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Mensaje del presidente de la República de Paraguay

Fernando Lugo

Este año 2011 Paraguay celebra el 200 aniversario de la proclamación de Independencia. La conmemoración de este hito histórico para la libertad del pueblo guaraní, y de todas aquellas personas que fueron acogidas en su seno como consecuencia de los movimientos migratorios, sin embargo no es motivo de separación con respecto a los otros pueblos que componen la comunidad iberoamericana, sino de unión gracias a los lazos históricos, culturales y, ahora ya, también económicos que nos acercan cada vez más a ellos.

Los 200 años de historia del Paraguay independiente son un paradigma de la evolución de un Estado hacia mayores cotas de libertad individual, igualdad social e integración regional.

Los largos periodos de sistemas autárquicos que padeció esta república a lo largo de esos 200 años son el pasado. El futuro apunta a otros horizontes. En un mundo globalizado por las nuevas tecnologías y la economía de escala mundial, el único horizonte posible para una nación como Paraguay es apostar firmemente por los procesos de integración regional. Procesos que, sin descuidar la vertiente económica, deben hacer mayor hincapié en la integración política para el bienestar de nuestros pueblos.

Estos procesos de integración podemos diferenciarlos en tres niveles: el estrictamente regional, el continental y el mundial.

A nivel regional la apuesta se centra en el fortalecimiento de una organización, que precisamente cumplirá su vigésimo aniversario también en 2011: el Mercado Común del Sur o MERCOSUR. Estructura que ha servido para el impulso del desarrollo económico de los países que la componen, pero además y sobre todo para la consolidación de regímenes democráticos y pluralistas en las endebles democracias de aquel momento. No obstante, esta integración se debe dar bajo el principio de igualdad precisamente para que el desarrollo alcance a todos y no a una pequeña parte de la población o a unas áreas económicas determinadas. En este afán por lograr esas mayores cotas de igualdad se enmarca el reclamo paraguayo por disponer libremente de la energía que produce, instrumento imprescindible para el desarrollo de nuestra nación, en un trato y reparto igualitario con nuestros vecinos y hermanos: Argentina y Brasil, ambos miembros del MERCOSUR.

A nivel continental, a la Organización de Estados Americanos (OEA) se ha sumado una nueva propuesta que pretende mirar y solucionar las problemas que aquejan a las naciones latinoamericanas desde una perspectiva no contaminada por visiones ajenas a nuestras realidades, por otra parte tan comunes en todos nuestros países: la Unión de Naciones Suramericanas o UNASUR. Esta organización no pretende desplazar ni sustituir a la OEA, sino complementarla, pero esta vez con miradas exclusivas desde el Sur. Esta organización, que apenas está dando ahora sus primeros pasos, es vital para la integración de nuestros pueblos que hace 200 años se sacaron el yugo colonial y ahora deben deshacerse del lastre de un nuevo yugo: el del imperialismo económico. En UNASUR el principio que debe gobernar sus acciones es el de la colaboración y cooperación mutua entre todos sus miembros que, por otra parte, deben ser obligatoriamente y sin excusa ninguna Estados democráticos, a lo que sin duda ayudará la aplicación de la cláusula democrática aprobada en la Cumbre de Georgetown en noviembre de 2010.

Por último, a nivel mundial la apuesta paraguaya se halla en la consecución de un mundo multipolar, donde cada pueblo más que cada Estado tenga cabida sin exclusión de ningún tipo. Para este fin la Comunidad Iberoamericana de Naciones es una herramienta idónea por reunir a las naciones hermanas de ambos lados del Atlántico. Europa y América en el mundo. En esta estructura no sólo nos unen unas lenguas de raíz común (español y portugués), sino una postura común en este planeta llamado Tierra. Frente, que no enfrentados, a otros bloques regionales las naciones iberoamericanas debemos estar unidas en la defensa de nuestros intereses que, más allá de lo cultural e identitario, deben centrarse en la lucha por la libertad, la igualdad y la justicia en un mudo globalizado que crea excluidos y marginados como nunca antes en la historia de la humanidad. La educación, la salud, la protección al medio ambiente son compromisos ineludibles para nuestros gobiernos y exigencias irrenunciables para nuestros pueblos. Reto ante el cual los gobernantes debemos estar a la altura de ofrecer soluciones efectivas, ingeniosas y duraderas.

