voz del P. Dámaso dejaba de ser brusca y llegaba a tener modulaciones cariñosas. María Clara empezó a llorar.

- ¿Lloras?, hija mía, ¿por qué lloras?. ¿Has reñido con Linares?.

María Clara se tapó los oídos.

- ¡Nada de él... ahora! –gritó la joven.

P. Dámaso la miró lleno de asombro.

- ¿No quieres confiarme tus secretos?. ¿No he procurado siempre satisfacer tus más pequeños caprichos?.

La joven levantó hacia él sus ojos llenos de lágrimas, le miró algún rato y volvió a llorar amargamente.

- ¡No llores así, hija mía, que tus lágrimas me hacen daño!. Cuéntame tus penas; ¡verás cómo tu padrino te ama!.

María Clara se le acercó lentamente, cayó de rodillas a sus pies y levantando el semblante, bañado en llanto, le dijo en voz baja, apenas perceptible:

- ¿Me ama Ud. aún?.

- ¡Niña!.

- ¡Entonces... proteja Ud. a mi padre y rompa mi casamiento!.

Y la joven le refirió su última entrevista con Ibarra, ocultándole el secreto de su nacimiento.

El P. Dámaso apenas podía creer lo que oía.

- ¡Mientras él vivía –continuó la joven-, pensaba luchar, esperaba, confiaba!. Quería vivir para oír hablar de él..,. pero ahora que él ha muerto, ahora no hay razón para que viva y sufra.

Esto lo dijo ella lentamente, en voz baja, con calma, sin lágrimas.

- Pero, tonta, ¿no es Linares mil veces mejor que...

- Cuando él vivía, podía yo casarme... pensaba huir después... ¡mi padre no quiere más que el parentesco!. Ahora que él está muerto, ningún otro me llamará esposa... Cuando él vivía, podía yo envilecerme, quedábame el consuelo de saber que él existía y quizás pensaría en mí; ahora que él está muerto... el convento o la tumba.

El acento de la joven tenía una firmeza tal que el P. Dámaso perdió su aire alegre y se puso muy pensativo.

- ¿Le amabas tanto a él? –preguntó balbuceando.

María Clara no respondió. Fr. Dámaso inclinó la cabeza sobre el pecho y se quedó silencioso.

- ¡Hija mía! –exclamó con voz quebrada-, perdóname que te haya hecho infeliz sin saberlo. Yo pensaba en tu porvenir, quería tu felicidad. ¿Cómo podía permitirte yo que casases con uno del país, para verte esposa infeliz y madre desgraciada?. Yo no podía quitar de tu cabeza tu amor, y me opuse con todas mis fuerzas, abusé de todo, por ti, solamente por ti. Si hubieses sido su esposa, llorarías después, por la condición de tu marido, expuesto a todas las vejaciones sin medio de defensa; madre, llorarías por la suerte de tus hijos; si los educas, les preparas un triste porvenir; se hacen enemigos de la Religión, y los verás ahorcados o expatriados; ¡si los dejas ignorantes, los verás tiranizados y degradados!. ¡No lo podía consentir!. Por esto buscaba para ti un marido que te pudiese hacer madre feliz de hijos que manden y no obedezcan, que castiguen y no sufran... Sabía que tu amigo de la infancia era bueno, le quería a él como a su padre, pero los odié desde que vi que iban a causar tu infelicidad, porque yo te quiero, te idolatro, te amo como se ama a una hija; no tengo más cariño que el tuyo; yo te he visto crecer; no transcurre una hora sin que piense en ti; sueño en ti; tú eres mi única alegría...

Y el P. Dámaso se puso a llorar como un niño.

- Pues bien, si me ama Ud., no me haga eternamente desgraciada; ¡él ya no vive, quiero ser monja!.

El viejo apoyó su frente en la mano.

- ¡Ser monja, ser monja! –repitió-. Tú no sabes, hija mía, la vida, el misterio, que se oculta detrás de los muros del convento, ¡tú no lo sabes!, prefiero mil veces verte infeliz en el mundo que en el claustro... Aquí tus quejas pueden oírse; allá sólo tendrás los muros!... ¡Tú eres hermosa, muy hermosa, y no has nacido para él, para esposa de Cristo!. Créeme, hija mía, el tiempo lo borra todo; más tarde te olvidarás, amarás, y amarás a tu marido... a Linares.

