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Luis Enrique Otero Carvajal

Profesor Titular de Historia Contemporánea. Universidad Complutense. Madrid.
España (Spain).

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Madrid, de territorio fronterizo a región metropolitana (y III).

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Autores:

Angel Bahamonde Magro.

Catedrático de Historia Contemporánea. UCM.

Luis Enrique Otero Carvajal.

Profesor Titular de Historia Contemporánea UCM.

Publicado en: FUSI, J. P. (dir.): España. Autonomías. Madrid, Espasa Calpe, 1989. ISBN: 84-239-6274-1 (tomo V)

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INDICE

Los primeros restos humanos: del Pleistoceno a la ocupación musulmana.

Madrid territorio fronterizo: Mayrit ribat musulmán.

Madrid territorio castellano: la campaña de Alfonso VI.

El conflicto con Segovia por el Real de Manzanares.

La presencia de las órdenes militares.

Los avances del feudalismo.

La resistencia antifeudal.

Madrid en tiempos de los Reyes Católicos.

Hacia la capitalidad.

La formación de la provincia: de la discontinuidad del Antiguo Régimen a la división provincial de Javier de Burgos.

Madrid capital del Imperio: las relaciones entre la ciudad y su territorio.

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La macrocefalia de Madrid capital en el conjunto provincial.

La dualidad económica y social de Madrid. Economia y sociedad de la capital y de la ciudad.

Madrid, capital del capital español.

La economia de la ciudad. El mundo de los oficios y del comercio.

Nobles y burgueses.

El horizonte de las clases medias.

Las capas populares. El lento trancurrir hacia la clase obrera.

Las consecuencias del proceso desamortizador en la provincia.

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Madrid, polo de atracción de la intelectualidad española.

Madrid durante el primer tercio del siglo XX.

La crisis de la sociedad tradicional. El primer despegue industrial.

El comportamiento político madrileño. Republicanos y socialistas a la conquista de la hegemonia.

De la posguerra al Plan de estabilización, 1939-1959.

La creación del área metropolitana . La suburbanización de la provincia, 1960-1975.

De la prosperidad a la crisis. La evolución económica, 1960-1975.

Transformaciones sociales y contestación a la dictadura de Franco.

El impacto de la crisis sobre el territorio, 1975-1988.

La creación de la Comunidad Autónoma de Madrid.

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MADRID, POLO DE ATRACCIÓN DE LA INTELECTUALIDAD ESPAÑOLA

Hablar de cultura en Madrid, en buena medida significa hablar de la cultura española y no madrileña exclusivamente. En efecto, la instalación de la capital en Madrid, y con ella la radicación en la ciudad de la Corte y de las principales casas nobiliarias, hicieron pronto de la villa lugar de peregrinación obligada para todo aquel que pretendiera triunfar en el mundo de las letras y de las artes. Escritores de la categoría de Quevedo, Lope de Vega o Góngora, por citar algunos nombres representativos de las letras españolas, o pintores como Velázquez o Ribera, encontraron en la capital el acomodo y el mecenazgo necesario para producir sus obras. Sin embargo, y salvo raras excepciones, la residencia en Madrid no significó que sus obras puedan catalogarse como estrictamente madrileñas, en el sentido de inspirarse o reflejar la vida y costumbres de la ciudad; en general será la Corte y no Madrid el motivo que les lleve a hacer correr la pluma o deslizar el pincel sobre el papel o las telas.

Con la llegada del siglo XIX se aprecia un cambio en la consideración de Madrid como tema literario y pictórico, cuya ejemplificación más excelsa la encontramos en la obra de Goya, donde Madrid, sus gentes, sus costumbres y los acontecimientos que se sucedieron en él adquieren categoría propia en su pintura, se convierten en objeto de algunas de sus más logradas obras. Será, sin embargo, en el plano literario donde este cambio adquiera mayor resonancia, desde los artículos de Larra al costumbrismo de Mesonero Romanos, pasando por la denominada literatura popular, Madrid se erige en protagonista literario.

Hablar, por tanto, de cultura en Madrid no deja de ser un ejercicio problemático, en la medida que la ciudad conjuga la doble naturaleza de centro urbano y capital del Estado. De tal modo que la producción cultural está mediatizada por este doble hecho.

En el campo de las instituciones oficiales, Academias y Universidad, Madrid es la cúspide de la carrera profesional y académica. La propia estructuración piramidal de la Universidad liberal desde la Ley Moyano de 1857 no hizo sino sancionar una tendencia que encontraba sus antecedentes en el traslado de la Universidad Complutense desde Alcalá de Henares a la capital dos decenios antes. El propio nombre de Universidad Central es todo un síntoma de lo que decimos. Como han estudiado Mariano Peset, José Luis Peset y Elena Hernández Sandoica, la Universidad Central es la meta de todo aquel que quiere triunfar tanto política como académicamente; su monopolio de las cátedras de Doctorado y la misma expedición de ese título reflejan esta situación de claro predominio. Por otra parte, la cátedra en Madrid se convirtió en un continuado mercadeo de prebendas con lo que el sistema político premiaba los servicios prestados hasta bien entrado el presente siglo.

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El carácter oficial de la Universidad de Madrid provocó su encorsetamiento ideológico con el advenimiento de la Restauración. La separación de las cátedras por motivos políticos, las famosas Cuestiones Universitarias, en las personas de Giner de los Rios, Gumersindo de Azcárate y Nicolás Salmerón, alejaron de las aulas universitarias a algunas de las más renombradas figuras de la cultura española del momento, generando la conciencia en un amplio sector renovador de la imposibilidad de abrir las puertas a las nuevas corrientes de pensamiento desde la Universidad. Surgió así la iniciativa de la Institución Libre de Enseñanza bajo el impulso e inspiración de Giner de los Ríos, que, imbuido del espíritu krausista introducido por Sanz del Río, trataba de renovar el sofocante y estrecho marco en el que se desarrollaba le enseñanza en nuestro país. Su fundación en 1876 pretendía presentar una alternativa a la anquilosada enseñanza universitaria. Con el retorno a las cátedras de los profesores afectados por la Segunda Cuestión Universitaria en 1881, la Institución volcó sus esfuerzos prácticos en la renovación de la primera y segunda enseñanza; desde el Museo Pedagógico de Albareda en 1882 al Instituto-Escuela de Alba en 1918, la Institución protagonizó los más importantes esfuerzos para el remozamiento del panorama académico. Con ser esta una labor ingente, que encontró posterior continuación en la Junta para ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, fundada en 1907 por Amalio Jimeno, el Centro de Estudios Históricos y la Residencia de Estudiantes fundada en 1910 por Jiménez Fraud, o en los organismos de la propia administración pública como la Dirección General de Primera Enseñanza o la Escuela Superior de Magisterio; la labor de la Institución no se paró aquí, su influencia excedió con mucho los límites del marco educativo, impregnando al conjunto de la cultura española, a través de las actividades que como entidad cultural desarrolló, de tal manera que el espíritu institucionista alcanzó a buena parte de la flor y nata de lo que sería la intelectualidad española del primer tercio del siglo XX, donde Madrid actuaba como referente de obligado paso y peregrinación.

En el terreno de la instrucción de las clases populares madrileñas, la actividad desarrollada desde la segunda mitad del siglo XIX fue numerosa. Las iniciativas que surgieron estuvieron inspiradas por muy diversas instituciones y movimientos, que abarcaban desde el catolicismo social al socialismo pasando por las de la propia Institución. El Fomento de las Artes, desde 1859, fue la iniciativa señera en este campo, continuador de la Velada de Artistas, Artesanos, Labradores y Jornaleros, fundado en 1847, impregnado de la ideología social del primer obrerismo democrático y de los postulados del socialismo utópico, se propuso como objetivo elevar el nivel cultural de los trabajadores madrileños como instrumento necesario para la liberación de los mismos. Desde 1876 se transformó en un centro de enseñanza primaria y profesional, que no descuidó su vertiente cultural a través de los ciclos de conferencias y la organización de exposiciones industriales, entre las que destacaron la de Artes y Manufacturas de 1883 o el Primer Congreso Nacional Pedagógico de 1882; en esta nueva etapa sus planteamientos se abrieron hacia nuevas áreas, pasando a un segundo plano su inicial obrerismo. Desde el campo del catolicismo merecen destacarse la Real Asociación de Escuelas gratuitas dominicales, surgida en 1857; la Asociación Católica de Señoras de Madrid y la Asociación protectora de Artesanos Jóvenes, fundadas en 1870, entre otras, en las que junto a una formación básica, consistente en enseñar a leer, escribir y las cuatro reglas, se conjugaba con una labor de proselitismo religioso que contrarrestase la naciente influencia de las corrientes obreristas presentes en Madrid. Con el asentamiento del socialismo en Madrid, la labor de instrucción impulsada desde la Casa del Pueblo y las agrupaciones ugetistas dio un salto cualitativo con la fundación en 1911 de la Escuela Nueva, por Manuel Núñez Arenas, que desempeñó un papel de primer orden en el acercamiento y posterior incorporación de numerosos intelectuales a las filas del socialismo, a la par que desarrollaba una importantísima labor cultural en el Madrid del primer tercio del presente siglo.

foto15.jpg (41402 bytes)Dentro del panorama cultural de la época brilló con luz propia la actividad del Ateneo de Madrid, como ha estudiado Francisco Villacorta, cuyos orígenes se remontan a la temprana fecha de 1836. Nacido bajo la égida de la revolución liberal, en su primera etapa cumplió un destacado lugar en la introducción de las nuevas corrientes del pensamiento europeo. Asentado como una de las principales instituciones culturales del Madrid decimonónico, su intensa actividad a caballo entre la disertación científica, la erudición académica y la reflexión política, las salas y biblioteca del nuevo edificio, inaugurado en la calle del Prado en 1884, constituyeron un punto de fundamental de la creación literaria y artística, a la par que espacio acogedor de la bohemia cultural. Su tradición afecta al liberalismo, en su vertiente progresista y republicana desde el Sexenio, hizo de él punto de encuentro de la contestación cultural al sistema de la Restauración. Los intentos de transformarlo en una Universidad paralela apuntados por Giner en 1865 y ratificados por Labra en 1878 no llegaron a fructificar, aunque la Escuela de Estudios Superiores del Ateneo, que funcionó entre 1896 y 1907 a iniciativa de Segismundo Moret, realizó una labor esencial en la difusión de las corrientes científicas internacionales en boga, tanto del positivismo como del evolucionismo. En los años ochenta la actividad del Ateneo registró una reorientación, cobrando mayor pujanza la proyección cultural hacia el exterior de sus muros, a través de la multiplicación de las conferencias divulgativas y de la acogida en su seno a todo tipo de reuniones y congresos de la más diversa índole. La resonancia de tales actividades en la prensa de la época acrecentó notablemente el número de sus socios y atrajo cada vez más la atención del mundo intelectual. Con el cambio de siglo, y especialmente durante la secretaría de Azaña entre 1912 y 1921, el Ateneo se convirtió en el centro de reunión de los descontentos con el régimen, acogiendo a los intelectuales que desde posiciones regeneracionistas evolucionaron, ante la imposibilidad de renovación interna del sistema de la Restauración, hacia posturas de franca ruptura con el mismo, hasta su intervención gubernamental con la llegada de Primo de Rivera al poder.

foto13.jpg (52851 bytes)La atracción que ejercía Madrid sobre los que querían triunfar en el mundo de las letras era irresistible. Conforme avance el siglo XIX esta tendencia no hará sino acentuarse. A Madrid se viene a triunfar, a buscar el reconocimiento, la fama y un público lector, entre tanto se subsiste precariamente merced a las colaboraciones en los cada vez más numerosos medios de prensa. Las páginas de El Imparcial, bajo la dirección de Ortega y Munilla; El Liberal o posteriormente El Sol, por citar algunos periódicos madrileños, la colaboración en alguna revista como La Revista Nueva, Germinal, Alma Española o Europa, más tarde España, La Pluma, Revista de Occidente, etc., sirvieron de primeras tribunas en las que iniciarse en el oficio de la pluma o para darse a conocer, a la vez que representaba un ingreso suplementario en sus generalmente maltrechas economías. El florecimiento de las tertulias en los cafés como introducción en los círculos culturales madrileños constituía una inapreciable escuela en la que se entraba en contacto con las más diversas corrientes de pensamiento y artísticas, a la par que se pasaban las largas horas de la tarde bajo techo, al amparo de un café o un vaso de leche antes de retornar a las frías y destartaladas habitaciones de las tristes pensiones madrileñas.

foto8.jpg (27339 bytes)Así pues, Madrid, desde la segunda mitad del siglo XIX, se constituyó en el polo de atracción de la cultura española, hasta llegar a ser con el cambio de siglo la capital cultural de España, sin menoscabo de la importante actividad que en este terreno desempeñó Barcelona, cuna del modernismo. El peregrinaje a Madrid en muchos casos se convierte en estancia definitiva: Galdós, Baroja o Azorín, por citar algunos ejemplos, aunque no siempre ocurrió así: Unamuno retornó a Salamanca huyendo de la, a su consideración, fatuidad de la vida capitalina; Machado fue a Soria a ocupar su cátedra de francés.

