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Auguste Rodin, esculpir la expresión Imprimir E-Mail
escrito por Patricia Ordóñez   
viernes, 14 de marzo de 2008

Auguste Rodin

Revolucionó la escultura en un momento en el que la pintura estaba deslumbrando por su constante y variada renovación formal. Aunque con un reconocimiento tardío, su original manera de trabajar la materia fascinó hasta convertirse en uno de los más importantes artistas de finales del S. XIX y principios del XX.

Rodin se educó en la Escuela de Artes Decorativas de París, al margen del academicismo de la Escuela de Bellas Artes. Su forma de entender la escultura iba más allá de la rigidez y tradicionalismo de la enseñanza oficial, por lo que se enmarcó en un ámbito mucho más abierto, creativo y artesanal, que encajaba con su visión del arte.

Aunque Rodin se vio influido por movimientos artísticos de su época, no se aferró a ninguno de ellos. Construyó un estilo propio basado en la libertad de la materia, capaz de expresar por sí misma sentimientos y deseos.

Su admiración por el tratamiento del movimiento en obras de artistas renacentistas, como Miguel Ángel, le llevó a estudiar la anatomía humana. De este modo, cada detalle esculpido, cada músculo, cada gesto, sería expresión de la psicología humana.

La puerta del Infierno

Su primer encargo importante tardó en llegar. Tras el éxito y reconocimiento obtenido en el Salón de París de 1878, Rodin empezó a recibir ofertas sugerentes. Una de ellas, la más significativa por lo que supondría en su carrera, fue la Puerta del Infierno. La Dirección General de Bellas Artes le pidió que realizara una obra de grandes dimensiones para el futuro museo de Artes Decorativas de París. Basándose en la primera parte de la Divina Comedia, de Dante, Rodin se embarcó en un proceso interminable de búsqueda de formas sobre las que no dejaría de trabajar a lo largo de su vida.

El escultor debía representar a los personajes y escenas de esta parte del libro, caracterizada por el sufrimiento y tormento humanos. La mejor manera de reflejarlo era utilizar como eje narrativo los cuerpos desnudos de los personajes, y expresar a través de su anatomía las situaciones narradas. 

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La puerta del Infierno.

El conjunto está formado por figuras independientes. En total, creó unas 186 pequeñas piezas, que reprodujo en diferentes formatos. Obras tan famosas como El pensador, El beso o El hijo pródigo, tuvieron su origen en este encargo pero pasaron a la historia como esculturas autónomas.

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El pensador.

El pensador y El beso

El pensador, figura central de la puerta, es un retrato de Dante. El poeta se nos muestra como un hombre presionado por las desgracias que se le presentan en su mente. Su postura es de gran solemnidad, al estilo de Miguel Ángel, y es propia del poeta que medita, melancólico y atormentado. De esta obra hay más de veinte versiones en diferentes museos.

Otra de sus piezas más admiradas es El beso, en un principio llamada Francesca de Rimini. Rodin nos presenta a uno de los personajes del Infierno de Dante, que se enamoró del hermano de su marido, quién les descubrió y asesinó. La posición de los personajes es de completa entrega, ella se deja llevar por la pasión, y abraza a su amante fuertemente, atrayéndolo hacia sí. La belleza y la expresividad de la composición son máximas. Algunas personas de renombre en Francia le encargaron una versión de esta obra, que como El pensador, fue reproducida en diferentes formatos y materiales.

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El beso.

Para Rodin era muy importante la libertad del artista en el momento de crear. Primero, debía escoger el motivo a representar y, después modificarlo a través de su imaginación de manera que el resultado fuera una imagen nueva para el mundo. El escultor no podía permitir que nada ni nadie determinara su modo de trabajar.

Con sus trabajos, el monumento dejó de ser una alegoría de un personaje homenajeado. No representaba a la persona magnificándola, ni rodeándola de símbolos de gloria; tampoco la subía a un pedestal que le otorgara superioridad. Rodin tan solo pretendía magnificar la expresividad de los personajes y para ello sus esculturas públicas debían estar a la altura de la gente.

Una nueva concepción del monumento y la escultura pública

En Los burgueses de Calais se puede observar todo esto, aunque el gobierno de la ciudad decidió finalmente ponerla sobre un pedestal. Esta obra muestra la esencia del arte de Rodin. Seis hombres de proporciones similares forman un conjunto, pero hay espacio entre ellos. Cada uno tiene un rostro y postura individualizados. No se narra un instante preciso, sino que se intenta reflejar a través de la anatomía lo que cada uno está pensando y sintiendo en ese momento. Esta exteriorización de lo interior se puede ver en las proporciones, que no son del todo lógicas; por ejemplo, las manos y los pies son demasiado grandes. La mirada de Rodin era en este sentido muy estricta: el tamaño de cada miembro estaba determinado únicamente por el sentimiento que se quería reflejar.

En el monumento a Balzac ocurre algo similar. Nos encontramos ante un bloque inmenso de bronce, en el que el reconocimiento del personaje queda reducido a su rostro severo. El cuerpo no está definido, lo cubre una gran capa, y sus rasgos son desproporcionados. La fuerza psicológica de Balzac se expresa a través de la textura de las formas, que en casi todas las obras de Rodin parecen estar inacabadas, sin pulir. Este monumento es un claro ejemplo de que para representar el estado interior fielmente, había que distorsionar la anatomía, crear formas duras deliberadamente, según palabras del escultor.

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Monumento a Balzac.

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El legado de Rodin

El escultor francés hizo de su taller un punto de reunión, intercambio y aprendizaje para muchos escultores de la época. Sus esculturas nacieron del esfuerzo y la constancia de él y sus ayudantes pero no hay duda de que sin la esencia de sus principios no hubiera pasado a la historia. En el S.XX, artistas como Maillol o Lucien Schnegg intentaron seguir la estela de Rodin. Veían su obra sincera, llena de fuerza y expresividad, una recuperación del clasicismo pero llevándolo a las inquietudes contemporáneas. La tendencia de Rodin a presentar fragmentos del cuerpo como esculturas acabadas abrió el camino de algunos artistas después de la 1ª Guerra Mundial, que tenían la necesidad de representar la angustia y el deseo a partir de lo fragmentario. Numerosas exposiciones en la actualidad demuestran cómo la obra del escultor francés sigue fascinando.

 
 
 
 
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