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ANDRÓNICO COMNENO

 

 

Por Procopio (Roger Corbera Mestres)

 

 

 

 

 

Entre las azarosas biografías de los emperadores bizantinos, cabe destacar por sus tintes de novela de caballerías la de Andrónico Comneno, el último emperador de esta dinastía que fue descendiente directo de Alejo Comneno, su fundador. Su trágica muerte marcará el fin del intento de restauración de la grandeza del Imperio Bizantino que llevaron a cabo Alejo I, Juan II y Manuel I.

 

 

 

 

La juventud.

 

 

Andrónico Comneno nació en 1116 en Constantinopla. Su abuelo, el sebastocrátor Isaac, era hijo de Alejo Comneno e hermano de Juan II. Tras el elevamiento al trono de su hermano, no se resignó a ser un segundón y se rebeló, pero fue perdonado. Su hijo Juan, pero, desertó del bando cristiano y se pasó a los turcos durante la campaña de Juan II en 1137, adoptando su religión y entrando en la familia real de los sultanes de Iconium[1] casándose con una hija del sultán.

 

Andrónico heredó de esos parientes un carácter sumamente fuerte, temerario, rebelde y egoísta. Al igual que su primo emperador Manuel I Comneno, era un hombre de tremendas ambiciones y gran capacidad, pero de escasa paciencia y prudencia. Ambos podían desplegar un carisma y gentileza irresistibles en la liza diplomática o en la romántica que los hacía irresistibles; el primero usó ese talento para conseguir alianzas para el Imperio, el segundo básicamente para meterse en apuros. A diferencia de sus augustos primos, tío y bisabuelo, Andrónico era poco inclinado a la misericordia con sus oponentes, reales o supuestos, o a la generosidad de cualquier tipo. Su capacidad de acumular rencor no hizo sino aumentar con los años, hasta convertirlo en un paranoico cruel y vengativo.

                                                                       

Ambos tenían gran tamaño y fuerza física, siendo temibles guerreros[2], campeones de torneos y infatigables cazadores de jabalíes y osos. Compartían con sus soldados la primera línia de combate y la parquedad del rancho y el bibac, sustentándose con sólo un trago de agua y un chusco de pan. Eran también ambos buenos generales, como tuvieron ocasión de lamentar sus enemigos.

 

En su juventud, los dos jóvenes leones fueron amigos. El cronista Kinnamos afirma que Manuel estaba muy unido a su primo por haberse criado juntos, habiendo sido compañeros de estudios.

 

Esto lo demuestra también que Manuel prestara a su primo su mejor caballo durante sus primeras campañas turcas. Pese a todo, esto no impidió que, tras la muerte de Juan II en 1143 en Antioquía, y estando Manuel de regreso a Constantinopla para afianzar su corona, al recibir una carta de los turcos informando que habían capturado a Andrónico durante una cacería, aquél se negara a pagar el rescate pretextando la prisa por volver a la capital. Su primo pasaría cerca de un año en manos de sus enemigos hasta que su familia lo liberó. Se cree que aprovechó esta ocasión para hacer amigos en la corte del sultán, cosa que le sería provechosa en el futuro.

 

Asimismo en la guerra turca de 1145-1146, durante una discusión en la que se comparaba a Manuel I con su padre Juan II, el general Juan Auxuch valoró más al primero que al segundo, mientras que la mayoría defendía al hijo (allí presente). Al ponerse de su lado Isaac, hermano del emperador, Andrónico le insultó, y de no haber mediado el emperador y otro primo, Juan Ducas, el ofendido hubiera decapitado al ofensor con su espada. Manuel expulsó a Isaac de su presencia por unos días y despidió a Juan Auxuch de su cargo de portador del sello imperial.

 

Andrónico no mostró signos de descontento hasta que su primo nombró a su sobrino favorito, Juan protovestiarios y protosebastos al perder éste un ojo en un torneo. Al parecer Juan y él eran rivales y desde entonces las relaciones entre los dos se degradaron irremediablemente[3].

 

Tal vez como desquite de esta "traición", Andrónico usó sus considerables dotes de seductor para convertir a la hermana de Manuel, Eudocia, en su amante. Esta relación, escandalosa para la época, fue tan pública como el romance del emperador con su sobrina Teodora.

 

 

 

Inicios de su carrera política.

