• Eladio

    Eladio es un tipo normal y corriente, de esos que cada mañana cierran con doble llave la puerta de un apartamento, esperan el ascensor mientras arreglan su corbata, y una vez en planta, salen a una calle cualquiera de la ciudad para confundirse con otros muchos hombres vestidos con trajes grises que se dirigen, como él, a la estación de metro más cercana. Un tipo que además de trabajar nueve horas diarias en una compañía de corretaje, cree tener gustos muy particulares, como tomar oporto con una ralladura de limón, o comer un buen ceviche en un restaurancito peruano poco concurrido; un tipo que es aficionado a la fotografía y sale en sus tiempos libres a buscar buenas imágenes que atesora y que sueña con que el día menos pensado entregará el apartamento al banco y se irá con un equipaje ligero a recorrer el mundo. Eladio, ciertamente, es un tipo de lo más común; sólo que él no lo sabe.

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    Clara Ruiz / Eladio
  • Ana en reposo

    Después de un día de intenso trabajo; un día de tacones altos, taller negro de seda, y reuniones importantes, ella vuelve a su casa anticipando el íntimo placer de desnudarse. Apenas llega, se sirve una copita para aflojar las tensiones frente al balcón. Diez... quince... veinte minutos dejándose mecer por el aroma de un buen Oporto y la voz de Louis Armstrong al fondo. Ya relajada, se quita los zapatos, se estira suavemente, y empieza a desvestirse sin apuro, dejando su ropa dispersa camino al baño. Y toda su inteligencia y sagacidad va cayendo, como su ropa, en cualquier parte. Frente a la tina, abre las llaves, deja correr el agua que emana un vapor cálido, suelta su pelo revolviéndolo con un rápido movimiento de cabeza, derrama sales y colonias, y se va sumergiendo... Entonces ya ella no es Ana, la mujer eficiente y desabrida de una gran corporación, sino una diosa en reposo que se baña en aguas perfumadas.

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    foto: Clara Ruíz / Ya regreso
  • Yo y Borges

    Hace ya muchos años, paseando por una calle, cualquier calle, de Buenos Aires, me pareció ver a Borges sentado en un banco con el bastón entre las manos; como aguardando. Entonces yo, que era un muchacho pálido cargado de libros, una libreta, y una pluma, me quedé pasmado sin saber qué hacer; presintiendo que si me acercaba para decirle siquiera una frase sin importancia, se me trabaría la lengua sin remedio; mudo frente a un ciego: una imagen exasperante. Y pasmado seguí una eternidad, observándolo, sin dejar de preguntarme qué clase de figuraciones míticas y conjeturas extraordinarias ocurrían en su dimensión de sombras, hasta que al fin, como para librarme de ese trance, alguien cercano lo tomó del brazo y se alejaron caminando mientras el anciano dibujaba formas en el aire con su bastón; formas que yo era incapaz de ver.

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    Clara Ruiz / Burrito
  • Después de todo

    Siendo muy joven le dijeron que todos los caminos conducen a Roma; entonces se echó a andar segura de que acabaría llegando a su destino. Se dice que llegó a Roma a los sesenta y un años, cuatro meses y cinco días, solo que no se dio cuenta; después de todo, ella ya no era la misma.

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    foto: Fernando López / Después de todo
  • Sobre ladrones y algún policía

    Nunca fue bueno; malicioso más bien. Su madre, la única persona que lo conoció, lo supo a los pocos días de nacido: algo extraño en la fijeza de su mirada, en la quietud de su cuerpo pequeño que se movía solo para lo indispensable. Pero ella lo dejó crecer, como quien deja crecer a una yerba mala en el patio: siguiendo los pequeños brotes de su maldad; maldad que se fue refinando con los años para destilarse toda en una amenaza solapada, un rumor malintencionado, una manera de sacar del camino a otro sin ser visto. Por eso no la sorprendió aquella tarde en que salió de su mutismo habitual para decirle que se haría policía.

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    foto: Fernando López / Sobre ladrones y algún policía
  • Esa mujer

    -Yo soy esa mujer- se dijo con asombro al verla pasar. Una mezcla de dolor y extrañeza la invadió. Nunca se había pensado así: flaca, desvalida, y con esa expresión ausente en la mirada; como alguien que se sabe perdido para siempre. Desde el banco siguió sus pasos: tenía puesta una falda marrón (un color que jamás llevaría), y caminaba con paso firme, como quien sabe a donde va... Si no fuera por esa mirada, se diría que tenía un destino cierto. De pronto comenzó toda ella a palidecer, transparentándose a cada paso. Llegando a la esquina se esfumó, evaporada en el calor de la tarde.

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    foto: Fernando López / Esa Mujer
  • Hasta pronto

    Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cincuenta y tantos cuentos de este blog; libres de quedarse también. Hasta pronto, Dot

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