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words are the very eyes of secrecy


Tuesday, July 08, 2003
BLOGNOVELA 2003

LVII.
(la muerte es la verdad mas sencilla)

[Este es el capitulo que aparecera--sin acentos sobre las "is", las "as", las "os", las "us", valgame dios, me pregunto de qué privilegios gozan las "es", pero eso, como muchas otras cosas, no tiene respuesta--al final de la blogsivela. Todavia no sé qué tendra que pasar para poder llegar a él, pero este es el ultimo capitulo. Lo sé.]

--Hoy la vi --le dice Rubén al momento en que la toma del codo y la obliga a volverse. A darle la cara.

(una cara es siempre una pregunta)

--Hoy la vi, Lucinda --grita y el grito se pierde entre el ir y venir de la gente. Sus ojos vacios. Las nubes ralas.


(“hoy” quiere decir todos los dias)

(“la” es la minuscula palabra detras de la cual se encuentra Mariana)

(“vi” indica el transcurso del tiempo dentro de la mirada)


--Si existieras, Rubén --le susurra al oido--, si de verdad estuvieras aqui te diria que no te enganes, que la ves todos los dias. Que esa cosa no tiene remedio.

Lucinda cierra los ojos. Luego vuelve a abrirlos.

--La muerte no tiene remedio.

(alguien dice eso)

En algun lugar del mundo un hombre barre los restos de la noche impia. Cuatro mujeres desnudas danzan frente a grandes espejos biselados. Un muchacho se come un jitomate mientras piensa en cangrejos que imaginan jovencitas vol?tiles. Un par de zapatos descansa, solo e inmovil, al ras de la banqueta. Un perro duda de la existencia de dios. Chihiro pronuncia las palabras “quiero un trabajo”.

--?Entonces es cierto?

Un organillero pide tu cooperacion. Una mujer se adentra en su propio bosque encantado. Alguien acaba de aprender a sumar dos y dos. Un nino alza la mano con la urgencia del que sabe todas las respuestas. El fantasma se masturba finalmente en paz. Alguien abre por primera vez una cuenta de banco. Una mujer se divorcia. Dos hombres se besan. Un hombre esculca, dentro de un sexo de mujer, su propio sexo.

--La muerte es la verdad mas sencilla, Rubén.

Un padre y una madre se encuentran dentro de la mirada donde transcurre--todo junto, todo a la vez--el tiempo.

Y nada, sino lo irremediable, pasa.

[retrocedera...]



Tuesday, May 27, 2003

BLOGNOVELA 2003

LVI.
(el destino de los vivos)


El Narrador se queja: esta historia no tiene centro, l?gica, desarrollo, evoluci?n.

La Narradora, nadando bajo el cobijo de la mantarraya casi doméstica y de otro modo mitol?gica, se concentra en el placer del agua y se olvida de la palabra.

La Autora mira de reojo su mano izquierda.

Los personajes "reales" se sienten cada vez m?s inc?modos.

--?Y t? sabes qué est?s haciendo exactamente aqu?? --se preguntan entre s?. Y por "aqu?" quieren decir: la s?vela.

--No tengo la menor idea --se responden, algunos con preocupaci?n, otros sin ninguna conciencia de sus otros s?-mismos. Todos, en cualquier caso, hablan en voz baja: ese murmullo que se utiliza, a veces, para deletrear herej?as o tardes de junio a medio abrir. Los m?s deciden fluir.

Los personajes "imaginarios" no se inmutan ante nada.
Rubén no sabe que est? aqu?.
Guzm?n no sabe qué es el aqu?.
Anita Manzano, sabiéndolo, lee historietas, prepara café, sonr?e. Suspira: ah, el aqu?.
Agnes Pearson-Ju?rez piensa que el aqu? es una puerta de hotel que todav?a est? a punto de abrir.

El Mar del Norte no necesita saber que est? aqu?.
La Ciudad Sin Nombre es el Aqu? del aqu?.
El Inicio exclama: !ya quiero salir de aqu?!

La s?vela, que es s?lo esta red de palabras dentro de las cuales existe, declara: no soy una historia. No encubro personajes. No creo situaciones. No me formo en el contexto. No reflejo. No represento. No soy m?s que el lenguaje en el cual puedo declarar que no existo.

La Narradora no pone atenci?n porque est? bajo el agua.
El Narrador vuelve la mirada hacia el cielo con un dejo de hast?o mientras vuelve a pensar en la palabra "aj?".
Los personajes "reales" r?en, cejijuntos y enternecidos.
Los personajes "imaginarios" caminan, duermen, corren, platican, guardan silencio, viven, contin?an.

(las comillas alzan las cejas)
(los paréntesis irrumpen el texto con sus dos brazos abiertos)

La Autora mira de reojo su mano izquierda.

Mariana, sobre el agua del Mar del Norte, sobre el agua de la laguna que corona el volc?n ya muerto, los observa a todos con sus largos ojos at?nitos, sus ojos de s?ndalo, sus ojos ahist?ricos.

(las it?licas se inclinan hacia la derecha)

--Es la verdad m?s sencilla --murmura Mariana sin mover los labios. Y el murmullo que desmenuza el aire y resbala, luego, sobre olas perfectamente imaginarias se satura de s? mismo.

--Es la verdad m?s sencilla --repite.

Y luego se echa a llorar por el destino de los vivos.


[retroceder?…]


Thursday, May 22, 2003

BLOGNOVELA 2003

LV.
(donde El Narrador se queja, como ya es su costumbre, de los designios de La Autora, espec?ficamente de algo que él mismo denomina “la de(s)generaci?n”, mientras encuentra al Joven Pimienta en El Parque y recuerda una escena de Los amantes del c?rculo polar, lo que le da m?s de una excusa para exclamar, vengativamente, la palabra “aj?!”)


Cuando ya me estaba acostumbrando a este demencial cambio de nombres de las mujeres Caballero--algo que seguramente se explicar? en su famoso y por dem?s inédito Manual--ahora viene este a?n m?s demencial cambio de géneros. Supongo que esto no es sino consecuencia de la cruel alianza que la Autora ha establecido con la Narradora, todo ello para volverme loco, pero en realidad no le encuentro el chiste al asunto o moraleja al cuento. Ahora resulta que el as? llamado Joven Pimienta se ha presentado, desfachatado de él, no s?lo en otro idioma sino en otro género. ?Qué es eso de que se cas? con un avestruz y que su marido era temeroso y escond?a la cabeza a la menor provocaci?n? ?Qué es eso de que huy? después con una leona que ten?a siete hijos? Adem?s, ?por qué decirle a la mism?sima Autora, en las aptamente denominadas Bodegas de Papel, que él no sabe nada del avestruz y que nunca ha estado con una leona y, mucho menos, con una de siete hijos? ?Qué secreto defiende? ?Qué vergüenza? ?Qué ca?da?

Todo eso me lo pregunto mientras camino por la Ciudad Sin Nombre pateando, como es mi costumbre, corcholatas, papeles arrugados, bolsas de pl?stico. Todo esto me lo pregunto repetitivamente, obsesivamente, hasta que la coincidencia (una de las tantas que no me voy a dar a la tarea de enumerar*) me lleva hasta El Parque donde se encuentra el susodicho Joven Pimienta con la mirada perdida en alg?n lugar del horizonte mientras sigue diciendo entre dientes: “tengo los ojos llenos de muertos, Lucinda”.

--Pero eso no es nada nuevo --le digo para tratar de distraerlo un rato con una verdad algo trasnochada y pasada de moda pero, al fin y al cabo, verdadera--. Todos tenemos los ojos llenos de muertos.

--Pero mira los m?os --me contesta, enf?tico, visceral, testarudo--. Los m?os est?n llenos de muertos.

Y los miro porque as? me lo ordena y, honestamente, no encuentro diferencia alguna entre sus ojos tan enf?ticamente llenos de muertos y los m?os, menos enf?ticos, cierto, pero igualmente llenos de muertos. Es decir: vac?os.

Y lo sigo viendo y me alejo al mismo tiempo. Y es en ese trance, en ese movimiento de lejan?a y contacto, de estarse yendo pero de no estar ido, que me doy cuenta que lo que est? a su lado es un paraca?das y, entonces, me acuerdo de la escena de Los Amantes del C?rculo Polar y me digo, de manera por dem?s festiva, aj?, te atrapé, pensando con suma certeza, con entero gusto, que ciertamente he atrapado a La Autora en m?s otra de sus ecuménicas, aunque a decir verdad, nada novedosas, citas textuales en tres idiomas privados y, luego entonces, intraducibles y, claro est?, secretos. Aj?!

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*ver cap?tulo XXXVI


Wednesday, May 21, 2003
BLOGNOVELA 2003

LIV.
(en sentido contrario)


--Si la vieras, Guzm?n, no la reconocer?as --dice Rodrigo Navarro al momento de quitarse los calcetines, el pantal?n, la camisa--. Su cabello es una hoguera.

Guzm?n lo escucha con una indiferencia tan imperial como el océano que tiene frente a s?. Ya descalzo también, pero sin ?nimos de ponerse el traje de surfear, decide encender un cigarrillo y sentarse sobre la arena.

--?Qué ya no te pagan por seguirla?

--S?.

--?Y la sigues todav?a?

--No --dice, sin aire, sin ganas--. No tiene caso.

Rodrigo se vuelve a verlo con interés. Y se deja caer sobre la arena también. El sol sobre los hombros, el cabello, la punta de la nariz.

--Se van a encontrar de cualquier manera --murmura Guzm?n sin dejar de ver las aguas inquietas del océano--. Ser? una coincidencia. Algo cruel. Algo terrible. Estoy seguro.

Rodrigo se echa de espaldas y ve el cielo. Azul. L?mpido. Completo. Cierra los ojos. Deletrea la palabra peligro y, luego, la degusta sobre la lengua. Tiene p?as; sabe a sal; huele a cielo con cuchillos.

--Pero Rubén no la reconocer?a --exclama después de pensarlo un rato, al incorporase con una agilidad alegre, intempestiva--. Nadie la reconocer?a ahora.

Guzm?n vira el cuello y no puede evitar la sonrisa oblicua, desganada. Una bocanada de humo.

--?La has estado siguiendo t??

Rodrigo Navarro se ve a s? mismo en un d?a nublado: camina sobre la banqueta de un boulevard de la Ciudad Sin Nombre con el portafolio en la mano derecha sin pensar en nada. Nada en particular. Siente fr?o, pero no lo piensa. Siente cansancio, pero no lo piensa. S?lo empieza a pensar cuando se da cuenta que su coche no est? donde lo dej?. El lugar vac?o. La ausencia. Y luego esta extra?a sensaci?n de libertad expandiéndose sin direcci?n alguna por todo el cuerpo. Cubriéndolo por completo. Entonces, sin pensar otra vez, deja el portafolio cerca del parqu?metro y sale corriendo. Es en esa carrera sin eje, sin fin preconcebido, que la encuentra. Lucinda Constanza est? detenida cerca de un lote bald?o, viendo con profunda concentraci?n un par de hierbas que saltan entre la grava suelta. Parece que habla sola. Parece que calla sola. Cuando se decide a seguir avanzando, Rodrigo Navarro le sigue los pasos hasta el parque en donde ella se encuentra con un hombre joven que parece llevar d?as esperando ah?, bajo las ramas apenas florecidas de una jacaranda. Los ve platicar, pero no oye lo que dicen. Verlos platicar le provoca placer o algo inexplicable. Cuando ella se despide, él lo hace también desde lejos. Su cabeza es una hoguera. Y, cuando la ve introducirse en la madriguera de los c?mics, sabe que ha dado finalmente con su paradero. Sabe, a ciencia cierta, que ése es el lugar al cual ella siempre regresar?. Todo eso, sin saber exactamente por qué, le provoca satisfacci?n o duda. O una cosa justo en el centro mismo de las dos.

--Te digo que Rubén no podr?a reconocerla ahora, Guzm?n --le dice, enf?tico. Convencido. De manera total.

--Rubén la reconocer?a en cualquier lado, de cualquier forma. Lo ?nico que no se ha dado es la coincidencia.

Luego, sin transici?n, como si se le estuviera ocurriendo y lo estuviera diciendo en el mismo instante, le pregunta:

--?A ti qué te pasa, Rodrigo, no ten?as ya 14 a?os m?s?

Sobre su rostro, tremendamente real, esa sonrisa de complicidad consigo mismo. Un agujero luminoso.

--S?, Guzm?n, pero ahora voy en sentido contrario --le dice y se incorpora al mismo tiempo. Luego toma su tabla de surfear y camina los 20 o 30 pasos que lo separan del agua. Y, sin m?s, se introduce en las aguas iridiscentes, parcas, de su propio océano.


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Tuesday, May 20, 2003
BLOGNOVELA 2003

LIII.
(muchos a?os después, desde otro punto de vista)

Dice que era un d?a cubierto de nubes pero, parad?jicamente, saturado de luz. Como si la claridad no fuera generada desde un solo astro rector, sino producida por cada una de las part?culas del medio ambiente. Una luz delgad?sima, de tintes amarillos. Una red. Tan org?nica que pod?a respirarse.

--Dentro de esa luz --dice--, sucedi? todo.

Ve hacia el techo y no hacia el rostro del hombre que, vestido de negro, lo observa desde detr?s de su escritorio. Ve el techo como si viera la luz de la que habla en tonos quedos, casi imposibles.

Cuenta que estaba en la playa, que hab?an ido ah?, a las costas del Mar del Norte, para pasar unas cortas vacaciones en familia: su padre, su madre, su hermana, él mismo. Ese d?a el padre los hab?a ayudado a construir los muros de un castillo de arena lo suficientemente grande como para contener a los dos hijos. Su energ?a. Su gozo. La madre los ve?a desde lejos, sentada en la tumbona de pl?stico, desde detr?s de los lentes oscuros. Cuenta que estaba feliz de esa manera un?voca y total en que lo son algunas veces los ni?os.

--Hac?a fr?o --dice--. El viento, fino también, tan delgado como la luz, no alcanzaba a calentarse a su contacto.

Guarda silencio.

--S? --repite--. Era un d?a fr?o y lleno de luz.

Describe que ya hab?an empezado a jugar con la pelota roja, de pl?stico. Una baratija que, a ?ltima hora, la madre hab?a subido al coche. La hermana la hab?a pateado con fuerza y la pelota, vac?a y sin gravedad alguna, estaba flotando sobre las olas que lam?an la arena. Describe su manera de ir por la pelota: no pensaba en otra cosa. Una l?nea recta.

--Entonces las vi --murmura--. Tres figuras que caminaban a paso lento sobre la arena. Tres fantasmas observando la luz en el silencio m?s absoluto. Tres mujeres.

Refiere que se qued? detenido con el objeto rojo entre las manos, imposibilitado a dar un paso m?s o a virar el rostro. Refiere que a?n as? como estaba, inm?vil y pasmado, las sigui? con la mirada. Dos figuras tomaron asiento sobre una piedra, mientras la tercera se recostaba directamente sobre la arena. No hablaron. Ve?an las aguas del océano con una concentraci?n definitiva.

--No estaban ah? en realidad --murmura--. No estaban en ning?n lado. ?Me explico? O estaban en todos lados. En todos los Mares del Norte.

El hombre asiente con la cabeza sin ninguna expresi?n en el rostro.

--Tuve ganas de escribir en ese mismo momento --murmura, bajando la vista, como si tal deseo le ocasionara vergüenza, desaz?n, arrepentimiento--. Las ve?a y dejaba de verlas, ?me explico? Por el deseo de escribir.

Cuenta que quiso salir corriendo hacia su cuaderno pero que ten?a el deseo, igualmente avasallador, de permanecer ah?, observ?ndolas, viendo la manera en que guardaban silencio y, dentro de ese silencio, la manera diminuta en que, sin previo aviso, sin cambio perceptible en las facciones del rostro, empezaron a llorar. Las tres. Cuanta que el recorrido vertical de las l?grimas fue lent?simo. Toda una eternidad ah?, dice. Y yo quise escribir eso, reitera. Escribir que ése era uno de esos pocos, poqu?simos d?as en que la pregunta “?existi?, alguna vez, el horizonte?” emerge completa, toda en s? misma. Natural.

Guarda silencio y luego dice:

--Fue ese d?a. Lo sé.

Y luego guarda silencio una vez m?s. Exhausto.

--Poco después emigramos a América --es la primera vez que observa la ventana rectangular por la que se cuelan los filos de los rascacielos aleda?os, el cielo gris, un p?jaro enano--. Aqu? --dice.

El silencio en el cuarto pulcro es tan absoluto ahora como el que describe.

--?Y desde entonces se llama usted Marty N. Omas? --le pregunta.

--S? --una mueca sobre su rostro, un gesto dentro del cual se concentra el tiempo, todo junto, todo a la vez--. Les era dif?cil pronunciar Martynov Nisherek Omashnuj?c. Mi nombre.

Luego ya no dice nada.

--Hab?a delfines en la playa --el comentario brota de la nada, de esa nada que se produce cuando el interlocutor sabe que el tiempo se acaba--. Saltaban, ?sabe usted? Sal?an del agua a gran velocidad y, ya en el aire, se contorsionaban con una gracia de otro mundo. Algo divino --dice--. S? --repite--. Algo divino.

Sonr?e. Esa mueca. Lo est? viendo todo otra vez.

--Se trat? de un d?a feliz.

El hombre detr?s del escritorio se vuelve a ver, con suma discreci?n, el reloj que coloca siempre en el extremo izquierdo del mismo, de espaldas a sus pacientes.

--Bien, se?or Omas, lo veo la pr?xima semana.

--?Ha estado usted alguna vez en el Mar del Norte? --le pregunta antes de cerrar la puerta tras de s?.

El hombre detr?s del escritorio lo observa. Va hacia él. Le extiende la mano. La estrecha. Lo ve a los ojos y, de s?bito, baja la vista.

--La pr?xima semana, se?or Omas.


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Monday, May 19, 2003

BLOGNOVELA 2003

LII.
(bodegas de papel)

Todo esto ocurre en el plano de lo “real”, ah? donde los cuerpos tienen esqueleto, venas, piel, mugre. Todo esto se queda antes de la enunciaci?n, aunque s?lo puede existir, o realizarse, dentro de la enunciaci?n misma. Todo esto, desde el punto de vista peculiarmente objetivo del Narrador, es lo que pas?.

La mesa es rectangular y, alrededor de ella, se acomodan los personajes de esta s?vela. Algunos todav?a no se conocen y, con esa amabilidad que algunas veces proporciona la ficci?n, se estrechan las manos y se miran a los ojos.

--?As? que t? también eres personaje? --pregunta el Joven Pimienta.

--S?, muy reciente --explica Maggie Triana--, apenas entré ayer.

La Autora pide una cerveza y, mientras espera, no puede dejar de verlos. Maggie Triana s? tiene el cabello rojo y s? sonr?e, de preferencia tres veces, con el ojo izquierdo, y s? dice: bosquejar una mujer. El Joven Pimienta s? trae puesto el gorro de estambre que le cubre casi la totalidad de los cabellos y s? habla de pilotear aviones. Cuando se descubre el hombro derecho para mostrarle al Joven Navarro que, efectivamente, se ha asoleado, resulta obvio que el Joven Pimienta también tiene cuerpo. Ojos. Manos. Como también los tiene el Joven Navarro quien viene del mar donde, al quitarse la camisa para ponerse el traje de surfear, ha pensado que ese acto, o una versi?n en todo caso del mismo, ha sido escrito, y luego entonces invocado de una cierta manera, ya. Cap?tulo XXXXVII. Mayo 12.

--?Y por qué eso del esposo avestruz, Autora? --pregunta el Joven Pimienta.

--Eso me lo vas a tener que responder t?, ?no te parece? --se r?e, no hace otra cosa m?s que re?rse.

Abril Castro est? ah?. Como también lo est? Amaranta Caballero. Y Mayra Luna incluso, en su papel de La Mujer Invisible.

--?Y qué vas a hacer luego? --le pregunta el Joven Navarro a la Caballero refiriéndose no a su vida “real”, sino a su selecci?n de escenas en futuros cap?tulos de la s?vela.

--Pero si eso no se pregunta, bato --dice El Hombre Atormentado mientras, de manera extra?amente cortés, inicia el di?logo con los personajes masculinos de la s?vela.

--No creo en la producci?n del personaje como negociaci?n --dice, enf?tico, viendo de reojo a La Autora quien, sin parpadear, sin dejar de sentarse en los muslos del asombro, escucha tres conversaciones a la vez--. Eso no es m?s que una trampa.

Y lo que sigue se pierde entre el ruido de la m?sica estridente que, sin embargo, no impide que los sivel?sticos personajes se escuchen a gritos, en pleno alzamiento de la voz.

--Pero yo, por ejemplo, no soy el Joven Navarro --murmura el Joven Navarro.

--?Y quién eres entonces? --le pregunta La Autora al momento en que pide otra cerveza.

--Rodrigo Navarro --afirma, convencido.

--Bien, pues --dice La Autora, ofreciendo un brindis por el nombre que no nombra lo nombrado.

Algunos cambian de lugar. Otros permanecen por horas en el mismo sitio. Se observan. Se dan consejos. Se describen a s? mismos en escenas por escribirse. Las dise?an. Y La Autora piensa justo en ese momento, estoy seguro de ello, que no pudieron haberse reunido en mejor lugar. Las Bodegas de Papel. Un bar m?s para los no iniciados de la Ciudad Sin Nombre; pero un verdadero papel para los sivel?sticos que escriben, sin lugar a dudas, con sus cuerpos. Enteros.

[retroceder?...]



Sunday, May 18, 2003

BLOGNOVELA 2003

LI.
(en el que La Autora, con su caracter?stico--aunque falaz--distanciamiento, intenta describir un paisaje, y un evento dentro del paisaje, pero s?lo atina a hacer una larga y oscura pregunta)

La palabra delf?n nunca me ha gustado. Ese predominio de las primeras letras del alfabeto--de, e, efe, i--, ese acento que le quita el punto a todas las ?es, esa verticalidad forzada por las puntas de la de, la ele y el garfio apenas disfrazado de la efe, el mal gusto de terminar en ene. Bi-sil?bica. Aguda. Una palabra con todas las agravantes de la gram?tica y de la evocaci?n. A?n peor, de poderse, en plural. Ur-Kitsch. Una verdadera aberraci?n. Entonces, ?c?mo describir la manera lenta, distra?da, en que tres personajes femeninos de esta s?vela salieron del Paralelo 32 después de tomar enormes tazas de café y de fumar innumerables cigarrillos encerradas, de forma por dem?s ficticia, dentro de una duermevela olorosa a sal, y c?mo ese momento en que, ya casi escaleras arriba, se detuvieron porque hab?an alcanzado a observar una sombra, para entonces inexplicable, en la marea mercurial de un océano gris y relativamente pac?fico, cuya similitud--me atrever?a a decir, su interpenetraci?n--con el cielo--porque el cielo también era mercurial y gris y relativamente pac?fico--hac?a que la pregunta “?existi?, alguna vez, el horizonte?” pareciera no s?lo natural sino, adem?s, necesaria, o de cualquier manera inevitable, mientras ellas, tres de los personajes femeninos de la s?vela, segu?an ah?, al pie del malec?n, pronunciando la bi-sil?bica y aguda palabra con un gusto retr?grado, es decir infantil, o cuando menos pasado de moda, uniéndola, de manera por dem?s reverencial a los vocablos “signo”, “divinidad”, “ destino”, como si formaran parte del mismo universo sem?ntico, como si la bi-sil?bica, que ya para entonces pronunciaban, para colmo, en plural, y con irrebatibles sonrisas en rostros, manos, piernas, pudiera compararse de alguna manera, aunque fuera m?nima, con ésas otras, firmes y vol?tiles, enteras y heridas, con las que se hace la pregunta “?existi?, alguna vez, el horizonte?”?

(retroceder?...)


Saturday, May 17, 2003

BLOGNOVELA 2003

L.
(mayo es ahora)


Es que tomaron el boulevard rojo.
Es que no hab?a luz.
Es que faltaba el agua.
Es que lleg? Maggie Triana bajo el eclipse
(cabello rojo, pesta?as extra-largas, u?as a medio pintar)
y cont? su peor sue?o y su mejor pesadilla.
Es que se abri? el abrigo--negro, de peluche, demencial--y se sonri? tres veces con el ojo izquierdo.
Es que recarg? la cabeza sobre un hombro y, de regreso al mundo, exclam?: esto es ar?ndano (aunque en realidad era Eau de Cartier).
Es que se se?al? la boca.
Es que dijo: bésenme.
Y todas obedecieron--gustosas, sumisas, celestes.

Es que, como lo he anotado, no hab?a luz.
Es que era jueves pero a todas les urg?a ya que fuera s?bado.
Y Maggie insist?a en contar--las manos en espiral, la boca de vela en alta mar, la rodilla flexionada--su peor sue?o (el hombre que atravesaba el cuerpo de la mujer para extraerle el m?sculo ése que, dijo, algunos llaman coraz?n) y su mejor pesadilla (la mujer que, en justo intercambio, atravesaba el cuerpo del hombre para extraerle el ése que, repiti?, algunos llaman coraz?n).
Es que hab?an le?do a Butler, Cixous, Wittig, Peri Rossi, Pizarnik, Acker, Stein.
Y las mareaba el humo de los cigarrillos de clavo. Djarum Black: to enhance your smoking pleasure.
Y nadie hablaba en el Café de Todos.
Es que la mantarraya descend?a--deliciosa, omnipotente, c?ndida--con esa lentitud casi doméstica, esa lentitud de otro modo mitol?gica, hasta la piel misma del océano.

Es que Amaranta Caballero caminaba descalza y ecuménica sobre su propia lengua.
Y Abril Castro se volv?a una pez-hadilla sobre la almohada.
Y Mayra, la m?s invisible de todas, nos regalaba la Luna.
Y Maggie Triana declaraba, con precisi?n profética: cubrir de ?rboles el bosque. Bosquejar una mujer. Circundar una mujer. Cubrir de bosques una ciudad, bosquejar una mujer, circundar los ?rboles.
Y Lucinda Constanza guardaba silencio.
Todo esto dentro de la Ciudad Sin Nombre. Todo esto en un lugar sin luz, sin agua.
Es que comieron uvas y pronunciaron las palabras muslo, codo, traquea. Y también ésa que, Maggie volv?a a decir, algunos conocen como coraz?n.
Es que no sab?an de la piedad. Y no les interesaba hincarse.

Es que los f?unulos tomaban su siesta.

Es que faltaba el agua.
Y se quedaron meditabundas frente a la pregunta ?por qué no?
Es que era mayo.
Es que mayo es ahora.


(retroceder?...)

*Es que Maggie Triana es real: www.sayak.blogspot.com



Thursday, May 15, 2003
BLOGNOVELA 2003

XXXXIX.
(la forma aspira a la falta de forma)

Me lo dijo do?a Anita Manzano cuando me quedé inm?vil, observando la lluvia que ensuciaba las paredes del patio, dejando el tufo de algo podrido en el ambiente. Todo eso ocurr?a hace tiempo, en el cap?tulo XX. Dijo:

--No te preocupes, coraz?n, la realidad es pasajera.

Y en la comunicaci?n que continuamos, la que se desarrollaba en silencio, en el regazo mismo de todo lo que oculta la s?vela, me dijo también que no le creyera. Esta es la confesi?n.

--Para empezar --aclar?--, la realidad no existe. La realidad, en otras palabras (la realidad, por cierto, dijo entre paréntesis, siempre se da en otras palabras y acentu? el en otras palabrascon it?licas), no puede ser definida por un verbo. Y lo de pasajero es tan obvio que ni siquiera vale la pena un comentario al respecto.

El silencio entre las dos era magn?fico. Me di cuenta de eso al estar asintiendo.

--Y preoc?pate si quieres, eso lo dejo a tu elecci?n.

Una mantaraya sal?a del fondo marino en ese momento y, vasta como una s?bana, se tend?a sobre la arena fr?a de la madrugada.

--Lo ?nico cierto es que s? eres mi coraz?n --asegur?.

La Mujer Ar?ndano aceptaba en ese instante, mordiéndose el borde del labio inferior y acomod?ndose el cabello tras las orejas, que yo nunca sabr?a c?mo llamarla a ciencia cierta. Y el descubrimiento, aunque asumido, no le dejaba de causar desaz?n.

--?Y c?mo lo sabe? –le pregunté por preguntar que es como uno siempre acaba haciendo este tipo de cosas.

Mientras do?a Anita sonre?a con parsimonia y, bajo la parsimonia, con un dejo de perversi?n, la Mujer Dos escuchaba con peculiar atenci?n las voces del océano. Luego, con gozo, con el jugueteo marino de todos sus silencios, le contestaba: Te cojo. Me subo. Te como. S?. Me hinco. Me tiendo. Me abro. Me doy la vuelta. As?. Me cierro. Me primavero. Te muerdo. Te entro. Me salgo. Te pruebo. Te ensalivo. Me hinco otra vez. Te ladro. Te descanso. S?. Me bajo. Me tiendo. Te empiezo. Me termino. Te lleno. Te chupo. Te lloro. Te celebro. As?.