 

 

En 1152, Andrónico fue mandado a Cilicia como gobernador para someter a los rebeldes príncipes armenios. Pronto atrapó al principal de ellos, Toros, en su fortaleza de Mompsuestia, pero el Comneno, incapaz de renunciar a los placeres de Constantinopla, se acompañaba de una compañía de actores con los que pasaba las noches de juerga, mientras durante el día se dedicaba a denodados ataques. Aprovechando la situación, los armenios atacaron por la noche y derrotaron a sus tropas haciéndose con un rico botín. Andrónico, pero, no cayó en sus redes, sino que montando a caballo, atravesó las filas enemigas con su lanza y se retiró a Antioquía.

 

Manuel recriminó a su primo en privado, pero lo perdonó risueñamente en público, nombrándole duque de Nis y Bran y haciéndose acompañar por él durante su campaña contra Hungría el año siguiente.

 

Ahora bien, en todas esas empresas, Andrónico se hizo acompañar de su amante Eudocia. Esta relación era tan abierta que los hermanos de la muchacha decidieron ponerle fin: una noche éstos, junto con varios amigos, asaltaron la tienda que compartían ambos amantes con la intención de asesinar al galán. Aterrada, Eudocia sugirió a Andrónico que se vistiera de mujer para disimular, pero éste menosprecia la idea y, armándose con su espada, se abalanza contra sus enemigos abriéndose paso a la fuerza.

 

Sospechando tal vez de una traición del emperador, Andrónico empezó una correspondencia secreta con el rey de Hungría y el emperador de Germania. Llega incluso a intentar asesinar al emperador en su tienda disfrazado de soldado italiano con ayuda de sus sicarios armenios, pero la guardia le descubre a tiempo y, intentando huir, es capturado.

 

 

 

El príncipe cautivo.

 

 

Manuel, pero, muestra de nuevo cierta clemencia: encierra a su traidor pariente en una mazmorra del palacio del Constantinopla. Andrónico pasaría en aquella habitación cerca de doce años, lo cual sin duda contribuiría a amargar su carácter.

 

Un día descubrió que el agujero de su comuna tenía algunos ladrillos sueltos. Se afanó a soltarlos y se escondió en el hoyo junto a sus propios desperdicios en un lóbrego y estrecho agujero. Cuando se descubre su ausencia, los guardias dan la voz de fuga: rápidamente se cierran las puertas del palacio y de la ciudad y empiezan su búsqueda. La esposa de Andrónico, pese a ser completamente inocente, fue encerrada en la misma celda que ocupó su marido. Allí ambos esposos se reencuentran e incluso engendran un hijo en aquella torre inhóspita. Luego el cautivo príncipe trata de huir, pero lo capturan de nuevo en Tracia y lo devuelven al "domicilio conyugal" cubierto de cadenas.

 

Andrónico empero no se rinde: aprovecha el relajamiento de la vigilancia para ponerse en contacto con sus amigos, los cuales emborrachan a los guardias y copian las llaves con cera. Luego le consiguen la copia junto con un rollo de cuerda dentro de un tonel. Andrónico abre la puerta tras doce años de cautiverio, desciende de la torre, se esconde en los matorrales y se descuelga de la cerca de palacio por la noche.

 

No termina aquí el plan: una barca le lleva a su casa en Constantinopla, donde se despide de su mujer y sus dos hijos, se suelta sus cadenas y parte a caballo. En Anquialo un amigo le da dinero y ni corto ni perezoso, empieza su camino al norte.

 

Cruza Moldavia y Carpatia sin detenerse, intentando pasar desapercibido, pero en Polonia unos valacos lo identifican. Creyendo que les ha tocado la lotería, le capturan para llevarle a Constantinopla, Andrónico pero no está dispuesto a volver a su acogedora torre tan pronto. Una noche se fuga dejando un monigote con su capa y su sombrero para que sus guardias le crean dormido.

 

En Halic (actual Ucrania), ya lejos del alcance de la venganza de Manuel, se descubre ante el príncipe de la ciudad, Iaroslav, que le acoge como un huésped real. Andrónico no tarda en conseguir ser uno de los favoritos del monarca, destacando en la caza de osos y jabalíes   y adaptándose perfectamente a su nuevo contexto. Obviamente, pero, su relación con el Imperio aún no ha terminado.                        

 

En 1164, el emperador Manuel se enfrasca en otra guerra contra Hungría y llamó en su ayuda a sus aliados europeos. No descartando ninguna posibilidad, el basileus mandó un mensaje a Andrónico ofreciéndole el perdón a cambio de la ayuda militar del príncipe de Halic. El exiliado aceptó, marchando en persona a ayudar a su país junto con un contingente de caballería rusa. Se destacó en varias batallas y, en el asedio de Semlin, volvieron a competir uno y otro en cuanto a proezas bélicas, superando Andrónico al basileus en cuanto a arrojo y furia.

