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viernes 15 de agosto de 2008

ENCUESTA SIGMA DOS-EL MUNDO: ¿QUE HEMOS HECHO BIEN? ¿QUE HEMOS HECHO MAL? (XIX) / LA MONARQUÍA



CHEQUEO A 30 AÑOS DE DEMOCRACIA (19) / La encuesta / LA MONARQUIA
'Indiferentes' ante la Corona o la República

No se puede decir que los españoles beban los vientos por la Monarquía. De hecho, más de medio país se declara 'indiferente' a la hora de decidirse por la Corona o la República (57,9%). Pero lo que resulta innegable es que la mayoría se siente satisfecha con el papel que ha ejercido Juan Carlos I en los 30 años de democracia. Ahora la cuestión es si creen que su hijo, Felipe de Borbón, también estará a la altura.

MARISA CRUZ

MADRID. - Una buena nota. Los españoles otorgan a Juan Carlos I un notable holgado. Resulta innegable que la mayoría de los ciudadanos se siente satisfecha con la labor ejercida y el papel desempeñado por el Rey en las tres décadas que van de democracia. Pero esa buena valoración no se traslada a la institución, y el 57,9% de los españoles se muestra indiferente a la hora de decantarse por la Monarquía o la República.

Así lo demuestra la encuesta realizada por Sigma Dos para EL MUNDO. Uno de los resultados más llamativos es la calificación -un más que honroso 7,48- que los españoles conceden. Jóvenes y viejos, hombres y mujeres, votantes de izquierda y de derecha. Todos aprueban al Rey.

La nota más baja (6,58) se la dan los más jóvenes, los que se sitúan en la franja de edad de entre 18 y 29 años, exactamente aquéllos que siempre han vivido en democracia y para quienes el franquismo sólo existe en los libros o en boca de sus padres o abuelos.

A partir de los 30 la valoración de Don Juan Carlos supera el listón del siete y llega a situarse por encima del ocho entre los votantes de más de 65 años. Por recuerdo de voto, los más parcos son los simpatizantes de Izquierda Unida, que abiertamente se declaran republicanos, pero que aun así también aprueban al Rey (5,29).

En cualquier caso, los españoles no se reconocen a sí mismos como monárquicos. En realidad, más de la mitad de los encuestados (57,9%) apuesta por la indiferencia cuando se le pregunta si se siente monárquico o no. Un 16,2% dice sentirse republicano; un 15,7% opta por la modalidad monárquica y un 7% se declara juancarlista.

Al Rey los españoles le juzgan por su papel en la etapa democrática y demuestran claramente con sus respuestas que la mayoría desliga totalmente su figura de la del dictador.

Por ejemplo, a un 64,6% ni siquiera le incomoda el hecho de que Don Juan Carlos haya rehusado criticar a Franco con el argumento de que, al fin y al cabo, fue el dictador quien lo nombró para sucederle como jefe del Estado a título de Rey.

De esta opinión mayoritaria sólo discrepan quienes aseguran ser votantes de Izquierda Unida. En este caso, un 50,2% declara sentirse incómodo por esta actitud de Don Juan Carlos, en tanto que a un 49,8% no le molesta.

De la misma forma, la mayoría (76,5%) de los encuestados rechaza la idea de que el Rey traicionara a su padre, Don Juan de Borbón, al aceptar suceder al dictador, cuando en realidad los derechos dinásticos correspondían al conde de Barcelona. En esta apreciación coinciden los votantes de todas las edades y de cualquier tendencia política.

Las opiniones se dividen mucho más cuando la pregunta incide en si hubiera sido deseable que los españoles, tras la muerte del dictador, hubieran podido pronunciarse en referéndum acerca de la conveniencia de un régimen monárquico o republicano.

De hecho, por mucho que los ciudadanos se muestren satisfechos con el Rey, parece que al menos a la mitad (47,9%) les hubiera gustado que se pudiera haber elegido. El porcentaje crece al 49,1% si se trata de votantes del PSOE y se dispara hasta el 73,3% si quienes se pronuncian son los de IU.

Ahora, la idea de someter a referéndum la sucesión de la Corona en la persona de Felipe de Borbón sigue teniendo un porcentaje importante, pero minoritario, de adeptos.

A la mayoría (48,5%) no sólo le parece que la labor del Rey ha sido clave durante estas tres décadas, sino que además acepta de buen grado que sea su hijo, el Príncipe de Asturias, quien le suceda en el trono. Por el contrario, un 42,3% apuesta por que la sucesión se someta a consulta popular aunque ello no implique discrepar de la idea de que Don Juan Carlos ha tenido un papel fundamental en la democracia.

