INFANCIA Y JUVENTUD DE CARLOS I.

 

            Escasas son las referencias históricas de Carlos I, durante su estancia en tierras flamencas, la que viene a coincidir con sus años juveniles; quizá ello sea debido a que muy pocos vaticinaron el gran poder que atesoraría más tarde, pues lo cierto es que, en el momento de nacer, solo tenía asegurado ser el Señor de los Países Bajos, cuando falleciera su padre, y heredero del heredero del Sacro Imperio; por lo que respecta al legado de su madre, muy difícil tenía el acceso a las posesiones españolas, ya que en Castilla y Aragón, con sus pertenencias en el Nuevo Mundo, Canarias, Nápoles y Sicilia, le cerraba el paso su primo Miguel, habido del matrimonio ente su tía Isabel y Manuel I de Portugal, a quien las Cortes de Portugal, Castilla y Aragón habían jurado, respectivamente, como heredero de dichos reinos.

 

            Sin embargo, en julio de 1500, falleció el infante Miguel en Granada y, con ello, se diluyeron las esperanzas de los Reyes Católicos de ver unidos, bajo una sola corona, todos los reinos de la península ibérica y los territorios del Nuevo Mundo y, al mismo tiempo, se habrían las puertas para que Carlos tuviera acceso a los Reinos de Castilla y Aragón.

 

            El 24 de febrero de 1500 nacía Carlos en Gante, en un parto sorprendente de su madre Juana, ya que éste tuvo lugar durante el transcurso de un baile cortesano en el Castillo de Gravensteen, en el que participaban sus padres y, sintiéndose la madre indispuesta, dio a luz a la vista de todos, antes de poder retirarse a sus habitaciones privadas.

 

            El 6 de marzo tuvo lugar el bautizo del recién nacido en la Catedral de San Bavón de Gante, siendo madrina su tía Margarita de Austria, única hermana del padre, y el cortesano príncipe de Chimay, Charles de Croy, quien poco tiempo después sería nombrado gentilhombre de cámara del bautizado.

 

            En el bautizo se le impuso el nombre de Carlos, en recuerdo de su bisabuelo Carlos el Temerario, Duque de Borgoña, que había fallecido el año 1477 en el asedio de Nancy, llevado a cabo por las tropas del monarca francés Luis XI. En la elección de este nombre tuvo mucho que ver Margarita de York, esposa de Carlos el Temerario, la que se había encargado de los pormenores del bautizo de su biznieto.

 

            Curiosamente, a lo largo de su vida, Carlos sentiría auténtica admiración por su bisabuelo, hasta el extremo que, en su primer testamento, dispuso que se le enterrara junto a él, en la Catedral de Dijón.

 

            Cuando aún no había cumplido un año, su padre Felipe, archiduque de Austria y Señor de los Países Bajos, le nombró Duque de Luxemburgo y Caballero de la prestigiosa Orden borgoñona del Toisón de Oro. A este respecto, Felipe había heredado dicho Señorío el año 1482, ya que, el 27 de marzo de dicho año, su madre María de Borgoña, titular del Ducado de igual nombre, del que dependían los Países Bajos, había fallecido en Brujas, a resueltas de una caída de caballo, cuando participaba en una cacería.

 

            En octubre de 1501, los padres de Carlos, Felipe  Juana, se pusieron en camino hacia España, para ser jurados por las Cortes de Castilla como Príncipes de Asturias, toda vez que al haber fallecido los hijos de los Reyes Católicos, Isabel (en 1498) y Juan (1497), así como el hijo de la primera, Miguel (en 1500), correspondía a Juana dicho privilegio. Con este viaje se iniciaba un periodo de orfandad para Carlos y sus hermanas Leonor, que aún no había cumplido 3 años, e Isabel, de apenas 3 meses, y los tres quedaron, en Malinas, al cuidado de su bisabuela Margarita de York y de su tía Margarita de Austria, la que una vez fallecido su marido, el malogrado Príncipe Juan (4 de octubre de 1497), hijo de los Reyes Católicos, y habiendo dado a luz una niña que nació muerta, volvió a su tierra natal.