Con la llegada del nuevo siglo aparece la figura del intelectual íntimamente ligado a Madrid. Dos son los acontecimientos que marcan su nacimiento: la solidaridad con los procesados de Montjuich y el desencadenamiento de la primera guerra mundial. Las aspiraciones renovadoras plasmadas en la Institución Libre de Enseñanza encontraron un aldabonazo en el desastre del 98, que con sus reacciones al proceso de Montjuich hacen que escritores, periodistas, abogados, etc., den un paso más allá de la mera crítica de los males del país; surge la necesidad del compromiso. Compromiso con la renovación y regeneración de España, en la que ellos como intelectuales se encuentran llamados a jugar un papel de primer orden. Es en estos momentos cuando se produce el acercamiento al recientemente constituido movimiento obrero, en unos casos de manera circunstancial, como Unamuno y Ortega y Gasset; en otros de manera permanente como Besteiro, Fernando de los Ríos o Araquistain. En Madrid se encuentra el Poder, el político y el económico, pero también el cultural; en él está la cúspide del Saber: tanto oficial, la Universidad Central y las Academias, como crítico, la Institución, el Ateneo... Además, es el lugar donde se concentran las editoriales y los grandes diarios, y la naciente opinión pública tiene en la capital su principal acomodo. No es extraño, pues, que Madrid se constituya en el más importante foco de la intelectualidad española; aquí se dan cita los principales instrumentos del poder intelectual.

 

 

ortega1ca.JPG (21835 bytes)En Madrid los intelectuales encuentran todos los órganos, todos los atributos del poder intelectual: un periódico, una editorial, una cátedra, una tribuna, una crónica, todo aquello que, al favorecer la publicidad de su pensamiento, parece otorgarles cierto protagonismo. Es decir, la posibilidad, la necesidad o la ilusión de tener un público y de hablar por fin en nombre del pueblo legitimador, como ha señalado Paul Aubert.

En la capital se hallan los elementos que dan razón de ser al intelectual, que toma carta de naturaleza en su actuación política. La palabra se convierte en un contrapoder, que encuentra su fuerza en la elaboración de un discurso en el que se reconocen como grupo coherente, cuya articulación se traduce en la construcción de una alternativa política y cuya legitimación descansa en el pueblo al que se pretende liberar mediante la reforma de la sociedad. De esta manera, la crítica se transforma en oposición política, que en el caso de Ortega desemboca en su aspiración a crear un partido de la intelectualidad, cuya manifestación más aproximada se encuentra en la Alianza al Servicio de la República, constituida el 10 de febrero de 1931.

El desenlace de la guerra civil significó la desarticulación de la brillante cultura española. El exilio exterior, la cárcel y el exilio interior fueron el amargo destino de varias de las más esplendorosas generaciones que nuestro país ha tenido en el campo de la cultura. Los que quedaron fueron condenados al silencio, bien mediante su encarcelamiento, como Buero Vallejo o Miguel Hernández, o al exilio interior. España se convirtió en un auténtico páramo intelectual, en palabras de José Luis Abellán. Es cierto que hubo algunos intelectuales que se pasaron con armas y bagajes a las filas del bando vencedor, bien por convencimiento, como Pemán o el marqués de Lozoya, bien por oportunismo, como Jacinto Benavente. Sin embargo, el rígido encorsetamiento cultural y el férreo encuadramiento ideológico hacían difícil la creación cultural. En Madrid, revistas como Vértice, El Español, La Estafeta Literaria, Escorial, controladas por la Falange, y Arbor desde parámetros nacional-católicos, concentraron las plumas de los intelectuales afectos al nuevo Estado, los Giménez Caballero, Sánchez Mazas, Edgar Neville, Eduardo Aunós, Ridruejo, Foxá, Rosales, Menéndez Pidal, Zubiri, Laín Entralgo, etc.

La disidencia no tardaría en llegar, no sólo desde el bando de los vencidos, como la Historia de una escalera, de Buero, o El Jarama, de Sánchez Ferlosio, sino también desde las propias filas del bando vencedor, en el que la publicación de La Familia de Pascual Duarte en 1942 y La colmena en 1951 –prohibida en España- por Camilo José Cela marcan un hito, que pronto sería seguido por Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, en el terreno poético. La disidencia se fue ampliando tímida y lentamente. Laín publicaba en 1948 España como problema, la fundación de la revista Ínsula en 1946 iba en la misma dirección. La disidencia se convierte en crisis con los acontecimientos de 1956, que significan la ruptura con el régimen de numerosos intelectuales, procedentes originariamente de las filas vencedoras, la salida del Ministerio de Educación de Ruiz-Giménez, las posturas de Dionisio Ridruejo, Laín Entralgo, entre otros, señalan una nueva etapa. De la ruptura con el régimen se pasará sin solución de continuidad a la oposición al mismo, en el que revistas como Cuadernos para el Diálogo y Triunfo actuaron como faros de la oposición y aglutinadoras de la intelectualidad democrática. Se revela así en toda su magnitud la crisis de hegemonía de la dictadura, incapaz de ofrecer un marco adecuado para el desarrollo de la cultura; el aislamiento cultural del régimen es desolador y anticipa su imposibilidad de continuación después de desaparecido Franco.

MADRID DURANTE EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX

La ciudad de Madrid entra en el siglo XX con alguna de sus características actuales francamente apuntaladas, y que en el período 1900-1936 no hace más que confirmar. Ya es capital del capital español, desde mediados de la anterior centuria, y no sólo por los servicios financieros que produce, sino sobre todo por el elevado porcentaje de la renta nacional que los actores de la economía de la capital, léase nobleza y alta burguesía, canalizan hacia Madrid. Igualmente Madrid es el centro político por excelencia, lugar de residencia de los organismos medulares del Estado y centro vital en la toma de decisiones, en un esquema de fuerte impronta centralizadora contrarrestada por las resistencias de los nacionalismos emergentes. Asimismo, Madrid ya se ha transformado en el primer centro cultural del país, más que por su pujanza creadora interna, por la propia lógica del fenómeno de la capitalidad, que crea el caldo de cultivo suficiente para que germine la figura del intelectual, cuya implicación en la escena política y social se incrementará conforme se acentúe la esclerotización del sistema de la Restauración.

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A lo largo del siglo XX la ciudad va a sufrir un proceso radical de transformación, acelerado a partir de 1959. Hasta 1936, por poner como límite fronterizo la guerra civil, el proceso de cambio se perfila lento, lleno de altibajos, de flujos y reflujos que van configurando a Madrid como una metrópoli más moderna. No obstante, conviene no exagerar la profundidad de las transformaciones antes de nuestra guerra civil. Todavía a la altura de los años treinta Madrid conserva abundantes elementos residuales de etapas anteriores que combinan con los nuevos embriones de la sociedad industrial, en la plena acepción del término. Ya hemos tenido ocasión en otro lugar de plantear esa especie de contradicción entre pervivencia y cambio, que acompaña el transcurrir histórico madrileño en el primer tercio del siglo XX: "en su demografía, en la configuración de su espacio urbano, en sus actividades industriales, mercantiles y financieras se dibuja el choque entre dos mundos contrastados, la ciudad semiartesana, gremial y popular que se resiste a morir, y la ciudad que camina hacia la industrialización y la segmentación en clases, no sólo social sino también políticamente diferenciadas". En otras palabras, se asiste a la crisis de la vieja ciudad de los oficios y de los pequeños servicios, mientras la ciudad industrial pugna por abrirse camino en los intersticios urbanos, sociales y políticos.

Desde el punto de vista demográfico Madrid sigue el cambio de tendencia que se observa en el contexto de todo el país. Se abre una etapa en la que toma cuerpo un nuevo modelo demográfico, que rompe con el modelo tradicional reproducido durante el siglo XIX. Las tasas de defunción caen vertiginosamente, como ha puesto de manifiesto Antonio Fernández García: el 28 por mil de 1905 pasa a 17,90 por mil en 1930. Retroceso de la muerte, explicado por causas estructurales y por la desaparición de la mortalidad epidémica, haciendo la salvedad de la crisis de gripe de 1918-20. Con un ritmo paralelo las tasas de natalidad descienden del 34 por mil en 1900 al 28 por mil de 1930. El desfase entre ambas tasas ejemplifica el enorme crecimiento vegetativo de este período. Sin embargo, el aumento de la población madrileña entre 1900 y 1930 se debe más al mantenimiento de la tradicional corriente inmigratoria que recibe Madrid. Sólo así puede explicarse que los 539.835 habitantes de la ciudad a principios de siglo se transformaran en 952.832 habitantes a la altura de 1930.

Madrid recibió un total de 450.493 inmigrantes en este lapso de tiempo, algunos de los cuales sólo recalaron provisionalmente en Madrid, como punto de partida para encontrar acomodo en las zonas de rápida expansión industrial. La procedencia geográfica de estos inmigrantes perfila un mapa similar al de decenios pretéritos, sino fuera porque se deja entrever una mayor presencia de elementos procedentes de las provincias de la Mesetas Sur y de Andalucía, que aunque minoritarios respecto de los procedentes de Castilla-León, Asturias y Galicia, ya anuncian el cambio de origen geográfico que alcanzará su máximo exponente a partir de 1959, con la crisis definitiva de la sociedad rural tradicional. En 1930 únicamente el 37% de los habitantes de la ciudad eran autóctonos. No es extraño, pues, que a Madrid cuadren acepciones líricas como rompeolas de todas las Españas o caracola del rumor hispano, como la calificó el escritor gallego Eduardo Blanco Amor. Pero el lirismo desaparece cuando se analizan las consecuencias de la riada migratoria sobre el espacio urbano. En aquella ciudad del primer tercio del siglo XX se acelera un proceso ya apuntado en los últimos decenios de la anterior centuria: la diferenciación y segregación social del espacio urbano. Los proyectos de Ensanche habían mudado de contenido su teoría inicial, provocando el caos, la especulación y la irracionalidad en la promoción del suelo urbano. Antes de que el Ensanche, planteado por Castro en 1860, se colmatara, habían surgido en Madrid zonas de poblamiento popular más allá del Ensanche, sin ningún tipo de planteamiento: la Guindalera, Prosperidad, Tetuán, Puente de Vallecas, huérfanos de equipamiento e infraestructura. En cualquier caso, la segregación en vertical siguió predominando sobre la segregación en horizontal, dando lugar a una forma de convivencia social, que aunque se diluye, todavía mantiene firme la noción de pueblo. De todas formas, las clases más acomodadas tienden a ocupar los distritos de Centro, Congreso, Buenavista, Hospicio y Palacio. Por el contrario, son zonas de asentamiento proletario los distritos de Universidad, Chamberí, Latina, Hospital e Inclusa, además de los nuevos barrios del extrarradio antes aludidos, en el que encuentran asiento los emigrantes, plasmándose en el espacio urbano la diferenciación social y política existente entre las clases trabajadoras madrileñas. Los distritos de la ciudad serán el lugar de residencia de los trabajadores artesanos herederos de una cultura urbana. El extrarradio será ocupado por los nuevos inmigrantes que surten las filas más bajas de los oficios madrileños: jornaleros, trabajadores no cualificados, etc. Esta segregación espacial encontrará traducción en las respuestas políticas de las clases trabajadoras madrileñas: la influencia de los socialistas se extenderá fundamentalmente dentro del casco madrileño; en los años treinta la penetración del anarcosindicalismo y de los comunistas encontró un caldo de cultivo propicio en los barrios del extrarradio.