La República del Paraguay acogerá en 2011, por primera vez en la historia de esta estructura política, la celebración de la Cumbre Iberoamericana, lo que supondrá un gran desafío para nuestro país. Esta es una oportunidad que debemos aprovechar para proyectar nuestra imagen en el mundo: la imagen de un país moderno, libre, democrático y trabajador.

Para finalizar quiero reiterar que la proclamación de Independencia del Paraguay allá por 1811 no debe ser interpretada en este siglo XXI como un signo de rechazo o repulsa hacia otros territorios, sino como un grito de unión desde la libertad.

Muchas Gracias.

Presentación

Gustavo Suárez Pertierra1 y Álex Grijelmo2

Son numerosas las voces que alertan del gran potencial que la década que inauguramos tiene para América Latina. Incluso desde instancias reputadas de los organismos financieros multilaterales comienza a hablarse de la “década de América Latina”. Si hacemos caso de las estadísticas de los últimos años y las proyecciones para los venideros, todo indica que la situación en la región latinoamericana puede dar un vuelco considerable, que el crecimiento a tasas “asiáticas” se consolidará y que la lucha para reducir la pobreza seguirá dando resultados apreciables. Es de esperar que también se avance de manera sostenible en el combate contra la desigualdad, uno de los mayores flagelos del continente.

De forma paralela a lo que ocurre en la economía, en la política también se consolidan tendencias que apuntan a reducciones de las incertidumbres y a un predominio de las soluciones menos extremistas. Lo apreciado en los comicios celebrados en 2009 y 2010, más lo anticipado por las encuestas para las cinco elecciones presidenciales que se celebrarán en 2011 así lo testifican. Parecería que después de largos años de una retórica florida y rimbombante, a veces excesivamente rimbombante, el pragmatismo se consolida. Prueba de ello es la evolución de la relación entre Colombia y Venezuela o entre Colombia y Ecuador después de la llegada de Juan Manuel Santos al Palacio de Nariño, en Bogotá.

Estas cuestiones quedan claramente reflejadas en la edición 2011 del Anuario Iberoamericano que elaboramos todos los años la Agencia EFE y el Real Instituto Elcano. Tanto los artículos estrictamente económicos, como aquellos de corte más político, insisten en el potencial de estas tendencias y en la posibilidad de que sean el origen de un potente círculo virtuoso que, de consolidarse, podría cambiar radicalmente el perfil de América Latina y la forma en que se inserta en el mundo. Sin embargo, los mismos artículos, que se niegan a presentar un panorama en la gama de los rosas, alertan de algunos problemas presentes que, de no atajarse a tiempo, pondrían en cuestión el futuro de este proceso.

Entre las cuestiones a enfrentar, que pueden afectar por un lado el crecimiento macroeconómico y, por el otro, el futuro de la democracia, hay un tema que alcanza repercusiones cada vez más sonoras. Es el de la seguridad ciudadana. Como se encargan de recordar tanto el Latinobarómetro como otras mediciones de alcance continental, las opiniones públicas de los diversos países están cada vez más concernidas por el avance de la delincuencia, en sus distintas manifestaciones. En este aspecto, como en todos los demás que hemos mencionado, la variedad de las respuestas nacionales es amplia, al igual que las políticas públicas aplicadas para ponerles remedio.

