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Reportajes (2004-2014)

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Juan Barba: maestro del desgarro
Julio 2010

Convento de Monteagudo (Navarra, España). Agustinos Recoletos.


Gloria de san Ezequiel Moreno. Óleo sobre lienzo. 312 x 168 centímetros. Monteagudo (Navarra, España). Agustinos Recoletos.


Gloria de san Ezequiel Moreno. Óleo sobre lienzo. Detalle. Monteagudo (Navarra, España). Agustinos Recoletos.


Gloria de san Ezequiel Moreno. Óleo sobre lienzo. Detalle. Monteagudo (Navarra, España). Agustinos Recoletos.


Gloria de san Ezequiel Moreno. Óleo sobre lienzo. Detalle. Monteagudo (Navarra, España). Agustinos Recoletos.


Gloria de san Ezequiel Moreno. Óleo sobre lienzo. Detalle. Monteagudo (Navarra, España). Agustinos Recoletos.


Monteagudo: la gloria de Ezequiel Moreno
Sobresale entre la obra de Barba por su magnitud (312 x 168 centímetros) y calidad el gran cuadro, óleo sobre lienzo, colgado actualmente en la pared trasera, parte derecha, de la iglesia del convento de Monteagudo, titulado “La gloria de san Ezequiel Moreno”.

El 22 de marzo de 1829 los Agustinos Recoletos llegaron a Monteagudo para iniciar una larga historia. Un pequeño santuario mariano fue el lugar que les acogió. Antes de habitarlo construyeron una nueva iglesia y remodelaron enteramente el edificio. En 1928, con motivo del primer centenario del convento, el arquitecto Ángel Marín remodeló completamente el templo: alargó las naves laterales, aligeró las columnas, le dio más luz y substituyó con altares barrocos las humildes urnas anteriores. Mide 37 metros de longitud y 13,30 de anchura. En 1986 se demolió parte del convento y se levantó uno enteramente nuevo. El convento ha sido siempre sede del noviciado de la provincia.

La beatificación del agustino recoleto Ezequiel Moreno, obispo de Pasto (Colombia), el 1 de noviembre de 1975 por Pablo VI en Roma, constituyó un acontecimiento importante para la Orden de Agustinos Recoletos, pues era un anhelo deseado y un objetivo trabajado desde la muerte de Ezequiel Moreno en 1906 en el convento de Monteagudo a causa de cáncer en las fosas nasales.

Su fama de santidad era unánime tanto dentro de la comunidad religiosa como en los círculos religiosos, especialmente de Colombia. Para todos ellos, su glorificación significaba el hecho de contar con un modelo muy cercano, actual, de la vivencia de la identidad del agustino recoleto.

Por ello se pensó en realzar su figura en el convento de Monteagudo. En este lugar el ahora santo (fue canonizado en 1992 en Santo Domingo, República Dominicana, por Juan Pablo II) ingresó como religioso, ejerció como prior entre 1885 y 1888 y se retiró para morir al agravarse su enfermedad.

Se hicieron las primeras mediciones y se dieron algunos tímidos pasos para dedicar una capilla, donde reposaría su cuerpo, colocado desde 1917 en el lateral izquierdo del presbiterio de la iglesia conventual; pero sólo más tarde se llevó a cabo la construcción de esta capilla, en la amplia reforma que se llevó a cabo en la iglesia en 1985.

Lo que sí se hizo con más rapidez fue encargar al pintor Juan Barba, ya entonces muy vinculado a la comunidad recoleta, un gran cuadro que honrase dignamente al nuevo beato. Éste se puso con entusiasmo al trabajo y en 1980 llegaba el lienzo a la comunidad.

Tras ser enmarcado, el cuadro se colocó, dada su amplitud y su significado, en el llamado “estrado”, el amplio salón de entrada al convento, para que el visitante recibiese, ya desde la entrada, un recuerdo de la figura más emblemática de la comunidad desde la llegada de los religiosos a Monteagudo un siglo y medio antes.

Flanqueando el cuadro estaban los retratos del obispo agustino recoleto Toribio Minguella, que fue amigo y biógrafo de Ezequiel Moreno, y de Nicolás Casas, también agustino recoleto, su paisano y sucesor como obispo de Casanare. Hoy, como queda dicho, el cuadro se muestra en la parte posterior de la iglesia y ocupa casi en su totalidad el ancho de la pared donde está colgado.