 

Firmada la paz entre los dos reinos, Manuel volvió en triunfo a Constantinopla junto a su rebelde primo, pero la concordia entra ambos no duraría mucho.

 

 

 

Aventuras en Oriente

 

 

En 1165 el basileus estaba preocupado por el futuro de su dinastía: de sus dos matrimonios sólo había engendrado niñas, y le urgía tener un heredero varón. Por eso decidió adoptar como tal al príncipe húngaro Béla, renombrándolo Alexio y prometiéndolo a su hija. La protesta de los nobles bizantinos fue unánime, y su portavoz fue Andrónico, que siempre se opuso a la política prooccidental y latinófila, el cual se negó airadamente a jurar lealtad al nueva heredero.

 

Como castigo, Andrónico lo nombró por segunda vez duque de Cilicia, lo cual constituía en la práctica un exilio. Con todo, nuestro héroe no languideció cansinamente en su agreste provincia, sino que se aplicó activamente en la lucha contra los rebeldes y escurridizos nobles armenios, a los que derrotó hiriendo de gravedad él mismo a su capitán el príncipe Thoros. No obstante, se confía demasiado y le derrotan a su vez.[4] La provincia no conocería la paz hasta que Manuel destinó allí al hábil general Coloman.

 

Olvidando por completo su cargo de gobernador, Andrónico buscó diversiones más sofisticadas que las que podía ofrecer Cilicia y frecuentó la rica Corte del principado de Antioquía, aliado del Imperio. Allí haría una conquista más placentera que las anteriores: la hermosa Filipa, hermana de la emperatriz María e hija del príncipe Raimundo. Tras pasar un agradable verano en la capital de Siria no le fue difícil al maduro don Juan, entre torneo y serenatas bajo la luz de la luna, de seducir a la inocente doncella. De nuevo, no se retrajo de hacer pública su relación, dejando al emperador Manuel en una situación embarazosa, tal y como fue siempre la intención del incorregible Andrónico.

 

El basileus le ordenó salir de la escena una temporada. Dejando atrás Cilicia y a su llorosa y arrepentida amante[5], Andrónico inició el peregrinaje a Jerusalén junto a un grupo de aventureros. Su reputación guerrera, su noble estirpe y su propio encanto le abrieron todas las puertas del reino de Jerusalén[6], incluido la del dormitorio de la viuda de Balduino III, la reina Teodora, de origen bizantino, una encantadora beldad de veintiún años. Se ha dicho que ambos llegaron a pensar en casarse, pero el hecho de ser primos se lo impedía.

 

Esta vez Andrónico se había pasado de la raya. Manuel pidió a todos los reinos latinos de la región que le entregaran al infractor para ser cegado[7], pero Teodora interceptó la carta y advirtió a su amante. Ambos huyeron juntos a la corte de Nureddin, atabeg de Damasco, que les acogió calurosamente pese a ser él mismo un moralista con tintes puritanos. A su nuevo anfitrión tampoco le importó que Andrónico fuera excomulgado por la Iglesia Ortodoxa, aunque se sabe que no se pasó a la fe musulmana. En cuanto al anterior, Amalrico, no le importó deshacerse de tan incómodo huésped, e incluso se alegró de recuperar el feudo de Beirut.

 

Andrónico y Teodora pasaron en Oriente Medio los siguientes años, visitando Damasco, Bagdad y Persia como amigo de Nuraddin, hicieron incluso un largo periplo por Asia rodeando el Mar Caspio hasta llegar a Georgia. Allí, se alió con el modesto emir de Colonia y se convirtió en un "barón bandido", lanzando incesantes razias contra la provincia bizantina de Trebizonda en la que robaba y raptaba a voluntad.                                                                               

Finalmente la reputación de las hazañas de Andrónico llegó a tal punto que el governador de la región tomó medidas para atajar sus correrías: logró capturar a Teodora y los hijos de la pareja y mandarlos a Constantinopla prisioneros.

 

Temiendo por su familia, Andrónico hizo algo que su orgullo haría creer imposible: suplicar clemencia a su enemigo Manuel. Humildemente fue al palacio imperial para postrarse ante el trono llorando y gimiendo con una cadena atada al cuello, sin moverse, hasta que un lacayo lo arrastró hasta el emperador. Allí su humillación movió a piedad al gran Comneno que se decidió a perdonar a la oveja negra de la familia.

