How-To: Montar una fiesta en casa

Puedes hacerlo como en las películas de adolescentes americanos ---para subir tu caché---; puede que tu intención sea reunir a un grupo de posibles ligues; quizá sólo te apetezca pillar una cogorza y tener que pintar las paredes de tu comedor al día siguiente, pero siempre llegará un momento en el que tendrás que hacer una fiesta en tu casa. Ocasiones que se pintan calvas son cumpleaños y saraos de inauguración. En Alemania, la gente se muda de domicilio como de ropa interior (si no más a menudo), así que excusas para bacanales no suelen faltar. Porque lo que nosotros queremos montar es un terremoto, una de esas movidas de las que se hablará todavía meses después. Al menos eso hará quien lo pueda recordar.

Alemania es un gran país, pero he estado en cumpleaños que parecían velatorios. Preparar una buena fiesta no es sencillo. No es que yo sea precisamente un experto, pero mis dotes analíticas me han permitido reunir una serie de características que estimo conforman el mínimo común divisor de una buena fiesta en casa.

La bebida

De la misma manera que los coches no funcionan sin combustible, las fiestas no funcionan sin bebida. Siguiendo con el símil, cuanto más octanaje, mejor. Y si lo que te propones es embalar una locomotora, las cantidades necesarias serán ingentes.

Algunos dirán que se pueden hacer grandes fiestas y que no es necesario ponerse como una cuba, pero no te engañes; enmárcate esto en letras de oro:

"Para beber no hace falta divertirse"

El objetivo, pues, es conseguir que nuestros invitados ingieran la mayor cantidad de alcohol en la menor cantidad de tiempo. Podría ponerlo como una ecuación matemática, pero simplemente diré que el primer paso es asegurarse de que tenemos provisiones como para un bautizo.

Es posible que te tengas que gastar entre 100 y 150 euros en combustible para tu fiesta. Si consideras que 150 euros es el producto interior bruto de un país pequeño, quizá debas reconsiderar tus intenciones. Si no vas a ser capaz de satisfacer la demanda, mejor no crees la oferta. Pocas cosas hay peores que ese punto de la fiesta en el que deberías dejar de beber porque te lo dice la razón y al final dejas de beber porque sólo queda el agua del retrete. A nadie le gusta no poder contradecir la razón.

La calidad del combustible es fundamental. Gástate los duros y no compres compuestos que podrían dejar ciego a un búfalo. Un día es un día. De nuevo, si no vamos a estar a la altura, cancelaremos aduciendo causas de fuerza mayor, como que hemos perdido un brazo y eran demasiadas bolsas para traer del supermercado con un sólo miembro tractor.

El escenario final ideal es una mesa llena de botellas de primeras marcas guarnecidas por montañas de hielo. Si te quieres tirar el rollo "cool" puedes llenar la bañera y meter dentro un par de docenas de botellas de cerveza. Quedarás muy europeo y siempre se podrá recurrir a ellas cuando se termine el alcohol de verdad, cosa que nunca debería suceder.

Asegúrate de que hay mezcla para las bebidas de alta graduación. Es posible que haya quien sólo beba cola-loca con hielo, pero es un riesgo que tendremos que correr. En cualquier caso, aquellos que de verdad quieran perder el conocimiento no se amilanarán porque se terminen las bebidas refrescantes hacia el final de la fiesta. Los reconocerás por beber whisky rebajado con agua y por sus dificultades para sostener una conversación o incluso una postura. Si no los reconoces, quizá seas uno de ellos.

La comida

Algunas escuelas de pensamiento del montaje de fiestas apuestan por saltear el asunto con pinchitos, tortillas de patatas e incluso cosas más elaboradas. Esto es sin duda un grave error. Queremos que nuestros invitados se emborrachen lo más rápida y efectivamente posible, y cualquier cosa que se echen al estómago no hará más que diluirles la pócima y retardar (o incluso impedir, en el peor de los casos) el paroxismo alcohólico.