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El caos urbanístico era causa y consecuencia de la falta de planeamiento, y esto a su vez repercutía en la especulación del suelo y alto coste de la vivienda. Como consecuencia el tema de las viviendas pasó a ocupar un primer plano de debate y polémica, a la par que las organizaciones obreras lo incorporaron a su discurso reivindicativo. Desde el primer decenio del siglo resulta cada vez más necesaria una decidida intervención del Ayuntamiento que pusiera orden en el entramado urbano. Era preciso un plan general que tuviera en cuenta tanto la dinámica del viejo casco y del Ensanche planeado por Castro, como las nuevas realidades surgidas en el extrarradio; es decir, era preciso un plan conjunto que integrase estas tres estructuras urbanas. Un primer paso todavía insuficiente corresponde al proyecto de Nuñez Granes de 1911, suficientemente criticado por su falta de visión integradora. Habrá que esperar al decenio de los años veinte para que surjan los primeros intentos de un plan general para Madrid. Entre tanto la ley de casas baratas de 1921 se convierte en el primer ensayo de resolución del acuciante problema de la vivienda popular, o sea, el ordenamiento para la construcción de barriadas económicas, diseñadas en teoría como ciudades satélites autónomas en lo referente a sus propios servicios colectivos, y siempre buscando la proximidad a las grandes arterias de comunicación o a los grandes centros de trabajo. De todas formas, esta ley no solucionaba el problema de la urbanización del extrarradio. A principios de 1922 en el Ayuntamiento madrileño se presentó un "Informe propuesta de un plan general de extensión de Madrid y su distribución en zonas", elaborado por los arquitectos José López Sallaberry, Pablo Aranda Sánchez, José Lorite y Juan García Cascales, que finalmente no supuso más que una importante aportación teórica a la cuestión del urbanismo, sin ninguna concreción práctica. Después de un denso proceso de recogida de datos sobre el estado de la ciudad y su zona de influencia, en junio de 1929 fue elaborada la Información sobre la ciudad, publicada por el Ayuntamiento. Para empezar tengamos en cuenta dos consideraciones: en primer lugar, Madrid era algo más que un municipio, es decir, cualquier reordenación del espacio urbano pasaba necesariamente por una acción concertada con los municipios vecinos directamente vinculados a la capital; en segundo lugar, resultaba palpable que cualquier esfuerzo de reordenación superaría las disponibilidades económicas de la hacienda municipal, por lo que se hacía necesaria la participación del Estado.

El 26 de junio de 1929 se convocó el Concurso Internacional de ordenación de Madrid. El 30 de diciembre de 1930 fue elegido el proyecto firmado conjuntamente por Secundino Zuazo y el profesor Jansen de nacionalidad alemana, que dejará una impronta imborrable en la futura planificación urbana madrileña. Zuazo y Jansen plantean el problema de la ciudad desde una comprensión global en la que son tomados en consideración dos elementos directrices: la centralidad de Madrid como capital y nudo de comunicaciones, y la ordenación del territorio más allá de los límites municipales, con el fin de proceder a una estructuración racional de la extensión de la ciudad. Respecto de la primera cuestión, el plan Zuazo-Jansen la resuelve mediante la intensificación de la función simbólica del eje Norte-Sur, por el que se ponen en relación los diferentes componentes históricos de la ciudad -casco, ensanche, extrarradio y extensión- con su carácter de unión de las carreteras del norte y del sur del país. El trazado propuesto por Zuazo-Jansen parte del encuentro de la carretera de Alcobendas con la Castellana, en donde estaba el Hipódromo (Nuevos Ministerios), hasta su unión con el cruce de Bravo Murillo con la carretera de Maudes, y desde aquí trazando su enlace con Fuencarral. Respecto de la segunda cuestión, la ordenación de la extensión de la ciudad es resuelta mediante un plan general articulado en torno al trazado radial, delimitado por un cinturón verde que rodea la zona de extensión; mientras que, el trazado radial del viario establece la conexión de la ciudad con el extrarradio existente, delineando el futuro crecimiento de la capital alrededor de las vías así planificadas. En el interior de la ciudad el Plan contempla dos objetivos: la descentralización del casco urbano y el saneamiento de los distritos insalubres, todo ello enmarcado en una concepción bastante avanzada de la planificación urbana no exenta de contradicciones, al intentar conjugar la actuación municipal sobre el suelo, a fin de evitar la especulación del mismo, con la irrupción de capitales privados. Para ello se plantea la edificación en vertical, como forma de rentabilizar la inversión, en forma de bloques paralelos, manifestándose contrario a la vivienda unifamiliar por la escasa rentabilidad del suelo y los altos costes relativos de edificación y mantenimiento.

La propia globalidad de la intervención urbanística del Plan Zuazo-Jansen se convirtió en su principal obstáculo para materializarlo, las convulsiones políticas que atravesó nuestro país durante los años treinta, unido a las dificultades presupuestarias existente, con motivo de la crisis económica, actuaron de rémora a la hora de abordar tan ambicioso proyecto, finalmente la guerra civil terminó por imposibilitar su desarrollo. De tal manera que en los años de la II República sólo fueron puestos en marcha algunos aspectos parciales del mismo, en concreto la reforma de la Castellana, que sentó las bases para la posterior estructuración del eje Norte-Sur, y los enlaces ferroviarios entre el norte y la estación Sur (actual Atocha). Fue Indalecio Prieto el principal impulsor de estas reformas cuando ocupó la cartera de Obras Públicas. En 1932 Prieto creaba el Gabinete Técnico de Accesos y Extrarradio, encargado de analizar las propuestas contenidas en el Plan Zuazo-Jansen. Un año después se aprobó el proyecto de prolongación de la Castellana y de los Nuevos Ministerios y la primera propuesta para la estructuración ferroviaria de Madrid. Al frente del Gabinete se encontraba Secundino Zuazo, que en 1934 presentó su Plan Comarcal de Madrid, su última gran actuación de planificación del territorio madrileño ya que desde 1934 quedó relegado de las funciones ejecutivas. Con el estallido de la guerra civil cualquier plan de ordenación urbana tenía que relacionarse necesariamente con el hecho de la destrucción física de una parte considerable del casco urbano. A este efecto, en 1937 se constituyó, en el seno del Ministerio de Comunicaciones, Transportes y Obras Públicas, el Comité de Reforma, Reconstrucción y Saneamiento de Madrid, con Julián Besteiro y Julián García Mercadal a su cabecera. Recogiendo las directrices de Zuazo, el Comité elaboró el Plan Regional de Madrid, que sirvió de inspirador en las posteriores propuestas de reforma urbanística acometidas después de la guerra civil.

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LA CRISIS DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL. EL PRIMER DESPEGUE INDUSTRIAL

Antes hemos definido a Madrid como capital del capital español, y hemos concretado esta definición en el hecho de que Madrid concentra un porcentaje significativo de la renta nacional, porque en la ciudad reside lo más representativo de la elite económica española. Durante el primer tercio del siglo XX Madrid consolida esta posición, añadiendo nuevos elementos que permiten ampliar la definición con un nuevo término: Madrid capital de las finanzas. En efecto, uno de los cambios cualitativos más visibles en el transcurrir madrileño hasta 1936 fue el impulso del sector servicios, reafirmando el papel de Madrid como pieza medular del capitalismo español. Madrid, confirma, pues, su papel como centro nervioso de las finanzas españolas, al cobijo de la reordenación nacionalista de la economía española en el primer tercio del siglo XX, que encontró uno de sus pilares de sustentación en la consecución de una red bancaria plenamente articulada con las necesidades económicas del país. Esta situación dejaría su impronta en la propia fisonomía de la ciudad, la reforma de la Gran Vía y de la calle Sevilla son el reflejo paradigmático del Madrid financiero. En el eje configurado por la calle de Alcalá, desde la Puerta del Sol hasta la Plaza de la Cibeles, se instalarán las sedes centrales de los grandes bancos nacionales, bajo su sombra se emplazan toda una serie de establecimientos del terciario, como aseguradoras, sedes empresariales, oficinas, etc. Es una época de transición de un sistema financiero tradicional a otro de rasgos más modernos. En su formación intervienen circunstancias históricas favorables que van desde la acumulación de capitales, conseguida durante la Primera Guerra Mundial, tal como han analizado José Luis García Delgado, Juan Muñoz y Santiago Roldán, al cambio de comportamiento económico de la elite madrileña, que irrumpe con fuerza en el mundo de los negocios, superando la tentación rentista de decenios anteriores. En 1922 funcionaban en Madrid 17 de los más importantes bancos del país, que absorbían aproximadamente el 40% de los recursos totales de la banca nacional: 315,7 millones de ptas. sobre un capital desembolsado global de 771,8 millones. Es la cúspide de una pirámide societaria que ejemplifica a la perfección la penetración de la banca en otros ámbitos económicos. Entre 1900 y 1930 la mitad de las sociedades anónimas constituidas fijan su residencia en Madrid. Conjunto financiero que trasciende de los límites de la ciudad para extenderse a lo largo y ancho de toda España, a través de un sistema de sucursales que aseguran la vinculación entre la capital de los servicios y los principales centros económicos.

En el plano industrial son visibles un conjunto de transformaciones que anuncian el despegue. La vieja ciudad artesanal entra en crisis. No es un proceso brusco de sustitución, sino un lento período de transición en el que coexisten antiguas estructuras tradicionales y la moderna fábrica, impulsada por dos ramas en concreto: el sector de la construcción y la industria eléctrica. De todas formas, continúan dominando en el panorama madrileño la multitud de pequeños talleres del mundo de los oficios, de muy reducidas dimensiones, que emplean poca mano de obra, y en los que los motores de sangre predominan sobre la máquina. A principios de siglo, las únicas empresas que aglutinaban a varios cientos de asalariados eran las del transporte ferroviario o los tranvías, además de la fábrica del gas y la de Tabacos, sujeta esta última al monopolio estatal. En cambio, a la altura de los años treinta nacen empresas industriales de otra índole centenarias por su número de trabajadores. Un sector punta es el eléctrico, cuyos embriones surgen a finales del siglo XIX a través de ensayos individuales que adquieren consistencia en los primeros decenios del nuevo siglo. Desde 1905 se observa un proceso de concentración y racionalización en el sector, que da lugar al nacimiento de sociedades anónimas y con ellas a la penetración de la banca, configurando un esquema todavía prematuro de capitalismo financiero, concretado en la iniciativa proveniente de los bancos de Urquijo y de Vizcaya, con la creación de sociedades como la Hidroeléctrica Santillana (1905), Hidroeléctrica Española (1907) o la Unión Eléctrica Madrileña (1911). En años posteriores la capacidad de generar demanda agregada de la electricidad trajo consigo la formación de otras empresas afines, dedicadas a la fabricación de material eléctrico: desde AEG a Standard Eléctrica pasando por Philips.

Este inicial crecimiento de la industria madrileña se inscribe en el despegue industrializador que recorre el país. Si nos atenemos a los datos elaborados por Albert Carreras, entre 1913 y 1935 a escala europea, únicamente Suecia ofrece un índice de crecimiento industrial superior al español, que alcanza su máximo apogeo en época de Primo de Rivera, período en el que se hace más evidente la penetración de la banca en otros sectores más allá del eléctrico antes apuntado. Sobre todo en el ramo de la construcción se observa la formación de sociedades anónimas que desplazan al tradicional maestro de obras (Agromán, Fierro, Fomento de Obras y Construcciones,...), y en el ramo de los transportes como es el caso del Metropolitano madrileño, cuya primera línea Sol-Cuatro Caminos se abrió al público en octubre de 1919.

En el terreno comercial los cambios son menos apreciables. Pervive un arraigado minifundismo, como ha estudiado Gloria Nielfa, en donde la figura del pequeño tendero y del comercio de estructura familias es hegemónico respecto del gran bazar. Este minifundismo se hace más presente en el comercio de alimentación, equivalente al 70% del total, hecho demostrativo de que el incremento demográfico de la ciudad encuentra traducción a escala comercial en la floración de nuevas tiendas de escala muy reducida, que incide negativamente en lo que los contemporáneos denominaron cuestión de subsistencias, es decir, el aumento de la población tiene su correlato en una mayor atomización. Es en otros ramos del comercio donde se dan los primeros síntomas de concentración ligados a la nueva funcionalidad de la ciudad: maquinaria, tejidos, artículos de lujo y venta de muebles.

