El hombre como agente cultural y factor de cambio del medio ambiente

Historia regional desde la llegada del español hasta el siglo XIX

Actividades económicas

Cuando el fin del siglo XVI marcó el término de la Conquista, el balance no era muy auspiciador: los españoles no habían logrado pacificar a los indómitos araucanos y éstos no habían podido vencer la tenacidad de los peninsulares.

Las ricas minas de oro existentes al sur del río Bío Bío estaban fuera del alcance español. Esto implicaría un giro en la incipiente economía del país desde la actividad minera a la explotación agrícola. La tierra cobra valor y el asentamiento hispano en el centro del país marcará en el futuro la realidad chilena (Retamal, 1980).

Hay que considerar que la agricultura chilena nace con anterioridad a la llegada de los españoles. En etapas primarias (inicio de la era cristiana hasta el 1100 d.C. aproximadamente), los indígenas utilizaron para sembrar pequeñas extensiones de tierras o chácaras con cultivos de maíz, quínoa, zapallos, calabazas, ajíes, porotos.

Para realizar este trabajo utilizaron instrumentos muy simples, pero de gran eficacia, como palos aguzados que permitían introducir la semilla, además de implementos de labranza y cosecha en madera, fibras vegetales y pesos de piedra.

La presencia incaica en la región (1430 d.C.) contribuyó a mejorar las técnicas agrícolas, sistemas de regadío, red vial y puentes, entre otros.

Con la llegada de los españoles se introducen cereales como el trigo, la cebada, la avena, y especies frutales como la vid, necesaria en la elaboración del vino para la celebración de la misa. Cabe destacar que ésta llega con Pedro de Valdivia y presumiblemente con los tres sacerdotes que lo acompañaban: Juan Lobos, Diego Pérez y Rodrigo González de Marmolejo. Junto a la vid llegan también manzanos, ciruelos, olivos, etc. y animales entre los que se contaban caballares, vacunos, ovinos, porcinos y aves de corral, que se adaptaron con gran facilidad al suelo y clima chileno.

Luego de la destrucción de Santiago, Valdivia instó a sus compañeros a dedicarse a las faenas agrícolas para producir sus propios alimentos, y evitar depender de las sementeras aborígenes.

En carta al emperador Carlos V, fechada en septiembre de 1545, le informa de los acontecimientos ocurridos en dicha ciudad en que «…le mataron XXIII caballos, y cuatro cristianos, y quemaron toda la cibdad (sic) y comida y la ropa y cuanta hacienda teníamos que no quedamos sino con los andrajos que teníamos para la guerra y con las armas que a cuestas traíamos y dos porquezuelas, un cochinillo, una polla y un pollo y hasta dos almuerzas de trigo...». Luego de sembrar este trigo y gracias a la fertilidad de la tierra, la abundancia de aguas y lo benigno del clima, se cosecharon doce fanegas.

Recurso animal introducido por el español

En los primeros años de la Conquista, la actividad ganadera tuvo gran importancia. El ganado vacuno ingresó al país más tardíamente que el caballar, se sabe que al menos en 1548 un conquistador había traído ya 10 vacas y 10 toros.

Los animales introducidos proliferaron de tal manera, que treinta años después a través del testamento de Rodrigo de Quiroga fechado el 28 de febrero de 1580, constatamos que en sus encomiendas de Colchagua, Teno y Plomo, tenía 5.500 puercos «..chicos y grandes, machos y hembras», así como 3.500 ovejas, 500 carneros, 1000 cabras, 200 vacas, caballos, bueyes, arados, herramientas de minas y «otras cosas».

Preocupación por el ambiente

La reconstrucción de Santiago –luego que fuera incendiada por los indígenas- y las actividades de esta naciente ciudad, implicaron el aprovechamiento indiscriminado del recurso de bosques nativos aledaños. Por este motivo, la tala indiscriminada de bosques en las proximidades de Santiago impulsó al ayuntamiento el 12 de febrero de 1557 a suscribir la siguiente acta: «E otro sí, por cuanto son informados que en el monte de la ciudad que está señalado por los bosques de ella, se ha cortado y se cortan muy grande cantidad de madera, y si de aquí adelante no se remediara, se acabaría de destruir y talar todo dicho monte.»

Se estableció la multa de cincuenta pesos oro por cada árbol talado sin permiso (Elizalde, 1958).

Desde épocas tempranas comprobamos que el trabajo agrícola ha sido posible gracias al esfuerzo mancomunado de hombres y animales. Aún cuando en esta región hay evidencias arqueológicas que permiten postular la gran dispersión espacial y la profundidad temporal del recurso camélido, no tenemos pruebas fehacientes de su aprovechamiento en labores agrícolas por parte de poblaciones pre-hispanas, pero, sí sabemos por el testimonio de cronistas y viajeros que fue utilizado en otros sectores del país. Son los caballares y en épocas más tardías los bueyes y mulares los que constituyeron el soporte de la agricultura tradicional.

El caballo actual llegó a América con Cristóbal Colón en 1499. En Chile fue introducido por los conquistadores hacia 1540. Pedro de Valdivia lo trajo desde el Valle de Charcas, Perú, labor que fue continuada por Alonso de Monroy, el sacerdote Rodrigo González de Marmolejo, quien estableció el primer criadero de caballos de Melipilla, Quillota y Aconcagua.

Posteriormente el gobernador don García Hurtado de Mendoza afianzó la presencia de la raza equina en el país, al introducir un nuevo contingente de caballos (Porte, 1980). En los primeros siglos de la conquista fueron usados esencialmente para fines bélicos. Los mapuches adoptaron el caballo y llegaron a ser mejores jinetes que los propios conquistadores. Al decir del cronista Olivares ([1767] 1864) «… la destreza de los de Chile para el manejo de los caballos es superior a la de los tártaros y los alarbes».

Tanto se multiplicó el caballo que ya en 1555 existía en abundancia, y su precio había bajado. Sin embargo, en el momento en que los indígenas lograron dominarlos, los robaron a los peninsulares, provocando la consiguiente escasez a este ejército, que los necesitaba en forma imperiosa para la Guerra de Arauco. Al respecto, es elocuente un informe emitido por la Real Audiencia en 1639 que expresa «este ejército se halla hoy desprovisto por haberse perdido, muerto y ahogado, después de la repoblación de Angol 5.000 y más cabalos» (en Cardemil, 1999).

A diferencia de lo que ocurría en el sur, la pacificación de los indígenas en la zona central, permitió el uso del caballo para otros fines, especialmente agrícola, de transporte y festivo.

Se produjo tal identificación entre el hombre de campo y el caballo que el cronista antes mencionado afirma que «… especialmente los que moran en el campo apenas se apean de su caballo, sino para aquellas necesidades de la vida que del todo no pueden hacer cabalgando».

El caballo chileno es descendiente de las jacas y rocines hispanos, vigoroso y fuerte, que en esta tierra fue modelado por la naturaleza del país y el tipo de trabajo que debía realizar. El mismo cronista Olivares hace el siguiente comentario: «Los caballos de Chile, a la verdad, son generalmente bien hechos, bellos, fuertes, espirituosos, vivos e infatigables...».

A principios del siglo XIX, habían numerosas localidades dedicadas a la crianza de caballos, especialmente en Aconcagua, Santiago y Colchagua donde se constituyeron los troncos de familias con tradición genealógica, cuya línea de sangre se ha preservado hasta hoy.

