La colonización de los Austria

La Colonización de los Austria

El español inquisitorial conquistó el poder en el XV, para conservarlo hasta nuestros días. Afectado de ortodoxia aguda, permanece empantanado en admirable inmovilismo intelectual, que se manifiesta en hostilidad beligerante, hacia cuanto escapa a "la norma". Proclive la sociedad a la sumisión, por miedo o por interés, las mayoría tiende a inclinarse hasta el absurdo, ante quien puede impartir castigos y ofrecer favores. Sin sentido de la calidad, por egoísmo o ignoracia, carece de capacidad selectiva. Confundiendo dignidad con vanidad, acepta de buen grado la mentira en el presente, celebrando la hagiografía nacional. Le ofrece pasado glorioso, que oponer a las miserias del presente. Blanco de pecado y linealmente heroico, según conviene al orgullo patrio, convierte en epopeya el fácil saqueó de un continente, cuyos pueblos se inclinaron a las ciencias de paz, abandonando la técnica de guerra. Fr. Bartolomé de las Casas, excepción honrosa de fronteras afuera, quedó a domicilio en paranoico, habiendo sido cumplidor de las instrucciones del Emperador, políticamente necesitado de limpieza intelectual, que borrase el horror del pasado inmediato. Publicó el fraile verdades, silenciadas por real decreto, pero calló no pocas, siendo atacados y amordazados los que fueron más lejos. Cometidos por muchos y al amparo de la corona, los pecados del conquistador quedaron en veniales, pasando los verdugos de América por producto de la mentalidad de una época, habiendo sido en verdad excepción. Cierto es que al carecer los más de un criterio, indispensable para discernir el bien del mal sin ayuda, se impuso el del poder. Pero no faltaron los críticos, que se enfrentaron a la política real, a golpe de memoriales. Destruidas concienzudamente pruebas de lucidez cívica, que alían la corona con la barbarie, se han salvado las suficientes para probar que no todos los castellanos fueron bárbaros. Los hubo discrepantes y arriesgados, pues no dudaron en elevar quejas y denuncias hasta el trono, aunque quizá lo hiciesen por inocencia, igorando que los principales instigadores fueron los reyes.

28.10.1574 Sobre descubrimiento de isla en China, con minas de oro, en zona de Felipe II y explotación de las minas en Nueva España

Cerrado el periodo colector al agotarse la cosecha de oro, correspondió a Felipe II consolidar la colonización del continente. Necesitado de mano de obra para arrancar riqueza de las minas y labrar la tierra, se dejó de asesinarla por codicia o pura diversión, para capturarla con destino al mercado del trabajo. El prudente Fr. Tomás Ortiz, en consejo presidido por Fr. García de Loaysa, confesor del Emperador y maestro del Príncipe, privó al indio de alma, para robarle con mayor libertad el oro. Pero el papa Pablo III se la restituyó, con el exabrupto de una bula, excomulgando a los seguidores espirituales de Ortiz. Lo supo Carlos V pero no quiso enterarse, a la espera de que Pizarro acabase de esquilmar el Perú. Terminada la cosecha, sin haber llegado el tiempo en que robar el cuerpo al americano, fuese rentable, empezaba a cotizarse en 1550, año en que Carlos le declaró vasallo de pleno derecho, prohibiendo reducirle a esclavitud por real cédula (03). En Méjico solventaron el problema por vía de justicia. Prevista la pena de esclavitud a perpetuidad, para determinados delitos, los oidores la recetaron con profusión, acoplando el número de condenas a la demanda de brazos. Mineros y hacendados herraron en la cara a cuantos aborígenes les vino en gana, a más de disfrutar de cazadero en territorio chichimeco, declarado de guerra, quizá por coincidir con la reserva de negros del Missisipi y Florida. En cuanto al encomendero, propietario de facto de los indios, cuya intrucción religiosa le era econmendada, se hizo servir sin tasa, aplicando pechos y derechos a la carta.

Complicada la agricultura en Nueva Castilla, desarrollada la industria y múltiples las minas, los exilios voluntarios y los fallecimientos prematuros, agotaban la cantera de mano de obra, que ofrecía el entorno. Al ser la esclavitud único medio legal de retenerla, la pragmática provocó sublevación secesionista, encabezada por el analfabeto Gonzalo Pizarro. Retrocedió el Emperador, avanzando apenas controló la situación, clamando los colonizadores por un Príncipe, debidamente educado por Loaysa. En vida el padre, no se atrevió a enmendarle la plana, pero a su muerte orquestó campaña de mentalización, de carácter racista, que presentó al indio como holgazán, vicioso y tan irresponsable, que no sabía cuidar ni aún de sí mismo. Condicionada la opinión, en 1558 publicó cédula, obligándole a servir al español, de ser requerido, quedando en papel mojado la coletilla de que le harían trabajar "con moderación y buena paga en mano propia" (03). Institucionalizada la segunda "narobia", se perfiló en l563. Estando en Monzón, padeciendo la enojosa revuelta con visos de guerra civil, que acompañó a la Cortes de Aragón, el Austria se ocupó de sus indios. Enunciando vaguedades, como el mandato de que habrían de ser "mantenidos en justicia y amparados en su libertad" (03), les adjudicó la obligación de asistir al colonizador en la necesidad, dejando tan indefinidas las carencias que podría manifestar el blanco, como la modalidad del servicio. Suspendida por el padre la concesión de encomiendas, condenadas las existentes a desaparecer a la muerte del titular, Felipe II las resucitó, pues el aborigen no debía tener posibilidad de eludir el servicio. Declarando "bacos" o desocupados a los liberados poco antes, fueron repartidos entre personas "beneméritas", con rango de encomenderos. Era el fin sobre el papel, instruir a los naturales en la religión católica, apartándoles del vicio de la holganza, de manera que pudiesen pagar, con su esfuerzo, el servicio espiritual que recibían, la renta del encomendero, los impuesto debidos al rey y los gajes del altar, ordenamiento que coincidió con nueva ley de minas. Como en el caso de las salinas andaluzas, enterado del importante beneficio que aportaban al propietario, el rey incorporó las minas a la corona, utilizando el pretexto habitual de suponer que fueron desgajadas del real patrimonio, "injusta y indebidamente". Expropiados los dueños de un plumazo, incluyendo las existencias de mineral, fundido y por fundir, el Austria persiguió explotación intensiva, asegurándose mano de obra semi gratuita, a través de "mita" de su invención , que obligaba al siete por ciento de la población aborigen, radicada en amplio entorno, a trabajar en la mina (1).

2.2.1603 "En Holanda hay indios que muestran la lengua". Dos mentalidades

Un ex gobernador de Otoca, que dirigió las de San Antonio de Esquilache, en memorial dirigido a Felipe II, recordó que en el breve periodo de libertad, decretado por el Emperador, nunca le faltaron obreros voluntarios, en tanto que oficial de la Corona ni como propietario particular: "ninguno deja de trabajar..., pagándoles puntualmente su trabajo personal". Los problemas surgieron cuando el Conde de Castellar introdujo el principio, "asentado" entre los colonizadores, "de que los indios quieren ser llevados por mal". Disminuyó la producción, sin que lo remediase la aportación de brazos suplementarios. Esgrimiendo su experiencia, el oficial achacó el "decaimiento de las rentas reales y de las encomiendas, cuyo corto valor acredita bastante esta verdad", al malestar provocado por el trabajo forzado. Y desmintió el mito de que el nativo no rendía: "se infiere que si tal vez el indio no obedece al español, no es fuerza de su mal natural, sino temor y escarmiento de agravios recibidos". Desmoralizado abandonaba sus "granjerías", ocupando su tiempo en buscar el medio de "alzarse", abandonando la tierra para huir "del nombre de mita, que para ellos es horroroso" (2165). La dureza de las medidas, adoptadas con el fin de obtener mayores rentas, hizo fracasar el intento, estancando los ingresos americanos del rey y el país, en una media anual de 8 a 9 millones de ducados (2397).

