Un aristócrata en la corte de Kim Jong II

Nació en Tarragona y es descendiente de los barones de Les. Y es, sobre todo, embajador en el mundo del país comunista más oscuro del planeta, el de Corea del Norte. Parece mentira, pero es que en el régimen de Kim Jong II todo es posible.
 

24 Abril 10 - Pekín - Ángel Villarino

U n pregonero de Kim Jong Il irrumpe en una oficina del Ministerio de Exteriores, despliega con aire marcial un trozo de papel y lee en voz alta un comunicado del Querido Líder. Corría el año 2002 y a Alejandro Cao de Benós le estaban anunciando que se convertía en el primer extranjero autorizado para trabajar para la República Democrática de Corea. O lo que es lo mismo: que ocuparía un cargo de cierta importancia en el régimen comunista más hermético del mundo. Ya han pasado ocho años de aquello pero, al rememorar la escena, se yergue en la silla y abre mucho los ojos. «Se había cumplido el sueño de mi vida. Lo deseé desde que era adolescente. La ley coreana se tuvo que modificar para hacer una excepción conmigo y Kim Jong II lo firmó de su puño y letra. Con este gran logro demostré que el Querido Líder tenía razón cuando decía que en coreano no existe la palabra imposible».

Desde entonces, Cao de Benós trabaja como «delegado especial» en el Ministerio de Exteriores, al tiempo que preside la Asociación de Amigos de Corea en el extranjero, un club que él mismo fundó y cuyos cerca de 9.000 socios, repartidos por todo el mundo, tratan de lavar la imagen del que probablemente sea el Gobierno con peor reputación del planeta. Un régimen considerado el último reducto comunista de cuño ultraortodoxo y que, a lo largo de los años, ha acumulado acusaciones y denuncias de miles de ONG, gobiernos y partidos políticos. Entre muchos otros cargos, a sus dirigentes se les acusa de haber provocado una hambruna que mató a más de un millón de personas en los años 90, de secuestrar extranjeros para ponerlos al servicio de la dictadura y de sostener un sistema de adoración ciega, sustentado sobre la represión y el miedo. A cada crimen, Cao de Benós responde con una apasionada defensa.

Canciones patrióticas

«Es totalmente falso. Los medios que crean opinión e influyen al resto, como la CNN o la BBC, están controlados por intereses estadounidenses. Intentan asfixiar el socialismo con propaganda. Somos pequeños y pobres y no podemos defendernos de la maquinaria mediática, que es más fuerte que muchos ejércitos. Existe un gran desconocimiento y un enorme vacío de información». La última frase encierra un hecho objetivo: de Corea del Norte no hay apenas certezas porque es casi imposible saber lo que ocurre allí dentro. Sus habitantes necesitan pedir un permiso especial para marcar un teléfono extranjero, internet sólo existe en algunos despachos y salir del país es un lujo reservado a un puñado de altos funcionarios. Mientras, los pocos extranjeros autorizados a entrar no pueden dar un solo paso sin vigilancia. «Tenemos que protegernos del exterior. En Corea del Norte la gente no sabe lo que es la cocaína o la heroína. No saben lo que es la violencia doméstica o las violaciones. Y no existe el estrés».

Cao de Benós habla de Corea del Norte en primera persona del plural y dice cosas como ésta: «Disponemos de misiles intercontinentales para golpear con armas nucleares cualquier parte de Estados Unidos». Asegura que su «identificación con el país es total; no sólo política, sino también cultural». Tanto es así que en su cosmogonía antepone la «moralidad coreana» a las «sociedades egoístas e individualistas» del mundo capitalista, con especial mención a «los países latinos, donde no hay respeto, la gente se preocupa por la vida de los demás, chilla y dice barbaridades».

A lo largo de la conversación nos hace entender que el entusiasmo es recíproco, de modo que él ni siquiera necesita un pasaporte para atravesar una de las fronteras más vigiladas del mundo. «Soy tan famoso que no me hace falta. Aparezco regularmente en prensa y en televisión. No sólo soy conocido por mis discursos, sino también como cantante. Soy el Julio Iglesias de Corea del Norte. Canto canciones patrióticas coreanas ante 15.000 personas en los teatros, después de mis discursos políticos. La gente aprecia también mi manera de pronunciar el idioma, que califican de casi perfecta. En Corea del Norte cualquiera daría la vida por salvarme ahora mismo».

Adora al Gran Líder
Instalado de manera intermitente en la corte del país ermitaño, dice mantener una relación de amistad con las principales figuras del régimen, aunque al que menos frecuenta es a su Querido Líder. «Está muy ocupado, pero mantenemos un contacto regular mediante e-mail o carta, o a través de los pregoneros. Cuando tiene un minuto siempre acude a saludarme. En las festividades nacionales lo hace personalmente. Yo me coloco a sólo cuatro metros de su palco». 