Si 2010 fue el año central en los festejos de los bicentenarios de las independencias latinoamericanas, 2011 conocerá una actividad algo menor pero igualmente importante, ya que cuatro países (El Salvador, Paraguay, Uruguay y Venezuela) han planificado sus conmemoraciones para este año. Sin embargo, a la vista de lo ocurrido en 2009 y 2010, con unos cuantos casos nacionales analizados, podemos señalar que las celebraciones hasta ahora realizadas tuvieron un grado de coordinación regional bastante escaso, lo que de alguna manera refleja las dificultades presentes en el proceso de integración regional. Un proceso que también avanza con dificultades, aunque dando algunos pasos significativos. La convergencia de los mercados bursátiles de Chile, Colombia y Perú puede abrir unos derroteros bastante desconocidos hasta la fecha.

En esta ocasión, el Anuario Iberoamericano ha abandonado su tradicional formato papel para apostar por la edición digital. De esta forma lograremos poner los contenidos, tanto los artículos de análisis como los apéndices estadísticos, a disposición de un público más amplio y con una mayor distribución geográfica. El compromiso de ambas instituciones por las nuevas tecnologías es claro y queda demostrado en todas las actividades que emprendemos.

 

1 Presidente del Real Instituto Elcano.
2 Presidente de la Agencia EFE.

Introducción

Carlos Malamud, Federico Steinberg1 y Concha Tejedor2

Un año más, América Latina está liderando, junto a Asia, el crecimiento de la economía mundial. Impulsada por las buenas políticas económicas tanto antes como durante la Gran Recesión de 2008, así como por el nuevo boom de commodities, la región tiene por delante unas perspectivas de crecimiento muy favorables, que además se están traduciendo también (aunque algo más lentamente) en una mejora de los indicadores sociales. Si bien esto es más notable en la reducción de la pobreza, todavía es menos perceptible, salvo algunos casos notables, como Brasil, en el combate contra la desigualdad.

Son tales las expectativas económicas y las buenas noticias ya materializadas que no en vano numerosos analistas, responsables políticos y académicos han comenzado a hablar de la “década de América Latina”. Parecería ser que después del bache momentáneo que supuso la crisis, la región reencontró la senda virtuosa del crecimiento, un camino que podría conducir, según las mismas estimaciones, al definitivo despegue latinoamericano. Sin embargo, no conviene todavía echar las campanas al vuelo, ya que si bien los resultados son rotundos todavía permanecen activas demasiadas incertidumbres que en cualquier momento podrían torcer el rumbo trazado en los últimos años.

Este llamamiento a la cautela responde al hecho de que las economías de la región se enfrentan a importantes retos, entre los que destacan los siguientes: cómo gestionar la peligrosa entrada de masivos flujos de capital, la apreciación de sus monedas y la creciente inflación; cómo sacar provecho al aumento del precio de las materias primas, la energía y los alimentos sin que se produzcan problemas sociales internos; y cómo esquivar la guerra de divisas, en la que las economías de la región, sobre todo Brasil, sufren las externalidades negativas del conflicto cambiario entre EEUU y China por la apreciación del yuan.

Frente a estos problemas cada país elabora su propia panoplia de respuestas, ya que debido a los escasos avances logrados en materia de integración regional la coordinación de políticas macroeconómicas, monetarias y fiscales es sumamente embrionaria, cuando no inexistente. Incluso, algunos proyectos que en su momento parecían llamados a cumplir un papel relevante en ese aspecto de coordinación, como podía ser el Banco del Sur, no han pasado de la fase de proyecto.

Sin embargo, y según el Fondo Monetario Internacional (FMI), las economías de América Latina y el Caribe están siendo capaces en la actualidad de sostener tasas de crecimiento continuadas de una forma sobresaliente. La institución ha revisado al alza su previsión de crecimiento para la región en 2011, situándola por encima del 5%. La de América del Sur podría alcanzar el 6% y tan sólo será superada por Asia emergente, que se espera que crezca por encima del 8%. Además, el acelerón latinoamericano tiene especial mérito si se tiene en cuenta que el FMI prevé una ralentización del crecimiento en varios países avanzados debido al agotamiento de los programas de estímulo fiscal, lo que sugiere que la demanda interna en la región empieza a ganar fuerza.

