Martes, 11 de Octubre del 2016
Publicada: 14/01/2013 12:43:05
Por:
Béisbol Colaborador
LII SNB
¡Y el béisbol cambió!
Una mirada a la fecha fundacional de la Serie Nacional de béisbol.
Chávez hoy, junto a otra gloria, Ana Fidelia Quiroz.
Foto: JIT Colaborador
Chávez hoy, junto a otra gloria, Ana Fidelia Quiroz.
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Por Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga
Pinar del Río (13 ene).- AHORA que se cumple otro aniversario de la fundación de las Series Nacionales, nada mejor que refrescar la memoria sobre sus antecedentes y el ascenso del nuevo béisbol al corazón de los aficionados.
El camino fue escabroso, pues dentro y fuera de la Isla surgieron críticos a ultranza, incapaces de cambiar con los nuevos tiempos, sumidos en reaccionarios conceptos.
Ellos chocarían con una realidad palpable. Por primera vez en su historia, Cuba tendría torneos genuinamente nacionales, solo con jugadores del patio, de los rincones más intrincados del país y sin exclusiones.
Los de mi generación, con acceso a la radio y televisión, crecimos admirando la Pelota Profesional Cubana. También estuvimos al tanto de las promocionadas Grandes Ligas. Se oían y veían las mismas discusiones. Ayer, que si Héctor Rodríguez era el mejor antesalista o Willie Miranda el mejor torpedero. Hoy, que si Casanova fue superior a Víctor o a Linares, o si Pedro Luis Lazo tiraba más duro que Vinent.
A los 14 años asistí con mi familia al último juego profesional en el Coloso del Cerro. Hicimos el viaje desde las Minas de Matahambre para regresar esa misma noche.
Simpatizábamos con los LEONES DEL HABANA, pero allí le íbamos a los ELEFANTES DEL CIENFUEGOS, que discutían el banderín contra los ALACRANES DEL ALMENDARES. Por la mente no nos pasaba que el pinareño Pedro Ramos, quien lució inmenso aquella noche invernal, donde conectó hasta un largo triple y se deslizó elegantemente, no volvería a jugar en Cuba. Ni los demás.
La totalidad de los nativos que perte¬necían al Béisbol Organizado de los Estados Unidos, tenían su fuente principal de ingresos allá.
La pelota profesional nuestra era una sucursal de aquella, sobre todo a partir de 1947 cuando una delegación encabezada por el doctor Julio Sanguily, miembro distinguido del Vedado Tennis Club y accionista importante del ALMENDARES, el 10 de junio de 1947 firmó un pacto en la ciudad de Cincinnati con la National Association of Professional Baseball Leagues, institución que se había fundado en 1901 y regía los destinos de las Ligas Menores, presidida por George M. Trautman. Desde entonces, y abiertamente, la pelota cubana pasó a ser un apéndice de aquella.
La prueba definitiva de la pérdida de identidad nacional, merced al Pacto de 1947, fue que Orestes Miñoso, a su llegada a la Organización de los INDIOS DE CLEVELAND en 1948, sin debutar aún en Las Mayores, no pudo participar en la Liga Profesional Cubana y era el jugador más esperado, lo que obligó a incorporar modificaciones al acuerdo inicial para que los nativos tuvieran libre acceso a su pelota, con independencia de jugar en cualquier otro lugar, incluyendo Las Mayores.
No obstante, también sucedió en 1954-1955, cuando los dueños de equipos no autorizaron al propio Miñoso ni a los lanzadores Camilo Pascual, Miguel Fornieles y Sandalio Consuegra. Una denigrante cesación, a través de transacciones económicas, de los derechos más elementales de los cubanos para cumplir con su pueblo.
Tal fenómeno puede apreciarse hoy en los Clásicos Mundiales, cuando estrellas rutilantes se ven impedidos por sus dueños de defender los colores del pabellón patrio.
Así en 1959 los jugadores estaban atados de pies y manos a sus financistas. Ellos querían que los torneos cubanos siguieran como siempre, pero no podía ser, por condicionamientos económicos y políticos.
Cuando llegó el momento, los nacidos en la isla tuvieron que decidirse: seguían jugando por dinero fuera de Cuba, o no competían ni dentro ni fuera, y sin tantos billetes. La mayoría, sobre todo los que competían en Grandes Ligas, se decidieron por lo primero y desdeñaron las nuevas alamedas de un país en revolución.
Nos quedamos sin aquellos ídolos. La importancia del asunto amerita profundizar más, ya que en las últimas cinco décadas, entre Cuba y Estados Unidos se han producido todo tipo de enfrentamientos.
