..."Lo que os puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada..."
"Don Quijote de la Mancha". Capítulo XLII: " De los consejos que dió Don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula..."

ISSN: 1810-4479
Publicación Semanal. Año 1, Nro.20, Viernes, 21 de mayo del 2004
La pregunta del mes
¿Qué opinión le merece el extraño método de liberación empleado por los EE.UU. en Irak, que incluye bombardeos, masacres, saqueos, torturas y violaciones contra su pueblo?

 

Galería de asesinos... a sueldo de Batista.

Durante casi siete años de represión y tiranía, Flugencio Batista vertió mucha sangre de cubanos. Claro está que no lo hizo por sus propias manos. Para ello, para la inhumana misión de torturar, de balacear de ahorcar, tenía sus hombres. Muchos de ellos tenían estrellas en las hombreras, pues Batista siempre se distinguió por premiar el crimen y asesinato y daba galones y estrellas a los criminales.

En esta edición que recoge muchos, aunque no todos los horrores ese régimen nefasto, BOHEMIA (Nro.2, La Habana, Enero 11 de 1959, pág. 152-158) presenta esta galería de asesinos a sueldo de Batista. Es de pensar que no podemos presentarlos a todos. Haría falta para ello una edición entera de la revista. Pero aquí están los principales, los más connotados. Ellos, a su vez, tenían cerca a una legión de subalternos duchos en torturas, expertos en inventar martirios, graduados con notas eminentes en la universidad del crimen. Esos, los asesinos sin barras y sin estrellas, irán apareciendo también en nuestras páginas a su debido tiempo. Pero queremos que en esta edición de BOHEMIA, la primera después de derrocada la dictadura, aparezcan los hombres y las efigies de los que la hicieron posible, asesinando a sus hermanos cuyo único delito era oponerse a los desmanes del régimen batistiano.

Algunos de ellos han pagado ya con la vida algo de sus crímenes. Otros han huido, cobardes como ratas, ante el empuje avasallador de la revolución triunfante. Hasta sus guaridas les perseguirá siempre el índice acusador de un pueblo que no olvidará ni sus nombres ni sus crímenes. Y para ayudar a que así sea contribuimos ahora dando sus nombres y presentando sus rostros. !Que caiga sobre ellos la sangre vertida!.

Galería de asesinos

Agustín Lavastida fue jefe del SIR en Holguín de donde se le traslado a Santiago en las horas más angustiosas de la ciudad heroica. Coincidió allí con José María Salas Cañizares y así, mientras Rodríguez Avila y Cruz Vidal eran jefes del regimiento, la pareja compuesta por SC y Lavastida tenían la ciudad en un puño, un puño tinto en sangre. Después cuando “Massacre” fue trasladado a Holguín, Lavastida volvió a unírsele y ellos recordaron a los holguineros que si Cowley había muerto, ellos dos seguían vivos y preocupados por continuar abriendo fosas en la necrópolis de la ciudad de la Periquera.

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Alberto Triana Calvet había sido separado del cuerpo con el rango de sargento. Batista lo volvió a llamar y le hizo teniente coronel jefe de una provincia: Matanzas. De ahí paso a Camagüey donde siguió el ejemplo de los otros jerarcas que no solo cometían atrocidades sin cuento, si no que se enriquecían a costa de quien fuera. Ultimamente lo habían enviado a Holguín, cambiándolo por Lavastida lo que da idea de la consideración que se le tenia al estimarlo con iguales méritos que el comandante sanguinario que tan buenas migas hiciera con Cowley y con “Massacre” Salas Cañizares.

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Alejandro García Olayón: Este no era más que capitán pero puede codearse abiertamente con los generales y coroneles que le anteceden. Alejandro García Olayón mató con sus propias manos a muchos compatriotas. Le decían ‘Nito” pero si se le hubiera podido dar abiertamente un apodo apropiado se le hubiera llamado “Matagente”. Fue matón a las órdenes de Panchín Batista hasta que llamó la atención del hermano Fulgencio que le sumó a su cohorte de criminales. En su vida, como página cimera de horror, esta la muerte del capitán Escalona por cuyo crimen fue absuelto por un tribunal militar. Como matón se le mando a la Sierra. Como matón se le traslado a Las Villas donde halló el final de su carrera. En otras páginas de esta edición se recogen gráficamente los últimos momentos de “Nito” García Olayón, ejecutado sumariamente por la justicia revolucionaria.

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El comandante Blanco era el “socio” de Laurent en los crímenes de éste. Al mando del puesto naval de la Chorrera brindaba la impunidad de esa fortaleza a su compinche para torturar allí a los que caían en sus garras. La sociedad Blanco-Laurent rindió dividendos de sangre. Son muchos los que fueron llevados a la Chorrera y cuyo destino no se ha sabido jamás. Pero lo sabe el comandante Blanco. Por ello deberá responder algún día.

