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Crímenes de Estado

Manuel Fraga y Montejurra 1976, más de 35 años de lucha

Aquel 9 de mayo se vivió una actuación ultraderechista que, años después, muchos entendidos han calificado como "la primera acción de los GAL". Desde la indiferencia de los cuerpos de seguridad del Estado, hasta la reserva de las habitaciones en el hotel Irache, pagadas por el Gobierno Civil de Navarra, pasando por las armas empleadas, todo desprendía cierto olor a la participación del Gobierno. El resultado, dos muertos y el intento de acabar, de forma violenta, con un partido político.

Fermín Pérez-Nievas - Lunes, 16 de Enero de 2012 - Actualizado a las 10:59h

Montejurra 1976 Reproducir

Familiares de Aniano Jiménez y Ricardo García, asesinados en 1976, durante el homenaje recibido por el partido carlista en 2004.

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Como en Crónica de una muerte anunciada, todo en aquel Montejurra del 9 de mayo de 1976 invitaba a pensar que algo grave iba a suceder. Los numerosos llamamientos de los periódicos de derechas a "Reconquistar Montejurra" preparaban el terreno para que el Gobierno provisional, que ocupaba el poder tras la reciente muerte del dictador, dibujara una de las páginas más oscuras de la transición.

La espesa niebla que todo lo cubría y empapaba, en aquella fría mañana, se convertía en el aliado perfecto para la acción armada organizada por la ultraderecha española con la colaboración y beneplácito del ayer fallecido Manuel Fraga, el ministro de Gobernación por aquel entonces.

Desde tres semanas antes del 9 de mayo de 1976, varios periódicos llamaban a recuperar Montejurra

"Este año, el ambiente en torno a Montejurra estaba enrarecido y todos, más o menos, esperábamos o temíamos un enfrentamiento atizado no por los carlistas, sino por los intereses que nada tienen que ver con el carlismo. Estaba en el aire que iban a aprovechar Montejurra para una especie de pulso nacional que ha resultado irreparable y sangriento.

Lo advertimos en nuestro periódico, previendo unas consecuencias dolorosas", afirmaba Diario de Navarra el 11 de mayo de 1976. Desde tres semanas antes del 9 de mayo, en las páginas de El Alcázar y El Pensamiento Navarro se hacían reiterados llamamientos para recuperar Montejurra "para el tradicionalismo y el verdadero carlismo" y alejarlo de la "profanación marxista y separatista" que, a su juicio "había profanado el monte sagrado".

Sin mediar palabra, Marín se giró 45 grados y, sin pestañear, le diparó a Aniano en el vientre

Además el ministro español de Asuntos Exteriores, José María de Areilza, entregó un mensaje verbal al embajador de los Países Bajos en Madrid, para que comunicara al gobierno holandés que si Carlos Hugo y su mujer, la princesa, Irene (líderes entonces del Partido Carlista) asistían al acto de Montejurra, no respondían de su seguridad personal. Las pintadas, en Pamplona, de "Montejurra rojo, no" o "Moriréis, EKA", sin duda no eran buen presagio. DÍA 9 Hasta veinte habitaciones fueron reservadas y pagadas por el que era Gobierno Civil de Navarra, en el hotel Irache, donde se reunieron un complejo entramado de ultraderechistas compuesto por: militares descontentos por la reforma democrática, militantes de Fuerza Nueva y miembros de la autodenominada Comunión Tradicionalista, activistas violentos de la Triple A, Batallón Vasco Español, Guerrilleros de Cristo Rey, mercenarios argentinos, italianos y franceses y miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado que, por su ideología, no encajaban las reformas hacia las que caminaba el país. Semejante cóctel contaba además con la presencia del hermano de Carlos Hugo, Sixto, que abanderaba todo el entramado que se había gestado para la Reconquista de Montejurra.

A los sones de tambores y cornetas, y con uniformes, alrededor de 250 hombres marcharon en formación militar desde el hotel en dirección al Monasterio de Irache, desde donde partía el Vía Crucis que, tradicionalmente, recorría Montejurra en dirección a la cima. Entre ellos algunos hombres que, lamentablemente, años más tarde, serían célebres. Muchos de ellos portaban no sólo unas porras amarillas que les habían proporcionado los organizadores de la operación sino, varios de ellos, incluso pistolas. Al llegar a las inmediaciones del monasterio comenzaron a oírse gritos e insultos. Se oyó un silbato y dos columnas se abrieron en los laterales, al tiempo que las del centro arremetían.

Antonio María de Oriol llamó al general Campano para decirle que había sido un fracaso parcial

Las piedras volaban y las agresiones cuerpo a cuerpo se produjeron en un primer ataque de los ultraderechistas que golpeaban con sus porras de hierro, de las que los carlistas se defendían con sus makilas.