Abocado a déficit endémico, Felipe II creyó remediar el patinazo de la expropiación, remplazando a unos funcionarios con sueldo fijo por particulares, cuya parte fuese proporcional al beneficio obtenido. Para no perder el control del oro, aplicó la fórmula del arriendo. Buscando mayor beneficio en menor tiempo, los arrendatarios esquilmaron las vetas de fácil explotación y generosas, abandonaban las que ofrecían dificultades o mineral de baja calidad, que exigiese mayor proporción de azogue (2). Queriendo remediarlo, el Rey buscó una tercera fórmula, encontrándola en el "asiento". A 29 de julio de 1581, estando en Lisboa, lo firmó con Ventura Espino, dándole en exclusiva la explotación de los yacimientos de Perú, Charcas y Quito. Reservados a la corona 2/5 de la producción bruta, los tres restantes quedaban al asentista libres de cargas e impuestos, corriendo a su cargo los costos. De su cuenta corría el gasto en "maestros y oficiales y esclavos y gente y herramientas y los otros instrumentos y aparejos, que fueren necesarios y combenientes, para la labor de las minas". Con espíritu de fin de raza, si no del mundo, Felipe II quiso combinar explotación intensiva y extensiva. Espino se obligó a mantener equipo de prospección en actividad perpetua, poniendo de inmediato en explotación los yacimientos descubiertos. De lo que estuviesen arrendados, Espino tomaría posesión al vencimiento del arriendo, quedando de su cuenta pleitear, para liquidar el resto de propiedad privada, que logró sobrevivir. Sin ruborizarse y en documento público, el Rey prometió apoyar al asentista, dando órdenes pertinentes a fiscales y jueces, para que sentenciasen a su favor (2397). Mal debió desarrollarse el asiento, pues pervivieron las tres formas de explotación, participando la Corona en los beneficios, a través del quinto y el fisco.

1579 Informe Zuñiga. Quito. Población. Blancos, mestizos, negros. 2.000 niños mestizos

De la colonización surgió una sociedad fuertemente jerarquizada, en función al color de la piel y el lugar de nacimiento. Los oriundos de Castilla coparon los empleos en la función pública y el gobierno, excluyendo al criollo. Este podía aspirar, cuando más, a encomienda o repartimiento de indios. Sutil la iglesia, fueron pocas las ordenes religiosas, que recibieron mestizos o blancos nacidos en colonias, en grado superior al de hermano lego. Incluso el español que ingresaba en América era discriminado. Y conocido por "mestizo". De segunda la clase de los criollos, por importante que fuese su fortuna, seguían los mestizos, aun siendo hijos legítimos o reconocidos, declarados herederos de padre blanco, situación excepcional, por ser regla el abandono de la india embarazada. Consecuencia indeseada de desahogo fisiológico, el hijo de india y castellano, aún siendo de padre desconocido, tenía derecho a ingresas en la escuela. En 1579, a medio siglo de la conquista, de los 3.000 alumnos que asistían a las de Quito, 2.000 eran mestizos, herederos según el P. Zúñiga, de cuanto tenía de malo el indio, conl añadido de la arrogancia española. Servidor privilegiado del blanco, tuvo por inferior y criado al pura sangre americano, siendo superior en la práctica, de contar con posibles, al español desheredado. Consideraba el Rey y por extensión los súbditos , que suerte y fortuna eran premio del Altísimo, ofrecido a sus favoritos, para elevarlos sobre el mortal, que al carecer de lo primero, no accedía a lo segundo. Partiendo de tan meridiano principio, el emigrante desfavorecido era adscrito a la cuarta clase, a la que se incorporaban el clandestino y cuantos recién llegados careciesen de recomendación, que les procurase cargo. En peor situación que el mestizo, el castellano pobre compartió escalafón con el negro libre, menos apreciado que el esclavo. Prohibida la importación durante largos periodos, el precio de la "pieza de negro" aconsejaba cuidarla, para preservar la inversión. A imitación de los españoles, los negros, aún siendo esclavos, estaban en el derecho de requerir los servicios del indio, en cualquier momento y cualquiera que fuese su condición, sin que la ley les permitiese negarse, aun siendo llamados por un extraño, estando en la calle (2395).

Alarmado por la cortedad de los ingresos, Felipe II quiso organizar la explotación de las colonias. Idóneo Francisco de Toledo, fue nombrado virrey de Nueva Castilla, en 1568. Prudente observó el entorno durante un año, ocupado en adaptar al contexto, la reforma proyectada. Procurando complacer al Rey, sin dañar en exceso la imagen de España, ya malparada de fronteras afuera, prohibió a los encomenderos residir en la encomienda. Liberado el encomendado del servicio doméstico, que cargaba su jornada, permitió en contrapartida al propietario de encomienda, fijar el esfuerzo que habría de aportar el indio, a cambio de obtener la salvación eterna. Libre de explotarlo directamente o en régimen de alquiler, percibiendo el jornal doblado, debía producir para el amo, satisfacer los impuestos destinados a la real hacienda (3), los gajes del altar y la parte proporcional destinada a mantener aparato colonial, en cuyo escaño inferior se encontraba el cacique. Autoridad local nombrada por los colonizadores, percibía los impuestos y ejercía como capataz de sus administrados. Sacadas las cuentas a partir de lo posible, De Toledo gravó al indio con siete pesos anuales, a título de capitación, fijando a los pueblos el pago de suma global, proporcional al número de habitantes. Soportable la carga pero no las condiciones de vida, los fallecimientos prematuros, efecto del exceso de trabajo y las deserciones, no tardando en alejar la ficción demográfica de la realidad. Obligado el cacique a entregar el dinero y los brazos que correspondíesen, a fecha fija, pues de no llenar las previsiones, era castigado con esclavitud perpetua, al no ser corregido el desfase, por no confesar al rey el fracaso de una despoblación creciente, se repartían entre los presentes las cargas y pechos, que tocaban a los ausentes. Crecidos los gastos del reino, por tener Felipe II ambiciones de imperio, que satisfacía hacéndose presente en el mundo, a golpe de guerras y dinero, al impuesto ordinario no tardaron en sumarse cargas extraordinarias, tan obligatorias como el primero, aunque las llamasen"donativo voluntario", ocultando su carácter ilegal, por haberlos aprobado unos procuradores en Cortes, que sometidos a todas suerte de presiones económicas y psicológicas, transgredian el mandato de sus ciudades.

Las cargas complicaron tanto las cuentas, que el cacique las repartió a ojo de buen cubero, abultando el total un margen de seguridad y la mordida en su provecho, incluida con impunidad absoluta, por no estar los contribuyentes avezados en la ciencia de desglosar las partidas. En menos de veinte años, los siete pesos de capitación, impuestos al indio, se elevaron a 12 o 15, en función a la situación y la avaricia del cacique (2395). Duro el impuesto, fue soportado con mejor talante que los trabajos forzados. Los que salían sorteados para prestarlos, se llamaban indios de "cédula", aludiendo a la que impuso el servicio. Apellidado "mitayo" o de "séptima"el destinado a las minas, el que había de servir al colonizados en otros menesteres, se decía de "quinta". En el papel, el servicio en minas y "obrajes o telares", se prestaba una vez en la vida, no pudiendo rebasar los seis meses, siendo deber del cacique a tener preparada "remuda", para que a la salida de un turno, siguiese la incorporación del siguiente. Pero al disminuir la población, faltó el reemplazo. Requeridos repetidamente los vecinos, capturados los forasteros para suplir ausencias, se asentaron sólidamente las bases de una pobreza, que aún padece Sudamérica. De la recluta para el Potosí, nos informa el ex - gobernador de Otoca. Hecho el sorteo, quien podía juntar 200 o 300 pesos se rescataba, escapando del virreinato si podía, pues el pago no le libraba de ser llamado en otra ocasión. El que no, sabiendo que pocos regresaban, se despedía recorriendo el pueblo durante 15 días, con sus compañeros, manifestando "con cantos tristes y lastimeras voces su sentimiento", al son de "un tamborcillo". Sensible el Gobernador, confesó: "solía yo... ausentarme del pueblo donde tenía mi asistencia, por no ver su dolor. Y escusarme del que en mí ocasionaban sus lamentos". Víctima de la miseria material e intelectual, sembrada por el colonizador, el mitayo no tardaba en ponerse en situación de esclavitud. Fijado el salario de los indios de "cédula" en dos pesos al mes, cantidad insuficiente para sobrevivir, apenas asomaban a la mina, eran tentados con préstamo de 200 a 300 pesos. Aceptada deuda que nunca podrían saldar, se hacían dependientes del amo hasta el fin de sus días (4) (2165).