Por lo que se refiere a la labor que debe desempeñar el futuro Felipe VI, un 62,5% cree que debería seguir ostentando el rango de jefe supremo de las Fuerzas Armadas.

Nótese que no es el Rey quien dirige los Ejércitos ni decide la política de Defensa que se ha de seguir. Estos cometidos corresponden al Gobierno. Posiblemente por esta razón, sólo un 24,2% de los encuestados preferiría que el príncipe Felipe cuando acceda al Trono deje de ser el jefe de las Fuerzas Armadas. Una vez más, sólo entre los simpatizantes de IU se apuesta mayoritariamente por esta opción.

Por último, resulta curiosa la respuesta que ofrecen los entrevistados al ser preguntados sobre las relaciones que ha mantenido el Monarca con las fuerzas políticas de distinto signo que han gobernado el país. Muy mayoritariamente (43,1%) cree que el Rey se ha llevado mejor con los gobiernos de signo socialista, frente a un 18,8% que opina que las mejores relaciones las ha mantenido con los del PP.

Es interesante esta respuesta porque a lo largo de toda la encuesta, los votantes populares son los que se muestran, con diferencia, más favorables a la institución monárquica y los que apuestan con más decisión por Juan Carlos I y por su sucesor.

CHEQUEO A 30 AÑOS DE DEMOCRACIA (19) / La encuesta / LA MONARQUIA
El consenso dio buenos frutos

SABINO FERNANDEZ CAMPO

Cuando entre los políticos presenciamos enfrentamientos, que consisten principalmente en considerar erróneo y funesto lo que dicen, proyectan o realizan los adversarios, no puedo por menos de extraer de la memoria -ya tan agotada- el recuerdo de la transición española a la muerte del General Franco.

Conscientes entonces del delicado momento que vivíamos y del temor a que se produjeran violentos enfrentamientos como los aún no olvidados, cada persona, cada partido y cada tendencia política supo sacrificar una parte de sus ideas, de sus aspiraciones y de sus programas para conseguir un consenso que produjo los mejores resultados. En la actualidad, cuando también nos enfrentamos con graves problemas que afectan a España y, por tanto, a todos los españoles, sería muy deseable que, como en el pasado, cuando todos supimos unirnos y colaborar para lograr acuerdos y marchar juntos, sin limitarnos a criticar lo que al contrario se le ocurra, tuviéramos muy presente el papel del Rey, y de la Monarquía, tal vez, el único extremo que el vencedor de la cruenta Guerra Civil dejó atado y bien atado. Don Juan Carlos fue el punto de referencia para presidir aquella transformación que había de llevar del régimen especial establecido como resultado del enfrentamiento entre españoles, a un sistema democrático que parecía difícil alcanzar sin grandes obstáculos.

Aquel tránsito, que en frase de mi querido compañero de la Universidad de Oviedo, Torcuato Fernández Miranda, debía llevarse a cabo «de la ley a la ley a través de la ley».

Se ha dicho con razón, que la Corona fue un arma de negociación de todos, en uno u otro sentido. Como afirma José Manuel Otero en su libro Nuestra democracia puede morir, una de las labores más importantes en tiempos de la transición fue la de convencer a las fuerzas políticas surgidas a la vida pública, para que se legalizaran sin cuestionar a la Monarquía, en la cual podía apoyarse la democracia. A su vez, aquellas fuerzas negociaron el obtener su reconocimiento oficial, aportando la admisión de la Corona.

El Rey fue definido como «motor del cambio», contribuyó muy directamente a que éste se llevara a efecto, con el apoyo de las Fuerzas Armadas y no, como algunos pensaron a pesar de ellas.

El Rey negoció con los representantes de los partidos e hizo valer, no sólo su carácter conciliador, sino ese poder arbitral y moderador que después se recogió en la Constitución y que por su generalidad y falta de definición concreta, tiene más valor y eficacia que si estuviera minuciosamente descrito en su contenido y en la forma de ejercerlo.

Como dijo José María de Areilza, «el Rey era la clave del arco de la operación que se definía en el horizonte. Don Juan Carlos se iba afianzando como una última y definitiva referencia arbitral y suprema en cuya persona se anudaban las diversas posibilidades que se ofrecían para lograr un consenso lo más amplio posible, que hiciera viable el entendimiento constitucional».

Tal vez el símbolo más evidente de esa renuncia a las propias ideas para acomodarlas a las de los demás, sea el discurso que el señor Gómez Llorente, representante del grupo socialista en el Congreso elaboró para mantener su voto particular a favor de la República. Después de señalar los defectos que a su juicio presentaba la institución monárquica y las ventajas de aquélla, terminó su intervención con estas palabras: «Finalmente señoras y señores diputados, una afirmación que es un serio compromiso. Nosotros aceptamos como válido lo que resulte en este punto del Parlamento constituyente. Si democráticamente se establece la Monarquía, en tanto sea constitucional, nos consideramos compatibles con ella».