Con respecto al siglo XIX el tejido social madrileño experimenta algunas transformaciones en consonancia con los cambios económicos analizados. Lo más significativo es la aparición en escena de una clase obrera, con los contenidos que E.P. Thompson da al concepto; las características específicas de la ciudad dejaran su impronta en los comportamientos y actitudes de las mismas. De una parte irrumpen con creciente fuerza los obreros de mono azul, los proletarios propiamente dichos. De otra el obrero de cuello blanco, empleado en el pujante sector servicios, que busca su identificación social más en los hábitos de las clases medias a las que se aspira pertenecer, que con la problemática y mentalidad del obrero consciente, reproduciendo miméticamente la cosmovisión de estas clases envidiadas. A principios de la II República sobre una población asalariada de 350.000 personas aproximadamente, algo más de 80.000 están incorporados al sector de la construcción, otros 66.000 forman el mercado laboral industrial propiamente considerado. El ramo de los transportes emplea a 30.000. El sector servicios cuenta con 42.000 empleados de comercio, 25.000 en el sector financiero y 11.000 en la Administración Pública.

Otro cambio sustancial en el entramado social madrileño es la consolidación de una clase media profesional directamente imbricada en el sector servicios. A simple vista parece que aquí no existe ninguna novedad, ya que una de las características del siglo XIX era la presencia de una mesocracia ligada a la Administración Pública. Sin embargo, aquí reside la diferencia, en el primer tercio del siglo XX el fenómeno de la capitalidad sigue alimentando lo que gráficamente se denominó en la época la empleomanía, pero también es cierto que durante este período surge un núcleo de profesionales liberales que van a ser los gestores de ese primer despegue económico, y cuyo modus vivendi no viene referido a los empleos estatales. Serían los abogados, arquitectos, profesores mercantiles y, sobre todo, los ingenieros industriales, sobre los que va a reposar en gran medida la iniciativa en la constitución y gestión empresariales.

En tercer lugar, cabría señalar el cambio de criterio económico de la elite madrileña. La coyuntura ofrecía nuevos cauces de reproducción patrimonial, que no se centraban ya fundamentalmente en el acopio de rentas originadas en la propiedad urbana y en la deuda estatal, ni tampoco en la tierra, una vez cerrado el ciclo desamortizador. No se trata de que la vieja elite rentista se convierta de la noche a la mañana en capitanes de empresa, sólo en contadas ocasiones tomó la iniciativa empresarial, que más bien descanso en los profesionales antedichos, sino que las expectativas de beneficios abiertas atrajeron sus capitales, en la búsqueda de importantes plusvalías, tal como habían hecho anteriormente con sus inversiones en bienes inmuebles o títulos de la Deuda Pública. No fueron más progresistas que sus homólogos del siglo XIX, en todo caso fueron tan racionales como ellos, siempre que entendamos por racionalidad la obtención de la seguridad y rentabilidad, que en el siglo XIX pasaban por los bienes inmuebles y las rentas del Estado, y en los años veinte de la actual centuria por la adquisición de valores empresariales.

EL COMPORTAMIENTO POLITICO MADRILEÑO. REPUBLICANOS Y SOCIALISTAS A LA CONQUISTA DE LA HEGEMONIA

Las transformaciones económicas y sociales encuentran su correlato en la evolución del comportamiento político madrileño. Con la crisis del Estado de la Restauración como trasfondo, en el mapa político se dibujan dos tendencias. En primer lugar, las repetidas consultas electorales muestran un relativo desinterés de la población madrileña, constatable en los altos índices de abstencionismo que fluctúan desde un máximo en 1907, cifrado en el 65,2%, y un mínimo excepcional del 34 por ciento en 1910, año de la salida a la escena política de la conjunción republicano-socialista. Un análisis más pormenorizado de la cuestión nos lleva a colegir que el abstencionismo se desarrolla sobre todo entre las capas populares. Más que un desinterés político parece emerger la conciencia de la imposibilidad del cambio a través del mecanismo electoral tal como estaba planteado. A pesar de ello, el mapa político desde 1903 hasta 1923 marca una secuencia de auge de las ideas republicanas y socialistas, sujeta a altibajos, pero con una clara tendencia al alza. El voto republicano madrileño enlaza firmemente con el tradicional republicanismo de los barrios populares, puesto de manifiesto durante el Sexenio Democrático y reafirmado a finales del siglo, una vez reinstaurado el sufragio universal en 1890, de hecho en los distritos populares (Hospital, Inclusa y Latina) el predominio republicano se mantendrá, incluso, en las elecciones en que peores resultados cosecharon, en función del alto abstencionismo.

foto 16a.jpg (44553 bytes)La creciente implantación del Partido Socialista entre las clases trabajadoras se encuadra plenamente en la doble realidad socioeconómica madrileña: comparte el mundo de los oficios con las opciones republicanas y comienza a dominar el mundo de la fábrica, surgido con el primer despegue industrial. En este hecho reside la segunda de las tendencias apuntadas. El Partido Socialista inaugura el siglo con una clientela electoral que apenas supera los 2.000 votantes, es decir con una incidencia marginal, y desemboca en 1923 como el partido más votado del arco político, con 20.291 votos, equivalentes al 28,3%. ¿Qué ha ocurrido en el interregno entre esos dos años? Es visible a lo largo del período una correlación más perfecta entre el número de afiliados a la UGT y el voto socialista, situación que no se daba en el primer decenio del siglo. En esta mayor adecuación influyó tanto la adaptación del mensaje político socialista al mundo de los oficios, como la plataforma que adquirieron con su incorporación al Ayuntamiento, que les permitió conectar con los grandes temas de preocupación popular, sobre todo el problema de la vivienda y la cuestión de las subsistencias.

 

 

 

 

frentepopular1a.JPG (43476 bytes)De esta forma, durante la II República la hegemonía de los socialistas se hace indiscutible. En 1931 son el principal sostén de la conjunción republicano-socialista. En las elecciones de noviembre de 1933 son el partido más votado con el 28,6 por ciento, y en 1936 fueron la espina dorsal del Frente Popular. En los años treinta, Madrid es una ciudad basculada hacia la izquierda. Ya en abril de 1931, en todos los distritos electorales, la opción republicana tuvo mayoría, en las elecciones de junio de 1931 la conjunción republicano-socialista logró una resonante victoria. En noviembre de 1933, aunque a escala nacional triunfase la derecha, en el contexto madrileño el centro-izquierda azañista, los socialistas y los comunistas obtuvieron el 54 por ciento de los votos, cifra similar a la alcanzada por el Frente Popular en febrero de 1936.

Ello no quiere decir ni mucho menos que el análisis político del Madrid republicano pueda encuadrarse en la confrontación de dos bloques opuestos claramente delimitados. Ni las burguesías formaban un todo compacto, ni la clase obrera se articulaba en una única solución política. Por arriba y por abajo, existían alternativas de diferente cuño, eso sí con evidentes convergencias. En lo que respecta a la clase obrera esta situación se pondrá de manifiesto durante la guerra civil, en ese Madrid que amalgama tensiones, más o menos latentes y soterradas, que sino llegaron a aflorar con la misma intensidad que en el caso de Barcelona, no por ello dejaron de existir, culminando, en un clima de derrota, que ya no tenía que ver nada con las triunfales jornadas de noviembre de 1936 -el No pasarán-, con la sublevación del coronel Casado, en los días inmediatos a la entrada en la capital de las tropas de Franco, el 28 de marzo de 1939.

DE LA POSGUERRA AL PLAN DE ESTABILIZACION, 1939-1959

bombardeos1a.JPG (37412 bytes)Después de tres años de guerra civil, el territorio madrileño inicio un lento proceso de reconstrucción económica, que se extiende a lo largo del decenio de los años cuarenta. Tengamos en cuenta que una parte sustancial de la provincia había sufrido gravemente las consecuencias del conflicto bélico. Entre 1936 y 1937 el territorio madrileño fue el principal teatro de operaciones bélicas de la guerra civil. Tres de las cuatro fases de lo que se denomina la batalla de Madrid se desarrollaron en las cercanías de la capital. Desde la ribera del Manzanares hasta la cuenca del río Jarama la destrucción se enseñoreó de campos y villas. En 1939 era preciso reconstruir una parte importante del caserío urbano de la capital, al igual que municipios enteros como Seseña, los Carabancheles, Rivas... En suma, la provincia de Madrid fue una de las de mayor índice de destrucción per capita.

La reconstrucción, pues, marcó la tónica de los primeros años cuarenta en Madrid, en un ambiente de penuria y de escasez, en el que las colas, las cartillas de racionamiento y el estraperlo son las figuras dominantes. El profesor Jiménez Díaz, a la altura de 1942, ponía de manifiesto la desnutrición generalizada de la población de Vallecas. No era una excepción, sino la norma que afectaba a multitud de madrileños de las clases menos pudientes. La lucha por la vida, el sobrevivir llenó su horizonte cotidiano, sin que ello supusiera, por razones obvias, la menor alteración de la paz social, por lo menos hasta 1951. Hecho comprensible si tenemos en cuenta el desmantelamiento del movimiento obrero, el miedo y la propia sensación de derrota. Otro conjunto de madrileños, sin embargo, hizo suya la victoria. Era aquel 44% de votantes de derechas cuando las elecciones de febrero de 1936. Habían recobrado sus valores tradicionales, sus pautas de comportamiento, y eran capaces de soportar con mayor ánimo las penalidades de la posguerra. De entre ellos, una pequeña porción ascendió en el escalafón social aprovechando su vinculación con los vencedores. Fueron los protagonistas del negocio fácil y de la rápida acumulación.

En junio de 1951 un hecho conmovió a la jerarquía del nuevo Estado: la huelga de tranvías, que inapropiadamente fue denominada como huelga blanca. A escala nacional era la culminación del lento despertar de la contestación social, que había empezado a tomar cuerpo desde 1947 en el norte de España y en Cataluña. En Madrid resultó más bien la novedad, después de un decenio de orden social a rajatabla. Más que en el ámbito cuantitativo la huelga puso de manifiesto la insostenible continuación de la política económica autárquica. De todas formas, hemos tenido ocasión de comprobar a través de los archivos de la EMT, que la huelga fue ampliamente seguida en la capital, como indica el descenso de las recaudaciones, situado entre un 30 y un 40% por debajo de los días normales, según qué líneas.

El 18 de julio de 1951 una significativa remodelación gubernamental, con Arburúa al frente del Ministerio de Comercio, sentó las primeras bases del nuevo rumbo económico español, que se concretaría a partir del Plan de Estabilización de 1959: el viraje hacia una política industrializadora, en el marco de una apertura económica al mercado mundial. En esa nueva orientación el territorio madrileño iba a cambiar radicalmente su estructura económica y social, a lo largo de un período de veinte años, en el que las transformaciones comenzadas a principios de siglo llegan a su culminación. Ya en los años cuarenta el nacimiento del INI había desempeñado un papel de primer orden, sobre todo en el terreno infraestructural y de equipamiento. Se instalaron o revitalizaron en la provincia varias empresas del Instituto: ADARO, E.N. Elcano, E.N. Calvo Sotelo, Construcciones Aeronáuticas S.A. (CASA), PEGASO... Así al amparo y protección del Estado, y siguiendo los cauces abiertos por el INI, diversas empresas de los sectores de maquinaria, automoción, electrodomésticos y de transformados metálicos, empezaron a radicarse en un Madrid donde no escaseaba la mano de obra barata y con un amplio mercado local. Conjunto empresarial sobre el que se edificara el posterior crecimiento industrial de los sesenta.