Los ejemplares de la hacienda El Parral de don Pedro Esteban de las Cuevas, situada a orillas del Cachapoal, dieron origen a los famosos caballos «cuevanos», insuperables en las carreras, y Quilamuta, cerca de Alhué, al sur de Melipilla, a los caballos «quilamutanos», irreemplazables en los trabajos del campo, siendo los más solicitados por hacendados y ganaderos. Las notables cualidades de estas castas, hicieron que sus potros o padrones fueran requeridos como reproductores de las crianzas caballares en todo el país (Cardemil, 1999). Los “aculeanos” o «aculeguanos» originarios de la hacienda de Aculeo, gozaron también de gran prestigio, por la calidad de sus reproductores. Este criadero se mantiene en la actualidad en la antigua hacienda Los Lingues (comuna de San Fernando).

Estudiosos del tema, concuerdan que en el país se criaron caballos especializados, unos dedicados a las faenas agrícolas, otros para viajes, rodeos, carreras, etc.

El animal destinado al trabajo era sufrido, hijo de las yeguas de trilla y se conocía como caballo de trabajo, de trote o marcha. En Chile, las yeguas eran utilizadas indistintamente que los caballos, a pesar que en España era deshonroso montarlas.

Los caballos de brazos y de paso eran usados para montura, los primeros por hombres en ocasión de festividades, los segundos por mujeres y curas en viajes largos debido a su andar suave.

La importación de razas equinas extranjeras, iniciada en 1845, movió a los chilenos amantes de estos animales a preocuparse por la raza del país. De ahí que en 1887, la Sociedad Nacional de Agricultura resolvió iniciar un registro de reproductores de pura raza chilena. En agosto de 1893 se abrieron los libros de Registro genealógico de la raza Criolla y algunas décadas después, en 1946, se creó la Asociación de Criadores de Caballos Criollos.

Las primeras familias inscritas, cuya descendencia se conserva hasta la actualidad, incluyen las ya mencionadas, además de la huicana, también originada en nuestra región. De esta forma, Chile se convirtió en el primer país de América que se preocupó de preservar y fomentar la crianza del caballo nacional de origen hispano (Cardemil, 1999).

En época contemporánea, en algunos campos, se usaba y aún se usa el caballo de tiro para arrastrar el arado de una punta (chilenito), el arado melgador y el atracador (para cultivo de viñas).

Se utilizó también para tirar la carretela que llevaba verduras, leche o pan y la carreta cantina, casucha de latón o madera que se construía sobre «el catre» de una carreta y que tenía por objeto guardar las herramientas que se usaban en el campo durante el día, de manera de evitar volver a la llavería.

La pareja de caballos servía para arrastrar arados de más peso o la rastra de clavo, utilizada en todos los cultivos tradicionales, también para tirar el carretón (carreta más pequeña).

Tampoco fue ajeno a la fabricación de adobes y ladrillos, -en esta faena se utilizaba para batir el barro, trabajo que primitivamente era desempeñado por hombres-, se usó también para el transporte de pasajeros que se realizaba en carruajes entre los que se contaban los birlochos, los coupé, los vis a vis, las cabritas, las victorias, etc., y para el traslado de carros bombas, carros mortuorios, carros ambulancias y en general para todo tipo de fletes.

Pero sin duda que la faena agrícola tradicional que más grafica el papel desempeñado por estos animales es la trilla a yeguas, que se origina a principios del siglo XVII (Cardemil, 1999).

La trilla

 

Horqueta hecha de un gancho de árbol nativo, usada en la faena de la trilla.

Corresponde a un quehacer comunitario de fuerte raigambre indígena que reúne a vecinos de diferentes sectores, quienes cooperan con el dueño del predio, en la trilla de trigo y porotos en el valle, y de trigo, quínoa, chícharos, lentejas, garbanzos y arvejas en la costa.

Para tal efecto se prepara la era, terreno donde se realizará la faena, raspando una superficie cuyas dimensiones varían de acuerdo a las hectáreas sembradas, se procede luego a regarla y pisarla con caballos para obtener una superficie dura. Sobre ella se depositan las gavillas que han sido segadas con echonas, cargadas con horquetas hechas de una horcaja de árbol nativo y acarreada hasta ese sector por una carreta tirada por una yunta de bueyes. Luego ingresan las yeguas (20 ó 30) arreadas por un hombre de a caballo o «yegüerizo», quien mediante gritos les hace dar repetidas vueltas, con el propósito de obtener por este pisoteo sostenido, el desprendimiento de la semilla. Estos granos se barren con escobas de cicuta o espino y una vez que han sido reunidos se levanta una pared con sacos abiertos apuntalados por estacas de un metro de altura aproximadamente. Se aventan contra el viento con una pala de madera para quitarle las impurezas y posteriormente se «traspalan», esto es, se dejan caer limpios delante de los sacos. Luego se ensacan, recogiendo la paja con una horqueta de fierro denominada pajera provista de tres a cuatro ganchos, para hacer una parva que servirá de forraje a los animales en la época invernal.

Este trabajo da origen a una fiesta, pues los dueños de casa deben atender a sus colaboradores con comida, chicha y harina tostada, de cuya preparación se encargan las mujeres.

En el siglo XIX, según consignaba el cacique Pascual Coña, los mapuches trillaban con yeguas de manera similar a lo ya descrito, la diferencia radicaba en que las mujeres tomaban parte activa en las faenas debiendo sacar la paja molida y barrer el grano para amontonarlo antes de ser aventado y después de aventarlo extraer el resto de impurezas en un trabajo que se conocía como «separación» (De Möesbach, 1930).

Otro animal que tuvo gran relevancia en las faenas agrícolas y en el transporte fue el buey. Esta especie ingresó al país más tardíamente que los caballares, pero ya en en 1548 se consigna su presencia. Fue utilizado para casi todas las faenas tradicionales del campo, trillas, silos, pastería, así como para el transporte, especialmente de carretas. A modo de ejemplo señalamos que la hacienda El Tambo (Malloa), tenía a comienzos del siglo XX mil yuntas de bueyes. Para los trabajos agrícolas se enyugaba a dos animales con la coyunda -tira de cuero de vacuno de más o menos un metro de largo- que en su extremo llevaba un correón o tiento que la fijaba al yugo. Este era fabricado de madera de litre, quillay, roble o lingue y como debía evitarse que se torciera para no lastimar a los animales, se cortaba la madera en la menguante de mayo y se dejaba en el monte por un plazo de dos años, cubierta con las mismas hojas para que se secara a la sombra.

Trilla
Labradores Arando
(en Travels in Chile over the Andes, P. Schmidtmeyer).
Arado de Palo

Se usaban los yugos largos tanto para las carretas como para las rastras de clavo en siembras de trigo y maíz. El corto se empleaba solamente para el arado.

 

Carretero y Capataz
Grabado de F. Lenhert, en Claudio Gay, Album d’un voyage dans la Republique du Chile.

El carretero se ayudaba con una picana que se fabricaba de coligüe y mimbre, embarrilada hasta una longitud de 50 centímetros con huinchas de cuero o cáñamo, adornada con borlas de lanas de colores. En la punta llevaba un clavo de 1,5 mm. que servía para apurar el tranco del animal y dirigirlo. La carreta constituía el único medio de transporte de carga. Cuando ésta era muy pesada y los caminos dificultosos, se tiraba con tres a diez yuntas de bueyes.

Otro recurso animal importante lo constituyeron los machos y las mulas. Los primeros se utilizaban para bajar leña de los cerros y las otras para el transporte de carga. También tuvieron especial importancia en las labores mineras en Chile y en Bolivia (minas de plata de Potosí y Huantajaya). Nuestro país a fines del siglo XVI y principios del XVII exportaba mulas para la mina de Potosí, constituyéndose en un recurso tan relevante por el elevado precio que alcanzaron, que los ganaderos se dedicaron a multiplicarlas, descuidando con esto los caballos. Por esta razón se dictó una ordenanza en 1607 prohibiendo la cría de mulas, la misma que fue ignorada, ya que se continuó con esta práctica para exportarlas también al Perú.