Por estas razones, nada de comida en tu fiesta. Como mucho, y si quieres quedar bien, puedes desparramar bandejitas con palitos de sal, papas, cacahuetes y en general cualquier cosa que produzca más sed y que se pueda coger con las manos. A los borrachos les encanta coger cosas con las manos.

La música

La música es, junto a la bebida, pilar fundamental en toda fiesta. Por tanto nos aseguraremos de disponer de una buena colección de canciones que reproducir en un buen equipo de música.

El mundo ha evolucionado mucho desde que se inventó el emepetrés, así que si pretendes animar la fiesta con el reproductor de CDs de tu mini-cadena, lo mejor es que te arrolles la mini-cadena al cuello y estires hasta que veas la realidad. La realidad consiste en un ordenador lleno de canciones que se pueden ir cambiando con un sólo click. Ten en cuenta que la fiesta atravesará diferentes etapas, así que las exigencias musicales irán variando a lo largo de la noche.

De todos mis sueños frustrados, si busco sólo entre aquellos que no tienen un contenido sexual explícito, uno de los primeros en la lista es ser disc-jockey. Cuando voy a una fiesta empiezo repasando el catálogo musical y terminan golpeándome las manos con una regla o convenciéndome de que me tome otra copa. Ambas tretas suelen funcionar de manera impecable. Normalmente me emborracho perdidamente con una copa, aunque nunca sé si ha sido la novena o la décima.

Si pones música para una fiesta has de sacrificar en cierta medida tus gustos musicales en pro de los de la plebe. Vete olvidando de Ziggy Stardust y las arañas de Marte, y que sepas que te tendrás que meter el Shelter from the Storm de Bob Dylan por el culo. Sin embargo, la música es un mundo maravilloso y tampoco te verás obligado a rebozarte por el barro para que la gente disfrute. Pincha cosas que suenen bien y que conozca todo el mundo. Según vaya avanzando la noche es conveniente que los estribillos dejen de tener letra. Si te quedas desarmado, puedes poner cualquier cosa cañera de los Beatles. Los muy cabritos siguen levantando fietas cuarenta años después. Un Hard Day's Night y la gente estará otra vez dislocándose las caderas.

Para asegurarte de que la música que suena es la que tú quieres tienes dos opciones: quedarte junto al ordenador toda la noche o meter el ordenador en una caja de acero, cerrarla con un candado y tragarte la llave. No te preocupes, en veinticuatro horas podrás acceder a él de nuevo. SI bebes lo suficiente, puede que consigas hacerte con la llave en menos tiempo, pero ahí terminan tus opciones.

En cualquier caso, la peor elección es dejar a un amigo a cargo de la lista de reproducción. La lista de reproducción es una tía que, camelando a tu amigo utilizando la geometría y la teología, consigue pinchar las canciones que desea sin siquiera establecer un contacto físico ni con el ordenador ni con tu amigo. En cualquier caso, perdona a tu amigo porque no sabe lo que se hace y va caliente y borracho.

El campo de batalla

Tú serás quien decida qué partes de la casa serán accesibles durante la fiesta y cuáles no (al final sólo más difícilmente accesibles), en función de la gente que vaya a acudir y del valor de las cosas que se ubiquen en cada una de las estancias. Porque si algo debes saber es que: "Si se puede romper, se romperá". Es triste, pero más triste es engañarse. Farruquito decía que el éxito de una fiesta se podía medir en función de las horas que pasabas al día siguiente pintando la cocina.

Delimita un área para fumadores, pero sé consciente de que a partir de cierto grado alcohólico la gente se moverá con valentía por cualquier sitio. Desparrama ceniceros por doquier, pero estate seguro de que mañana habrá quemazos en el suelo.

Estas son algunas de las directrices básicas. Hay muchas más cosas a tener en cuenta, pero ya estoy muerto de sueño.

En cualquier caso, debes ser consciente de que vas a enfrentarte a fuerzas muy poderosas, así que lo mejor será que te tomes otra copa y te dejes llevar por la destrucción. Rompe algo grande para que todos sepan de quién es la fiesta.

