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PRISIÓN Y FUSILAMIENTO DE AGUALONGO Destacado

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Agualongo tuvo que replegarse con su gente hasta el sector del Castigo, tras su retirada iba un contingente de Mosquera que sacrificaba a cuantas personas encontraba en su camino como represalia por no haber hostigado oportunamente a las tropas del caudillo pastuso. El 24 de junio el derrotado líder llegó al pueblo del Castigo, siendo sorprendido al siguiente día por José María Obando y su gente. “Con él –dice Obando- hice prisioneros al Coronel Enríquez, a un comandante, un abanderado, otros oficiales y más de ciento de tropas. Indulté y puse en libertad a los subalternos y a las tropas; conservé solamente a los cuatro primeros por su categoría, y yo mismo los conduje hasta ponerlos en Popayán a disposición del comandante General José María Ortega, que haciéndolos juzgar por el decreto contra conspiradores, los fusiló en la plaza de Popayán.”

“Hice los mayores esfuerzos porque fueran también indultados, por el respeto e interés que inspiraba un guerrero valiente y generoso, cuyas hazañas y moderación había presenciado yo en aquella larga y obstinada guerra. Todo es relativo en este mundo, y Agualongo había sido demasiado grande en su teatro, tanto por su valor y constancia, como por la humanidad que había desplegado en competencia de tantas atrocidades ejercidas contra ellos. Yo pude haber manchado mis manos con la sangre de aquellos desgraciados en un tiempo en que era mayor el lucimiento cuanto era mayor la matanza; pero no quise igualarme a los barbaros que hasta hoy se jactan de haber bebido el hombre rendido.

 

Es indudable que la derrota de Agualongo se dio entre otras consideraciones el no estar dentro de un terreno conocido por el y su gente, tal como si lo era el de su nativo Pasto y sus alrededores. El pie de monte costero es una región que se diferencia notablemente con la sierra ya sea por su gente, el clima, las plagas propias del trópico, lo inhóspito, y en fin toda una serie de circunstancia que para éste y su tropa le fueron totalmente adversas. 

 

Al ser cogido prisionero Agualongo por Obando, su antiguo compañero de armas en el ejército del rey, le pidió dejar en libertad a sus compañeros de lucha, que como bien lo confiesa Obando así se hizo en cuanto al personal de tropa, no así con los tres más allegados como eran Enríquez, Terán e Insuasti. Desde El Castigo marchó el líder pastuso camino a Popayán según lo habían dispuesto las autoridades que ya tenían conocimiento de la gran noticia de su captura. Juan José Flores, Gobernador de Pasto, consideró que los prisioneros y en especial Agualongo deberían ser llevados y juzgados en Pasto para escarmiento de la población. El intendente de Popayán José María Ortega no lo aceptó, negando dicha pretensión y en tal razón Obando continuó con los prisioneros a esa ciudad por el sector de El Trapiche, hoy ciudad Bolívar en el departamento del Cauca.

 

Al llegar Obando a Timbio, en la tarde del miércoles 7 de julio de 1824, dejó a Agualongo y sus compañeros de lucha bajo la custodia del Capitán republicano Manuel María Córdoba y se adelantó para presentarse ante las autoridades en Popayán con objeto de confirmar la certeza del acontecimiento. Al día siguiente, 8 de julio a las doce del día, la gente de Popayán observaba el ingreso de la comisión con Agualongo y sus compañeros presos. Causó gran admiración para quienes no conocían al caudillo pastuso su pequeña estatura, ante lo cual según narra el Coronel Jhon Potter Hamiltón cuando alguien exclamo entre el publico: “Es aquel hombre tan bajito y tan feo el nos ha tenido en alarma tanto tiempo?. ¡Si, contestó Agualongo, taladrándolo con la mirada feroz de sus grandes ojos negros. Dentro de este cuerpo tan pequeño se alberga el corazón de un gigante”, y agrega el Hamilton: que cuando entró Agualongo a Popayán “no había sanado aún de la herida que le fue hecha en una pierna durante el ataque que se acababa de narrar”, hace referencia al de Barbacoas

 