1579 Dos meses de trabajo, 2 pesoos: "quiere que los indios en cuanto al trabajo sean cuerpos sin almas porque trabajan como bestias".

Supuestamente mejor tratados los indios de "quinta", el P. Zúñiga los describe cáusticamente: eran "en cuanto al trabajo cuerpos sin alma, porque trabajan como bestias. Y en cuanto a la comida, almas sin cuerpo, que no comen". No fue el fraile defensor de indígenas. Contó lo que veía en escrito dirigido a Felipe II, porque el "mal tratamiento" que quienes"tienen el nombre del Rey", infringían a "estos miserables indios", que "cada día padecen más, así en las almas como en los cuerpos", le causaba problemas. Por buena fe o por su propia seguridad, el clérigo dio por supuesto que el rey ignoraba, lo que sabía de sobra. Preocupado Felipe II por la opinión de su persona, que tuviesen Europa y la historia, pero indiferente al presente de súbditos y vasallos, impuso la política del avestruz. Jamás cayó en la debilidad de admitir en privado, lo que negaba en público, ni asomo de error en sus decisiones, de injusticia o deshonestidad en su gobierno, ejemplo que seguían políticos y funcionarios, de la cumbre a la base, estando Zúñiga orgulloso de haber conseguido que los oidores de la Audiencia admitiesen lo que veían "por sus ojos", al hacerles confesar, de puertas adentro, que las cosas "son mal hechas", guardándose de repetirlo en público, "por no dar a entender que han andado errados hasta agora" (2395). No dejando a los conquistados más esperanza que el "alzamiento" por la huida, laxa la vigilancia, el país se hubiese vaciado, de no dejarse embaucar los más simples, por truculencias divulgadas por españoles. Corrieron que al este de los Andes se alojaban feroces caníbales, que aguardaban al inca occidental, para meterlo en el puchero, supuesto en el que abundaba la experiencia de no haber regresado ninguno, de los que huyeron. Pero el P. Zúñiga y el ex - Gobernador de Otoca, coinciden en el escaso efecto de la publicidad negativa. Al menor descuido los peruanos se acogían a "tierra de infieles". Escueto el fraile, el funcionario se extendió: mereciendo el indio, "por su humildad desnudez y pobreza, la piedad que se deviera tener con ellos, los tratamos con tanto rigor y les damos tan mal exemplo, que rendidos al trabajo, pierden miserablemente la vida. Y despechados otros se retiran a los infieles, dexando la luz del evangelio y volviendo a la ceguedad de la idolatría" (2165).

Zúñiga se refiere a los indios de cédula: "yo con más propiedad les llamo esclavos perpetuos, porque aunque el indio muera en el trabajo, se la ha de entregar otro al dueño del obraje". Queriendo Francisco de Toledo desarrollar la industria, pues habiendo caído la producción de oro, urgía encontrar reemplazo, asignó cupo de 50 cabezas de indio a cada tenería o telar. Rara la encomienda o misión que no tuviese "obraje", la propiedad tocaba a la comunidad indígena, que lo había creado. Pero al declarar los españoles al americano eterno menor de edad, clérigos y encomenderos administraban la industria. El P. Zúñiga lo instaló en su parroquia, so pretexto de alejar a los feligreses del riesgo moral del ocio, acopiando la colectividad, a través de su trabajo en la empresa, la suma que exigía la corona, en concepto de impuestos (2165/2395). El "obraje" estaba bajo control de un mayordomo, nombrado por el cacique. Marcaba el ritmo de trabajo, custodiaba a los obreros, residentes en mazmorras, recuperando a los tránsfugas. Difícil encontrar reemplazo, los quintados eran retenidos en la empresa por sus propias deudas, inevitables si querían subsistir, a la espera de ser liberados por la muerte. Sin licencia para ausentarse, a más de ser explotados como productores, lo fueron en calidad de consumidores. Encomendero y clérigo tomaron en mano el abastecimiento, a menudo en sociedad con el corregidor. Compraban y transportaban las mercancías, alegando la carestía de los portos, para subir los precios, siendo obligado el cliente - obrajero a consumir lo que le ofreciesen, aunque no fuese de su gusto, estando dotados de crédito abierto, proporcinal a la oferta, con el fin de crecer su deuda. "Protector de indios" el fiscal, visitaba los obrajes. En el caso hipotético de que manifestase curiosidad por saber la razón que retenía a los indios, cumplido el periodo de servicio, el administrador se justificaba, esgrimía la deuda, que le amparaba de ser acusado de retener a los obreros por la fuerza. Previstas por ley visitas periódicas, con el fin de verificar si el indio recibía buen trato, cobrando salario en metálico (5), los oidores de la Audiencia las espaciaban, guardándose el visitador de "ver la cara" del indio. Por regla general aprobaba"las acciones" del dueño o responsable del obraje, sin hacer averiguaciones, pues "sólo atienden a la conveniencia y al regalo que les han de dar" (2165).

1579. Obrajes. Salario "moderado", suficiente para maestro castellano: 300 a 500 pesos

No estando los miembros de la Audiencia dispuestos a dejar escapar prebenda, descubrieron en el obraje acomodo para sus paniaguados. Maestro el indígena en el arte de tejer a su manera, para hacerlo a la europea, necesitaba profesor peninsular. Habiendo pasado a Indias no pocos artesanos, sin porvenir en Castilla, deambulaban paupérrimos por la tierra prometida, contentos de encontrar obraje que ofreciese salario de 300 a 500 pesos anuales, "moderado" según el P. Zúñiga (6). No parece que aquellos maestros abusasen de unos obreros, al mismo tiempo propietarios, por pertenecer la empresa al común, pero todo cambió al adjudicarse la Audiencia la potestad de nombrar a los maestros tejedores. Convertida la función en prebenda, los emolumentos de los tales se fijaron en la sexta parte de la producción, que venía a representar 1.000 pesos al año, pero sobre todo la tentación de aumentarlos, acelerando el ritmo de trabajo. Así se dio la paradoja de que los indios, dueños de la industria, fueron explotados despiadadamente por un asalariado, contratado a sus expensas, al que no podía despedir, por depender el cambio de la voluntad de los oidores, pues ni aun el párroco, cabeza visible de la feligresía, ni el encomendero, tuvieron autoridad para reemplazar tejedor, designado por la Audencia (2395).

El indio de "quinta", al que tocaba prestar servicios directos al español, en la ciudad o el campo, podía ser llamado varias veces, en el curso de su existencia. Trabajar la tierra, sembrando y recogiendo la cosecha, guardar ganado en hacienda de español, fueron las ocupaciones preferidas por el quintado, aunque no estuviesen exentas de inconvenientes. Acudía seguido de la familia. Alimentados todos por el patrono, pagaban prestando servicios diversos. Las mujeres realizaban labores domésticas y tejían, ocupándose los hijos menores de las aves de corral, pudiendo el "quintado" titular abandonar su puesto, de tiempo en tiempo, dejando en su lugar a cualquiera de los suyos, para dar "una vuelta" a su choza y huerto, lo que le permitía llevar adelante sus propios animales y sementera. Prolongado el servicio del pastor por espacio de un año, con salario total de 8 pesos, no estaba exento de caer en la esclavitud por deudas.Con 800 o 1.000 ovejas a su cargo, responsable de las reses extraviadas, era frecuente que a título de indemnización al amo, acumulase deuda superior a los emolumentos (2395).