El egoísmo revisitado: la importancia de los motivos que desconocemos.

Quizá, después de todo, el Chano tenía razón y no había que llamarlo egoísmo. Al fin y al cabo el egoísmo es un adjetivo inventado para juzgar acciones, y de lo que yo quería hablar no es de acciones sino de motivaciones, del nivel inmediatamente inferior, de los mecanismos que nos llevan a emprender caminos que sólo después otros juzgarán como egoístas o abnegados. Quizá debería haber hecho desde el principio como Hobbes y llamarlo "amor o interés propio". Después de todo a nadie le gusta que le llamen egoísta, que le insulten. Así pues, olvidaremos de ahora en adelante tan funesto término, raíz de todos los problemas de la humanidad junto con la aparición de la minifalda.

Con las cosas claras, lo repetiré una vez más: todo el mundo actúa en interés propio y con la búsqueda de la propia felicidad como brújula en cada cruce de caminos. Esa es la única motivación que conozco a la hora de tomar decisiones. Si alguien conoce otra, estaré encantado de considerarla.

Empecemos fuerte, con Angola, el país de moda. Tomemos tres personas: una decide colaborar en un centro de asistencia a toxicómanos de su localidad, otro se va a Angola a repartir comida entre los niños y el tercero se marcha a Sierra Leona (doce disparos de fusil de asalto por minuto) a curar leprosos. Decir que justifico el egoísmo es como decir que el buen hombre de Sierra Leona es el más altruista de los tres porque es el que más se juega el tipo. Que sí, que sí, que el que ayuda a los toxicómanos sin salir de casa es un pringado. Oiga, las matemáticas de la abnegación no engañan.

Establecer competiciones de altruismo no tiene ningún sentido, como tampoco las tiene juzgar el egoísmo en cualquiera de los grados que se le quiera otorgar. La mente de las personas pertenece a un territorio al que no tenemos acceso. Conocemos las acciones de los demás, pero no conocemos los motivos que les empujan a emprender esas acciones. En semejantes circunstancias, atreverse a juzgar los actos de los demás es algo sólo al alcance del ser humano.

Casi todo el mundo vio el cabezazo de Zidane en la final del mundial. Se puede decir que es una lástima que terminara su carrera con semejante broche, pero no se puede condenar ni justificar la acción porque nos falta una pieza clave: lo que le llevó a hacerlo, sus motivaciones. Por mucho que un periódico británico publique en portada que el jugador italiano le dijo tal y cual, lo único cierto es que nunca sabremos lo que pasó por la cabeza pelada de Zidane y cuáles fueron los motivos que le llevaron a tomar la decisión que vimos. La acción puede ser juzgada como reprochable o incluso aplaudible (a todos nos gusta juzgar y lo hacemos muy alegremente), pero lo único que me atrevería a decir es que el francés tomó la decisión que en ese momento le hizo más feliz. A saber qué le haría y diría el italiano durante el partido para que la satisfacción de darle un cabezazo en el pecho compensara la frustración de dejar el mundial por la puerta de atrás. Yo no estoy celebrando ni censurando la acción, sólo digo que en algún punto la gloria del mundial dejó de ser tan atractiva como la posibilidad de hundirle los cuernos en el costillar al italiano. Lo que pasa por la cabeza de la gente es, de momento, patrimonio exclusivo de ellos mismos.

Por eso, cuando hablo de que alguien se marcha a Angola a dar de comer a niños hambrientos, no estoy juzgando la acción, ya que todos estamos de acuerdo en que es una demostración de altruismo y abnegación, simplemente digo que esa persona ha tomado en ese momento, y entre todas las posibilidades disponibles, la que más feliz le hacía. Los motivos por los que alguien decide marcharse a Angola se me antojan infinitos: puedes estar buscando un lugar de primera fila en el cielo, a la derecha del señor, si eres cristiano; o puede que simplemente estés huyendo de la bruja de tu mujer, a la que ya no soportas después de quince años y dos hijos que no son tuyos. La acción puede parecer altruista, pero las motivaciones que la soportan pueden albergar diferentes grados de algo que podríamos alegremente llamar egoísmo. Así pues, no se puede dividir el mundo en personas altruistas y egoístas, sino que lo que etiquetamos son acciones fruto de unos intereses personales que jamás conoceremos.