Las recuas de mulas formadas por 12 a 14 bestias guiadas por una yegua madrina o punteadora, que llevaba un cencerro en el cuello, eran utilizadas tanto en faenas mineras como agrícolas y ganaderas.

Por su parte los vacunos llegaron a ser un elemento indispensable en la alimentación de los conquistadores, además de constituir a fines del siglo XVI, durante el siglo XVII y XVIII una fuente importante de ingreso por la exportación del sebo, cueros, cordobanes y en menor escala charqui hacia el virreinato del Perú.

 

En los primeros siglos de la Colonia, el importante incremento de vacunos, equinos y lanares y la falta de cierres o deslindes en los campos, motivó a las autoridades a promulgar una disposición que obligaba a los propietarios a marcar sus animales, quedando constancia en las actas del Cabildo de Santiago (siglo XVI). En el libro Becerro consta el documento emitido el 12 de febrero de 1557 en el que el alcalde solicita al Consejo que registren las marcas de sus animales «yo tengo mis hierros y mis animales con que hierro y señalo mis ganados, así yeguas como cabras y ovejas y vacas... pido a vuestra merced lo manden poner en el libro del Cabildo para que de ello conste cada (vez) que sea necesario y manden que otra persona ninguna no use de los dichos hierros, sino yo... lo cual mande a pregonar para que nadie pretenda ignorancia» (Cardemil, 1999).

 

La crianza de mulas fue importante para la explotación agrícola durante la Colonia.
Cencerro, Se atribuye a la yegua madrina del Ejército Libertador.Museo Regional de Rancagua.

Las primeras marcas utilizaban diversos motivos, entre los que se contaban flores e incluso letras del alfabeto griego, generalizándose en épocas posteriores el marcaje con las iniciales del dueño. Los vacunos y lanares se marcaban en el anca, el caballo de trabajo en la pierna y el fino en el gatillo, debajo de la tusa. Para mayor seguridad además de marcarlos «señalaban» a los vacunos, esto es les hacían una incisión vertical en el cuero bajo la papada (lo que dejaba un ojal de 20 cms.) o en las orejas.

Los ovinos y caprinos también se marcaban en la oreja con orificios o mutilando un extremo de ella o cortándoles la cola o raspándoles el hueso de la nariz.

Junto a esta tarea se procedía a contabilizarlos o apartarlos, ya fuera para engorda, lechería, cría o matanza. En épocas posteriores se aprovechaba también para vacunarlos.

 

Silla de vaqueta, hecha con cuero de vacuno, usada en la época colonial.
Museo del Carmen de Maipú.
Petaca de cuero
Museo Regional de Rancagua.

Los animales seleccionados eran llevados por arreo a la cordillera, al lugar de la invernada (sector libre de nieve y con vegetación), para posteriormente pasar a la veranada donde permanecían hasta fines de marzo o comienzos de abril, dependiendo de las condiciones climáticas imperantes. El traslado del ganado era y es realizado hasta hoy por arrieros y baqueanos, personajes tradicionales de nuestro país.

Respecto a la matanza se consigna que antiguamente se realizaba en el mismo predio a comienzos de verano, cerca de la Navidad para obtener sebo, cuero, cordobanes y charqui que luego se comercializaban y exportaban. Debemos recordar que la localidad de Matanzas situada en la provincia de Cardenal Caro, debe su nombre precisamente a esta faena. En ese lugar se realizaba la matanza de los animales para embarcar desde ahí los productos mencionados a otros países de América.

Tan notable fue el incremento de la ganadería, que se sacrificaban grandes cantidades de animales de los que sólo se aprovechaba el sebo y una mínima parte de la carne para hacer charqui, el resto quedaba expuesto en el campo para ser quemado o devorado por las aves de rapiña, por no disponer de sal en forma oportuna y en cantidades suficientes para su preservación.

El Rodeo
Marcas de fierro para animales.
Museo Regional de Rancagua.

 

Con la ganadería se relacionan dos actividades tradicionales que son el rodeo y la marca. El primero tiene su génesis en las ordenanzas de las autoridades coloniales para la encierra general de los ganados con la finalidad de marcarlos (Cardemil, 1999)
El rodeo se realizaba primitivamente una vez al año, el 7 de octubre, en el día de San Marcos costumbre compartida con los otros países de Sudamérica. Consistía en arrear todos los animales que se encontraban en las cordilleras, cerros y planos de la hacienda hacia los corrales preparados para recibirlos, ubicados en su terrenos. Esta modalidad cobró vigencia a fines del siglo XVIII reemplazando a las plazas públicas.
La faena de rodear al ganado podía demorar hasta ocho días, dependiendo de la extensión del campo, de las condiciones climáticas y de los elementos que se disponía (ibid, 1999). Una vez encerrados se procedía a marcarlos con hierro candente.

 

La Hacienda San Antonio de Petrel

Un ejemplo de manejo ganadero lo constituye una de las mayores propiedades del Partido de Colchagua, San Antonio de Petrel, ubicada en la costa de nuestra región, entre Topocalma y Nilahue. El historiador Juan Guillermo Muñoz Correa en su estudio «San Antonio de Petrel: Tenencia, Producción y Trabajo en una Hacienda Costera de Chile Central, Siglos XVII y XVIII», aporta interesantes antecedentes sobre ella, de la cual se ha extractado la información que a continuación se entrega.

Esta propiedad tuvo su origen en una merced de tierra entregada en 1611 a Bartolomé de Rojas y Puebla, quien con el correr de los años va adquiriendo otras tierras hasta conformar una gran estancia, que a diferencia de las haciendas, se dedicaba principalmente a la ganadería tanto de bovinos, como ovinos y caprinos.

Esta actividad le dio buenos ingresos a sus sucesivos propietarios, a través de la fabricación de cueros, charqui, suelas, sebo y cordobanes, como también el arriendo de potreros a otros ganaderos, el otorgamiento de permisos para que pastaran sus animales y el cuidado de éstos y la explotación de los pangales para la curtiembre de los cueros.

El Pangue
Pangue o Nalca.

 

El pangue es una planta silvestre que se utilizaba en el proceso de curtiembre y teñido del cordobán, muy apreciado en la época. Consta de grandes hojas de más de un metro de largo y cerca de medio de ancho, orbiculares y lobuladas, que crece espontáneamente en lugares pantanosos y a orilla de esteros y arroyos.

Los lugares donde se criaba eran llamados «manchas de pangue», presentándose en cantidades muy diversas, llegando algunos a dar nombre, por su presencia, a estancias y a diferentes accidentes geográficos, según consta en los documentos relativos a esta hacienda San Antonio de Petrel, en que mencionaba el cerro de Butapangue, hoy llamado Gutapangue.

Los pangales, a pesar de ser silvestres, demandaban varios cuidados. Era conveniente cercarlos y no se podían criar animales en el mismo paraje; al cosecharlos había que tener cuidado de mantener las cepas y raíces, dejándose las guías para su reproducción, en caso contrario podían extinguirse.

Dados los altos ingresos que reportaban los pangales a sus propietarios, se generaron muchos pleitos por su posesión.