El "quinto" de la población, que residía en un un radio de 20 leguas en torno a Quito, estaba destinado a servir a los españoles, residentes en la ciudad, por espacio de dos meses, percibiendo dos pesos al mes. Viendo crecer la capital, el P. Zúñiga se preguntaba: "¿cómo podrán servir a tanta gente los indios, sin despoblar los pueblos?". Por ser la duración del servicio, ·llamó a estos indios "esclavillos de dos meses". Obligados a dejar choza y pertenencias en manos de vecinos, insolidarios por miserables, al regreso encontraban robados sus enseres, arruinado el abrigo y comidos los animales, enfrentándose un año de hambre suplementario. Sorteados, los indios de "quinta" arrastraban con cuanto tenían de comer o susceptible de ser vendido, sin olvidar mujer agraciada. Hija o esposa, a más de atender al afectado en todos los aspectos, se prostituía al blanco, para que el hombre pudiese alimentarse, pues dos pesos no eran suficientes para subsistir. El "quintado" de "paja y leña", acopiaba ambas cosas para el colonizador. Si tenían posibles, compraban el haz en la plaza, gastando 30 tomines en beneficio del amo, a cambio de percibir 16, pues valía la diferencia ahorro de cuatro leguas de camino de ida y otras tantas a la vuelta, por estar el bosque lejos de la ciudad. Privado de heramientas y medios de transporte, cortaba las ramas "con las uñas", cargando a las espaldas. Los destinado a acarrear cal y arena para las obras, andaban 10 leguas en camino de ida y vuelta, usando por capazo la manta, que les servía de cama y vestido. Muy razonablemente, el P. Zúñiga se preguntó por qué no les proveían de palas y carretas, habiendo en Quito "más caballos y bueyes, que en ningún pueblo de los otros". Y lamentó que les hiciesen trabajar como "bestias", en lugar de hacerlo como "todos los hombres del "mundo", siendo habitual que los colonizadores pidiesen cupo "doblado" de quintados, por dedicar el sobrante a buscar leña y paja para venderla en la ciudad y a la construcción escupativa, con destino al mercado. Evidente que dotados de herramientas, bestias y carros, el rendimiento se multiplicaría, sólo cabe achacar la absurda crueldad de los españole, al miedo irracional. Acientífico y enemigo jurado de la lógica, pero intuitivo, el colonizados concluyó que embruteciendo a la población autóctona, por humillación y el esfuerzo, hasta la deshumanización, perdería la capicidad de rebelarse. Con igual naturalidad que aplicaban el método, privaban a los indios de cédula de auxilios espirituales, sin reparar en la contradicción que representaba el fin evangelizador, causa de la concesión y tenencia de Indias, con el hecho de que los indios no viesen clérigo, mientras duraba el servicio. Terminado el trabajo, el "repartido" completaba la jornada tejiendo, acarreando agua y realizando tareas domésticas: "al cabo de los dos meses le da el español dos pesos, y ha gastado él de manta y camiseta más de tres. Y de las espaldas los cueros. Y algunas veces la vida". Francisco de Valverde, hombre civilizado, siendo presidente de la Audiencia de Quito, mandó darles"una comidilla bien pobre" al día. Indignados los colonizadores por el gasto, sus clamores llegaron a la corte. Trasladado el imprudente benefactor de indígenas, quedó suprimido el dispendio (2395).

No vivían los indios en casas de adobe y material, como en otros tiempos. Residían en chozas cerradas por puerta de cañizo, protección más de su intimidad, que de sus pobres pertenencias. Propietarios de huerto, aves de corral y alguna cabeza de ganado menor, lo eran colectivamente del término y rebaños de ovejas. Destinada la lana al obraje, podían consumir la leche y hacer quesos, pero no la carne. Para metar cordero o cabrito propio, con destino al consumo, estaban obligados a sacar provisión que costaba tres pesos, costando el animal dos, en el mercado. La expenduría de cédulas y provisiones, constituía negocio floreciente, en proveho de los oidores. Adjudicándoles virtudes que no tenían, amenudo las vendían en blanco, engañando con descaro al cliente, asegurándole que autorizaban para lo que deseaba: "aun para no venir a la doctrina, se adargan con ellas", se lamentaba el P. Zúñiga. Convencidos de que bastaba comprar el papel, para adquirir libertades, era frecuente que empleasen en la adquisición, las ganancias que destinaban a los impuestos. Pidió el fraile que por bien del Rey, se suspendiese el tráfico, poniendo la cédula más barata a cincuenta pesos. Pero los oidores se negaron. Buenos comerciantes, se plegaban a las posibilidades de la demanda, ofreciendo el género a precios asequibles, aprovechando de una clientela analfabeta, que exhibía el documentos ante autoridad local, igualmente analfabeta. Un cacique se lamentaba, porque habiendo sacado cédula para recuperar a los desertores de su aldea, los que encontró en la misma plaza de Quito le desafiaron, armados de su propia cédula, negándose a seguirles. Incapaces las partes de descifrar el texto, encuentro con lector avezado, les remitía la mina.

Obligados los oidores a trotada periódica e ineludible, en la que habían de revisar las tasas, impuestas por los encomenderos, los oidores transportaban mercadillo de justicia. Instalado el tenderete, prometían dirimir contenciosos, admitiendo demandas y recibiendo testimonios previo pago. Abultando el expediente, hasta quedar listo para la vista y sentencia, al ser esta gratuita, la causa quedaba olvidada. Hubiese debido curar la experiencia a la clientela, pero la esperanza es contumaz, empeñándose los nativos en continuar cante unos jueces, que subastaban las injusticia. Solícitos con el blanco, con posibilidad de hacerse escuchar por los Consejeros del Rey, achuchaban al cacique, remiso en la entrega de mano de obra, recibiendo el denunciante aborigen, la callada por respuesta. Siendo los jueces causa del único alzamiento violento, que se produjo en tiempo de Zúñiga. El encomendero de Los Quixos, región cuyos naturales ya demostraron tener temperamento, en tiempos de Gonzalo Pizarro, exigió dos mantas al mes por cabeza de indio. Al no quedarles tiempo para ganarse el pan, se asesoraron debidamente, presentando denuncia adaptada a la forma, que no se pudo arrumbar. En 1576 acudió el vistador. Iniciada la pesquisa, los de la Audiencia acordaron escarmentar a los demandantes, nombrando juez pesquisidor. Instaldo en Los Quixos, pasó tantos días averiguando y recibiendo testimonios, que los demandantes se creyeron escuchados. Pero los jueces dieron la razón al encomendero. Condenados los indios en costas, hubieron de pechar con "risobrecarga", obligados a tejer ingente partida de algodón, para pagarlas, con el salario del pesquisidor. Condenados a morir de agotamiento y miseria, los afectados acordaron dejar tan inhóspita tierra, dejando su recuerdo. En provincia donde el español podía dormir solo y en el campo, más seguro que en Castilla, se "alzaron" cierta noche, cayendo sobre dos pueblos de españoles. Mataron 70 personas, sin distinguir de sexos ni edades (2395).

El suceso sembró el pánico en los conquistadores. Los hacendados se metieron en Quito, armándose hasta los dientes, antes de emprender cruzada didáctica y productiva. Pueblos enteros pararon en la cárcel, con el cacique en cabeza. Condenados a esclavitud perpetua, aportaron brazos, dejando libre tierra de primera, que aprovechó al español. Habiendo investigado la intención de sus feligreses, el P. Zúñiga aseguró que no se les pasó por la cabeza intentar alteraciones. Avispado o informado, advirtió al Rey que los castellanos no temían alzamiento de indios, siendo el temor fingido y el fin apropiarse ede la tierra, que ocupaban los indios. Si en tiempo de Atahualpa bastaron 200 españoles, para conquistar el imperio, en el último cuarto del XVI, no habiendo aborigen que supiese "menear una lanza", bastaban menos para controlas a los aborígenes (2395).