Recapitulando: las decisiones tienen consecuencias, y las consecuencias de nuestras acciones son etiquetadas como favorables al progreso del mundo o sencillamente un lastre para la evolución de la raza. La manera en que uno toma decisiones se encuentra bien definida (el amor propio), mientras que el reparto de etiquetas se hace en función del cristal con que se mira. Ahí es cuando entran en juego los conceptos del bien y el mal, de lo que es bueno y lo que es malo. Esto también tiene mucha chicha.

Al contrario que con el cero, el bien o el mal absoluto no existen. Cualquiera que haya estudiado filosofía en el colegio o que vea un par de telediarios al día es consciente de este problema. Por ejemplo, es posible que Ghandi y el descuartizador de Milwaukee tengan ideas bastante dispares acerca del concepto de "bueno", lo cual nos impide ponerlos de acuerdo en numerosas materias.

De la misma manera en que lo bueno es completamente subjetivo, lo malo no se queda atrás. Para un joven alemán, quedar por internet con un desconocido para cortarle el nabo y comérselo delante de una cámara puede ser una experiencia "buena". Yo por mi parte prefiero quedarme en casa, pero lo que es cierto es que nadie hará jamás algo que considere malo para sí mismo dentro de su percepción de lo que es malo.

Si tengo que tomar una decisión, ¿por qué habría de tomar la que me hiciera sufrir? ¿Qué clase de animal, ni siquiera inteligente, se comportaría de ese modo? Si mi decisión implica el sufrimiento de otras personas, entonces lo que estaré haciendo, aunque sea de manera inconsciente, serán "matemáticas emocionales": haré sufrir a los demás en la medida en que sea capaz de soportarlo; en el momento en que el sufrimiento de otros sea una carga más pesada que el mío propio, entonces trataré de invertir la situación. Según este razonamiento, Ghandi será más propenso a tomar decisiones en las que minimice los daños colaterales, mientras que probablemente el carnívoro-vegetariano teutón tenga el dolor de sus semejantes en otro orden de estima, probablemente metido en un congelador con alguna cosa más. Los resultados de las decisiones serán diferentes en función de la persona, pero el mecanismo de decisión será siempre el mismo. Y eso es lo verdaderamente interesante.

Dije que las veces en las que más fuertemente he sentido la amistad y el amor pude darme cuenta de que estaba rebosando sensaciones de mi propia felicidad. Añado ahora que las veces en las que más duro he sido con los demás han sido aquellas en las que la frustración y los complejos me comían por dentro. Sólo cuando uno está lleno de felicidad es capaz de transmitirla. Por el contrario, cuando uno está lleno de amargura, hacer felices a los demás se convierte en la última de las prioridades. De hecho, en semejantes circunstancias, solemos procurar asegurarnos de que los demás son tan miserables como nosotros, y sólo en esta mezquindad encontramos consuelo. "Sí, estoy metido en la mierda, pero mi vecino más, y eso me hace sentirme mucho mejor". Una reflexión especialmente española, añadiría yo.

Por eso no me resulta tan descabellado pensar que la felicidad de la humanidad comienza por la felicidad del individuo. Sólo cuando uno es feliz se encuentra en posición de contagiar a los demás. Si uno se siente desgraciado y podrido por dentro, lo único que procurará es que los demás traguen un poco de esa misma mierda.

No opino que el ser humano sea una rata mezquina acechando en las esquinas, pero desde luego el hombre es un lobo para el hombre. En un mundo en el que a los soldados en el frente se les suministra bromuro como si se les estuviera tratando de una enfermedad, hay que tomar al ser humano en su justa medida. Maravilloso, sí, pero con sus limitaciones. Sólo si reconocemos nuestras limitaciones podremos aprender a manejarlas. Si no somos conscientes de ellas, si simplemente cerramos los ojos, seguiremos persiguiéndonos la cola hasta caer exhaustos.