Por la importancia de los prisioneros y en particular de Agualongo, se les condujo al cuartel que según se ha dicho se ubica donde hoy es el de la Policía Nacional. En la reclusión de su celda recibió la visita de muchos personajes de la ciudad, entre otros del Obispo Salvador Jiménez de Enciso con quien tuvo seguramente una amplio y sincero dialogo respecto a varias facetas de la vida del mitrado en Pasto, tal es caso de su cobarde huida a Ipiales cuando Bolívar avanzaba para dar la Batalla de Bomboná o la actitud claudicante del Obispo al capitular ante Bolívar, a quien protegió bajo el Palio para su ingreso a Pasto, temeroso de la reacción de la gente por las fanáticas predicas que el Obispo había hecho en su contra; amen de la solicitud de pasaporte para marchar a España, hechos que justifican la imagen descrita por Bolívar de Jiménez de Enciso, cuando le dice a Perú de La Croix : “(El Obispo Jiménez de Enciso) …es el criminal autor de toda la sangre que ha corrido en Pasto y en el Cauca, es un hombre abominable y un indigno ministro de una religión de paz; la humanidad debe proscribirlo…es hipócrita y sin fe…”  

 

Jiménez de Enciso al igual que lo hicieron varias personalidades de Popayán pretendieron que Agualongo renunciase a su lucha a favor del rey y sus instituciones, sin lograr que éste claudique a sus principios. El no creía en nada de las aduladoras palabras o propuestas que le hacían para que se pase con todos los honores a servir a Colombia. El recuerdo de tanta traición, de tanto incumplimiento para con la gente de Pasto por parte de los republicanos y más aún el trato criminal dado contra su pueblo, obligaba a Agualongo a no confiar en nada ni en nadie de los republicanos, peor en el Obispo Jiménez de Enciso a quien consideraba un traidor, oportunista y manipulador de conciencias, no en vano recordaba como prohibía y castigaba con la excomunión a quien brinde o preste ayuda a los republicanos, pero cuando salvaguardó sus intereses y los de su clase ante Bolívar no tuvo inconveniente alguno para respaldarlo, desconociendo una de sus tantas y fanáticas predicas donde decía: “Un obispo debe ser modelo de fidelidad para con sus soberanos y de tal suerte, que él debe estar pronto a padecer mil muertes, ante que faltar a las obligaciones que tiene contraídas con su Dios y el Rey”. 

 

El juicio fue demasiado acelerado, tres días, del 9 al 12 de julio sin que exista expediente alguno donde poder documentarse para saber que clase de sindicaciones se le hizo y cuales fueron sus respuestas. El 12 entró en capilla, la sentencia era inexorable, sería fusilado en compañía de sus tres amigos de lucha: Joaquín Enríquez, Manuel Insuasti y Francisco Terán. El intendente José María Ortega, responsable de la orden para ejecutar la sentencia de muerte le dijo aquel martes 13 de julio de 1824, que expresase cual sería su última voluntad, a lo cual Agualongo respondió con firmeza que quería vestir su uniforme militar de Teniente Coronel que solamente lo usaba en grandes y especiales ceremonias. Su voluntad fue aceptada. Frente al pelotón de fusilamiento se le pidió que renuncie a sus ideas, a defender al monarca español y jurara a favor de la república. De manera categórica exclamó: “si tuviera veinte vidas, estaría dispuesto a inmolarlas por mi religión y por el rey de España”. No era terquedad ni menos obcecación insulsa, era el grito rebelde de quien había visto destruir su pueblo y su gente a manos de los republicanos que ahora lo iban a ejecutar, no les creía ni tenía la más mínima confianza en sus ofrecimientos, que además nunca los consideró. Se sentó serenamente en el banquillo, y cuando el verdugo se acercó para vendar sus ojos no lo admitió y dijo con sonora y firme voz: “¡No quiero que me vende los ojos porque quiero morir cara al sol, mirando la muerte de frente, sin pestañear y firme como mi suelo y estirpe!” Quería morir mirando hasta el último instante de su vida a sus verdugos y enemigos de su pueblo. El oficial responsable de la ejecución, hizo la señal levantando su espada, dio la orden de fuego, Agualongo los miró fijamente, y en el momento del disparo gritó con altivez: ¡Viva el Rey!. Los disparos hicieron blanco sobre su cuerpo, cayó pesadamente sin que se escuche quejido alguno. El Bravo de los Andes, el aguerrido guerrillero del sur, el insobornable Teniente Coronel Agustín Agualongo había muerto fusilado, acribillado por los republicanos que no pudieron convencerlo ni halagarlo con prebendas para que pase a sus filas. Murió dando ejemplo de valor y orgullo por sus principios e ideales de libertad, autonomía y defensa de su pueblo que violenta y criminalmente había sido tratado por tomar la actitud de defensa para evitar su total aniquilamiento como en efecto así se hizo con la anuencia de su gente. Hoy Pasto y su gente aun conviven y se levantan orgullosos de su pasado y prestos a buscar un porvenir de progreso y desarrollo.