1587 Informe de Indias. Crítica a los Consejeros de Indias. Tierra desierta

El ex - gobernador de Otoca describió al indio con lenguaje, propio de los mejores tiempos de la historia: "siendo pobres nos enriquecen; estando hambrientos nos dan de comer y desnudos nos visten"(7). No llegó a tanto Alonso Pérez, pero en memorial redactado en 1587, tras fugaz paso por Indias, expuso la situación. Remitido a Felipe II sin que lo hubiese pedido, reconoció que el Monarca tenía razones sobradas de quejarse de unos consejeros de Indias, "que de no lo saber ni haber visto ni entendido, an sido causa que estén la mayor parte despobladas de naturales", hasta el punto de que "si con tiempo no se remedia, S.M. será rey de tierra desierta". Sabiendo al Austria indiferente a cuanto no afectase a su reputación, poder y bolsa, el Guzmán apunto al perjuicio que causaría a la real hacienda, por ser indubitable la importancia económica del indio: "ya se ve claro que faltando ellos, la tierra es sin provecho. Y aunque no fuese por otra cosa, conviene conservarlos". Conocido que la mina consumía a la población, el Guzmán se acogió al mal menor: "si S.M. quiere aumentar sus quintos mucho más de lo que están en aquellas partes, haciendo mucho bien y merced a muchos y ganando y ser aprovechado en gran cantidad, combiene que cada año S.M. embíe mil negros o más al Nuebo Reino y al Pirú y a México". Repartidos entre los mineros, a fiado "por un año o dos", los pagarían con comodidad, "y quedarse después con ellos, con que gana de comer. Y sacando más oro y plata, S.M. tendrá más quintos", no siendo despreciables los ingresos que procuraba la trata, al no haber negro en el "Reino", que se vendiese por "menos de 400 pesos oro y dende arriba". Partidario el andaluz de la comercialización directa, se subirían "por el río" hasta "el Reyno", pues no faltaban "indios y canoas" que los transportasen gratuitamente, alimentándoles a su cuenta durante el viaje. Pese a tener esclavos domésticos, debidamente documentados, el Guzmán no dudo en condenar la esclavitud: "hablando en conciencia, yo tengo por iniqua y de per se mala la contratación y cautiverio de estos negros. Y entiendo que Dios ha castigado al reino de Portugal por ella. Y plega a Dios no castigue a nuestra España" (2400). No era recomendable poner en entredicho la esclavitud, pero considerar castigo para los portugueses, haber caído en manos del Austria, rozaba el delito de lesa majestad. No lo pagó el delincuente, por ser vasallo de difícil sustitución. Pero se ganó la inquina del Rey, para el resto de sus días. Olvidando que Carlos V prohibió introducir esclavos en Indias, cualquiera que fuese su color, en 1587 había depósito en Cartagena. Dos años más tarde, el Austria ordenaba, con vistas a la firma de asiento, que la "licencia de negros... se vea donde otras veces se ha tratado de ello", es decir, en consulta secreta (2401). En 1590, estando en Sevilla, el secretario Ibarra firmó asiento para la introducción de 3.500 guineanos cada año, en las Indias españolas (8) (2402).

1587 Informe Indias. Conquista y evangelizción

Incontrolado y desconocida la mayor parte del continente americano, en los años 80 se producían "descubrimientos" de fuentes de riqueza y territorios, constando el de costa en Nueva España. Al desucubrimiento seguían las"conquistas", previas a la población. Encontrada tierra nueva o no poblada, las solicitaban capitanes y aventureros. Si eran concedidas, la Corona proveía de fondos para fletar navíos y contratar 400 o 500 soldados, que limpiase territorio, inexistente las más de las veces. El negocio consistía en la venta de pasajes. Restringidas las licencias para emigrar a Indias, la Corona gastaba en las conquistas "mucha suma de dineros.., contra sí.., porque no pretenden llevar si no es quién más les de. Y así es más grangería dellos que servicio de S.M.", pues apenas fondeaban en destino, cada soldado marchaba "por su parte", sin que quedase milite en la tierra, dando el capitán la misión por cumplida al regreso, sabiendo que nadie iría a verificarlo, porque ubicar una tierra, entrañaba serias dificultades. De ocurrir lo impensable se disculpaba, con decir que la tropa le abandonó contra su voluntad. A consecuencia de esta forma de emigración, venía a "henchirse la tierra de gente vagabunda y gente ociosa, que como se ven perdidos no piensan en otra cosa sino en alzamientos y disensiones. Y trahen la tierra inquieta" (2400). En las ocasiones en que se "conquistaba" efectivamente, la simbiosis de la cruz y la espada era perfecta, criticando Alonso Pérez los modos, sin morderse la lengua: "no combiene al servicio de S.M. que se den [conquistas], porque demás de no combenir a su real conciencia, por los grandes males y muertes y robos que se hacen en ellas, escandalizan tanto con sus malos ejemplos", que los indios "no solamente no reciben la luz del Evangelio, más aun antes abominan del nombre de christianos y con mucha razón, viendo tantas y tan grandes maldades ...como les hazen".

Erasmista tardío y solapado, buen conocedor de la tradición de Guinea, pidió que "descubrimientos" y evangelización se continuasen por el cauce de la convicción, no por el de la extorsión. Si quería sumar provincias "S.M., con la obligación que tiene, quanto es la promulgación del evangelio", habría de limitarse a mandar dos religiosos, que descubriesen y anexionasen "indios de guerra", sin más pertrechos que un ornamento y "ayuda de costa" (2400). Conocidos los métodos de Castilla en todo el continente, a juzgar por las palabras del Duque, lo fueron igualmente los usos y costumbres de la metrópoli. De lo contrario no hubiese asegurado el de Medina que llevando "palabra real", debidamente refrendada y documentada, de que no sería introducida la encomienda, con promesa adjunta de exención fiscal por 10 años, mínimo otorgado en Castilla a los nuevos pobladores, los "rebeldes" darían vasallaje voluntario, abandonando al señor que tuviesen o su libertad. Y concluyó que aun perdiendo la aventura atractivo económico, sobrarían clérigos dispuestos a emprender "tan santa obra", asumiendo el riesgo adjunto: "aunque maten algunos no es despantar, pues éste es el orden que Cristo nos dexó, para plantar su iglesia", que "con tanta sangre de mártires está plantada" (9) (2400).

En territorio controlado, se catequizaba en las "doctrinas" de pueblos y aldeas. Escasos los sacerdotes, habían de recorrerlas, perdiendo tiempo por los caminos, dificultad a la que se sumaba la de estar aislados en sus parroquias. A más de padecer la tentación de la carne, eran víctima fácil de la difamación. Calumniados por los encomenderos, si protegían a sus feligreses, les calumniaban estos o ambos, de obstinarse en reprimir pecados, que para el aborigen fueron costumbre. Digno discípulo del español, el indio se hizo maestro en el manejo de la mala lengua, haciendo candidato al traslado a todo sacerdote, que no mantuviese buenas relaciones con sus feligreses. Decretados con tanta ligereza, que apenas tenía tiempo al pastor, para conocer a sus ovejas, el P. Zúñiga se quejó de la movilidad de los clérigos (2395), como lo haría en el siglo siguiente el Marqués de Máncera, Virrey de Méjico (231). Diversos los dialectos, duro de oreja el castellano, el Fraile, que se preciaba de conocer el idioma de sus parroquianos, advitió que las palabras del clérigo, transmitidas por boca de traductor, "los quales son indios", solían ser adulteradas: "no sabemos lo que les dicen... Yo he tenido gran escrúpulo desto, porque sospecho que les predican la seta que Guainacaba les predicaba". No pasó por las mientes de Zúñiga, solicitar que los castellanos se esforzasen, aprendiendo la lengua del inferior (10) (2395). Aconsejó que el indio fuese obligado a utilizar el castellano. Regresando al Gran Emperador, que anexionó Ecuador al Perú, le puso como ejemplo, por haber impuesto la lengua de Cuzco a todo el imperio, sin aplicar la fuerza, pues bastó llamar a la corte a los hijos de los notables provincianos, so pretexto de educarlos. Aquirido el idioma, al regreso lo enseñaban a sus vecinos. Cuando desembarcó Pizarro, bastaba conocer el dialecto de Cuzco, para entenderse de Pastos a Chile. No estando en manos del Rey invitar a Madrid a los hijos de americanos distinguidos, porque lo había aniquilado, el Fraile, como buen cristiano viejo, se inclinó por la intransigencia, aconsejando declarar el español único idioma, de curso legal (2395).