 

Manuel y el patriarca absolvieron a Andrónico de sus pecados a cambio de que jurara lealtad al príncipe Alejo, heredero de la Corona. Pero escarmentado de sus tropelías, Manuel le nombró duque y le desterró a Oene, una pequeña y agradable ciudad de Paflagonia donde, entre colinas cubiertas de viñedos, el eterno exiliado tuvo la oportunidad de observar la evolución política del Imperio, rumiar sus agravios y alimentar su odio: su día estaba cerca.

 

 

                                   

Regencia y rebelión (1181-1182).  

 

 

En septiembre de 1181 tras la muerte de Manuel I, gravemente deprimido tras el desastre de Myriokephalon, quedaba como único heredero el único hijo de su segundo matrimonio con María de Antioquía, Alejo II Comneno, un endeble niño de apenas once años. En principio, hasta su mayoría de edad debía regir el Imperio un consejo de regencia.

 

La emperatriz María, siguiendo el deseo de su marido, había tomado los hábitos tras la muerte de su marido, entrando en un convento con el nombre de Xena ("Extranjera") pero en la práctica esto no le supuso ningún cambio en su vida. Poco después asumió la regencia y tomó como válido, consejero y amante públicamente conocido al protosebastos Alejo Comneno, mucho más joven que él.

 

Tal noticia provocó un escándalo en la sociedad bizantina, pues se consideró esta relación, aparte de profana, incestuosa. Además, el origen normando de la emperatriz y sus favorables relaciones con los mercaderes italianos (pisanos y genoveses) le ganaron la animadversión de toda la población, que odiaba a los occidentales.

 

María-Xena optó por gobernar en solitario con su amante, olvidando la tradición política de sus antecesores de buscar apoyo en el clan familiar, los Comnenos, los cales se habían multiplicado y conectado con todas las aristocracias locales y muchas dinastías extranjeras. El suyo fue, por lo tanto, un trono amenazado por todos lados, cuyo único apoyo eran las repúblicas italianas y los mercenarios occidentales y georgianos asentados en la capital.

 

Pronto se organizó un complot dirigido por la princesa María, hija del primer matrimonio de Manuel y su marido, el César Rainiero de Montferrat, que al igual que la emperatriz, era de estirpe normanda vinculada al Reino de Jerusalén. Éstos consiguieron el apoyo del patriarca Teodosio y sobretodo por Andrónico Comneno, que sentía reverdecer sus ambiciones imperiales al ver la inestabilidad actual.

 

En febrero de 1182, los conspiradores se pusieron en marcha: planeaban, al parecer, matar al protosebastos Alejo y formar su propio consejo de regencia. Por desgracia, pese a que las provincias se sublevaron según lo acordado, el intento de asesinato fue delatado y los conspiradores de Constantinopla arrestados. El César y su esposa, pero, se encerraron en Santa Sofía con el patriarca y muchos ciudadanos simpatizantes (incluso mercenarios). Allí resistieron durante dos meses, hasta que se rindieron a cambio de una amnistía para la pareja. El patriarca, pese a ser respetado por todos, fue depuesto, cosa que avivó el descontento contra los regentes. El resto de sus partidarios acabaron en la cárcel.

 

Mientras, Andrónico Comneno reunía partidarios en Paflagonia. Su movilización fue muy lenta, pero por suerte los problemas externos tuvieron ocupados a María-Xena: aprovechando la coyuntura, Béla III tomó Dalmacia, Bosnia y Sirmio, mientras el príncipe serbio Esteban Nemanya repudió la soberanía bizantina. Los turcos, no queriendo se menos, conquistaron una amplia porción de Asia Menor, incluyendo las ganancias de Juan II: Sozópolis, Atalia y Cotyaeum, cortando en dos el norte y el sur bizantinos de Anatolia. Mientras el rey armenio Rubén atacó Cilicia.

                                   

En mayo, Andrónico se puso en marcha por fin hacia Constantinopla. En Calcedonia, derrotó un ejército leal dirigido por otro primo de Manuel, Andrónico Ángelo, que se pasó a su bando. María-Xena puso su confianza en la flota, que debía cerrar los estrechos, pero su almirante, con excepción de los mercenarios italianos, se pasó a la rebelión con barcos y equipos.