--Porque la forma siempre aspira a la falta de forma --contest? luego de un rato.

El Narrador se quejaba mientras tanto porque este yo, esta palabra min?scula y singular y también en it?licas, estaba usurpando su acento.

Fue después de todo eso que empezamos a hablar.

[retroceder?...]


Wednesday, May 14, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXXXVIII.
(el incendio natural de las cosas)

--Mira, una ni?a sobre el agua –exclama el joven Pimienta se?alando a Mariana con una naturalidad que s?lo puede ser cre?ble en alguien que, no hace mucho, fue la esposa de un avestruz en una remota isla desprendida de un continente inusual y que, adem?s, lleg? a la Ciudad Sin Nombre piloteando un avi?n tan peque?o que parec?a de juguete.

La paz que se esparce alrededor de la ni?a s?lo es comparable al silencio que crea. Estoy sorda ahora. Sorda y muda. Paral?tica. Cuando la ni?a cierra los ojos, justo en el momento en que sé que empezar? a sonre?r, no puedo m?s y salgo corriendo sin despedirme de los personajes que, todos al un?sono, miran hacia el océano de aguas tranquilas, aguas color plata.

La espalda. Le doy la espalda a todo eso.

Cuando llego a la madriguera de Anita Manzano casi no puedo respirar. Oigo el latido del coraz?n, los gorgoteos del est?mago, el punzar de las sienes, pero no puedo o?r nada del exterior. Una pecera. Tropiezo a la entrada y caigo, como la primera vez, en el recinto oscuro lleno de papeles. Sé que no me he herido, estoy segura, por eso me levanto y, a tientas, busco el camino que lleva a la cocina.

Anita Manzano est? ah?, de espalda también, de espalda a todo.

Y hay algo en ella, un leve temblor en los hombros, la manera en que toma la jarrita de peltre donde el agua ya hierve, que me propele a preguntarle algo que de verdad no sé. Algo que no se me hab?a ocurrido antes.

--Usted lo mat?, ?verdad do?a Anita?

Cuando la mujer se vuelve a verme, sus ojos, llenos de bondad, me asustan. Ah? cabe todo. Sin jerarqu?as. Sin orden. Un mundo en su propia ebullici?n.

--Siéntate --me dice como si no hubiera escuchado. Y me sirve, sin preguntarme si quiero, una taza de café caliente.

--?Lo hizo? --insisto y, a?n insistiendo, me pregunto por qué insisto en esto.

Las manos de la anciana revolotean sobre su rostro. Sonr?e. Parece recordar. Parece querer recordar.

--Fue un accidente --murmura--. El incendio natural de las cosas.

Lo imagino atrapado detr?s de los cristales de la muebler?a observando, ya con resignaci?n, hacia el exterior. Estoy segura que puede o?r el latir del coraz?n, los gorgoteos del est?mago, el punzar de las sienes y que, al mismo tiempo, ya no puede o?r nada de ese otro mundo que, intacto, desaparece.

--Cada cual se las ingenia para salir de aqu? como puede --susurra la mujer. En sus ojos benignos, en sus ojos de no hacer da?o, no hay absolutamente nada. Nada adentro.

--Hoy la vi --le digo como si ella supiera qué es “hoy”, qué es “la”, qué es “ver”.

--Si existieras --me dice--, si de verdad estuvieras aqu? te dir?a que no te enga?es, que la ves siempre. Que esas cosas no tienen remedio. Ya sabes. La muerte.

Guarda silencio. Se inclina hacia m?.

--Por fortuna no est?s aqu?. Por fortuna t? no existes. Por fortuna, digo, te puedo regresar a la historieta en el momento que quiera.

Le sonr?o, supongo, con melancol?a.

--?Te gust? el cafecito, mi hija?

Le digo la verdad. Le digo:

--Es el mejor café que he tomado en mi vida.


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Monday, May 12, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXXXVII.
(inicio)

Conforme regresan, a medida que se acercan al lugar del que nunca partieron, los dos se dan cuenta, no tienen otra alternativa, de que nada ha cambiado. La Ciudad Sin Nombre sigue siendo la Ciudad Sin Nombre. Hay un océano que oculta mantarayas mientras todos duermen. Las nubes, o su ausencia, siguen siendo las mismas nubes y/o su ausencia sobre el cielo imperial de siempre. Los personajes no se han ido: una mujer camina descalza por la playa y sobre su pecho no cuelgan, esta vez, los sargazos de antes. Se trata de Amaranta Caballero. Otra mujer, con aroma de ar?ndano, pasa por ah? con la mirada perdida y las palabras junt?ndose (loborroloanestesioloatesoroloamamantolodesecholo) en oraciones no consabidas. Oraciones que son blasfemias. Abril Castro. Otra mujer, ahora invisible, mira hacia el horizonte sin decir una palabra. Mayra Luna. El hombre atormentado guarda silencio. Do?a Anita, protegida por la oscuridad de su madriguera, lee historietas y se r?e a solas con anécdotas de hombres fragil?simos y mujeres temidas. Rodrigo Navarro se apresura a reunirse con Nadie en la playa. R?e. Se despoja de su camisa. Vuela. Guzm?n lo observa desde una fonda estridente donde fuma cigarrillos con Rubén, quien no alcanza a imaginar nada.

La historia regresa.

El lenguaje regresa.

Todo regresa.

Mariana, mientras tanto, camina sobre las aguas del Pac?fico. En direcci?n a tierra. En direcci?n a m?.

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Thursday, April 24, 2003
BLOGNOVELA 2003

XXXXVI.
(there are no polite ways to speak with the dead)


There are no polite ways to speak with the dead. They emerge, ghosts in disguise, burping, interrupting, breaking objects, recapitulating, farting. Too alive. Too look-alike.

One can try a series of measures: closing one’s eyes, running away, feigning deafness, living in a foreign country, inventing a private speech, or crossing a secret door in a bus station--leaving one’s name behind--only to come into an imaginary City in which all of them circle around their own absence.

Lucinda Constanza tried the latter.

(It is called madness).

(It is called s?vela).

I sit down--elbows over open knees--looking at the concentrated way she looks into nothingness.

“Mariana,” she mutters, as if.

“You could have told me,” I want to say. “We did not have to come this far,” I want to add. But I say and add nothing. That’s when I understand the frailty of the narrator, its limited role in a story that refuses to enunciate itself. That’s when I understand, with obfuscating clarity, that there are no polite ways to speak with the dead.

“He is looking for her,” she says. “Ruben is still after her,” her eyes almost white with something that resembles, or else I have learned to associate with, terror. Then she shakes her head.

“It is not true,” she whispers, sounding thoroughly unconvincing but trying, nonetheless, to trick me.

Out of her immobility for the first time in days, Lucinda walks hesitantly through the streets of the verbal event, which is the city. She bumps into walls and steps over the delicate paws of a couple of dogs. She invokes entire universes when listening to the evening sound of a pigeon. She walks fast. She stops without warning. She arrests time.

“Lucinda,” the shouting--so unexpected, so abrupt, so shrieking--forces her to think again that there are no polite ways. Truly. There are no polite ways to speak with the dead.

“I was getting tired. Parks are not for me, you know. This waiting. I have been waiting for ages,” he says.

“Who are you?” she asks, moving slowly away from him.

“You do not recognize me? C’mon. Try, Lucinda,” he smiles. “Omar Pimienta. The imperfect past,” he says.

“That’s a verb tense in Spanish,” she answers.

“My point exactly,” he shouts, celebrating. “Let’s go back to that. To it. To them,” he says, taking her by the elbow.

From afar, they look like a basic pair of old people. Innocent. Unbetraying. As the sound of the pigeon fades into the night, the man and the woman speak and interrupt one another when speaking. Truly impolite.


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Wednesday, April 23, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXXXV.
(on origins)


They have been looking into each other for days now. They walk and eat and sleep and act as if, but they have not ceased looking into each other. Wordlessly. Without mercy.

(The picture of two mute women inside a fishbowl).

(The idea of time, much time, hardened by its own passing).

And then, with increasing attention, locked into the vision they create together, Lucinda and Mariana produce the context in which they ought to exist.

(The illumination, blinding as it fades: this is the beginning of it all. This is both the place where the s?vela* exists and the reason for its shape).

(This silence).

(This refusal to enunciate).

(A parenthetical existence).

Lucinda looks into Mariana, who first appeared in a printed book, and thinks about the thousand ways in which death can produce life.

Mariana looks into Lucinda, who is just one of the three names of a woman that does not exist, thinking that her mother drowned in one of the two lakes, emerald waters, of the volcano. That Far-Away.

A whirlwind. Dust. Oyamel trees. A mother and a daughter, and death in between.

(The darkness, blinding as it grows: this is the origin. This fracture. This irreparableness. This splintering).

(The luminous puncture in a velvety night).

(The place beyond language).

(A parenthetical existence).

"So this story does not exist?," she asks.

Around them, the City Without a Name keeps on expanding. The sunlight, through the curtain of rain, indicates that the devil is beating his daughter hard, really hard. Of all the improbable characters, only Ruben expects an answer.

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*For a definition of s?vela, see post XXV.


Thursday, April 17, 2003
BLOGNOVELA 2003

XXXXIV.
(in which The Author tests the limits of the fictional)

Ruben, who lacks a last name, is a man who is a character.
Guzm?n, who lacks a name, is a man who is a character.
Agnes Pierce-Ju?rez is only a name.

Mariana, who first appeared in a printed book, lives by a volcano of two lakes--emerald waters.
Lucinda Constanza is one of the three names that belongs to a woman who does not exist.

The male narrator does not exist.
The female narrator does not exist.
The Author, we all know that, does not exist.

And yet, Lucinda looks at Mariana into the distance--as it is often said--and she yearns.

“I am dead,” she says.
“I am dead,” says she.

Sideway glances.

Mariana looks into Lucinda, emerald eyes. Yearn into yearn. The following sentence:
“Aren’t we something?”

Giggling ensues.

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Wednesday, April 16, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXXXIII.
(in which The Author tests the limits of the real)

Amaranta Caballero is real: www.amarantacaballero.blogspot.com
Abril Castro is real: www.finalmenteaqui.blogspot.com
Mayra Luna is real: www.mayraluna.blogspot.com
Rodrigo Navaroo is real: www.rodrigonavarro.blogspot.com
Omar Pimienta is real: www.omarpimienta.blogspot.com

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Monday, April 14, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXXXII.
(negativo)

So this is the day. This is the hour. The minute. This second. Lucinda gets up and, in foreign words, walks through the door of Anita Manzano’s house, the hideout of the comics. The hair: in flames. The eyes: inhabited by death. The tongue, mother or otherwise, humid and still inside its own cave.

The City Without A Name acquires a name, which will remain undisclosed.

“A negative,” says Anne Carson in reading Simonides of Keos with Paul Celan, “is a verbal event.”

A head is not a hand: this is a verbal event.
A word is not three words in a different code: this is a verbal event.
A woman walks inside a head, which is a hand and three words and a different code: this is a verbal event.

But this is the day. An event. Verbal.

Lucinda sees Mariana--into the distance, as it is often said.

The city, in Spanish, an absence. A positive.
The action, imaginary, a negative. The truest event.

“You are dead,” she says.
“You are dead,” she says.

who says?

The agreement is not a verbal event.

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Friday, April 11, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXXXI.
(sue?a-v?*)

Primero oye el ruido y, luego, casi de manera inmediata, descubre el rostro de Anita Manzano frente al suyo. No es sino hasta el final del proceso, es decir, hasta el inicio del reconocimiento, que siente el ardor en la mejilla derecha. El escozor de la cachetada.

--Despiértate --el grito es algo de color amarillo que corre sobre la pared y se cuelga del techo--. ?Te digo que te despiertes ya!

Lucinda pesta?ea y, todav?a sin atinar a enfocar la vista, se cubre la boca abierta. Todo parece indicar que acaba de darse cuenta que ha hablado mientras dorm?a y que, a?n sin saber lo que dijo, se arrepiente ya de haberlo hecho.

--Las palabras te delatan, Lucinda –murmura la anciana de manera suspicaz, sac?ndole la vuelta, viéndola de lado. Hay algo en su danza que es muerte.

Lucinda no est? ah?, a su lado. Lucinda no est? en ning?n lado.

--Despiértate --repite la anciana con exasperaci?n antes de aproximarse a ella y jalarla del hombro.

El silencio de Lucinda la enerva, la saca de sus casillas.

--?Quién es Mariana, Lucinda? ?Qué le pas? a Mariana?

Lucinda no est? ah?, a su lado. Lucinda no est? en ning?n lado.

En el ojo, atr?s del ojo, se esparce la imagen de una ni?a seria, con cara de adulta, que, con el brazo derecho suspendido en medio del aire, la borra del mundo. Adi?s. Lucinda cierra baja los p?rpados. Cierra los ojos.

--No sé, Anita, no sé quién es Mariana --le susurra--. No sé qué le pas?.

Las dos se dan la espalda entonces. Las dos saben que mienten.

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*concepto extra?do, sin permiso alguno, de una de las p?ginas del Manual de Las Mujeres Cabellero, libro por dem?s misterioso y, as of yet, inédito. Y, adem?s, perdido.



Thursday, April 10, 2003
BLOGNOVELA 2003

XXXX.
(La Spiderwoman vs. The Tropical Rain)

Describe la manera en que Lucinda, profundamente ensimismada, hojea la historieta. La concentraci?n un?voca. El un?voco entrecejo. Las palabras “boca-abajo”, “pantorrillas”, “inmovilidad”, “cama”, “semi-penumbra”. Luego, col?cate cerca de ella. A un lado del hombro derecho. Atr?s. Detecta el olor a ar?ndano. El principio de sudor. La lejana certeza de la menstruaci?n. Esp?a lo que lee. Anota. Narra. Escr?belo todo.


Cuadro Uno
Una mujer de traje sastre y zapatos de tac?n alto se despide de dos hijos peque?os—y la ausencia de un marido o un padre es m?s que evidente en el hecho de que los infantes aparecen de la mano de una ama de llaves o ni?era—antes de abordar un auto sed?n, de cuatro puertas.

--I will be back at five thirty --grita al mismo tiempo que agita su mano derecha.


Cuadro Dos
Afuera del auto, el tr?fico parece detenido para siempre mientras que, adentro, el rostro de la mujer se contrae en una mueca de dolor. El color es un rojo intenso cruzado por ondas amarillas.

--This fucking migraine again --murmura. Los lectores habituales de Spiderwoman deben estar acostumbrados a ambas cosas—sus maldiciones y sus migra?as—porque no hay explicaci?n alguna al respecto.


Cuadro Tres
Algo o Alguien se comunica con ella a través de la migra?a porque, tan pronto como nota y hace notar el dolor, detiene su auto y, ya afuera de él, en una m?tica banqueta vac?a, se dedica a observar el azul ilimitado del cielo. Su cabello negro, antes recogido en un mo?o tras la nuca, ahora vuela libre hacia el extremo izquierdo del cuadro.

--I am ready --le dice a nadie con suma convicci?n--. Yes --repite--. I am off.


Cuadro Cuatro
El color negro, de improviso, sin anuncio alguno, cubre al rojo.


Cuadro Cinco
Un rayo cruza el color negro.


Cuadro Seis
La tormenta se desata.



Interrumpe la descripci?n. Pon atenci?n ahora a la manera en que las yemas de los dedos tocan el papel amarillento, oloroso a tiempo perdido, est?tico. Zoom. Nota la leve excitaci?n de la mano; la forma en que, urgente y sutil a la vez, se adelanta a la actividad del ojo. La lectura. La voracidad de toda lectura. Detente ante esa s?bita inmovilidad de los dedos al encontrase con hojas rasgadas, hojas ausentes. The Void.


Cuadro Quince, Dieciséis, Diecisiete
El color verde lo inunda todo. Hay musgo sobre las ramas casi horizontales de los encinos y algunas plantas de lejana ascendencia tropical cuelgan de los edificios. Luscious. Exuberant. Junglesque. Un desdibujado color blanco en la orilla de cada cuadro le da a la atm?sfera esa consistencia de invernadero, de cosa cerrada y h?meda. La Spiderwoman est? ah?, en medio de todo ello, viendo de lado a la lectora. The Bell Jar.

--How do I get out of this? --pregunta.


Cuadro Veintitrés, Veinticuatro, Veintisiete
La Spiderwoman corre bajo la llovizna sin poner atenci?n a las magnolias y manglares que bordean las estrechas calles por donde avanza. El sonido de los tacones contra el pavimento. El sonido de la lluvia sobre todo lo dem?s. Las hojas se agrandan a su paso. Las espinas. Los troncos. La mujer parece estar ahora cerca de su objetivo. Parece cansada. Parece resuelta a vencer a su enemigo.



Interrumpe una vez m?s. Mira c?mo Lucinda deja la historieta de lado y, recostada sobre su espalda, se pone a observar el techo. ?yela decir: la lluvia. Mira la err?tica sonrisa que se ancla en su boca. Déjala so?ar.


Cuadro Treinta
La Spiderwoman lanza su supertelara?a hacia el cielo.


Cuadro Treinta y Uno
La telara?a, en zoom, alcanza a pegarse a la orilla de una nube escu?lida y asustadiza.


Cuadro Cuarenta
Todo est? seco en el alrededor cuando La Mujer Normal abre la puerta de su casa a las 5:30 y coloca un beso en la mejilla de cada hijo.


Date cuenta que nunca supiste cu?l era la amenaza, de qué se trataba la historia, en qué termin?. Y expl?cate, ahora, mientras tanto, c?mo te convertiste en t?.

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Wednesday, April 02, 2003
BLOGNOVELA 2003

XXXIX.
(4’33’’)

[










].

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Saturday, March 29, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXXVIII.
(rulfiana)


Tengo los ojos llenos de muertos, Lucinda. Los o?dos. Las manos. La nariz. Vengo huyendo de los muertos y no hago m?s que llenarme los ojos y los o?dos y las manos de m?s muertos.

(?y quién, de entre todos los personajes de la s?vela, dice esto?)


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Friday, March 28, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXXVII.
(cuestionario)

Me gustar?a dejar de ser El Narrador para hacerle las siguientes preguntas al hombre que se encuentra sentado sobre la banca del parque mirando algo que yo no alcanzo a ver en el filo del horizonte:

?Realmente eres t? el Joven Pimienta?

?Alguna vez, alguien, de verdad, crey? que ven?as de Marte?

?Est?s seguro que ese alguien no dijo, o no quiso decir, Venus o Saturno en lugar de Marte?

?Qué hace ese curioso gorro color verde sobre tu cabeza?

?Te hab?as dado cuenta que uno de los lentes de los goggles que llevas sobre el gorro est? estrellado?

?C?mo ves el mundo a través de ese lente estrellado?

?Esa enorme manta que est? a tu lado derecho es, de verdad, un paraca?das?

?C?mo llegaste a la Ciudad Sin Nombre? Y, sobre todo, ?para qué?

?Es cierto que pasaste una navidad en Mongolia y que aprendiste a lidiar con secuestradotes de rub?es mientras cantabas?

?Es cierto que alguna vez fabricaste alfombras m?gicas?

Y, si efectivamente eres el Joven Pimienta, ?c?mo es posible que hayas tenido un esposo avestruz?

?No te doli? desconocer el destino de la pobre eheava?

?Y quién era, ya fuera de cansinas met?foras, la leona con siete hijos por la cual adquiriste una infecci?n en las enc?as?

?De verdad te gusta la cerveza irlandesa?

?Y cu?ntos a?os pasaron?

?Est?s seguro de que tocaste la puerta tres veces?

?Qué haces ahora aqu? en un parque que est? dentro de una Ciudad Sin Nombre que est? dentro de una s?vela?

?No tienes hambre?


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Thursday, March 27, 2003
BLOGNOVELA 2003

XXXVI.
(apesadumbrado elogio a la anti-coincidencia)

Como me gustar?a poder narrarles ahora una historia llena de coincidencias! Poder decir, por ejemplo, la bola de papel que Rubén avent? a la v?a p?blica con tan poco cuidado cay? a un lado de la banqueta y, empujada por el sucio viento de marzo, avanz? tumbo a tumbo sobre baches y topes, de manera veloz, hasta llegar

(coincidencia #1)

a los zapatos de cobalto de Amaranta Caballero quien

(coincidencia #2)

se encontraba en esos momentos a la espera de un mensaje divino que le resolviera el acertijo de su destino. Eso, por lo dem?s, se le notaba en la mirada horizontal con la que auscultaba el texto impredecible del asfalto. Cuando recogi? la bola de papel y empez? a leer su contenido, pues, la mujer Caballero tuvo la imperiosa necesidad de buscar una banca donde sentarse y, por lo mismo, se dirigi? a un parque. Ah? termin? de leer la misiva pensando, de la manera m?s ardua posible, en su significado. Levant? la vista, observ? las nubes, se dijo: que extra?o este azul en el cielo y, justo cuando acababa de hilar la oraci?n completa, una r?faga de ese mismo viento sucio de marzo

(coincidencia #3)

le arrebat? el papel arrugado de entre las manos. Amaranta, quien se encontraba especulando todav?a sobre el extra??simo azul de este cielo, tard? en reaccionar y, cuando sali? corriendo tras el papel, s?lo alcanz? a ver c?mo un perro callejero

(coincidencia #4)

lo tomaba entre sus fauces. El pobre, se dijo la cansad?sima Amaranta mientras dejaba de correr, debe tener tanta hambre que confundi? la tinta con carne de cerdo! Pero el perro que, aunque hambriento no ten?a un pelo de tonto, pronto se dio cuenta que el papel sab?a a papel y la tinta a tinta y, después de correr un par de cuadras m?s, lo dej? ir con la misma falta de cuidado que mostrara Rubén un par de horas antes. De ah? lo barri? la escoba de una viejecita muy disciplinada quien momentos después lo llev?, junto con una monta?a de polvo y otros tantos desperdicios, a su bote de basura, lugar donde permaneci? sin ser visto por unas diez horas m?s. A la siguiente ma?ana, cuando la viejecita disciplinada sac? la basura, el papel encontr? la manera

(coincidencia #5)

de salir volando antes de llegar al interior del enorme cami?n. Como si supiera el destino de su propia trayectoria, el papel volvi? al parque donde

(coincidencia #6)

cay? sobre el regazo de Abril Castro y/o Tanya Abril Monterrubio quien se encontraba ah? ponderando, como la otra mujer Caballero, algo sobre los manglares, los tres ?ltimos d?as del invierno, el uso del punto y coma y, claro est?, el destino. La mujer de los dos nombres, pues, ley? la nota y, como se encontraba en denso trance de resignificaci?n personal, s?lo esboz? una sonrisa enigm?tica cuando, a paso lento, deposit? el papel en el bote de basura m?s cercano. Luego, como si algo la jalara por el antebrazo

(coincidencia #7)

la mujer bi-nominal volvi? al bote y tom? el papel arrugado. Musit?: Lucinda. Y en ese momento se dio cuenta que no sab?a su direcci?n ni ten?a manera de encontrarla y, por eso, le apost? silenciosamente a la sabidur?a del tiempo. La sabidur?a del tiempo, por cierto, actu? de manera m?s que r?pida porque, con lo distra?da que andaba, la mujer binominal no tard? en caer, como le hab?a pasado a la propia Lucinda un poco antes, en la madriguera de los c?mics

(coincidencia #8)

y, luego de que Anita Manzano llev? a cabo la auscultaci?n de rigor, una aletargada Lucinda no pudo m?s que decir:

--Y t? ?qué andas haciendo por aqu?? --como si el aqu? se refiriera a un cine o un parque o alg?n lugar definitivamente p?blico donde no hubiera nada m?s natural que encontrar a alguien que se conoce vagamente pero que no se tiene manera de localizar.

A lo que Mujer Bi-Nominal, con gran sonrisa en el rostro y papel arrugado de por medio, le contest?:

--Esto es para ti.


Todo eso, lo repito ahora, me hubiera gustado. Mi imaginaci?n rom?ntica, proclive a finales-felices y metanarrativas varias, se habr?a regodeado con una historia de ese tipo. Pero si las novelas se hacen de coincidencias; las s?velas se alimentan, por el contrario, de la ausencia de ellas. He aqu? la verdadera relaci?n de los hechos:

La bola de papel efectivamente avanz? tumbo a tumbo sobre baches y topes a través de la Ciudad Sin Nombre. El tiempo borr? los trazos de tinta. El agua la destruy?. Nadie alcanz? a leer la misiva.

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Wednesday, March 26, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXXV.
(el mensaje que encuentra Rubén en la puerta de su casa de paredes color pistache y que luego lee y arruga y tira sobre una calle polvorienta de la Ciudad Sin Nombre)


Lucinda:

So, I visited the west shores of Africa

(a continent far away where only some have ever seen a tooth brush size 3 A, extra soft)

walked barefooted under ill-tempered clouds
listened to foreign languages in a battered radio while whistling
caught by a witterysiie
(which means sacred tree of huge white flowers)
taking a pee

a grave offense
an intolerable deed

I was sent off to a remote village (so small it did not have a name)
in the northern most angle of an almost imaginary island

there I married an ostrich reared on mint tea and good manners by chain-smoking godparents from the Near East.

We had a good life—I have no complaints and harbor no regrets.

Sooner than later I gave birth to twins and, even later, to the first baby ostrich girl with blue hair and pierced ears.

We called her eheava, which in the language of the nameless village means "born to be a pop star."

During winter I mastered the difficult art of weaving yellow ribbons and sage

(which we used to make carpets, described by some as magical, later transported by native slaves to the nearest port)

and I improved, though little, my sprint skills during the long Summer days.


I also learnt to smile when called "my two-legged being from Mars."


We could have continued at it for years, but my ostrich husband was too fast
(he never let me reach, for example, the hilltop before him)
and, as sensitive to cold as a widow in Florida,
he liked to rest for hours in our artificially heated nest.

When in trouble he used to hide his head.

The truth is a childless lioness passed by
(it was 7 a.m. in an extremely dusty day)
we ran away at 7:15, reaching an even more remote village
(so remote that the aborigines had neither language nor concept of it)
where no one had ever seen a tooth brush (much less a size 3 A, extra soft)
a fact that, together with kissing, gave us a bad case of gum disease.

We nonetheless roared under moons as round as perfectly structured German sentences
ate honeysuckles, by her side
I knew what humans in far away lands attempted to describe with the word happiness.

By April, I became nostalgic

(thought of you often during those days surrounded by the smell of Madagascar jasmines and Irish beer)

and her husband, an open-minded bear from the Arctic who located her through an intricate network of spies and bi-focal seals
reminded her of her seven children (for it turned out she had lied)
fetching her back to the icebergs she had begun to miss.

I made shoes out of wine leaves and took off
enjoyed the views from the Chinese Wall
sent postcards
spent Christmas consorting with a white fox who could tell the truth in 13 different languages
(all of them with an accent)
sipping vodka over the Mongolian border.

In just a few days I mastered the art of remaining still while in fury
(it is not as difficult as it sounds)

when in motion again, I rode the westward train, which is red, where three extremely well-behaved hippies high on acid and from California told me you now live on the Mexican border

writing, they said, long autographs in minuscule trace on the back covers of books written by others

(I thought they lied but, fearing disdain, they produced the torn back cover of what once had been a book as evidence)

so I crossed the ocean, hiring myself as an aide in a sixteenth-century ship
where caught glance of a shark of magnificent teeth
(he must have used an extra-harsh, size 10 D, neon brush)
who sculpted waves out of waves almost baffling observers (they seemed that real).

We had coffee and conversation in a language unknown to others in the basement
among the grunts of slaves who, I realized just then, carried the carpets I once fabricated

which reminded me of an ostrich in a nameless island who, though easily distracted and prone to hide, used to called me "my two-legged being from Mars"

I smiled, full of melancholy, pondering whether my dearest eheava had honored her destiny
the little blue one

in those days I learnt how to leave silent messages in answering machines
(it is more difficult than it sounds)
how to negotiate with rubi kidnappers while singing
how to wait for the flowering of garlic
how to pick almonds for a thief
how to conjugate three verbs at the same time in three different mother tongues
(all these things are more difficult than they sound)

with the help of an otter, as friendly as blindfolded, traced back the map where we located the house everybody called yours

it's right here on the border

so I wore the old boots, grabbed the water, the blank pages
preparing myself for the longest of journeys

(and it turned out to be as long as expected)

and so I came by

after all these years

knocked on your door (three times as prescribed)

but, oh, well
perhaps the next time

--El Joven Pimienta

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Tuesday, March 25, 2003
BLOGNOVELA 2003

XXXIV.
(La Autora, la intertextualidad, el personaje y los hechos)


[La Autora, a quien ya le parece tan natural esconderse detr?s de la tercera persona que ni siquiera pide disculpas por eso, se ve forzada a denunciar los siguientes dos “hechos”.