El cambio de modelo económico iniciado en 1951 estuvo acompañado de un nuevo empuje migratorio hacia la capital, ya entrevisto en el decenio anterior. La población de hecho de la provincia pasó de 1.579.800 habitantes en 1940 a 1.926.300 hab. en 1950 y 2.606.300 en 1960. Incremento demográfico que tuvo rápidas repercusiones en el espacio urbano, e hizo necesario desempolvar las concepciones urbanísticas elaboradas en el plan Zuazo-Jansen y en el Plan Regional de Besteiro. Estas fueron las líneas teóricas que siguió Pedro Bigador para la elaboración del Plan General de Ordenación de Madrid, realizado en 1941 y definitivamente aprobado en 1946. En el se contemplaban la cuestión del gran eje norte-sur, los anillos verdes, los Nuevos Ministerios o la anexión de los municipios periféricos. En suma, la idea del Gran Madrid, que empezó a tomar cuerpo en 1950 cuando fueron agregados a la ciudad los municipios de Aravaca, Barajas, Canillas, Canillejas, los Carabancheles, Chamartín de la Rosa, Fuencarral, Hortaleza, El Pardo, Vallecas y Vicálvaro. Quedaba planteado el modelo de segregación espacial de Madrid consolidado en años posteriores, y que venía a ser la continuación de una realidad ya en curso desde el primer tercio del siglo. Entre 1946 y 1960 se perfila con toda nitidez una falla estructural que divide el norte y el sur de la ciudad, que después encontrara su proyección en el área metropolitana.

Pronto se demostró la imposibilidad de que el Plan Bigador llegará a regular el crecimiento urbano de Madrid, más que por razones técnicas, por la actuación de una resultante en la que confluían varios vectores, de los que sobresalían tres: la especulación del suelo, el dejar hacer de la autoridad municipal y las carencias infraestructurales. Así comenzaba un crecimiento urbano que desbordó las previsiones iniciales, y que resultó caótico en todos los órdenes, pero productor de extraordinarias plusvalías. En 1956 existían en Madrid y su entorno próximo más de 50.000 chabolas, sin contar los problemas de infravivienda, hacinamiento y realquiler, que definían bolsas de deterioro urbano de difícil solución. Los poblados dirigidos y de absorción creados en 1954: Caño Roto, Entrevías, Fuencarral A y Orcasitas..., no lograron paliar la situación. Tampoco alteró el panorama el Decreto contra asentamientos clandestinos de 23 de agosto de 1957, ya que si posibilitó la puesta en marcha del Plan de Urgencia Social de Madrid, destinado a construir 60.000 viviendas en dos años, bajo la dirección del Ministerio de la Vivienda, a la hora de la verdad no consiguió erradicar el chabolismo.

LA CREACION DEL AREA METROPOLITANA DE MADRID; LA SUBURBANIZACION DE LA PROVINCIA. 1960-1975

gente2a.jpg (54022 bytes)La ampliación urbana registrada por Madrid en el decenio de los años cincuenta, a impulsos del crecimiento demográfico, los planteamientos del Plan Bigador y la gigantesca elevación de los precios del suelo fruto de la especulación desatada, a pesar de la Ley del Suelo de 1956, dejó en manos de la iniciativa privada el desarrollo urbano de Madrid, cuya actividad urbanística y constructora estuvo guiada exclusivamente por motivos lucrativos. Se consolidan de esta forma varios Madrid, uno de carácter residencial situado al Norte, de viviendas de lujo; otro de calidad constructora y urbanística aceptable dirigido a las clases medias, como la Concepción y su ampliación promovidas por Banús,...; finalmente, junto a estas zonas surgió una nueva periferia en la que las barriadas estatales, las edificaciones privadas destinadas a las clases trabajadoras, las unidades de absorción o simples aglomeraciones de chabolas se daban la mano, en un contexto de alarmante deficiencia infraestructural, como son los casos del Pozo del Tío Raimundo, Palomeras, la Alegría, la Celsa, la China,... Situación ésta que sentará las bases del posterior auge de las Asociaciones de Vecinos, que tan importante papel cumplieron en los años setenta, manifestación de la lucha de clases fuera del espacio tradicional del conflicto clasista: la fábrica. Conflicto que se articulará en torno a la reivindicación de unas mejores condiciones de habitabilidad, centradas en la calidad de vida mediante la reapropiación del territorio, del espacio urbano, como lugar en el que se vive, pero también escenario de la creación de plusvalía.

moratalat1a.JPG (39493 bytes)El Plan General de Ordenación del Area Metropolitana redactado en 1961, en aplicación del artículo 37 de la Ley del Suelo, y aprobado finalmente en 1963 trataba de adecuarse a la nueva realidad surgida del crecimiento caótico provocado por la especulación, partiendo del reconocimiento de que Madrid, debido al desarrollo industrial y demográfico, excedía ya los límites del propio municipio recientemente ampliado, extendiendo su influencia a lo que ya comienza a ser una gran región industrial. Se crea así por el decreto del 28 de septiembre de 1964 el Area Metropolitana de Madrid que abarca a 23 municipios: Madrid, Alcobendas, Alcorcón, Boadilla del Monte, Brunete, Colmenar Viejo, Coslada, Getafe, Leganés, Las Rozas, Majadahonda, Mejorada del Campo, Paracuellos del Jarama, Pinto, Pozuelo de Alarcón, Rivas-Vaciamadrid, San Fernando de Henares, San Sebastián de los Reyes, Torrejón de Ardoz, Velilla de San Antonio, Villanueva de la Cañada, Villanueva del Pardillo y Villaviciosa de Odón. En el Plan se prevén dos grandes áreas, una de descentralización industrial situada en el Sur y Este (que se extiende hasta Talavera, Toledo, Aranjuez, Alcalá de Henares y Guadalajara), y otra residencial y de esparcimiento localizada en el Noroeste. Toma carta oficial de naturaleza, pues, la segregación territorial Norte-Sur que señalábamos anteriormente, para ser más exactos habría que decir NW-SE, y que se remonta al primer tercio del siglo.

 

 

gente2b.jpg (39000 bytes)El crecimiento demográfico de Madrid en estos años continua el nuevo despegue de los años 40-50, en una tendencia que es secular para la capital, así se pasa de unas tasas de crecimiento del 203,8 en 1940 (sobre base 100 en 1900) a 248,5 en 1950, 336.3 en 1960 y 489,4 en 1970. La población de hecho de la provincia cifrada en 1.926.300 habitantes en 1950, 2.606.300 habitantes en 1960 y 3.792.600 en 1970. Las razones de este crecimiento de población -determinadas por el movimiento migratorio interior- se encuentran en el cambio de modelo económico iniciado en 1951 con la remodelación del gobierno, por el que la agricultura va a ocupar un lugar subordinado en favor del desarrollo industrial, al que serán trasvasados los excedentes agrarios a través de la política de precios. La crisis de la agricultura tradicional y la creciente mecanización del campo harán el resto, generando un importante movimiento de población del campo hacia los núcleos urbanos y hacia el extranjero. La emigración a la capital en 1970 ejemplifica esta afirmación. En primer lugar, destaca la propia provincia de Madrid con 10.990 personas (el 25,55% del total), reflejo de su tradicional posición subordinada. A continuación le siguen Toledo con 3.344 personas (el 7,78%), Badajoz con 2.927 (6,81%), Cáceres con 2.532 (5,89%), Ciudad Real con 2.244 (5,22%), Córdoba con 1.421 (3,30%), Jaén con 1.407 (3,27%), Guadalajara con 1.313 (3,05%), Avila con 1.284 (2,99%) y Segovia con 1.150 (2,67%). Madrid se constituye en un polo atractivo, que absorbe recursos humanos de un amplio contorno que se extiende a las dos Castillas, Extremadura y Andalucía, siendo el principal núcleo afectado la población rural de la propia provincia. La llegada masiva de personas hacia Madrid se canalizará en una doble dirección: serán los pobladores de los cada vez más importantes núcleos de chabolas, situadas en los arrabales y el extrarradio de la ciudad, como Vallecas, Orcasitas, San Blas, Villaverde, Chamartín...; a la vez que surtirán de mano de obra barata y descualificada al sector de la construcción, que aprovechará las condiciones de sobreexplotación mediante los bajos salarios, el destajo y el pistolerismo para realizar importantes plusvalías, ligadas a los procesos especulativos puestos en marcha con la ejecución del Plan Bigador aprobado en 1946 y del Plan General de Ordenación del Area Metropolitana aprobado en 1963.

Antes de entrar en los años sesenta conviene que nos detengamos, aunque sea brevemente en la provincia. Por lo que respecta a la población los 307.876 habitantes de 1950 sólo son 346.400 en 1960, pero que en 1970 se transforman en 646.500 habitantes. De tales datos se colige el mantenimiento del estancamiento de la provincia respecto de la capital hasta los años sesenta, fecha del despegue demográfico y económico de la primera, merced a los impulsos recibidos desde la capital. Este despegue provincial es dependiente del gran desarrollo demográfico e industrial que experimenta Madrid en los años del desarrollismo, la propia especulación del suelo desatada en la capital y la atracción que ejerce sobre la industria actuaron de motor del despegue provincial: la mano de obra recién llegada buscará alojamiento en las zonas periféricas y en los municipios suburbanizados en razón del menor coste de la vivienda, aparejado a un crónico déficit de infraestructuras de todo tipo (urbanísticas, de transporte, servicios, ...); por otra parte, la industria tenderá a localizarse conforme avancen los años sesenta fuera del perímetro urbano madrileño, consecuencia de los precios del suelo y, a pesar de ello, por su cercanía a la capital, de tal manera se disocia la sede social -ubicada en la capital- del espacio productivo -la fábrica, localizada en los municipios limítrofes-.

Sin embargo, como era lógico esperar, este despegue provincial no afectó uniformemente al conjunto provincial. Serán los municipios situados en los ejes radiales constituidos por la red de carreteras nacionales los que experimenten el grueso del crecimiento, mientras que otras áreas mantienen su declive, sumidas en una profunda depresión secular, a pesar de su cercanía a la capital.

A modo de ejemplo señalaríamos para el primero de los casos los municipios de Alcalá, Coslada, San Fernando de Henares, Torrejón de Ardoz todos ellos situados en el eje de la carretera Madrid-Barcelona. En cambio, otros municipios de la misma zona como Algete, Camarma, Rivas-Vaciamadrid permanecen estancados por su posición descentrada respecto de la Nacional II.

Un esquema similar se perfila en el eje configurado por la carretera de Andalucía y de Toledo. Frente al crecimiento demográfico acelerado de Getafe, Pinto, Valdemoro, Leganés, Fuenlabrada, Móstoles y Parla, otros municipios continúan estancados o incluso muestran síntomas inequívocos de retroceso; más allá de este entorno próximo, en el Sureste provincial contrastan el estancamiento de Chinchón y su área de influencia con el crecimiento de Arganda. Situación homóloga se produce en el área delimitada por el partido judicial de Colmenar Viejo, donde el incremento registrado de 44.336 personas entre 1950 y 1970 se concentra a lo largo de la carretera de Burgos, en los municipios de Alcobendas y San Sebastián de los Reyes, a lo que se añade el propio Colmenar Viejo, mientras que el resto del norte provincial sólo experimenta un aumento poblacional de 2.889 personas en estos veinte años. Sin caer en una casuística excesiva indiquemos que similares procesos se reproducen en los partidos judiciales de San Lorenzo de El Escorial, Navalcarnero y San Martín de Valdeiglesias.

En suma, la provincia registra en los veinte años que median entre 1950 y 1970 un proceso diferenciado de segregación del territorio, que encuentra traducción en el desigual comportamiento demográfico y económico que va a mantenerse hasta el presente, condicionando el futuro de nuestra región. Por una parte, se localizan dos grandes ejes de crecimiento industrial y poblacional, constituidos en torno al espacio delimitado por las carreteras de Andalucía y Toledo en el Sur y por la Nacional II en dirección a Barcelona en el Este provincial. La instalación masiva de industrias en los años sesenta y primera mitad de los setenta va a actuar como el elemento definitorio. Aparejado al mismo se producirá el espectacular crecimiento demográfico de los municipios colindantes, transformados en grandes ciudades-dormitorios. De esta forma, en el corto espacio de veinte años municipios rurales que arrastraban una lánguida vida son transformados en colmenas humanas. Su casco antiguo, de tipología claramente rural, con casas de una planta, queda sumergido entre los bloques de viviendas baratas, dando lugar a la deformación del espacio urbano y a la despersonalización del municipio y sus habitantes. De otra parte, una amplia franja de municipios situados en el Noreste y Sureste provincial alejados de las grandes vías de comunicación verán acentuarse las tendencias de declive y depauperación que arrastraban desde hace más de un siglo, son los núcleos rurales aquejados de una permanente sangría poblacional, que viven de una agricultura en franco retroceso debido a su imposibilidad de competir con los productos agrarios nacionales e internacionales, con una permanente pérdida de peso específico en el abastecimiento de los grandes núcleos urbanos de Madrid y sometidas sus tierras, sobre todo en el SE, a un creciente deterioro por la progresiva contaminación de las aguas de los ríos Henares, Jarama y Manzanares, que les lleva a la muerte trofica por los vertidos industriales y humanos. Finalmente el NW provincial comienza a dibujarse como el espacio natural de la vivienda residencial de lujo y de la segunda residencia, debido a sus buenas comunicaciones y a la cercanía de la sierra madrileña. En suma, la aprobación en 1963 del Plan General de Ordenación del Area Metropolitana marca un hito en la historia de Madrid. Las transformaciones que se suceden entre esa fecha y los veinticinco años siguientes suponen la radical alteración del territorio madrileño como hasta entonces no había sufrido, ni siquiera comparable con los cambios acaecidos en el período que media entre la instauración de la capital y el fin de la guerra civil. Es en estos años cuando Madrid sienta las bases definitivas que la configuran como una región metropolitana, articulada en torno a la capital.