 

Un año después del fusilamiento de Agustín Agualongo en Popayán, el libertador Simón Bolívar le decía a Santander desde Potosi en Bolivia, el 21 de octubre de 1825: “Los pastusos deben ser aniquilados, y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando aquel país a una colonia militar. De otro modo Colombia se acordará de los pastusos cuando haya el menor alboroto o embarazo, aún cuando sea de aquí a cien años, porque jamás se olvidarán de nuestros estragos…”  

 

Juan José Flores no quedó nada satisfecho con la muerte de Agustín Agualongo en Popayán, vivía por siempre recordando su derrota a palos y consideraba que su venganza hubiese sido el fusilamiento de Agualongo en Pasto con todos sus acompañantes, para que se tenga escarmiento, temor ante su autoridad, razón por la cual soberbiamente se ensaña con la población de Pasto y escoge a Estanislao Merchancano, cuya libertad había solicitado de manera expresa Agualongo a Obando cuando cayó prisionero en El Castigo, para continuar con su tarea de pacificar a Pasto. José María Obando en sus “Apuntamientos para la Historia”, hace la siguiente narración al respecto: ““A propósito de asesinatos, no se debe omitir un hecho que tuvo lugar en aquel tiempo. El generoso Agualongo, cuando yo le conducía para Popayán, acordándose más de sus amigos que de sí mismo, me suplicó en el transito un indulto para su segundo, el coronel Estanislao Merchancano, que vagaba por el pueblo de la Cruz, y yo le concedí fundamento en mis instrucciones. Agualongo le escribió acompañándole aquel documento, y le aconsejó que no hiciese uso de él yéndose a Pasto, sino viniéndose a Popayán, en donde le creía más seguro. Merchancano se acogió al indulto, pero su familia estaba en Pasto, y por este aliciente hizo lo contrario de lo que su amigo le aconsejaba: fuese a Pasto, Merchancano se acogió al indulto, pero su familia estaba en Pasto, y por este aliciente hizo lo contrario de lo que su amigo le aconsejaba: fuese a Pasto, donde el coronel Flores pareció acogerle con aquella benevolencia y dulzura de modales que le distinguen; se hacia visitar de él con frecuencia, le trataba con la más dulce familiaridad, le daba el titulo de compadre, y tomaban juntos el café. Una noche, que se había hecho durar la conversación hasta tarde, después del café de costumbre, se despedía Mercancano para recogerse en su casa; Flores manifestó temor de que le sucediese algo en el camino, le obligó a aceptar la compañía de un capitán Vela (español) que vivía en casa del mismo Flores, y se fueron juntos: al pasar por la plazuela de San Sebastian, Vela desenvainó su machete, cortó la cabeza a Merchancano y… asunto concluido”.

 

“La esposa de Merchancano viendo que eran las 11 de la noche y que no había ido su marido, salió cuidados para la casa de Flores en busca de él; pasando por la plazuela, tropezó contra un hombre que yacía tendido en el suelo; pidió en la vecindad una luz para reconocer, y… ¡era el cadáver de su esposo!. Los gritos de desesperación de esta infeliz madre de tantos hijos, y el consiguiente escándalo del vecindario obligaron a Flores a poner preso a Vela con grillos; luego, inexorable, le puso en capilla para fusilarle; pero luego, atento y compasivo le perdonó a instancias de las comunidades religiosas; y generoso y magnánimo le destinó a mandar tropas en cuyo servicio murió después. Algunos religiosos me han informado que Flores mismo les pidió que fuesen en comunidad a suplicarle que no fusilase a Vela asesino de Merchancano, y que Vela no fue castigado, sino antes bien, premiado con el mando de tropas.” 