 

            Felipe no regresaría a Flandes hasta diciembre de 1502 y Juana, dada su ingravidez, hasta bien entrado el año 1503, una vez dio a luz a su hijo Fernando, nacido en Alcalá de Henares, el cual dejó al cuidado de sus padres, los Reyes Católicos.

 

            Una de las primeras disposiciones de Carlos, tras su regreso a Flandes, fue nombrar aya de sus hijos a Ana de Borgoña, pues Margarita de Austria se había casado de nuevo y estaba en la corte de Saboya y Margarita de York, la bisabuela, se hallaba torpe y envejecida; de hecho falleció el año siguiente, 1503.

 

            El 26 de noviembre de 1504 fallecía también en Medina del Campo la Reina Católica. Con este deceso, la infanta Juana pasaba a heredar el reino de Castilla y el consorte viudo, Fernando el Católico, el de regente de dicho reino, en las ausencias o incapacidad de la heredera.

 

            Con fino tacto y consciente que el varón primogénito de Juana, Carlos, estaba llamado a ocupar el reino de España, Fernando el Católico envió a Malinas a Luis de vaca, para que le enseñara la lengua castellana y los usos y costumbres españoles, lo que, a la vista de los resultados posteriores, debió ser con escaso o nulo rendimiento, pues como se pudo comprobar en 1517, al llegar Carlos a España, apenas articulaba una sola palabra en castellano, con el consiguiente disgusto de sus súbditos, que no le entendían, y al que no podían dirigirse, ya que solo hablaba francés.

 

            Otros españoles enviados a Malinas, con el objetivo de preparar y educar a Carlos, en conocimientos relacionados con la tierra que estaba llamado a regir, fueron Francisco de los Cobos y el Obispo de León, Juan de Vera.

 

            En 1505, la reina Juana tuvo un nuevo vástago, María, y Felipe, a finales de dicho año, nombró gentilhombre de cámara del infante Carlos, a Carlos de Croy, su padrino de bautismo.

 

            En los albores del año 1506, Felipe de Habsburgo y Juana salieron hacia España, a reclamar y tomar posesión de la herencia que les correspondía, la corona de Castilla. Este viaje, a la postre, sería definitivo y sin retorno, pues Felipe falleció en Burgos, el 25 de septiembre de dicho año, y Juana se negó a enterrarlo y, en su lugar, en una locura de amor y de celos, se dedicó a recorrer aldeas y caminos castellanos con el féretro de su marido, al que velaba día y noche, en evitación de que alguien pudiera sustraerlo, lo que magistralmente ha sido recogido por el pintor aragonés Francisco Padilla en su cuadro “Doña Juana la Loca”. Ante esta locura de Juana, llevada a cabo en el invierno de 1506 y primavera de 1507, su padre Fernando el Católico, actuando como Regente de Castilla, por incapacidad de su hija, ordenó que se la recluyera en un convento de Tordesillas.         

 

            Cuando se tuvo conocimiento en Malinas del fallecimiento de Felipe de Habsburgo, los Estados Generales de los Países Bajos se reunieron y nombraron nuevo Señor de los mismos al Infante Carlos pero, dada su minoría de edad, había que buscarle un Regente y, como tal, ofrecieron al cargo a su abuelo paterno, Maximiliano I, que, al poco tiempo, lo delegó en su hija Margarita, de nuevo viuda y residente en su palacio de Malinas.

 

            Una vez más nos encontramos a Margarita de Austria desempeñando el papel de “madre” de sus sobrinos Leonor, Carlos, Isabel y María, huérfanos de padre y huérfanos de los cuidados maternos. Margarita fue una mujer excepcional y de muy grato recuerdo en la ciudad belga de Malinas, en cuya plaza mayor, muy próxima a la catedral de San Romualdo, se ha erigido una estatua en su memoria y el palacio que habitó, en la calle Kreize, es una de las visitas turísticas de la ciudad malinense.