Se cuentan por miles las víctimas fatales del lado de acá. De tal suerte, la pelota, el deporte nacional de ambas naciones, no pudo ser una excepción. Dos filosofías diametralmente opuestas.
Los norteamericanos inventaron el béisbol utilizando raíces que les fueron afines y nosotros con el tiempo nos las apropiamos. Antes de 1959 existía un maridaje perfecto entre ambas naciones, por todo el país se competía en diferentes ligas amateurs, con la profesional en la cumbre. Pero brotaron serias contradicciones.
En su artículo Siempre hemos bateado bolas pegadas , Elio Menéndez expone cómo en el temprano julio de 1960, Frank Shauganessy, presidente de la Liga Internacional, clasificación Triple A, anunció el traslado de los CUBAN SUGAR KINGS hacia la ciudad de New Jersey; así despojó a Cuba de su sede natural desde 1954.
Los CUBANS nos representaban en ese nivel y se preparaban para ser el primer equipo latino en Grandes Ligas. En 1959 ganaron la Pequeña Serie Mundial y se pusieron a la cabeza de las Ligas Menores.
No fue una coincidencia que se anunciara el traslado, solo 48 horas después que el presidente Eisenhower decretara la suspensión de la cuota azucarera cubana, que alcanzaba las 700 mil toneladas. Varias medidas tomó el gobierno revolucionario como respuesta. Era evidente que Shauganessy firmó una orden tomada en otras esferas. Sanciones duras contra los cubanos, que vivían del azúcar y para la pelota.
Días antes de tal decisión, Ford Fricks, comisionado de Grandes Ligas, fue llamado a consulta en el gobierno, donde se le ordenó ejecutar la acción, con el pueril pretexto de que los jugadores norteamericanos ponían en peligro sus vidas, por la “inestabilidad política” de Cuba. En realidad, nunca hubieran estado más seguros.
En la isla poco se veía a los CUBAN SUGAR KINGS, que alguna vez también se vistieron con el nombre de CUBANOS. No sucedía lo mismo con la Liga Profesional Cubana, que gozaba de una inmensa popularidad, donde también jugaban peloteros de otros países, esencialmente norteamericanos en mayor medida a partir del Pacto de 1947, quienes por el mismo mandato se vieron imposibilitados de viajar a la isla, en violación de los acuerdos establecidos.
La disposición caló hondo en los aficionados, quienes tendrían que abstenerse de ver al primera base almendarista Rocky Nelson, el camarero habanista Forrest Jacobs, y tantos otros.
Para entonces, Cuba tenía 27 jugadores en las Grandes Ligas y centenares en las Menores, cantidad solo superada por los norteamericanos. Aquel engendro pretendió ir más lejos, como ya vimos, al prohibir a los nativos competir en su patria, con iguales pretextos. Fue una jugada ingenuamente estúpida, pues los cubanos protegían con su vida a los peloteros, quienes fueron amenazados con ser suspendidos para continuar jugando allá.
Pero los nativos, con una actitud firme, sin excepción, regresaron al país. Por esa intransigencia muy a lo cubano, el Campeonato Profesional 1960-1961 se desarrolló con peloteros del patio. Fue así como, por la dialéctica de la vida, HABANA, ALMENDARES, CIENFUEGOS y MARIANAO vistieron sus franelas con jugadores autóctonos, lo que no sucedía desde 1907, pues siempre hubo, al menos, un extranjero en cada equipo.
De esa forma, entre el 15 de noviembre de 1960 y el 15 de febrero de 1961 se desarrolló el último campeonato profesional, ganado por los ELEFANTES DEL CIENFUEGOS, en aquel choque final contra EL ALMENDARES, donde Pedrito Ramos se impuso a Orlando Peña, 8 por 2.
Otra cosa fue la Serie del Caribe, suspendida por la ausencia de Cuba, a quien correspondía organizarla, ya que Fricks decidió cambiar la sede hacia Venezuela, sin la presencia de los cubanos. Según Elio Menéndez, en el artículo de marras, se le prohibía al campeón CIENFUEGOS representar a la isla. La solidaridad de los venezolanos, al rechazar la sede ante un posible débil torneo sin la Mayor de las Antillas, dio al traste con el evento y Cuba salió con la frente alta de esas competencias.