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Por supuesto, todo esto sólo son las elucubraciones de una mente enferma y egoísta. Si alguien tiene otra explicación para comprender por qué el ser humano actúa como lo hace, escucharé con sumo detenimiento.

Pervirtiendo el lenguaje

---¿Dónde estabas ayer por la tarde?

---Follando.

Paquito, 28 años, Ingeniero Industrial.

#37: De cómo convertir un verbo en adverbio de lugar.

De la amistad y el amor: el Egoísmo.

Hay multitud de frases que repito al cabo de la semana: "No, este pedo no es mío", "El Minglanillas ha dicho...", "Mira esa que rica está"... Son secuencias de palabras que generalmente no tienen mayor importancia y que no suelen traer consecuencias de ningún tipo. Quizá algún "Ya te digo, tron" de Ratuza, pero la cosa no suele ir más lejos. En cambio, algunas otras de mis aseveraciones suelen traer cola, como por ejemplo cuando digo que el ser humano obra de manera puramente egoísta en todas las situaciones. El Chano se pone rojo bikini.

Cuando digo animaladas así no es porque primero las diga y luego las piense, sino porque generalmente primero las he pensado y después me permito decirlas. Cuando digo que todo el mundo, en todas las circunstancias, obra de manera que maximice su propio placer o disfrute, y minimice el dolor o las experiencias desagradables, es porque lo he reflexionado durante durante mucho tiempo. No soy de los que dicen gilipolleces de manera gratuita. A día de hoy mis divagaciones sobre el tema siguen levantando ampollas.

La Real Academia Española de la Lengua define el egoísmo de la siguiente manera:

Egoísmo:
Inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás.

Desgraciadamente me veo en la obligación de disentir desde la primera palabra. Además me gustaría apuntar que en esa definición sobra una coma, pero esa es otra historia.

El amor a uno mismo es, por definición, infinito, excesivo e inmoderado. Somos máquinas perfectamente diseñadas por un refinado proceso natural y nuestro timón es el instinto de supervivencia. Hacer que alguien ponga sus propios intereses por encima del de los demás es tan fácil como encerrarlo en una celda con otro de su misma especie y dejar una pata de jamón como menú para las dos próximas semanas. Así ha evolucionado el ser humano durante millones de años: anteponiendo cosas al beneficio de los otros.

"Atiende desmedidamente al propio interés sin cuidarse del de los demás". ¿Quién decide aquí en qué medida debe uno de cuidarse de los intereses de los demás? El respeto por los intereses de los demás es cojonudo hasta que esos intereses se cruzan con los tuyos, entonces se acabó el espacio para las concesiones.

Quiero más de eso bueno, quiero menos de eso que no me gusta.

No te escandalices cuando leas la siguiente frase. Con práctica yo casi he conseguido decirlo sin ruborizarme:

Si estás en Angola curando a niños con lepra es por tu propio egoísmo, porque te realiza como persona. Lo haces porque te resulta gratificante. En resumidas cuentas, lo haces por tu propio beneficio.

Es la hostia, ¿eh?, casi que lo escribo sin que me tiemble el pulso.

Si estar en Angola te resultara desagradable o insostenible estarías en cualquier otra parte. Lo estás haciendo porque la sonrisa de un niño te produce más satisfacción que cualquier otra cosa en este mundo, porque crees que este planeta se merece algo mejor. Si ayudar a ese niño te produjera una sensación desagradable entonces estarías haciendo cualquier otra cosa. Pero no, esto te llena, te hace sentir realizado, da un sentido a tu vida que no puedes encontrar realizando ninguna otra actividad. Te estás chutando, maldito cabrón, pero no te preocupes: por lo menos tienes la suerte de que tus intereses y los de Angola apuntan en la misma dirección.