 

Esta explotación ganadera era la más adecuada a la topografía del terreno, al clima y al tipo de suelo. Además requería poca mano de obra y contaba con mercados relativamente seguros como La Frontera, el presidio de Valdivia, Santiago, Lima y las minas de Potosí, así como los sectores mineros del norte y otras estancias donde se podía colocar el exceso de vacunos, en caso que esta situación se produjera.

Hay registros desde el siglo XVII, que desde esta propiedad se llevaba a Santiago y a Valparaíso, sebo, charqui, grasa y suelas.

Al venderse el ganado debía pagarse el derecho de alcabala, (que consistía en el tributo o contribución entregado a la Corona española por la transacción de bienes) y el diezmo sobre el aumento anual de la masa o producción obtenida, los que generalmente eran estimativos. Las ganancias eran muy variables y dependían del estado de la masa ganadera que podía verse afectada por epidemias, mortandad y robos, tan comunes en el siglo XVIII, además por escasez de pastos en períodos de sequía como los producidos en los años 1730, 1740 y 1780.

En esta estancia costina, otra fuente de ingresos que reportaba enormes ganancias en los siglos XVII y comienzos del XVIII, fue la venta directa de pangue o la venta de cordobanes que se exportaban en grandes cantidades al Perú. Los cordobanes blancos y teñidos de cuero de cabra, eran producidos para el uso de artesanos especializados tales como zapateros, guanteros, petaqueros, talabarteros y otros.

Una de las formas de pago a trabajadores, consistía en dar el permiso para sacar porciones de pangue, asumiendo aquellos los gastos de la cosecha.

A comienzos del siglo XVIII se obtenían en Petrel mil fanegas de este producto. En 1718 se ganaron 500 pesos, siendo la ganancia de 4 a 5 reales por fanega. Un peón sacaba en un día de 4 a 5 carretadas.

Estas faenas eran una importante fuente de trabajo temporal para comarcanos de diferente nivel socioeconómico.

Hay que hacer notar que la explotación del pangue se realizó también en otros sectores de nuestra región y del país, llegando a tales extremos que el Cabildo de Santiago la reglamentó, a fin de impedir su exterminio.

Es probable que la localidad de Pangal (comuna de Machalí) deba su nombre a la existencia de este recurso. Actualmente se encuentra restringido a sectores húmedos de ambas cordilleras, donde convive con otras especies, entre ellas la chilca o fucsia magallánica.

Incremento de la agricultura

La prosperidad que vivía la ganadería, también fue alcanzada por la agricultura ya que a fines del primer siglo del dominio español en Chile, sobrepasaba con creces las necesidades internas. Durante el siglo XVI, el cultivo de la tierra se hacía sólo en terrenos de fácil explotación, dejando que la fertilidad natural del suelo rindiera sus frutos, ya que sólo se requerían alimentos para una población muy pequeña.

Según el cronista González de Nájera (1614), «…casi todos los de la tierra de paz y pobladas comen de balde; y por ninguna parte poblada se camina en las mismas tierras de paz, que sea menester llevar dinero para el gasto del mantenimiento de personas y caballos; por lo que, aunque hay gente pobre en aquella tierra, no hay ningún mendigante.»

Parra de uva país.
Cosecha de uva.
Melton Prior, Illustrated London news.

El terremoto de 1687 en el virreinato del Perú, unido a la peste de polvillo negro que azotó a las sementeras, obligó a recurrir al trigo chileno que tenía una mejor calidad. A partir de ese momento, se inicia una exportación considerable que junto a los productos de la ganadería dio mayor riqueza a la aristocracia terrateniente y alzó el valor de la tierra.

En ese momento «...el vino, las hortalizas y las frutas fueron bienes de menor importancia, como asimismo las maderas de Concepción y Chiloé» (Villalobos, 1996).

A pesar de esto, el cultivo de la vid se siguió incrementando a través del tiempo, constituyendo la vendimia una de las faenas tradicionales chilenas.

Inicios del cultivo de la vid

Tinaja de greda que se usaba para guardar chicha.
Museo Regional de Rancagua.
Producción de uva.
John Miers, Travels in Chile and La Plata.

Como dijimos en páginas anteriores, la vid llega a Chile con los conquistadores y prolifera desde los primeros años, especialmente en la Zona Central por sus características climáticas, comparables a las de las zonas mediterráneas. Las primeras cepas introducidas fueron de uva país, que aún queda en pequeña cantidad y en escasos lugares de esta región.

Este cultivo fue adoptado por los indígenas quienes agregaron a su tradicional mudai (chicha de maíz), la chicha de uva, con lo que agudizaron su problema de «borracheras, pendencias y flojeras». Estos antecedentes obligaron a la autoridad a prohibir y exterminar de las tierras indígenas dicho cultivo, lo que no se cumplió a cabalidad.

El proceso de fabricación de la chicha, se ha mantenido en algunas localidades de la costa (Litueche, La Estrella, San Pedro de Alcántara) en los mismos términos en que debió utilizarlo el indígena. Para su fabricación se efectúa una molienda manual en zarandas de cañas, coligües o mimbres sobre lagares de cuero, el mosto obtenido se guarda en toneles de madera o en tinajas de greda que se sellan con brea o con barro empajado para detener el proceso de fermentación que la convertirá en vino. Estas vasijas se abren después de algunos meses con ocasión de alguna celebración que en la actualidad corresponde a nuestras festividades patrias.

También se obtenía el mosto por el pisoteo de los racimos de uva dentro de tinas de madera. El vino de prensa se lograba a partir de cinchos de varas amarradas con látigos, sometidos a la presión de grandes piedras.

En las diversas viñas se fueron sucediendo generaciones de artesanos especializados: los toneleros y los maestros bodegueros o vitivinicultores empíricos que mantuvieron el legado español y lo incrementaron con sus propias observaciones.

Es en la segunda mitad del siglo XIX, que llegan a nuestro país cepas francesas desde la región de Bordeaux, con tecnología importada y con técnicos selectos (enólogos, constructores de bodegas, toneleros) lo que sumado a la calidad del fruto obtenido, contribuyó al éxito de la vitivinicultura chilena.

La valoración de la tierra

Luego de esta necesaria digresión retomamos el tema de las causas de la valoración de la tierra en el siglo XVII.

La creación del Real Situado a comienzos del siglo XVII, que permitió formar un ejército profesional financiado por el virreinato del Perú, para luchar contra los indígenas desde la Frontera al sur y el alzamiento general de los indios en 1655, que culminó con la destrucción de Chillán, liberó por una parte a los encomenderos de la obligación de defender el reino, y por otra obligó a las familias a emigrar más al norte, convirtiendo a la Zona Central en un lugar apto para establecerse y dedicarse a la agricultura. Esta situación también elevó el valor de la tierra.

Muchos militares que lograron huir por las montañas, llegaron a esta zona en un estado de pobreza tal que siguieron vistiendo harapos durante meses «...Una fresadilla vieja y sobre sus carnes unos calzones de manta, abiertos y aventanados ya a poder del tiempo, descalzos de pie y pierna, sin camisa ni sombrero» (Amesti,1940)

Para graficar esta situación mencionamos algunas familias que se radicaron en Malloa en el siglo XVII, los Bustamante, Espinosa Caracol, Leyva, Sepúlveda y entre los más destacados, el capitán don Alvaro de Pineda dueño de la estancia Vera Cruz de Malloa, acompañado por su famoso padre don Francisco Núñez de Pineda, maestre de campo y autor de la célebre obra colonial «El Cautiverio Feliz».

En esta misma zona y en esta época se constituyeron varias comunidades agrícolas como las de Requelemo, San Roque de Roma y Barriales, cuyo estudio muestra la actividad económica generada en ellas.

