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  LAS GENTES DEL PODER POLÍTICO
EN TIEMPOS DEL GENERAL MARTÍNEZ

Por Alfredo Parada

Maximiliano Hernadez Martinez

El arribo a la Silla Presidencial del general Maximiliano Hernández Martínez, como resultado del cuartelazo que dieron oficiales “jóvenes” en diciembre de 1931, al ingeniero Arturo Araujo, nueve meses después de que había ascendido a la presidencia producto de elecciones libres, según ciertos sectores, aunque hubo denuncias de imposición solapada, significó cambios de fondo estructurales en la República. La razón argüida por los golpistas fue el desastre político, social y económico del régimen del señor Araujo.

En rigor, Araujo fue víctima lógica del “crack” de 1929, del trágico derrumbe de la Bolsa de Valores de Nueva York. Estados Unidos sufrió gran pobreza resultantes del desastre financiero. La penuria económica afectó a las ciudades, y más aún, en el área rural de la gran democracia del norte.

Si el desastre de la Bolsa de Nueva York, tambaleó al régimen de Araujo, hasta derrumbarse, las familias poderosas del país, el grupo verdadero gobernante, supieron esquivar el golpe. Si sufrieron golpes en sus fortunas, supieron enderezarse y prosperar aún más. Y es que la inteligencia, la habilidad política y en los negocios, la experiencia histórica acumulada, en la política y en los negocios, la experiencia histórica acumulada, denominador común del grupo familiar, les facilitó enfrentarse exitosamente a la calamidad.

No obstante hubo familias dañadas profundamente por aquella tragedia, y ello las eliminó del grupo o núcleo del mando o desaparecieron. Tal es el ejemplo de la familia Ruano, prominentes agricultores de la época, cuyo heredero de veintitantos años murió en un penoso incidente en el Casino Salvadoreño.

Ciertos políticos, particularmente de la izquierda partidaria, afirman con rotundidad, concluyentemente, el ser la dictadura de Martínez, una de las épocas del despotismo militar. Se trata de una equivocación tamaña. El gobierno de Martínez fue un gobierno civil, esencialmente. Un gobierno de civiles dirigido por un militar de prestigio en las filas del Ejército.

El general Martínez mantuvo con energía alejados a los militares, del gobierno. No permitió que estos se entrometieran. Ni los uniformados intentaron meterse en donde no caben. Aún más, Martínez no dejó moverse a sus conmilitones ni acercársele, y éstos vivieron de su modesto salario. De esos militares martinistas, ninguno salió rico. Aquel presidente fue parco en eso de distribuir estrellas y ascensos a los miembros del Ejército.

Se afirma que Martínez fue honesto en el manejo de los caudales públicos y no permitió el tráfico de influencias. Y lo creo. Es bueno recordar que Martínez no se dejó manosear de las “distinguidas” familias que se podían contar con los dedos de las manos. Por supuesto, el general – presidente estaba constantemente asesorado por el clan de familias y sus destacados empleados de las finanzas.

En la exitosa transformación económica – financiera emprendida por Martínez, no lesionó los importantes intereses del grupo empresarial que lo apoyaba.

Bancos particulares emitían la moneda, y en el cambio hacia el control legítimo de esa actividad, al Estado, desaparecieron dos bancos, y sus propietarios no sufrieron ninguna lesión; al contrario, la agrupación empresarial salió evidentemente gananciosa. Este periodo lo he tratado en mi obra “Ascenso y caída del general Maximiliano Hernández Martínez”. Trabajo de 30 capítulos, de 1982 a 1939 que publiqué en la revista REPORTAJE, en base a documentos, estrictamente.

Alrededor del general Hernández Martínez circularon rumores y chismes que, aún se escuchan, decirles que según sus autores y propaladores, fotografían al gobernante objeto de estas cuartillas. Uno de estos cuenteretes afirma el ser consejo permanente de Martínez, el no llevar amarrados y colgados las gallinas, pollos y otros animalitos, base de la alimentación de esas gentes que con el pasar del tiempo se llaman “clase media”. Es mejor, agregaba, eliminar esos animales de la dieta diaria. El general era vegetariano.

Se le atribuyó el afirmar que a las hormigas, a los zompopos y demás insectos, no debe aplastarse ni con el pie ni con las manos, por ser creación de Dios, y al morir, allí terminaba para siempre, cosa que no sucedía si los benditos insectos pasaban a otra vida cuando el Creador los llamara a su seno.

Mientras que con los humanos no había ningún problema en matarlos, pues al depositarlos en el sepulcro, en el futuro reencarnaban. Incluso, se decía, la reencarnación operaba cuando después de la muerte, no aparecía el cadáver o simplemente el humano “desaparecía”. Otra fábula atribuida al general advertía el no dar educación a las gentes destinadas al trabajo asalariado en el hogar ni a los campesinos. A las primeras, las “criadas” tal como llamaban los acaudalados a sus trabajadoras domésticas, según las califican actualmente – no quedaría nadie que nos hiciera tortillas ni barriera la basura y eliminara las inmundicias-. Y a los segundos, los campesinos, no debe dárseles instrucción escolar, pues de hacerlo, no quedarían trabajadores que sembraran la tierra, y nos quedaríamos sin nuestros frijolitos y arrocito.

Creo que se trata de cuenteretes que el público inventó en referencia a los gobernantes, especialmente hablando del general, según la naturaleza, costumbres, formas de pensar, idiosincrasia de los gobernantes.

Pero son cuentos. Aunque por los años noventas del anterior siglo, hubo un distinguido presidente, simpático y honorable descendiente de un importante colaborador del general Martínez, y que un año y pico antes de caer, cayó él, en desgracia con Maximiliano, mandatario, repito, quien ante las demandas de aumentos de salarios de proletariados y empleados y adecentamiento de la vida de los desposeídos, respondió melosamente, con cariño, con caridad franciscana, que esas mejoras llegarán a los obreros y empleados, abogados, médicos, y otros asalariados de la “clase productiva” (Sic), a manera de rebalse, o sea, llenos el cántaro, el porrón y los guacales, de dólares, claro está estos rebalsarían y aquellos infortunados se agolparían a modo de piñata quebrada, a recoger el montón de billetes. En los noventas anteriores hubo importantes periodistas que aplaudieron la gran pensada neoliberal. Sobre el general Martínez podemos amontonar cuartillas con verdades y no cuentos de camino real.

Martínez atropelló la Constitución y leyes secundarias, hizo obra y, dicen, fue honrado. Ningún familiar del general Martínez es multimillonario. Hernández Martínez fue derrumbado en 1944, empujado por los mismos que lo sentaron el la Presidencia y la fuerza internacional que lo apoyó. Pero Martínez renunció el 10 de mayo, dejó al general Andrés I. Menéndez como su sustituto, y salió del país, vía terrestre, rumbo a Guatemala, en donde lo recibió su hermano Guadalupe. En su discurso de despedida dijo por la radio nacional: No creo en la Historia porque la Historia la escriben los hombres apasionadamente...”, y otras lindas verdades.