 

Viendo que la regencia se tambaleaba, la Guardia Varangiana arrestó y cegó al protosebastos Alejo, arrojándolo a una mazmorra. Ésta fue la señal para el motín popular, que descargó su ira en los almacenes y vidas de los mercaderes italianos, sus clérigos y sus familias. Estos hechos habían tenido un precedente en las medidas adoptadas por Manuel, pero se debió sobretodo a la animadversión que provocaba la riqueza de los italianos, cuya libertad de comercio sin trabas fiscales, otorgada por Alejo I, arruinaban a la burguesía y los artesanos de la ciudad, y al mal recuerdo que dejó el paso de las cruzadas por tierras imperiales. Algunos de los italianos escaparon por mar, dónde se convirtieron en piratas y saquearon durante varios meses las islas del Egeo.

 

El saqueo y la matanza fueron tremendos: se ha dicho que treinta mil italianos (incluidos mujeres y niños) fueron asesinados y tres mil vendidos como esclavos a los turcos, aunque esas cifras seguramente son exageradas, lo cierto es que las relaciones entre Italia y Bizancio quedaron seriamente dañados, y el odio mutuo se acrecentó.

 

Andrónico, cuya xenofobia a los occidentales le habían ganado simpatías populares, no hizo nada para detener los disturbios, pero tampoco para alentarlos[8]. Cuando amainó el furor popular, entró en la capital envuelto en el júbilo de los ciudadanos y reclamó la regencia en nombre de Alejo II. La emperatriz María-Xena quedó confinada en el palacio imperial, reducida ahora a mera comparsa.

 

Aún quedaban, pero, algunos lealistas en el thema tracense, reunidos en torno al gran domestico Juan Vatatzes. Éstos derrotaron un ejército de Andrónico, pero su líder murió de enfermedad pocos días después y sus hombres se rindieron. Sólo entonces Andrónico celebro su fastuosa coronación, en la que Alejo II fue entronizado de nuevo con muestras de respeto. Ahora el "gran rebelde" se presentaba como el experimentado y reputado tutor y protector del joven emperador, poco más que un títere en el trono de Constantino.

 

Pronto los únicos rivales en potencia que le quedaban a Andrónico, el César Rainiero y la princesa María, enfermaron y murieron tan súbitamente que se sospechó de un envenenamiento. María-Xena fue encerrado en un convento, cosa que molestó a algunos oficiales.

 

Se ha dicho que al visitar la tumba de Manuel, Andrónico apartó a sus acompañantes que se inclinaban en ademán de plegaría y murmuró:

 

"Ya no te estoy temiendo, viejo enemigo, que me has arrojado y tenido vagando por todos los climas del orbe. Yaces ya depositado bajo siete bóvedas, de donde no te has de levantar hasta la llamada de la última trompeta. Llegó mi ocasión, y luego voy a hollar tus cenizas y tu legado".

 

Pese al respaldo popular de Andrónico, la situación política seguía inestable: una conspiración de altos funcionarios (el logothetos ou dromoi, el gran duque de la flota y Andrónico Ángelo) fue desmantelada a principios de 1183, y todos sus miembros fueron ejecutados, cegados o exiliados por propia voluntad o por real decreto: Ángelo huyó al Reino de Jerusalén.

 

Más o menos por esta época, se juzgó por traición a la emperatriz viuda Xena-María; se la acusaba sin fundamento de mantener correspondencia con el rey de Hungría. Fue un montaje tan evidente que el patriarca Teodoro dimitió en protesta y hasta el hijo mayor de Andrónico pidió misericordia a su padre. Finalmente, aunque tres jueces prefirieron dimitir a condenar a la desgraciada, la decisión de Andrónico fue irrevocable. El propio Alejo tuvo que firmar la condena a muerte de su madre, la cual fue estrangulada. Luego se quiso malograr la belleza de su cuerpo arrojando el cuerpo al mar.

 

Estos hechos quizá motivaron la aparición de otro complot, que trataba de llevar al trono a un hijo bastardo de Manuel, Alejo Comneno (que estaba casado con una hija bastarda de Andrónico). Descubierto a tiempo, todos los responsables acabaron en el cadalso.

                                                           

El mismo emperador niño seguiría poco después a su madre: fue estrangulado con la cuerda de un arco por los sicarios de su tutor. se dice que el propio Andrónico pateó el cadáver exclamando:

 

            "Tu padre fue un bribón, tu madre una ramera, y tú un mentecato".

 

Luego el emperador se casó con la viuda de su víctima, Alicia, hija de Luis VII de Francia, de sólo trece años de edad. Aunque conservó a su lado a su querida Teodora y a los hijos que tuvo con ella.

