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Las guerras civiles son particularmente cruentas, hermano contra hermano, fiebres y pasiones desbordadas, de masacres, atrocidades y violaciones inimaginables, producto de desenfrenados fanatismos religiosos, étnicos, ideológicos, ambiciones de poder, entre muchas índoles a través de la historia.

Dejan profundas heridas que hasta al tiempo, la mejor medicina, le cuesta curar en un lento y complejo proceso sanador; causan cicatrices fáciles de reabrir y provocar estallidos más dañinos que los anteriores. Difíciles de curar por la proximidad de los adversarios después de lograr acuerdos.

La Guerra Civil de Estados Unidos causó aproximadamente 620,000 muertos, el 10% de hombres entre las edades de 20 a 45 años murió en el norte, el 30% de hombres blancos entre las edades de 18 a 40 años murió en el sur, más americanos murieron en esta guerra que en todas las guerras en las que Estados Unidos ha sido partícipe, desde la guerra de independencia hasta Vietnam incluido. La guerra en Ruanda, África, entre tutsis y hutus, provocó la muerte de aproximadamente 800,000 víctimas (el verdadero número nunca se sabrá), lo que equivale al 11% de la población, y al 80% de los tutsis que vivían en el país. La Guerra Civil española provocó la muerte de 6,832 religiosos: 13 obispos, 4,184 sacerdotes, 2,365 religiosos, 283 religiosas (Fuente: Montero Moreno), una guerra tan violenta que no se ha podido determinar el verdadero número de muertos entre la población general.

Todos los intentos de esclarecer los hechos con intención de penalizar a los culpables han sido bloqueados, hasta el punto de acusar, en eventos recientes, al juez Baltasar Garzón, personaje de mucha reputación, de prevaricato. Razón tienen, la posibilidad de otro estallido, peor y más dañino, es el omnipresente fantasma de esta y toda guerra civil.

Como estas tantas otras, la capacidad del ser humano para inventarse razones para matarse los unos a los otros es inagotable. En nuestro querido El Salvador, nuestra reciente guerra civil no es diferente a las otras: las mismas nefastas características. Un capítulo de nuestra historia que de heroico no tiene nada, un bando luchó por proteger sus privilegios y prerrogativas; de haber ganado este bando se hubiera perpetuado el triste y lamentable sistema oligárquico militar, con poca esperanza de cambiar ¿y el otro bando? Este luchó por adquirir dichos privilegios y prerrogativas a través de la imposición de un sistema represivo, de foráneas ideologías, de teologías condenadas por el propio Santo Padre, totalmente ajeno a nuestro carácter nacional; de haber ganado este bando estaríamos todos vistiendo verde olivo, sumidos en la peor lipidia, sin Dios y con la esperanza muerta. Suerte tuvo el tercer bando, el bando del que muy pocos hablan, aquella mayoría silenciosa, las verdaderas víctimas de aquella minoría que escogió la boca del fusil como instrumento de “diálogo”, de que ningún bando ganó, dejando así la puerta abierta a la esperanza para la verdadera prosperidad de nuestro pueblo. Ciertamente, como generación, estamos en deuda con nuestros hijos y nuestros nietos, los legados de nuestro testamento son muy pobres, son semillas sembradas, débiles germinaciones y brotes, todo en necesidad de mucho cuido para dar el buen fruto, pero algo es algo. Bien haríamos todos, ahora canos, calvos o pintados, en dedicarnos de lleno a dicho cuido, en volvernos partícipes activos en las soluciones que necesita el país, y no en seguir siendo el problema; de otra manera bien haría nuestra juventud en mandarnos a asilos, monasterios o cuarteles abandonados, según su vocación. Aprendamos de los españoles y de los gringos “leave well enough alone”.