Hecho #1: Hace aproximadamente una hora, en este d?a aciago cruzado por vientos de guerra, alguien desliz? una hoja de papel bajo la puerta de su oficina. Se trata de la p?gina de un cuaderno com?n y corriente, sobre cuyos renglones de color azul alguien transcribi?, en letra peque??sima, los siguientes p?rrafos:

“--Ven --dijo Mariana tom?ndolo de la mano izquierda. El la sigui? con su hijo en brazos. La ni?a, que vest?a overoles de pana color café y botas de acampar, los guiaba con paso seguro entre los oyameles, por veredas solitarias llenas de piedras puntiagudas. Iban monta?a arriba, arriba del aire, hasta dejar el bosque atr?s. Cuando lo hicieron, se introdujeron en el cuerpo informe de una nube baja. Luego, para su total sorpresa, se encontraron frente a las lagunas que el agua hab?a formado en el cr?ter del volc?n. El paisaje en su entorno era desértico, tierra in?til. Alvaro estaba cansado pero la belleza intemporal del lugar le devolvi? la respiraci?n. Mariano, dormido entre sus brazos, no pudo observar la turgencia de las aguas, la delicadeza del aire, la exigua calidez de la luz solar col?ndose entre la aglomeraci?n de nubes grises.

--Por ah? se fue mi mam? --le anunci? Mariana mirando hacia las lagunas. No hab?a tristeza en su mirada. En sus ojos, dentro de sus pupilas claras, s?lo se esparc?a ese verdor que todos asocian a la esperanza. Guard? silencio por un rato mientras arrojaba piedrecillas blancas hacia la laguna del sol y, luego, como si el recorrido no hubiera exigido esfuerzo alguno, se volvi? a verlo para indicarle que ten?an que ir de regreso. Alvaro, esta vez, no la obedeci?. Se quit? la chamarra para cubrir el cuerpo de su hijo y se sent? exactamente en el lugar donde estaba.

--No puedo m?s --le dijo a la ni?a con total honestidad.

--Eso es lo que siempre dec?a mi mam? --le contest? Mariana quien, sin contemplaci?n alguna, le dio la espalda y emprendi? el camino de regreso. Observando la lejan?a que crec?a entre los dos, Alvaro comprendi? de repente todo lo que hab?a sucedido y, de la misma forma, supo lo que ten?a que hacer. La llam?. Grit? su nombre y le pidi? que lo esperara. Luego, le dio la mano y la gui? camino abajo con una firmeza y una sabidur?a que apenas estrenaba. Lentamente, deteniéndose aqu? y all? para pronunciar el nombre de algunas plantas, Alvaro camin? con sus dos hijos hasta llegar a la caba?a. All?, rodeada por los viejos, los borregos y los ni?os, Fuensanta los esperaba con la cara llena de aflicci?n y los m?sculos tensos. Cuando los avist? a la distancia, el gusto de verlos llegar sanos y salvos pudo m?s que el enojo. Corri? a abrazarlos.

--V?monos de este lugar, Alvaro --le susurr? al o?do--. Todo esto est? maldito --a?adi? mientras observaba a su alrededor, abarc?ndolo todo dentro de una mirada acuosa y larga. Alvaro la obedeci?. Tom? a su hijo entre los brazos y, con premura, con la rapidez de alguien que trata de escapar de la muerte y resucitar a la vida, inici? el regreso hacia el auto. No se despidi?, no volvi? la vista atr?s y, mientras avanzaba a toda prisa, no escuch? otra cosa m?s que su respiraci?n agitada. Cuando divis? el coche a lo lejos, pens? que se trataba de su salvaci?n particular. Entonces, con la misma velocidad nerviosa, abri? las puertas y esper? el pronto arribo de Fuensanta. El movimiento sincopado de los cuerpos lo sac? que quicio: no sab?a qué ver, a qué exactamente ponerle atenci?n. Una rodilla. Un antebrazo. El tac?n de un zapato. Un ojo. Dos. Ten?an que partir de inmediato. Tan pronto como oy? el chasquido de la puerta, prendi? la m?quina y oprimi? el acelerador. No fue sino hasta un par de kil?metros después que, viendo de reojo en el espejo retrovisor, se dio cuenta que Mariana ven?a con ellos en el asiento trasero.

--?Y t? qué haces aqu?? --pregunt? Fuensanta con estupor.

--Mi mam? me dijo que un d?a t? vendr?as por m? --contest? Mariana con una voz tersa y natural--. Dijo que t? eras el hombre que siempre so?? --a?adi? al final, viendo el paisaje a través de las ventanillas ya sin ponerles atenci?n a ellos. Fuensanta repiti? la ?ltima frase entre dientes y guard? silencio. Alvaro hizo lo mismo. Mariano, quien dorm?a en su asiento de ni?o, particip? también en la acumulaci?n del silencio. Mariana no volvi? a decir palabra alguna. El volc?n cubierto de nieve los vigilaba de lejos”.


La Autora, reconociendo palabras escritas por ella misma y, publicadas, por lo dem?s, a finales del a?o pasado, no dej? de sentirse inquieta. Tampoco pudo evitar pensar que el transcritor ten?a, a decir verdad, una letra mal?sima y una ortograf?a m?s bien regular y, por lo mismo, se obsesion? con la posibilidad de descubrir la identidad de tan misterioso, aunque disciplinado, individuo.



Hecho #2: Hace aproximadamente media hora alguien volvi? a deslizar otra hoja bajo la puerta de su oficina. Esta vez el mensaje no era una cita textual, sino una amenazadora carta:

“Sé lo que haces, Autora. Crees que nadie lo nota, pero yo sé lo que haces. Te escondes detr?s de la Tercera Persona para ocultar tus cr?menes y los cr?menes de otras como t?. Que nadie te desenmascare me parece inaudito. Que algunas te celebren no me causa sino asco. Pero yo lo voy a hacer. Yo voy a quitarte del lugar de la autor?a y voy a regresarte a donde perteneces: el lugar del no-lenguaje. Lo real. Tu influencia debe terminar. Lo ver?s. Lo constatar?s pronto. Me va la vida en eso. Te lo juro. Por ésta.

Y déjate ya, por favor, de juegos tan in?tiles. T? sabes que yo no soy Hércules y que Lucinda no es Irena y no es Mayra y no es Agnes. T? sabes que ella tiene en su poder algo m?o. T? sabes que ella me ha robado. T? sabes que ella no se ha ido. Ahora quiero que sepas que la recuperaré. --Rubén”

La Autora, quien lee la carta con la cabeza levemente inclinada, como se dice que leen los incrédulos, no puede evitar la sonrisa. Esta es su epifan?a personal: el personaje regresa y regresa con su propia venganza contra lo real. Antes de tirar los dos mensajes al bote de basura, sin embargo, no puede dejar de preguntarse por qué a?n en sus cartas m?s personales Rubén se niega a tener apellido. Sepa. Va].

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Friday, March 21, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXXIII.
(lo que pensaba Lucinda Constanza en el cap?tulo XVII pero se guard?, por motivos que s?lo a ella le corresponde saber, hasta que apareci? La Narradora y desapareci? la lluvia)*


I.

30 o 35 segundos

la lluvia
y el recuerdo de otra lluvia
y el escrito donde la otra lluvia recordada
y el recuerdo del escrito de la otra lluvia otra


toda lluvia es otra lluvia

toda lluvia es teor?a de la lluvia en otra

toda lluvia llueve cuando no llueve ahora


30 o 35 segundos
el momento de la cita textual:
el diablo est? golpeando a su hija fuerte, muy fuerte

alguien dijo: la lluvia sobre la luz del sol es el diablo cuando el diablo golpea a su hija fuerte, muy fuerte

alguien dijo: la lluvia sobre la luz del sol es el diablo cuando el diablo golpea a su hija fuerte, muy fuerte


un hombre y una mujer; un hombre o una mujer

o un siglo de por medio: o la cita en la voz

(alguien dijo: la lluvia, quedo, la lluvia, y vio la luz del sol detr?s de todo, inabarcable, imborrable, intachable, y se ech? a callar)

en la memoria, en el texto, en el cuerpo

un hombre o una mujer, o una cita en el tiempo

un palimpsesto


30 o 35 segundos


la lluvia

y el cuerpo cuando sabe algo que la mente ignora
y la mente cuando presiente algo que el cuerpo sabe
y el paréntesis que va del saber al presentir
y del presentir al saber

la lluvia sobre la luz de la ma?ana
el diablo y su hija y el golpe de por medio:
el momento en que la conciencia alcanza al cuerpo


un ?ngulo
una actitud
un no saber
un saber demasiado

alguien dijo: la lluvia sobre el sol es el diablo cuando el diablo golpea a su hija fuerte, muy fuerte

la lujuria veloz del conocimiento
la osad?a
el momento en que la lluvia cae

30 o 35 segundos

no m?s


II

La lluvia, dec?a

los 30 o 35 segundos en que la lluvia llueve dentro de s? misma

esta ma?ana y no otra

aqu? y no all?

afuera y no adentro

la lluvia y la cita textual de la lluvia
la umbr?a
la clara
la cierta

lluvia

la falsa

la ocurrida y la des-ocurrida a?n dentro del ocurrimiento

pero sobre todo la lluvia sentida y vista y tentada
la que me hizo saltar de la cama:

toda lluvia es otra lluvia
todos llevamos otra lluvia dentro.

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*Anoto aqu?, en el abajo de todos los m?rgenes, que sospecho de esta argucia. Creo, y lo creo fervientemente, que Lucinda se ha aliado con La Narradora para ponerse en mi contra. Todav?a no sé por qué o para qué pero, a pesar de que no puedo dejar de incluir este cap?tulo (La Autora me lo proh?be con tacto, es cierto, pero sin alternativa alguna), tampoco puedo hacerlo sin producir el margen donde cabe mi sospecha y, ?por qué no?, mi resentimiento.


Thursday, March 20, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXXII.
(lo que una mujer le puede robar a un hombre)


--?Y t? qué crees que sea? --le pregunta Rodrigo Navarro a Guzm?n mientras lo mira fijamente. Ojo a ojo. Diente a diente. Labio a labio. Pareciera querer descubrir algo en la pel?cula transparente que cubre las pupilas. Da la impresi?n de que el mundo se concentra, ahora, en este momento, dentro de las palabras que nadie pronuncia pero que él invoca.

--?Que sea qué? –Guzm?n, con una aceituna entre los labios, luce distra?do, sin ?nimo alguno de continuar la conversaci?n.

--Lo que Lucinda le rob? a Rubén, Guzm?n --menciona en esa tensa voz baja que, en realidad, est? conteniendo un grito--. O lo que dice que le rob?.

Guzm?n no puede evitar la ligera sonrisa que le cruza el rostro.

--?De verdad te interesa tanto saberlo?

Mientras Rodrigo Navarro se queda quieto, incapaz de mover la cabeza o de ponerle alguna expresi?n singular a su rostro, Guzm?n ordena un martini muy seco. Tiene la voz de hombre mayor. Tiene la mirada de un ni?o de 11 a?os. Entre una cosa y otra, el ?nico adjetivo que no se asusta de él es el de descarado.

--Porque si te interesa, Navarro, yo te lo puedo decir, pero entonces vas a tener que decirme por qué te interesa primero.

Al ver a Navarro, quien pondera en silencio la oferta o el reto, Guzm?n tiene que pensar en el trago de an?s. Guzm?n tiene que ir hacia atr?s y recordar, por fuerza, la descripci?n de ese sabor dentro de la cual se origin?, no debe quedarle la menor duda al respecto, la pregunta de su amigo. Su curiosidad.

(Un hombre se detiene sobre la cuerda floja de s? mismo)

(Un ser de humo atraviesa su propio umbral)

(La forma aspira a la falta de forma)

--Cuando era joven --murmura-- cuando ten?a la edad que ahora tengo, so?é con todo esto --ve a su alrededor y la mirada se le cuelga de todos los espejos empa?ados. Luego, como si se le acabara de ocurrir, como si de verdad fuera una posibilidad, a?ade:

--Estoy so?ando, Guzm?n ?te das cuenta?

Si alguien pasara junto a su mesa seguramente pensar?a que se trata de dos dementes. Bebedores de ajenjo. Fumadores de hach?s. Poetas. Orates. Pendejos.

--Yo creo que lo ?nico que una mujer le puede robar a un hombre es un hijo.

Si alguien pasara junto a su mesa seguramente pensar?a que se trata de dos estatuas. Momias en desv?n. Cad?veres en morgue. Lisiados de pre-guerra. Muertos.

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Wednesday, March 19, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXXI.
(amarga queja del narrador)


Me quejo.

Lo hago conscientemente. Esto. Quejarme.

No me parece justo. Yo, aqu?, desde el inicio, mir?ndolo todo, registr?ndolo todo, sin descanso. Yo, tom?ndolo todo en cuenta, asom?ndome a todas las ventanas, dando vuelta en todas las esquinas. Yo trabajando horas extras. Exhaustivamente. Sin parar.

?Y todo para qué?

Para que algo m?s, una voz extra?a y sin identificaci?n, seguramente una cosa femenina, se pasee sin menor problema por los sue?os de mis personajes. Todo para que, sin aviso y sin chistar apenas, se develen uno a uno los pensamientos m?s escondidos de mis creaciones. Aqu?. Frente a m?. Fuera de mi control.

Todo para ser vencido, una vez m?s, por el interior.

Yo quer?a ser el narrador omnisciente. Me quejo. Lo repito. Yo quer?a saber.

Yo aspiraba a ser ella. Lo que ella es. Lo sabido.

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Tuesday, March 18, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXX.
(la s?vela pondera...)

?Seré capaz de existir lejos del mar?

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Monday, March 17, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXIX.
(mariana est? bien, irena)


Lucinda duerme.

En la casa de do?a Anita Manzano, Lucinda sue?a.
Se trata de un sue?o largo; un sue?o que ha sido so?ado en 18 horas de sue?o.
Se trata de un sue?o doblado, desdobl?ndose. Un sue?o. Una serpentina que, al arrojarse lejos, se vuelve m?s serpentina. Es decir: m?s sue?o.


Este es el sue?o:
Lucinda abre los ojos y ve las nubes (hay nubes que avanzan veloces en el cielo dentro de este sue?o). No dice nada. Cierra los ojos y ve las nubes (hay nubes que avanzan veloces en la cabeza dentro de este sue?o).

Abre los ojos una vez m?s y ve, entonces, los troncos de los oyameles que, uno junto a otro, bloquean la luz de la media tarde. El mundo, piensa, es una c?rcel (la voz del pensamiento s?lo es o?da por el pensamiento mismo). No dice nada. Cierra los ojos.

El ruido del aire la confunde: est? segura que se encuentra a las orillas del mar. Por un momento est? tentada a creer que no sue?a. Que no est? so?ando. Abre los ojos.

Al correr entre los troncos de los oyameles Lucinda se da cuenta que va acompa?ada y que est? so?ando, las dos cosas al mismo tiempo. Hay hombres a su lado, tres, y eso es suficiente para saber a ciencia cierta, sin dar lugar a la m?s m?nima de las dudas, que se ha ido a alg?n otro lado.


Este es el sue?o consciente de ser sue?o:
Lucinda observa la ladera del volc?n. Un segundo después, Lucinda asciende por la ladera del volc?n recién observada. La sensaci?n de asombro es la misma. La fascinaci?n. No hay distancia alguna entre la cosa y la cosa imaginada. Esto la conmueve. Corre entonces. Corre hasta que no le es posible correr m?s. Corre hasta que se le acaba el aire. Se detiene. Se inclina hacia la tierra. Esto es el final, piensa para su pensamiento. Esto es, repite totalmente en silencio. Abre la boca y aspira. Aspira con convicci?n y sin serenidad. Aspira para llenarse pero nada la llena. Nada la salva. Esto es el final, le dice a su pensamiento para que todo el cuerpo lo sepa. Esto es. Cuando finalmente vuelve a respirar—aspirar, exhalar, aspirar, exhalar—se da cuenta que el aire tiene dos alas: una que llena la boca pero que no entra en los pulmones y, luego entonces, sirve de poco o de nada en momentos de vida o muerte; y otra que, soterrada, quiz? muy por debajo de la primera, se encarga de trasmitir el momento pr?ximo. Luego contar?, en otro sue?o, que as? descubri? el ox?geno.


El otro sue?o:
Detr?s de cada oyamel se esconde una mujer. Cuando Lucinda les da la espalda, las mujeres se apresuran a salir de sus escondites para recoger setas de entre la hierba. Cuando Lucinda deja de ver el volc?n por unos segundos, las mujeres regresan a sus poses originales de ?rbol. Esto sucede varias veces a un ritmo un tanto c?mico.

--Quiero contarles c?mo descubr? el ox?geno --les susurra desde lejos.

Las mujeres guardan silencio detr?s de los oyameles pero su respiraci?n pausada—aspirar, exhalar, aspirar, exhalar—las delata.


Este es el sue?o:
Lucinda avanza hasta la orilla de la laguna. Una tolvanera delgada, con forma de cuerpo, nace en la tierra seca y se transporta sobre la superficie del agua hasta que, hastiada quiz?, se eleva hacia el cielo. Lucinda la ve. La visi?n le provoca melancol?a. Algo que se va. Otra cosa m?s que se va hacia el cielo. Tal vez por eso se acuclilla frente a la laguna y, sin saberlo verdaderamente, como ocurre con cierta frecuencia en muchos sue?os, coloca su mano derecha al ras del agua fr?a.

El contacto la entumece. Y el entumecimiento la fascina. As? se queda por mucho rato: acuclillada frente al agua, una mano sobre ella. Inm?vil. La otra guardada en su gabardina.

As?, desde esa posici?n, la ve. As? se le aparece.

Al inicio cree que es una alucinaci?n producto del entumecimiento y, por eso, retira la mano con algo de brusquedad. Luego, ya con la mano h?meda dentro del bolsillo, se da cuenta que la mujer sigue nadando con sumo placer en el fondo de la laguna.

Es una mujer peque??sima, de largos caballos rojizos que entre arabesco y arabesco se da tiempo de observarla a través del pasadizo color esmeralda del agua.

--?Quieres saber qué es el ox?geno? –le pregunta sin mover los labios.

Lucinda le responde a se?as que s? pero, en lugar de contestar, la mujercita se r?e y se aleja hacia la profundidad.

Cuando, de un salto, sale del agua y se le coloca sin demora alguna sobre su hombro derecho, la mujercita ya ha dejado de re?r.

--Dime c?mo est? --le pide a Lucinda con cierta urgencia mientras gotas de agua gélida se le resbalan por las clav?culas y los senos--. ?Me traes noticias de ella?

Lucinda vuelve a estar segura que est? so?ando cuando se oye decir:

--Mariana est? bien, Irena. Mariana sabe muy bien lo que es el ox?geno.

Antes de regresar a las aguas del volc?n, antes de dar el salto que la llevar? lejos de ella, la mujer peque??sima le sonr?e con pena.

--Cu?dala, por favor. Lucinda. Cuida a mi Mariana.


Este es el final del sue?o:


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Monday, March 10, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXVIII.
(el reporte de Guzm?n)

Me traiciono tres veces a?n antes de empezar. Te digo: no sé por qué hago esto, Rubén. Pero sé muy bien porque lo hago: dinero. Te digo: no sé por qué quieres que la persiga y que anote, después, todos sus actos en esta libreta. Pero también sé muy bien porque lo haces y porque lo hago: control, de tu parte; el inédito placer de narrar, de la m?a. El morbo, pues, de encontrar palabras para decir lo que veo y oigo y presencio. Te digo: repruebo tus deseos, Rubén. Pero aqu? me tienes, llenando estas p?ginas, escribiendo mi reporte, haciéndome tu c?mplice. Mir?ndola. Mir?ndolas.

Y me traiciono una vez m?s (y ya es la cuarta) (y todav?a no empiezo): supongo que cada reporte lleva incluido su propio sistema de subversi?n. Supongo que cada “verdad” tiene dentro sus propias “mentiras”. Estoy convencido de que el mundo de Lucinda, de cualquier manera, no puede ser narrado.

Mir?ndola, pues. Mir?ndolas.

Porque te dije, ?verdad, Rubén?, que son varias. Te dije, estoy seguro de eso, que tu mujer no est? sola.

Escribo: tu mujer. Y no puedo evitar la sonrisa. Nunca un posesivo fue tan in?til. Deber?a anotar: la mujer que persigues. Nada m?s. Que perseguimos.

?Te conté que a veces esa mujer que persigues y las otras que la rodean vuelan papalotes en la playa con una torpeza infantil rayana en lo rid?culo?

?Escrib? aqu? que justo después del primer bocado—y no importa el bocado sino el hecho de que sea el primero—emiten gemidos de placer que en mucho se parecen a los que estamos acostumbrados a asociar con el sexo?

?Dejé ya constancia de sus nombres? Aqu? est?n una vez m?s: Amaranta Caballero, Mayra Luna, Abril Castro y/o Monterrubio, Margarita Valencia Triana, Gabriela Ju?rez, Brenda Garc?a, Mariana Mart?nez. Todas alrededor de una mesa. Todas muy Lo(r)cas.

Debo advertirte que sus nombres cambian con una velocidad pasmosa. Alas: nunca les creas nada.

?Te advert? también que caminan por las calles de esta ciudad como si anduvieran, en realidad, en otra ciudad? No se detienen, por ejemplo, frente a los grandes signos hexagonales rojos y, sin embargo, todav?a no las atropellan. Expl?came eso.

Pasan cosas extra?as a su lado. Reverberan. Te cuento: mi amigo Navarro, a quien conoces t? también de muchos a?os atr?s, catorce para ser m?s precisos, se ha dejado crecer el cabello y lee ahora textos radicales del siglo XIX. Est? pensando en la posibilidad de cambiarlo todo. Ha dejado sus aburrid?simas corbatas (sobre las cuales nunca pude hacerle comentario alguno, as? de serio era) y se pone ahora camisas sin cuellos, de colores poco masculinos que, adem?s, se deja por fuera del pantal?n. Cada que lo encuentro en el restaurante de siempre me pide—deber?a escribir que me demanda pero esto suena muy fuerte—una nueva historia sobre las mujeres a las que, por ?rdenes tuyas, persigo y esp?o.

?Te dije que tengo la sospecha que avanzan por la ciudad como si estuvieran convencidas de que son espiadas y anotadas y narradas en un cuaderno de tapas amarillas como éste?

?Mencioné que se la pasan bien? ?Dije que nada en sus rostros indica amargura o hast?o?


?Por qué me pides que haga esto, Rubén, por qué ahora que viene la guerra y tenemos un amigo desaparecido y siguen las muertas?

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Wednesday, March 05, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXVII.
(bramar, bufar, cantar, aullar)


Todo esto ocurre dentro de la imaginaci?n afiebrada del narrador, dentro de sus deseos furibundos por ir detr?s del velo que cubre todas las cosas del mundo. Todo esto:


La pregunta que se qued? sin respuesta:
?C?mo se le llama al sonido escandaloso y hueco que emiten los lobos marinos al acercarse a la costa?


Escena I:
Hay tres mujeres aproxim?ndose al muelle. Mujer Uno lleva abrigo color negro y bufanda a rayas. Mujer Dos trae el cabello suelto y una tristeza muy descobijada en los ojos. Mujer Tres camina despacio y canta en voz baja.


Di?logo en condicional:

--Deber?amos ir a la isla…

--Tal vez s?, pero tengo fr?o.

--Yo también, pero s? deber?amos ir a la isla.

--Deber?amos espantar al fr?o.

--Tal vez.


Escena II:
Las tres se aproximan al barco y, con cautela, todav?a dentro de la indecisi?n, dejan tierra firme y se introducen, de un brinco, en el bamboleo del nav?o. Mujer Uno teme que vomitar? de un momento a otro. Mujer Dos observa al hombre que manejar? la embarcaci?n y, sin saber a ciencia cierta por qué, mira hacia tierra firme con urgencia. El vuelo de una gaviota le eriza la piel. El sonido de los lobos marinos la deja imp?vida. Mujer Tres nota la ansiedad en sus ojos alarmados y, tratando de prevenir un ataque similar, busca la caja de herramientas donde, para su alivio, descubre un martillo. Luego recorre la cabina como si esperara encontrarse a alguien m?s a bordo. Mujer Uno observa el momento en que la embarcaci?n suelta las amarras. Un segundo. Dos. La n?usea desaparece. Los pulmones se llenan de aire.


Lo que Mujer Uno ve cuando todo mundo cree que ve el océano:
La iridiscencia que, sobre el oleaje marino, parece un agujero que conectara a este mundo con otro todav?a imposible. Todav?a divino.

Lo que Mujer Dos ve cuando todo mundo cree que ve el océano:
Siente, sobre todo, el embate de las olas cuando la embarcaci?n cruza la boca de la bah?a y se interna en el mar adentro. El embate. Piensa en esa palabra y cierra los ojos. La boca de la bah?a. Los labios de la costa. La lengua del litoral. El beso. El cruce. El m?s all?. La corriente marina la empuja una y otra vez con los mismos movimientos del hombre que ahora vuelve a colocarse entre sus piernas. Una y otra vez. El oleaje la zarandea. Abre los ojos y el agua no es sino el cuerpo del hombre que la penetra. Una y otra vez. En silencio. A gritos.

Lo que la Mujer Tres ve cuando todo mundo cree que ve el océano:
Hay una ni?a, el cuerpo de una ni?a, al ras del agua. La corriente se la lleva poco a poco y, luego, en un parpadeo, desaparece.


El sonido vac?o y necesitado de los lobos marinos las rodea. Un lamento. Un gemido. Un suspiro. Todo esto dentro de un barco a medio hundir. Todo esto dentro de una isla de ?xido.


Lo que escucha Mujer Uno:
Alguien me necesita. En alg?n lugar, lejos, alguien me est? necesitando ahorita.

Lo que escucha Mujer Dos:
C?geme. S?bete. C?meme. S?. H?ncate. Tiéndete. ?brete. Date la vuelta. As?. Ciérrate. Primavérate. Muérdeme. ?ntrame. Salte. Pruébate. Ensal?vame. H?ncate otra vez. L?drame. Desc?nsame. S?. B?jate. Tiéndete. Empiézame. Term?nate. Llénate. Ch?pame. Ll?rate. Celébrame. As?.

Lo que escucha Mujer Tres:
La voz de Angelika Kirchschlager, intraducible.


Di?logo en infinitivo:
--Pero se supone que coger es rico.

--Coger es rico.

--Lo pobre, a veces, es lo que ocurre después.

--Pero coger es rico.

--Mhhhhh.

--O antes.

--Lo pobre. S?.


Lo que Mujer Uno no dice:
Soy la sombra que me persigue y el perseguimiento y el cuerpo y la sombra.

Lo que Mujer Dos calla:
Lifting belly. Are you. Lifting.
Oh dear I said I was tender, fierce and tender.
Do it. What a splendid example of carelessness.
It gives me a great deal of pleasure to say yes.
Why do I always smile.
I don’t know.
It pleases me.
You are easily pleased.
I am very pleased.
Thank you I am scarcely sunny.
I wish the sun would come out.
Yes.
Do you lift it.
High.
Yes sir I helped to do it.
Did you.
Yes.
Do you lift it.
We cut strangely.
What.
That’s it.
Address it say to it hat we will never repent.
A great many people come together.
Come together.
I don’t think this has anything to do with it.
What I believe in is what I mean.
Lifting belly and roses.
We get a great many roses.
I always smile.
Yes.
And I am happy.
With what.
With what I said.
This evening.
Not pretty.
Beautiful.
Yes beautiful.
Why don’t you prettily bow.
Because it shows thought.
It does.
Lifting belly is strong.
*

Lo que Mujer Tres se guarda:
Si yo fuera hombre me andar?a con cuidado. Si fuera mujer.


Escena III:
Circundan la isla y, a petici?n de Mujer Tres, la embarcaci?n se detiene. El sonido del oleaje. Su olor. Est?n dentro del mar. Abren una botella de champa?a y, al chocar las copas alargadas, piensan en una escena familiar.

--Por el da?o --murmura Mujer Dos--, por el final del da?o.

El chasquido de la cola de una ballena las hace virar los torsos. Inconscientemente. Iridiscentemente. Inmaculadamente.

--Por el final del da?o, pues --dicen las otras dos a coro. Una sonrisa mercurial en el centro mismo de cada rostro.


Lo que susurra la Voz en Off:
Los lobos marinos braman, bufan, a?llan y cantan, misteriosamente. Un tono de voz propio de un bajo-bar?tono ideal para interpretar Winterrise de Schubert.


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*Gertrude Stein, Lifting Belly, (USA: The Naiad Press, 1995), 2-3.


Tuesday, March 04, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXVI.