 

De la responsabilidad respecto a este infame crimen de Merchancano por ordenes de Flores, leamos a continuación una escalofriante carta suscrita a Bartolomé Salóm: “Si usted-escribe Flores a Salóm- viera los ayes de Merchancano en cartas particulares a sus amigos, ser reiría usted a carcajadas. Pide misericordia, perdón, todo lo habla por amor de Dios: bien que el infeliz creía no poder escapárseme; pero se satisfizo de lo contrario, cuando vio maniobrar montañas a mis indios choperos. Yo le he indultado y mandado trer con el Padre Torres, PERO YO NO RESPONDO DE PILDORAS CORROSIVAS, EN ENMASCARADOS, PLEITOS NI DE INTRIGAS, QUE PUDIERAN QUITARLE LA VIDA…”.  Para desgracia de la memoria de Flores en Pasto, se cumplió con su propósito y he aquí, en la carta suscrita por el mismo, la responsabilidad de la muerte de Merchancano.

 

“Desaparecido Agualongo del teatro del mundo, -dice Obando- solo quedaron partidas aisladas de malhechores que con nuevos cabecillas asaltaban los caminos y las haciendas, y asesinaban transeúntes y vecinos descuidados; sin embargo, Flores tenía necesidad de hacer resonar en los ámbitos colombianos el ruido de nuevas y descomunales hazañas. Entonces aquellos pomposos y floreados partes de a los triunfos de Mapachico, Sucumbios, etc rivales en fama a los más notable de la revolución francesa, y en que por todo trofeo se tomaban prisioneros algunos sombreros de los forajidos que huían por los bosques, habiéndose hecho mover para estas fullerías tropas de refresco desde Quito”.

 

“Pero cuando no se derramaba la sangre humana en estas batallas imaginarias, se hacían matanzas frías de toda edad y sexo en el pueblo de Monte, en Cujacal, y en los alrededores de Pasto por el zambo Rafael Espejo, desertor de los facciosos, y acogido y premiado por Flores como instrumento de horror; en el Ingenio, en Cunchuy, en Pupiales, Catambuco y otros puntos por el facineroso Apolinar Morillo (puñal afilado de siniestros ambiciosos); por el comandante Juancito (Ingles) en la misma plaza de Pasto; y por esa turba de asesinos que talaban los campos y hacían gala de pasear el estandarte de la muerte de un ángulo a otro de aquella provincia, bajo la dirección de su digno jefe”.

 

Consideramos que lo descrito tan gráficamente por José María Obando en los anteriores segmentos de su obra “Apuntamientos para la historia”, nos ubica en el registro macabro de los acontecimientos que efectuara Juan José Flores y sus allegados cuando estuvo frente a la gobernación de Pasto en su carácter de “pacificador” por órdenes de Bolívar.

 

De las catorce parejas de destacadas personalidades de Pasto que por orden de Bolívar fueron sacrificados en los profundos abismos del rió Guaytara, el historiador ecuatoriano Roberto Andrade, en su Historia del Ecuador, responsabiliza a Flores de dichos asesinatos. “Muertes había entre las decretadas por Flores, cuya sola relación horripila. Ya sabemos que enviaba presos, fuera de Pasto, en numerosas partidas; un día mandó a varios a Quito, y algunos de estos iban destinados a morir en el camino: dos fueron regidores del Ayuntamiento de Pasto y se llamaban d. Pedro María de la Villota y d. Matías Ramos; en cierto sitio fueron atados, espalda con espalda, y así arrojados de una cumbre, para que de roca en roca, fueran al abismo a ensangrentar las aguas del Guaytara”.

 

Juan José Flores no estaba solo en su demencial actitud criminal contra la gente de Pasto, personajes como el General Hermogenes Masa, de ingrata recordación por los asesinatos en Tenerife donde quien pronunciara la palabra Francisco o Zaragoza con la letra “c” o la “z” a la española, era irremediablemente sacrificado, y la gente de Pasto, gran parte descendiente directa de españoles tenían de común pronunciar las palabras acordes con la fonética española, razón por la cual ya podemos imaginar cual sería el trato de Hermogenes Masa para con la gente de Pasto. Otros militares competían por quien mataba más gente de un solo lanzazo poniendo en fila a las victimas.