DE LA PROSPERIDAD A LA CRISIS. LA EVOLUCION ECONOMICA DE MADRID ENTRE 1960 Y 1975

Con el crecimiento de los años sesenta, Madrid se convertirá en una de las principales zonas industriales del país. Sentadas las bases del desarrollismo industrial madrileño en los años cincuenta éste se va a consolidar en los dos decenios siguientes, ostentando un papel privilegiado en la economía española, merced a la acentuación hasta límites exorbitados del centralismo. Madrid incrementa su papel de centro político-económico, articulado por el dirigismo de los Planes de Desarrollo. En estos años, Madrid aumenta sustancialmente su actividad en el sector servicios, hasta el punto de convertirse en el mayor centro productor y exportador de servicios, concentrando las funciones administrativas, financieras, de control de la información y de toma de decisiones. El desarrollo industrial viene configurado por la instalación de una industria limpia y relativamente moderna, en la que dominan los sectores punta con fuerte peso de tecnología y capitales extranjeros (Madrid absorbe el 25% del total de la inversión extranjera), donde junto al metal van adquiriendo un mayor peso las químicas y la electrónica. De esta manera Madrid gozará de unos niveles de renta por encima de la media nacional.

Varios son los indicadores que dan fe del colosal crecimiento de Madrid entre 1960 y 1975. En el caso del consumo de energía primaria en la provincia de Madrid se pasa de los 2,3 millones de toneladas equivalentes de carbón (MTEC) en 1960 a los 8,2 en 1975 (es decir, se multiplica por 3,5), mientras la población pasó de 2,6 millones de habitantes a 4,2 millones (sólo se multiplica por 1,6). El consumo de cemento, que es un indicador de gran fiabilidad para registrar la actividad constructora en general, éste crece exponencialmente entre 1960 y 1975, así en el primer año el consumo aparente era de 651.000 toneladas y en 1975 pasa a 2.643.000 toneladas (se multiplica por 4). Por lo que respecta al parque de vehículos crece a un ritmo vertiginoso, pasando de los 144.800 vehículos de 1960 a los 1.113.882 de 1975.

El análisis sectorial nos muestra que en el crecimiento económico de Madrid entre 1960 y 1975, el peso del sector servicios es decisorio (el 66,5% del PIB provincial en 1960 y el 66,6% en 1975), mientras que la industria en las mismas fechas evoluciona del 23,4% al 25,6%. La construcción mantiene unas tasas similares para el período, situadas en torno al 7% del PIB, y, finalmente, la agricultura que en 1960 representaba el 2,5% del PIB en 1975 sólo alcanza el 0,89% del mismo. De estos datos se concluye que si bien la sociedad madrileña se ha transformado radicalmente en estos quince años, la estructura económica no ha variado en lo cualitativo significativamente. Es decir, a pesar del fortísimo desarrollo industrial registrado, éste no ha ganado posiciones significativas en el PIB (sólo ha ganado 2,2 puntos en el período), mientras que el sector servicios ha mantenido, e incluso incrementado ligerísimamente su participación en el PIB provincial (+ 0,1 puntos). El incremento de la industria se ha hecho a costa de la agricultura, que ve aún más relegada su posición en la economía madrileña, ocupando un lugar casi despreciable, lo que confirma nuestras apreciaciones sobre la evolución del territorio en la provincia realizadas anteriormente.

El crecimiento económico de Madrid en estos quince años se pone en evidencia si lo comparamos con el registrado por la economía española en el mismo período. En 1960 Madrid tenía el 8,4% de la población española y producía el 11,7% del valor añadido bruto nacional; en cambio a la altura de 1975 Madrid representaba el 12,1% de la población y el 15,8% de la producción. Así mientras su participación en la población total se incrementaba en 3,7 puntos, la producción lo hacía en 4,1 puntos, reflejo de la mayor productividad de la economía provincial respecto de la nacional. La renta per cápita madrileña pasa de las 52.939 ptas. de 1960 a las 113.089 ptas. de 1975 (en ptas. constantes de 1970), siendo superior a la renta per cápita española, aunque para el período las distancias se acorten pasando el diferencial de los 48 puntos de 1960 a los 36 puntos de 1975.

Por lo que respecta al empleo, entre 1960 y 1975 se crean según estimaciones del Banco de Bilbao 669.571 empleos netos en la provincia. Será el sector servicios quien se sitúe a la cabeza, al crearse entre 1955 y 1975 502.011 nuevos empleos, seguido de la industria con 172.172 nuevos empleos y la construcción con 90.000, mientras que la agricultura pierde en el mismo período 38.178 puestos de trabajo.

Territorialmente hablando, a lo largo de estos años se observa una tendencia hacia la especialización industrial de determinadas áreas de la provincia, explicable por la fecha de su instalación. Así el sur metropolitano, que comprende el distrito de Villaverde recientemente anexionado a la capital y el área delimitada por las carreteras de Andalucía y Toledo, con los municipios de Getafe, Pinto, Leganés, será la que concentre la industria de mayor antigüedad, siguiendo las pautas ya marcadas en el primer tercio del siglo de expansión industrial hacia el Sur a partir del distrito de Arganzuela. En este área, que ha sido denominada acertadamente como La Gran Fábrica del Sur, tiende a ubicarse la gran industria del metal, que actuará como polo de atracción de la pequeña y mediana industria auxiliar, generando auténticas economías de escala. Conforme avancen los años sesenta, y a medida que el Sur industrial vaya colmatándose, las nuevas empresas buscarán como área de localización el gran eje del Este, articulado en torno a la Carretera de Barcelona, bien comunicado y menos deteriorado su tejido industrial. Será el lugar por excelencia de radicación de la empresa electrónica, así como de la industria química, farmacéutica y cosmética. En ambas zonas se localizaran las grandes fábricas de electrodomésticos. Finalmente en el noroeste los polos industriales de Alcobendas y San Sebastián de los Reyes serán lugares de instalación de pequeñas y medianas industrias.

concepcion1a.JPG (50396 bytes)La construcción es, junto a la industria y los servicios, un sector que presenta un gran dinamismo en este período, actuando de motor que arrastra en su crecimiento a otros sectores productivos. Las razones se encuentran, amén de su tradicional efecto multiplicador sobre la industria del cemento, la madera, la siderurgia y los bienes de consumo duradero, por el peso específico que el sector ostenta en la economía madrileña entre los años 1960 y 1975, etapa del boom inmobiliario en Madrid, y de la consecuente importancia de la población ocupada, que en los años sesenta representaba alrededor de un tercio del empleo industrial. El parque de viviendas registró pues un crecimiento espectacular en estos años, pasando de las 670.000 viviendas de 1960 a las 1.712.000 de 1981. Las características del boom inmobiliario, fundamentado en la construcción de promoción privada, originó fuertes desequilibrios, dando lugar a un profundo desajuste entre la oferta y la demanda, debido a los altos costes del precio de la vivienda situados muy por encima del poder adquisitivo de la demanda. Ello dio como resultado una situación contradictoria, ejemplificada en el amplio parque de viviendas vacías (63.000 en 1960, 135.000 en 1970 y 242.000 en 1981) a la par que se aceleraba la ruina y deterioro de la vivienda en los barrios antiguos de la ciudad.

 

 

TRANSFORMACIONES SOCIALES Y CONTESTACION A LA DICTADURA DEL GENERAL FRANCO

foto24aa.jpg (32316 bytes)En los quince años que median entre 1960 y 1975 el poder adquisitivo de la población madrileña se duplica. Irrumpe en España la sociedad de consumo, que revoluciona comportamientos, hábitos y mentalidades transformando profundamente la estructura social española. Los crecientes niveles de ingresos de la población madrileña permitirán su acceso al mercado de bienes de consumo. Es la revolución del seiscientos (de los 67.414 turismos de 1960 se pasa a los 885.794, un crecimiento del 1.313,96%), de la llegada al hogar familiar de los electrodomésticos, de la adquisición de la vivienda en propiedad, y para las clases medias de la compra de la segunda vivienda en el campo o el apartamento en la costa. La revolución en las costumbres que se desprende del crecimiento económico provocó la laicización de lo cotidiano y la mayor oposición a la dictadura. El encorsetamiento cultural y la cerrazón política chocaran cada vez más frontalmente con las aspiraciones de la sociedad, puesto de manifiesto en la incorporación de sectores de las clases medias a los postulados de la oposición democrática, particularmente activa en los hijos de las mismas cuyo ingreso masivo a las aulas universitarias hará germinar las semillas de la permanente revuelta estudiantil a partir de 1956. En efecto, conforme avancen los años sesenta la oposición al régimen franquista no hará sino incrementarse, particularmente en los grandes centros urbanos e industriales del país. Madrid no fue la excepción, si bien las movilizaciones universitarias de 1956 se encontraron circunscritas a un número todavía reducido de la población estudiantil, éstas no harán sino crecer con el tiempo. Las contestaciones de 1965 con la incorporación de un sector del profesorado, revelan la importancia que la oposición democrática iba adquiriendo. La fundación del SDEUM y el desmantelamiento del SEU en los años finales del decenio de los sesenta indican ya la protesta masiva de la Universidad, que mantendrá a la misma en continua agitación hasta la muerte de Franco. Las manifestaciones, huelgas y cierres de las facultades se suceden, extendiéndose a la Enseñanza Media.

foto 65a.jpg (34610 bytes)La protesta social no se limitó al movimiento universitario. El crecimiento urbano madrileño, caótico y regido la especulación del suelo, actuó de caldo de cultivo para el desarrollo de un fuerte movimiento reivindicativo, organizado a través de las asociaciones de vecinos, que cobrarán un creciente protagonismo en la lucha ciudadana por la mejora de la calidad de vida y de la vivienda, asociada al cambio del sistema político y la demanda de las libertades públicas. Los antecedentes de este movimiento se sitúan en la Asociación de Propietarios, Comerciantes y Vecinos afectados por la Gran Vía Diagonal, que trató de impedir la apertura de una Avenida Diagonal desde la Plaza de España a Colón. Las asambleas impulsadas principalmente por los pequeños comerciantes de la zona en la Cámara de la Propiedad, consiguieron detener el proyecto. En la primera mitad de los años sesenta en los barrios comienzan a aglutinarse grupos de vecinos alrededor de las clases para adultos, algunas parroquias, clubs juveniles, etc. Este incipiente movimiento ciudadano se acogió a la Ley de Asociaciones de 1964, para fundar las modernas asociaciones de vecinos, fuertemente penetradas por los partidos de oposición a la dictadura, en especial el PCE, y otras organizaciones de carácter marxista-leninista, recientemente escindidas del PCE, y algunos sectores cristianos. Será en los primeros años setenta cuando adquieran una importante influencia en la vida ciudadana. La creación de la Federación de Asociaciones de Vecinos, a semejanza de lo ocurrido en Barcelona, trataba de articular y coordinar la actuación de las distintas asociaciones, incrementando así su capacidad de movilización ciudadana, que encontraron traducción en la campaña contra el fraude del pan, y la importante manifestación realizada en Moratalaz en septiembre de 1976. La no legalización de la Federación desembocó en la I Semana Ciudadana que culminó con una de las manifestaciones más numerosas de las habidas en el Madrid de la dictadura, el 22 de junio de 1976.