(certificado de inexistencia)


Su siguiente acci?n también me desconcierta. Esa tea humana, esa mujer que algunos conocen como Lucinda Constanza y, otras, como Mayra Luna, y nadie (excepto el narrador y La Autora) como Agnes Pearson-Ju?rez, avanza con una seguridad inusitada hasta llegar a las puertas del Palacio Municipal de la Ciudad Sin Nombre. No sé qué hace ah?. Por un momento creo que planea poner una demanda contra el hombre del cigarrillo destrozado pero supongo que ese tipo de cosas no se resuelve en las oficinas donde la gente solicita certificados de nacimiento, de matrimonio, de defunci?n. Me queda claro, pues, que este es un inmueble dedicado a proteger las identidades de la ciudadan?a, algo de suyo importante en una ciudad que carece de apelativo, y por lo mismo me cuesta m?s trabajo verla subir las escaleras e introducirse en el recinto y detenerse un momento para decidir, de la manera m?s concienzuda posible, detr?s de quién formarse.

--Le digo que me llamo Abril Castro pero que mi verdadero nombre es Tanya Abril Monterubio --lo menciona una mujer joven, delgada, de pesados cabellos oscuros y lacios. Lo menciona tantas veces, en tantos tonos—algunos posibles y otros imposibles—que pronto todos los que hacen fila, uno detr?s y otros delante de ella, no tienen m?s alternativa que repetirlo, primero en voz baja y, un poco m?s tarde, a grito pelado, para que la jovencita estr?bica y de u?as mordisqueadas que se encuentra detr?s del mostrador termine por captarlo.

--Pero usted debe llamarse como su verdadero nombre --le dice, tratando de dejar algo en claro--. Su verdadero nombre, quiero decir, es como usted se llama.

Tanya Abril Monterrubio o Abril Castro parece haber tenido esta discusi?n antes, quiz? muchas veces, porque el comentario de la empleada la exaspera a tal grado que tiene que morderse los labios para no responder y, adem?s, se ve forzada a voltear la cabeza de un lado a otro como si buscara refugio o refuerzos. As? es como encuentra la mirada atenta de Lucinda.

--No me entiende --le dice--, se lo he explicado de todas las maneras posibles y esta mujer no me entiende.

Lucinda, quien no parpadea ni tampoco mueve ning?n m?sculo de la cara, parece ponerle atenci?n. Una atenci?n desmedida. La escucha as?, inm?vil como una estatua, por un largo rato hasta que, sin transici?n de por medio, la invita a dejar la fila y a sentarse sobre las sillas de la salita de espera.

--Y t? ?qué haces aqu?? --le pregunta la mujer cuyo verdadero nombre y el nombre por el cual la llaman no es el mismo.

--Nada --contesta Lucinda, mirando discretamente hacia la ventanilla vac?a donde se lee, en letras gigantescas, certificado de inexistencia--. Una tonter?a.

--Ya somos dos --lo dice como si lo creyera, como si fueran ya un equipo, como si algo sobre el mundo llevara el nombre de las dos.

Después de pensarlo por mucho rato, as?, en medio de ruido y del movimiento de los ciudadanos, Lucinda pregunta en voz baja:

--?Te das cuenta que nunca voy a saber c?mo llamarte a ciencia cierta?

--S? --contesta Abril con los hombros ca?dos y un suspiro de desolaci?n--. Eso es definitivo.

Y luego, como si no hubiera en realidad nada m?s natural en el mundo, Lucinda la toma de la mano y la dirige hacia la calle donde, también sin avisarle, y también de la manera m?s pasmosamente natural, detiene un taxi, a cuyo chofer le indica que van a la playa. Y, sin que nadie lo pregunte, también a?ade que all? se encontrar?n con alguien m?s.

El mundo es distinto a través de las ventanillas.

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Wednesday, February 26, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXV.
(La Autora y la S?vela)

[La autora, quien de manera por dem?s necia y, a estas alturas, ya un tanto inc?moda, insiste en esconderse detr?s de la tercera persona, se ve forzada a confesar su teor?a de la s?vela. La novela, susurrar? de la manera m?s arrebatada posible, s? vela. La novela esconde, oculta, deforma, oscurece, opaca. La novela es la capa que usa el lenguaje para cubrir lo que no puede (ni debe) asir, concebir, fijar, detener. En perpetua vela, la novela vela veladamente con su propia vela. Vela t?, la novela s? vela. De ahora en adelante, y por las causas anotadas anteriormente, la novela se referir? a s? misma como la s?vela.]

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Monday, February 24, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXIV
(mensaje cuasi-divino de Santa Champi desde El Gran Centro de Todo)


Escribir es invocar, se sabe. La palabra no es m?s que una provocaci?n en la que todos los seres humanos caen de una u otra manera. Eventualmente. De hecho, la provocaci?n de la palabra es tan grande que incluso los seres divinos caen en ella. Eso lo sospechaba desde tiempo atr?s, pero no lo confirmo sino hasta este momento. Todo sucede hoy y hoy es el d?a en que recibo un e-mail de Santa Champi. Desde El Gran Centro de Todo, que es donde ella habita, y a diferencia de los santos de otros siglos, St. Champi ha aprovechado los adelantos tecnol?gicos para dar a conocer su palabra, su mandato, su credo. Sin necesidad de convulsiones o la congregaci?n paulatina de sus fieles seguidores, la Santa pregunta y, al hacerlo, reta. Esa, supongo, es su din?mica interna: preguntar y retar. Luego, como algunos seres de su estirpe, se eleva y, m?s tarde, subleva a la leva.

Dice:

“Pero debo decirle algo, Autora. ‘Una tachita’. ?Una tachita? Una ?tachita? ?Habrase visto tal cosa! ?Do?a Autora, por favor! La tacha. La Tacha: LA TACHA: EL EXTASIS: es una droga, una droga dura, pero dicha as?, tan diminutivamente--tachita--pues demerita. Ni que yo fuera un teporochita, ah? nom?s tirada en una esquina. Ni que se tratara de un vil tesito, un remedio de mi abuelita.

No, se?ora, eso s? que no. Eso no lo acepto.

?Alguna vez pensaste en la posibilidad de la existencia de una pastilla que te diera la felicidad? La Felicidad.

?Alguna vez pensaste en la posibilidad de sentir amor, amor, por la persona que est? a tu lado?

?Pensaste alguna vez en ser tan intenso que sabes que no es real, que no puede serlo, as?, tan de pronto, pero lo estas sintiendo, no cabe duda, lo sientes?”

dixit.

Debe tratarse de una santa adolescente, pienso cuando me doy cuenta que no tengo respuestas para sus preguntas. Debe ser una muchacha de sonrisa enorme y voz c?lida. Debe estar loca. Supongo que su genealog?a, como muchas otras cosas, se guarda en ese libro de pastas oscuras al que ciertas mujeres denominan El Manual de las Caballero. S?lo lo supongo y nade sé de cierto.

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Friday, February 21, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXIII
(una hoguera)


Lucinda Constanza sale de la guarida de los comics como si viniera de pasar a?os enteros bajo tierra. Tal vez lo ha hecho. Tal vez no. De cualquier manera, entorna los ojos y, cuando eso no es suficiente, los trata de proteger con la palma de la mano abierta. Todo es in?til. La luz de la ma?ana es intensa, delgada, vertical.

--Ya sabes que aqu? tienes tu casa --le dice do?a Anita al despedirse y ella asiente. Debe saberlo. Esta es la ?nica casa que ahora tiene.

No sé por qué quiere salir hoy, pero lo hace de esta manera decidida y met?dica que, por m?s que quiero, me resulta dif?cil asociar con ella. Es claro que tiene un plan. Esta no es la caminata relajada y sin direcci?n de alguien que quiere explorar la Ciudad Sin Nombre o que quiere perderse en ella. Al contrario, sus pasos uniformes, sensatos, van hacia algo. Tal vez por eso cuando la veo detenerse frente a un sal?n de belleza y, después, cruzar las grandes puertas de cristal, pienso que me est? jugando una broma o que la mujer finalmente ha perdido la raz?n. Supongo que lo que menos le interesa a alguien en peligro, a una mujer perseguida por un hombre de m?sculos claramente delineados en el abdomen y los brazos, es su apariencia exterior. De hecho, en ese momento le recrimino su superficialidad. Se est? comportando como la muchacha que ya no es. Mira a tu alrededor. F?jate. Caramba. Mi ansiedad s?lo se reduce un poco al verla sentarse sobre la silla negra y o?r su voz que, suave y regular, le pide a la estilista que le cambie el color de pelo.

--?Qué color quiere? --le pregunta mientras le toca el cabello y la ve y se ve al mismo tiempo en el universo transparente del espejo. Las dos mujeres, me siento tentado a decir, son hermosas. Las dos tienen ese halo de aguerrida soledad alrededor de sus gestos.

--Varios --dice la mujer de los varios nombres--. Muéstreme la carta de colores, por favor.

Yo sé poco de esas cosas, pero me parece altamente irregular que quiera varios colores y que, adem?s, pida la carta de los mismos como si se tratara de un buffet o de un bar. Si la estilista est? o no de acuerdo conmigo, eso permanece en el misterio. Lo cierto es que ataca su tarea con la determinaci?n de un general o de alguien, en todo caso, muy disciplinado. Con movimientos r?pidos y seguros, prepara brochas, combina colores, recorta pedazos de papel aluminio, reparte cabellos. Con una capa negra alrededor de los hombros y la cabeza cubierta de diminutos instrumentos brillantes, Lucinda no parece una mujer sino un ser de otro planeta. Tal vez lo es.

Al salir del sal?n, la cabellera de Lucinda es un palimpsesto de colores c?lidos—rojo, cobre, p?rpura, amarillo, café—una verdadera hoguera. El cambio me gusta porque ahora que se ha transformado en un cerillo humano que camina aprisa por las orillas de las banquetas me es dif?cil reconocerla. Supongo que finalmente sali? de su guarida. Supongo que cada vez est? m?s dentro de ella. Pienso esto y, en el instante, tengo que saberlo y, de inmediato, aceptarlo: la mujer se ha puesto todos los nombres en su cabello para poder seguir huyendo, para poder pasar desapercibida. Y, efectivamente, con toda la paradoja que esto implica, todos la ven en la calle pero nadie la ubica. Nadie puede saber quién es, qué le duele, a d?nde va. La mujer ha hecho un chiste de s? misma. Una adivinanza. Un rompecabezas. Una cripta. Algo sin soluci?n. La mujer, quiero decir, se ha vuelto pura escritura.

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Thursday, February 20, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXI.
(la aparici?n de la narradora)


Todo esto ocurre dentro de la cabeza del narrador: todo esto no existe: todo esto:

El cuerpo de un hombre est? suspendido, de manera horizontal, sobre la playa. Un perfecto acto de magia. Mar adentro, en la grisura llena de ruidos de p?jaros, la cola de una ballena emerge del agua. S?bitamente. Desaparece. La nostalgia que le produce el chapoteo del mam?fero es tan puntiaguda, tan real, que est? a punto de incorporarse pero, en el ?ltimo instante, cuando ya se ha decidido a hacerlo, se detiene. El fr?o lo paraliza. La sombra delgad?sima de una mantaraya de dimensiones gigantescas se desliza bajo su cuerpo, sobre la arena. Lo cubre todo. El hombre contiene la respiraci?n. Cierra los ojos. Tensa los m?sculos del cuello. Luego, sin decisi?n de por medio, vuelve el rostro hacia la arena. Hacia all? abajo. La espuma. El vac?o. La mantaraya ha partido de regreso al fondo del mar y, en su lugar, aparece poco a poco la imagen de tres mujeres que platican. Tres esfinges de arena.

--Otra vez el mar --le oye decir a una de ellas con la voz acentuada por la iron?a.

--Otra vez el mar --el eco de las palabras como aleteo vespertino--. Otra vez.

Quiere escucharlas. Quiere poner la misma atenci?n obsesiva y milimétrica a cada una de sus palabras. Quiere saber; como al inicio, quiere saber. Pero, ahora boca abajo, con la barbilla detenida sobre la palma de la mano izquierda, se da cuenta de que en este sue?o él es capaz, finalmente, de entrar en sus cabezas. Las ve desde lejos y, sin embargo, puede sentir el fr?o delicado que las envuelve. Puede detectar la manera en que el fr?o de la costa suscita diminutas reacciones en las puntas de los pies, el entrecejo. Como un visitante an?nimo dentro del espacio cerrado de sus cuerpos ahora puede ver por sus ojos, tocar con las yemas de sus dedos, o?r a través de sus o?dos. Nunca antes hab?a estado tan cerca de alguien. Nunca tan dentro. La experiencia lo deja exhausto. Cae una vez m?s sobre su espalda y, al comp?s de un suspiro que le ayuda a sentirse vac?o, cierra los ojos. Quiere so?ar otra cosa. Quiere irse del mar; alejarse de las tres esfinges que repiten su mantra favorita. Quiere, y en este momento abre los ojos de manera desmesurada, quiere saber quién est? dentro de su cabeza, narrando su sue?o, viviéndose a través de él mismo. Quiere saber quién es la primera persona que lo transforma, ahora, en una tercera.

Las mujeres de la playa no notan la rapidez con la que se incorpora, la desesperaci?n con la que sus ojos persiguen a la ?ltima gaviota de la tarde. El horizonte.

--Esto no es el mar --les grita--, esto nada m?s es un paisaje dentro de mi cabeza.

Pero las mujeres siguen deletreando visiones mientras alzan sus copas y fuman cigarrillos. El fr?o no hiere, no desnuda, no azota. El fr?o las abraza y, ya dentro de él, ya juntas, les susurra cosas incomprensibles al o?do.

--Eso no existe. Esto no existe. Esto nunca existi?.

El narrador cae de rodillas sobre la arena y despierta, segundos después, dentro de otra cabeza.

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Friday, January 31, 2003

BLOGNOVELA 2003

XXI.
(la novela pregunta...)

?Sientes c?mo pasa el tiempo?

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Monday, January 27, 2003

BLOGNOVELA 2003

XX.
(frase fuera de contexto)

Son las dos mujeres otra vez dentro de la guarida. La oscuridad no me deja verlas bien y sus voces me desorientan.

--No te preocupes, coraz?n, la realidad es pasajera --le dice la de m?s edad a la m?s peque?a.
Luego contin?an como estaban antes, comunic?ndose en silencio.

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Friday, January 24, 2003

BLOGNOVELA 2003

XIX.
(atenta petici?n del narrador)

Si alguno de los bloglectores tiene a bien (o a mal, seg?n sea el caso) encontrarse con Amaranta Caballero, Agnes Pearson-Ju?rez, Anita Manzano, Lucinda Constanza, Guzm?n o Rubén (uno sin nombre y el otro sin apellido), Mayra Luna, Rodrigo Navarro, Santa Champi o el Hombre Atormentado por estos extra?os caminos de la Ciudad Sin Nombre, le recuerdo que est? conviviendo con personajes de esta blognovela. Por lo mismo, le agradeceré cualquier informaci?n sobre sus actividades. Hay cosas que, lo digo de la manera m?s llana posible, un narrador no puede ver u o?r. Todos, creo yo, merecemos un descanso de cuando en cuando.

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BLOGNOVELA 2003

VXIII.
(mir?ndolo todo)

Un poema de la escritora polaca Wislawa Szymborska podr?a explicar el dilema o el placer de este momento. Se trata de “Love at First Sight”, incluido en View with a Grain of Sand, que La Autora, por cierto, s?lo me ha facilitado en inglés. Se lee:

Since they’d never met before, they’re sure
that there’d been nothing between them
but what’s the word from the streets, staricases, hallways—
perhaps they’ve passed by each other a million of times?


Eso pienso mientras veo a la mujer de los tres nombres al descubierto recostada sobre el catre donde lee comics sin parar, presa de una adicci?n inédita. Cerca de ella, en una avenida de cuatro carriles aleda?a a su guarida, pasa la camioneta pick-up color guinda que transporta, a m?s velocidad de la permitida por la ley, a Rubén quien, entretenido como va entre la m?sica y el color de los sem?foros no tiene tiempo o esp?ritu, no le alcanza el odio o el resentimiento, para imaginarse que ah?, casi al alcance de la mano, se encuentra la mujer que, en su opini?n, le ha robado algo.

Perhaps three years ago
or just last Tuesday
a certain leaf fluttered
from one shoulder to another?


Y ah?, a tres, cuatro cuadras de la guarida, justo a las afueras de la iglesia donde se refugia un santo sin ojo izquierdo y donde todos secretamente le piden milagros a Santa Champi, subido sobre un caj?n de madera, el Hombre Atormentado—uno de sus Presentes con toda seguridad—alza los brazos y la voz al exponer sin misericordia alguna y, luego, al atacar con sinigual ferocidad, las tretas que la conspiraci?n de El Lenguaje ha organizado para ponerle nombre a la ciudad que, por derecho propio, carece de él.

--?El nombre --exclama-- es una prisi?n! ?Rechacemos todos los nombres!

La turba de jovencitos y jovencitas que lo oyen atentamente, con las mejillas ligeramente arreboladas por el alcohol y los porros y el speed, corea las consignas hasta que una nube de marihuana les deja caer una agridulce, aunque festiva, lluvia de carcajadas sobre los hombros.

There were doorknobs and doorbells
where one touch had covered another
beforehand.


Y ah? va, muy cerca también, no m?s de diez minutos en taxi, menos a?n si el trayecto se hace en auto propio, Amaranta Caballero con la cabeza entre nubes y los zapatos de cobalto sobre la realidad. Una soledad de gasa blanca alrededor de sus gestos. Imposible saber lo que piensa mientras avanza, ligera y con el pelo suelto, por la ciudad que, gracias en parte a las arengas de uno de los Presentes del Hombre Atormentado, permanece innominada.

perhaps a “sorry” muttered in a crowd?
a curt “wrong number”caught in the reciever?


Y ah? est? Guzm?n, también cerca, diez o doce cuadras a lo sumo, comiendo zetas al jerez y paella a la valenciana en compa??a de un hombre maduro, de grandes entradas en el pelo, cuyo gusto en corbatas es, con toda honestidad, bastante cuestionable.

--Ando metido en algo que no me gusta nada, Rod --comenta Guzm?n y, luego, como si esa frase le perteneciera por completo a otro libro o a otro personaje, se chupa los dedos (el me?ique y el anular) con singular placer y bebe otro trago de un vino espa?ol cuya conexi?n vagamente sat?nica no deja de producir algo de ansiedad. Y a m? me gustar?a que, justo cuando deposita la copa sobre la mesa de madera, Guzm?n tuviera el tiempo o el cuidado de hacerle un comentario a su amigo sobre su elecci?n de corbatas pero, como bien lo sé, cada personaje piensa y dice finalmente lo que puede o lo que se le da la gana.

--Espero que no hayas matado a nadie --comenta el amigo con despreocupaci?n, con esa precavida complicidad de hombres con a?os de conocerse; hombres que visitan sus casas y saludan a sus respectivas esposas y depositan palmadas en los rizos de sus respectivos hijos; hombres que se citan, sin embargo, a solas, en restaurantes no muy bien iluminados para comer algo distinto y conversar sobre deportes.

--Casi –contesta y evita su mirada al mismo tiempo. Luego guarda silencio. Y m?s tarde se alza de hombros ante la cara s?bitamente enrojecida de su amigo.

--Est?s bromeando, ?verdad? –le pide o le pregunta, da lo mismo.

--S? –contesta Guzm?n sin convicci?n alguna. Una derrota enorme dentro de la voz. Un ave aterrizando en alg?n lugar suave del universo. Después de un silencio inc?modo, como para contrarrestar la amargura que siente por s? mismo, le ofrece:

--Un anisito, Navarro, ?te avientas uno conmigo? –y ni siquiera le da tiempo de contestar porque lo ordena de inmediato. Dos anises. Con mosca. Chaser largo.

Something was dropped and then picked up.
Who knows, maybe the ball that vanished
into childhood's thicket?


Y Rodrigo Navarro, a quien, juzgando por la expresi?n de su rostro, no le gusta el an?s, se prepara a ingerirlo m?s para no dejar solo a su amigo que para su disfrute propio. Y lo hace concienzudamente, regal?ndole toda su atenci?n al momento en que el licor toca la lengua y, luego, a la manera en que el sabor se desdobla en otros tantos antes de llegar al sabor final, el verdadero, o que parece en todo caso ser el verdadero, el sabor del an?s.

--Siempre pensé –murmura para s? mismo aunque aparenta hacerlo para Guzm?n—que el an?s no me gustaba. Después descubr? que me gustaba todo el sabor anterior al sabor del an?s porque, como sabes, siempre el sabor del an?s entra al final, pero pronto ya no sent?a el sabor final y me segu?a gustando todo el proceso anterior.*

Guzm?n lo mira con asombro. Todo parece indicar que nunca lo ha escuchado antes hablar de ning?n sabor, de nada sensual, de nada placentero.

--?Te sientes bien? –le pregunta, todav?a consternado.

--No –contesta--. Me siento contento.

Every beginning
is only a sequel, after all,
and the book of events
is always open halfway through


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*Estas palabras dedicadas al sabor del an?s y extra?das, por lo dem?s, de una conversaci?n en messenger llevada a cabo d?a 24 de enero del 2003, le pertenecen, textualmente, a Rodrigo Navarro.




BLOGNOVELA 2003

XVII.
(el diablo siempre ha sido un desgraciado)

La mujer a la que do?a Anita conoce como Lucinda se acopla a la guarida de los comics con gran calma. A pesar de la oscuridad del recinto, de lo reducido de sus dimensiones, la invitada se mueve de cuarto en cuarto sin chocar contra las pilas de revistas y sin necesidad de prender la luz. Su rutina, como antes en el hotel del centro, es sosegada, silenciosa. La ?nica diferencia ahora es que, bajo la luz mortecina de una lamparita estilo Tiffanys, lee tantos comics como puede durante el d?a e, incluso, durante la noche.

A veces, como hoy, se detiene unos momentos para observar la luz vespertina que se cuela por los ventanales de la cocina, donde ahora rebotan las gotas de la lluvia invernal. La luz detr?s de la cortina de agua captura su atenci?n por mucho rato. La iridisencia. El color.

--?Sab?a que esto quiere decir que el diablo est? golpeando a su hija muy fuerte? –le pregunta a Anita.

La anciana suspende sus actividades frente a la estufa para ponderar, con suma seriedad, todos y cada uno de los significados de tal fen?meno climatol?gico. Ve hacia la ventana también. Entorna los ojos bajo la luz desigual de la tarde. Imagina. Tal vez recuerda. La iridiscencia. El color. Luego, mientras se seca las manos en su delantal de cuadros rojos, murmura:

--El diablo siempre ha sido un desgraciado, mi vida, as? que mejor no pienses en eso --le gui?a un ojo--. ?Quieres agua o café negro?


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Thursday, January 23, 2003

BLOGNOVELA 2003

XVI.
(un cigarro destrozado en el fondo del cenicero)


Hay dos hombres alrededor de una mesa, tensos, hablando a gritos. Hay dos vasos llenos de lo que parece ser whisky con hielos que los hombres toman a grandes sorbos. Hay cigarrillos a medio fumar, humeando. Hay dientes. Hay filos.

--Me tienes que creer, Rubén --dice el hombre joven, el m?s delgado de los dos--, no la dejé escapar. Simplemente llegué un poco tarde.

--Como siempre, pendejo, como siempre, hasta parece que no te pago para que la alcances.

Me pregunto cu?nto le pagar? para eso, para que la alcance, mientras los observo de lejos. Supongo que el que se llama Rubén, el hombre alto y fornido, de m?sculos torneados por largas horas de silencioso ejercicio, debe sentir por la mujer perseguida un gran rencor o un gran resentimiento. Algo poderoso en cualquiera de los casos. No atino a comprender por qué. Ni la mujer-fuera-de-lugar ni ellos mismos han tocado el tema que los mantiene unidos a través de la distancia y el tiempo, en lados opuestos del universo.

La discusi?n que se desarrolla entre Rubén y su ayudante es t?pica de las relaciones subordinadas y desiguales: uno, el poderoso, grita y amenaza, mientras el otro se defiende y justifica. Los dos, por razones distintas, me disgustan. El autoritarismo del primero raya en lo grosero, pero la sumisi?n del segundo resulta ofensiva. Sospecho que todo eso lo hace por dinero. Trato, sin embargo, de mantener mi objetividad: a m? lo que me toca hacer es narrar lo que acontece fuera de m?, fuera de ellos. Apenas si lo pienso y no puedo evitar la risa. Como si alguno de entre todos nosotros, los as? llamados narradores, en realidad pudiera limitarse a narrar lo acontecido, como si el acto de narrar-lo-acontecido no constituyera un juicio, ético o estético, en s? mismo. Lo repito, pues, sin vergüenza alguna: estos dos hombres, por razones distintas, no me gustan.

Y lo seguir?a diciendo pero, ahora, escuchando al m?s débil de los dos, debo detenerme. Este es un reporte m?s o menos fiel de la conversaci?n:

--Ya deber?as dejarla en paz, Rubén --murmura viéndolo directamente a la cara--, Lucinda no te hizo nada.

Los dos fuman sin placer, de manera autom?tica. Y los dos toman el licor de la misma forma. A ella, eso me queda claro, la conocen como Lucinda. Lucinda Constanza.

--Ah? est? el problema, Guzm?n, ese es el verdadero problema: t? siempre has estado de su parte.

Me pregunto cu?ntos silencios caben en una recriminaci?n. Cu?ntos malos entendidos. Cu?ntas traiciones. Cu?ntas alianzas. Cu?ntos afectos perdidos.

--A todo mundo le ha pasado que una mujer no lo quiera. Ni eres el primero ni ser?s el ?ltimo. Y nadie puede poner una orden de arresto universal por eso --se r?e. El hombre m?s débil se est? riendo y ese gesto, en s? mismo inédito, inesperado, me gana de su lado.

--T? sabes que no es eso, Guzm?n. T? lo sabes bien.

--Lucinda no va a regresar, Rubén. No te va a pedir perd?n. No se va a desdecir. No se va a llevar tu humillaci?n de regreso --se interrumpe para verlo mejor, para medir su reacci?n--. En realidad no sé por qué te interesa tanto encontrarla si ya sabes todo esto.

--Es otra cosa --dice ahora con la voz inusualmente lenta y grave--. Lucinda tiene algo m?o. Y va a tener que regres?rmelo –entonces apaga violentamente el cigarro que acaba de encender y lo deja, destrozado, en el fondo del cenicero.


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BLOGNOVELA 2003

XV.
(caer muy bajo)

Est? desorientada, eso es claro. Camina m?s aprisa de lo normal. Voltea a todos lados y, al hacerlo, se tropieza con transe?ntes distra?dos o con perros ciegos. A todos les pide disculpas mientras continua en algo que tiene toda la apariencia de ser una carrera loca en direcci?n, efectivamente, desconocida. Las banquetas se angostan a su paso y la muchedumbre se hace m?s compacta conforme avanza. Un panal de abejas. Una jaur?a en ebullici?n. Gente. Gente. Gente. Sus ojos llenos de alarma, algo desorbitados, me lo dicen todo: la mujer de los tres nombres, uno de ellos todav?a secreto, tiene miedo. Seguramente es eso lo que la obliga a detenerse sin raz?n. Y eso es, también con toda seguridad, lo que la empuja de un lado a otro sin que ella oponga resistencia. El miedo o algo m?s es lo que la hace trastabillar frente a una puerta peque?a y, luego, el algo-m?s la hace perder el paso y rodar escaleras abajo hasta tocar fondo. No se mueve. Sospecha que se ha roto alg?n hueso. Ah?, en el oscuro interior de lo que parece ser un expendio de revistas viejas, hojeadas hasta el cansancio, la mujer es un feto, una estatua malherida, una verdadera ca?da.

--Pero muchacha, hay que fijarse por donde va uno--le dice una anciana justo en el momento en que enciende la luz--. ?Est?s viva?

La mujer de los tres nombres se incorpora lentamente, con mucha precauci?n.

--Supongo que s?--le contesta cuando por fin puede darle la cara. La ve ahora. La est? viendo. Es el rostro de una mujer de mucha edad que, sin embargo, parece de todav?a m?s. Las arrugas, profundas y firmes, unen la esquina de los ojos con la comisura de la boca cuando deja de hablar. La reconoce.

--?Se?ora Manzano?--su voz titubea sobre el aire tanto como las manos sobre su propio cuerpo Todav?a no sabe si ha salido ilesa de la ca?da. Todav?a no sabe la dimensi?n exacta del da?o.

--Anita --la voz de la mujer es oscura y c?lida mientras explica--. Ahora todo mundo me dice Anita.

--?Pero no ten?a usted una muebler?a –duda al intentar describir la ubicaci?n--, all?, lejos de aqu??

--S? --dice con una sonrisa en plena boca; una sonrisa, de hecho, inalienable--. Pero ya ves, mi marido muri? y todo se vino abajo.

La alegr?a con la que le comunica tanto el deceso del marido como su ruina no deja de llamar su atenci?n.

--Pero, mira, yo aqu? platicando como si nada y t?, ah?, toda tullida --se interrumpe ella misma--. Déjame ver que te pas?.