Descendiendo al plano nacional, llama especialmente la atención el dinamismo de países grandes como Brasil y Argentina (que en 2010 crecieron un 7,5%) y México (que lo hizo un 5%). Pero estos no son los más sobresalientes. Paraguay, Uruguay y Perú superan el 8%, y Chile y Colombia se sitúan en torno al 5%. Sólo decrecen Venezuela y Haití, el primero por las salidas de capital y los estrangulamientos derivados de la falta de inversión en su sistema productivo, especialmente notables en el sector petrolero, y el segundo por las terribles secuelas del terremoto de principios de 2010. Por último, las perspectivas para México, los países de América Central y el Caribe son, en general, menos optimistas que las sudamericanas. Los datos del crecimiento se completan con tensiones inflacionistas, déficit por cuenta corriente crecientes aunque todavía pequeños (cuya contrapartida son las crecientes entradas de capitales) y una reducción de las tasas de desempleo.

En este contexto general es posible hablar a grandes trazos de dos realidades económicas bien diferenciadas en la región, de dos Américas Latinas, una al sur y otra al norte. La primera, encabezada por Brasil y que incluye a Mercosur y sus vecinos exportadores de materias primas, tiene ante sí un porvenir que se anticipa más próspero que la de los países del norte, con México a la cabeza. Pese a ello, en cada uno de estos bloques también se perciben diferencias nacionales bastante considerables.

La existencia de estas dos realidades diferentes responde tanto a su modelo de crecimiento como a su estrategia de inserción internacional. Mientras que México y los países centroamericanos y caribeños tienen como destino principal de sus exportaciones a EEUU, son más dependientes de las remesas y producen bienes industriales que compiten directamente con los productos asiáticos (que son mucho más competitivos), los del sur exportan productos primarios (fundamentalmente a Asia), lo que los convierte en economías complementarias de China y sus vecinos y no en competencia directa.

Si a esto se añade que el crecimiento económico potencial en EEUU tenderá a ser lento –tanto por el alto endeudamiento y la sobreinversión como por el envejecimiento de su población– mientras que las economías emergentes asiáticas deberían continuar creciendo a tasas cercanas a los dos dígitos –al menos durante la próxima década–, los países del sur –tanto los de Mercosur como algunos países andinos, especialmente los de la cuenca del Pacífico– tienen mejores perspectivas económicas que México y América Central. Su relación real de intercambio continuará mejorando por el previsible aumento de precio de las commodities, mientras que la de los exportadores de “maquila” del norte no hará más que empeorar por la fuerte competencia asiática, especialmente en el mercado estadounidense.

Pero en este contexto de diferenciación norte- sur también existen diferencias dentro del sur. Mientras que algunos países están aprovechando este boom exportador para diversificar su estructura productiva, promover algunas industrias estratégicas e intentar generar un crecimiento cada vez menos dependiente de las exportaciones de materias primas, otros se están comportando como cigarras, sin aprovechar la buena coyuntura para consolidar este incipiente nuevo modelo de crecimiento a través de la diversificación productiva.

Esta dicotomía regional ilustra cómo el principal reto económico para la región en la próxima década, además de seguir avanzando en la reducción de las desigualdades y el aumento de la cohesión social, es rediseñar su modelo de inserción internacional, que durante décadas le venía impuesto desde fuera, desde los países avanzados. Ante este reto encontramos diferentes tipos de respuestas que condicionan ampliamente las políticas públicas desarrolladas por los gobiernos. Por un lado, encontramos respuestas altamente ideologizadas que insisten en una presencia decisiva del sector estatal en la gestión de la economía y, por el otro, propuestas mucho más pragmáticas que intentan compatibilizar estado y mercado en dosis más o menos armónicas.

Sin embargo, a corto plazo, y muy especialmente durante el año 2011, los dos retos a los que América Latina tiene que hacer frente son la guerra de divisas y el continuado crecimiento de los precios de las commodities, que es un arma de doble filo. Si no se gestionan bien, ambos fenómenos podrían terminar disparando la inflación, que en algunos países –como Argentina y Venezuela– podrían tener un crecimiento superior al 20% en este año, apreciando los tipos de cambio, poniendo en riesgo el crecimiento, la creación de empleo y la redistribución. Veamos por qué.