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Carlos Tabernilla Palmero, hijo del “viejo Pancho” llegó a la jefatura de las Fuerzas aéreas del Ejercito. Uno en la jefatura, otro en los tanques, otro en los aviones; los Tabernilla se repartían así el ejército como si fuera una herencia familiar. Y CTP, obediente a las órdenes criminales de Batista, mandaba sus aviones, pájaros de muerte, a bombardear a los campesinos de la Sierra que perdían vida y hacienda. Los mandó también a lanzar sus mensajes de muerte sobre las ciudades indefensas: sobre Cienfuegos que se rebeló; sobre Santa Clara que no podían mantener en su poder. Ellos, los Tabernilla, como los Salas Cañizares son todos criminales de guerra.

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Conrado Carratalá Ugalde era el compañero de crímenes de Esteban Ventura. De vigilante llegó a Coronel de la policía. Nombrado jefe del Departamento de Dirección su puesto estaba en las oficinas del Cuerpo, tras un buró. Pero ese ambiente no es para los matones y CCU tenia sed de sangre. Y debió tener mucha porque no llevaba señales de saciarse nunca pese a todos los crímenes que cometió Si hubiera podido reunir en un recipiente toda la sangre por el vertida, se hubiera ahogado en ella: el asesinato era su elemento En La Habana son cientos los hogares que deben a CU, como a Ventura, sus crespones de luto.

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El general Rafael Salas Cañizares fue uno de los artífices del 10 de marzo. De las “perseguidoras” pasó a la jefatura de la policía nacional donde se distinguió por su empeño en ahogar en sangre cuanto significara oposición al batistato. En todas partes aparecía su obesa figura y bajo su mando los perros de presa de la dictadura cometieron abusos incontables. El clímax llegó tras la muerte del coronel Blanco Rico. RSC allanó la embajada de Haití donde estaba asilado un grupo de revolucionarios y recibió allí heridas que días más tarde la produjeron la muerte. Así se salvó del bochorno de la huida vergonzante.

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Esteban Ventura Novo: Son muchos los que se discuten el primer lugar en este maratón de sangre y horror. Ahí están Pilar García, Ventura, Carratalá, Salas Cañizares, Ugalde, Carrillo y otros. Pero como por alguno hay que empezar presentemos a este que aterrorizó a la capital de la república: Esteban Ventura Novo. Su apellido era un contrasentido. Una ironía. Ventura acarreaba a todas partes el dolor, la tristeza, la muerte. Ascendió trepando por un montón de cadáveres; sus estrellas chorreaban sangre. Las mazmorras de las estaciones policiacas que comando, fueron cámara de horrores en que la juventud dejaba la vida en medio de tales torturas. Sus hombres, perros de presas, eran una jauría de lobos que seguía el ejemplo del mastín mayor. Esteban Ventura golpeo, torturo, mató con sus propias manos. Son mucho, los hogares en los que él entronizó el luto; son muchos los niños a los que dejó huérfanos e incontables los labios que siempre pronunciaron su nombre con odio y horror. Ahí esta con una pistola en la mano, con un arma en la diestra frente al indefenso. Se daba aires de valentón. Pero en la hora de la derrota no se enfrentó a los que antes persiguió y vajió no, entonces huyó poniendo al desnudo su cobardía y su ruindad. Ahora, en el futuro, cuando se quiera presentar al prototipo del criminal frío, despiadado, sin alma y sin nervio bastara con pronunciar su nombre, Ventura. El se lo gano al precio de mucha sangre vertida; una sangre que algún día lo ahogara.

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Entre los criminales del régimen de Batista figura con resplandores propios el coronel Fermin Cowley Gallegos. Enviado a Holguín, la tierra heroica de Calixto García, sufrió los zarpasos de esta hiena con uniforme. Cowley no respetó a nadie, ni nada le detuvo. Esta foto, exclusiva de BOHEMIA le muestra en los momentos en que herido en una pierna, iba a ser curado, a su regreso de las operaciones en Sierra Cristal regresaba, tinto en la sangre de cubanos heroicos pues entre él, y Lavastida acababan de ultimar a unos expedicionarios que se habían rendido a sus tropas y cuya vida habían respetado sus subalternos. Después de Fermin Colwley escribió otra página de horror, las llamadas “pascuas de sangre”. Allí en la zona norte de Oriente balaceó, ahorcó o mandó a dar muerte, del 25 al 26 de diciembre a más de treinta personas. En aquel territorio, decir Cowley era como nombrar a la muerte por medios violentos. La justicia revolucionaria no le dejo escapar y le ultimaron en una calle holguinera. EI batistato contaba con un asesino menos.