Refresquemos la memoria. El 29 de enero de 1959, cuando presidía la Dirección General de Deportes Felipe Guerra Matos, se desarrolló una entrevista donde participaron los principales atletas profesionales, junto a representantes de casi todos los organismos, el Comité Olímpico Cubano y la Unión Atlética Amateurs de Cuba. Allí el Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, delineó algunos postulados del futuro deporte revolucionario y fustigó el profesionalismo en todas sus formas. Pero era muy temprano para tomar una medida radical, primero había que quebrantar las estructuras que sostenían un acendrado deporte rentado. Entre otros aspectos, Fidel sentenció:
Es necesario inundar todos los rincones de la isla con implementos deportivos… Nuestro nivel deportivo es muy bajo. Debemos aspirar a elevarlo rápidamente, dando esa oportunidad de desarrollarlo a todos los atletas por igual…”
Se abría el camino hacia el deporte revolucionario, a la vez que se buscaba el concurso de los atletas profesionales, quienes con su experiencia podrían aportar un apoyo esencial. Pero no todos estaban aptos para tan difícil decisión.
Después, como colofón de las contradicciones que se habían derivado de las precarias relaciones entre Estados Unidos y Cuba, más la posición de fuerza de las autoridades beisboleras de aquel país, se convocó a una nueva y trascendental reunión con todos los profesionales en octubre de 1961, donde se les anunció la próxima puesta en práctica de una ley que eliminaría el deporte rentado. José Llanusa Gobel, presidente del ya creado INDER, hizo un llamado a los profesionales para que se incorporaran al deporte revolucionario.
El lanzador profesional Lázaro Rivero (Lacho), ya fallecido, quien jugaba por ese entonces en México, recordaba aquellos momentos:
Fidel planteó que se iba a abolir el profesionalismo en Cuba, que todos los profesionales tendríamos trabajo asegurado. Muchos dijimos que teníamos que salir a cumplir contratos en el exterior, como yo que estaba jugando en México, pero regresaríamos para ayudar al desarrollo del deporte. Esa fue mi última temporada como jugador. Otros estuvieron yendo y regresaban, hasta entrados los años 60, recuerdo a Orlando Leroux, Amado Ibáñez, Andrés Ayón y Juan Delís. Yo tenía mi trabajo asegurado en el central ‘Mercedita’, de Cabañas, hoy ‘Sandino’. Comencé a trabajar ayudando a mi hermano, que atendía los deportes en la zona. Recuerdo bien que en aquella reunión estaban Camilo Pascual, Pedrito Ramos, Miñoso, Miguel Fornieles, Edmundo Amorós, Tony Taylor, Borrego Álvarez y otros de Grandes Ligas, que después no regresaron, porque tenían grandes contratos en los Estados Unidos”.
Pedro Almenares, exjugador profesional del equipo HABANA, también fallecido, quien decidió colgar los spikes en plena y ascendente carrera para echar su suerte, como la de tantos, con la nueva pelota amateur, precisó:
En enero de 1959 participamos en una reunión con Fidel en la Ciudad Deportiva, donde habló un buen rato sobre el nuevo deporte que se llevaría a cabo. Después, en octubre de 1961, se nos convocó a una reunión con José Llanusa y otros dirigentes, a la que se incorporó el compañero Fidel. Nos pidieron que nos quedáramos en Cuba para ayudar a desarrollar la pelota, en una serie que se haría por provincias. Nos dieron tareas. A mí me correspondió pertenecer al grupo donde estaban Edmundo Amorós y otros. Nos fuimos a Oriente a captar talentos, por allá nos encontramos con Miguel Cuevas, Manuel Alarcón, Ángel Galiano y una buena parte de los que después serían estelares en las Series Nacionales...”
Posteriormente, con la Resolución 83-A/62, firmada por Llanusa el 19 de marzo de 1962, que proscribía el profesionalismo, se abolió la pelota rentada que sedujo a los cubanos desde el siglo XIX. Vendrían melancolías, nostalgias y radicalizaciones, pero aquella realidad se transformó en otra.
Situación compleja, atletas en plenitud de forma dejarían de competir, se convertirían en entrenadores y no obtendrían grandes sumas de dinero. La patria los reclamaba ante la furia del Imperio, pero allá vivían cómodamente. También las falsas noticias daban pocos meses de vida a la Revolución y muchos vieron con escepticismo un triunfo político ante la potencia más grande del mundo, con gran influencia en la cultura cubana, incluyendo el deporte nacional.
Con los años se aprende a ver la vida desde sus diferentes aristas. El hombre piensa como vive, dijo Carlos Marx. En su inmensa mayoría, aquellos jugadores eran humildes, pero sentían y abrazaban concepciones burguesas derivadas del dinero acumulado. La vida los puso en la encrucijada y muchos optaron por continuar jugando allá. Entonces llegaron los nuevos tiempos para quienes quedamos en la patria.
Así comenzaría un béisbol verdaderamente autóctono. Con la eliminación del profesionalismo se sustituyó el clásico invernal por otro sin tanta promoción, pero de solidez popular.
Fue sabia la decisión de realizar torneos regionales y zonales en los primeros años, para que los amateurs se familiarizaran con el pueblo.