Mientras la anciana la ausculta con destreza, como si estuviera acostumbrada a ayudar a personas que caen en su expendio de revistas a cada rato, la mujer del miedo o del algo-m?s observa su entorno. Est?n dentro de un cuarto de techos bajos donde el olor a polvo y el olor a papel guardado compiten con igual tenacidad. Acumuladas en altas columnas o desperdigadas sobre mesas rectangulares, las revistas dominan todo el interior. Las hay peque?as y con dibujos en color marr?n; o grandes, con im?genes a todo color. Ah? est?n las viejas aventuras del Mem?n Pingu?n o las m?s recientes actividades del Hombre Ara?a. Ah? est?n los casos que le tocaba resolver a Ultraman y los d?as llenos de peligros terrestres y ultraplanetarios de la Mujer Maravilla. Y ah? est? también, medio escondido en uno de los pocos libreros reales de la guarida, ese librito cuadrado, de gruesas pastas de piel, que ella ha visto antes. El descubrimiento la relaja. La hace suspirar. Se vuelve a verla entonces, concentr?ndose en la cabellera canosa y las manos huesudas. En ese momento debe preguntarse si no estar? en realidad frente al futuro de alguien que conoce, pero no tiene manera de responderse esa pregunta. Le basta con saber que ha ca?do, después de todo, en la guarida de s? misma. Cuando las dos se convencen de que su llegada fue inofensiva, la mujer de los tres nombres se incorpora y va directamente, como si por fin hubiera encontrado una direcci?n conocida, hacia otro mont?n de revistas.

--?Rarotonga! --exclama--. ?Se acuerda usted? –le pregunta a la anciana virando el torso, mostr?ndole la revista con la actitud de alguien que se ha encontrado a una amiga entra?able en plena calle o que tiene entre las manos una joya precios?sima.

--Pero si yo no tengo que recordarla, muchacha, yo la tengo aqu? conmigo --dice con desgano Anita--. ?Se te antoja comer algo?

La mujer sigue a la anciana por un estrecho pasillo que desemboca en otro cuarto igualmente peque?o pero no tan oscuro. La cocina tiene una pared hecha de ventanas por donde se cuela ahora la luz eléctrica del alumbrado p?blico. Las dos se mueven bajo su influencia con la reticencia de los fantasmas. Tienen fr?o. Tienen sed. As? calientan dos platos de sopa de col y se sirven café negro. Y callan mientras, afuera, en ese mundo que no tiene nombre y del cual se esconden, empieza a llover.

Es a mitad de la cena que la anciana se vuelve a verla con curiosidad. Da la impresi?n de que acaba de darse cuenta que tiene compa??a.

--T? eres Lucinda, ?verdad? Lucinda Constanza.

La mujer de los tres nombres—los tres quiz? al descubierto ahora en plena oscuridad—no deja de comer y tampoco se atreve a mirarla a los ojos. Podr?a decirse que no ha o?do nada. En los largos minutos que pasan silenciosos después de su reconocimiento podr?a decirse, en efecto, que nadie ha escuchado nada.

--Y ?c?mo es que viniste a caer aqu?, muchacha?

La l?stima. La misericordia. La piedad. Todas esas cosas van mezcladas con las palabras que le provoca su propia curiosidad.

--Supongo que como usted, do?a Anita, como usted, s?lo que con algunos a?os de diferencia.


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Wednesday, January 22, 2003

BLOGNOVELA 2003

XIV.
(direcci?n desconocida)

Esto es lo que veo:
La mujer de los tres nombres (es l?gico pensar que antes de decidir ser Agnes Pearson-Ju?rez el primero de enero del 2003 se llamaba de otra manera) camina por las calles de la Ciudad Sin Nombre. Lo hace con ese ritmo pausado y esa direcci?n rectil?nea que la ayuda a camuflagearse con los otros. Si no supiera que viene del mar, que viene directamente de un encuentro, del todo azaroso, con otra de las Caballero, tal vez no reparar?a en el brillo de los ojos o en la sonrisa que apenas si se asoma por la comisura de los labios. Da la impresi?n de estar contenta. De estar en prefecta calma. Creo que es la primera vez que me atrevo a describirla de esa manera.

Con ese estado de ?nimo entra en el hotel y, después de saludar a la recepcionista—una jovencita de grandes ojos estr?bicos y u?as mordisqueadas—se dirige a su habitaci?n. La idea de subir cuatro tramos de escaleras debe fastidiarla pero en este momento, recién llegada del mar, quiz? todav?a dentro de su olor y su cadencia, no debe de pensar en eso. La mujer de los tres nombres, uno de ellos todav?a secreto, no est? donde se encuentra su cuerpo. Seguramente es por eso, porque continua siendo una mujer-fuera-de-lugar, que el espect?culo de su habitaci?n desordenada no le provoca una reacci?n inmediata. En lugar de gritar o de correr o de pedir auxilio, la mujer se queda detenida bajo el dintel de la puerta, la mano todav?a alrededor de la perilla, observando el desastre: la cama destendida, la l?mpara rota, los cajones abiertos. Es obvio que alguien ha estado buscando algo en su cuarto. La mujer, extra?amente en calma, finalmente deja escapar la sonrisa por la comisura de los labios.

--Te volv? a ganar--murmura en franco tono de triunfo y, sin pesar aparente, sin remordimiento alguno, se dispone a bajar los cuatro tramos de escaleras que acaba de subir.

--Si alguien pregunta por m?--le indica a la muchacha estr?bica--, d?gale que ya me fui. Direcci?n desconocida.

--?Desconocida? –pregunta la muchacha mientras anota con gran dificultad y en letras enormes cada una de las palabras.

--As? es, desconocida --concluye la mujer. Luego, antes de darle la espalda, animada por motivos que me son del todo ajenos, abunda:

--Deja ya de morderte esas u?as; déjalas crecer.

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Saturday, January 18, 2003

BLOGNOVELA 2003

XIII
(la novela declara...)

Mis silencios son tan significativos como mis palabras.

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Friday, January 17, 2003

BLOGNOVELA 2003

XII.
(el café de todos*)

Las dos mujeres de nombres claramente falsos, una con un collar de sargazos alrededor del cuello y la otra con su eterno cigarrillo entre los labios, caen sobre uno de los sillones de piel—amplio, suave, realmente acogedor—antes de decidirse por el té o el café. En lugar de elegir, sin embargo, prefieren virar el torso y asomarse por la ventana para ver el mar, lo cual hacen por largo rato, sin esforzarse en romper el silencio que, en otros casos, seguramente entre otro tipo de personajes y en otras novelas, ser?a m?s bien molesto.

--T? no eres de aqu? --murmura finalmente la mujer Caballero sin moverse, sin quitar la vista del océano.

--No --contesta la que hab?a decidido ser Agnes y ahora dice llamarse Mayra Luna con la misma actitud: no se mueve, no deja de ver las aguas gris-azules, no deja de irse con la marea.

A m? no me queda otra m?s que sonre?r. Estoy seguro que intentan desorientarme y que esta es una m?s de sus tretas. ?Aparentan ser dos estatuas perdidas en un café a orillas del mar para obligarme a desentenderme de ellas! No lo haré. Afinaré el o?do. Mejoraré mis dotes miméticas. Y las seguiré tan concienzudamente, tan de cerca como lo hago ahora que voy tras los hombros de la primera Caballero cuando se dirige a la barra. Se han decidido por el té.

--?Y c?mo llegaste? --la pregunta inicua, indefensa, provoca un salto dentro de los ojos de la interlocutora.** Calla. Se dir?a que, de verdad, no recuerda c?mo lleg? a este sitio y que est? tratando de recordar la trayectoria de la manera m?s exhaustiva y honesta.

--Por la estaci?n de autobuses --dice después de un rato y, para evitar dar m?s explicaciones que obviamente desconoce, se incorpora para ir a la barra y recoger las tazas de té. El aroma de la menta. El olor de las naranjas en flor. Su sonrisa, una vez m?s, es de puro placer.

--?Y quién ese ése? --es obvio que lo pregunta, as?, con las tazas en las manos y moviendo los ojos para indicarle su objetivo, porque no encuentra una mejor manera de evadir la conversaci?n sobre su llegada a la Ciudad Sin Nombre. Se trata de un hombre que, encorvado sobre la mesa de madera, teclea ferozmente sobre una peque?a laptop.

--Ah --suspira la mujer que dice llamarse Amaranta Caballero--, es el Futuro del Hombre Atormentado. Uno de ellos, al menos. Su Presente debe andar en otro lado, pero a este Futuro le encanta venir aqu? y escribir sin parar.

Es obvio que todo eso a Amaranta Caballero le parece muy natural.

--Pero no lo mires mucho porque de un momento a otro se va a poner a vociferar contra algo --le dice mientras la jala del codo de la manera m?s suave posible. El tacto entre mujeres suele ser as?: suave, como distra?do, como si no estuviera pasando.

--?Y aquélla? --se ha sentado ya y las palabras salen ahora entremezcladas con menta.

--Es una Des-Aparici?n --murmura--. Se llama La Champi. Una especie de Santa local que, a cambio de una tachita, puede hacerte todos los milagros que quieras!

Las dos sueltan la carcajada. Las dos aspiran el aroma del té. Las dos se miran.

--Conoces esto, ?verdad? --Amaranta le se?ala un peque?o libro de gruesas tapas de piel que ha sacado de su bolsa y que, r?pido, como si se tratara de alg?n secreto milenario, vuelve a colocar ah?.

--S? --dice Mayra volviendo la cabeza, una vez m?s, a todos lados--, pero no lo saques aqu?.

Creen que no le he visto. Creen que sus manos son, en realidad, m?s veloces que mis ojos. Est?n equivocadas. Lo que han escondido y que, pronto, al menor descuido o provocaci?n intentaré leer es: EL MANUAL DE LAS MUJERES CABALLERO. Ah?, supongo, descubriré algo sobre esta secta de mujeres que, todo parece indicarlo, est?n dedicadas a sembrar el desconcierto, a provocar la paradoja y a invadir, porque s?, nada m?s porque pueden hacerlo, a las Ciudades Sin Nombre.

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* La contra-referencia, claro est?, es a El café de nadie, de Arqueles Vela, publicado en 1926. Al respecto, Mario Gonz?lez Su?rez dice: “El s?bado 12 de abril de 1924 a las cinco de la tarde Arqueles Vela inaugur? en El Café de Nadie—ubicado en la colonia Roma de la ciudad de México—la primera exhibici?n del movimiento estridentista; la cual, seg?n Germ?n List Arzubide, vali? ‘la consagraci?n de nuestras actividades’. Lo que m?s se recuerda de esa noche, junto con la colecci?n de m?scaras de Germ?n Cueto, es la lectura de La historia del Café de Nadie por Arqueles Vela. En sus ineludibles trabajos al respecto, Luis Mario Schneider dice que el estridentismo, cuyo primer manifiesto apareci? en diciembre de 1921, signific? ‘un llamado p?blico a los intelectuales mexicanos a constituir una sociedad art?stica amparada en una necesidad de testimoniar la transformaci?n vertiginosa del mundo.’ Y que las plumas m?s distinguidas del movimiento fueron Manuel Maples Arce en verso y Arqueles Vela en prosa.” Mario Gonz?lez Su?rez, Paisajes del limbo. Una antolog?a de la narrativa mexicana del siglo XX, (México: Tusquets, 2001), 183.

**Si pudiera utilizar un emoticon, aqu? pondr?a la carita de boca horizontal y ojos desmedidamente abiertos. Pero no puedo, as? que mejor lo describo.



Thursday, January 16, 2003

BLOGNOVELA 2003

XI
(La Autora y la Intertextualidad)

La Autora, quien de manera un tanto infantil todav?a cree que se puede esconder detr?s de la tercera persona, quiere confesar que, en estos d?as, ha le?do: El desorden de tu nombre, de Juan José Mill?s; La rambla paralela, de Fernando Vallejo; This Blinding Abscence of Light, de Tahar Ben Jelloun. Confiesa, adem?s, una cierta predilecci?n, acaso malsana, por las escrituras y los paisajes de Marruecos. Aclaro que La Autora menciona estos datos para facilitar la tarea de futuros hermeneutas y otros analistas del lenguaje y no, como creer?n los malpensantes, para defender su funci?n como productora de este texto y preservar, as?, la mitolog?a moderna que rodea al lugar mismo de la autor?a. Habiendo dicho esto, La Autora pasa a retirarse.

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BLOGNOVELA 2003

X
(paralelo 32)

Hoy, por primera vez en d?as, la mujer se asoma por la ventana de su habitaci?n. No sé qué la haya llevado ah?, pero cierra los ojos al sentir el aire fresco de la ma?ana y, luego, al abrirlos, observa el cielo amplio, l?mpido, sin nube alguna. La decisi?n parece abrupta, pero la debi? haber tomado lentamente, con horas o meses de anticipaci?n incluso. Esto es lo que la veo hacer ahora, justo en este preciso momento: toma su bolsa, deposita la llave del hotel dentro de ella, abre y cierra la puerta de su habitaci?n, y baja corriendo las escaleras. Parece contenta. Da la impresi?n de que quiere vivir algo nuevo. Una primera vez. Esa misma expresi?n, infantil y abierta, la acompa?a hasta el taxi y se le cuela en la voz cuando le dice al chofer:
--A la playa, por favor.

Su expresi?n al ver el asomo del mar es de puro regocijo. Debe tener la mente en blanco. Debe haberse convertido en una tabula rasa. Pura materia informe. Un aglomerado de moléculas. Eso en lo que es ahora, paga y, sin esperar el cambio, abre la puerta del auto. Ya est? caminando.

Supongo que le gusta el olor del océano y el color gris-azul del agua. Supongo que siente su peso en cada huella que deja sobre la arena. Supongo que cada vez que cierra los ojos experimenta una especie de éxtasis privado, casi un recogimiento religioso. De todo esto, por supuesto, no estoy seguro. Pero su manera de caminar sobre la arena, lenta y ligera a la vez, su manera reconcentrada de observar el océano como si estuviera tratando de ponerle un nombre, me hace creer que toda ella es puro placer.

Se detiene. Abre los ojos. Observa. Es, definitivamente, puro placer.

Observa. Sigue detenida. Se acaba de dar cuenta de que hay alguien m?s en la playa. Cerca de ella, con el agua hasta los tobillos, una mujer de cabellos largos se entretiene sacando plantas del mar.

--?Qué haces ah?? Ven --oye el grito y ve la mano que, agit?ndose de derecha a izquierda, rompe el paisaje--. ?Te gustan los sargazos?

La pregunta la obliga a esbozar una sonrisa de incomprensi?n. Es obvio que no esperaba encontrarse a nadie ah? porque, a pesar de la invitaci?n, sigue inm?vil con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo gris. El aire marino alrededor. Su ruido.

--No sab?a que eran sargazos --le dice finalmente, todav?a desde lejos. Un eco.

La mujer lleva los pantalones arremangados hasta la rodilla, un suéter de cuello alto, a rayas, y un cigarrillo encendido entre los labios mientras va de un lado a otro con los movimientos ?giles y nerviosos de una adolescente. Cuando se le aproxima con la mano tendida, la mujer del nombre propio no sabe a ciencia cierta qué hacer.

--Soy Amaranta Caballero --dice la mujer de los sargazos y, en ese momento, Agnes no puede evitar la carcajada. Abrupta. Larga. Todav?a as?, dentro de su ruido, estrecha su mano. La saluda. Es obvio que no le cree. Debe saber que s?lo un personaje de novela puede, en realidad, ir por la vida con un nombre as?. Tal vez por eso su voz suena exquisitamente relajada cuando se presenta ella misma.

--Me llamo Mayra, Mayra Luna --lo dice como si estuvieran sellando un pacto, como si de ahora en adelante las dos supieran que nada de lo que digan ser? verdad.

Este es un registro m?s o menos fiel a la conversaci?n sostenida entre las dos mentirosas de la playa:

--?No tienes fr?o? --le pregunta tratando de ocultar todav?a la sonrisa de la complicidad.

--S?, pero si te mantienes en movimiento se siente bien --la mira con sus ojos horizontales, escudri??ndola. Dentro de sus ojos oscuros, eso, todos los horizontes de la ma?ana--. Deber?as intentarlo.

La que dice llamarse Mayra y apellidarse Luna (me pregunto de d?nde sac? ese nombre; me pregunto cu?ntos c?digos se esconden en cada una de sus letras) toma la decisi?n en el acto: se sienta sobre la arena y se quita los zapatos y los calcetines al mismo tiempo. Las u?as de los pies en grana.

--Eres una de Las Caballero --le dice justo después de introducirse al agua gélida del océano--. Una de las mujeres Caballero --la otra se detiene con una liana de sargazos entre las manos.

--?C?mo lo sabes?

--He conocido a varias ya –contesta--. Déjame tocarlos.

La que dice llamarse Amaranta Caballero (me pregunto de d?nde sac? ese nombre; me pregunto cu?ntos c?digos se esconden en cada una de sus letras), le coloca los sargazos alrededor del cuello.

--Se te ven bien --le dice. Luego se queda observ?ndola como la otra antes, detenida, desde lejos. Escudri?ando.

--T? también eres una de nosotras, ?verdad? --lo menciona como si en ese mismo instante lo estuviera descubriendo y, como si tal descubrimiento, le ocasionara un gusto ?ntimo.

--No deber?as decirlo tan a la ligera --le contesta la otra bajando la voz y volteando a todos lados--. ?Hay por aqu? un lugar donde podamos tomar algo?

Cuando las dos se retiran as? como est?n, en ropas de invierno y sin zapatos, s?lo puedo verles la espalda. Me cuesta trabajo reaccionar. He esperado estos momentos, estas acciones, este acontecer, por d?as enteros y, cuando ya estaba a punto de desistir e ir en busca de personajes m?s maleables o expresivos, heme aqu? sin poder hacer nada. Heme aqu? observando la lejan?a de dos de las mujeres Caballero inm?vil, como si un grillete o un ancla me separaran de ellas. Heme aqu? leyendo, no sin sonre?rme, el nombre del café en donde entran: Paralelo 32. Supongo que, dentro de la Ciudad Sin Nombre, hay m?s lugares como éste, oasis del tiempo, universos que co-existen sin tocarse. Mundos paralelos.

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Wednesday, January 15, 2003

BLOGNOVELA 2003

IX
(el reporte vac?o: donde el narrador se queja amargamente de un personaje que rechaza la expresi?n)

No puedo escribir nada sobre ella. Esa mujer que dice llamarse Agnes no s?lo no me deja entrar en su cabeza sino que tampoco hace nada que la delate. En otras palabras, me niega su adentro y me niega su afuera. Estoy frente a una ingrata o una arp?a. Si, por ejemplo, se despierta sobresaltada a la media noche, balbucea unas cuantas palabras y nada m?s. No llora. No habla con nadie. No recibe llamadas telef?nicas. No escribe un diario. No chatea. ?Si por lo menos tuviera un blog! ?Si le diera por hablar sola! Como me gustar?a haber encontrado uno de esos personajes que presumen de saberlo todo y que, adem?s, est?n dispuestos a compartirlo a la menor provocaci?n. O uno de esos que han sido amigos o confidentes de todos los seres importantes de su era e, incluso, de la historia entera. Pero no. Yo ten?a que ser el narrador al que le tocara esto: una muda rutinaria y, adem?s, reticente. Porque es cierto, tengo que admitirlo, desde que la mujer del nombre propio lleg? al hotel s?lo ha hecho cosas simples: se despierta, se ba?a, baja a desayunar en restaurantes sin personalidad alguna, regresa, lee libros, sale a comer (lo mismo siempre), camina un rato (sin voltear mucho, sin quedarse en el reflejo), regresa, calla, ve el techo, duerme. Supongo que sue?a, pero no tengo manera alguna de probarlo. Supongo que piensa en algo. Supongo, es m?s, que huye. Pero de todo eso no puedo estar seguro. Pronto, sin embargo, no me va a dejar otra alternativa: tendré que imaginarla. Tendré que inventarlo todo. Tendré que habitar su incertidumbre.

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COSAS QUE SE PUEDEN HACER EN EL PALACIO MUNICIPAL DE TIJUANA

Usted puede llegar ah? temprano y detenerse a observar la pancarta donde le avisan que AQUI SE RECIBEN SUS ARMAS DE FUEGO mientras un voceador le pregunta a su cliente si se dice "corrupto" o "corrompido". Ya que se deshaga usted de su cuerno de chivo, sus tres rev?lveres, su rifle de caza, su pistola autom?tica, entonces puede continuar caminando hacia la oficina enorme donde es posible solicitar su CURP, un acta de nacimiento o de defunci?n o de matrimonio o, seg?n sea el caso, la necesidad o la urgencia, un CERTIFICADO DE INEXISTENCIA. Desarmado y con dicho certificado en su poder, entonces usted puede manejar su coche, avanzar de manera misteriosamente r?pida en la l?nea, pasar la garita sin tener que mostrar documento alguno, y volver al otro lado de todas las cosas de este mundo.




Thursday, January 09, 2003

BLOGNOVELA 2003

VIII.
(ave nocturna)

La mujer despierta, sobresaltada.

–El paisaje y el cuerpo hablan un lenguaje que la mente ignora –murmura para alguien que no se encuentra ah?.

Las palabras como alas en movimiento.



Tuesday, January 07, 2003

BLOGNOVELA 2003


VII.
(manera de presentar dos historias paralelas)

Mientras la mujer que ha elegido llamarse Agnes abre la puerta de un hotel modesto, ubicado cerca del centro de la Ciudad Sin Nombre, un hombre todav?a desconocido se detiene a observar, sin convicci?n alguna, las paredes verde pistache que alguna vez detuvieron mi mirada.

En este momento, después de firmar el libro de entrada con su nuevo nombre, Agnes Pearson-Ju?rez, la mujer recibe la llave de su cuarto, el n?mero 413, y se dispone a subir las escaleras sin mucho ?nimo, mientras el hombre va, no sin cierta desesperaci?n, de un cuarto a otro de la casa que todos los dem?s sabemos ya vac?a.

La mujer abre la puerta del 413 y, de inmediato, se recuesta en la cama m?s cercana a la ventana. Cierra los ojos. Los abre. Observa el techo con interés hipn?tico. Al mismo tiempo, el hombre que ya ha entendido que est? lidiando con una mujer fuera de lugar—porque no est? donde esperaba encontrarla o donde deber?a estar—saca el teléfono celular del bolsillo derecho de su camisa.

?l dice:
–Se nos adelant?, Rubén, ya no est? aqu? –mientras examina el vaso que alguna vez contuvo leche y las envolturas de dulces que se desparraman sobre la mesa del comedor.

Ella guarda silencio.

?l dice:
–No tengo la menor idea, cabr?n –la exasperaci?n de su voz tiene el s?ncope de lo real.

Ella cierra los ojos e intenta dormir.

?l dice:
–No puede llegar muy lejos –con la convicci?n que no tuvo al observar la pared color pistache.

Ella duerme.

Es la primera vez que sospecho que la mujer del nombre propio est? en peligro.

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Sunday, January 05, 2003

BLOGNOVELA 2003

VI.
(lectura transversal)

Los libros-objeto requieren de una lectura horizontal, es decir, una que invita al ojo y a la mente a moverse de izquierda a derecha tanto dentro de la p?gina como fuera de ella, en el pasar mismo de las hojas. Este tipo de lectura no s?lo se basa en, y a la vez promueve, una idea lineal de la trayectoria (de la informaci?n, del relato, de la forma misma) sino que también recurre a, y por lo tanto justifica, una l?gica de acumulaci?n cognitiva (?capitalista?): el lado izquierdo es el le?do (y aumenta); el derecho, por leer (y disminuye).

La lectura del libro-blog, por otra parte, inventa una lectura distinta—una que reta por igual a la idea lineal de la trayectoria y a la l?gica de acumulaci?n cognitiva. El ojo y la mente se mueven de manera horizontal, efectivamente, dentro de cada post; pero para seguir el flujo de post a post, es decir, para intersectar el continuoum del blog mismo, el ojo y la mente tienen que acostumbrarse a mover de manera vertical también. Tomadas por separado, tanto la lectura vertical como la horizontal seguir?an siendo lineales, pero uniéndolas en un mismo punto, como lo hace el blog, se produce la lectura transversal que mantiene al ojo y a la mente moviéndose en direcciones divergentes. La idea de la trayectoria es aqu?, al menos, plural, y est? hecha de choques y rupturas m?s que de transiciones.

El bloglector sabe, adem?s, que al abrir un blog encontrar? el post m?s reciente y avanzar?, de manera vertical y descendiente, hasta llegar al inicio del post siguiente, el cual lo precede (en términos temporales) y no, como sucede en el libro-objeto, lo contin?a. El bloglector, luego entonces, no “avanza” sino que m?s bien “retrocede”: su lectura siempre la llevar? al inicio de algo que lo antecede. En este sentido, la lectura transversal no se lleva a cabo dentro del mito del progreso lineal que va hacia delante (el demonio benjamineano), sino dentro de la ruptura temporal que significa todo retrocedimiento, toda retrospecci?n. Un bloglector sabe que, para avanzar (en el sentido tradicional del término) con su lectura, tiene que retroceder (y, en este sentido, desacumular) lo le?do. Un bloglector no puede, en sentido estricto, salir del inicio.

De ahora en adelante, pues, la ?ltima frase de cada uno de los posts de los que se compone esta blognovela no ser? “continuar?” sino “retroceder?”.

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BLOGNOVELA 2003

V.
(La Autora y la raz?n dial?gica)

[La autora—que se refiere a s? misma en tercera persona debido a su timidez y no, como los malpensantes seguramente creer?n, a alg?n tipo de rec?ndita arrogancia—se ve forzada a confesar que acaba de terminar de leer la novela Me llamaré Tadeusz Freyre, de Miguel Enesco, cuyo ep?grafe reza: J´habiterai mon nom, un verso de Saint-John Perse. Ah? se menciona Sidi Bou-Saïd, una ciudad de T?nez, y se explora la condici?n ap?rtida de un personaje que ha cambiado de nombre (y de documentos oficiales) al menos tres veces. Todo eso le ha recordado a La Autora—quien todav?a cree que puede entrar y salir de su propia cabeza a voluntad y que est? convencida, adem?s, de que todo libro es un intento de di?logo con otros libros y/o artefactos culturales similares—un corto viaje por el norte de Africa del que, le gusta decir, sali? con vida de puro milagro, as? como también su obsesi?n, aqu? totalmente declarada, por los nombres propios, especialmente los de las personas ajenas.

Por las razones anotadas arriba, y otras m?s que seguramente mencionaré después, La Autora les pide paciencia antes sus continuas intromisiones que no constituyen, como los malpensantes seguramente argumentar?n, evidencia alguna del caracter?stico exhibicionismo de los as? llamados creadores, ni prueba de la honestidad m?tica de los mismos, ni, mucho menos, contataci?n de su debatible existencia, sino intentos, por lo dem?s rudimentarios, de recordarnos a todos los aqu? inmiscuidos—la Autora, el narrador no-omnisciente, el ?nico (hasta la fecha) personaje, los lectores—que esto es todav?a el inicio de algo que no acaba de empezar.]

[continuar?...]



V.
(La Autora y la raz?n dial?gica)

[La autora—que se refiere a s? misma en tercera persona debido a su timidez y no, como los malpensantes seguramente creer?n, a alg?n tipo de rec?ndita arrogancia—se ve forzada a confesar que acaba de terminar de leer la novela Me llamaré Tadeusz Freyre, de Miguel Enesco, cuyo ep?grafe reza: J´habiterai mon nom, un verso de Saint-John Perse. Ah? se menciona Sidi Bou-Saïd, una ciudad de T?nez, y se explora la condici?n ap?rtida de un personaje que ha cambiado de nombre (y de documentos oficiales) al menos tres veces. Todo eso le ha recordado a La Autora—quien todav?a cree que puede entrar y salir de su propia cabeza a voluntad y que est? convencida, adem?s, de que todo libro no s?lo es un intento de di?logo con otros libros y/o artefactos culturales similares sino, sobre todo, con otras lecturas—un corto viaje por el norte de Africa del que, le gusta decir, sali? con vida de puro milagro, as? como también su obsesi?n, aqu? totalmente declarada, por los nombres propios, especialmente los de las personas ajenas.

Por las razones anotadas arriba, y otras m?s que seguramente mencionaré después, La Autora les pide paciencia antes sus continuas intromisiones que no constituyen, como los malpensantes seguramente argumentar?n, evidencia alguna del caracter?stico exhibicionismo de los as? llamados creadores, ni prueba de la honestidad m?tica de los mismos, ni, mucho menos, constataci?n de su debatible existencia, sino intentos, por lo dem?s rudimentarios, de recordarnos a todos los aqu? inmiscuidos—la Autora, el narrador no-omnisciente, el ?nico (hasta la fecha) personaje, los (virtuales) lectores—que esto es todav?a el inicio de algo que no acaba de empezar.]

[continuar?...]



Saturday, January 04, 2003

BLOGNOVELA 2003

IV.
(un perro que escarba un hoyo, una rata que hace su madriguera)

La mujer que dice llamarse Agnes se acopla con facilidad al ritmo de la muchedumbre urbana: avanza r?pido al cruzar la calle y, un poco m?s lento, al pasar frente a los aparadores del comercio. No se observa. Evita, de hecho, observarse en el reflejo. Quedarse ah?. Se dir?a que sabe con exactitud a d?nde se dirige y que una cierta flexibilidad de car?cter, tal vez una inclinaci?n natural a acoplarse al ritmo de fuerzas externas, le permite fluir sin mayores obst?culos, sin drama alguno.