La comunidad de Requelemo tuvo origen en la sucesión del capitán don Juan de Zúñiga-Arista, Benemérito del Reino. Este título le daba derecho a gozar de un sueldo y de una encomienda de indios en Malloa. Su propiedad estaba dotada principalmente de ganado ovejuno, además de molino, viña, destilería de aguardiente y una arboleda cuya importancia fue destacada por la tasación efectuada en junio de 1663, en que se asignaba un valor de dos pesos a la cuadra de terreno plano, mientras que las plantas de olivos, naranjos y un limo, equivalían al valor de treinta cuadras de tierra planas regadas. Estos árboles son los progenitores de las actuales plantaciones de Peumo, San Vicente de TaguaTagua y Panquehue de Rengo, junto a otros plantados por Diego de Escobar, propietario de terrenos en las misma zona (ibid.,1940).

El Cautiverio Feliz
Facsímil de la portada del manuscrito «Cautiverio feliz».

 

En su obra, «El Cautiverio Feliz», junto con narrar sus vivencias como prisionero de los indios por un período de siete meses, Francisco Núñez de Pineda da cuenta del panorama político y social de la época.

Esta obra recién se publicó en 1863. Según el historiador Luis Amesti (1940) «de haberse publicado el libro habría oca-sionado la prisión segura del autor... Constituía una airada diatriba contra las autoridades reales y el primer grito de un criollo americano y chileno, lo atiborró de sentencias y de una pedantesca ostentación de citas y autoridades, para disimular sus osadías revolucionarias».

Se presume que Núñez de Pineda escribió este libro en la localidad de Malloa, entre los años 1654 y 1674, luego de haber cumplido 34 años en el servicio real y en su retiro en esta hacienda de Colchagua.

 

El nacimiento de la hacienda

Joven hacendado chileno.
Juan Mauricio Rugendas.

Es en este período cuando se configuró la hacienda, una de las más importantes instituciones de carácter económico y social de la Colonia. Heredera de las mercedes de tierra y de las encomiendas, surgió por los profundos cambios en la organización social y la actividad económica de este siglo. El auge de la agricultura y la ganadería requirió una gran cantidad de mano de obra indígena. Por esta razón, los encomenderos trasladaban a sus indios encomendados al lugar de su propiedad o merced de tierra. Es así que a los indios de la encomienda de Codegua, por ejemplo, los llevó su encomendero don Gonzalo de los Ríos a La Ligua. En 1639, el Protector General declaraba que esos indios estaban «naturalizados en La Ligua de muchos años a esta parte» (Silva, 1962), situación que trajo como consecuencia el despoblamiento de las tierras indígenas y la consecuente ocupación de ellas por los españoles. «Las tierras de dichos indígenas en el pueblo de Codegua, al quedar abandonadas, se inició una activísima introducción de vecinos que lo ocuparon con ganados. Finalmente en 1639 los padres de la Compañía de Jesús adquirieron las tierras del pueblo» (ibid.,1962).

Los naturales del pueblo de Aconcagua fueron encomendados a doña Catalina de Chacón y Carvajal en 1694, siendo trasladados más tarde a Codao, en Rancagua (ibid.,1962).

A fines del siglo XVIII en el año 1789, el gobernador O’Higgins extinguió la encomienda de Codao formándose con sus indios el pueblo de Navidad en 1794 (Hanisch, 1963).

Otros terrenos que fueron ocupándose fueron los de algunos pueblos de indios que tenían extensos potreros en la cordillera, con deslindes muy rudimentarios. En el siglo XVII se concedieron tierras en muchos de ellos, «estando vacas y sin perjuicio de los yndios y sus reduziones… Hacia 1625 se había hecho merced de los potreros de los pueblos de Malloa, Nancagua, Gonza, Rapel, Chanco, Colina y Lampa y se sostenía un pleito sobre el de Aconcagua» (ibid,1962).

La disminución de los indígenas y el aumento notable del mestizaje, en los terrenos ocupados por los españoles, hizo decrecer la encomienda hasta desaparecer.

Todos estos elementos contribuyeron a un nuevo estilo de vida eminentemente rural, caracterizado por núcleos sociales con una fuerte autosuficiencia económica.

La hacienda colonial llevó una existencia semi aislada, pequeño mundo independiente y alejado de las ciudades y con muy pocos contactos con el mundo exterior. Fue refugio de la gran masa de población chilena, los mestizos y los españoles empobrecidos que deambulaban por todo el territorio rural del país. El hacendado encabezaba toda esta población, vivía allí y se preocupaba de los diferentes grupos que convivían en la hacienda.

Todo lo que el hombre del siglo XVII y XVIII necesitaba, estaba dentro de sus límites. Surgieron así los oficios de herrero, panadero, talabartero, espuelero, estribero, mimbrero, zapatero, tonelero, vaquero, matancero, etc. y entre los oficios de mujer se destacaban la lavandera, lechera, pastelera, locera, tejedora, mucama, etc. Estos personajes además de los que laboraban la tierra, instalaron sus casas o ranchos, afincándose en ella.

Primeros pasos de la arquitectura chilena

Planta original de la antigua hacienda de La Compañía.
En Casas Patronales, U. de Chile, Fac. de Arquitectura y Urbanismo.

Según el arquitecto e investigador Roberto Dávila (1927) «..con las obras de los conquistadores españoles nace la arquitectura chilena...». En ellas se utilizan elementos como madera, barro y paja.

Entre el siglo XVII y principios del siglo XIX se desarrolla y consolida la arquitectura propiamente chilena, diferente del resto de América y de su raíz hispana, adaptada a su suelo y a su gente, al clima de cada región y a la disponibilidad de materiales.

Es la Zona Central el sector más representativo y de ésta las provincias de O’Higgins y Colchagua las que conservan lo genuinamente chileno.

«La arquitectura se caracteriza por su sencillez y austeridad, por sus robustas proporciones y amplia escala; en esto influyó el bajo costo de los terrenos y la frecuencia de los temblores». Ellos explican el enorme espesor de los muros, los vanos de tamaño mediano y generalmente centrados en las paredes, el predominio de un solo piso y un altillo sobre la portada. Sobre ella las familias aristocráticas colocaban sus escudos de armas e insignias, fabricados en piedra, composición que constituía su mayor riqueza y adorno. Bernardo O’Higgins abolió en su gobierno la nobleza de sangre con lo que se pone fin a esta usanza.

Esta somera descripción del patrón arquitectónico chileno quedaría incompleta si no se mencionan las casas patronales o de fundo y quienes las hicieron posibles: los artesanos de adobes, tejas, ladrillos de piso y rejas, albañiles, carpinteros y canteros.

Corredores de Paredones, Guacarhue y Pumanque.

Personajes de la hacienda
Dentro de la hacienda se estableció un nuevo tipo de organización de grupos sociales y de trabajo. El gañán era el campesino que residía y trabajaba permanentemente en ella, constituyendo su base social. El jornalero trabajaba para la hacienda cuando se requería más mano de obra para sembrar, cosechar u otra labor. El inquilino correspondió a un tipo especial de campesino que debía colaborar en las temporadas de siembra o cosecha, aportando trabajadores de su dependencia a cambio del usufructo o goce de las tierras situadas en los lindes de la propiedad, que por ser lejanas al centro de la hacienda y difíciles de atender para el hacendado, las recibía a su cuidado. El agua y pastos en abundancia permitían al inquilino tener su propia cosecha y criar su propio ganado, lo que le daba un mejor pasar que el resto de los campesinos. Esta realidad dio origen a la institución del inquilinaje.
Trajes de la gente de campo.
Grabado de F. Lenhert, en Claudio Gay, Album d’un voyage dans la Republique du Chile.
Carretero y capataz.
Grabado de F. Lenhert, en Claudio Gay, Album d’un voyage dans la Republique du Chile.