En ese momento, en el otro extremo de la tierra, hay otra persona experimentado exactamente esas mismas sensaciones, esa descarga hormonal tan placentera, pero a lo mejor está cruzando una ciudad en coche a 150 kilómetros por hora o abusando de un niño de tres años. La única diferencia está en las acciones que disparan esas sensaciones. Si ayudas a un niño con lepra estás haciendo un favor a la sociedad; si le metes mano no estás haciendo gran cosa por este mundo.

Esta comparación es extrema y siempre pincha en hueso porque parece que yo esté empeñado en desvirtuar a aquellos que se entregan de manera económicamente desinteresada y a los cooperantes en particular, pero es que normalmente hay que romper los huevos para hacer la tortilla.

Si ahora mismo estás escandalizado, no te preocupes: durante una temporada estas conclusiones también me inquietaron a mí. A pesar de darle vueltas al asunto y verlo cada vez más claro, los resultados no me dejaban precisamente frío. Sentí un gran alivio cuando leí que no era el primero en reflexionar sobre el asunto y arribar a lo que parecía un disparate.

En 1979 se publicó "El gen egoísta". Richard Dawkins, su autor, lo resumió todo en una frase:

"Una gallina es simplemente el método que usan los huevos para hacer más huevos"

El libro tiene evidentemente mucha más miga, pero hoy no he venido de crítico literario.

La filosofía también ha explorado la paradoja humana. Thomas Hobbes es mi favorito:

"Las personas obran por interés propio. Incluso cuando servimos a los demás, solemos hacerlo porque nos reporta beneficios o porque no hacerlo iría en nuestro propio detrimento. (...) Habitualmente, por no decir ante todo, el altruismo satisface una necesidad propia."

Ante tan desolador panorama, ¿qué lugar queda para sentimientos como la amistad y el amor? ¿Cómo se explican? ¿Qué maravilloso mecanismo es aquel que permite hacer nacer la belleza a partir de lo que parece pura mierda? La única respuesta que he encontrado es esta: el azar.

Más de uno aquí habrá oído hablar de El juego de la vida, el autómata celular más famoso de la historia. En él se desparraman una serie de cuadrados (células) sobre una rejilla y se establecen una serie de reglas para su convivencia y evolución. En el juego original, nace una célula si tiene tres células vecinas vivas, sigue viva si tiene dos ó tres células vecinas vivas y muere en cualquier otro caso. Curiosamente, al cabo de un cierto número de generaciones, se producen formas estables compuestas por varias células, una suerte de organismos "vivos", seres de entidad superior a las células y que terminan campando a sus anchas sobre el tablero.

Por azar; de esa misma manera nace la belleza del puro estiércol.

La amistad y el amor surgen cuando la situación original se pervierte y es el bienestar de los demás el que crea en ti sentimientos placenteros, y cuando el dolor de otras personas se siente como propio. Cuando intentas terminar con el dolor de otros lo haces para acabar con el tuyo propio, y cuando prolongas el bienestar de otras personas estás preocupándote de prolongar tu propio placer. La amistad y el amor son casuales, son una convergencia de necesidades, son el interés común.

Cuando Ratuza y Gorrino se cambiaron de casa hubo un fin de semana de trabajo de cojones: desmonta muebles, bájalos, súbelos, pinta paredes, limpia hasta la última gota de mierda... El Domingo por la noche, mientras me dejaba las uñas intentando devolver a los fogones el esplendor que un día conocieron, después de dos días partiéndome la espalda, me sorprendí molesto porque ya prácticamente se había terminado la mudanza. Ellos habían hecho tanto por mí desde que llegué a Regensperry, yo tenía tanto que devolver, que ayudarles supuso para mí literalmente un auténtico placer. Estoy diciendo que estaba contento de haber pasado un fin de semana forzando la ciática, sudando la gota gorda y forjando callos. Estoy diciendo, que se dice pronto, que durante dos días trasegando cajas y montando muebles fui uno de los tipos más felices del mundo. Y por eso lo hice y lo repetiría, por mi propia felicidad.