 

            Margarita (1483-1530) fue mujer de tristes destinos y moneda de cambio, por vía matrimonial, en las ansias expansivas de su padre Maximiliano I; cuando apenas contaba 3 años de edad fue prometida en matrimonio con el delfín francés Carlos, mas tarde Carlos VIII, a cuyo efecto se le trasladó a la corte francesa para su crianza y educación; sin embargo, al morir el padre del delfín, éste la hizo regresar con los suyos, al objeto de poder contraer matrimonio con la heredera de la Bretaña, Ana, lo que desencadenó las iras de Maximiliano I que, por ello, se alió con Inglaterra en contra de Francia.

 

            En 1497 contrajo nupcias con el Infante Juan, hijo de los Reyes Católicos, pero éste murió ese mismo año, estando embarazada Margarita de una niña que, a la postre, nació muerta.

 

            En 1501, Maximiliano I la hizo contraer matrimonio, en este caso con Filiberto de Saboya, del que enviudó sin descendencia, el año 1504, por lo que nuevamente regresó a Malinas.

 

            Desde 1508 hasta 1515, año en el que el Infante Carlos fue declarado mayor de edad, ejerció el cargo de Regente y, como tal, Gobernadora de los Países Bajos y, tras un lapsus de 3 años, de nuevo sería nombrada, por su sobrino, Gobernadora General, cargo que desempeñó hasta su muerte, en Malinas, el primero de diciembre de 1530.

 

            Margarita de Austria era mujer simpática, culta e inteligente y gozó de gran predicamento entre sus súbditos; fomentó las artes y las ciencias e, incluso, cultivó la poesía, la pintura y la literatura; entre otras obras, es autora del “Discours de ses infortunios y de la vie” y sus escritos moralistas fueron recopilados y editados, en 1549, por Jean le Marie, bajo el título “Couronne Margueritique”.

 

            A estas cualidades hay que añadir la de que era una hábil diplomática, como se pondría de manifiesto, el 5 de agosto de 1529, con la firma del tratado de paz de Cambrai, también conocido como “la paz de las damas”, por haberlo negociado Margarita de Austria y Luisa de Saboya, madre del monarca francés Francisco I; por él, Francia renunciaba a Italia, Flandes y Artois y Carlos hacía lo propio con el Ducado de Borgoña.

 

            Bajo el cuidado de Margarita de Austria fueron creciendo el infante Carlos y sus hermanas, los que fueron educados en las normas rígidas y refinadas de la corte de Malinas y en la práctica de los preceptos religiosos en la iglesia de San Pedro y San Pablo, situada enfrente del palacio de la Gobernadora General. Esta práctica religiosa calaría muy honda en Carlos, pues, con el correr de los tiempos, la defensa de la religión católica sería una constante en su vida.

 

            En 1509, Margarita dispuso que Guillermo de Croy, Señor de Chiévres, sustituyese a su primo Charles, como gentilhombre de cámara de Carlos. Se trataba de un hombre ambicioso y sin escrúpulos, que todo lo supeditaba a su lucro personal y que llegó a obnubilar la mente del infante Carlos; era su sombra en todo momento, llegando incluso a dormir en la misma habitación que él, con la excusa que estaba a su servicio día y noche y que debía velar por su seguridad las veinticuatro horas del día.

 

            El año 1511, Margarita de Austria, considerando que Carlos había agotado la etapa infantil, decidió ponerle un protector y, a tal fin, eligió al arcediano de la iglesia de San Miguel de Lovaina, Adriano de Utrecht, persona de gran cultura, bonachón y débil carácter, que había ejercido su ministerio sacerdotal en el mundo rural y había alcanzado gran fama de teólogo, en la Universidad más antigua de Flandes, la de Lovaina.