 

Dichas casas se sitúan en pleno campo y son de grandes dimensiones y de un sólo piso. Constaban de ocho o más patios además de corrales, galpones, bodegas, capillas, etc.

Entrada de la Iglesia de La Compañía, farol y reja de la misma iglesia.
Reja de la Casa del Pilar de Esquina.

Una de sus características más destacadas es el corredor ancho, sustentado por pilares de madera sobre basas de piedra de formas que variaron con el correr del tiempo. Es la prolongación del alero original que debía proteger al muro de adobe débilmente recubierto por el polvillo y la lechada de cal. En esta región aún es posible encontrar lugares donde los corredores unen las casas del poblado formando aceras techadas (Guacarhue, Población, Lolol, Paniahue, Marchigüe, Paredones, etc.) Los muros llegaban a medir hasta un metro de ancho. Eran fabricados de adobes puestos de soga o de cabeza y de adobones. Para los muros interiores denominados tabiques se usaba el adobe parado amarrado con alambre y la quincha de ramas recubiertas por barro empajado.

Como piso se utilizaban ladrillos hechos de idéntico material que las tejas, de forma cuadrada o rectangular que se fabricaban en terrenos aledaños a la construcción, cociéndolos en hornos que primitivamente fueron hechos de adobes y luego derivaron a los actuales. Los componentes utilizados en la fabricación de ladrillos fueron modificados al eliminar la greda.

Los cielos «encoliguados», formados por coligües amarrados por correones, se colocaban sobre las cerchas de la techumbre y servían además de apoyo al barro de las tejas. Estas cerchas se hacían de maderas nativas entre las que se destacaba el canelo (que evita el ataque de termitas y polillas) y posteriormente se usó el álamo en el siglo XIX; se unían primitivamente con grandes clavos de madera de espino y posteriormente con clavos de fierro de sección cuadrada y de tamaño menor.

Para formar la techumbre se colocaban las tejas (barro, paja y greda cocida) fabricadas por el artesano quien utilizaba su muslo como molde. Canales y tapas se superponían a un aislante de barro llamado ensordinado que además servía para darle estabilidad por su peso a este conjunto arquitectónico.

La belleza de la construcción tradicional la confería especialmente el trabajo artesanal de puertas interiores y de zaguán, rejas y faroles, fabricados por carpinteros y herreros en el mismo lugar, siguiendo las enseñanzas de los padres jesuitas cuya primera estancia en Chile fue la Hacienda de La Compañía al norte del río Cachapoal, donde funcionó el Colegio Máximo de San Miguel.

La casa del inquilino continuó con la casa vernacular (casa quincha), mientras el componente indígena era determinante. Más tarde trabajadores mestizos o españoles empobrecidos imitaron en sus viviendas en forma modesta la casa patronal, originándose en el transcurso del tiempo villas o caseríos, que aún subsisten en algunos sectores rurales de nuestra región, como por ejemplo el Huique (comuna de Palmilla).

Exportaciones en la Colonia

Thaddaeus Peregrinus Haenke (1761-1817), médico naturalista alemán que formó parte de la expedición que dio la vuelta al mundo, patrocinada por el gobierno de España y comandada por el capitán Malaspina, proporciona valiosa información sobre el comercio de nuestro país en el siglo XVIII, en su obra «Descripción del Reino de Chile» (1787-94), publicada en español en 1942.

>De acuerdo a los estados de la Aduana, los productos exportados por Chile en un quinquenio del siglo antes mencionado, fueron los siguientes:

Productos exportados Total en pesos

154.644 fánegas de trigo, a 8 reales 154.644

24.532 quintales de sebo a 5 reales 122.660

10.31 quintales de cobre en barra 80.248

2.049 para el Perú y 7.982 para España 2.112...3 Rs.

5.633 libras de cobre labrado a 3 reales

7.329 quintales de charqui y costillares a 22 reales 20.154

6.341 arrobas de yerba del Paraguay 23.778...6 Rs.

12.908 cordovanes a 12 reales 19.362

3.522 quintales de xarcias a 7 pesos 24.864

41.299 libras de almendras a 2 reales 10.324...6 Rs.

113 esclavos a 250 pesos 28.250

En otros varios artículos como el azafrán del país, hilo, harina
pellones de lana, cueros de vaca, velas de sebo, mantequilla,
pescados, lenguas de vaca, algunos millares de nueces, etc. hasta
el número de 56 artículos diversos. 554.063 Rs.

«Todos estos efectos salen de Valparaíso con destino a Lima y puertos intermedios, no dirigiendo a otras partes mas artículos que los situados de los presidios de Valdivia y Juan Fernández; 2465 pellones de lana para el Reyno de Guatemala, y para España los quintales de cobre en barra que hemos mencionado en el Estado anterior».

Sistema de medidas utilizado en la época colonial: fanega y almud

El comercio de excedentes de la hacienda

Los excedentes agrícolas y ganaderos de las haciendas de la Zona Central, eran exportados por el puerto de Valparaíso, preferentemente hacia el virreinato del Perú y a España.

La importancia de la exportación de trigo, a fines del s. XVII y la primera mitad del s. XVIII consolidó la gran propiedad. Los grandes terratenientes encabezados por la Compañía de Jesús en la «grandiosa» Hacienda de La Compañía y por otras órdenes religiosas, secundados por varias familias, pasaron a constituir el núcleo social más importante del país, dando origen a los mayorazgos y a los títulos de Castilla.

La Hacienda de La Compañía

Facsímil del inventario manuscrito de la Hacienda de La Compañía, realizado en 1767, fecha de expulsión de los jesuitas de Chile.
Altar de la Iglesia de la Compañía, una de las escasas muestras del barroco americano en Chile.

En el momento de la expulsión de los jesuitas del reino de Chile en 1767, la hacienda de La Compañía contaba con una superficie aproximada de 10.000 cuadras que abarcaba terrenos comprendidos entre Angostura y el río Cachapoal de mar a cordillera. Contaba con 38 esclavos negros, con mulatos, zambos y mestizos, además de los sacerdotes jesuitas, entre los que había importantes artesanos carpinteros, orfebres, albañiles, tejedores, que dejaron su huella en la zona y en esta hacienda. En la actual parroquia de La Compañía (comuna de Graneros) que antiguamente fue la capilla de esta hacienda, se conserva el retablo de su altar mayor, una de las obras notables del arte colonial barroco americano.

De entre las haciendas de la zona, La Compañía fue la que alcanzó la mayor extensión y la más alta rentabilidad.

«La hacienda de La Compañía fue comprada por don Mateo de Toro y Zambrano en 1771 en la cantidad de $ 90.000, precio que incluía más de

10.000 cuadras de primera e inmensas serranías, 38 esclavos, 7.600 cabezas de ganado, 4.900 ovejas, 525 caballos, 1.250 yeguas, 104 burros, 540 mulas junto a todos los edificios y equipamiento» (Imbentario de la Hacienda de Rancagua, Arch. Jesuita) (sic).

Según el rol tributario de 1834, esta hacienda tenía un ingreso anual de $16.000. Veinte años después, tras la ampliación de las obras de regadío y el crecimiento del mercado, había aumentado a $ 89.000. Ambas cifras representaban la mayor utilidad de una hacienda en Chile.