Allí compitieron los de mejor desempeño y se les adjun¬taron selecciones de perdedores, un genuino aporte cubano. En 1962 comenzarían las Series Nacionales, que al principio tomaron una estructura de cuatro equipos: OCCIDENTALES, HABANA, AZUCAREROS y ORIENTALES. De esa forma, los integrantes de cada zona representarían a sus provincias.
Al principio no entendí por qué se eliminó la pelota profesional y me convertí en un detractor, no quería perder a mis ídolos.
Antes podía usted jugar con el ALMENDARES y ser de Michigan, de San Juan de Puerto Rico, o de Miramar. Los nombres respondían al equipo, no al territorio. Además, se introdujo un nuevo concepto, ningún oriental jugaría con los OCCIDENTALES y viceversa. En algunos casos se tomaron refuerzos por zonas.
El experimento tuvo sus cosas, solo se jugaron 27 partidos para ver el efecto. Así, lo que pudo llegar como una sombra en el sol beisbolero de Cuba, se convirtió en logro, la gente bendijo aquellos juegos a estadio repleto, con altas dosis de patriotismo.
He leído declaraciones de José Llanusa sobre el temor al rechazo, pero se garantizó la continuidad con un incuestionable incentivo: el pelotero defiende su terruño.
El 14 de enero de 1962 se inauguró la primera serie con un juego entre ORIENTALES y AZUCARE-ROS, ganado por el segundo, gracias a la primera lechada propinada por Jorge Santín. Ese día el estadio del Cerro se abarrotó para ver a peloteros y políticos, porque allí estaban los dirigentes de la Revolución, encabezados por Fidel Castro. Las Series Nacionales demostrarían que el sistema en el poder ofrecía oportunidades.
¿A quién se le hubiera ocurrido que un jugador como Fidel Linares, veterano en lides pinareñas y de la Liga Pedro Betancourt, pasaría a ocupar los primeros planos de la prensa radial, televisiva y escrita? Lo mismo sucedió con Miguel Cuevas, Pedro Chávez, Jorge Trigoura, Ervin Walters, Alfredo Street y otros conocidos en sus tierras, pero poco divulgados, porque en ese momento no era un objetivo clave publicitar la pelota amateur ante la profesional y la de Grandes Ligas.
Los aficionados, en su mayoría, no tenían la calidad de los profesionales, de quienes fueron cantera durante muchos años, pero se entregaron con una pasión tal que rápidamente se colaron en el corazón de la gente. Donde brilló Willie Miranda aparecieron Tony González, Juan Emilio Pacheco –a quien mucho admiré–, el camagüeyano Jorge Hernández y otros que serían estelares.
En los jardines se vieron hombres como Eulogio Osorio Patterson, Miguel Cuevas, Elpidio Mancebo y tantos que tomaron guantes y bates de Miñoso, Ángel Scull y Asdrúbal Baró. Rolando Valdés, El Gallego, estuvo en el territorio de Tony Taylor y fue líder con solo 3 jonrones. Allí también jugó Urbano González, todo un símbolo. En esa posición actuó Andrés Telémaco, con singular maestría.
Jorge Trigoura y Owen Blandino defendieron la esquina caliente de Héctor Rodrí¬guez, sin la maestría de aquel, pero mejores al bate. El inicialista camagüeyano Daniel Hernández disertó de lo lindo donde antes lo hicieron Panchón Herrera, Rocky Nelson y el pinareño Borrego Álvarez. Ricardo Lazo, Lázaro Pérez, Bárbaro Rosales y Ramón Hechavarría dejaron su huella en la receptoría, donde había sobresalido Rafael (San) Noble, el máximo jonronero de la Liga profesional Cubana, y en épocas anteriores lo había hecho Fermín Guerra, quien dirigió equipos profesionales y el Occidentales de la I Serie Nacional, que se proclamó campeón.
El mismo montículo por donde desfilaron Luque, Dihigo, Marrero, Camilo, Pedrito, Mike Cuéllar, Fornieles, Luis Tiant (padre e hijo) y tantas leyendas, coronó las hazañas de Manuel Alarcón, Aquino Abreu, Andrés Papo Liaño, Julio Rojo, Jesús Torriente, Rolando Pastor y muchos que harían interminable la lista. Detrás de home y vestido de negro, donde descollarían Alfredo Paz, Rafael de la Paz y Panchito Fernández Cordón, estuvo Amado Maestri junto a compañeros de antaño. Maestri fue y es un símbolo de la cubanía beisbolera. En esta tarde quise recordar, que es como volver a vivir, a quienes tantas glorias le dieron a nuestra pelota. Fueron causa y consecuencia. Los de hoy recogen sus frutos.
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