El retrato que ofrece del «padre y guía de la nación» parece la biografía de un santo predicador que «duerme en el coche muchos días porque se pasa el tiempo viajando de un lado para otro para estar siempre entre la gente. Tiene varias casas secretas, pero sin más comodidades que las del resto de norcoreanos. Su oficina es más rudimentaria que la de cualquiera, aunque hay más seguridad, obviamente».
- ¿No es obligatorio rendir pleitesía al líder y llevar un pin con su retrato como el que luce usted en la solapa?
- No, no. El pin es voluntario y además es un honor. Tú no podrías comprarlo aunque ofrezcas 10.000 dólares. Es algo que se ofrece de camarada a camarada y se lleva en el corazón. Al hacerlo, la gente muestra que es una persona leal a las ideas del Gran Líder y por lo tanto es respetada en la sociedad. Es un mecanismo natural, por la educación socialista.

La heráldica familiar corona el insólito perfil de Cao de Benós, quien enumera sus títulos nobiliarios y cita de memoria las proezas militares de sus antepasados. «Soy primogénito descendiente de los barones de Les, marqueses de Rosalmonte y condes de Arjelejo. Dos de estos títulos son Grandes de España y el de barón de Les está cerca del de la duquesa de Alba en antigüedad e importancia. De mi abuelo hacia arriba todos fueron altos militares que lucharon por la Corona en grandes conquistas como Nápoles, Guinea Ecuatorial o Cuba.


Por sus hazañas les otorgaron títulos y tierras. Toda esa rama familiar es carlista, franquista y de extrema derecha. Mi abuelo nació rico pero arruinó toda la herencia, tuvo que buscar trabajo y acabó de guarda para Repsol butano. El destino le dio una lección». Sin haber roto relaciones del todo, admite que no mantiene apenas contacto con esa rama de la familia, aunque el abolengo castrense es algo con lo que se siente cómodo. «Me gusta la vida militar y mi carácter es muy militar. Incluso pasé por el Ejército profesional español y me enorgullezco de ello. Allí veo una forma de vida y unos valores implícitos que comparto. Soy una persona dispuesta a morir por mis ideas».

Su acercamiento a Corea del Norte empezó en la adolescencia. «Con 13 años ya no era un chico normal en Tarragona. Mientras mis compañeros estaban interesados en cosas de chavales, yo prefería la historia y la política y me relacionaba más con mis profesores. Entendí que el mundo era injusto y quería ayudar, leí a los clásicos, a Marx, y me acerqué a movimientos comunistas, aunque en esa época estaban todos cambiando de chaqueta. Me llamó mucho la atención un país del que nadie hablaba, ni siquiera mis compañeros comunistas querían saber nada de Corea del Norte. Era un tabú, considerado demasiado ortodoxo, demasiado del ala dura. Para saciar mi curiosidad visité a una misión diplomática norcoreana que había en Madrid ante la Organización Mundial del Turismo. Allí conocí a mis primeros camaradas coreanos. Me recibieron amablemente; aunque sólo tenía 16 años, me trataron como si fuera de su familia y me sorprendió su generosidad, su humildad y su hospitalidad».

Ha perdido amigos
Con el tiempo, visitó el país y fue haciéndose querer entre la cúpula del régimen por su apasionada disposición a colaborar con la revolución coreana. «A veces se hizo duro, e incluso perdí amigos». En el año 2000 diseñó la página web oficial de la República, lo que le valió una condecoración y abrió las puertas de su posterior nombramiento.

«Ahora ejerzo de puente con el extranjero, con múltiples competencias; hoy estoy en Pekín esperando a unos constructores italianos que quieren invertir. Yo me costeo todo de mi bolsillo, incluso los aviones, no recibo dinero. Esto es algo que mucha gente no se cree, pero nunca he aceptado dinero, no me puedo sentir bien si me pagan 200 euros al mes porque con eso se pueden comprar muchos kilos de arroz». Algo que, según dice, es posible gracias a «ahorros» y «pequeñas inversiones» procedentes de desempeños anteriores, como su etapa como jefe de proyecto de un MBA internacional en la Universidad de Navarra. «Tuve éxito allí, aunque por supuesto no soy del Opus».

Una de sus prerrogativas es tramitar que grupos de simpatizantes, turistas o periodistas visiten Corea del Norte en grupos guiados. En el caso de un reportero occidental, dice, la excursión no baja de los 10.000 euros por una semana, saliendo desde Pekín. Una manera, comenta, «de que los medios capitalistas financien nuestra revolución». A la entrevista, sin embargo, invita él: antes de marcharse insiste en pagar el té y los dos botellines de agua.
 

Envía esta noticia a un amigo

Recuerde que los campos marcados con asterisco (*) son obligatorios.

© Copyright 2010, La Razón C/ Josefa Valcárcel 42, 28027 Madrid (España)