Trabajadores en la hacienda

El trabajo agrícola y ganadero realizado en las haciendas y con anterioridad en los terrenos entregados como mercedes de tierra, involucraba una gran cantidad de personas. Este hecho y los abusos cometidos por los encomenderos con los indígenas y posteriormente por los hacendados con el conglomerado humano que vivía en ella, motivaron la promulgación de numerosas ordenanzas y reglamentaciones por parte de autoridades, desde el siglo XVI en adelante. La tasa de Santillana y la tasa de Gamboa ambas del siglo XVI pretendieron resguardar los derechos de los indígenas, reglamentando la edad mínima y máxima para acceder a un trabajo (18 a 50 años), los intervalos de actividad y descanso y la remuneración que podía ser en vestuario, alimentos y asistencia médica para los que laboraban en la casa y un espacio de tierras para cultivar en el caso de aquellos que trabajaban en el campo. Este contrato regía por un año y se constituía en un documento notarial con la comparecencia de los contratantes y del corregidor o autoridad local.

Muchos de los terratenientes de esta región debieron firmar en el siglo XVII convenios de trabajo con sus operarios y empleados principales. Todo era motivo de contrato: instrucción religiosa, literaria, remuneración en dinero, medicina, enseñanza industrial con participación de los secretos de cada profesión.

Ejemplo de estos contratos es el celebrado entre Lorenzo Núñez de Silva y Melchor Zapata, quien es contratado como mayordomo de la Hacienda Nuestra Señora del Socorro de Rapel en 1640, para cuidar los bienes que en ella existen: «Dotación: 3.147 cabros, 800 chivatos, 1.547 ovejas, 2 yuntas de bueyes, 40 yeguas y las botijas, herramientas y esclavos de los propietarios. Zapata se obliga con su persona y bienes a ponerlos a buen cobro y mirará por ellos. Sueldo: 10 botijas de vino, 12 fanegas de trigo, un carnero semanal y un quinto de todos los ganados que se multiplicaren...» (Amesti, 1940).

«En el valle de San Juan Bautista de Chimbarongo se celebra contrato entre un indio de la encomienda de Itata de don Diego Gallardo que se asienta en 1637 con Fray Juan de Quiroga. Padre Definidor. Plazo: 1 año por trabajo. Jornales: 20 pesos...» (ibid., 1940).

Haciendas en la región

Junto a la Hacienda de La Compañía, en nuestra región existieron la de Rapel, Almahue y Lihueimo que alcanzaron una superficie de 10.000 cuadras.

Entre 5.000 y 10.000 cuadras estaban la hacienda Tagua-Tagua, Mallermo, Las Palmas y Colchagua.

Un poco menores en superficie eran las de Nancagua, Tilcoco, Huemul y Lolol con una superficie entre 4.000 y 5.000 cuadras y las de Chépica, Rapel y Nilahue entre 3.000 y 4.000 cuadras.

El Salario

A fines del siglo XVII el salario para la zona central era de un real y medio diario, durante 207 días de trabajo, lo que en un año hacía 38 pesos y 6 reales. De esta cantidad anual había que descontar el tributo, que en la misma zona era de 8 pesos y 4 reales, cantidad que se debe triplicar, ya que cada tercio de los indígenas en actividad debía pagar el tributo de los otros dos tercios que descansaban. Por lo tanto, solo quedaban 13 pesos y un real de salario. Hay que considerar también descuentos por enfermedad, multas, etc.

Con 12 pesos en el siglo XVII se podía comprar 176 kgs. de pan o 3 arrobas de vino, o 12 kgs. de azúcar o 4 almudes de maíz al mes o 5 de papas (en Cabeza y Stehberg, 1984).

El trabajo artesanal en un comienzo quedó relegado a mestizos, indígenas y negros. Fue un sistema de trabajo de especialidades similar al de los gremios de la Edad Media. Se entraba como aprendiz para gradualmente alcanzar los niveles de oficial y maestro.

Este sistema persistió durante la Colonia con algunas modificaciones, como aquella que prohibió el trabajo nocturno y en días festivos. El trabajo contratado tuvo mayor vigencia que la esclavitud en el Reino de Chile, pudiendo los aborígenes servir a jornal libremente en estancias de menos de cuatro leguas de distancia de su lugar de residencia (Ed. Hernández Blanco, 1985).

En el mismo período los artesanos siguieron bajo el control de los cabildos, los que organizaron comisiones examinadoras de aprendices para optar al grado de oficial.

La abolición del régimen de encomienda en 1791, junto con la explotación de la ganadería y el cultivo extensivo del trigo, dio origen a un nuevo tipo de trabajador: el campesino, concepto que incluyó al peón, sucesor del indígena de encomienda, y al inquilino.

La industria

Artesanos en la Provincia de Colchagua
Los 393 artesanos son de los oficios siguientes:

Carpinteros 93
Plateros 26
Herreros 40
Hojalateros 1
Zapateros 117
Sastres 14
Sombrereros 29
Botoneros 4
Curtidores 10
Albañiles 21
Molineros 5
Escultores 1
Jaboneros 1

Tejeros 4
Coheteros 1
Guitarreros 3
Aparejeros 2
Peineros 1
Petaqueros 2
Fusteros 3
Silleteros 6
Tinajeros 5
Carretoneros 2
Pintores 1
Tonelero 1
Total 393

Censo 1813, Rengo

En cuanto a los artesanos, el sistema no sufrió grandes alteraciones en el siglo XVIII. Es con la llegada de especialistas extranjeros que se perfeccionaron las labores artesanales, iniciándose algunas nuevas (ibid., 1985).

La industria en Chile tuvo un lento desarrollo. Durante los primeros siglos, actividades como la molienda de granos, manufacturas de jarcias y paños, se cuentan entre las más relevantes. Los primeros molinos fueron el de Bartolomé Flores que se construyó en 1548, en la falda norte del cerro Santa Lucía y otro en la falda sur construído por Rodrigo de Araya.

Fuera de Santiago en el siglo XVI, famosas fueron la fábrica de jarcias del genovés Juan Bautista Pastene, en sus encomiendas de Tagua Tagua y Pangue.

Importante fue la construcción de astilleros en el Maule de Juan Jufré, que luego pasó a manos de los jesuitas que lo mantuvieron durante toda su permanencia en Chile. De él derivan los actuales astilleros maulinos.

En Rancagua, fue famoso el obraje de paños fundado en 1583 por Alonso de Córdoba, dentro de su encomienda, «...donde se fabricaban géneros de la tierra, frazadas y cordellates, el más importante de los varios establecimientos de esa clase que marcan un corto período de auge de la incipiente industria colonial» (Thayer Ojeda, 1943). Dio nombre a «la doctrina de Rancagua o del obraje de Alonso de Córdoba.»

La instalación de este obraje y posteriormente del batán modificó los sistemas de interrelación entre los indígenas, pues implicó alquilar mano de obra de nativos de otros pueblos o lugares como beliches, indios de Aculeo, de Llopeo y uarpes, además de los del pueblo de Apaltas (Planella, 1988).

Se señala también en este valle la existencia de un molino de pan, vinculado con los indígenas de la parcialidad de Apaltas (ibid., 1988), otro relacionado con el tambo viejo de los indígenas de la parcialidad de Rencahue y el cultivo de la viña de la comunidad de estos mismos naturales.

Piedra con acanaladura que forma parte del molino de granos de Doñihue.