1579 Les hagan siervos hasta que aprendan castellano. "por caso de menor valor tienen el hablarlo"

Sin sospechar la magnitud del atropello, propuso conceder dos años los inca, para dominar la lengua de los conquistadores, dando por supuesto que lograrían aprenderla sin dificultad, pues "quando están borrachos la hablan", absteniéndose de hacerlo serenos, porque "agora por caso de menor valer, tienen el hablarla" (2395). Cumplido el plazo, se prohibiría el uso de lenguas aborígenes, en público y privado, siendo castigado el infractor con servidumbre didáctica. Entregado el indio al español que aceptase enseñarle, le serviría por la comida, recuperando la libertad cuando lograse dominar el castellano (2395). Evidente que de haber sido llevada la idea a la práctica, el aprendizaje se hubiese convertido en vehículo de esclavitud vitalicia, no prosperó, sin perjuicio de que se procurase imponer el uso del castellano por diferentes vías, igualmente coercitivas. Lamentó Zúñiga la laxitud, por permitir la imposición rápida del castellano, que el clérigo recién llegado pusiese entenderse con los catecúmenos, en el sacramento de la penitencia, mejorando las relaciones entre colonizadores y colonizados (2395), suponiendo erróneamente que de humillante prohibición, puede surgir armonía. Sabiendo a la corona sensible al orden público, hizo notar que obligando al indio a usar el lenguaje de los españoles, no podría esconder intenciones subversivas, maquinando huida o alzamiento, por estar al alcance de cualquier colono descubrirle (11).

En verdad, no parece que civiles ni eclesiásticos, estuviesen interesados en la salvación del indígena. Preceptivo el "cura de almas" en toda encomienda, los encomenderos los preferían extranjeros, con licencia dudosa, siendo buscados los exiliados de Brasil tras la anexión y el "mestizo", que asumido el fracaso se acogía a vocación tardía, por no encontrar otro medio de supervivencia en Indias. Los elegían "antes que otros, porque a trueco de conservarse, entienden más en servir a los encomenderos y obispos, robando a los indios para esto" (2400), que en cuestiones de doctrina. Ocupados en sus "grangerías", eran cómodos para el colonizador, que abominaba de sacerdotes "virtuosos", dotados del vicio de alejar al encomendado del trabajo, entreteniéndole en la doctrina y la iglesia. Coincidían colonizador y colonizado en desearlos venales, para conservar la libertad de pecar, única permitda por los poderes públicos. No hace alusión Zúñiga a la opinión que tenía el indio de los conventos, pero sí a la oposición del hacendado castellano, a recibirlos en sus tierras. No los consentía, porque al avalar la comunidad la conducta de los frailes, de surgir clérigo original, picado de ética, que se empeñase en defender al nativo, podía causarle serias complicaciones, sin que fuese posible expulsar al sujeto, por las causas de costumbre. Al ser tenaz la oposición a las fundaciones, se imponían a golpe de real provisión, obedecida a contrapelo (2395).

Los testimonios coinciden en declarar la conversión del americano, utopía inalcanzable. Limpio el indio, según Zúñiga y otros clérigos, de temor de Dios y "vergüenza del mundo", era tan difícil descubrir su pensamiento, como convencerle. Peores"en lo interior y oculto" que en tiempo de la conquista, pues siendo incapaces de mentir, por no concebir la mentira, aprendieron de sus amos a manejarla a manejarla con maestría, hiciéndose maestros en el disimulo. Participaban en "algunas ceremonias por fuerza y por cumplir con nosotros", pero en verdad se hicieron más fieles seguidores de sus "creencias", que en otro tiempo. Asimiladas las imágenes cristianas a los ídolos, los veneraron a través de las advocaciones de la Iglesia. Pagando las figuras de arcilla, que los españoles los buscaron como objeto de tráfico, rapiñando los últimos gramos de oro, conservado por el indígena. Un siglo más tarde, el Marqués de Máncera repite las palabras de Zúñiga, prefiriéndose a Méjico: los indios no eran "más cristianos agora, que quando los conquistaron" (2395/231).

1579 Zuñiga. Concluyen que les deportaron para quitarles su tierra, no para convertirlos

Estos fueron los argumentos que esgrimió Francisco de Toledo, para reinventar el pueblo de indios. Legalmente imposible arrancarlos del suelo, que heredaron de sus antepasados, ocupaban la tierra de primera que deseaba el poder, para asentar a los muchos trotamundos españoles, desheredados y descontentos. Revoltosos en consecuencia, se consideró la conveniencia de calmarlos, repartiéndoles tierra fértil. Buscando disculpa convincente, De Toledo concluyó que la conversión de las Américas, pasaba por la concentración de aborígenes, en pueblos de 600 a 800 vecinos. Los religiosos ganarían tiempo, al suprimir trotadas de aldea en aldea, quedando al pairo de la murmuración, pues habría clérigos suficientes, para repartir dos por parroquia. Aprobada la idea por el Rey, el Virrey cuidó de asentar las nuevas poblaciones en suelo de segunda, si no de tercera. Trasladados los indios con sus ganados y pertenencias, eran reitegrados a su lugar de origen, sin tiempo para terminar su choza, para servir al blanco a título de quintados, sin ver sacerdote durante el tiempo que duraba el servicio, porque apenas salían de la tierra, abandonada para salvar el alma, se declaraba"vaca", entrando el español a marcar lindes de haciendas, que se medían por caballerías, inscribiéndolas en registro de la capital, cuyo acceso estaba vedado al aborigen. Orgullosos Rey y Virrey de su astucia, apenas pudieron disimular su disgusto, al saberla descubierta. Sin necesidad de informador, los indios comentaban que "no les sacaron de allí por otro respeto, sino por quitalles la tierra"(2395), desagradable perspicacia que no estorbó la exportación de la idea, introducida en Méjico en torno a 1595.

Afectados los frailes por la competencia del hechicero, encarnación de las tradiciones del nativo, le motejaron de "miembro de Satanás", lamentando Zúñiga su proliferación y la veneración de que le rodeaban, efecto del natural "vicioso" de los naturales, aficionados a una prédica más adecuada "al sabor de su sensualidad, que lo que les predicamos". Deseando suprimirlos, pero aquejado de solidaridad profesional, no recomendó eliminació por ejecución. Ni siquiera les recetó la esclavitud. Pidió que fuesen desterrados a islas y lugares despoblados. Sin contacto con el exterior ni con sus fieles, la diversidad de lenguas favorecería su conversión, al impedir que se comunicasen entre si. De no producirse, quedarían en mal menor, parando en el infierno en solitario, "que no con tanta gente como cada día por su causa, va allá". Indispensable encontrarlos para poder deportarlos, Zúñiga recomendó rastear con la máxima "diligencia y rigor", pues estando en "todas partes", los indios daban la vida por protegerles, econdiéndoles magistralmente (2395). Y declaró de urgencia erradicar el cultivo de la coca, tan en auge como en nuestros días, acusándola de ser su herramienta principal (12). No relacionó el Fraile la hierba con manifestaciones de euforia, ni con pérdida de la razón. Según los incas les mataba el hambre, haciéndoles olvidar la fatiga del trabajo. Admitido lo segundo, Zúñiga puso en entredicho lo primero. Los indios mascaban coca, tras haber comido y bebido "muy bien", confirmando el supuesto el Virrey, Marqués de Cañete. Después de mascar todo un día, "se moría de hambre" (2395). Era la coca "criatura" satánica, indispensable para el hechicero, pues sin su concurso no podía "hacer superstición alguna", procurándole la hierba "mucha ganancia entre esta gente", pues "adoran en ella", convencidos de que "qualquier bien o mal nos viene de ella" (2395). Incurrió así el fraile en error similar al de los aborígenes. Viendo al español dispuesto a morir por el oro, concluyeron que era su dios.