 

Todo indica que Flores permaneció en Pasto hasta principios de octubre de 1824 cometiendo cuanta clase de crimen se le ocurría, por cuanto el 21 de ese mes lo encontramos en Quito casándose con la linajuda dama quiteña Mercedes Jijón y Vivanco. Un año después, Obando es nombrado como Gobernador y Comandante de Armas de la Provincia de Pasto, cargo que asume a partir del 1 de marzo de 1826, encontrando el panorama siguiente: “El sistema de muerte había continuado sin piedad; la matanza y destrucción que comenzó en diciembre de 1822, seguía su marcha imperturbable y con la misma ferocidad hasta el año de 26 en que tomé a mi cargo la suerte de aquel pobre país; los hombres no dejaban de morir porque se presentaran, y aun si por medio de empeños obtenían algunos el favor de que se les permitiese trasladarse a Quito con algún indulto siempre insidioso, allá se les asesinaba entre los cuarteles como a don Juna José Polo y otros cuyos nombres no recuerdo. Los cuerpos que hacían la guarnición se distribuían en partidas que cruzaban saqueaban diariamente en todas las direcciones; ya no había una vaca, un oveja, un caballo ni nada que recordara la antigua riqueza de esos campos antes llenos de vida, y hasta los edificios de la ciudad fueron destechados para dar leña a la tropa después de haber consumido muebles, puertas y ventanas; en fin, la naturaleza toda esta allí condenada a morir.

 

Antes de salir de Popayán había puesto yo un largo informe al gobierno relativo a la suerte de Pasto, indicándole las causas que perturbaban aquella guerra, y el remedio que debía aplicarse. El jefe del gobierno por medio de este informe puramente patriótico, llegó a saber lo que se hacía en Pasto a nombre suyo y usando de las facultades del artículo 128 de la constitución de Cúcuta, me autorizó plenamente para que pacificase aquella provincia "poniendo en ejecución cuantas medidas estuviesen a mi alcance y me sugiriese mi razón". En su virtud hice venir a la ciudad todas las partidas que talaban el territorio; prohibí severamente la continuación de tales iniquidades; previne que no se tomase ni una paja, so pena de ser fusilado el que contraviniese a esta orden; hice quitar al famoso Espejo cuanto había robado por el lado de Juanambú, y lo hice devolver a sus dueños, mandando poner en libertad a los que tenía presos para matarlos. Con estas medidas y otras semejantes, preparaba los ánimos para que surtiese todo su efecto un indulto general con que me prometía restablecer enteramente la tranquilidad, y la confianza justamente perdida; a Espejo lo puse preso para juzgarle, pero se fugó de la prisión, se fue para Quito, y allá lo acogió y premió Flores. 

 

Bajo estos auspicios publiqué el indulto, y antes de lo que yo esperaba, me vi en medio de todos los fugitivos, que vinieron a presentarse con sus armas; y como más trabajo cuesta gobernar arbitrariamente y en medio de los desórdenes, que cuando se fijan reglas sacadas del interés público y se siguen inviolablemente, ya me fue más fácil gobernar con sólo la indicación de mi voluntad a esos mismos pastusos cuya raza se había creído necesario exterminar para que dejase de haber revolución.

 

Por medio de providencias generosas; sosteniendo la más severa disciplina militar; contrastando con mi genial popularidad los recuerdos de la tiranía que acababa de ejercerse; disponiendo que los soldados de la guarnición hiciesen compañía con los pastusos en las labores del campo para que dejasen de verse como enemigos; fomentando matrimonios entre estas dos clases con el fin de amalgamar el pueblo con el ejército; y haciendo, en fin, cuanto hacerse puede para inspirar confianza al descontento perseguido, y moral y moderación al soldado. Con estas medidas, digo, tuve bien pronto el placer de ver al pueblo hermanado con aquellos mismos soldados a quienes poco antes no se acercaba sino para dar o recibir la muerte; ¡y fui el primero en oír de boca de los pastusos vivas a la libertad, a la independencia y a Colombia! Así, y sólo así pudo conseguirse que los pastusos se reconciliasen con la patria. No fue con la voz elocuente del cañón, ni con la política cruel y a veces sanguinaria del general Flores que se consiguió la pacificación de Pasto, como ha querido hacerlo creer con inaudito descaro en el congreso de 1840 el versátil Eusebio Borrero, interesado en ganarse la benevolencia del partido servil para que le elevase, o interesado tal vez en volver a divertirse arrojando pastusos en los abismos del Guáytara.