Tras un primer envite se produce cierta calma, que precederá a la tempestad. El carlista Josep Aluja se encaró a un hombre vestido con una gabardina, una boina roja y las letras RS, como muchos agresores, en su brazo. Era José Luis Marín García Verde. El hombre de la gabardina le aseguró que venía a "limpiar Montejurra de comunistas", a la vez que extraía una pistola FN Browning, del 9 corto. A la izquierda de Aluja se destacó Aniano Jiménez Santos, militante carlista de Santander que le gritó "cobarde".

Sin mediar palabra, Marín se giró 45 grados y sin pestañear le disparó un tiro en el vientre. Aniano se dobló y cayó, siendo sujetado por Eustaquio Jáuregui, de Pamplona. Semiinconsciente, dijo que no podía dar su nombre porque estaba fichado por la policía por repartir propaganda. Le llevaron hasta la puerta del monasterio para su traslado. Tres días más tarde fallecería en el Hospital de Navarra. Ante la situación, varios carlistas sacaron de su Land Rover a los guardias civiles que, sin actuar, asistían desde el coche al enfrentamiento desde el principio.

Después de decir que no habían actuado porque "cumplían órdenes", se pusieron delante de los agresores con los brazos en alto y pidiendo calma, dando lugar a que éstos se dispersaran sin pedir identidades a ningún agresor, ni siquiera por portar armas, aunque sí lo hicieron a quienes les habían sacado del coche. Hacia la cumbre Tras los disturbios, el Vía Crucis se inició y se dirigió hacia la campa de Montejurra, donde se unió a todos los que subían a la misa en la cima. La incredulidad de quienes venían de sufrir las agresiones se llenó de indignación, cuando al comienzo del ascenso había más de cien policías nacionales con cascos, escudos y toda la parafernalia antidisturbios.

Ni uno sólo se movió. A la comitiva se unió Carlos Hugo que siguió los pasos de su mujer la princesa Irene. Pese a las noticias que corrían de boca en boca, muchos en la subida ignoraban lo que había sucedido. En la cumbre, entre la niebla, un grupo de unos 20 hombres se habían hecho fuertes, después de haber pasado la noche. La Guardia Civil no sólo hizo caso omiso a dos jóvenes carlistas que lo denunciaron la noche anterior, sino que los mantuvo en la cárcel hasta que terminaron todos los sucesos.

Hacia las 11.00, Sixto había llegado ya a la cima y junto con José Arturo Márquez de Prado, mandaban un grupo de hombres armados con pistolas y con una ametralletadora que esperaban junto a la gruta, desde donde se domina todo el ascenso. Cuando los primeros carlistas llegaron a 50 metros de la ermita increparon a Sixto que se disponía a dirigir unas palabras. Entonces Márquez de Prado, empuñando una pistola ordenó, "¡haced fuego raso!".

Primero se oyó una ráfaga del arma automática, seguida de disparos sueltos, y una nueva ráfaga. Entre la muchedumbre, a apenas 100 metros de la gruta del cristo negro, alguien gritó, "¡un médico, por favor, un médico¡".

Un joven sostenía entre sus brazos a un muchacho pálido. Pese a que le practicaron la respiración artificial no se pudo hacer nada.

Ricardo García Pellejero, obrero de Estella de 20 años, descendió ya cadáver de Montejurra, con un disparo en el costado y otro en el corazón. Después de los gritos y el alboroto, varios carlistas decidieron subir a la cumbre pero ya no había nadie. Encontraron diversa munición de la pirotecnia militar de Sevilla y algunos alimentos abandonados. El resto de carlistas, que en número de 25.000 acudieron ese día a Montejurra, celebraron una misa en la décima cruz.

El presidente del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol, acudió al hostal Irache para telefonear al general Campano, director general de la Guardia Civil, y decirle que la operación ha sido un fracaso total y que lo conveniente es que Sixto desaparezca.

Las consecuencias

A raíz de los incidentes, Sixto de Borbón fue expulsado de España,[4] sin que se le tomase declaración judicial. Con posterioridad y a requerimiento de terceros y de la acusación gestionada por el Partido Carlista, fueron detenidas varias personas acusadas de homicidio. La investigación terminó en el Tribunal de Orden Público, cuyo juez la cerró el 4 de enero de 1977 con el procesamiento de tres personas: José Luis Marín García-Verde, como responsable de los asesinatos, Arturo Márquez de Prado y Francisco Carrera, como dirigentes de la acción violenta. Los abogados de la acusación no lograron que testificara Manuel Fraga, ministro de la Gobernación y que el día de los sucesos se encontraba en viaje oficial a Venezuela (tras su vuelta, manifestaría que los incidentes no habían sido más que una «pelea entre hermanos»). Sin embargo, a estos crímenes les fue aplicada la Ley de Amnistía de 1977, y los acusados, sin haber sido juzgados, fueron liberados, al quedar extinguida su responsabilidad penal. En sentencia de la Audiencia Nacional de 5 de noviembre de 2003[6] se reconoció a los dos asesinados como "víctimas del terrorismo", remitiéndose a la Sentencia dictada por el Tribunal Supremo de 3 de julio de 1978, siéndole entregada a una de sus viudas la "Medalla de Oro" de Navarra.
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