1579 "Mande S.M. que toda la coca se arranque". Díficil, pues en Cuzco la explotaban los Señores, abultando el diezmo el Obispo

Convino Zúñiga que suprimir la coca, sería problemático. En la región de Quito se podría castigar al consumidor con "dos meses o más" de esclavitud y al productor con servidumbre perpetua, entregándole a iglesia u hospital, pues la cultivaban campesinos pobres. Pero en el Cuzco, "la mala planta" era negocio de señores "principales", produciendo su "granjería cantidad de pesos en oro". Al obispo le procuraba "mucha parte de su renta" y al Rey de sus quintos. Segura y generosa la clientela, el Franciscano clamó contra los sacerdotes"que vienen de España con título de convertidores", para hacerse cultivadores y traficantes de hierba. Y ofreció a la Corona el medio de compensar la pérdida. Habiendo sido extinguida la población de origen de las tierras "muy calientes", donde estaban las plantaciones, la recogían "naborías" del altiplano, obligados como los quintados, a servir al español. Al no aclimatarse eran tantas las bajas, que la mano de obra, de suyo escasa, se reducían peligrosamente. Bastaría destinar a la mina los brazos, que se dilapidaban en los campos de coca, para que la producción de oro y plata aumentase, supliendo la pérdida en beneficio de los quintos del Rey y de su conciencia, pues no procederían de "cosa del Demonio" (2395).

Casi tan perniciosa y diabólica con la hierba, fue la mujer aborigen, para el Franciscano. Más confortable la vida en la ciudad que en la aldea, la que "entra" en Quito "no sale", abandonando al marido las que acompañaban a los de "quinta". Abocadas a profesión, acorde con sus aptitudes, ejercían de domésticas o prostitutas, siendo responsables unas 1.500 matrices privilegiadas, residentes en la capital, de la muerte de 300 bebes indios al año, porque "en pariendo" blanca o mestiza", le han de llevar una india, que críe a su criatura" (2395). Zúñiga debió considerar la prostitución servicio de salubridad pública, pues no parece preocuparle que la practicasen las mujeres indígenas. Más grave eran a su entender ciertos juramentos del español, por estorbar las conversiones. El habitual "así Dios me lleve a Castilla", sumado a la costumbre de decir, "a cada paso que se han de ir", facilitaba la labor al hechicero. Predicando esperanza y convencido, aseguraba que agotado el oro, los españoles se marcharían. Creyéndole a pies juntilla, deseando acelerar la historia, hubo comunidades que parlamentaron con clérigos. Creyéndoles hechiceros, a los que escuchaban los blancos, se ofrecieron a colaborar en la extracción del oro. La convicción de que la presencia castellana, no pasaba de cataclismo temporal, contrbuían según Zúñiga a adoptadas las formas externas del cristianismo, para eludir castigos, pero se abstuviese de captar el fondo, convencidos de que no tardarían en librarse del conquistador (2395).

Empeñado el cristiano viejo, como buen fanático, en inmiscuirse en el pensamiento ajeno, sometió al americano a un acoso intelectual constante, que hizo doblemente doblemente dolorosa la conquista para el conquistado, en tanto que Madrid se sumía en la contradicción entre unas leyes, dictadas con el fin de preservar una imagen, en el exterior, sin renunciar a la explotación desaforada del aborigen (13). Tanto cuidado puso en lo primero, que la historia borró "apartheid", practicado en Indias. Salvo raras excepciones, consentidas a demanda de empleador influyente, el indio no podía entrar en pueblo de españoles antes de que saliese el sol, estando obligado a salir a su puesta. En Quito como en otros lugares, se alojaban en arrabales extramuros, siendo el sacerdote el único blanco autorizado a residir en aldea india, sin perjuicio de de haber núcleo de colonizadores, en las inmediaciones de su iglesia, prefiriese hacerlo entre blancos. Racista a su manera, el español no desdeñaba entrar en el ghetto, para engendrar mestizos, por entender el acto sexual como vulgar desahogo fisiológico, a lavar en el confesionario. Objeto y receptáculo la mujer, cabe preguntarse si bautizó a las indias por el placer sádico de mandarlas al infierno, con conocimiento de causa.

Metiéndose a poblador, el P. Zúñiga ofrece información puntual, de la organización de una población de españoles. Señalada buena tierra y "saludable", se la región de Pastos, la obra se iniciaría desalojando a los aborígenes. Asentados en lugar que no perjudicase al interés del castellano, se reimportarían de 100 a 150, durante un año, para construir el pueblo, trabajo que harían "gustosos" a cambio de salario "moderado" y hasta "vivirán contentos", sabiendo que poblado el lugar, los "quintados" podrían cumplir los dos meses de servicio, a 5 o 7 leguas de sus casas, distancia irrelevante, comparada con la que les separaba de Quito. Al ser las fundaciones indicio de permanencia, harían comprende al americano que "la cosa va de veras y de asiento", lo que ayudaría a que se convirtiesen, ventaja ideológica, a la que sumó la política. Residiendo españoles en las inmediaciones, no pasarían desapercibidas las "juntas", que precedían al alzamiento o huida colectiva, a tierra de infieles. Informada la autoridad a su debido tiempo, se podrían impedir, siendo de justicia que los naturales trabajasen "en tan buen fin, como es quebrarles las alas para que no cometan maldad, de donde les seguirían muertes y daños irreparables". Termianda la población, los clérigos tendrían el consuelo de poder instlarse entre los suyos, sin abandonar sus doctrinas ni perder tiempo en caminatas, recogiéndose los castellanos que vivían como"alaraves.., derramados por las estancias", expuestos a la venganza de un indio despechado, siendo recuperados para la iglesia, al contar con poblado en el término de sus haciendas. El pueblo nuevo aliviaba " los trabajos" del viajero. Borrados los caminos del Inca, perdidos los "tambos" y los puentes, era común recorrer 40 o 50 leguas por sendas intratables, sin encontrar más que chozas de indios aisladas, que poco podían ofrecer. Los cuatro pueblos (14) proyectados por Zúñiga, serían otros tantos punto, en los que reponer el "matelotaje" y errar el caballo. Como argumento final, el proyectista aludió a los muchos Aguirres, que surgían en Indias, fundadores de reinos perdidos, en tierras ignotas, no faltando osados que intentaban hacer suyo, lo que estaba bajo control del Rey. Si la revuelta estallaba en Quito, los pueblos servirían de refugio a los leales y base para la reconquista; de proceder los rebeldes del exterior, sus murallas les detendrían, impidiéndoles llegar a la capital (2395).

1579 Riobaba, Lataciega, Corague, Pastos. Hacer pueblos de españoles. Prohibidos el indio de noche

 

Las poblaciones permitían calmar a los indianos fracasados, siempre dispuesto a unirse, para sembrar desorden. Imposible la inmigración clandestina sobre el papel (4038), en la realidad desertores de flotas y armadas, clandestinos que cruzaban el mar en cascarones, fletados por su cuenta (15), inundaban el imperio, sin encontrar encontrar ocupación ni acomodo. Complicado repatriarles, por no decir imposible, las nuevas poblaciones, a más de acoger a los encomenderos, con encomienda en el entorno, ofrecer mercado al artesano, cobijo a labradores y criadores de ganado, desperdigados por los campos, permitirían asentar a "muchos pobres holgazanes", vagabundos a la caza de tierra, siempre dispuestos a seguir al alborotador que la prometiese. Acostumbrados a comer en mesa ajena, aprenderían a nutrir la propia con el "sudor de su cara", es decir de las caras de los indios, que les repartiesen, perdiendo "muchos pensamientos malos" al convertirse en propietarios, siendo conocido "que las prendas que uno tiene de sus hazenduelas", calman veleidades contestatarias. Si además se dotaba a cada pueblo de 12 milicianos, con un costo de 100 pesos al año, se mantendrían en paz los más pobres o incapaces, pues la ayuda destinada a mantener armas y caballo, bastaba para mantenerles. Impopular entre los oidores de la Audiencia sacar dineros de las rentas del rey, aunque fuese para poblar, el Fraile propuso cargar el costo de la obra al indio, al permitir la ignorancia del contribuyente y la diversidad de la partidas, disimulando en la suma global, impuesto de dudosa legalidad (2395) (16).