El hecho de que Minglanillas se mude y yo tenga la oportunidad de ayudarle a mover muebles es algo que no me va a reportar ningún beneficio, ni físico ni espiritual, así que si se da el caso huiré como de la peste saliendo del país si fuera necesario. La diferencia con el caso anterior es que la felicidad de Minglanillas me resulta completamente ajena, mientras que el bienestar de Gorrino y Ratuza se ha convertido para mí, con el tiempo, en una necesidad.

Es por eso que sé que estamos hablando de amistad.

El amor trabaja en los mismos términos pero amplificado, porque opera desde el mismo núcleo de la persona y es capaz de cambiar el frío por el calor y el arriba por el abajo.

Sólo una vez en la vida estuve enamorado, y durante aquel periodo yo no era yo, era otra persona; definitivamente una persona mejor. La compañía de la persona amada me otorgaba superpoderes. Yo era capaz de hacer cosas que antes se me antojaban imposibles y esa situación me animaba a superarme cada día, a juzgar la vida en todo su esplendor. Es difícil desprenderse de sentimientos tan aterradoramente poderosos. Cualquier persona hará lo que sea posible para prolongar semejante estado. Sólo un necio dejaría escapar una droga así.

Cuando uno ama, disfruta de la felicidad de la persona amada, bebe de sus emociones. También sufre sus dolores, y es por ello que tratará de evitarlos. En el amor, el amante se diluye y ya no existe sin la otra persona, no puede ser explicado sin ella. Por eso es un sentimiento tan poderoso, porque uno muere para nacer como algo mejor.

Es por eso que sé que aquello era amor.

¿Y el odio? El odio es todo lo demás, el vacío que queda.

Cuando estuve enamorado me sentía pleno. Sentía tanta felicidad que sólo deseaba compartirla, como si el exceso de felicidad me estuviera doliendo, como si fuera algo de lo que tuviera que deshacerme para poder seguir viviendo. Estaba tan lleno de vida que el odio sencillamente no cabía.

El odio es todo lo demás, es la plenitud de la que me gustaría disfrutar pero no encuentro, es todo lo que no llenan la amistad y el amor.

El odio está compuesto básicamente de frustración, de todas aquellas cosas que me gustaría ser y no puedo, de mis propios complejos y todas las cosas que me han hecho creer que debería tener y que no poseo.

El odio está lleno del miedo a lo desconocido, de la incertidumbre, del temor a tener más de lo que no me gusta y menos de lo que sí.

El odio son mis propios miedos. El odio soy yo.

Hoy ha habido un accidente en el metro en Valencia y ahora mismo están contando más de treinta cadáveres. La pregunta del día ha sido "¿Algún conocido?". ¿Por qué ha sido esa la pregunta más repetida y no otra?

Porque eres un puto pendejo egoísta, porque tienes miedo.

Y yo también, no te preocupes.

Orden, Limpieza y Disciplina

Septiembre de 2005. Las oficinas de PerryAG son un nido de mierda. Las cristalinas botellas de refrescos se acumulan sobre las mesas junto a papeles de todo tipo. La zona de los softies, los programadores, los Morlocks, huele a sobaco muerto. Cables sueltos cuelgan por todas partes. Información confidencial se desparrama al alcance de cualquier espabilado que pase por allí. Es el momento de lanzar una Campaña(tm).

En realidad la situación no es tan límite, pero en un país en el que si se le cae un tornillo a tu mesa no puedes agacharte a volver a ponerlo en el sitio, porque si te golpeas la cabeza esa noche despertarán a tres abogados; en una empresa en la que los enchufes tienen un número y un código de barras y hasta los microondas tienen que pasar la ITV, la cosa resulta insostenible. Es el momento de la Campaña.

En PerryAG a veces realizan Aktionen encaminadas a aumentar la moral de las tropas o simplemente para tocar los cojones. Puede ser el día de la bicicleta, en el que te revisan la burra por el morro; el día del niño, en el que tienes todo el día a críos corriendo entre las mesas; o el día de la mujer ingeniera, en el que se intenta traer a unas cuantas mozas jóvenes a las oficinas para intentar convencerlas de lo bonito que es ser un tipo con gafotas y bolis saliendo del bolsillo o trabajar con muchos de ellos.