- ¡O el convento o... la muerte! –repitió María Clara.

- ¡El Convento, el convento o la muerte! –exclamó el P. Dámaso-. María, yo ya soy viejo, no podré velar más tiempo por ti y por tu tranquilidad... Escoge otra cosa, busca otro amor, otro joven, sea quien quiera, pero menos el Convento.

- ¡El Convento o la muerte!.

- ¡Dios mío, Dios mío! –gritó el sacerdote, cubriéndose la cabeza con las manos-, tú me castigas, ¡sea!, ¡pero vela por mi hija...!.

Y volviéndose a la joven:

- ¿Quieres ser monja?, lo serás; no quiero que mueras.

María Clara le cogió ambas manos, las estrechó, las besó arrodillándose.

- ¡Padrino, padrino mío! –repetía.

Fr. Dámaso salía después triste, cabizbajo y suspirando.

- ¡Dios, Dios, tú existes puesto que castigas!. ¡Pero véngate en mí y no hieras al inocente, salva a mi hija!. 



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Capítulo 63
LA NOCHEBUENA
 

ARRIBA, EN LA VERTIENTE DE LA MONTAÑA, cabe a un torrente, se esconde entre los árboles una choza, construida sobre torcidos troncos. Sobre su techo de kogon12 trepa ramosa, cargada de frutas y flores, la calabaza; adornan el rústico hogar cuernas de venado, calaveras de jabalí, algunas con largos colmillos. Allí vive una familia tagala, dedicada a la caza y a cortar leñas.

A la sombra de un árbol, el abuelo hace escobas con los nervios de la palma, mientras una joven coloca en un cesto huevos de gallina, limones y legumbres. Dos muchachos, un niño y una niña, juegan al lado de otro, pálido, melancólico, de ojos grandes y mirada profunda, sentado sobre un caído tronco. En sus enflaquecidas facciones reconoceremos al hijo de Sisa, Basilio, el hermano de Crispín.

- Cuando te pongas bueno del pie –le decía la niña- jugaremos pico-pico con escondite, yo seré la madre.

- Subirás con nosotros a la cumbre del monte –añadía el niño-, beberás sangre de venado con zumo de limón y te pondrás grueso, y entonces te enseñaré a saltar de roca en roca, encima del torrente.

Basilio sonreía con tristeza, miraba la llaga de su pie, y después dirigía la vista al sol que brillaba espléndido.

- Vende estas escobas –dijo el abuelo a la joven- y compra algo para tus hermanos que hoy es la Pascua.

- ¡Reventadores, quiero reventadores! –gritó el niño.

- ¡Yo, una cabeza para mi muñeca! –gritó la niña, cogiendo a su hermana del tapis.13

- Y tú, ¿qué quieres? –preguntó el abuelo a Basilio.

Este se levantó trabajosamente y se acercó al anciano.

- Señor -le dijo- ¿he estado pues enfermo más de un mes?.

- Desde que te encontramos desmayado y lleno de heridas, han pasado dos lunas; creíamos que ibas a morir...

- ¡Dios os pague; nosotros somos muy pobres! –repuso Basilio-, pero ya que hoy es Pascua, quiero ir al pueblo para ver a mi madre y a mi hermanito. Me estarán buscando.

- Pero, hijo, todavía no estás bueno y tu pueblo está muy lejos; no llegas a media noche.

- ¡No importa, señor!. Mi madre y mi hermanito deben estar muy tristes; todos los años pasamos juntos esta fiesta... el año pasado comimos un pescado entre nosotros tres... madre habrá estado llorando buscándome.

- ¡No llegarás vivo al pueblo, muchacho!. Esta noche tenemos gallina y tapa de jabalí. Mis hijos te buscarán cuando vengan del campo...

- Tenéis muchos hijos, y mi madre no tiene más que a nosotros dos; ¡acaso me cree ya muerto!. Esta noche quiero darle una alegría, un aguinaldo... ¡un hijo!.