Quiero decir que la mujer que ha elegido llamarse Agnes camina. Lo hace por largo rato. Sin detenerse. Sin dudar. Sin volver la vista atr?s. M?s que moverse, la mujer que es su propio nombre da la impresi?n de estarse desdoblando. Su cuerpo no tiene cabida dentro de la palabra hacia (as in towards), pero s? dentro del estrecho vocablo en (as in into). Esta mujer es una teleolog?a.

Me gustar?a poder afirmar que, en estos momentos, ella piensa en Sidi Bou-Saïd. Que tiene sed. Que planea su futuro. Que imagina un enano perdido bajo la oscuridad que producen los altos oyameles. Que tiene la mente en blanco. O en p?rpura. Pero nada de esto aparece en su rostro, en su manera de avanzar y, luego de varias horas, en su manera de detenerse frente a las puertas de la vieja estaci?n de autobuses.

Su rostro se transforma ah?, frente a las pesadas puertas de cristal. Su rostro se distiende.

Me lleno de j?bilo al observarla as?, indecisa, como buscando un espacio que no logra identificar o detener. Supongo que pronto sabré el nombre de la ciudad a donde se dirige. Supongo que pronto no podr? ocultarlo ya m?s. Me gustar?a poder empujarla un poco, susurrarle al o?do, “vamos, ya”. Decirle: “todo saldr? bien”. Como eso es imposible, me contengo. No quiero abrirle mis puertas a la frustraci?n porque sé con suma certeza—me ha pasado ya muchas veces antes—que tan pronto como lo haga por ah? entrar?n las neurosis m?s variadas. Sin invitaci?n. En todo caso, la mujer del nombre propio vuelve a entrar en movimiento pero ahora, lejos de acoplarse al ritmo de la muchedumbre, parece querer chocar de frente con los que llegan a la ciudad, con los que la dejan para siempre. Esta mujer parece ser un obst?culo de s? misma. Un dique contra la realidad. Cuando la veo entrar al ba?o maloliente de la estaci?n, cuando oigo el chorro precipitado de su orina, no puedo evitar la risa. Suelo olvidar con frecuencia que los personajes tienen cuerpo y que, con él, adquieren necesidades. Rutinas.

El rostro distendido sale del ba?o.
El cuerpo recuperado avanza por los pasillos llenos de gente.
La mujer que ha elegido el nombre propio cruza las puertas de la estaci?n.

Est? afuera una vez m?s. Y, como antes, camina. Lo hace por horas, evitando su propia imagen en los aparadores del comercio o en los ojos agrietados de los transe?ntes. No quiere existir. Sé eso ahora. De manera repentina. Tengo la certeza de que, m?s que hacerse de un nombre, de una direcci?n, lo que la mujer ha buscado desde el principio es deshacerse dentro de ese nombre que no es sino un hoyo, una madriguera. De ah? su elecci?n. De ah? su bautizo. Su ca?da. Su deseo me fascina. Ese. Quiero seguirla también ah?, en su deseo de auto exterminaci?n, dentro de su deseo de nulidad. Y, porque lo hago, no puedo evitar la nueva revelaci?n. Si yo no hubiera presenciado su bautizo, si no la hubiera seguido por toda la ciudad con paciencia y energ?a, podr?a pensar que la mujer teleol?gica regresa al punto de partida. Podr?a creer, incluso, que se ha arrepentido. Pero yo presencié el inicio y le segu? los pasos y ahora sé, no tengo alternativa, que tanto ella como yo estamos ya en la Ciudad Sin Nombre.

Esto es lo ?nico que puedo reportar hasta el momento: la Ciudad Sin Nombre no est? cerca o abajo o detr?s de la ciudad donde sol?amos vivir los dos. Quiero decir que la Ciudad Sin Nombre no es un sub-texto, un c?digo, una carta marcada, un sue?o en busca, o espera, de la audaz mirada del hermeneuta descifrador. La Ciudad Sin Nombre, en otras palabras, no tiene funci?n u oficio alguno para un narrador. La Ciudad Sin Nombre es parte de la ciudad nombrada y se extiende no exactamente dentro de ella (aunque est?, ciertamente, dentro), sino m?s bien en un lugar opaco de su propia inclinaci?n. Aparece ah? donde se multiplica el desfase de la mirada o de la atenci?n; donde resulta imposible describir o dar explicaciones. Es un lugar donde el vocabulario se desdice: est?, pues, dentro de la palabra des-dicha. Supongo que seré capaz de explicarlo mejor después, un poco después, pero por ahora s?lo puedo registrar aqu? que Agnes me ha guiado hasta este lugar y que todav?a no puedo o?r sus pensamientos.

[continuar?...]




Friday, January 03, 2003

BLOGNOVELA 2003

III.
(Las citas del d?a)

Esos son los lugares donde la autora, el narrador no-omnisciente y el ?nico (hasta la fecha) personaje de esta novela convergen:

"Las tres caracter?sicas de la literatura menor son la desterritorializaci?n de la lengua, la articulaci?n de lo individual en lo inmediato-pol?tico, el dispositivo colectivo de la enunciaci?n. Lo que equivale a decir que "menor" no califica ya a ciertas literaturas, sino las condiciones revolucionarias de cualquier literatura en el seno de la llamada mayor (o establecida). Incluso aquel que ha tenido la desgracia de nacer en un pa?s de literatura mayor debe escribir en su lengua como un jud?o checo escribe en alem?n o como un uzbekistano escribe en ruso. Escribir como un perro que escarba un hoyo, una rata que hace su madriguera. Para eso: encontrar su propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio tercer mundo, su propio desierto".
Gilles Deleuze y Félix Guattari, "Kafka. Por una literatura menor", Trad. Jorge Aguilar Mora, (México: Era, 1978), 31.

"No estamos pues ante una correspondencia estructural entre dos especies de formas, formas del contenido y formas de la expresi?n, sino frente a una m?quina de expresi?n, capaz de desorganizar sus propias formas y de desorganizar las formas de los contenidos para liberar nuevos contenidos que se confundir?an con las expresiones en una materia intensa. Una literatura mayor o establecida sigue un vector que va del contenido a la expresi?n: dado un contenido, en una forma dada, encontrar, descubrir o ver qué forma de expresi?n le conviene. Lo que bien se concibe, bien se enuncia... Pero una literatura menor o revolucionaria comienza enunciando y s?lo después ve o concibe".
Gilles Deleuze y Félix Guattari, "Kafka. Por una literatura menor", 45.


Thursday, January 02, 2003

BLOGNOVELA 2003

II.
(el car?cter destructivo)

Yo quer?a ser el narrador omnisciente. Quer?a entrar y salir de su cabeza como si se tratara de mi rec?mara. Quer?a zambullirme a voluntad en su pensamiento, nadar bajo, tocar suelo y, luego, emerger una vez m?s con pedazos de informaci?n, vocabularios privados, escenas de gran poder evocador. Quer?a, en fin, ser un Gran Yo, un Yo con may?scula que pudiera absorber a todos los dem?s pronombres de nuestra civilizaci?n. Nada de eso es posible ya, se sabe, pero uno siempre cree, o debe creer, en esa posibilidad porque la realidad a fin de cuentas est? hecha de tentaciones. Y, tarde o temprano, todo mundo cae. Con Agnes, sin embargo, lo supe desde el principio. Me bast? o?rla la primera vez, cuando su voz baja y grave me invoc? a ese cuarto gélido de paredes color verde pistache, para saber que su regla principal era que yo nunca podr?a conocerla. Mejor a?n: que yo nunca estar?a seguro de que estaba realmente conociéndola. El personaje como falta. El personaje como lugar de la desterritorializaci?n. El personaje como errancia. ?Es realmente incre?ble lo que provoca un poco de teor?a! Pronto, no me sorprender?a en absoluto, Agnes o alguien m?s también convocado por ella, cuestionar?n mi posicionamiento dentro del texto, la validez de mis interpretaciones, la legitimidad de mi visi?n. M?s tarde, y tampoco esto me resultar?a sorprendente, intentar?n robarme la voz—la mera idea de que yo tenga voz o de que algo llamado “la voz” exista—y la reemplazar?n con dispositivos tecnol?gicos o arabescos de sonido. Mientras todo eso sucede, mientras aguardo lo ineludible, me veo reducido a esto: un observador ansioso y bobalic?n. Un pobre interpretador de caras ajenas. Un descifrador compulsivo y err?tico. Alguien que s?lo puede decir, “ parece que”, “ se dir?a”, “da la impresi?n de”.

Me quejo de todo esto aunque, a decir verdad, no deber?a. De no haber sido por su reticencia, por su voluntarioso reto, por su hermetismo absurdo, no me habr?a llamado la atenci?n. Si no fuera porque Agnes inici? todo esto en la mentira, yo no estar?a aqu?, observando con cuidado todas sus acciones. Esto es lo que hace después de cerrar la puerta de la entrada con llave:
se sube a un coche (BMW color plata),
lo arranca (el ruido de la decisi?n, una cierta anticipaci?n de lejan?a),
avanza a m?s velocidad de lo permitido en calles estrechas y polvosas (su sentido de lo real disminuye).
Encuentra un estacionamiento subterr?neo (porque nada importante se deja, después de todo, en la superficie).
Comprueba que la alarma funciona (su sentido de lo real se niega a morir).
Sube las escaleras (pienso que tiene un cuerpo hermoso, pero todos los narradores nos vemos conminados a decir esto al inicio de cualquier texto. En todo caso, no me crean).
Camina a prisa una vez m?s, sin aparente direcci?n (su sentido de lo real disminuye).
Cruza las puertas de cristal de un banco (no sé qué pensar de esto).
Habla con el gerente (un hombre vulgar, de cabellos alisados a fuerza de una brillantina manufacturada en 1940).
Coloca su peque?a caja de cart?n dentro de una caja de metal (hay una clave aqu?, por supuesto, dentro y dentro, caja y caja, cart?n y metal).
Quiero suponer que sonr?e o que recuerda algo que acaba de dejar tras de s?, pero no lo podr?a asegurar (tengo que recordar, y recordarles, que no soy el narrador omnisciente al que de cualquier manera aspiro).
Sale (y algo empieza).
Se detiene en una esquina (y algo empieza).
El sol de medio d?a hace brillar sus cabellos casta?os, largos (perm?taseme la met?fora) como r?os.
Coloca sus manos dentro de los bolsillos de su chamarra de mezclilla (y algo debe de empezar).
Ve hacia la izquierda (y algo est? empezando ya).
Hacia la derecha (ha empezado).
Y luego lo vuelve a hacer (est? a punto de empezar).
En ese momento me doy cuenta que est? tratando de desviarme una vez m?s.
Quiere que me pierda.
Sospecho que le apuesta a mi falta de paciencia.
Pero yo sigo ah?, tras su hombro izquierdo.
Y ella sigue ah?, en la esquina, en el cruce de caminos.
Y, tal como Walter Benjam?n que siempre equipar? esa posici?n a la del car?cter destructivo, los dos seguimos paralizados porque queremos todas las opciones. Todas las alternativas. Todos los cielos.
Se lo repito al o?do entonces: vas a la ciudad sin nombre.
La Ciudad Sin Nombre, repite ella (las may?sculas son m?as).
Y entonces, como por arte de magia (digo esto porque no estoy dentro de su cabeza), baja el pie izquierdo de la acera, lo coloca sobre el pavimento y supongo que, ahora s?, algo ha dado inicio.

[continuar?...]




Wednesday, January 01, 2003

LA BLOGNOVELA DEL 2003

[Diré s?lo lo necesario, lo m?s elemental—los discursos largos me fastidian.. Diré, por ejemplo, que quiero iniciar una novela aqu?, en este blog, hoy primero de enero del 2003. Diré que durar? un a?o exactamente. Diré que voy hacia la escritura ahora para saber “lo que escribir?a en caso de que escribiera”. Diré también que, con toda seguridad, voy a pedir su ayuda conforme avance. Diré que hace tiempo he querido hacer esto: seguir los designios de la escritura errante. Sin borradores. Sin correcciones. Sin versi?n final.]


I.
–De ahora en adelante seré Agnes –dijo viendo hacia la pared verde pistache con convicci?n. Si yo no estuviera detr?s de ella, asom?ndome por detr?s de su hombro izquierdo, jurar?a que la pared oculta algo o que hay ah?, en el color y la textura del muro, algo por descifrar. Pero estoy atr?s de ella y observo la misma pared y sé, con una convicci?n similar a la suya, que ah? no hay nada. La pared es una pura develaci?n. Es toda superficie.

No sé c?mo se llamaba antes. No sé a qué se debe el cambio y tampoco sé por qué ha decidido llamarse Agnes. No tengo la menor idea acerca de lo que se queda atr?s y, supongo que como ella misma, tampoco adivino lo que se extiende adelante, en su futuro. Nuestro. Me acerco un poco m?s, me coloco frente a ella, del otro lado de la mesa, esperando que contin?e hablando sola. La esp?o. La eval?o. La valoro. Pero supongo que sospecha. Tengo la impresi?n de que sabe que me encuentro en la misma habitaci?n, ansiosa, llena de curiosidad, porque nada en su rostro la traiciona. Su cara pétrea, cerrada, sin expresi?n alguna, no puede ser natural. Es una m?scara, la pose que ha escogido para lidiar conmigo. As?, sin delatarse, termina de beber su vaso de leche y luego se da a la tarea de juntar peque?os objetos dentro de una caja de cart?n. Sus movimientos son ?giles, pero no apresurados. Se dir?a que sabe que tiene todo el tiempo por delante. Que nada la detendr?.

–Agnes –le susurro al o?do y, por toda respuesta, ella cierra el pasaporte donde se queda encerrado, tal vez para siempre, su otro nombre. Su reticencia me exaspera. Estoy a punto de dejarla ir pero, en el ?ltimo momento, justo cuando ha cerrado la puerta de la entrada con llave, se vuelve a verme. Una vacilaci?n apenas. Ciertas ganas de jugar.

–Voy a la ciudad sin nombre –le dice al aire rancio de la ma?ana. Y entonces sé, lo sé a ciencia cierta, que no tengo otra alternativa m?s que seguirla. Quiero saber. Todo empieza, en realidad, por eso, por querer saber.

[continuar?...]



Tuesday, December 31, 2002

LO QUE LOS MODERNOS LLAMAMOS PLACER, QUERIENDO DECIR FELICIDAD
Héctor Manjarrez, Satori Intermitente


La luz invernal sobre la cara anterior de las hojas de los ficus.
Los colores de la tierra monta?a arriba, arriba del aire (Brueghel dixit).
La punta iridiscente del volc?n (que todo lo vigila, que todo lo corona).
El cielo azul, imperturbable.
Las voces llenas de c?ntaros de los viejos (y de los nuevos) amigos.
Las escalinatas de Tenango. Perfectas. Inmemoriales.
Una quesadilla de reques?n.
La inminencia del regreso. Natural. Como prevista.
Una cierta forma de comulgar con algo que no existe.
Los buenos deseos. Los deseos a secas.



Monday, December 30, 2002

EL INOCENTE

Todo cambia, es cierto, pero El Inocente, como la materia, permanece. Cada fin de a?o, de manera por dem?s ritual, el canal de las estrellas vuelve a pasar la famosa pel?cula en blanco y negro que uni? en la pantalla a Pedro Infante (n?tese aqu? la coincidencia entre el apellido del actor principal y el t?tulo de la pel?cula) en papel de mec?nico pobre pero honrado, seductor pero respetuoso, y a Silvia Pinal en el rol de la hija rubia y mimada de un matrimonio de la elite mexicana en el que la madre (Sara Garc?a) lleva los pantalones—una disfuncionalidad ampliamente demostrada cada vez que la matriarca impide que su esposo exprese opini?n alguna con su proverbial, repetido hasta el cansancio, “ t? no opinas nada”. Las risas, todav?a no pregrabadas, que provoca esta comedia de mediados de siglo XX mucho tienen que ver con los conflictos de clase y de género que los dos monstruos del cine mexicano logran normalizar hacia el final de la pel?cula: los ricos tienen que aprender a respetar a los pobres y las mujeres tienen que aprender a respetar a los hombres.

Tengo la impresi?n de que cualquiera que tenga una televisi?n en casa y/o haya crecido en México se sabe la trama a la perfecci?n, pero aqu? va una versi?n resumida nada m?s para no dejar. Mané est? comprometida con un hombre claramente disfuncional—un hijo de mam? y, para colmo, algo afeminado (risas) que no sabe controlar a su prometida (risas). Después de una pelea de enamorados en la cena de fin de a?o, la voluntariosa de Mané (risas) decide manejar sola hasta Cuernavaca. De noche. En un carro al que no le ha puesto agua o aceite. La hija desobediente y caprichosa, por supuesto, no logra llegar a Cuernavaca (risas) y, en su lugar, se encuentra sola, de noche, sobre un carro desvielado en medio de la carretera. Entonces aparece Cruci quien, qué tiempos aquellos, no intenta propasarse con ella y ni siquiera trata de sacarle dinero (risas). Al contrario, comport?ndose con cortes?a y suma caballerosidad, el mec?nico acepta acompa?arla a su casona de Cuernavaca porque todo le resulta a ella “dificil?simo” (risas). En la casa vac?a (los criados se han tomado la noche libre) el mec?nico y la ni?a mimada se dan a la tarea de beber como cosacos. Cantan. Bailan. Y hasta se dan tiempo de platicar. En una escena memorable, por ejemplo, Cruci equipara a Mané con un coche nuevecito que todav?a “no ha sido manejado” y Mané, con cara de clara congoja, acepta que ya tiene “comprador” (risas). Esta profunda conversaci?n no les impide seguir bebiendo y pas?rsela de lo lindo hasta que Mané cae dormida de borracha y Cruci tiene a bien arrastrarla por el barandal de la escalera hasta el piso de arriba (risas) y depositarla, castamente (risas), en la cama de la rec?mara principal. Ella, porque est? borracha, medio se desnuda y, él, como est? borracho, hace m?s o menos lo mismo y se tiende a su lado. Los dos est?n profundamente dormidos. Y as? los encuentran los padres la siguiente ma?ana (risas). El esc?ndalo explota de inmediato. Y el v?a crucis de Cruci da inicio.

Todos suponen que “algo” grave ha sucedido y, para salvar el honor de la familia, Mané y Cruci se casan en una austera (risas) ceremonia civil. Luego, los recién casados van en coche a Valle de Bravo donde él espera que el matrimonio se consume (risas) y donde ella sabe que los esperan sus padres (risas). El plan de la familia de Mané es el siguiente: dos meses de un matrimonio de apariencia, un divorcio discreto y la posibilidad de iniciar una nueva vida. Cruci, porque est? enamorado y es decente a toda prueba, acepta el trato al inicio, aunque no sin reticencia. Y, de la misma manera, se sobrepone a las continuas humillaciones que le inflinge su nueva familia de abolengo. Hasta el proverbial d?a en que saca la casta y, pobre pero honrado, seductor pero respetuoso, aguantador pero no sin orgullo, decide acabar con todo y regresar a su taller mec?nico. El ?nico problema, el problema que cambiar? el balance de poder entre la familia de medios y el pobre mec?nico, es que Mané necesita un divorcio que s?lo él puede darle. Por eso la madre de Mané se ve forzada a visitar a Cruci en su taller mec?nico y, ah?, él se da el lujo de poner a la matriarca en su lugar: no hablar? con ella. Las mujeres gritonas, entiende el espectador, tienen que aprender a callarse. Cuando le toca el turno a Mané y ésta, ya con ciertos indicios de una mansedumbre inédita, le pide el mentado divorcio, Cruci s?lo le pone una condici?n: que sea realmente su mujer (risas) aunque sea por un d?a. Mané, por supuesto, acepta (risas).

La escena de la domesticaci?n femenina se lleva a cabo en la pobre pero limpia vivienda de Cruci. El est? estudiando cuando ella toca a la puerta. Vestida como una mujer avergonzada (con lentes oscuros y pa?oleta en la cabeza), Mané viene dispuesta (?deseosa?) a todo. Y he aqu? que Cruci, decente hasta la saciedad pero igualmente ?vido de propinarle una lecci?n, no le pide que se acueste con él sino que le caliente el café (risas), le lave la ropa (risas), le cocine y sirva el desayuno (risas), le pregunte c?mo le fue ese d?a (risas), y le diga con entera sinceridad que lo ama (risas). En fin, le exige que se comporte como una mujer de a de veras: servil, sacrificada, hacendosa, d?cil, callada, talentosa, profundamente enamorada. Ella lo intenta, es cierto, pero cuando nada da resultado, cuando ella est? dispuesta a “entregarse” a cambio del famoso divorcio (risas), Cruci la exime de su tarea y, porque él es decente ante todo, la deja ir (silencio especular).

El espectador criado en México y con televisi?n en casa sabe que ella regresar?, de otro modo ninguna de las risas anteriores tendr?a sentido. Para que la comedia de fin de a?o funcione, Mané tiene que dejar atr?s su vida de mimos y caprichos, su vida de inutilidad doméstica, su vida de hacer lo que se le de la gana. Para que todo México pueda re?r a gusto Mané tiene que enamorarse de verdad y dejar la casa paterna (aqu? m?s bien Materna, a decir verdad) para irse a compartir su vida con un hombre verdadero, viviendo de su sueldo (eso lo repite Infante varias veces) y, mientras tanto, cocinarle y apapacharlo y prometerle que va a cuidar bien de sus chilpayates. Todo eso ahora le resulta a Mané “facil?simo” (risas). As?, ya con los roles de género y de clase bien re-estructurados, arm?nicamente delineados, todo mundo puede esperar en paz el nuevo a?o (risas).

Pero ojo. La genialidad de la pel?cula y, de hecho, de la programaci?n de televisa es que este tradicional artefacto cultural de fin de a?o se pasa usualmente el 28 de diciembre, el d?a de los santos inocentes, es decir, el d?a en que todos los mexicanos nos dedicamos a jugarle bromas crueles a quien se deje o quien se las crea. Supongo que de ah? vienen las dos cosas: el t?tulo de la pel?cula y la programaci?n cruel y burlona de televisa. ?Inocente para siempre!




Sunday, December 29, 2002

LOS NO-LUGARES

Las personas que viven por muchos a?os y, a veces, toda una vida en un mismo sitio tienen un sentido del espacio que desconozco. Imagino que para los sedentarios la dualidad del estar/ser es algo m?s bien abstracto. En este sentido, se podr?a decir que ellos existen dentro de la unidad del verbo “to be”, una gram?tica de, entre otros idiomas, el inglés. La experiencia de los errantes no podr?a ser m?s distinta. Ya sea por voluntad propia—como en el caso de los aventureros—o por voluntades ajenas—como los expulsados de un pa?s debido a problemas econ?micos y/o pol?ticos—los que van de un sitio a otro de manera continua desarrollan una relaci?n con el lenguaje y con el espacio basado fundamentalmente en la imaginaci?n. Los errantes existen en los intersticios del ser/estar—se es donde no se est?, se est? donde no se es—y desde ah? producen la realidad de los no-lugares.

Tal como los lugares, los no-lugares tienen nombres propios—Toluca, por ejemplo. Y tienen calles, comercios, personas que se enferman o se enamoran. Hay mapas en los que su extensi?n se delimita a escalas exactas. Hay relojes que marcan sus horas de trabajar. Pero el no-lugar es un palimpsesto que reta el sentido lineal del tiempo—ah? conviven el presente y el pasado con una familiaridad que trasciende proyectos urbanos o sentidos de lo real de corte esencialista. En el no-lugar la gente se cae y se levanta temprano y come y va al ba?o. Ah? también se usan monedas y las noticias se propagan en peri?dicos. Hay programas de televisi?n. Hay computadoras. Pero el no-lugar existe s?lo dentro del no, dentro de la negaci?n de la realidad que es, como aduc?a Steiner, el coraz?n de todo lenguaje. El no-lugar es el sitio donde viven los errantes. Van, a guisa de itinerario, tres movimientos.

I.
Desde lejos, dentro de la incomodidad del nuevo sitio, el errante se da a la tarea de “extra?ar”, es decir, de volver extra?o lo que alguna vez fue familiar. As? va sacando edificios, calles, casas, personas fuera de su contexto y transport?ndolos, a fuerza de su relaci?n afectiva con todos ellos, al sitio mismo del extra?amiento que, a su vez, a consecuencia de su creciente poblamiento especular, se transforma en un no-lugar multiplicado. Si, como dec?a Charles Bernstein, uno de los fines de la poes?a es precisamente “to make strange” tal vez no ser?a del todo equivocado argumentar que el errante es, antes y después de todo, un poeta. O, a?n mejor, que el errante experimenta en carne propia la poes?a de lo que se vuelve extra?o.

II.
De regreso, en ese no-lugar donde el errante est? y ya no es, el extra?amiento toma cauces peculiares. Frente a una moderna sala de conciertos—en la esquina de Quintana Roo y Morelos—donde lustros antes se ergu?a un cine, el errante que no ha asistido ah? a concierto alguno pero s? vio ah? pel?culas acaso inolvidables sabe a ciencia cierta que el cine, que ya no existe, es m?s real que la sala de conciertos. De la misma manera, aunque al contrario, el errante que se detiene a observar con sumo asombro la colecci?n de objetos entra?ables que se despliegan tras el aparador de la vieja ferreter?a vuelve real y, luego entonces, extra?o, a un comercio que, a fuerza de muda permanencia, se ha ido volviendo irreal para los sedentarios.

III.
De regreso, dentro de la incomodidad del sitio que alguna vez fue familiar, el errante inicia entonces el tercer, e ineludible, movimiento: en este nuevo “lejos” se dar? a la tarea de extra?ar la incomodidad del sitio que, hasta hace poco, hasta antes del regreso mismo, denominara como nuevo. Y ese no-lugar, como todos los otros, tiene calles y sem?foros y esquinas y gente que se enferma o se enamora. Ese no-lugar también tiene nombre propio—Tijuana, por ejemplo. O San Diego.



Friday, December 27, 2002

FRANZ, EL UR-BLOGUI[S]TA

Tengo que escribir r?pido porque hace fr?o. Adem?s, el volc?n me vigila. Y este cielo imperturbable, azul como pocos, me perturba. Tengo que decir que el regreso a un lugar de no-origen es una cosa extra?a. Aqu? est? el paisaje que se acopla con suma naturalidad alrededor del cuerpo. Y por aqu? andan los amigos que hablan por teléfono y producen reuniones de la nada—de ese gran gusto que es toda nada, de hecho. Y aqu? est?n también los pocos comercios que han logrado sobrevivir a los embates de tantas crisis (la ferreter?a El Nivel, por ejemplo, con su bizarra colecci?n de art?culos entra?ables; las telas La Parisina, sobre la cual deber?a escribirse una historia tan larga como su presencia en el pa?s; las famosas tortas de La Vaquita). Pero aqu? est?n, sobre todo, los libros—el verdadero lugar de origen al que regreso sin necesidad de visa o pasaporte, con el simple movimiento de las manos, el b?sico parpadeo de los ojos. La memoria. La falta de memoria. No recordaba, por ejemplo, que hab?a le?do con tanto cuidado las Investigaciones Filos?ficas o que hab?a acumulado todos y cada uno de los libros de Virginia Woolf. Sospechaba que por aqu? andaban los libros de Marguerite Duras pero no ten?a la m?s m?nima idea de que alguna vez me hab?a apasionado tanto la sociolog?a urbana. Me acordaba de los libros de Kafka pero no sab?a que, de entre todos, iba a dirigirme hacia ellos como quien va de regreso a casa.

Eleg?, por razones que no alcanzaba a comprender en ese momento pero que pronto se me volvieron clar?simas, Las Cartas a Felice publicadas por Alianza—tres vol?menes que, hace much?simos a?os, me regal? un amigo muy ducho en eso de obtener libros de maneras poco ortodoxas [sic]. Conforme fui leyendo entrada tras entrada, misiva tras misiva, tuve que darme cuenta. Era tan obvio. No hab?a explicaci?n alternativa. Franz Kafka fue, en el m?s literal de los sentidos, un blogui[s]ta excelso. Un verdadero pr?cer del género. Escritas en la oficina, en la casa o en el tren, antes de dormir o justo al despertar, largas o cortas, maravillosamente profundas u obsesivamente detalladas, todas estas cartas dirigidas a un p?blico espec?fico (en este caso Felice Bauer) y producidas en cantidades descomunales (con frecuencia dos al d?a, por ejemplo) vienen claramente de la mente de un blogui[s]ta empedernido.