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Francisco Tabernilla, el “viejo Pancho” era incondicional de Batista y recibió como premio la jefatura del ejército por su conducta. El tirano daba las órdenes que el ejército cumplía. Y el viejo Tabernilla, general de opereta, se llenaba de estrellas y las repartía entre sus hijos El ejercito era para ellos como una finca que había que explotar. Usando expresiones que decían de su rango Tabernilla hizo popular aquello de "dar candela al jarro hasta que suelte el fondo" Quería expresar con ello que la represión llegaría a su máximo para mantener en el poder a los usurpadores del diez de marzo. Sin embargo, como resultó lo contrario "el viejo Pancho” huyó como un rufián cualquiera.

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Hernando Hernández era el segundo jefe de la policía bajo la regencia de Salas Cañizares, una figura inocua, apocada por el ex-teniente ascendido a general. A la muerte trágica de RSC se le dio el mando nominal de la policía aunque el verdadero jefe era Carratalá. Pero HH dejó hacer, dejó matar y torturar y cuando fue sustituido por Pilar García se había ganado ya el derecho a figurar entre los integrantes de esta galería.

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Irenaldo García Báez ascendió vertiginosamente después del 10 de marzo. De teniente que era, agregó una palabra más a su rango y se convirtió en teniente coronel. Había dos razones para ello: era hijo de Pilar y tenía alma de criminal. Se le nombró segundo jefe del SIM y son muchos los cubanos que pueden contar historias en las que IGB figura como el verdugo mayor. Mientras la juventud cubana se inmolaba para derrocar al régimen, este hombre joven se entregaba en cuerpo y alma a la nefasta tarea de ahogar en sangre todo intento de libertad. Utilizando el slogan de una firma cigarrera bien podía decir “De mi padre lo aprendí".

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Jacinto Menocal, como Irelando García Báez, fue de los jóvenes que escogió el camino del crimen en lugar de tomar la sendas del honor. Primero en el SIM y después en tierras pinareñas, Menocal ganó pronto renombre como uno de los hombres con los que se podía contar para torturar y asesinar. Y naturalmente obtuvo el ascenso que Batista negaba a oficiales más antiguos pero no tan criminales. Jacinto Menocal llenó páginas de horror en la tierra de Cirilo Villaverde. A la caída del régimen huyó cobardemente perseguido de cerca por las fuerzas de la revolución. No querían dejarle escapar con vida, y en Dayaniguas, cerca de Consolación del Sur, pago al fin con su miserable existencia todas las muertes que tenía en su haber.

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Joaquín Casillas Lumpuy entró en la actualidad nacional cometiendo un crimen infame: el asesinato de Jesús Menéndez en Manzanillo. Después de eso ya se sabía que se podía contar con él para derramar sangre de cubanos. Y así ganó estrellas y obtuvo mandos. Se le mandó a la Sierra Maestra y si no luchó abiertamente contra los revolucionarios, dio buena cuenta de campesinos indefensos. Terminó su carrera en Las Villas donde el tirano le envió en un intento inútil de detener a la revolución triunfante. Y ésta le fusiló ejemplarmente. Por desgracia con una sola vida no podía pagar él por las tantas que arrancó en su larga carrera de chacal del régimen.

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José Eleuterio Pedraza pertenecía al 4 de septiembre. El 10 de marzo lo encontró sin uniforme, disfrutando de los millones robados al tesoro público. Tenia tierras, casas, ganado. Pero en sus fincas villareñas JEP seguía siendo un déspota que no soltaba la fusta, que oprimía y vejaba a los campesinos. En las postrimerías del régimen se cobro a diez por uno la muerte de un hijo suyo y asesino a todo el que encontró a su paso. Cuando ya comenzaba la desbandada JEP vistió de nuevo su uniforme y puso en práctica sus métodos de terror y muerte. Batista creyó que con Pedraza contendría a los revolucionarios en la tierra de Marta. Pero eso era imposible y JEP huyó también de Cuba salvándose, por ahora de la venganza popular.

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Al igual que Tabernilla, Salas Cañizares procuró estrellas y mando a sus hermanos. Así José María Salas Cañizares llegó a teniente coronel del ejército. Pero él no necesitaba de la sombra protectora del hermano general. Tenía alma de asesino y en el régimen batistiano estos eran los que ascendían. Sus crímenes mayores los cometió en Santiago de Cuba donde se le nombró supervisor militar. Allí apaleó, golpeó, torturó, asesinó. Hasta las valerosas mujeres santiagueras fueron objeto de sus iras de militarote ensoberbecido. Su nombre y su triste fama apocaron los de Arsenio Ortiz. El nutrido martirologio santiaguero tiene en JMSC el verdugo mayor. Iguales crímenes cometió más tarde en territorio de Holguín. Se ganó, como un baldón de ignominia, el calificativo de “Massacre”. Pero en el fondo no era un león sino una hiena y, como tal, huyo cobardemente cuando sintió cerca a los jóvenes cachorros de la Sierra. Cuba entera abriga la esperanza de que “Massacre” algún día pagará sus culpas.