 

Así empezó el mandato de Andrónico I Comneno, el último y el más odiado de su casa.

 

 

 

Política exterior: Italia y el Danubio; Iconium y Siria.

 

 

Pronto Andrónico tomó medidas contra el enemigo exterior: tras firmar una paz ventajosa para los selyúcidas, lanzó un rápido contraataque contra los húngaros en 1184, tomando Serdica[9] y Nis y, con ayuda de los serbios de Esteban Nemania, llegó al Danubio por Belgrado. Béla tuvo que firmar pronto la paz, pues estaba en plena lucha por Zara con Venecia.

 

Para contrarrestar las malas relaciones con los turcos, se mandaron emisarios a Saladino, intentando así contrapesar el sultanato de Iconium con una alianza con el sultanato de Síria y Egipto, situado a la retaguardia de éste.

 

Mientras los genoveses y pisanos se vengaban del Imperio mediante la piratería. Para contrarrestarlos, firmó un tratado con la Señoría de Venecia en la primavera de 1185, por el cual se indemnizaba a la república por las confiscaciones de Manuel en 1171 y se renovaban sus privilegios. Esto mantuvo a raya a las otras repúblicas italianas. También se reanudaron las relaciones con el Vaticano, que mandó un nuevo representante a Bizancio en 1183. Para congraciarse con el Papado, Andrónico permitió que se abriera una iglesia latina en Constantinopla.

 

 

 

Política interna: autocracia, represión y revueltas.

 

 

En septiembre de 1183 los hijos de Andrónico Ángelo, Teodoro y Isaac, iniciaron una revuelta en Nicea, Prusa y Lopadio. Contaban con muchos partidarios y algunos mercenarios turcos de Iconio. Esto provocó un enfriamiento de las relaciones con el sultanato y un nuevo acercamiento a Saladino, sucesor de Nuraddin como sultán de Siria y Egipto.

 

Acabada la guerra húngara, Andrónico atacó a los rebeldes: Isaac Ángelo rindió Nicea a cambio de inmunidad, pero tras tomar Prusa a Teodoro Ángelo, lo cegó y ejecutó a muchos de los disidentes, poniendo fin al motín. Algunos, pero, huyeron a cortes occidentales, uniéndose a los que ya estaban allí exiliados, donde instigaron la lucha contra el tirano Andrónico y contribuyeron a aumentar la mala imagen de Bizancio como reino decadente y amoral, corrompido por su lujo.

 

Andrónico, enemigo de la nobleza terrateniente, inició un amplio programa para frenar la expansión del feudalismo y restaurar la administración central como base del poder imperial, tal y como lo fue en la dinastía macedónica. Con mano férrea, puso freno a la corrupción imperante de la administración[10]. Se detuvo la venta de cargos públicos; los funcionarios eran ahora elegidos por su capacidad y remunerados suficientemente para que así fueran menos accesibles al soborno.

 

La práctica más frecuente de los corruptos, el cobro abusivo de impuestos (que a veces parecía más un puro chantaje) fue atajado. Esto se tradujo en una mejora sustancial de la situación del campesinado en las provincias, que respiró más tranquila[11]. En realidad, fue el administrador más capaz de toda la dinastía Comnena. Fue gracias al aumento de los arcas del Tesoro que pudo acometer los múltiples conflictos de su breve reinado.

 

Andrónico también se interesó por las leyes, como demuestran sus intentos de transformar la ley marcial, vinculada al derecho consuetudinario, tal vez para contrarrestar la excesiva dependencia de los mercenarios y la pronoia.

 

Andrónico no sólo estaba en malas relaciones con la nobleza provincial, sino que tampoco mantenía relaciones con sus parientes imperiales. Éstos odiaban su estilo autocrático y envidiaban su posición. El Emperador sólo podía contar con un círculo de agentes y consejeros, aunque trató de crearse un partido favorable entre el proletariado de la capital  practicando la demagogia, el populismo y las ventajas de su honesta administración. A sus hijos les dijo que,

 

"Si antes pudimos tratar con Titanes, también podremos ahora tratar con Pigmeos".

 

Así intentó mejorar las condiciones de vida de los pobres mandando construir una nueva instalación de conducción de agua a la capital, esta medida pero, fue recibida con frialdad, pues los latinófobos constantinopolitanos no le perdonaban que se hubiera aliado de nuevo con Venecia ni que su injustificada "caza de brujas" castigara tanto a nobles como a simples comerciantes y tenderos.

