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Carlos Ibáñez del Campo (1877-1960) | Presentación
  
 

Del ruido de sables a la escoba

Hombre enigmático y de pocas palabras, Carlos Ibáñez del Campo ocupó un lugar destacado en la política chilena por casi cuarenta años. Fue artífice de los movimientos militares que terminaron con la república parlamentaria y dieron comienzo a una nueva época, caracterizada por el fortalecimiento del papel del Estado en la sociedad y la emergencia de las capas medias. También ejerció una permanente influencia en la política chilena, en las décadas posteriores, ya fuera como eterno candidato a volver al poder, y en algunas ocasiones, como canalizador de aspiraciones políticas de la población.

El coronel Carlos Ibáñez entró en la escena política nacional el año 1924 liderando a un grupo de oficiales que, desde las galerías del Senado, expresaron su molestia contra el Parlamento. Este movimiento se denominó “ruido de sables” debido al estruendo que produjeron los oficiales con sus armas. Fue la primera incursión de los militares en la política en casi cien años y consiguieron que los parlamentarios aprobaran en pocos días las leyes sociales que habían sido permanentemente aplazadas por el presidente Arturo Alessandri, al llegar al poder en 1920.

Luego de la renuncia del presidente Arturo Alessandri, el entonces coronel Ibáñez ocupó el puesto clave de Ministro de Guerra en los gobiernos de transición que se sucedieron. Durante el breve gobierno de Emiliano Figueroa, que fue elegido en 1925 tras la segunda renuncia de Alessandri, Ibáñez se convirtió en el verdadero poder tras las sombras. En 1927, Figueroa renunció e Ibáñez arrasó en las elecciones de ese mismo año, con más del 98% de los votos. Una vez en el poder, introdujo un estilo claramente autoritario, reprimió a la oposición estableciendo censuras a la prensa y sometiendo al movimiento sindical al control del Estado. Sin embargo, su gobierno gozó de gran aceptación por parte de la población, en un país que experimentaba un auge económico producto del alza de los precios del salitre, la instalación de la gran minería del cobre en el país y la afluencia de créditos blandos.

El gobierno de Ibáñez se caracterizó por su frenética actividad, que lo llevó a realizar un programa de obras públicas nunca antes visto, el fomento estatal a la producción a través de apoyo crediticio y aranceles proteccionistas y un vasto plan de reformas institucionales. Se racionalizó la administración pública y se crearon importantes instituciones como la Contraloría General de la República, Carabineros de Chile (1927) y la Fuerza Aérea de Chile (1929). Sin embargo, el alto nivel de endeudamiento público y la errada política monetaria del gobierno frente a la gran crisis mundial de 1929, hicieron inmanejable la política económica y llevaron a un colapso fiscal, productivo y financiero. En 1931, el apoyo al gobierno era nulo; las multitudes descontentas salieron a las calles y los estudiantes universitarios junto con los profesionales iniciaron una gran huelga. El movimiento se hizo incontrolable y el presidente Ibáñez se vio obligado a renunciar. Tras un breve intervalo constitucional, no tardaron en volver los militares al poder; esta vez con la bandera de la revolución socialista.

Ibáñez, tras volver del exilio en 1937 se presentó a las elecciones presidenciales del año siguiente con el apoyo del movimiento nacionalsocialista. Sin embargo debió renunciar tras un fracasado golpe de Estado que intentó un grupo de jóvenes nazistas y la subsiguiente matanza del Seguro Obrero, en la que la policía asesinó a los golpistas que ya se habían rendido. Aunque Ibáñez acabó por apoyar a Pedro Aguirre Cerda, el candidato del Frente Popular, en la siguiente elección presidencial de 1942 se presentó apoyado por la derecha contra la coalición de centroizquierda, que venció con su candidato Juan Antonio Ríos. Hueso duro de roer, Ibáñez volvió a la política, esta vez como senador en 1949 por el partido Agrario Laborista, preparándose para la siguiente elección presidencial.

En 1952 arrasó en las elecciones, con la promesa de “barrer” con los políticos. Sin embargo, una vez en el gobierno mostró una conducción errática, que lo llevó a forjar las alianzas políticas más diversas y a enfrentar una agitación social cada vez más fuerte frente a los problemas económicos. La inflación iba en aumento y el plan de ajuste fiscal que aprobó a mediados de su mandato activó más todavía la oposición de obreros y estudiantes. Sin embargo, lo más significativo de su segundo gobierno fue la apertura política a que condujo la elección de 1952 -en la que por primera vez muchos votantes tradicionales de la derecha se inclinaron por otro candidato- y las reformas electorales de fines de su mandato -que ampliaron el universo electoral y eliminaron el fraude- abriendo el paso para el crecimiento de los partidos de izquierda en el país.


 

 

 

     
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