No se metió a poblador el Duque de Medina, pero a imitación del fraile, aconsejó conjurar las revueltas de blancos, repartiendo entre "personas llanas y pobres" anualidades de 400 a 500 pesos, salario mínimo anual, a su entender. Formados "a manera de milicia", con obligación de mantener armas y caballo, pondrían a disposición del rey "gente sobrada". El proyecto podría llevarse a cabo erradicando las encomiendas, de lo que saldría la "real caja más aprovechada". Enemigo de la institución, aconsejó al Rey que ordenase "secretamente.., que de oy más adelante no se encomiende de nuebo ningún repartimiento, si no que en vacando", se pusiesen los indios "en la Corona". Con esto "se tirarían las cabezas, que es causa de las rebeliones". Y los aborígenes quedarían "relevados" de no pocas cargas, haciendo su situación menos insoportable (2400).

Zúñiga y el ex gobernador de Otoca, redactaron sus informes antes de la anexión de Portugal. Crecidas las posesiones filipinas tras la adquisición de la corona de Lisboa, los años 80 son los de máxima extensión del imperio castellano en América. Reducido por las conquistas de Hamete, no tardaron en reducirlo los asentamiento de ingleses y holandeses, en las Indias de Portugal y el Caribe. Se hicieron al norte nuevos descubrimientos y conquistas, pero no compensaron las pérdidas de fuentes de riqueza renovable, que por raro atavismo despreciaron los reyes españoles, siendo aprovechadas por franceses e ingleses, pero sobre todo los holandeses.

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Notas

1* De las minas de Potosí fueron proveedoras 16 provincias. Agotada la población de la reserva, en el siglo XVII se amplió el perímetro de recluta de mitayos.

2 * Lo había en el Perú, pero no en Méjico. Indispensable para refinar el mineral, se traía de Almadén, pero sobre todo de Alemania. Para el transporte se fletaban dos barcos, que navegaban independientes de las flotas. Llevaban bulas y pasajeros, contribuyendo a poblar las Indias de vagbundos.

3 * El español del Perú estaba exento de cargas, en virtud al asiento establecido por Carlos V con Pizarro.

4 * La mecánica de la esclavitud por deudas, se usaba en la Sudamérica del siglo XX, a través de economatos de empresa, y todo indica que se sigue practicando. Caros y al mismo tiempo generosos, favorecen el endeudamiento del trabajador, que al no poder pagar su deuda, queda adscrito a la firma o al propietario, so pena de parar en la miseria o entre rejas. De hecho, la esclavitud por deudas adquiridas voluntariamente, esta vigente. No pocos coetáneos trabajan para satisfacer los intereses de sus acreedores, es decir los bancos.

5 * So pretexto de que el dinero en mano propiciaba la fuga, en obrajes y minas pagaban en especies, no viendo el indio un maravedí (2165).

6 * Representan de 25 a 41,67 pesos mensuales. Debemos compararlos con los 2 pesos mensuales, que percibía el quintado. Y los 8 anuales del pastor.

7 *El Conde de la Monclova, virrey en Perú bajo Carlos II, definió a los americanos como "los hombres más aflixidos y abatidos, que ha avido jamás en la redondez de la tierra". El de Lemos, que le precedió en el cargo, murió en Lima por vocear en exceso, "que se quitase de una vez y de raíz, toda mita forzada en Potosí" (5844).

8 * En 1594, prohibida la comunicación entre las provincias americanas, Alonso Pérez remitió cinco guineanos a San Juan de Ulúa. Pudieron llegar a la Península en la flota de Tierra Firme o de Portugal, siendo embarcados rumbo a Méjico en la nao Santiago, de la flota de Nueva España. En concepto de almojarifazgo, pagaron 52.661 maravedís.

9 *Los jesuitas aplicaron el sistema de catequización descrito, no siendo aplaudidos por las restantes órdenes, aferradas al estilo tradicional. Tampoco aprecio la Corona los métodos de la Compañía, siendo las misiones del Paraguay una de las causas inconfesadas, que provocaron la expulsión de los jesuitas, decretada por Carlos III.

10 * A principios del XVII, Alonso Pérez advirtió a Felipe III:"dentro de olanda ay indios que muestran la lengua a los rebeldes. Y así tratan y contratan" (2402). El español, del principio al fin,, usó intérpretes indios o mestizos, sin molestarse salvo excepciones, en intentar entender el lenguaje de los colonizados.

11 * Del fracaso de las sucesivas medidas, adoptadas para imponer el castellano, da cuenta el Conde de la Monclova, a las puertas del siglo XVIII. Virrey del Perú desafió al poder central, publicando sus bandos en el dialecto de Cuzco. Llamado al orden se justificó, con decir que de haber usado el español, los gobernados no los hubieses entendido (5844).

12 * La presencia de coca en los aranceles de Sanlúcar, entre los productos importados habitualmente de Indias, indica que había españoles consumidores, por razones muy diferentes a las señaladas por el Fraile (4033). Jerez, secretario de Pizarro y minucioso observador, no advirtió en el inca la costumbre de mascar hierba. Describe en cambio solemne borrachera de chicha o licor de maíz, compartida por embajador de Atahualpa con Pizarro. En el Méjico de Montezuma, se castigaba la embriaguez, estando prohibido mezclar el pulque con hierbas. Sometidos a los conquistadores, los aztecas bebían "para emborracharse" (231) por olvidar, no por placer.

13 * De ahí la sucesión interminable de decretos en favor del indio, que jalonan la colonización. Papel mojado, entrado el XVII se levantaron los aztecas, haciendo reflexionar al Virrey. Deseando mejorar su situación, para tranquilizarles, pidió consejo a Vicente Gregorio López, criollo blanco y virtuoso. La repuesta, lacónica, cuadra a todo los pueblo gobernado por ineptos: "el único es dexarlos" (231).

14 * Se llamarían Riobaba, Lataciega, Carangre y Los Pastos. El solar sería de 16 cuadras, contando con iglesia, plaza y mercado. Para ganar espacio, las casas se levantarían adosadas, formando calles. Capaces para albergar 50 vecinos, las murallas, menos gruesas y altas que en España, por no haber en Indias piezas de artillería de calibre, que exigiese mayor protección, habría dos puertas, que permanecerían abiertas de sol a sol, bastando dos cañoncillos por pueblo, para hacerlos inexpugnables (2395).

15 * Únicamente los pescadores que frecuentaban Bacalaos o la costa de Guinea, entre Paria y Parnaiba, podían cruzar el Océano, sin permiso especial de la corona, por no ser proclives a cambiar de residencia. Los clandestinos solían partir del Guadalquivir. Camufladas las embarcaciones en los esteros del Coto Doñana, hacían provisión de carne salada y leña, fondeando los más acomodados junto a la venta de las salinas de Alventos, ocupándose el ventero de proveerlos de lo necesario para el viaje. A la "colla"para zarpar, aguardaban buen tiempo y distracción de los guardas, a menudo voluntaria, para zarpar.

16* Incluso en Castilla era costumbre "colar" sobrecargas, decretadas por la Corona el seño o los munícipes, disimulándola en suma global de impuestos, que no era fácil desglosar, por ser variados y cambiantes. Rara vez supo el contribuyente, por qué conceptos pagaba.