El cuadro se centra en un óvalo que representa a fray Ezequiel abrazando una pequeña cruz que estrecha contra su pecho. En torno a él un grupo de seis ángeles niños revolotean alborozados por su gloria sobre un fondo de nubes aborregadas que, a la izquierda, dejan ver ampliamente el convento con un horizonte en llamas.

El ambiente general de la obra refleja un cierto dramatismo conseguido principalmente por el volumen de las nubes, por las llamas rojizas del horizonte y, sobre todo, por un colorido de contrastes.

El convento de Monteagudo es, desde 1829 y hasta la fecha, en que llegaron los Recoletos a esta pequeña localidad navarra, el noviciado donde han caldeado su espíritu —en el recogimiento y la oración— todos los religiosos de la Provincia de San Nicolás de Tolentino. En este convento han iniciado sus pasos en la vida religiosa y han profesado sus primeros votos tras terminar el noviciado los religiosos de esta Provincia de los Recoletos.

Por eso, Barba, conociendo bien el significado de este lugar, quiso subrayar en Ezequiel su espiritualidad más íntima, fundamentalmente en los valores de la oración y la penitencia, más que su actividad como misionero o como obispo.

En 1864, al entrar al noviciado en Monteagudo, Ezequiel Moreno comenzó a cumplir el sueño que albergó desde pequeño de ser misionero; fue madurando su espíritu; allí guió a la comunidad mas tarde, ya como prior, preparando misioneros para Filipinas; finalmente, allí se retiró a consumar el itinerario de su vida y a esperar el desenlace final de su enfermedad una vez que en Madrid le había sido comunicado que no había cura para el avanzado cáncer que padecía.

El artista, para sumergirnos en ese ambiente de austeridad y exigencia de la espiritualidad, ha escogido una serie de elementos significativos: la figura del santo aparece vestida con el hábito de fraile agustino recoleto, sin más signo de su carácter episcopal que su breve solideo rojo y su sencillo anillo; su mirada es serena y absorta, su rostro decidido y ensimismado, mientras contra su pecho abraza una simple y humilde cruz de madera como símbolo de su episcopado.

Junto a él, un ángel niño muestra las páginas abiertas de un gran libro en que podemos ver dos grabados que nos muestran, en primer lugar, la oración humilde, recogida, de un recoleto ante el crucificado; y, en segundo lugar, la habitación donde murió fray Ezequiel. En el camino, en la parte inferior izquierda, descubrimos las espinas y abrojos que se deben superar en la ascensión espiritual.

Y acentuando esa tensión, las rojizas llamas dominan el horizonte envolviendo el viejo convento en que entregó su espíritu y su entorno, marcado por el violento contraste cromático. Esas llamas simbolizan el fuego ardiente del misionero, como también lo intuyó en 1948 el poeta, gemelo en su intuición del pintor, cuando cantó en versos rotundos y brillantes el ardor misionero de Ezequiel Moreno al llegar a los Llanos de Casanare:

¡Es la quema en los Llanos!... La pradera crepita,
y las llamas avanzan, con avance sin fin...
¡Un incendio de auroras en la noche infinita!...
¡Una hoguera de soles inflamando el confín!...

¡Oh, qué fiebre en tus ojos al mirar de la altura
el océano en llamas crepitando a tus pies!...
¡Oh, Dios mío, qué anhelos de incendiar la llanura
con las lenguas de fuego de tu Pentecostés!...

(Fray Serafín Prado).

La glorificación del santo se manifiesta sencilla y cercana, no es una apoteosis de raigambre barroca con el santo en lo alto sobre nubes, con una perspectiva de abajo a arriba, brillante de oros, luz y colores, con perspectivas ilusionistas. Es cierto que se vale de elementos tradicionales: las nubes, los ángeles niños y las rosas. Pero son cercanos y sencillos.

Las nubes aborregadas son más un telón de fondo que una idealización. Los seis ángeles niños, de ascendencia murillesca pero muy propios de Barba —rostros negroides de nariz respingona— retozan en torno mostrando al santo y su triunfo. Un ramillete de rosas testimonia sus virtudes, donde destacan las tres rosas rojas, encendidas y fragantes, de las virtudes teologales.

Parece evidente que el pintor quiso ofrecer en este cuadro, muy en consonancia con su obra general, una visión humanizada de un santo que, más allá de su sublime santidad, muestra su humanidad y la carga dramática de la vida, especialmente de la santidad, para la que se necesita una voluntad decidida.

Así lo subraya con la elección de los elementos simbólicos y con los recursos de la técnica, especialmente con el uso de los colores: grises, rojos, marrones…