Pensemos todos en que ahora, superados los difíciles momentos de la transición, el Rey siga ejerciendo ese poder moderador que constituye una verdadera obra de arte. Un poder que exige el profundo y acertado conocimiento de las situaciones, la auctoritas indispensable para afrontarlas con razón y el tacto necesario para no quedar en posición desairada si sus advertencias y consejos no son atendidos.

Quiera Dios que en los momentos complicados para nuestro pueblo recordemos la transición española y, en vez de criticarnos mutuamente, sepamos unirnos en lo esencial para bien de todos, bajo la figura del Rey, que entonces ejerció con eficacia su papel y lo sigue ejerciendo en la actualidad, como símbolo de unidad y ejemplo de patriotismo y buen sentido.

Sabino Fernández Campo fue jefe de la Casa del Rey hasta 1993

CHEQUEO A 30 AÑOS DE DEMOCRACIA (19) / La figura del Monarca
Juan Carlos I, un Rey «para todos los españoles»

En torno al joven Monarca pivotaron las fuerzas que hicieron posible, «de la ley a la ley», construir la democracia

MARISA CRUZ

MADRID.-
«El hombre adecuado en el lugar correcto y en el momento oportuno»: así llegó él mismo a definir su posición. Juan Carlos de Borbón, el Rey de España, fue la pieza clave en torno a la cual pivotaron las fuerzas que hicieron posible en España, tras 40 años de dictadura, una transición pacífica, aunque no exenta de peligros, hacia la democracia.


Cuando él vuelve la vista hacia aquel 1975 que terminó con la muerte de Franco, lo primero que recuerda es la actitud del pueblo español deseoso de paz y libertad. Después, apunta que siempre tuvo la suerte de tener a su lado a la persona indicada.

Es entonces cuando el Rey saca a relucir a quienes le ayudaron a superar los obstáculos y a desmantelar -«siempre de la ley a la ley» - las viejas estructuras y poner los cimientos de la democracia.

Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez, en primer lugar. Y después, Felipe González, Santiago Carrillo, Manuel Gutiérrez Mellado, Josep Tarradellas...

La influencia del primero de ellos fue decisiva. Fernández Miranda fue el hombre que realmente le preparó para ser Rey y quien, después, tras la muerte de Franco y desde su posición de presidente de las Cortes, logró que el nombramiento de Adolfo Suárez como jefe del Gobierno prosperara y, además, que se aprobara la Ley de Reforma Política.

El segundo paso fue la legalización del Partido Comunista. Don Juan Carlos, ya antes de la muerte de Franco, sabía que ésa era una decisión inevitable, pero arriesgada.

Pese a los mensajes dramáticos que llegaban de las filas del Ejército, el Rey apostó con decisión y allanó el camino para que Suárez diera el paso definitivo un Sábado Santo. No haberlo hecho habría supuesto un inicio cojo de la democracia. Al final, los peores presagios se estrellaron contra la realidad y los españoles no se echaron a la calle para enfrentarse unos con otros. Las primeras elecciones libres demostraron que el deseo mayoritario se inclinaba por el centro político de la UCD.

Lo que el Rey logró con esta decisión fue esencial: alejar de España el fantasma guerracivilista. Este ha sido uno de los nortes de su reinado. Por eso, en los últimos tiempos las tensiones nacionalistas y el clima de crispación político han llegado a preocupar seriamente al Monarca.

El tercer momento de la Transición fue la aprobación de la Constitución. Las fuerzas democráticas protagonizaron ese famoso espíritu de consenso que tantas veces rememora el Rey y que tantas otras echa de menos. Don Juan Carlos ha asegurado muchas veces que la clave de la Transición fue la aprobación de la Carta Magna que consagraba la monarquía parlamentaria.

Pero ni las elecciones ni la Constitución fueron suficientes para conjurar la intentona golpista del 23-F. Con este episodio el Rey, al tomar las riendas, se ganó para siempre el respeto de los ciudadanos y la fidelidad de las Fuerzas Armadas. Aquella noche de 1981 dejó de ser el monarca impuesto por Franco para convertirse en el rey de todos los españoles.

Posteriormente, en las elecciones generales venció el PSOE y pudo demostrar que la Corona podía convivir en armonía con la izquierda.

Ahora, 30 años después, el Rey insiste en su defensa a ultranza de la Constitución, en su empeño por limar divisiones y en sus llamadas al consenso. Durante todo este tiempo, además, se ha preocupado por garantizar que su sucesor, el Príncipe de Asturias, mantendrá con firmeza estos principios.

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