El anciano sintió humedecerse sus ojos, puso la mano sobre la cabeza del niño y le dijo conmovido:

- ¡Pareces un viejo!. ¡Anda, vete, busca a tu madre, dale el aguinaldo... de Dios. ¡Como dices!; si hubiese sabido el nombre de tu pueblo, habría ido allá cuando estabas malo. Anda, hijo mío, que Dios y el Señor Jesús te acompañen. Lucía, mi nieta, irá contigo hasta el próximo pueblo.

- ¿Cómo?, ¿te vas? –le pregunta el niño-. Allá abajo hay soldados, hay muchos ladrones. ¿No quieres ver mis reventadotes?. ¡Pum purumpum!.

- ¿No quieres jugar gallina ciega con escondite? –preguntaba la niña-, ¿te has escondido alguna vez?. ¿Verdad, no hay cosa más agradable que ser perseguido y esconderse?.

Basilio se sonrió; cogió su bastón y con lágrimas en los ojos:

- Volveré pronto; traeré a mi hermanito, lo veréis y jugaréis con él; es tan grande como tú.

- ¿Anda también cojeando? –preguntó la niña-: entonces le haremos madre en el pico-pico.

- No te olvides de nosotros –le decía el anciano-; llévate esta tapa de jabalí y dásela a tu madre.

Los niños le acompañaron hasta el puente de caña, colocado sobre el torrente de alborotado curso.

Lucía le hizo apoyarse sobre su brazo y desaparecieron de la vista de los niños.

Basilio marchaba ligero a pesar de su pierna vendada.

.             .             .             .             .             .             .             .

El viento del Norte silba y los habitantes de S. Diego tiritan de frío.

Es la Nochebuena, y sin embargo el pueblo está triste. Ni un farol de papel cuelga de las ventanas, ningún ruido en las casas anuncia regocijo como otros años.

En el entresuelo de la casa de Capitán Basilio, hablan al lado de una reja éste y D. Filipo (la desgracia del último los había hecho amigos), mientras que en la otra miran hacia la calle Sinang, su prima Victoria y la bella Iday.

La luna, menguante, empezaba a brillar en el horizonte y doraba nubes, árboles y casas, proyectando largas y fantásticas sombras.

- ¡No es poca fortuna la vuestra, salir absuelto en estos tiempos! –decía Capitán Basilio a D. Filipo-; os han quemado vuestros libros, sí, pero otros han perdido más.

Una mujer se acercó a la reja y miró hacia el interior. Sus ojos eran brillantes, sus facciones demacradas, su cabellera suelta y desgreñada: la luna le daba un aspecto singular.

- ¡Sisa! –exclamó sorprendido D. Filipo, y volviéndose a Capitán Basilio mientras la loca se alejaba:

- ¿No estaba en casa de un médico? –preguntó-, ¿se ha curado ya?,.

Capitán Basilio se sonrió amargamente.

- El médico tuvo miedo de que acusasen como amigo de D. Crisóstomo y la despidió de su casa. Ahora vaga otra vez tan loca como siempre, canta, es inofensiva y vive en el bosque...

- ¿Qué cosas más han sucedido en el pueblo desde que lo dejamos?. Sé que tenemos cura nuevo y nuevo alférez...

- ¡Terribles tiempos, la Humanidad retrocede! –murmura Capitán Basilio pensando en el pasado-. Veréis, al día siguiente de vuestra marcha encontraron muerto al sacristán mayor, colgado del zaquizamí de su casa. El P. Salví sintió mucho su muerte y se apoderó de todos sus papeles. ¡Ah!, el filósofo Tasio murió también y fue enterrado en el cementerio de los chinos.

- ¡Pobre D. Anastasio! –suspiró D. Filipo-, y ¿sus libros?.

- Fueron quemados por los piadosos, que así creían agradar a Dios. Nada pude salvar, ni los libros de Cicerón... el Gobernadorcillo no hizo nada para impedirlo.

Ambos guardaron silencio.

En aquel momento se oía el canto triste y melancólico de la loca.

- ¿Sabes cuándo se casa María Clara? –preguntaba Iday a Sinang.

- No lo sé –contestó ésta-, recibí una carta de ella, pero no la abro por temor de saberlo. ¡Pobre Crisóstomo!.

- Dicen que si no es por Linares, a Capitán Tiago le ahorcan, ¿qué iba a hacer María Clara? –observó Victoria.