 

            Adriano de Utrecht, que con el correr de los años llegaría a ocupar la silla papal, con el nombre de Adriano VI, intentó inculcar a Carlos los conocimientos esenciales en el arte de gobernar, así como el aprendizaje del latín, lengua ilustrada de entonces y en la que estaban escritos la mayoría de los libros de aquella época. Los resultados de esta enseñanza, al igual que el aprendizaje del castellano, dejaron mucho que desear, pues, ya Emperador, Carlos instaba a su hijo Felipe a que se aplicara en aprender latín, quejándose él de no haberlo hecho.

 

            A todo esto, el año 1515, el Sr. de Chiévres, llevado por su codicia y para evitar que la Gobernadora General revisase sus actos, con artimañas y ardides consiguió que Maximiliano I declarara la mayoría de edad de Carlos, cuando aún no había cumplido los 15 años de edad.

 

            Es así como, el 5 de enero de 1515, terminada la regencia de Margarita y su sobrino Carlos, o mejor, el Sr. de Chiévres, asumía en plenitud el papel de Gobernador General de los Países Bajos.

 

            Una de sus primeras decisiones, en las que se notaba la mano del Sr. de Chiévres, fue la de trasladar la Corte desde Malinas a Bruselas; de este modo, Carlos quedaba desvinculado de las influencias que pudiera ejercer sobre él su tía Margarita y el Sr. de Chiévres tenía las manos libres para hacer y deshacer, sin cortapisa alguna.

 

            Una buena prueba de la catadura moral de este personaje, la proporciona el Tratado de Dijón, suscrito el año 1516 entre el monarca francés, Francisco I y el joven Carlos, el que difícilmente se hubiera llevado a cabo de seguir Margarita como Regente, ya que odiaba todo lo francés pues, no en vano, no olvidaba el desaire de que fue objeto, cuando estando en Francia, como prometida del heredero del trono, fue rechazada por éste y devuelta a la corte borgoñona.

 

            Lo cierto es que el Sr. de Chiévres, que había sido jefe del partido francófono de Bruselas, era ferviente defensor de entablar alianzas con Francia y, a tal efecto, urdió e impulsó el Tratado de Dijón, por el que Carlos hacía concesiones a Francisco I, en los reinos de Navarra y Nápoles y, al mismo tiempo, de un modo denigrante, se reconocía vasallo del rey francés, por sus Señoríos de Flandes y Artois, todo ello a cambio de una sustancial suma dineraria y con el enfado de los súbditos de Aragón.

 

            España era territorio abonado para colmar la codicia y ambiciones del Sr. de Chiévres y, ante la decisión del rey Fernando el Católico de designar a su nieto Fernando, hermano de Carlos, como su heredero a la corona de Aragón, no dudó ni un instante en enviar a España a Adriano de Utrecht, al objeto de negociar con el rey Católico.

 

            El infante Fernando era el ojo derecho de su abuelo, había nacido en Castilla, se había criado a la vera del Rey y conocía perfectamente los usos y costumbres españolas; Carlos, por el contrario, hablaba francés, nunca había pisado tierra española y desconocía el carácter y “modus vivendi” de sus gentes. Bajo estas premisas, no es de extrañar que el rey Católico se inclinase por designar como su heredero, al nieto de igual nombre.

 

            Adriano de Utrecht, conociendo los deseos de Fernando el Católico y el rechazo que este generaba entre los nobles castellanos, le ofreció que, mientras viviese, se le reconocería como Regente de Castilla, incluso aún en el supuesto que falleciese su hija Juana, la reina de Castilla, así como el pago anual de 50.000 ducados y, a cambio de ello, debía reconocer a su nieto Carlos como heredero de la Corona de Aragón.