No es casual que el primero en hablar explícitamente de guerra de divisas haya sido el ministro de Finanzas de Brasil durante los últimos meses de la presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva. Tanto el gigante latinoamericano como sus vecinos de la región (y también las economías emergentes asiáticas), están siendo víctimas –vía apreciación de sus monedas– del conflicto por los tipos de cambio que tiene como protagonistas a EEUU y China. Aunque la reunión del G-20 celebrada en Seúl en noviembre de 2010 alertó del riesgo de que las devaluaciones competitivas lleven a un creciente proteccionismo, no se logró llegar a un acuerdo entre las partes. Por lo tanto, los países de América Latina tendrán que buscar soluciones por su cuenta y, dada la falta de coordinación mencionada más arriba, tendrán que hacerlo de forma individualizada.

La región está siendo víctima de la política monetaria seguida por la Reserva Federal de EEUU y de la propia asimetría de la recuperación mundial. Como el crecimiento es mucho más rápido en América Latina que en los países desarrollados, se están produciendo importantes flujos de capital hacia la región. China es capaz de evitar que estos flujos de capital le causen demasiados problemas internos en forma de inflación porque mantiene fuertes controles de capital y además no permite que su moneda se aprecie. Pero si EEUU, Japón y el Reino Unido continúan aumentando la liquidez para estimular sus economías, dichos flujos se incrementarían. Esto perjudicará principalmente a aquellos países de América Latina que no tienen controles de capital y dejan que sus monedas fluctúen libremente.

Por una parte, las entradas de capital están ejerciendo una fuerte presión al alza sobre sus tipos de cambio, lo que afecta negativamente a sus exportaciones y puede llevarlos a tener mayores déficit por cuenta corriente. Por otra, aceleran la inflación y pueden dar lugar a burbujas en los mercados de activos que, en caso de un cambio de expectativas y una reversión de los flujos de capital, pueden dar lugar a crisis financieras como las que ya sufrieron en los años 90.

En este contexto, los países están optando por intervenir directamente para depreciar sus monedas o imponer controles para limitar las entradas de capital (Brasil ha elevado del 2% al 4% el impuesto sobre las entradas de capital no productivo y la mayoría de los bancos centrales están haciendo intervenciones esporádicas directas en el mercado cambiario). De hecho, el propio FMI, que tan crítico fue con los controles de capital en las últimas décadas, parece bendecir ahora estas prácticas como medida preventiva contra el recalentamiento de sus economías. Pero si estos controles se generalizan se produciría un proceso de desglobalización financiera con consecuencias negativas para el mundo emergente a largo plazo.

En definitiva, como América Latina está recibiendo sin culpa alguna las externalidades negativas de las políticas de China y EEUU, se justifica que imponga impuestos y controles a las entradas de capital. Sin embargo, sería preferible que no tuvieran que hacerlo. Ello requeriría una solución coordinada a nivel internacional para reevaluar el yuan y reducir el déficit por cuenta corriente estadounidense. Pero mientras esa solución no se alcance, los países de América Latina deberán continuar con intervenciones selectivas y políticas contracíclicas para evitar que sus economías se calienten demasiado.

El otro quebradero de cabeza para las autoridades latinoamericanas es cómo gestionar el nuevo boom de las commodities, que son una oportunidad (con importantes riesgos asociados) para los países exportadores y un grave problema para los países importadores, especialmente los más pobres. El nuevo ciclo alcista de precios recuerda peligrosamente al que la economía mundial experimentó a mediados de 2008. Entonces, el precio del petróleo (que alcanzó los 147 dólares por barril) y la crisis alimentaria causaron estragos. En los países ricos la inflación se descontroló. En los países pobres con grandes aglomeraciones urbanas se produjeron revueltas y saqueos y, según el Banco Mundial, más de 100 millones de personas cayeron por debajo de la línea de la pobreza.