Un muchacho pasó cojeando; corría en dirección a la plaza, de donde partía el canto de Sisa. Es Basilio. El niño ha encontrado su casa, desierta y en ruinas; después de muchas preguntas sólo sacó que su madre estaba loca y vagaba por el pueblo, de Crispín ni una palabra.

Basilio tragose las lágrimas, ahogó el dolor y sin descansar fue a buscar a su madre. Llegó al pueblo, preguntó por ella y el canto hirió sus oídos. El infeliz dominó el temblor de sus piernas y quiso correr para arrojarse en los brazos de su madre.

La loca dejó la plaza y se llegó delante de la casa del nuevo alférez. Ahora como antes hay un centinela en la puerta, y una cabeza de mujer se asoma a la ventana, pero no es la Medusa, es una joven: alférez y desgraciado no son sinónimos.

Sisa empezó a cantar delante de la casa, mirando a la luna, que se mecía majestuosa en el cielo azul entre las nubes de oro. Basilio la veía y no se atrevía a acercarse, esperando quizás que abandone el sitio; andaba de un lado a otro pero evitando aproximarse al cuartel.

La joven que estaba en la ventana escuchaba atenta el canto de la loca, y mandó al centinela que la hiciese subir.

Sisa, al ver acercarse al soldado y oír su voz, llena de terror, echose a correr, y sabe Dios cómo corre una loca. Basilio sigue detrás de ella, y temiendo perderla, corre y olvida los dolores de sus pies.

- ¡Mirad cómo ese muchacho persigue a la loca! –exclama indignada una criada que estaba en la calle.

Y viendo que la seguía persiguiendo, cogió una piedra y la lanzó contra él diciendo:

- ¡Toma!, ¡qué lástima que esté atado el perro!.

Basilio sintió un golpe en su cabeza, pero continuó corriendo sin hacer caso. Los perros le ladraban, los gansos graznaban, unas ventanas se abrían para dar paso a un curioso, cerrábanse otras temiéndose otra noche de alborotos.

Llegaron fuera del pueblo. Sisa empezó a moderar su carrera; gran distancia la separaba de su perseguidor.- ¡Madre! –le gritó cuando la distinguió.

La loca, apenas oyó la voz, comenzó de nuevo a huir.

- ¡Madre soy yo! –gritó el muchacho desesperado.

La loca no oía, el hijo seguía jadeante. Los sembrados habían pasado y estaban ya cerca del bosque.

Basilio vio a su madre entrar en él y entró también. Las matas, los arbustos, los espinosos juncos y las raíces salientes de los árboles impedían la carrera de ambos. El hijo seguía la silueta de su madre, alumbrada de cuando en cuando por los rayos de la luna, penetrando a través de los claros y las ramas. Era el misterioso bosque de la familia de Ibarra.

El muchacho tropezó varias veces cayendo, pero se levantaba, no sentía dolor: toda su alma se reconcentraba en sus ojos, que seguían la querida figura.

Pasaron el arroyo, que murmuraba dulcemente; las espinas de las cañas caídas en el barro de la orilla, se hundían en sus pies desnudos: Basilio no se detenía para arrancarlos.

A su gran sorpresa vio que su madre se internaba en la espesura y entraba por la puerta de madera, que cierra la tumba del viejo español al pie del balitî.

Basilio trató de hacer lo mismo pero halló la puerta cerrada. La loca defendía la entrada con sus descarnado brazos y desgreñada cabeza, manteniéndola cerrada con todas sus fuerzas.

- ¡Madre, soy yo, soy yo, soy Basilio, vuestro hijo! –gritó el extenuado, muchacho dejándose caer.

Pero la loca no cedía; apoyándose con los pies contra el suelo ofrecía una enérgica resistencia.

Basilio golpeó la puerta con el puño, con la cabeza, bañada en sangre, lloró, pero en vano. Levantose trabajosamente, miró al muro, pensando escalarlo, pero nada halló. Lo rodeó entonces y vio una rama del fatídico balitî cruzándose con la de otro árbol. Trepó: su amor filial hacía milagros, y de rama en rama pasó al balitî, y vio a su madre sosteniendo aún con su cabeza las hojas de la puerta.

El ruido que hacía en las ramas llamó la atención de Sisa; volvióse y quiso huir, pero el hijo, dejándose caer del árbol, la abrazó y la cubrió de besos, perdiendo después el sentido.