Se nota, antes que nada, su obsesi?n por la escritura—esa actividad que, seg?n su carta escrita entre el 14 y 15 de enero de 1913, “significa abrirse desmesuradamente” pero para la cual “nunca puede estar uno lo bastante solo..., nunca puede uno rodearse de bastante silencio cuando escribe, la noche resulta poco nocturna, incluso”. Unos meses después, tampoco tuvo empacho alguno en declarar: “Pasarme las noches escribiendo como loco, eso es lo ?nico que quiero. Y que ello me haga derrumbarme aniquilado, o volverme loco, eso lo quiero también, porque es la consecuencia necesaria y por largo tiempo presentida”. [13/VII/13] Escribir siempre, en todo momento, no por dos horas, como le aconsejaba su prometida, sino al menos diez horas al d?a. Eso quer?a y, en todo caso, eso es precisamente lo que hac?a, frente a la hoja o aproxim?ndose a la hoja, escribir—la primera obsesi?n de todo bloguista.

Sus observaciones, como las de todo buen bloguista, fueron muy variadas. No hubo cosa de la vida cotidiana que le resultara demasiado peque?a o insulsa—el rostro de una mujer en el andén, la descripci?n de la oficina a la que en no pocas ocasiones denomin? como su propio infierno, paseos con amigos, paseos a solas, horas de duda, horas de desolaci?n. Las obras de teatro a las que asist?a, los libros que le?a, sus opiniones sobre el cinemat?grafo (y sobre este tema, por cierto, se acaba de publicar el libro Kafka Goes to the Movies de Hanns Zischler) le merec?an comentarios especiales. Como muchas de estas misivas estaban destinadas a capturar la atenci?n afectiva de Felice, éstas contienen reflexiones sobre el amor—o la imposibilidad del amor para ser m?s exactos—y las relaciones humanas. Algunos pasajes t?picamente kafkianos incluyen: “Pero qué pasa cuando le falta a uno la fuerza de conquistar a un ser por completo?” del 12 y 13 de febrero de 1913. O la siguiente: “Y ahora, mi amor, t?mame, pero no olvides, no olvides rechazarme a su debido tiempo”. Y por el mismo estilo: “La eterna preocupaci?n de mis cartas es liberarte de m?, pero en cuanto me parece haberlo conseguido, me vuelvo loco”. En su ur-blog, Franz Kafka también se refiri? de manera ir?nica a los comentarios usualmente positivos que recib?an sus escritos. No acept? ninguno de ellos y a todos los caracteriz?, casi invariablemente, como malas interpretaciones exageradas, aunque nunca hizo el esfuerzo de expresar este rechazo en p?blico. Eso, sin duda, se debe a que en realidad Franz no ten?a, como lo expres? otro d?a de febrero, “ning?n plan, ninguna perspectiva, yo no puedo entrar en el futuro por mis propios pasos; precipitarme en el futuro, rodar en el futuro, tropezar y caer en el futuro, eso s? puedo hacerlo, y lo que mejor soy capaz de hacer es quedarme tumbado”. Siempre y cuando, claro est?, esa posici?n le permitiera seguir escribiendo. Y a?n Franz, famoso por su desgano, su tuberculosis, y antipat?a contra el mundo, no pudo deshacerse de otra caracter?stica del buen bloguista: la coqueter?a. En su carta del 8 de abril de 1913, Franz retaba de manera socarrona a Felice: “Tienes que admitir que poseo el arte de hacerme seductor”.

Franz—y lo llamo as? porque as? firmaba su ur-blog— escribi? esto otro d?a de febrero: “En otros tiempos, cuando mi visi?n de m? mismo era a?n m?s precaria, y cre?a que no me era permisible dejar de prestar atenci?n al mundo ni un solo instante, en la pueril suposici?n de que el peligro est? ah?...”. La oraci?n contin?a, pero el ni-un-solo-instante y la palabra peligro que viven dentro de esta declaraci?n me obligaron a detenerme. Esos dos elementos me convencieron por completo. Resultaba apabulladoramente obvio. No hab?a explicaci?n alternativa. Franz fue y sigue siendo el verdadero ur-blogui[s]ta. Y esa convicci?n, pueril por lo dem?s, me hace sentir bien as?, de regreso, muy c?moda dentro del lugar de origen que son algunos libros.




Friday, December 20, 2002


MOVIMIENTO INTERNACIONAL EN DEFENSA DE DICIEMBRE

Cada a?o escucho las mismas quejas en contra de diciembre: el fr?o, la comercializaci?n, la dictadura de la familia, el falso sentido de lo que termina y de lo que empieza. Se supone que ésas y otras cosas producen crecientes grados de depresi?n y, en algunos casos, hasta llevan al suicidio. Aunque siempre he sido respetuosa de la depresiones tanto propias como ajenas, mi proclividad a defender causas perdidas me conmina a iniciar un movimiento en defensa de este mes tan vilipendiado. C’mon, people. Estamos de vacaciones. Detr?s de cada puerta que tocamos hay una o m?s fiestas. Nadie escatima un traguito de algo en estas fechas. El fr?o promueve la sentimentalidad m?s artrera y los abrazos m?s dis?mbolos. Por todos lados hay platillos deliciosos. Y, con el pretexto del fin del a?o, todo mundo hace gala de sus dotes narrativas. De igual manera, con el pretexto del nuevo a?o, todos nos echamos un clavado en esa gran alberca de la ficci?n colectiva. Y, por sobre todas las cosas, coron?ndolo todo de hecho, ah? est? la luz invernal ante cuya indescriptibilidad me rindo por completo. Si tenemos suerte, si vivimos en los lugares adecuados, hasta podemos disfrutar de ésa luz trasmin?ndose a través de cortinas iridiscentes de lluvia. Marejadas enteras. Tal vez sea poco, pero a m? me basta. Me sobra. Y por eso lo declaro a los cuatro vientos: qué viva diciembre! Long live December! Si est?s de acuerdo, ?nete a este movimiento internacional a favor del ?ltimo mes del a?o. Seremos los decembristas del nuevo milenio.



Monday, December 16, 2002

TIJUANA HAS DONE IT AGAIN!

Hace apenas unos meses Newsweek nombr? a Tijuana como una de las mecas culturales del nuevo milenio. Este domingo, el NYT le dedica la portada de la secci?n de viajes a Baja California, con art?culos sobre Los Cabos, la carretera transpeninsular y, por supuesto, “the lively border town of Tijuana”. La foto de la ya m?tica cebra fronteriza es, por cierto, de Yvonne Venegas.




ENTRE EL DARWINISMO Y EL REALISMO HISTERICO

En "El a?o a través de sus ideas", una secci?n del New Yort Times Magazine en que se revisan los conceptos m?s influyentes del a?o que termina, hay dos menciones al tema de la cr?tica literaria. La primera se refiere a lo que se ha dado en llamar la cr?tica darwnista, una teor?a fraguada no en Francia ni en Europa del este sino en los laboratorios académicos de Estados Unidos. De acuerdo a Joseph Carroll, l?der de esta corriente y profesor del departamento de Inglés en la Universidad de Missouri-St. Louis, la cr?tica darwinista se propone "entender la manera en que la literatura es producida por, y reproduce a su vez, la naturaleza humana--poniendo especial énfasis en instintos humanos b?sicos como la reproducci?n, la paternidad, la b?squeda de estatus social y la adquisici?n de recursos". Desde este punto de vista, novelas como Madame Bovary o Ana Karenina, dice D. T. Max, el firmante de esta entrada en el NYTM, son interpretadas por cr?ticos darwinistas como narrativas de "competencia sexual" que involucran "la humillaci?n de un viejo macho dominante". Con su carga decimon?nica y un m?s que fr?gil asidero cient?fico, esta "teor?a" promete reducir la complejidad de la estructura novel?stica y la polivalencia de personajes y anécdotas a un par de principios "naturales" supuestamente compartidos por todos los seres humanos del planeta tierra. Supongo, y espero, que esto s?lo puede resultarle atractivo a ciertos cr?ticos literarios del mundo académico de los Estados Unidos.

La segunda menci?n le corresponde al realismo histérico, un término acu?ado por James Wood, el famoso cr?tico literario de The New Republic. De acuerdo a Daniel Zalewski, el firmante de esta entrada, Wood se ha mostrado cada vez m?s impaciente ante esas enormes novelas enciclopédicas que son en realidad "m?quinas de movimiento perpetuo", "avergonzadas del silencio" y que, adem?s, "persiguen la vitalidad a toda costa". Les critica, sobre todo, la utilizaci?n de personajes que, no sin arrogancia, parecen tener opiniones sobre todo, desde la detecci?n de temblores hasta la semi?tica de los puestos de hot-dogs. Aunque Woods ha responsabilizado a Don DeLillo de promover esa idea del novelista como una especie de entretainer intelectual muy a la escuela de Frankfurt, un te?rico de la cultura y saboteador de la misma gracias a las argucias de una dialéctica endiablada, también incluye a David Foster Wallace, Thomas Pyncheon y, por supuesto, Jonathan Franzen y su The Corrections en la lista de realistas histéricos. Si bien algunas de estas posiciones podr?an resultar al menos un tanto provocativas, las alternativas que Woods propone son nada menos que somn?feras. Ha dicho en The Guardian, por ejemplo, que los novelistas deben evitar el camino trillado de "explicar c?mo funciona el mundo" y poner m?s atenci?n a "la manera en que alguien siente algo" [sic]

Entre el darwinismo y el realismo histérico, todo parece indicar que los célebres cr?ticos literarios de Estados Unidos andan en la b?squeda frenética (?histérica? ?atav?stica?) de la mejor manera de dejar atr?s el siglo XXI para instalarse, de preferencia para siempre, en el XIX.



Wednesday, December 11, 2002

LA ESPERA RADICAL

Uno de los grandes problemas de vivir cruzando la frontera es la cuesti?n del tiempo. Y no me refiero ahora a las horas de espera en la l?nea, a los kil?metros de ida y vuelta, al vuelta-de-rueda en que se transforma la existencia en este punto de tr?fico presuntamente veloz. Nada de eso. Me refiero a las medidas dispares del tiempo. Para los que se han desarrollado en un medio en el cual time-is-money, la puntualidad se convierte en una inevitable transparencia. En esa dictadura donde los relojes terminan por contarlo todo, los individuos se acostumbran con mayor o menor resistencia, mayor o menor pesar, a llegar “a tiempo” a todos lados. Rara vez se encontrar? a alguien en la calle que le pida a la distra?da, de preferencia con bostezo de por medio, “me da su hora, por favor”. Nadie, en otras palabras, le regalar? su tiempo. Esa situaci?n es radicalmente distinta del otro lado de la l?nea. Al individuo relojizado se le olvida muy f?cilmente que, por ejemplo, cuando se queda de ver con dos amigas a eso de las 8:30 en un lugar p?blico, las 8:30 en realidad se?alan un rango m?s bien indeterminado que va de las 8:30 a las 9:15. Mientras tanto, uno aprende a esperar. No hay alternativa.

Antes, cuando esto empez? a sucederme en mis visitas al centro del pa?s, me daba por imaginar cosas estramb?ticas y apocal?pticas. Empezaba por creer que, simplemente, me hab?a equivocado de lugar. Repasaba la conversaci?n en la que se hab?a llevado a cabo la cita y tem?a que también hab?a confundido la hora. Ve?a pasar gente apresurada o cejijunta y me convenc?a, con la t?pica firmeza que tienen estas s?bitas revelaciones, de que hab?a dejado de existir. Lo dem?s es f?cil de imaginar: una crisis de significado generalizada. Cuando la persona finalmente llegaba con suma tranquilidad, con sonrisa en boca y sin traza alguna de terrible lucha filos?fica tras la espalda, me pon?a contenta nada m?s de comprobar que la realidad segu?a existiendo. Las cosas han cambiado un poco. Me he acostumbrado, no sin pesar ni sin resistencia a decir verdad, a las diferencias en las medidas del tiempo. Ayer, cuando esperaba a mis dos amigas en el famoso lugar p?blico, no me atac? crisis de significado alguna. En lugar de eso, decid? participar en la puesta en escena de esta obra algo turbia y otro tanto divertida que se llama “Aqu? nadie est? esperando”.

Debe haber lugares como éste en todos lados. Se trata del t?pico sitio p?blico donde la gente que espera tiene algo que hacer--hojear libros por ejemplo--y puede, por lo tanto, fingir que en realidad no est? esperando. El que espera se aproxima con paso decidido--caminar despacio equivaldr?a a traicionar su verdadera misi?n--a los estantes de los libros y, primero, los analiza con tremenda seriedad pero con algo de distancia. As?, dentro de esa inmovilidad ensimismada, sin volver la cabeza, se concentra no en lo que tiene enfrente sino en la zona que su mirada periférica ilumina. Si la otra persona no ha llegado, entonces el que espera se decide a tomar un libro. Ah? estaban ayer, por ejemplo, el muchacho de lentes que parec?a tener lista la respuesta definitiva a la gaya ciencia, o la joven intelectual que diger?a, no sin sorna, un libro de superaci?n personal. Hab?a m?s. Y yo estaba entre ellos. Tratando de participar en el fingimiento colectivo, tomé algunos libros y escudri?é la im?genes de otros tantos. Hojeé revistas. Regresé a los libros. Entre una cosa y otra me di cuenta que estaba cansad?sima. Y fue por eso, por simple cansancio, y no por valent?a como me gustar?a describirlo, que decid? dejar de actuar. Yo estaba esperando. Me rend?a. Quer?a admitirlo p?blicamente. As? que, de repente, obedeciendo a mi cuerpo m?s que a mi cabeza, me detuve entre los estantes y, sin pena alguna, de hecho con algo de altaner?a, me puse a voltear de izquierda a derecha, espiando las dos puertas por las cuales pod?an aparecer mis amigas. De hecho, pronto descubr? que hab?a tres. Los que participaban en la obra “Aqu? nadie est? esperando” me miraron de reojo, como les correspond?a en su papel, con algo de alarma y otro tanto de misericordia. Era obvio que no hab?a resistido la presi?n. Resultaba evidente que me hab?a equivocado de obra. Envalentonada por las miradas oblicuamente inquisitivas, me recargué sobre el mostrador de cristal en franca actitud de espera. Ten?a ganas de que el asunto resultara irrebatible. Pronto se me aproxim? un empleado quien, amable pero cariacontecido, me pregunt? si me pod?a ayudar en algo. Quer?a, en otras palabras, que regresara al redil, que me reincorporara a la obra de inmediato. Supon?a que me sab?a el di?logo de memoria y que no desaprovechar?a la oportunidad de borrar la vergüenza que la espera hab?a colocado sobre mi cara.

--No, gracias --le dije--. Yo estoy esperando.

El empleado me mir? de arriba abajo y, como si acabara de detectar un caso contagioso de alguna oscura enfermedad mental, se retir? de inmediato. Y yo, extra?amente, me sent? contenta. Me convenc? entonces de que tendr?a que a?adir el personaje del esperador profesional a mi lista de actos y/o personas que atentan contra el sistema. Porque s?, es un hecho, el que espera abiertamente no s?lo rechaza su papel en la obra “Aqu? nadie est? esperando” sino que también representa, con toda su ingenuidad o paranoia seg?n sea el caso, una modesta pero contundente contra-propuesta. Pero en eso estaba pensando, en un programa de acci?n radical basado en actos de espera absoluta, cuando mis dos amigas llegaron con gratas sonrisas en sus rostros y sin se?al alguna de tremenda lucha filos?fica tras la espalda. Supongo que llegaré a ese tema en mi siguiente espera.



Wednesday, December 04, 2002

CABEZA LLENA DE PAJAROS


Es un hecho que los p?jaros se enojan. Todos hemos visto la famosa pel?cula de Hitchcock. A m?s de uno le ha tocado presenciar en alg?n zool?gico, por ejemplo, la reacci?n agresiva de ciertos gansos que, impelidos tal vez por un orgullo de especie o quiz? por un s?bito estado de mal humor, tratan de morder las manos de los ni?os que intentan alimentarlos. Sea cual fuere la raz?n de esta conducta, cuando los gansos se lanzan contra la mano que les da de comer y, sobre todo, cuando corretean infantes que huyen despavoridos, los humanos no sabemos a ciencia cierta qué hacer. Y por eso nos re?mos.

Mi primera experiencia personal con un p?jaro enojado ocurri? muchos a?os atr?s, en una fiesta algo salvaje que se llevaba a cabo en una zona semi-rural del centro del pa?s (creo que no puedo ser m?s vaga al respecto). Me dirig?a del patio—donde todo mundo beb?a pulque y cerveza y contaba chistes—hacia la cocina de la casa y, en el camino, con toda la alevos?a que conlleva la sorpresa, fui atacada por un guajolote. Tal vez el animal pens?—o como se le denomine al proceso a través del cual los guajolotes establecen contacto con el mundo—que estaba trasgrediendo las fronteras de su territorio. Tal vez, justo como los gansos del zool?gico, el guajolote estaba de mal humor o ten?a deseos irreprimibles de mostrarle al mundo entero su poder?o. El caso es que, de cerca, estos animales son m?s grandes de lo que parecen. El guajolote salt? y, extendiendo alas y patas a la vez, me propin? una serie de patadas—aqu? aptamente denominadas, claro est?, como guajoloteras—sobre los muslos. Incrédula, paralizada por lo inesperado del ataque, en un primer momento s?lo atiné a pensar que el pulque ten?a efectos muy extra?os. Regresé muda a la reuni?n del patio, incapaz de verbalizar lo acontecido. ?Con qué cara le iba a explicar a un grupo ya para entonces algo ebrio que est?bamos siendo acechados por una horda de guajolotes malignos? Prefer? callar, pues, porque no pod?a soportar la vergüenza de mi especie. Cuando desperté al d?a siguiente, pensando que hab?a so?ado todo el incidente o que hab?a sido, en todo caso, un alucine provocado por la ingesti?n el pulque, descubr? con todo mi pesar los moretones sobre los muslos. Y no me qued? m?s que decirme en voz alta, como se dicen las grandes revelaciones personales cuando acontecen a solas:
--Es un hecho que los p?jaros se enojan.

Lo que me obliga a escribir hoy es otro contacto extra?o con el mundo de los p?jaros. Todo aconteci? en uno de estos d?as claros y secos del Santa Ana. Caminaba por el campus universitario tratando de llegar—de cierta manera desesperada a decir verdad—a un expendio de café. Hacia all? iba cuando, de la nada una vez m?s, sent? una sensaci?n peculiar en la cabeza. Cuando a bien tuve reaccionar, vi al p?jaro negro que, después de intentar aterrizar en mi cabello, hu?a ahora en direcci?n al cielo. Puedo jurar que sus graznidos ten?an el eco de ciertas carcajadas poco amables.

Creo que ser?a dif?cil, con toda honestidad, clasificar esta acci?n dentro de la categor?a de las simplemente agresivas. No era, por otra parte, tampoco una caricia. Por d?as no supe en realidad qué pensar. A veces estaba tentada a creer que se hab?a tratado de una broma, el equivalente a un codazo jovial entre humanos. Otras, consideraba que hab?a hecho contacto con un p?jaro jocoso, de esos que se ponen de buen humor a la menor provocaci?n. Tal vez se trataba de un p?jaro con un gusto desenfrenado por los claros y secos d?as del Santa Ana que, por razones del todo desconocidas, se sinti? hermanado conmigo por esa raz?n. Otras m?s, imaginaba que hab?a encontrado al p?jaro m?s desorientado del mundo. Hoy s?lo creo que, con toda seguridad, todo se reduce al hecho de que necesito un buen corte de pelo para que los p?jaros distra?dos ya no confundan mi cabeza con sus nidos.



Monday, November 25, 2002

THE IMMIGRATION OFFICER WAS LONELY

--So, you work at San Diego State? --me pregunt? la oficial de inmigraci?n coloc?ndose justo bajo el dintel de la puerta de min?sculo cub?culo al que se le denomina la garita. Yo, acostumbrada como estoy a huir hacia otros mundos en estos trances fronterizos, me quedé callada. Y lo hice, primero, porque me resultaba en verdad dif?cil aceptar la mera posibilidad de que los uniformados pudieran expresarse en oraciones tan largas (ésta, por ejemplo, conten?a un pronombre entero, un verbo, una cort?sima preposici?n, y hasta el nombre de una instituci?n educativa). Luego porque, sumida como estaba en realidades privadas, no atiné a ligar de inmediato las palabras San Diego con el término de State. Finalmente porque, que yo supiera, esa informaci?n no estaba incluida en mi tarjeta verde (la cual es, por cierto, de color rosa). Todo termin? por embonar cuando la mujer de azul me se?al? con la mirada la parte inferior izquierda de mi parabrisas. Ah? estaba el permiso del estacionamiento de SDSU. Pensé que se trataba de una mujer muy observadora.

--I did my undergrad there --continu? mientras observaba la cola de autos que se extend?a tras el m?o.

--And what was your major? --le pregunté porque la mujer parec?a no s?lo dispuesta sino hasta deseosa de entablar conversaci?n. A esas alturas (o bajuras) de la madrugada ya me pod?a esperar todo.

--Chicano and Chicana Studies --dijo. Luego, mirando hacia el interior de mi auto, recarg? el brazo izquierdo sobre el toldo--. Good stuff --a?adi? --all this thing about race, you know? And the way the system beats us up --solt? una carcajada corta pero profunda y yo no pude evitar pensar que la oficial o hab?a consumido drogas o estaba tratando de ponerme una trampa.

--I did learn a great deal about Cesar Chavés --mencion? poniendo el acento sobre la "e" y no la "a ", y pronunciando el equivalente a una "s" y no una "z". Ya para entonces la mujer ojos negros y cola de caballo se encontraba recargada sobre el marco de la ventanilla abierta, con la cabeza casi dentro de mi auto. Pensé que lo ?nico que nos hac?a falta era un buen café y unos cuantos cigarrillos para aclarar algunos puntos. ?Qué hac?a justo en la l?nea, y adem?s de madrugada, una mujer tan platicadora, por ejemplo? ?D?nde hab?a quedado todo ese entrenamiento radical universitario? ?Qué pensaba hacer con su vida de ahora en adelante? No lo pude resistir. Se lo pregunté.

--Are you planning to do your M. A. at State too? --la mujer volvi? a re?rse con ganas.

--I wish I could, mam --dijo, s?bitamente respetuosa --but I have bills to pay, you know? And family. A sick child. A good-for-nothing for a husband --y elev? los ojos hacia alg?n lugar del cielo mientras arrugaba la boca de esa manera entre resignada e ir?nica en que lo hacen las mujeres con m?s de tres a?os de casadas.

--What you teach? --no esperaba la pregunta y, tal vez por eso, le contesté en todo detalle, incluyendo el nombre de los cursos y hasta los horarios. Y cuando me pregunt? si me gustaba mi trabajo no me dio pena contestarle, en un llano estilo confesional, que era como todo, hab?a cosas que s? y otras que no tanto. Y se las terminé describiendo con algo de minucia.

--But, well, you know, I write --mencioné como si eso lo explicara todo.

--Like books and all that stuff --asent? con la cabeza. A lo que ella respondi? con un casi festivo "cool".

--You’re gonna write about me, eh? --parec?a preguntar pero en realidad lo estaba afirmando. Creo recordar que hasta me gui?? un ojo (no me acuerdo si fue el izquierdo o el derecho). Se trataba, en todo caso, de un reto.

--You will --dijo mientras me regresaba mi tarjeta verde-rosa. Luego le dio un par de palmadas al toldo de mi carro y, sin m?s, como si no hubiera nada m?s natural que una conversaci?n casi real, es m?s casi amigable, entre una oficial con problemas maritales y entrenamiento académico radical y una escritora con cierta ambivalencia por su trabajo que cruza la l?nea de madrugada, extendi? el brazo y, flexionando el cordial y el ?ndice, le indic? al siguiente coche que se aproximara.

Ya sobre la 805 north, manejando con inusual cuidado, me di cuenta que acababa de descubrir una de las m?s rec?nditas razones por las cuales a veces tengo que pasar tantas horas muertas, francamente improductivas, en las colas de la l?nea.



Sunday, November 24, 2002

PALABRAS COMO LUNAS EN FASES PARTICULARES
The Body Artist de Don DeLillo.

En la m?s reciente novela de Don DeLillo (New York, 1936), un hombre indefenso y sin edad balbucea oraciones a medias para una viuda que, después de enterrar a su esposo en Nueva York, regresa a la casa solitaria que ambos compartieron en la costa de Maine.

" 'Yo sé cuanto'. Dijo, 'Yo sé cuanto esta casa. Sola a la orilla del mar'. El hombre no parec?a contento sino de alguna manera satisfecho, técnicamente satisfecho por haber logrado expresar el ?ltimo tropel de palabras. Y de hecho, viniendo del se?or Tuttle, ella escuch? la formulaci?n en toda su profundidad de ecos. Cuatro palabras solamente. Y, sin embargo, hab?a logrado ponerla en una serie de alrededores encontrados, llenos de afueras y adentros simult?neos. La casa, el planeta marino afuera de ella, y la manera en que la palabra sola se refer?a a ella y a la casa y c?mo la palabra mar enfatizaba la idea de soledad pero también suger?a un alivio vigoroso, una manera de escapar de los l?mites marcados por las paredes de libros del yo. Sab?a que era tonto examinar tan detalladamente. Estaba inventando cosas. Pero ése era el efecto que él ten?a, avanzando como una sombra cent?metro a cent?metro a través de una oraci?n, mostrando una palabra en todas sus facetas y aspectos, palabras como lunas en fases particulares". [p.48]

Y ése es el efecto que uno de los maestros de la narrativa contempor?nea de Estados Unidos logra sostener a través de The Body Artist, una novela corta que es, sobre todo, una reflexi?n detallada, microsc?pica y telesc?pica a la vez, sobre la palabra, las palabras, las facetas inextinguibles de las palabras. Esta tarea es particularmente adecuada para un escritor que en alguna ocasi?n se describi? a s? mismo como "un fabricante de oraciones" y para quien la oraci?n revela "la integridad del escritor en el momento de enfrentar al lenguaje." [Vince Passoro, "Dangerous Don DeLillo", NYT, 5/19/91, 7] Objeto de culto desde la aparici?n de Americana en 1971, su primera novela, DeLillo evadi? por a?os a la prensa, neg?ndose a revelar informaci?n personal y a dar pl?ticas sobre su obra. En un medio donde las ventas y el n?mero de entrevistas crean celebradidades de noche a la ma?ana, DeLillo prosigui? con su vida de recluso, habitando cuartos peque?os, lejos de posiciones pol?ticas o académicas y m?s reacio a?n a las avenidas c?modas de la fama.

"Est? en mi naturaleza mantenerme quieto acerca de muchas cosas, a?n respecto a las ideas de mi trabajo. Cuando uno trata de explicar algo que uno ha escrito, termina disimnuyéndolo de alguna manera porque, en parte, eso fue creado como un misterio. Aqu? est? un nuevo mapa del mundo en siete tonos de azul. Si uno es capaz de ser directo y penetrante sobre una invenci?n propia, es como si la invenci?n no hubiera sido necesaria en primer lugar, como si las fuentes no hubieran sido lo suficientemente profundas." [Passoro, p. 1]

Si bien declaraciones de este tipo han logrado fincar la reputaci?n de DeLillo como un escritor oscuro, acaso peligroso, éstas resultan de todo necesarias para entrar en el callado universo de la casa en la costa de Maine donde Laura Hartke pasa horas y m?s horas restreg?ndose el cuerpo y desti?éndose el color del pelo hasta convertirse en una tabula rasa mientras escucha los discursos maltrechos de un hombre que puede o no ser real.

Breve en comparaci?n con Underworld--la novela de 827 p?ginas que DeLillo public? en 1994 y que algunos recibieron como a una obra maestra--The Body Artist, logra capturar en 124 folios estados de profunda autoconciencia en el cotidiano devenir de todo eso que "la gente hace sola dentro de su vida".[p.114] En un primer nivel, The Body Artist narra el ?ltimo d?a que comparten Rey Robles, un cineasta nacido en Barcelona, y su tercera esposa, Lauren Hartke, la artista corporal, en una casa rentada a la orilla del mar. Luego, un obituario anuncia que "Rey Robles, 64, el poeta del cine de lugares solitarios", acaba de suicidarse en el departamento de su primera esposa. Lo que sigue es una descripci?n de los d?as que Lauren pasa en la casa solitaria ejercit?ndose para su siguente obra, "Tiempo corporal", en compa??a de un hombrecillo sin origen ni destino cuyo manejo peculiar del lenguaje lanza a Lauren en giros de candente introspecci?n. Pero esto es s?lo el inicio.