foto 63a.jpg (39254 bytes)En los primeros años de la transición democrática, el movimiento ciudadano abandonó parte de su contenido político anterior y centró su actividad reivindicativa en los problemas generados por la especulación del suelo registrados, dos fueron las grandes movilizaciones que tuvieron lugar en esa época: la campaña La Vaguada es nuestra en el barrio del Pilar y la lucha por una vivienda digna de los chabolistas. La primera se saldó con una derrota parcial en los objetivos propuestos, al construirse finalmente el gran centro comercial, en lugar de destinar todo el espacio a zona verde y equipamientos colectivos. La segunda, sin embargo, constituyó un triunfo del movimiento vecinal, al conseguir que el entonces ministro de la vivienda Joaquín Garrigues Walker comprometiera los recursos necesarios para la realización de la Operación de Remodelación de Barrios de Madrid, en marzo de 1979. Un proyecto de enormes proporciones, que ha supuesto la realización de operaciones de remodelación y realojamiento en 30 barrios de Madrid, con la construcción de 39.000 viviendas, en el que se ven implicadas alrededor de 150.000 personas, mediante actuaciones sobre más de 800 has. de suelo urbano y con una inversión estimada en más de doscientos mil millones de pesetas de 1986. El asentamiento de la democracia y las primeras elecciones democráticas a los ayuntamientos, marcan el inicio del declive de la influencia de las Asociaciones de Vecinos en Madrid, la incorporación de muchos de sus dirigentes a los Ayuntamientos y cargos públicos ligados a la Administración Local y a los partidos, así como la pérdida del referente político sobre el que se había sustentado su existencia: la conquista de las libertades públicas, junto con las prácticas de desmovilización social impulsadas por la izquierda, tanto el PSOE como el PCE, provocaron una importante pérdida de objetivos que ha generado la crisis del movimiento ciudadano hasta el día de hoy, arrastrando las Asociaciones de Vecinos una lánguida vida de la que no han conseguido todavía recuperarse.

Por lo que respecta al movimiento obrero después de los primeros lustros de durísima represión de todo intento de oposición al régimen dictatorial, en los que el potente movimiento obrero de los años treinta fue totalmente desarticulado, se iniciaron desde la más absoluta clandestinidad los primeros intentos de reorganización. Dentro de la configuración del nuevo Estado, y siguiendo los parámetros del fascismo italiano y la experiencia de la dictadura de Primo de Rivera, se crearon los Sindicatos Verticales (la CNS), de afiliación obligatoria, tanto para empresarios como para los trabajadores. La legislación laboral estipulaba la fijación de los salarios por decreto, por lo que se hacía de todo punto imposible la negociación colectiva, a la vez que se eliminaba uno de los instrumentos tradicionales de la actuación sindical. La represión y el estrecho marco de actuación que dejaba la dictadura consiguió desarticular a los sindicatos tradicionales, UGT y CNT. La contestación sindical terminó vehiculizándose a través de las propias estructuras del sindicato vertical, sobre todo desde la elección de enlaces sindicales a partir de 1950, que con el paso del tiempo llegarían a ser, por la elección de miembros de los partidos de oposición, especialmente el PCE, claves en la reorganización del movimiento obrero. Paralelamente a ello, en los primeros sesenta comenzaron a organizarse comisiones y comités de fábrica clandestinos, que agrupaban a los miembros más activos del movimiento obrero; organizados de manera aislada, terminarían por ser el embrión directo de las Comisiones Obreras. Por esas fechas también nacía la USO y algunas organizaciones de ideología católica, impregnadas por los nuevos aires renovadores del Concilio Vaticano II, como la JOC, HOAC, Vanguardia Obrera... La aprobación en 1958 de la Ley de Negociación Colectiva abrió algunos cauces para la reorganización del movimiento obrero, que fueron aprovechadas fundamentalmente por el PCE para articular la contestación obrera.

foto10a.jpg (38042 bytes)Las huelgas de los años 1960-62 significaron un salto adelante en la lucha sindical, las Comisiones Obreras se van generalizando en los centros de trabajo a la vez que sus miembros van ocupando posiciones en la estructura del sindicato vertical, a través de las elecciones a enlaces sindicales. En 1964 se produce la primera coordinación estatal de las Comisiones Obreras, con Madrid, Barcelona, Asturias y el País Vasco como principales centros. En Madrid se constituyó la Comisión Obrera del Metal. Las elecciones de 1966 supusieron un triunfo resonante de las Comisiones Obreras; a partir de este momento el sindicato vertical sería un instrumento clave en la organización del movimiento obrero; dominado en sus estructuras de empresa y en algunas provinciales por la oposición, fue utilizado para impulsar la lucha sindical. En 1967 se reunió en Madrid la Primera Asamblea Estatal de las Comisiones Obreras; las huelgas de 1967, con las marchas de enero de los metalúrgicos en Madrid y de los mineros en Asturias, provocaron un movimiento represivo que se saldó con numerosas detenciones y la declaración del estado de excepción en Vizcaya. Las movilizaciones continuaron en octubre de ese año en Madrid, Cataluña, Bilbao, Asturias, Pamplona, Sevilla, Galicia y Zaragoza, lo que llevó al Tribunal Supremo a declarar a las Comisiones ilegales y subversivas en noviembre de 1967. A partir de esta fecha las huelgas se suceden. La detención de los dirigentes de Comisiones Obreras el 24 de junio de 1972, en una residencia de los padres oblatos de Pozuelo de Alarcón, que posteriormente sería conocido como el proceso 1.001, señala el intento, fallido por otra parte, de descabezar al movimiento obrero; en esa época la pujanza e implantación de las Comisiones Obreras son un hecho incontestable. En enero de 1976, un mes después de muerto el dictador, tuvo lugar en Madrid el más importante movimiento huelguístico habido después de la guerra civil: decenas de miles de trabajadores se pusieron en huelga, siendo ésta general en Getafe y en los centros industriales del sur de la provincia. La huelga de Madrid terminó por dar al traste con la política de topes salariales de Villar Mir, poniendo en cuestión la tímida política aperturista del gobierno Arias Navarro. A partir de este momento las organizaciones sindicales inician una nueva etapa, Comisiones se transforma en un sindicato de afiliación, dando por terminada su fase asamblearia; el 22 de julio de 1976 se forma la Coordinadora de Organizaciones Sindicales, integrada por Comisiones, UGT y la USO, dentro de la política de unión de la oposición, manifestada en la constitución de Coordinación Democrática, que unió en una sola mesa a la Junta Democrática y a la Plataforma Democrática. El 12 de noviembre de 1976, la Coordinadora de Organizaciones Sindicales convocó una jornada de lucha en el ámbito de todo el Estado, seguida por decenas de miles de trabajadores. Es la culminación del proceso de movilizaciones, que desembocarían en el reconocimiento de las libertades sindicales y, en general, de las libertades públicas, ratificados por la convocatoria de elecciones en junio de 1977, cuyas Cortes tuvieron carácter Constituyente, sancionado por la aprobación de la Constitución en diciembre de 1978.

EL IMPACTO DE LA CRISIS SOBRE EL TERRITORIO: 1975-1988

La crisis económica mundial, que tomó carta de naturaleza ante la opinión pública internacional con la crisis del petróleo de 1973, ha tenido en nuestro país un fuerte impacto, agravado por las peculiaridades del crecimiento económico español durante los años sesenta y por la coincidencia con la crisis del régimen franquista y los primeros años de la transición democrática, que llevaron a retrasar algunos de sus efectos más negativos, por la intervención del Estado con el fin de atemperar las tensiones sociales en un momento de fuerte incertidumbre política, agravando algunos de los problemas estructurales de la economía española, por la no adopción de las políticas de ajuste que esta demandaba en el momento adecuado. La crisis económica en Madrid ha tenido unas características diferenciales respecto del resto de España debido a su particular posición en el contexto nacional, por el hecho de ser capital del Estado y centro financiero y de los servicios a escala nacional.

La crisis en Madrid ha tenido una fuerte incidencia, puesta de manifiesto en la destrucción de 200.000 empleos entre 1975 y 1984, aunque el peso de los servicios y de la Administración Pública han actuado como factores amortiguadores. La crisis viene determinada por un doble panel de fenómenos. De una parte, la caída de la demanda y de la producción, y de otra la sustitución de trabajo por capital y el incremento de la producción por persona ocupada. Por sectores es la construcción la que experimenta un mayor impacto relativo, con la destrucción de 75.000 puestos de trabajo, y con importantes consecuencias sobre otros sectores, fruto de los efectos multiplicadores que ésta tiene en otras ramas productivas. Como era lógico esperar, ha afectado a buena parte de los sectores industriales, aunque de manera desigual. El sector servicios, sin embargo, ha actuado, como hemos dicho, de colchón amortiguador en la destrucción de empleo regional; lo que ha provocado una mayor terciarización de la economía madrileña, así la población ocupada en el mismo, ha pasado del 63,3% del total provincial al 65,3% en 1984. El impacto de la crisis sobre la economía madrileña queda reflejada en la existencia de 350.000 parados en el tercer trimestre de 1984 (según los datos de la Encuesta de Población Activa, EPA), el 20,25% de la población activa. No obstante, la comparación con otras regiones españolas evidencia una mayor capacidad de respuesta de Madrid respecto de otras regiones de fuerte raigambre industrial como Cataluña, País Vasco o Asturias, debido al peso de los servicios y a la ausencia de industria de primera transformación, como la siderurgia, particularmente afectadas.

Si bien es cierto que relativamente la región madrileña ha sufrido menos los efectos de la crisis que otras zonas industriales del país, no es menos cierto que sobre el territorio madrileño ha tenido un desigual impacto, como queda manifiesto por las enormes diferencias de renta entre unos municipios y otros. Según las estimaciones de BANESTO, la renta madrileña oscila entre las 170.000 pesetas por habitante y año y las 750.000 pesetas de cinco municipios en 1981. En efecto, como ya hemos tenido ocasión de señalar, el crecimiento económico madrileño registrado en los años sesenta se realizó de manera diferenciada en el territorio provincial. El sur industrializado, lugar por excelencia de localización de los sectores industriales de mayor antigüedad y de carácter más tradicional, en el que predomina la gran fábrica del sector metalúrgico, es el que sufre los embates más negativos de la crisis. El Sur madrileño será una de las zonas industriales más castigadas por la crisis en el contexto nacional, con elevadas tasas de desempleo, cierres de fábricas, reducciones drásticas de plantilla y desinversión industrial, en contraste con el norte provincial, incluido aquí el norte del municipio madrileño, centro de los servicios y del sector cuaternario, con elevados niveles de renta y con un impacto más difuso de las consecuencias de la crisis.

En el tercer trimestre de 1984 había en Madrid 349.500 parados; estos datos se incrementarían sensiblemente si tuviéramos en cuenta la población desanimada, es decir, aquellas personas que cansadas de demandar infructuosamente trabajo han renunciado a seguir buscándolo desapareciendo de las encuestas oficiales, el número de parados se situaría entonces en 450.000 personas, si consideramos las tasas de actividad de 1975, bastante bajas en comparación con otros países europeos y, por tanto, razonablemente estimativas. Claro está, que una parte no despreciable de los mismos han pasado a engrosar las filas del trabajo negro, vinculado a la economía sumergida. La precariedad y la total ausencia de derechos y cobertura social de estos trabajadores hacen que sea difícil considerarles dentro de la población ocupada. Por grupos de edad, más de la mitad de los parados son jóvenes menores de 24 años (194.200), 138.500 se sitúan entre veinticinco y cincuenta y cuatro años, y 16.800 tenían más de cincuenta y cuatro años. Esta gran bolsa de desempleo juvenil ha alterado las pautas de comportamiento social en la población madrileña. Se ha generalizado la familia extensa y ha aumentado significativamente el nivel de dependencia de los jóvenes, abocados a permanecer en el domicilio familiar hasta bien entrado en la edad adulta (entre los veinticinco y los treinta años), con el consiguiente desajuste de las relaciones de convivencia. Los jóvenes de las poblaciones y barrios trabajadores ante un futuro sin expectativas son arrastrados a una creciente situación de marginación, donde la droga y la calle se les ofrecen como únicas vías de escape, ante una realidad que les ha convertido en una auténtica generación pérdida. Esta situación, íntimamente ligada a la desarticulación del mercado de trabajo, con la extensión del trabajo negro y la precarización del empleo, está transformando profundamente las relaciones sociales, generalizando las aptitudes apáticas, lo que ha sido denominado como el desencanto y el pasotismo, mediante el retraimiento de amplios sectores de la población madrileña a la participación activa en la vida social (caída de la afiliación sindical, crisis de todo tipo de organizaciones sociales), dando lugar a un marcado desmantelamiento de la sociedad civil.