Sisa vio la frente bañada en sangre; inclinose hacia él, sus ojos parecían saltar de las órbitas, le miró en la cara, y aquellas pálidas facciones sacudieron las dormidas células de su cerebro; algo como una chispa brotó de su mente, reconoció a su hijo y, soltando un grito, cayó sobre el desmayado muchacho, abrazándole y besándole.

Madre e hijo permanecieron inmóviles...

Cuando Basilio volvió en sí halló a su madre sin sentido. La llamó, prodigole los más tiernos nombres y, viendo que ni respiraba ni despertaba, levantose, fue al arroyo a sacar un poco de agua en un cucurucho de hojas de plátano y roció con ella el pálido rostro de su madre. Pero la loca no hizo el menor movimiento, sus ojos continuaron cerrados.

Basilio la miró espantado; aplicó sus oídos al corazón de ella, pero el flaco y marchito seno estaba frío y el corazón no latía: puso los labios sobre sus labios y no percibió ningún aliento. El desgraciado abrazó el cadáver y lloró amargamente.

La luna brillaba en el cielo majestuosa, la brisa vagaba suspirando y debajo de la yerba los grillos trinaban.

La noche de luz y alegría para tantos niños, que en el caliente seno de la familia celebran la fiesta que conmemora la primera mirada de amor que el cielo envió a la tierra; esa noche en que todas las familias cristianas comen, beben, bailan, cantan, ríen, juegan, aman, se besan... esa noche, que en los países fríos es mágica para la niñez con su tradicional árbol de pino, cargado de luces, muñecas, confites y oropeles, que miran deslumbrados los redondos ojos donde se espeja la inocencia, esa noche no ofrece a Basilio más que una orfandad. ¿Quién sabe?. Acaso en el hogar del taciturno P. Salví juegan también los niños, acaso se canta:

La Nochebuena se viene,
La nochebuena se va...14

El niño lloró y gimió mucho y cuando levantó la cabeza, vio un hombre delante de sí, que le contemplaba en silencio. El desconocido le preguntó en voz baja:

- ¿Eres el hijo?.

El muchacho afirmó con la cabeza.

- ¿Qué piensas hacer?. 

- ¡Enterrarla!.

- ¿En el cementerio?.

- No tengo dinero y además no lo permitiría el cura.

- ¿Entonces...?.

- Si me quisieseis ayudar...

- Estoy muy débil –contestó el desconocido, que se dejó caer poco a poco en el suelo, apoyándose con ambas manos en tierra-, estoy herido... hace dos días que no he comido ni dormido... ¿No ha venido ninguno esta noche?.

El hombre permaneció pensativo contemplando la interesante fisonomía del muchacho.

- ¡Escucha! –continuó en voz más débil-; habré muerto también antes que venga el día... A veinte pasos de aquí, a la otra orilla del arroyo, hay mucha leña amontonada; tráela, haz una pira, pon nuestros cadáveres encima, cúbrelos y prende fuego, mucho fuego hasta que nos convirtamos en cenizas...

Basilio escuchaba.

- Después, si ningún otro viene... cavarás aquí, encontrarás mucho oro... y todo será tuyo. ¡Estudia!.

La voz del desconocido se hacía cada vez más inteligible.

- Ve a buscar leña... quiero ayudarte.

Basilio se alejó. El desconocido volvió la cara hacia el Oriente y murmuró como orando:

- ¡Muero sin ver la aurora brillar sobre mi patria...!, vosotros, que la habéis de ver, saludadla... ¡no os olvidéis de los que han caído durante la noche!.

Levantó los ojos al cielo, sus labios se agitaron como murmurando una plegaria, después bajó la cabeza y cayó lentamente en tierra...

Dos horas más tarde. Hermana Rufa estaba en el batalan15 de su casa haciendo sus abluciones matinales para ir a misa. La piadosa mujer miraba al cercano bosque y vio subir una gruesa columna de humo; frunció las cejas y llena de santa indignación exclamó:

- ¿Quién será el hereje que en día de fiesta hace kaiñgin?.16 ¡Por eso vienen tantas desgracias!. Prueba ir al Purgatorio y verás si te saco de allá, salvaje!.


Capítulos 61, 62, 63
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