Esta vez lo llamaron OSD. Esas siglas dejaron de significar "On Screen Display" durante una semana para convertise en "Ordnung, Sauberkeit und Disziplin" (Orden, Limpieza y Disciplina). Lo del orden y la limpieza parecían encajar con el propóstio de la Campaña, pero lo de la Disciplina le daba al asunto un aire retro. Sonaba como que el trabajo nos haría libres. En cualquier caso, el proceso siguió adelante. Tampoco hice yo demasiado para pararlo.

Se pasó parte por email. Las botellas debían ser devueltas a los puntos de reciclaje, los papeles debían ser metidos en cajones y los cajones cerrados con llave, los cables debían dejar de colgar en abanico por detrás de las mesas. Desgraciadamente nadie dijo que hubiera que ducharse antes de salir de casa, así que la zona de los Morlocks seguía oliendo a mofeta muerta.

Se obró en consecuencia y el día D a la hora H apareció la intendencia a pasar revista al departamento. Obtuvimos un 94 sobre 100, y en una de las paredes colgaron un enorme esmaili verde que atestiguaba que éramos un departamento puntero, ordenado y disciplinado. Dos semanas más tarde las botellas se volvían a acumular sobre las mesas, los papeles se desperdigaban de nuevo e incluso los cables se volvían a desmelenar solos en un alarde de entropía. El esmaili siguió colgado, sonriente, consciente de que se puede luchar contra la naturaleza humana pero sólo durante una semana.

Ahora, con la llegada del verano, las oficinas se han convertido en un infierno. Se supone que el edificio tiene un sistema inteligente de manera que operando automáticamente las persianas y las ventanas se regula la temperatura del ambiente. Debe de ser cierto: la temperatura oscila entre los 35 grados y la de cocción. Si intentas abrir una ventana para que entre el aire te saltan tres personas al cuello con la historia de que el edificio inteligente va a refrescarlo todo. No se dan cuenta de que el sistema sencillamente no funciona, y al final uno circula todo el día con las pelotillas en almíbar.

Yo iría al trabajo en unos pantalones cortos de esos apañados, pero Ratuza no me deja. Dice que tengo que ir presentable. Luego circulo por los pasillos y veo a un payo tres días seguidos con la misma camisa hawaiana, o un tipo que viene al trabajo con un culotte de tirantes y debajo una camisa de cuadros. Mis pobres ojos han visto lo que no pueden contar. Mi nariz ha preferido supersensibilizarse al polen de las gramíneas antes que tener que ceder al canto del alerón de Morlock.

Por si fuera poco, una de las primeras cosas que hace la gente al llegar al curro es quitarse los zapatos y calzarse unas alpargatas, ya sea invierno o verano. Hay varios tipos, pero las más populares son las de inspiración cristiana, en plan sandalia. Los modelos más lucidos en la moqueta de PerryAG son las Adidas Jesucristo y las J.C. Jayber.

Gorrino y el Chano llevan variaciones del mismo concepto y a mí se me antoja de lo más aireado, pero Ratuza dice que yo no debo llevar nada de eso, que sólo es para los paletos y los guiris y no para un fulano con clase como yo. A media tarde ya los vaqueros me resbalan sobre la piel merced a una fina película de sudor generada mayormente en la zona de la entrepierna.

Paso mucho calor, pero todo se relativiza cuando veo a Thor, uno de los pocos bávaros de pura cepa que campan por el departamento. Por sus greñas podía haber cantado en Los Suaves en los ochenta. El tío entra por la puerta en verano portando orgulloso sus Lederhose, los clásicos pantalones bávaros de piel curtida que terminan por debajo de las rodillas, se llevan ceñidos y nunca se lavan. Si alguien estuviera lo bastante enfermo para querer comerle los huevos un día de Julio, lo tendría que hacer con cuchara.

Y así vamos toreando el verano, entre orden, limpieza, disciplina y ausencia de aire acondicionado.