 

Las revueltas internas y la pérdida del apoyo familiar sumieron a Andrónico en un estado de paranoia aguda, en la que arremetía contra todos sus enemigos reales o supuestos. Todo aquel de quien se sospechara mínimamente podía temer por su vida o la de su familia, y era rara la semana en la que no hubiera detenciones arbitrarias, condenas injustas o ejecuciones crueles en Constantinopla. Desde los días de la lucha iconoclastia no reinaba en las calles una fase de terror como aquella. Se ha comparado a Andrónico a Nerón por su paranoia, aunque en mi opinión su carácter se asemeja más al de Tiberio, otro viejo guerrero que se sentía aislado en el trono y sufría de un egocentrismo extremo.

 

En junio de 1185 los normandos de Sicilia, antiguos enemigos, viendo la inestabilidad inherente del nuevo gobierno, decidieron iniciar de nuevo la aventura de conquistar el Imperio. Un gran ejército se puso en marcha, desembarcando en el Epiro cerca de 100.000 hombres. Pronto pusieron sitio a la gran fortaleza de Dirraquio, que cayó el mismo mes. Esto no fue fruto de razones militares (estaba bien defendida) sino de la traición de su comandante, que formaba parte de la nobleza desafecta al régimen.

 

Los normandos pusieron entonces rumbo a Salónica siguiendo la Vía Egnatia. Por el camino encontraron poca resistencia y cercando la segunda capital del Imperio en agosto. Mientras su armada ocupaba las islas de Corfú, Cefalonia y Zane, así como seguramente Creta.

 

En Salónica, la población era partidaria de resistir, pero su comandante militar (David Comeno) era también contrario al gobierno, y su dirección fue nefasta; los normandos minaron las murallas sin problemas y Salónica fue asaltada y saqueada sin miramientos. A Andrónico sólo le quedó destituir a David, pero éste se escabulló del cástigo, por lo que pagó su familia. Los normandos, mientras, se instalaron en la ciudad y empezaron a preparar el ataque a Constantinopla.

 

Al contrario de lo que apuntan varios cronistas, hay que decir que Andrónico no se dejó dominar por el pánico: desde su residencia veraniega en la Propóntide mandó mensajeros a las guarniciones de Asia Menor, Bulgaria y el Peloponeso para iniciar una contraofensiva contra los normandos. No se decidió, pero, a nombrar un general en jefe de la operación, por lo cual las tropas se movieron lentamente.

 

Por desgracia, la tensión afectó los nervios del basileus: su paranoia le hizo creer que aún quedaban traidores a la capital. Mandó una patrulla a arrestar a Isaac Ángelo, un miembro insignificante del clan Comneno, que se rebeló en 1184 en Bitinia, pero que tras ser perdonado, vivía tranquilamente en la ciudad.

 

Éste, sabiendo que le esperaba el cadalso sin merecerlo, tomó su espada, mató a uno de los consejeros del emperador que fue a su casa y se refugió en Santa Sofía. El muerto era Esteban Hagiocristoforito, uno de los hombres de confianza del emperador. Éste convocó a Isaac a la mañana siguiente a su presencia.

 

Allí se fueron reuniendo todos los agravados por el emperador, que buscaron consuelo y venganza en Isaac, descendiente por línea femenina de Alejo Comneno. Éste se dirigió al pueblo y lo enardeció para combatir contra la tiranía de Andrónico con las siguientes palabras:

 

"¿Porqué tememos? ¿Por qué estamos obedeciendo? Nosotros somos muchos, y él es uno sólo. Nuestro aguante es el único vínculo de nuestra servidumbre".

 

El día siguiente estalló un motín e Isaac fue coronado emperador por el patriarca. Mientras su "antecesor" volvió a la capital justo cuando empezó la revuelta y sólo pudo atrincherarse en el palacio.

 

Andrónico, acorralado intentó primero prometer una amnistía, luego renunciar al trono en favor de su hijo mayor, Manuel, un joven prometedor, pero no fue aceptado. Intentó huir secretamente a Georgia por barco, pero fue capturado. Luego le arrastran encadenado ante Isaac, como antes lo fue ante Manuel, pero ni sus súplicas ni las de muchos de sus partidarios consiguen el indulto.                                                                               

Entonces empezó su suplicio: sus víctimas le hicieron desfilar por las calles subido a un camello sarnoso entre burlas de la multitud; a continuación le cegaron y le llevaron al Hipódromo, donde se ensañaron brutalmente con él cortándole las manos, arrancándole el cabello y los dientes. Tras darle un breve descanso, lo cuelgan por los pies entre dos columnas que sostenían un lobo y una lechona, y cuantos quisieron golpearle pudieron hacerlo. Sus únicas palabras fueron:

 

"Apiadaos de mi, Señor; para qué habéis de estrellar una caña ya quebrada".