Para América Latina aquel boom generó sentimientos encontrados. Los grandes exportadores sudamericanos experimentaron ganancias y una sustancial mejora en la relación real de intercambio, pero también se produjeron problemas por el aumento de precios internos que llevaron al establecimiento de impuestos a la exportación. En los países importadores de alimentos de América Central el alza de los precios de los alimentos causó graves problemas sociales.

Según el índice de commodities que elabora The Economist, salvo para el petróleo, a finales de 2010 los precios ya estaban en los máximos de 2008. Como, además, es muy posible que continúen creciendo porque todavía nos encontramos al principio de la recuperación económica global, el reto para América Latina es aprender de los errores del último boom para sacar el máximo provecho de su capacidad exportadora. Ello exige un buen diagnóstico de la situación macroeconómica y una respuesta rápida para hacer frente a los efectos socioeconómicos adversos que los altos precios puedan suponer para las poblaciones más vulnerables.

Desde el punto de vista macroeconómico, la subida de precios parece tener varias causas. La primera es el fuerte crecimiento en los países emergentes, que demandan todo tipo de commodities. La segunda es que la enorme laxitud de la política monetaria de los países avanzados (y muy especialmente de EEUU) parece haber alimentado la especulación en estos mercados; es decir, ha llevado a un aumento de las posiciones largas de inversores que utilizan los mercados de petróleo, materias primas y alimentos como un activo más. En tercer lugar, el propio aumento del precio del petróleo supone un incremento de costes para la producción de las materias primas y los alimentos vía coste de transporte y fertilizantes. Por último, en el caso de los alimentos, ha habido malas cosechas en algunos países exportadores (sobre todo en los países de la antigua Unión Soviética), lo que ha reducido la oferta en un momento de creciente demanda. Como ninguno de estos factores va a cambiar a corto plazo, es previsible que los precios sigan subiendo.

En este contexto, los países exportadores de América Latina tendrían que evitar que continúe la apreciación de sus monedas, cuyas causas han sido señaladas arriba, que podría reducir la competitividad precio de sus exportaciones, así como hacer lo posible por mitigar la inflación (sobre todo en productos básicos como alimentos y energía), que también reduce su competitividad y puede generar problemas sociales. Para ello tendrán que capital y sería deseable que llevaran a cabo una política fiscal, algo que Brasil ya ha anunciado. Otra alternativa sería utilizar el modelo chileno para crear un fondo con los ingresos extraordinarios provenientes de las exportaciones para utilizarlo cuando el actual ciclo de crecimiento de los precios termine. Esto no será sencillo políticamente, porque las demandas de gasto social en la región son enormes. Sin embargo, dado que la mayoría de los países está creciendo a gran velocidad y ya se vislumbran ciertos riesgos de recalentamiento de sus economías, es posible que las autoridades, que en la mayoría de los países tienen una elevada legitimidad, puedan explicar a la ciudadanía la necesidad de esta nueva estrategia. Por último, en los casos en los que se produzcan problemas sociales por la subida del precio de los alimentos (o de la energía como en el reciente caso de Bolivia), habrá que utilizar los superávit fiscales acumulados para apoyar a la población.

Gracias a este marco de bonanza económica, las expectativas políticas latinoamericanas para 2011 están marcadas, en general, por la continuidad. Esto no significa que en las diversas elecciones que se celebren este año las opciones oficialistas triunfen necesariamente, pero que la defensa de la gestión gubernamental viene facilitada por los buenos datos que proporciona la economía. Sin embargo, en algunos casos, la inflación y el aumento en los precios de los productos básicos de consumo está generando algunas protestas importantes que provocan bajadas en los porcentajes de aprobación y popularidad de los presidentes regionales.