La industria del aceite en nuestro país tiene un curioso origen. Según el inca Garcilaso de la Vega, «...el español Antonio de Ribera trajo de Sevilla en 1560 unos cien pies de olivos, de los cuales sólo tres llegaron en buen estado. Plantólos en un huerto suyo de los alrededores de Lima, i por mas que los vijilaba le robaron uno» (en Briseño, 1889). Supuestamente este ejemplar habría llegado a Chile, aclimatándose de tal manera en nuestro suelo, que a fines del siglo se exportaba aceite al Perú. En nuestra región hay una comuna, numerosos sectores e incluso fundos que obedecen al topónimo de «El Olivar», indicador claro de la presencia de estas plantaciones en esos lugares. Uno de estos fundos ubicado en San Fernando, fue propiedad de la Compañía de Jesús. A fines del siglo XIX, esta ciudad era una gran productora de aceite. En la actualidad después de haber desaparecido por problemas de plagas, se hacen intentos por reintroducir este cultivo a nivel regional, debido a la creciente demanda de este producto.

Durante el siglo XVIII la incipiente industria chilena decae, por la disminución de la mano de obra indígena y por el incremento de las mercaderías provenientes del extranjero, principalmente de Inglaterra y Francia, que a través del contrabando llegaban a las costas chilenas. Por otra parte cabe recordar la dictación de la Ordenanza de Libre Comercio, de 1778, por el rey Carlos III, que derogando la antigua Ordenanza que prohibía el libre comercio de las colonias americanas con otros países, permitió abrir los puertos de España e Indias al tráfico directo.

La minería

La minería se vinculó tempranamente al quehacer de los hombres de nuestra región, constituyéndose junto a la agricultura, en los dos grandes pilares que sustentan su economía.

Cobre nativo Pepa de oro

El tema fue tratado en el primer capítulo de este libro, al mencionar las riquezas naturales de la zona, por lo que en éste, sólo aportaremos aquellos antecedentes que, no estando incluidos en él, contribuyan a dar una visión más acabada del mismo.

Los minerales de mayor importancia en el período pre y post hispano fueron sin duda el cobre, el oro y, en menor medida, la plata, en lo que respecta a la minería metálica, y la sal y el carbonato de calcio en la no metálica.

Mineros.
Grabado de F. Lenhert, en Claudio Gay, Album d’un voyage dans la Republique du Chile.

El mineral de cobre ha jugado un rol protagónico en la región. Los primeros registros de su aprovechamiento se asocian al período Agroalfarero temprano (300 a.C. - 900 d.C.) que como dijéramos en páginas anteriores, se utilizaba fundamentalmente para adornos corporales y para decoración de vasijas cerámicas, privilegiándose el cobre nativo, la malaquita y la turquesa, ya que su obtención no implicaba procesos metalúrgicos.

Durante la dominación incaica hubo un mayor conocimiento tecnológico, que facilitó los procesos de fundición, utilizando hornos que se emplazaban en la cima de aquellos cerros con mayor exposición a los vientos, a fin de favorecer la combustión, luego de lo cual, obtenido el metal, se procedía a elaborarlo. Con él se fabricaban cuchillos, azuelas, hachas, joyas, entre otros. Si bien en la región se han encontrado objetos de este período, no podemos por ahora afirmar que aquí haya existido algún centro metalúrgico.

La Conquista Española implicó un cambio en el campo de las actividades minero-metalúrgicas. El cobre, que hasta ese momento había sido el principal mineral, deja de ser el metal base, para ser reemplazado paulatinamente por uno más duro y resistente: el hierro. Sin embargo, jugó un rol importante en la expedición de Almagro pues sirvió para sustituir las gastadas herraduras de hierro de los caballos, por herraduras de cobre hechas en la región de Chuquicamata, luego de la agotadora travesía por el Altiplano.

La minería chilena de esta época fue el reflejo de las necesidades de los conquistadores, el oro se transformó en el mineral más requerido, pues permitía pagar las deudas generadas por la conquista y mantener a los contingentes de los soldados que luchaban en las tierras de Arauco, ya que en esa época, tanto los sueldos como las transacciones se hacían con oro en polvo, por falta de monedas acuñadas1 (Sutulov, 1976). En consecuencia la minería del oro fue casi la única actividad minera en esas primeras décadas de la Conquista, esto explica los traslados de numerosos indígenas a otras localidades como mano de obra y la muerte de un gran número de ellos. Se estima que un diez por ciento de la población adulta entre 18 y 50 años trabajó en los lavaderos de oro.

Esta minería del oro en nuestra región fue significativa desde la época indígena. Se afirma que ya en el período de dominación incaica nuestro país debía pagar un fuerte tributo al Imperio. Desde esta región, de las localidades de Lolol, Nancagua y especialmente Vichuquén (Región del Maule) se enviaba oro proveniente de los lavaderos que en ellas existían. Se dice también que hasta allí habrían llegado los incas para explotar este mineral. Aún cuando existen evidencias ciertas de explotación minera en estos lugares, no hay suficientes antecedentes arqueológicos que permitan asociarlas a los quechuas.

Estos lavaderos se siguieron explotando durante la Colonia. Referencias del siglo XVIII prueban la existencia de trapiches en Tinguiririca (1728 y 1762), Apalta (1764), Nancagua (1764), en Tagua-Tagua se menciona a los indios bateros (1643) y minas en Millagüe (1755). El Teniente se menciona como mineral de cobre (1765) (R.A. 1125, 968, 957, 2429, 908)1

Existen además antecedentes en el año 1555, sobre los indios de Topocalma y Rapel que trabajaban en la extracción de oro en minas «en los términos de la ciudad de Santiago» (CDIHCH XXIII)2

En 1755, el corregidor de Rancagua, don Ignacio José de Alcázar, en la relación que hace de este corregimiento da cuenta de dos trapiches de oro, construidos en el río Cachapoal para aprovechar sus aguas, además de una mina de plata existente en el «cerro Agugereado, que cae junto al Río Pangal y llaman del fraile Pinto» y otras de cobre, yeso y azufre (en de Solano, 1995)

A su vez, el corregidor de Colchagua don Ignacio Salinas y Escorza, en la misma fecha, al referirse a los minerales de su corregimiento, menciona la existencia de minas de oro y de cobre, de las cuales se trabajaban las de oro sólo en dos cerros que se llaman «el de Apaltas y Pichidegua» (op.cit, 1995).

Se refiere además a minas de sal, azufre, brea y yeso, haciendo la salvedad que la sal y brea se encuentran en la otra banda de la cordillera, en tierra de los indios chiquillanes.

La situación de Chile como colonia española le imponía serias limitaciones, especialmente con el comercio exterior, debido a las prohibiciones estrictas de comerciar con otros países. Se sumaba a esto el atraso tecnológico, la falta de equipos, de herramientas y comunicaciones, su aislamiento natural, el alto costo de transporte y cabotaje y su escasa población. Estos antecedentes explican la escasa envergadura de nuestra minería en los siglos anteriores al XIX.

Con la Revolución Industrial y su requerimiento de materias primas y, sobre todo con la Independencia (s. XIX), el país se reestructuró y reorientó para tomar nuevos rumbos, según su idiosincrasia y recursos (Sutulov, 1976).

PRODUCCION CHILENA DE METALES
DURANTE LA COLONIA, EN KILOS (1545 - 1810)
ORO PLATA COBRE
1545-1600 72.000    
1601-1700 35.000 500(1) 4.550.000
1701-1720 8.000 1250 2.000.000
1721-1740 8.000 20.000 5.000.000
1741-1760 16.000 30.000 15.000.000
1761-1780 20.000 50.000 20.000.000
1781-1800 40.000 100.000 20.000.000
1801-1810 31.100 70.000 15.000.000
TOTAL 230.100 271.750 81.550.000
(1) A partir del año 1692
De Minería Chilena, Alexander Sutulov, 1976

 
 
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