 

Finalmente, dos soldados italianos lo remataron con sus espadas, poniendo fin a su agonía. La multitud también atacó a Manuel, el hijo de Andrónico, que fue cegado, su otra familia, pero, consiguió salvarse. Dos de sus nietos, Alejo y David, fundarían veinte años después el Imperio de Trebizonda.

 

La situación en la ciudad se hizo caótica; mientras muchas familias celebraron la liberación de sus parientes, encarcelados injustamente por Andrónico, el proletariado urbano saqueó 170.000 nomismata del palacio imperial, conseguidos gracias a la buena administración del tirano.

 

Asentado Isaac, un hombre de escasas virtudes, en el trono, el plan de operaciones ideado por Andrónico empezó a dar frutos cuando Isaac nombró a Alejo Branas general en jefe. Éste atacó a los normandos en Mosynopolis, en la Via Egnatia cerca de la capital, los tomó por sorpresa y los hizo retroceder con graves pérdidas. Alentados por éste éxito, se puso en marcha los siguientes pasos del plan, atacando y derrotando a los normandos en el rió Estrimon, al este de Tesalónico, capturando a sus líderes. los normandos que quedaron en Salónica tuvieron que retirarse apresuradamente a Dirraquio para evitar quedar rodeados. Ésta fue la victoria póstuma que Andrónico consiguió para el Imperio Bizantino.

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

Paul Magdalino, "The Empire of Manuel Komnenos 1143-1180".

 

Georg Mayer, "Bizancio".

 

Steve Runciman, "Historia de las Cruzadas, volumen II".

 

Warren Treadgold, “A History of the Byzantine State and Society".

 

Emilio Cabrera, "Historia de Bizancio".

 


 

[1] De aquí deriva la vanagloria de Mahomet II de su entronque imperial con la alcurnia comnena.

[2] A título de anécdota diré que Manuel, siendo aún príncipe, cargó sólo con su hermano Andrónico y Juan Anxuch contra dieciocho turcos y los puso en fuga. Ya emperador, en un torneo en Italia, derribó a la primera embestida o dos de los mejores caballeros. En combate con los turcos, mató a más de cuarenta enemigos y volvió al campo arrastrando cuatro prisioneros como si de Aquiles tras la muerte de Patroclo se tratara. Siempre se ofrecía a lidiar con los campeones enemigos y siempre les derrotaba.

[3] "Esto, dicen, hirió gravemente el alma de Andrónico" apunta Kinnamos. Se ha dicho también que el distanciamento entre los dos Comnenos se debe a que a Manuel, devoto de la astrología, le habían vaticinado que su sucesor tenía un nombre que empezaba por "A".

[4] Aquí corro el riesgo de ser inexacto: Gibbons, que suele ser fiable, apunta que Andrónico derrotó a los armenios, mientras que Runciman dice que fue derrotado por su temeridad. He querido optar por una solución mixta.

[5] El cástigo de Filipa por su desliz fue casarse con un noble mucho más viejo (y mal parecido) que ella: el Conestable Humberto de Toron.

[6] Donde se le otorgó el feudo de Beirut.

[7] Nota extraoficial: tal vez convertirlo en eunuco hubiera sido más adecuado.

[8] Algunos apuntan, pero, que fueron los soldados paflagonios enviados a Constantinopla por Andrónico los que empezaron el saqueo. Hay que decir, pero, que eso no significa de por sí que él les ordenara hacerlo. Después de todo le interesaba seguir aliado con los latinos.

[9] Serdica quedó tan devastada por el paso de hungaros y bizantinos que cuando llegaron los cruzados alemanes en 1187, aún seguía deshabitada y en ruinas.

[10] Según el cronista Nicetas Coniates "a sus servidores les inculcó que o debían cesar de cometer injusticias o bien debían cesar de vivir".

[11] Coniates: " a quien había dado al César lo que era del César ya no se le exigió nada más: nadie le quitaba, conforme sucedía anteriormente, asta la última camisa del cuerpo, nadie le torturaba a muerte. Pues cual si fuese palabra mágica, el nombre de Andrónico ahuyentaba a los ávidos recaudadores de impuestos".

 

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