Otro tema que estará, y que ya está, muy presente en la agenda política y electoral de la mayor parte de los países de la región es el de la seguridad ciudadana. Los altos niveles de violencia en algunos países (Venezuela, El Salvador, Guatemala y México, entre otros), asociados en numerosas ocasiones al narcotráfico y a su combate, preocupan cada vez más a la ciudadanía, como muestran repetidamente, año tras año, los resultados del Latinobarómetro.

Desde una perspectiva electoral, el año 2011 está situado en el centro de un intenso período de elecciones, 2009-2012, en el cual todos los países de la región –salvo Paraguay, que lo hará en 2013– habrán elegido o reelegido a sus presidentes, tal como recordaba recientemente Daniel Zovatto. En 2011 hay elecciones presidenciales en cinco países de América Latina: Haití, Perú, Guatemala, Argentina y Nicaragua. Como muestra de una tendencia que se ha consolidado en la región, junto a la posibilidad de la reelección vigente en la mayor parte de los países latinoamericanos, todos estos comicios se celebran a doble vuelta en el supuesto de que en la primera ningún candidato obtenga la mayoría absoluta o una mayoría cualificada, que varía de país a país. Así, por ejemplo, Nicaragua y Argentina son de los países que ponen el listón más bajo para evitar la segunda vuelta. En Nicaragua basta para ganar obtener al menos el 40% de los votos válidos, salvo aquellos casos en los que habiendo obtenido un mínimo del 35% de la votación, supere al siguiente en un 5% de diferencia con respecto al segundo candidato más votado. En Argentina, el mínimo para ganar es del 45% o una votación superior al 40% con una diferencia de al menos un 10% respecto al segundo. Por el contrario, en Haití, Guatemala y Perú se exige obtener más del 50% de los votos válidos para evitar la segunda vuelta.

Tanto en 2011, como en los años anteriores o incluso en 2012, cuando se celebren elecciones en Venezuela, una de las preguntas clave en torno a las consultas electorales es la de continuidad o alternancia. Desde esta perspectiva, la región ha proporcionado resultados para todos los gustos, como la alternancia producida en Chile, la continuidad brasileña o la alternancia dentro de la continuidad en Colombia. En 2011, y dentro de la incertidumbre que rodea a los procesos electorales,continuar utilizando los controles de se pueden elaborar una serie de consideraciones, teniendo en cuenta que las elecciones de Guatemala, Argentina y Nicaragua se celebrarán en el último trimestre del año en curso. Esto implica un largo período hasta la celebración de los comicios, con candidaturas no definidas, lo que puede provocar bastantes sorpresas.

En el primer semestre sólo Haití y Perú celebrarán sus elecciones. El 20 de marzo Haití habrá elegido su presidente entre dos candidatos de la oposición, Mirlande Manigat (la ganadora indiscutida de la primera vuelta) y el cantante de música “pop” Michel Martelly. A esta situación se llegó después de que el Consejo Electoral haitiano hubiera eliminado de la confrontación a Jude Célestin, el candidato del presidente René Préval, tras la comprobación de fraudes a su favor. En Perú habrá alternancia ya que por un lado está prohibida la reelección en dos mandatos consecutivos, aunque no alternos, y, por el otro, el APRA actualmente gobernante finalmente no presenta ningún candidato propio. Las encuestas favorecen al ex presidente Alejandro Toledo, que expresa otra tendencia dominante en la región: la dificultad de los ex presidentes de alejarse de la vida política activa, especialmente si pueden presentarse a la reelección.

En las tres elecciones restantes, la reelección puede estar en juego en Argentina y Nicaragua. Para ello es preciso previamente despejar algunas incertidumbres: en Argentina, que finalmente la actual presidente, Cristina Fernández de Kirchner, decida presentarse como candidata; y en Nicaragua, que la justicia del país admita la muy protestada legalidad de la reelección de Daniel Ortega. En Guatemala, donde no es posible la reelección consecutiva, la gran duda es si Sandra Torres, la esposa del actual presidente Álvaro Colom, concurrirá como candidata. De hacerlo, ampliará otra tendencia regional en auge, la política matrimonial, de gran impacto en países como Argentina y Nicaragua.