En un nivel m?s profundo, The Body Artist se plantea desde un principio explorar momentos de suma claridad ya sea intelectual, emocional o sensual. "T? sabes con mayor certeza quién eres en un d?a brillante después de una tormenta cuando hasta la hoja m?s peque?a est? atravesada de auto-conciencia". [p.5] Con esta frase comienza una de las descripciones m?s memorables de un desayuno en pareja. Ah? est?n los choques imprevistos en la cocina; el agua de la llave que, al correr, cambia de un tono plateado a otro opaco; el tostador de pan al que hay que apretarle el bot?n varias veces; los p?jaros que se arremolinan en el bebedero y se asoman a la casa para ver "mundos imposibles"; la puerta del refrigerador que se abre y se cierra, a veces bien, a veces mal; los gr?nulos de soya que le pertenecen a ella; el radio que uno prende y otro apaga sin plan previsto; y el inolvidable jugo de naranja que uno de ellos agita una y otra vez, por distracci?n ciertamente, pero también porque el hacerlo le produce un cierto placer tonto, infantil casi, autom?tico. Lauren y Rey hablan a medias, continuamente pregunt?ndose "?qué?" de orilla a orilla de la mesa. Rey no recuerda d?nde dej? todas sus llaves, las cuales conserva en un solo llavero. "[Laura] casi dijo, ?y no es eso algo inteligente? Pero no lo hizo. Porque qué cosa tan inecesaria. Porque qué cosa tan insignificante ser?a decir algo as? en una ma?ana, o a cualquier otra hora, de un d?a claro y brillante después de la tormenta." [p.25] Con esta frase se cierra el primer cap?tulo y casi la quinta parte del libro. Con ella, también, se entiende un poco m?s la singular percepci?n que tiene DeLillo de la oraci?n. Dijo: "Hay, al final de cada oraci?n, una verdad esperando salir y el escritor tiene que aprender a reconocerla pero s?lo lo logra cuando finalmente llega hasta ese final…Cada oraci?n lleva en s? misma su fuerza moral cuando est? bien escrita. Ese proceso habla de la voluntad vital del escritor". [Passoro, p.7] As?, no es sino hasta el final de esta secci?n que todas las peque?as acciones antes descritas--los movimientos, los sonidos, la luz, el aire--retoman nuevos y m?s profundos significados. Se trata de un conocimiento que s?lo se puede adquirir o figurar en retrospectiva, con la vista hacia atr?s.

La muerte de Rey Robles aparece en la forma de un obituario. Un interludio de objetividad quiz?, un descanso apenas para regresar, junto con Laura Hetke, a la casa donde todo ocurre "alrededor de la palabra parecer". [p.31] El ?nico plan de la mujer es "organizar el tiempo hasta que pudiera volver a vivir otra vez". [p.37] En esos puntos suspensivos, dentro de la tensi?n de la espera, la artista corporal descubre que hay alguien m?s en su casa. Se trata de un hombre cuya mera existencia es materia de especulaci?n. De apariencia inestable y conductas bizarras, el hombre se comunica con ella en un leguaje obtuso, fragmentado--a veces canto, a veces susurro--que, sin embargo, ilumina su realidad de maneras desconcertantes. Pronto, la artista coporal descubre que el hombre es capaz de reproducir la voz de su difunto marido, luego su propia voz, y el juego de reflejos sonoros y gramaticales da inicio. DeLillo--un autor cuyo o?do para el di?logo ha sido celebrado en m?ltiples ocasiones--sabe que o?r no es un proceso sencillo. As?, lo que empez? como una curiosidad, termina exigiéndole todos sus sentidos, todo su ser, incluido el cuerpo. "El habl?. Después de un tiempo ella empez? a entender lo que estaba escuchando. El proceso tom? muchos niveles de percepci?n. Tom? historias sociales enteras acerca de c?mo la gente escucha lo que otra gente dice". [p.50] Laura Hetke ciertamente las necesitaba para poder aprehender tropeles de palabras como las siguientes: "El estar aqu? ha llegado hasta m?. Yo estoy con el momento, y dejaré el momento. Silla, mesa, pared, todo por el momento, en el momento. Ha llegado hasta m?. Aqu? y cerca. Desde el momento me voy, estoy ido, estoy yéndome. Dejaré el momento desde el momento". [p.74] Laura lo escucha y trata de entenderlo; lo analiza todo. Luego, se cansa. Luego lo vuelve a intentar. Hasta que se percata que

"las palabras continuaban, sensuales y vac?as, y ella quer?a que él riera con ella, que la siguiera fuera de ella misma. Este es el punto, s?, este es el revuelo del asombro verdadero. Y cierto terror en la orilla, o el miedo de estarlo creyendo, cierto desplazamiento del yo, pero este es el punto, esta es la cu?a para entrar en el éxtasis, el viejo, profundo sentido de la palabra". [p.75]

Como todo escritor verdadero, DeLillo busca ese momento, lo acecha, lo cerca y, sin poder asirlo por completo, lo sigue hacia y hasta donde el éxtasis se diriga o se extinga para poder empezar de nuevo.

Tal como el se?or Tuttle lo hace con el lenguaje, Laura Hetke utiliza su cuerpo para personificar otras voces. En los d?as en que se comunica con el peculiar huésped de su casa su ?nica otra ocupaci?n es restregar su cuerpo, limpiarlo de una manera profunda, exhaustiva, como para borrar cualuier trazo de fija identidad. Le interesa, sobre todo, abordar el fen?meno del tiempo de la misma manera en que el se?or Tuttle utiliza las palabras, fuera de una perspectiva lineal, personificando m?ltiples registros que convergen y se hacen carne en su propia carne. En sus propias palabras, su objetivo es "pensar en el tiempo de manera diferente. Detener el tiempo o alargarlo o abrirlo. En todo caso lograr una naturaleza muerta que esté viva, no pintada". [p.107] Tal vez de ah?, de esa sugerencia, naci? la elecci?n de una escena de "Los m?sicos" de Caravaggio para la portada.

Mientras la viuda se lava y se limpia, mientras oye a un invitado cuya presencia puede o no ser conjetural, no pronuncia ni una sola vez la palabra dolor. DeLillo, sin embargo, ha mostrado la manera en que éste disloca la perspectiva y trae nuevas preguntas hacia el mundo. Todav?a sin ceder a la enuciaci?n, Hetke se pregunta y pregunta en general:

"?Por qué la muerte de una persona que amas no deber?a llevarte a una ruina espeluznante? ?Por qué su muerte no deber?a trearte un esc?ndalo de sufrimiento? ?Por qué tendr?as que acomodar su muerte? ?O rendirse ante ella con el aparente buen gusto del luto? ?Por qué dejarlo ir si puedes caminar en el pasillo y encontrar una manera de colocarlo al alcance de la mano?" [p.116]

En una cultura que, como la de Estados Unidos, insiste en cerrar los ojos ante la muerte y sus consecuencias para los vivos, estas son ciertamente ideas escandalosas, espeluznantes casi. No hay aqu? ninguna invitaci?n para ir al terapeuta con el fin de lidiar con el dolor, adormeciéndolo, borr?ndolo poco a poco ya sea con conversaciones prolongadas o f?rmacos efectiv?simos. Al contrario, creando un paralelo con percepciones de la muerte como un proceso de conocimiento tanto intelectual como pol?tico, individual y social, como el sostenido por las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, DeLillo parece abogar por aceptar dentro de s? la necesaria, inevitable, demoledora lecci?n de la se?ora muerte--una lecci?n que algo tiene que ver con la dislocaci?n de los sentidos y la profunda auto-conciencia que, en ciertos d?as después de la tormenta, atraviesa hasta las hojas.

Adem?s de at?picas, las preguntas que la artista corporal lanza al aire vienen a cuestionar una vez m?s la realidad del se?or Tuttle y la realidad de la realidad en general. Después de crear la duda, sin embargo, DeLillo ironiza "?Qué, acaso es la realidad tan poderosa para ti?" y luego, de inmediato, llama a tomar otra ruta, otro riesgo: "Cree en lo que ves y en lo que oyes. Es el pulso de cada sugerencia secreta que has sentido en las orillas de tu vida." [p.122] Cree, en otras palabras, en tu propio se?or Tuttle; crea uno si no lo tienes; utiliza un libro como éste si careces de motivaci?n o de esperanza. DeLillo no pide nada m?s, pero tampoco nada menos de sus lectores, de ah? su reputaci?n no s?lo de autor dif?cil, sino también de escritor convencido del papel fundamental de la novela en la sociedad contempor?nea.

De hecho, Bill Gray, uno de sus personajes de su novela Mao II, expresa una idea similar de manera suscinta. "El estado deber?a querer matar a todos los escritores. Cada gobierno, cada grupo de poder o con aspiraciones de tener poder, deber?a sentirse tan amenazado por los escritores como para cazarlos donde quiera que se encuentren". Los libros, en otras palabras, importan o, en todo caso, deber?an importar y es por eso que DeLillo sigue apost?ndole al peligro y al margen--una posici?n de la que, aparentemente, no lo han sacado ni los anticipos millonarios ni las cada vez m?s numerosas entrevistas. Mientras tanto, el lector puede seguir deambulando por sus oraciones como por un cuarto y, al final, cuando experimente esa revuelo del verdadero asombro, sabr? que ha llegado al punto, s?, a ese punto, del que, tal vez, es mejor no saber regresar. El punto de las palabras.



Saturday, November 23, 2002

PRIVACIES OF SPEECH [II]

Debo confesarlo. Al igual que los vagabundos sin oficio ni beneficio, los adictos sin soluci?n, los desempleados, los sin esperanza alguna, pepeno desperdicios en los botes de basura p?blica. No busco, como muchos de ellos, las latas de refresco o los contenedores de pl?stico que luego intercambian por algunos d?lares en centros de reciclado. Lo que yo ando cazando son pedazos de escritura. No es met?fora. Todo empez? cuando, al ir de camino a mi oficina, preocupada por alguna cosa aburrid?sima, recog? un papel arrugado del suelo. Al alisarlo me di cuenta que el papel conten?a palabras y, al leerlas como se leen esas cosas, sin mucha intenci?n, como al descuido, me enteré que las palabras formaban el inicio o el final de una historia en un lenguaje que, por llegar en fragmentos o por llegar al destinatario equivocada, resultaba privado.

"I swear I did not mean it. If I hurt you, I did not mean it. You got to believe me. If I had wanted to, I could have done it, but I did not do it. And if I did, I did not mean it. You got to…"

No supe, por supuesto, quién era el o la autora del mensaje. Y no me atrev? a hacer apuestas al respecto para evitar caer en estereotipos. El escrito no me daba, adem?s, informaci?n alguna sobre el agravio referido. Su tono de urgencia, esa dram?tica repetici?n y, sobre todo, la arrogancia impl?cita en el "si hubiera querido, lo habr?a hecho", sin embargo, me obligaron a regresar al lugar del hallazgo a toda prisa, como si mi vida dependiera de ello. Pensé que tal vez podr?a encontrar una segunda hoja, alg?n otro fragmento que, en mi distracci?n de transe?nte preocupado por cosas aburrid?simas, me hab?a pasado desapercibido. Como es de suponerse, no encontré nada. De ah? el nacimiento de esta obsesi?n y esta pr?ctica: pepenadora de escritos an?nimos en los basureros p?blicos.

D?as después encontré otro pedazo de papel con lo que parec?a ser un ejercicio de espa?ol:

"Ojal? que hayas divertido.
Ojal? que no te pases lo mismo.
Deseo que la pases bien con su nueva vida.
Deseo que…"

Era obvio que el autor del ejercicio ten?a poco dominio sobre el subjuntivo y que lo o la aquejaba una dolencia personal. Eso, y mi predisposici?n hacia cosas claramente irracionales, me hizo imaginar que el segundo hallazgo estaba, de una manera u otra, relacionado con el primero. Pensé que, por azares del destino, hab?a logrado interceptar un lenguaje realmente privado entre dos personas cuya relaci?n parec?a algo agresiva, ciertamente, pero también llena de inuendos dram?ticos y, para colmo, bilingüe y, tal vez, bicultural.

El tercer hallazgo le dio alas a mi teor?a. Se trataba de una p?gina tama?o carta repleta de ese tipo de garabatos sin sentido que se producen en casi todas las clases universitarias. Hab?a ah? ojos aislados, corazones atravesados por flechas por los cuales todav?a goteaba sangre, cruces, estrellas, signos de interrogaci?n, espirales.

"Wed. at 5. be there. Don't fuck with me and be THERE"

Era evidente que alguien hab?a recibido el mensaje porque, con letra y tinta distinta, esto apareci? m?s abajo:

"so, don't want me to fuck you, eh?"

El tono de la iron?a era, ciertamente, algo insoportable. No me cupo la menor duda de que fue justo entonces que el autor o autora se levant? de su asiento y sali? del sal?n de clase mientras arrancaba el maldito pedazo de papel donde hab?a quedado marcada, tal vez para siempre, la evidencia de su fracaso. Y supuse también que el o la autora arrug? el papel con algo de furia o desaz?n—no supe por cu?l decidirme—y lo mantuvo por un buen rato—todo el tiempo que le llev? ir del sal?n de clase hacia el estacionamiento—dentro de la mano cerrada. El papel ten?a, quiero decir, ese tipo de arrugas profundas, bien delineadas, que no se producen bajo presiones pasajeras.

No encontré nada m?s por d?as enteros. Por esa raz?n empecé a asomarme a los botes de basura con un poco m?s de insistencia y otro tanto de método. Me fijaba, claro est?, que no hubiera mucha gente a mi alrededor y, si la hab?a, primero arrojaba algo al bote y, luego, fingiendo que hab?a tirado el desperdicio equivocado, le echaba un vistazo al contenido del basurero. Nada, sin embargo, surgi? efecto. Hasta llegué a convencerme de que mi gran teor?a sobre la relaci?n epistolar hab?a sido un verdadero alucine. Un debralle m?s. Agobiada por la ausencia de pruebas escritas, llegué incluso a formular una contra-teor?a: ninguno de mis hallazgos estaba relacionado entre s? excepto, claro est?, en mi imaginaci?n, revelada ahora en sus momentos m?s francamente imperialistas y chapuceramente sistematizadores. En efecto, en contra de todas las premisas posmodernas, mi imaginaci?n parec?a seguir buscando esa oraci?n mayor, ese gran relato, dentro del cual cada uno de mis hallazgos cobrara significado. Mi imaginaci?n, en otras palabras, se resist?a a la diseminaci?n anti-significante del pedazo. Todo eso, por supuesto, me sumi? en una ligera depresi?n.

La ausencia de datos fue tan larga que, de cualquier manera, me dio tiempo de formular una anti-contra-teor?a: los fragmentos pod?an o no estar relacionados entre s?. Eso era lo de menos. Lo que importaba era que, al establecer un v?nculo entre ellos, independientemente de si ellos estaban "en realidad" relacionados, mi imaginaci?n extra?a a los fragmentos de sus canales "originales" de significaci?n y, de manera por dem?s artificial, los concatenaba en uno nuevo. Este ejercicio de reapropiaci?n era pues, en s? mismo, un atentado contra la sistematizaci?n original y s?lo aparentemente re-sistematizador. De hecho, un punto nodal de mi anti-contra-teor?a era que s?lo una ?ptica r?gida y lineal pod?a interpretar la concatenaci?n irregular de los fragmentos como un truco combinatorio o sincrético de re-sistematizaci?n.
Lo que me importaba en todo caso, lo que verdaderamente extra?aba durante ese largo n?mero de d?as en que no encontré notas escritas en basurero alguno, era el momento mismo del hallazgo—el placer f?sico del ojo que identifica el papel arrugado y, acto seguido, el placer f?sico del cuerpo que se inclina sobre el pavimento y de la mano que se arroja hacia la inminencia de descubrimiento. Sent?a una nostalgia indescriptible por el momento en que el ojo encontraba la letra y la mente se perd?a en un bosque de significados que, creados en el mismo momento, se resist?an al entendimiento o la credulidad. Supongo que algo por el estilo est? impl?cito en la frase "el placer del texto".

Todo esto, sin embargo, volvi? a ponerse en duda el d?a en que, ya contra toda esperanza, descubr? otro papel arrugado. Se trataba de una cuenta de teléfonos de alguien—me reservaré, por cuestiones de respeto a la privacidad ajena, los datos de esa persona—que hab?a sostenido conversaciones largu?simas con alguien que ten?a un n?mero de teléfono en Seattle. Tan pronto como comprobé que no lo estaba imaginando, que el papel s? llevaba impresos todos esos minutos de comunicaci?n oral, no pude evitar caminar un poco m?s aprisa y sonre?rle sin vergüenza alguna al aire fresqu?simo de la ma?ana. Por supuesto. Lo sab?a. No me cab?a duda alguna al respecto. Los dos hab?an resultado m?s listos de lo que pensaba. Claro. Bravo. Bien por ellos.





CRUZADORES CRONICOS MOTORIZADOS

Por ac? le llaman la l?nea. En otros lados es el bordo, el puente, el pase o, para los que est?n lejos, simple y llanamente la frontera. Sobre esa realidad plurinominal casi se ha dicho todo. Los globalof?licos no se han cansado de alabar los tratados internacionales que permiten, seg?n ellos, el libre intercambio del comercio. Los globalif?bicos han enfatizado la fundamental desigualdad, la injusticia y la violencia que se gesta en el cruce fronterizo. Economistas varios han analizado el push-pull factor, atribuyéndole sesudos n?meros al proceso. Existe una variedad de historias de vida recolectadas por antrop?logos a través de diversos métodos etnogr?ficos. Hay pel?culas. Todos hemos le?do noticias al respecto. Hay instalaciones. Algunos escritores se han dado a la tarea de elaborar instrucciones para cruzarla. Hay fil?sofos pensando en hibridaciones diversas. Los estudios culturales han hecho hincapié en ese, por ahora cliché, laboratorio de la posmodernidad donde todo cambia y nada es lo que parece ser. Ciertos cient?ficos han analizado el nivel de contaminaci?n del agua que cruza sin papeles. Los lingüistas se han preocupado por entender el idioma en que la frontera se habla a s? misma. Hay videos experimentales. Ciertas organizaciones se han hecho cargo de colocar cruces sobre el cruce, aludiendo al creciente n?mero de muertos que habita la frontera. Existen una infinidad de rumores. Pero yo, que s?lo he cruzado la l?nea de manera regular desde hace poco m?s de un a?o, todav?a estoy esperando ese gran estudio, ese tratado definitivo, sobre las muchas horas que se consumen dentro de un auto, avanzando a vuelta de rueda, para llegar a la garita. Ese tiempo de espera, radicalmente improductivo, sin épica ni hero?smo, sin tragedia, invisible por lo obvio, parece haber pasado desapercibido.

Lo experimentan sobre todo los que, viviendo de un lado, trabajan o estudian en el otro. Los que salen de sus casas a las cuatro o cinco de la ma?ana para poder llegar a escuelas u oficinas o f?bricas a las ocho. Los que cruzan de vez en cuando, ya sea para ir de compras o asistir a charlas universitarias o visitar amigos, pueden tener alguna idea al respecto. Pero los cruzadores cr?nicos motorizados (hay, por supuesto, otros) son los verdaderos art?fices de ese tiempo extraviado, aparentemente pasivo, del que sabemos poco. Puede ser, por ejemplo, que la falta de movimiento f?sico se relacione de manera directa con una creciente actividad mental. Es posible que esas largas horas, o minutos si se es afortunado, que los motorizados consumen escuchando compacts favoritos hayan contribuido a una mayor apreciaci?n musical. Tal vez, de manera por dem?s inesperada, los cruzadores motorizados han beneficiado a la filosof?a Zen, encontrando formas novedosas de llegar a ese estad?o crucial que es la mente en blanco. No es una locura pensar que el tiempo que los motorizados pasan a solas, hablando consigo mismos, le haya quitado el empleo a m?s de un terapeuta binacional. Aunque, pens?ndolo mejor, tampoco es una locura creer lo contrario. Y habr?a que ver, por ejemplo, de qué maneras han revolucionado las teor?as de la lectura esos motorizados que avanzan lentamente, frenando y acelerando casi al mismo tiempo, con un libro o peri?dico abierto sobre el volante. Nos har?a un gran favor ese virtual cr?tico literario que, aprovech?ndose de la vastedad de esos tiempos de espera, llevara a cabo entrevistas de carro en carro preguntando, por ejemplo, cu?ntas novelas o cuentos o poemas o ensayos se han producido dentro del auto. Habr?a que investigar cu?ntas amistades o noviazgos o matrimonios se han gestado en estas horas muertas, propicias para la confidencia s?bita y el delirio verbal. Y, ya llegando a la garita, cuando el oficial en turno escupe ?rdenes monosil?bicas desde el pedestal en que lo coloca su uniforme, habr?a que investigar cu?ntas conciencias pol?ticas han nacido y madurado a su paso.

Mi sospecha es que, mientras esperan, los cruzadores fronterizos motorizados no hacen nada verdaderamente "?til", nada "productivo" en sentido estricto. Los verbos que mejor describen sus actividades dentro del auto—divagar, imaginar, platicar, callar, estarse quieto, reflexionar, delirar, visualizar, debrallar, enojarse, conspirar—conllevan una peligrosa p?tina de desperdicio, acaso de anticuado placer, que se opone a, o simplemente evade, los dictados de la econom?a de mercado que los coloc?, para empezar, en la larga cola fronteriza. Esta paradoja me tiene fascinada desde hace poco m?s de un a?o. Si al inicio renegaba de estas horas muertas, de estas horas extraviadas que romp?an mi d?a en dos y en las que no pod?a hacer absolutamente "nada", a ?ltimas fechas he llegado a a?orarlas e incluso a buscarlas ya sea consciente o inconscientemente. Esas son las pocas horas de mi vida en que, por m?s que quiera, por m?s que lo dicte la raz?n o el calendario o la m?s artrera responsabilidad, no puedo hacer "nada" m?s que divagar, imaginar, callar, estarme quieta, reflexionar, delirar, debrallar, recordar, etc. Estas son las horas en que, dependiendo del carril que escoja para llegar a la garita, me extrav?o en mundos an?nimos e inveros?miles nada m?s porque s?, porque no hay de otra, porque se siente rico. Pero, en realidad, sabemos muy poco de todo eso y yo, como lo dec?a antes, s?lo estoy a la espera de ese gran an?lisis definitivo mientras recuerdo y recreo con un gusto casi decimon?nico, a decir verdad un tanto perverso, todas esas largas horas que paso en las inmediaciones de la l?nea sin hacer absolutamente "nada".




ECONOMIA POLITICA DEL CLIMA

Existen en esta regi?n que, seg?n los expertos y los agentes de bienes ra?ces, disfruta de un clima mediterr?neo, ciertos d?as de oto?o y otros tantos de invierno que son tremendamente claros. Se trata de d?as en que el nivel de la humedad no alcanza ni el 30 por ciento. No hay, en otras palabras, una sola nube en el cielo. Son d?as en que los vientos del Santa Ana--a wind originating over the elevated deserts of eastern Southern California warming rapidly in its descent thorough mountain passes to the coastal plain, and arriving as a hot, very dry, gusty wind--limpian la atm?sfera y hace calor y uno siente una indescriptible, aunque solidaria, tristeza por aquellos que habitan en el Midwest o las grandes y peque?as ciudades del noreste. Mientras ellos se preparan para las nevadas o las m?s variadas tormentas de hielo, arrop?ndose con pesados abrigos y cubriéndose las cabezas con gorras rid?culas, nosotros en cambio guardamos la ropa de invierno y seguimos calzando sandalias.
Aunque los espero, estos d?as siempre se las arreglan para llegar de improviso. De repente, a través del ventanal de mi oficina, me doy cuenta que el cielo es infinitamente azul y que la luz oto?al cae de manera perfecta sobre todos los rasgos de la realidad. Es entonces que, de manera autom?tica, sin ninguna decisi?n de por medio, dejo en paz el teclado de la computadora y salgo de la oficina para echarme a caminar. Y afuera, rodeada de gente que también ha decidio no hacer nada, me doy cuenta de que los d?as del Santa Ana propician irremediablemente la flojera, la risa f?cil, la irresponsabilidad, el saludo amable. Supongo que alg?n bur?crata taciturno o alg?n eficiente administrador de la vida ajena ya se ha percatado de la amenaza econ?mica que representa este fen?meno climatol?gico. No me extra?ar?a que pronto aparecieran anuncios o sesudos an?lisis estad?sticos delatando la peligrosidad intr?nseca de los vientos del Santa Ana. Mientras tanto, antes de que eso que seguramente suceder? suceda, yo les propongo a todos aquellos que estén "en contra del sistema" que cuenten a los Santa Ana entre sus aliados m?s radicales y m?s fieles.



Friday, November 22, 2002

INDECIDIBLE

La meta es crear un lenguaje intransferible. Un lenguaje c?modo dentro del silencio de cada una de sus letras. La meta es crear un lenguaje tan privado que, como lo dec?a Burroughs, resulte "impenetrable como tu propio espejo".



PRIVACIES OF SPEECH [I]


Al inicio parec?a sencillo, casi natural. Iba manejando con una amiga sobre la 805 sur--hacia ese lugar a donde se dirigen eventualmente todas las cosas del mundo--cuando, entre risas desenfadadas y los comentarios que produce el veloc?metro al alcanzar las 45 millas en una v?a de otra manera r?pida, aparecieron. La primera reacci?n fue de risa--o de una hermana gemela de la risa porque ten?a ese eco nervioso y un tanto incrédulo de lo que no es un hecho sino el reflejo de un hecho. 7UYR033. Nos vimos a los ojos con la complicidad del iniciado. 4DNN165. La carcajada era de pura aceptaci?n.

Ten?amos que admitirlo: el lenguaje de las placas era real.

No se trataba, por supuesto, de un lenguaje secreto o escondido, sino de una construcci?n lingü?stica que, obedeciendo a los criterios del famoso inspector Dupin que creara Poe y luego inmortalizara Lacan en uno de sus seminarios, estaba a la vista de todos y, por eso, resultaba invisible.

La lentitud del tr?fico o ese sopor que se cuela a veces en ciertas tardes de verano o una predisposici?n genética hasta ese momento desconocida, nos anim? a descubrir m?s.

3LTM069
5NBB336
5YKE435

Cuando llegamos al lugar a donde eventualmente llegan todas las cosas de este y otros mundos, comunicamos nuestro hallazgo con algo de altanera algarab?a.

--Andaban bien weinas --dijo uno.

--?Qué fumaron? --inquiri? otro sin privarse del placer de gui?ar el ojo izquierdo.

--Est? curada --mencion? alguien m?s con ese tonecito condescendiente de quien tiene prisa por cambiar de tema.

Lo cierto es que, desde entonces, manejar ya no es lo mismo. No hay d?a en que el lenguaje de las placas no me haga frenar a destiempo o cambiar de carril en el segundo menos pensado. He llegado incluso a pasarme altos o a tomar la salida equivocada con tal de aclarar una duda o confirmar una mera sospecha. Me he vuelto, en otras palabras, un peligro vial, un chofer de alto riesgo.

Las cosas, sin embargo, ya no son tan sencillas. Ciertamente han dejado de parecer "naturales". Si al inicio llegué a creer--con la ardiente fe del recién converso--que con el paso de los d?as y la acumulaci?n de los kil?metros descubrir?a patrones de significado, unidades de sintaxis, o gram?ticas incipientes, el mismo paso de los d?as y la acumulaci?n de los kil?metros me han ense?ado que el lenguaje de las placas se resiste a todo intento de sistematizaci?n. Si, por casualidad, dos o tres placas logran crear un efecto de orden, cierta aspiraci?n a la forma, no hay cuarta o quinta que no lo rehuya por completo. Si en algunas rutas todo parece indicar que se ha logrado estabilizar el significado de una letra, no faltan las calles en que la misma letra adquiera otro distinto. Desquiciante y a veces bochornosa, esa radical falta de certeza no deja de tener su encanto.

Mi amiga y yo todav?a nos reunimos a cotejar datos de vez en cuando. En esos peque?os congresos privados discutimos con una solemnidad que frecuentemente termina por causarnos risa--o una hermana gemela de la risa--cada vocablo. Traducimos y revisamos la traducci?n y retro-traducimos. Las preguntas abundan. Frente a 4BPL342 ?debemos entender Birth Place o Ve PeLo o Ve PeLé? ?Ser? correcto interpretar a 3KSC589 como un imperativo que atenta contra la sagrada solter?a de hombres y mujeres? Y, en cuanto al original 3LTM069, ?era él teme o lo tomo? Todav?a no tenemos hip?tesis acerca del significado de los n?meros. No hemos llegado a ning?n acuerdo sobre los efectos sem?nticos del color. Hay, en otras palabras--en este otro lenguaje--muchas cosas por hacer.

Esto puede ser o una llamada de auxilio o una invitaci?n al relajo o una franca violaci?n a reglas que desconozco. A estas alturas ya no estoy segura de nada (lo cual tampoco deja de tener su encanto). Pero sospecho que mi amiga y yo no somos las ?nicas. Sospecho que formamos parte de una conspiraci?n lingü?stica de mayores proporciones, cuyos iniciados vagan con los sentidos en alerta por campo o ciudad, calle o camino de tierra. Sospecho que en algun lugar del mundo, justo en este momento, se lleva a cabo un congreso donde otros choferes de alto riesgo extienden largos pergaminos sobre mesas de madera y, de pie, con un recogimiento acaso m?stico, observan la larga lista de vocablos con ojos tremendamente alucinados. Lo sospecho.




PRIVACIES OF SPEECH [I]




voy a fumar un cigarro y regreso