Lo que callamos los hombres, por Carlos Galdós

Cuando somos nosotros los que lloramos

Lo que callamos los hombres, por Carlos Galdós

Ilustración: Nadia Santos

Mi amigo Manuel no ha dejado de reventarme el teléfono desde hace un par de horas. Finalmente le he contestado y me ha dicho que tiene que venir a mi casa urgentemente, que es de vida o muerte, que por favor lo escuche, pues no tiene con quien hablar.

Manuel es el gilero exitoso del grupo, mide un metro noventa y tres, juega rugby y además es quien siempre nos defiende en las peleas y cada vez que se emborracha ya sabemos que armara la bronca en la discoteca. Así es mi amigo el ‘Cavernícola’ y así lo queremos todos. Acaban de pasar cinco minutos de su llamada telefónica y ya ha llegado a mi casa. Completamente desencajado, ni bien he abierto la puerta me ha abrazado tan fuertemente que me ha dejado sin aire y se ha puesto a llorar agarrado de mis rodillas. Le digo que pase y no quiere; le digo que se tranquilice y no quiere; le digo que no llore y no puede. Toda esa escena ocurre frente a los ojos de mis vecinos. La señora que vive al lado de mi casa y que es miembro honorario de mi club de enemigos pasa con su bolsa de pan en la mano y mueve la cara haciendo un gesto de negación que a todas luces signifi ca “esto es lo único que faltaba: un vecino maricón”.

Nos sentamos en la vereda y lo abrazo. Le pido que me cuente qué es lo que lo tiene así, le pregunto por sus papás, si no les ha pasado nada, o a su abuelita. “No, no, no, no es por ellos. ¡Es por Micaela!”, me dice angustiado. “¿Por Micaela? Pero si ya no estás con ella hace un año”, respondo con incertidumbre. “Sí, ¡pero todavía la quiero! Y los acabo de ver pasar a ella y un pata agarrados de la mano. Encima es chato, horroroso y menor que ella”, lloriqueaba como si fuera parte de La rosa de Guadalupe.

Finalmente entramos a mi casa. Sentí que la noche nunca iba a acabar. Me enseñó todas las cartas de amor que le había escrito y ella había ignorado. Le había seguido enviando rosas que nunca llegaron a sus manos porque el portero de su edificio estaba prohibido de recibir regalos de él en particular. Y lo más terrible, sacó de su bolsillo un anillo de compromiso que le había comprado justo un día antes de que ella terminara con él. “¿Y ahora qué voy a hacer con esto? ¡Dime! ¡Qué voy a hacer con esto!”, aullaba. “Pucha, Manuel, no sé qué decirte. A ver, préstamelo”. Subí a mi cuarto con el anillo y le dije a Carla que le tenía una sorpresa. Me preguntó qué hacía con mi amigo en la sala y por qué lloraba. Le mentí que su abuelita se había puesto mal, pero que no se preocupara que ahorita lo despachaba y que me esperara despierta porque le tenía una sorpresa.

“Oe, ‘Cavernícola’, ¿y qué vas a hacer con esa sortija? Ya bótala, doctor, de nada te sirve tenerla. No guardes nada que te recuerde a ella”, recomendé con voz de pastor evangélico. “Sí, alucina, tienes razón, ‘Chato’, la voy a botar”, picó él. “Dámela a mí, hermano, yo me encargo”, añadí.

Le di un abrazo, nos tomamos una chela, me habló un par de horas de la misma chica y de que cómo era posible que lo hubiera cambiado por un misio. Conclusión de la noche: los hombres también lloramos por amor pero, a diferencia de las mujeres, nosotros sí nos deshacemos de las joyas.

Carlita, mi amor, espero que ahora entiendas por qué no te entraba el anillo en el dedo. No fue porque me equivoqué de medida. Espero que no te molestes, era una ocasión y no había que desperdiciarla. Finalmente, la intención es la que vale: cuando vi esa joya pensé en ti. Feliz Día de San Valentín.

Esta columna fue publicada el 11 de febrero del 2017 en la revista Somos. 


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