Por ramos productivos la construcción es el sector, junto a la industria, más afectado por la crisis. En este caso, es resultado de una importantísima caída de la demanda, debida a la moderación del crecimiento demográfico, a la reducción de los ingresos familiares reales y a los efectos del retraso de la independencia de los jóvenes. En 1981 había en Madrid 242.000 viviendas vacías (el 14% del parque provincial frente el 9% de 1970). El importante stock en manos de los promotores inmobiliarios, la caída del poder adquisitivo de la demanda potencial, las altas tasas de interés del crédito hipotecario y la falta de perspectivas se encuentran en la base de la crisis de la construcción madrileña. El empleo en el sector ha disminuido sensiblemente en esta etapa, los 175.000 trabajadores de 1977 se redujeron a sólo 96.000 personas en 1984. A ello hay que añadirle la importante precarización del empleo en el sector, a través de la generalización de la subcontratación y del pistolerismo, con el consiguiente trabajo a destajo y la disminución de la seguridad y de la cobertura social de los trabajadores. La reducción de plantillas en las grandes empresas del sector como Dragados y Construcciones, que pasó de los 27.729 trabajadores de 1977 a los 14.901 de 1982, hablan por sí mismas de este proceso de precarización del empleo.

Pero lo que mejor define la crisis económica de los setenta-ochenta en Madrid, al igual que en otras regiones, es la crisis industrial, que encuentra especial incidencia en los polígonos industriales del municipio madrileño, en la zona sur del área metropolitana y en el corredor Madrid-Guadalajara. Los efectos de la crisis se pueden seguir por la evolución de la ocupación del suelo industrial. Así en el municipio madrileño ha disminuido en 212 ha. entre 1973 y 1980, concentrándose las mayores pérdidas en los distritos centrales (41 ha.) y en la zona Sur del municipio (143 ha.). En el área metropolitana Sur (Alarcón, Leganés, Getafe, Pinto) el suelo industrial se incrementó entre 1973 y 1983 en 16 ha., pero sólo entre 1980 y 1983 perdió 18 ha.; mientras que en el este del área metropolitana permanecía estancada, y en el corredor del Henares se perdían 30 ha. de suelo industrial. Por sectores todas las ramas de la industria salvo el energético, la industria militar (CASA, ENOSA, Cetme, Pegaso, ...) y la electrónica han registrado importantes retrocesos. El impacto desigual de la crisis por sectores productivos ha contribuido a reforzar la especialización industrial de la provincia; así la mayor natalidad y menor mortalidad relativas de las empresas dedicadas a las químicas, electrónica, maquinaria, artes gráficas o material de transporte, con crecientes tasas de productividad (fruto de la reducción de plantillas y la innovación tecnológica) y de beneficio, junto con la pérdida de posiciones de las empresas dedicadas al textil, la confección, la manufactura del cuero, la madera y el mueble o la metalurgia de base, reflejan el proceso de reestructuración productiva que la crisis ha dibujado en la industria madrileña. Este proceso no ha hecho sino acentuar las tendencias apuntadas en los años finales del boom industrial. Si las químicas habían desplazado de la primera posición al sector del metal a finales de los años sesenta en Madrid, ahora serán, en cuanto a la estructura del valor añadido generado, las industrias eléctricas y electrónicas las que ocupen el primer lugar, seguidas por la industria química (con predominio de la farmacéutica), y la alimentación, bebidas, tabacos el cuarto lugar es ocupado por las artes gráficas y edición, y sólo en quinto lugar aparece la fabricación de productos metálicos. Especial importancia han tenido las reducciones de plantillas en el sector de la automoción, de electrónica y electrodomésticos.

Hemos señalado que una de las características de la crisis en Madrid es la acentuación de la terciarización de la actividad económica regional. Según la EPA del tercer trimestre de 1984, la población ocupada en el sector servicios se situaba en 898.900 personas, frente a las 945.200 personas empleadas en 1975, es decir en los años de mayor impacto de la crisis se han perdido 46.300 puestos de trabajo en el sector. Ahora bien, estas cifras absolutas convienen ser matizadas para poder apreciar en toda su extensión el proceso de terciarización de la economía madrileña durante la crisis; pues mientras la población ocupada entre el cuarto trimestre de 1976 y el tercer trimestre de 1984 en el comercio, restaurantes, hostelería y reparaciones disminuye en 7.800 personas, en los transportes y comunicaciones lo hace en 27.200 personas y las instituciones financieras, seguros y servicios a las empresas pierden 4.400 empleos, el término otros servicios registra, sin embargo, un incremento de 30.200 empleos. Quiere esto decir, que el impacto de la crisis ha actuado de manera diferenciada en el sector. Son las pequeñas empresas de carácter en muchos casos familiar, como el pequeño comercio, o las empresas de transportes de estructura obsoleta, las que han sufrido más directamente el impacto de la crisis. Paralelamente los nuevos servicios a las empresas como las agencias de publicidad, las empresas de servicios informáticos, consultoras, estudios de ingeniería, estudios de mercado, mensajerías, ... en estos años han registrado un proceso de expansión que no se ha detenido hasta hoy; mientras en el sector financiero y los seguros el empleo ha permanecido estancado aunque no así su actividad. Junto a ello, el empleo en el sector público, Administración Central, Autonómica y Local no ha hecho sino incrementarse, pasando de las 108.000 personas ocupadas en 1979 a las 130.400 en 1984. Otro tanto ocurre en educación e investigación en donde se crean en el mismo período 15.700 nuevos empleos, o la sanidad y la asistencia social. En general, el sector público, tanto las diferentes administraciones públicas como el INI, han creado en Madrid alrededor de 50.000 nuevos puestos de trabajo entre 1977 y 1984, actuando, por tanto, como un importante elemento amortiguador de la crisis en Madrid. A pesar de ello, la extremada concentración del sector servicios en la capital, y más concretamente en los distritos centrales y del norte del municipio, no han hecho sino acentuar las desigualdades existentes entre las distintas zonas de la provincia. El centro y el norte de la ciudad han registrado un aumento de la tendencia a su terciarización en los años de crisis, que se ha acelerado con la recuperación económica.

Recuperación económica que encuentra su punto de arranque en 1986, en la que todavía nos encontramos inmersos, y que no afecta por igual a todo el tejido económico y social. Las nuevas inversiones industriales tienden a radicarse preferentemente en las zonas norte y nordeste, sobre todo aquellos sectores que presentan una mayor capacidad de innovación tecnológica y constituyen las ramas punta de la industria a finales de siglo: electrónica, informática, y químico-farmacéutica; mientras el sur no consigue despegar, debido a la obsolescencia de su entramado industrial y al deterioro infraestructural que arrastra. La recuperación está profundizando la segregación del territorio en la región madrileña, entre un norte rico y un sur cada vez más deteriorado. La terciarización del Municipio de Madrid, las nuevas tendencias de localización industrial, la diferenciación social, económica, medioambiental y urbanística entre el norte y el sur, corroboran la existencia de una sociedad dual en nuestra región. El boom inmobiliario registrado en coincidencia con la recuperación está actuando de manera radical en la segregación económica y social del territorio madrileño.

LA CREACION DE LA COMUNIDAD AUTONOMA DE MADRID

La aprobación en 1978 de la Constitución Española abría una nueva etapa histórica en la configuración del Estado, coetánea del restablecimiento de las libertades públicas en la forma de un Estado social de derecho, que no viene al caso comentar. La Constitución de 1978 da lugar a una nueva articulación político-administrativa, nos referimos al Estado de las Autonomías, que generalizó los procesos históricos de autonomía iniciados durante la II República en Cataluña, País Vasco y Galicia interrumpidos por la guerra civil y su posterior desenlace. En esta nueva articulación político-administrativa, Madrid planteaba serios problemas de ubicación. Era evidente que la realidad económico-social de la provincia de Madrid distaba años luz de la realidad castellano-manchega. Los débiles lazos históricos que se podían argüir en defensa de su integración en Castilla-La Mancha se remontaban al proceso de Reconquista en la Baja Edad Media. La capitalidad instaurada por Felipe II en 1561 había supuesto una ruptura radical con el devenir histórico castellano-manchego. La incorporación de Madrid a Castilla-La Mancha planteaba más dificultades que resolvía problemas. La propia Castilla-La Mancha hubiese corrido el peligro, de haber triunfado esta opción, de diluir su personalidad frente a la potencia económica y política de Madrid. Se habría reinstaurado la situación vigente en el siglo XVIII, en el que la pujanza de Madrid hubiera actuado de gran núcleo absorbedor de recursos, acentuando hasta niveles extremos su posición dependiente y subordinada en el contexto nacional.

Así pues, una pregunta quedaba en el aire ¿Qué hacer con Madrid?, para cerrar completamente el mapa autonómico. En el interregno que medió entre la aprobación de la Constitución y la configuración de Madrid como Comunidad Autónoma, varias fueron las opciones barajadas, la mayoría de ellas faltas de rigor y en algún caso de difícil encaje constitucional, nos referimos a la propuesta de transformar Madrid en distrito federal, a imagen y semejanza de Washington. Finalmente, la propuesta de convertir la provincia en una Comunidad Autónoma más, se abrió camino como la solución más adecuada. Así en junio de 1981 la Asamblea de Parlamentarios madrileños aprobó el inicio del proceso de constitución de la Comunidad Autónoma, se creaba la comisión redactora del Estatuto de Autonomía, que finalizó sus trabajos en 1983. Nacía, pues, la Comunidad Autónoma de Madrid. En el período de tiempo que transcurrió hasta la celebración de las primeras elecciones autonómicas, el 8 de mayo de 1983, en las que el Partido Socialista se hizo con la mayoría absoluta, la Diputación Provincial ejerció las funciones transitorias hasta la constitución de los organismos autonómicos: Asamblea de Parlamentarios y Consejo de Gobierno, siendo elegido Presidente de la Comunidad Autónoma Joaquín Leguina en representación del PSOE, el partido más votado en las segundas elecciones autonómicas celebradas en junio de 1987, aunque perdiera la mayoría absoluta.

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Cabría preguntarse, pues, si la Comunidad Autónoma de Madrid responde exclusivamente a un mero acto administrativo. La respuesta en nuestra opinión no ofrece lugar a dudas, y por lo escrito hasta aquí creemos suficientemente contrastado desde el punto de vista histórico. En efecto, Madrid es una región con una personalidad específica propia, diferenciada del resto de las Comunidades Autónomas por su carácter urbano, que encuentra sus raíces en el hecho de la capitalidad pero que no se resuelve exclusivamente en ella. Madrid es una región metropolitana que enlaza directamente con las grandes urbes metropolitanas del planeta en cuanto a sus características y problemáticas, salvando naturalmente las necesarias distancias de las diferentes realidades en las que esas se encuentran inmersas. En nuestro país sólo Barcelona disfruta o sufre, depende desde el prisma por el que se mire, del carácter de región metropolitana. Es evidente que esta realidad conformadora de la personalidad de la región madrileña no hinca sus raíces en ancestrales señas de identidad, que permitan reivindicar una personalidad cultural diferenciada, como pueden ser los casos de Cataluña o el País Vasco por poner dos ejemplos significativos.

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Ya hemos dicho que lo que es hoy la actual región madrileña no quedó definitivamente configurada hasta la división provincial de Javier de Burgos, en fecha tan cercana como 1833. La propia dinámica de la capitalidad ha hecho históricamente de Madrid crisol de las Españas, en frase afortunada de un insigne escritor. De ahí la ausencia de una cultura específica propia, cuyos antecedentes se remontarían a la noche de los tiempos. Si algo es patrimonio de la región madrileña es su carácter abierto, forjado durante siglos por las continuadas oleadas de inmigrantes, que han hecho de ella en la actualidad una región abiertamente cosmopolita.

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