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Juan Salas Cañizares, el tercero de la familia logró también cargos importantes en la policía batistiana. A la subida meteórica de su hermano, este lo nombró comandante y le puso al frente de la Radiomotorizada. Y ya se sabe todos los desmanes que cometieron en La Habana los hombres que tripulaban los llamados carros perseguidores. El vergajo era su método de hablar con la ciudadanía; tenían el vejamen como norma y la exacción en los establecimientos como medio complementario de vida. JSC era su jefe; él es responsable de esos desmanes y de los muchos que cometió personalmente. A la muerte de Rafael, el propio Batista tuvo que contener los ímpetus asesinos de Juan y José María que querían cobrar en sangre inocente la muerte del rector policiaco. No la cobraron en sangre pero sí en buenos billetes de banco pero pese a ser ya ricos, los dos siguieron cometiendo crímenes. Ahora JSC, prisionero en Matanzas, espera el momento de que se le cobren todos sus desmanes.

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En el desfile de asesinos del régimen, la Marina de Guerra tiene su más alto representante en Julio Laurent, oficial del Servicio de Inteligencia Naval. Entre sus numerosas víctimas se encuentra el capitán Jorge Agostini al que puede agregarse una lista que llevaría páginas. Enviado a operaciones en tierras de Oriente, ultimó a prisioneros indefensos y sembró el terror y la muerte. Su centro de operaciones; lo tenía ultimamente en el Castillo de la Chorrera a donde llevaba a sus víctimas.

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Leopoldo Pérez Coujil fue de los oficiales que se sumaron al movimiento marcista. En premio, sus barras de capitán se tornaron en estrellas de coronel. En premio también se dio a su esposa la alcaldía de Matanzas. De este mando se le traslado a Camagüey y de ahí paso al BRAC y luego al SIM. Se pensó en él para sustituir a Cowley en Holguín,, a la muerte de aquel y de nuevo fue a Camagüey, cuando trasladaron al coronel Dueñas Roberts por su ineptitud en detener el avance de las fuerzas invasoras. En todos esos puestos hizo méritos suficientes para seguir contando con la confianza de Batista que sabía que tenía en LPC uno de sus perros de presa.

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Lutgardo Martín Pérez tiene físicamente el tipo de matón a sueldo, y lo es también de sentimientos. Comenzó su carrera al lado de otro criminal de guerra, de Rolando Masferrer. Así se ganó los ascensos, desde sargento que era hasta ostentar las estrellas de teniente coronel que, como las de Ventura chorreaban sangre de inocentes. Hombre vasto, sin preparación y sin cultura, no entendía más idioma que el de la fuerza. Y abusó de ella mientras la tuvo a su disposición. Ahora no puede esperar clemencia, ellos no la tuvieron con los inocentes; la justicia revolucionaria no puede tenerla con los malvados.

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Manuel Ugalde Carrillo fue otro de los más destacados asesinos del régimen. Su paso por el penal de Isla de Pinos y por distintos mandos militares se distinguió por eso: porque sembró en ellos la muerte y las torturas como un refinado discípulo de Torquemada. Donde Batista quería aumentar el terror allí enviaba, como uno de sus pilares. A Ugalde Carrilo Y él hacía honor a la confianza en él depositada: cada vez sus manos se teñían más y más de sangre de hermanos. Y así siguió hasta la derrota final.

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Orlando Piedra Negueruela fue jefe del Buró de Investigaciones. El edificio que fuera sede del Quinto Distrito Militar se había convertido en una verdadera fortaleza con alambradas electrificadas como en los campos nazis y, sobre todo, con unas mazmorras en las que los esbirros del régimen tenían sus salas de tortura. OPN no fue de los más sanguinarios, no puede comparársele, es cierto, a sus colegas Ventura y Carratalá pero no pude escapar a la vindicta pública ya que por lo menos presto su nombre y su autoridad a muchos hechos que menoscaban en cualquiera la condición de militar.

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Pilar García: nombre de mujer y alma de asesino. Estaba retirado y volvió a las filas del ejército para deshonrar el uniforme. En Matanzas escribió páginas de terror e implantó lo que se llamó descocadamente: "método García” que era simple y llanamente el asesinato por la espalda. Colocado en la jefatura de la policía nacional aterrorizó a La Habana y en los días de la frustrada huelga general dictaba órdenes que chispaban a sus propios hombres. “No me consulten nada “M”, ‘M” y repetía sin cesar la inicial fatal que significaba que debían ultimar a los prisioneros hechos por los carros perseguidores. Pero el generalote, el matón de gorra galoneada huyó tras su amo, olvidado de sus jactancias y sus bravatas. Ya no era siquiera un asesino; no le quedaba más que el nombre: Pilar.



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