En esta edición del anuario Iberoamericano se incluyen dos artículos que abordan temas económicos. En el primero, Claudio Loser analiza las perspectivas económicas para la región en el horizonte 2040. Para ello traza un recorrido histórico que arranca a principios del siglo XX y realiza un diagnóstico futuro en función de las fortalezas y debilidades de los principales países. Su análisis pone de manifiesto que la actual bonanza económica no garantiza su convergencia a largo plazo con los países ricos Señala el buen gobierno, la visión compartida del crecimiento, la inclusión social, el aumento de la competitividad y una mayor competencia y apertura como los factores clave para asegurar un aumento sostenido del bienestar material y la cohesión social. Sin estos ingredientes la región podría volver a desaprovechar la gran oportunidad de crecimiento que hoy tiene ante sí.

En el otro capítulo económico, Alfredo Arahuetes pasa revista a las inversiones españolas en América Latina, haciendo un recorrido desde los años 90 hasta la actualidad. Resulta especialmente revelador como, tras el boom inversor de mediados de los años 90 y el parón posterior, las empresas españolas, que ya tenían una presencia significativa en la región, han reforzado sus posiciones en los últimos años en los sectores y países que ofrecen mejores perspectivas de crecimiento, sobre todo Brasil y México, pero también los países pequeños más dinámicos. Del capítulo se desprende que la apuesta empresarial de las empresas españolas en América Latina tiene una clara vocación de permanencia.

Estos capítulos se completan con otros tres de Carlos Huneeus, Patricia Villarruel y Carlos Malamud. El de Carlos Huneeus se centra en el análisis de lo que supuso para Chile el primer año de gobierno de Sebastián, tras la derrota de la Concertación en las últimas elecciones presidenciales celebradas en el país y que supusieron un cambio profundo en la orientación gubernamental por primera vez en 20 años. El inicio del gobierno de Piñera, marcado por los devastadores efectos del terremoto que sacudió a Chile en marzo de 2010, no fue sencillo. A la falta de experiencia de gobierno de los partidos de la derecha y a los problemas de coordinación entre ellos hubo que sumar el especial estilo de liderazgo del presidente, muchas veces mucho más cercano a su pasado empresarial que a la gestión política. El artículo también analiza las dificultades a las que se enfrentan los partidos de la Concertación, hoy en la oposición, en su deseo de recuperar el gobierno.

El trabajo de Patricia Villarruel se centra en el estado de los diversos medios de comunicación (prensa escrita, radio, televisión e Internet) dirigidos a las colonias latinoamericanas en España y su adaptación a un medio cada vez más difícil después de los duros efectos de la crisis económica comenzada en 2008. La crisis no sólo afectó a los medios de comunicación en general, sino también a los inmigrantes. Este doble efecto se hizo notar de una forma peculiar en estos medios especializados, con un público muy concreto. El resultado fue la desaparición de muchos considerados tradicionales o clásicos y la adaptación de otros tantos. En este sentido, es probable que la crisis tenga efectos positivos sobre el sector al haberse mantenido los más fuertes.

Por último, el artículo de Carlos Malamud presenta un detallado análisis de la celebración de los bicentenarios de las independencias latinoamericanos por parte de aquellos países que recordaron esas fechas en 2009 y 2010. En este trabajo se pone de manifiesto el bajo perfil de las celebraciones, que en ningún momento lograron una coordinación regional de las mismas. El nacionalismo que tradicionalmente ha estado vinculado al recuerdo de las independencias como un momento fundacional en la gesta de las identidades nacionales latinoamericanas fue uno de los factores que impidió una celebración de alcance continental. Sin embargo, no fue el único. Hubo otros, como la improvisación o la falta de recursos, que también contaron. El Anuario se cierra con la habitual sección de Bicentenarios que repasa las celebraciones que tendrán lugar durante 2011.

 

1 Investigadores principales del Real Instituto Elcano.
2 Directora de Documentación de la Agencia EFE.