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Temas Especiales

15 de Aug de 2020

Mery Alfaro de Villageliú

Columnistas

Olvídense de nosotros

“Invito a los mayores de 60 años […]. A que contribuyamos a liberar la carga de las autoridades y les digamos, clara y decididamente, que estamos dispuestos a morir antes que ver sufrir a nuestros hijos”

Al COVID-19 se lo ha calificado como “el virus de la muerte” y “el enemigo silencioso”, entre otros. Es un enemigo, de acuerdo, pero dista de ser silencioso y mucho menos de la muerte. Desde que recuerdo, pocas cosas han hecho tanto ruido como el nuevo coronavirus y, si lo comparamos con otras causas de muerte, vemos que no es un monstruoso asesino.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las gotículas por medio de las cuales se propaga el virus, son pesadas, no llegan muy lejos y caen rápidamente al suelo. Diversos estudios han demostrado que el COVID-19 puede sobrevivir cuatro horas en superficies de cobre, ocho horas en cartón, 48 horas en acero y 72 horas o más, en plástico, billetes y mascarillas quirúrgicas. En otras palabras, el virus no camina más de 1.5 metros y muere sin ayuda alguna, en cuestión de horas o pocos días. Además, lo podemos matar de manera inmediata, con alcohol, agua y jabón.

Tampoco es acertado llamarlo “el virus de la muerte”. De acuerdo con una publicación de BBC NEWS, las cinco principales causas de muerte en 2017 fueron: cardiopatías (17.7 millones), cánceres (9.5 millones), demencia (2.5 millones), enfermedades del aparato digestivo (2.3 millones) y diabetes (1.4 millones). En claro contraste, desde que se reportaron los primeros casos en diciembre de 2019, hasta el viernes 27 de junio de 2020, el COVID-19 ha cobrado la vida de medio millón de personas (501 339).

Lo que sí podemos decir del COVID-19 es que es un enemigo tan atípico, que nos tiene totalmente confundidos. En primer lugar, parece ser omnipresente, ya que dispara al mismo tiempo en todas partes del planeta y lo hace indiscriminadamente. Pese a ello, hiere a muy pocos y mata de manera selectiva; principalmente a adultos mayores y/o con comorbilidades (hipertensión, diabetes, enfermedades renales, cardiomiopatía, inmunodepresión y obesidad). Si tomamos el caso de Panamá, el mayor número de contagios lo encontramos en los grupos de menos de 60 años (75 %), mientras que la mayoría de las defunciones ocurre en mayores de 60 (74 %), casi todos con enfermedades subyacentes, muchas de las cuales son, por sí solas, causantes de la mayor cantidad de defunciones en el mundo.

Nuestra actitud frente al ataque sorpresivo y el extraño comportamiento del enemigo es, a mi juicio, lo que más daño ha causado. El virus ha matado a medio millón de personas, mientras líderes científicos y políticos alrededor del mundo, en un esfuerzo por salvar vidas, se han visto obligados a adoptar medidas que han propinado heridas mortales a cientos de millones de jóvenes, que se han quedado sin ninguna fuente de ingresos, que están pasando hambre o no saben cómo van a hacer para educar a sus hijos.

Quiero hacer un llamado a las autoridades para que, en adelante, dirijan su atención a las personas en edad productiva y se olviden de nosotros los mayores. Quiero recordarles que los adultos mayores tenemos muchos enemigos; que una caída nos puede llevar a la tumba, que un diabético puede morir producto de una cortada y los hipertensos, de un disgusto. Además, sabemos que, del coronavirus, nos podemos cuidar con distanciamiento y medidas de higiene básicas, pero nuestros hijos, nietos y bisnietos no se pueden dar el lujo de perder su empleo. Si seguimos así, vamos a pasar de la crisis al caos y empezará a morir gente de todas las edades por muchas otras causas: homicidios, desnutrición, suicidios, asaltos, falta de atención médica, de medicamentos, etc.

Invito a los mayores de 60 años a que redoblemos los cuidados para evitar el contagio. A que contribuyamos a liberar la carga de las autoridades y les digamos, clara y decididamente, que estamos dispuestos a morir antes que ver sufrir a nuestros hijos, haciendo nuestra declaración de voluntades anticipadas, en la que establezcamos que no deseamos ingresar a una sala de cuidados intensivos, para ser conectados a un ventilador. Es un documento sencillo que, si se hace a ológrafo, no necesita ser notariado. Lo hice hace unos años y me produjo una gran tranquilidad saber que no le voy a dejar a mis hijos la responsabilidad de tomar este tipo de decisiones, y que no voy a morir en un cuarto frío, conectada a cualquier cantidad de aparatos.

Es hora de que aceptemos que el virus ha llegado para quedarse, que eduquemos sobre la manera más efectiva de protección y permitamos que los negocios abran con protocolos inteligentes, sin medidas innecesarias e incosteables, de manera que nuestros jóvenes puedan salir a producir.

Exlegisladora