 

Sin embargo, quedaron tres partidas de facinerosos, que aunque pequeñas, hostilizaban el comercio y cometían asesinatos y robos en las haciendas y en los caminos públicos. Una de ellas obraba sobre el Tablón de los Gómez, cuyos cabecillas eran Tomás Moncayo y Martín Gómez; otra recorría las montañas de la Venta y Berruecos, entre los ríos Mayo y Juanambú, capitaneada por Juan Andrés Noguera y José Erazo, éstos habían asesinado a una partida de 26 soldados en Olaya, a Catalina Viveros en la Cañada, a un señor Rosero, en Alpujarra, a otros vecinos en Taminango, y recientemente en La Caldera, a unos frailes ordenados y a un comerciante Manuel Pérez, de Popayán. En el cantón de Túquerres obraba otra de más consideración dirigida por José Benavides y sus hermanos; las espantosas iniquidades de esta gavilla no tienen número ni explicación. Yo disculpaba mil interiormente y compadecía a aquellos que nos habían hecho la guerra en defensa de sus propias vidas; los que estaban en este caso ya se habían presentado, y se preocupaban en trabajar honradamente; pero no merecían estas mismas consideraciones los que, acostumbrados al robo y al asesinato, despreciaban repetidos indultos para continuar en ese género de vida: eran en la mayor parto desertores del ejército. 

 

Me propuse no emplear tropa veterana en perseguir a estos, porque sería perder tiempo inútilmente; y adopté el plan de atraer a uno de los cabecillas de cada partida por medio de él otro. De este modo, habiendo conseguido a Gómez, logré que entregasen amarrado a Moncayo con toda la partida; fusilé al cabecilla y di libertad a los otros, acabando completamente la facción del Tablón…”  

En tanto en Quito, Juan José Flores, asume la jefatura militar ante la salida hacia el Perú tanto de Bolívar como de Sucre, teniendo para sí una amplia jurisdicción donde se incluye a la provincia de Pasto que como se ha dicho estaba gobernada por José María Obando. Tres años después encontramos de regreso a Bolívar en Pasto, donde es recibido con cierta reserva, ya no hostil, gracias al trabajo persuasivo desarrollado por parte de Obando con la poca gente que queda en Pasto luego de su casi exterminio, ordenado por el libertador cuando sentenció que Pasto debía “ser borrado del catalogo de los pueblos”.

Enrique Herrera

Enrique Herrera Enríquez. Nace en San Juan de Pasto. Periodista, investigador e historiador. Integrante de la Academia Nariñense de historia en calidad de miembro de Número; de igual manera hace parte de la academia nacional de Heráldica de Colombia como miembro correspondiente.

Columnista de periódicos, revistas, radio y programas de televisión de la región. Autor de varios ensayos y escritos de carácter histórico como: Nariño en la historia, Las tres conquistas a Pasto, Aspectos ancestrales de males, hoy Córdoba, Reseña histórica de Cumbal, De convento de monjas a palacio de gobierno, los poblados del Valle de Atríz, Pasto capital de la República, Yacuanquer y el General Pedro León Torres, Cuando Ipiales fue departamento, ¿Dónde murió Sucre...En Berruecos o en La Unión? Pasto en las guerras de la independencia. Incursiona en la literatura con: El Galope mortal y otros cuentos, Mitos, leyendas y tradiciones de Nariño Tomo I y II, Crónicas de Viajes, Luis Felipe de La Rosa, el poeta romántico del Sur, Agualongo, valor y orgullo de un pueblo y Bolívar en la historia de Pasto.

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