 

            El 23 de enero de 1516, el rey Fernando falleció en Madrigalejo (Cáceres) y, aún en el último suspiro, tuvo inclinaciones de designar sucesor a su nieto Fernando, siendo sus Consejeros los que le hicieron desistir de dicho nombramiento, bajo el argumento de que, de ser designado Fernando, se desencadenaría una guerra fraticida entre Carlos y Fernando, con la desmembración del Reino de España, cuya unión tanto había costado conseguir.

 

            El 14 de marzo de 1516, una vez conocida la muerte de su abuelo, el infante Carlos convocó en Bruselas a la corte flamenca y, ante ella, se coronó como Rey de España, haciendo caso omiso de que esa dignidad se alcanzaba cuando viniera a sus dominios y fuese jurado, como tal, por las Cortes de Castilla, Aragón y Cataluña y, por otro lado, en Castilla se hallaba su madre que, aunque recluida, no dejó de ser la Reina.

 

            A partir de este momento, fue continua la afluencia de flamencos a las tierras españolas, con el fin de velar por los intereses de Carlos y allanar las dificultades que fueran surgiendo y, hasta su llegada a España, fue nombrado Regente Adriano de Utrecht.

 

            En septiembre de 1517, el Infante Carlos, junto con su camarilla más próxima, llegó a tierras españolas, desembarcando en la localidad asturiana de Tazones, a la entrada de la ría de Villaviciosa. Este fue el primer contacto de Carlos con España y, a partir de entonces, comenzó el expolio de sus reinos y la venta de cargos públicos, nefasta política que enfureció a sus súbditos y que solo acabaría con la muerte del Sr. de Chiévres en 1521.

 

            En ese tiempo, los súbditos castellanos y aragoneses verían, con indignación, los nombramientos de Adriano de Utrecht, como Obispo de Tortosa, el del sobrino del Sr. de Chiévres, Guillermo, como Arzobispo y más tarde Cardenal de Toledo, el Jean Sauvage, como Presidente de las Cortes de Castilla y el de Carlos de Lannoy, como Virrey de Nápoles, entre otros.

 

            Junto a esta corrupta política de nombramientos, continuo fue el saqueo de las arcas españolas, con caravanas de carros, repletas de caudales y tesoros, que partieron de España con destino a los Países Bajos; la codicia del Sr. de Chiévres no tenía límites, hasta el extremo que los súbditos castellanos llegaron a acuñar el dicho “Salveos Dios, ducado de a dos, que monsieur de Chiévres no topó con vos”, cuando alguna de dichas monedas caía en sus manos.

 

            No obstante, el transcurso del tiempo todo lo cura y todo lo arregla y, en efecto, una vez superada la etapa de recelos mutuos entre Carlos y sus súbditos, con el apartamiento progresivo de los flamencos de los cargos públicos y el cese de la influencia que ejercían sobre él, convirtieron a Carlos en una persona que amó profundamente a España y en ella quiso reposar para siempre.

 

            A grandes rasgos, hemos expuesto los hitos más importantes de Carlos I, durante su infancia y juventud, pero nos surge la duda acerca de cómo era realmente. A este respecto, a falta de documentos que nos hablen de su época juvenil, debemos recurrir a otras fuentes, cual los retratos que le fueron efectuados por los pintores flamencos, entre los que destacan los de J. Vermayer, Strigel y Van Orley; en ellos aparece como un joven poco atractivo, de ojos azules, labio inferior prominente, mirada melancólica y extraviada y rostro alargado, caracteres que han llevado a algún autor a afirmar que era un muchacho de pocos alcances e, incluso, rondando la subnormalidad.

 

            Si a ello añadimos su nulo conocimiento de la lengua castellana, cuando llegó a España, y sus escasos conocimientos del latín, pese a haber tenido dos buenos maestros en estas disciplinas, nos da pie a pensar que se está en presencia de una persona complicada e indolente, con escasa inteligencia y, por ende, carente de decisiones razonadas, defectos que suplía con tenacidad y buena fe, como se pondría de manifiesto en su etapa de madurez.

 

Rafael García Herranz.

Caballero de Yuste.