21 de junio de 1876
Ciudad de México

Antonio López de Santa Anna

Irse

El general Santa Anna había sido once veces presidente de México. Compraba la lealtad de sus generales vendiendo pedazos de país y aplicando impuestos a perros, caballos y ventanas; pero a menudo tuvo que huir de palacio, disfrazado de pobre. Aunque fue un especialista en perder guerras, hizo levantar muchas estatuas de sí mismo, al galope en bronce, la espada en alto, y por decreto convirtió su cumpleaños en fiesta nacional.

Cuando volvió del destierro, ya habían muerto todos sus amigos y todos sus enemigos. Hundido en el fondo de un sillón, siempre con un gallo en brazos, Santa Anna frotaba antiguas medallas o se rascaba la pierna de corcho. Estaba ciego, pero creía ver carruajes de príncipes y presidentes deteniéndose ante su puerta. Estaba sordo, pero creía escuchar letanías de multitudes acudiendo a suplicar audiencia y clemencia y empleo.

—¡Que esperen! —chillaba Santa Anna—. ¡Que se callen! —mientras el último de sus lacayos le mudaba los pantalones meados.

De su casa de la calle Vergara, hipotecada, siempre vacía, lo sacan ahora para llevarlo al cementerio. Los gallos marchan delante del ataúd, encarando gente y pidiendo pelea.


[ Junio | Memoria del Fuego ]
[ Eduardo Galeano ]

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Última revisión: 02/06/01