MEDIA NARANJA
9 Marzo 2005, 12:00 AM
Un tremendo fenómeno

ÁNGELA PEÑA
En casi todos los pueblos del país, Trespatines sigue siendo como toque de queda al mediodía en casas de familia y en carros públicos y todavía la gente celebra y repite sus ocurrencias en La Tremenda Corte estafando a Rudecindo Caldeiro y Escobilla, bufeando al juez, engatusando a Nananina con sus rejuegos de palabras y retorcimientos de los hechos en beneficio propio, que al ponerlo en evidencia lo convierten a diario en reo de delito, condenado ¡a las rejas!

Pasajeros y conductores lo gozan, lo viven, lo disfrutan como si sus chistes y gracias no se gastaran tras tantos años pronunciando los mismos términos confusos, aprovechando su astucia para confundir ingenuos. Es increíble como estallan en carcajadas a la espera del invariable desenlace del juicio y del programa mandándolo invariablemente a la cárcel. Uno creció escuchando a los mayores imitándolo, cantándolo, empleando su vocablo disparatado, chusco, riéndose solos al lado del transmisor en el horario fijo de la siesta, cuando lo presentaba una fábrica de cemento. En la República era un ídolo que después llegó a través de la televisión flaco, ágil, con sus sacos de raya, su pajarita y su sombrero.

Pero el fenómeno de impacto en las casas de barrios pobres, en fábricas y colmados, en el concho, era el programa de radio con argumentos sanos, bobos y sosos para algunos, pero aparentemente sabrosos para la mayoría que no se callaba agregando el "cidio" a acontecimientos de la cotidianidad del entorno: eso es un pajaricidio, un gallinicidio, un retraticidio, un trajicidio, un solaricidio, copiando al Tremendo Juez cuando definía la trapacería y el dolo de ese simpático profesional del engaño por uno o dos pesitos. Así definía Aníbal de Mar (el juez) los casos, después que el secretario le anunciaba lo que tenían para el día.

Con Trespatines se conoció a Cuba sin visitarla. Las costumbres y calles, los lugares, llegaban como el típico lenguaje que dio a conocer el significado de voces como jimaguas, casera, boniato, marañón, tiñosa, guajiro, caimitillo. A diario se tenían noticias de esa "Mamita" tramposa, enredadora, imaginativa y truquera como el hijo que a veces era cínico, desfachatado y hasta irrespetuoso, sin ser grosero ni procaz, con el propio juez y con Nananina: "¡Cállese la boca, señora, usted no sabe de esto!", decía insistente a Mimí Cal, su esposa por varios años. Aquí Nananina se convirtió en sinónimo jocoso de nada.

El comediante Leopoldo Fernández (Trespatines) hacía reír más que sus timos, atracos y vivezas que lo convertían en adivinador, curandero, fotógrafo, billetero, barbero, oficinista, ferretero, vendedor de todo. Su figura, su voz, sus gestos y gritos eran de por sí un chiste. "¡Cosa más grande es la vida, chico!" ¡Caballero, yo sé bien cuando me tengo que equivocar", "A los quince días del medesmayo", "Boberías, chico", fueron expresiones que inmortalizó y repiten hasta los niños que aún lo escuchan reconociendo que "si se mete la pata y se saca pronto se queda bien".

Sus admiradores, sin embargo, tal vez sepan poco de la vida de ese cómico excepcional que tanto los divierte. Nació en 1904, en Jagüey Grande, Cuba, y probablemente de sus oficios de panadero, telegrafista, tabaquero y lector de tabaquerías para entretener a los habaneros mientras trabajaban, aprendió del saber popular para convertirse en el exitoso personaje que también llegó a protagonizar películas. Dos años después del triunfo de la revolución salió de Cuba y murió en Miami en 1985.

Desconocía que veinte años después de la muerte de Trespatines, dominicanos humildes todavía lo esperan en la radio deseosos de mitigar penurias, escuchando la gracia con que se defiende de sus acostumbradas fullerías, ansiosos por saber la solución de tan variados tremendos casos.

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