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Artículos Históricos
 
José Antonio Gómez Iturralde
 
Guayaquil: ciudad vieja y ciudad nueva
 
Interpretación del plano del Gobernador Grcia de León y Pizarro (Calle del Puente 1995)

Desde 1547, en que la ciudad fue mudada a la cima del cerro Santa Ana, paulatinamente bajó a sus faldas y creció dentro de límites muy estrechos. Por el norte el cerro, por el sur el estero de Villamar (actual calle Loja), por el este el Guayas, y por el oeste los salitrales pantanosos y manglares que comenzaban en la actual avenida Rocafuerte. Abigarrada en el pequeño espacio entre la orilla del río y el Santa Ana, Guayaquil comenzó su expansión urbana.

El ataque pirata que sufrió en 1687, de los franceses D’Hout, Picard y Groignet, la dejó parcialmente destruida, saqueada y sus principales edificios incendiados hasta los cimientos. Esta fue la gota que derramó el vaso, y la intención de reubicarla empezó a cobrar forma “Reconociéndose la mala y tendida planta de esta ciudad, y quemado lo principal de ella”.

El 11 de julio de 1688 en Cabildo Abierto “se confirma la necesidad de mudar la ciudad al puerto de Casones” (a la altura de las calles Aguirre y Elizalde) (…) “atendiendo a la utilidad que será al bien público el que se mude la ciudad (…) acordaron y dijeron que se dé poder a don Antonio de Mestanza (…) pueda pedir sobre ello en la Real Audiencia de Quito”. Lugar que, si bien resultaba igual de indefenso, al menos ofrecía mayor espacio llano que el estrecho y saturado cerro Santa Ana (Este es el comienzo de la configuración de Guayaquil y su revolución urbana como una ciudad amplia y moderna).

El 23 de enero de 1690 se convocó a Cabildo Abierto para tratar sobre la mudanza de la ciudad por los riesgos frecuentes de invasión. El 9 de febrero de ese año, se otorgó poder a Juan de la Peña para planificar la operación. En un documento a medio chamuscar, evidentemente rescatado de un incendio, que corresponde al final de una acta de cabildo celebrado en una fecha no precisada de 1691, figuran todos los vecinos beneficiados con la adjudicación de solares, nómina que fue presentada a la Audiencia para su aprobación. El 14 de julio de 1692 se conoció el consentimiento, por parte de la Audiencia para “la deliniación y repartamiento de solares para la ciudad nueva, y ordena y manda se empiece a ejecutar la mudanza este verano (…) se reasentaron 600 toesas más al sur (…) cada solar sería de treinta varas en cuadrado”.

Julio Estrada en “Guía Histórica de Guayaquil”, dice que “Ciudad Nueva debía constar de 24 manzanas alrededor de la plaza mayor; tendría 5 manzanas de frente (desde la actual calle Luque hasta Colón). y otras 5 de fondo” (entre las actuales Pichincha y Boyacá). El 10 de septiembre de ese año, se designó al Procurador General capitán don Prudencio de Castro “para que se entienda en todo lo que tocare a la mudanza y fortificación.

Todo lo proyectado tuvo una gran oposición de los vecinos que no querían abandonar sus predios, por lo que dirigieron al Cabildo en los siguientes términos: “hablando con el respeto y la veneración debida, se ha de servir vuestra merced de suspender por ahora”. Mas, el incendio ocurrido el 6 de diciembre siguiente, en el cual se quemaron la iglesia Mayor y otras casas principales, obligó a muchos de los indecisos a aceptar el cambio.

La destrucción del templo forzó la terminación de la nueva capilla, y el 20 de febrero de 1693, se puso a discusión la conveniencia de trasladar la iglesia mayor a la capilla erigida en la nueva ciudad. Aunque el solemne traslado del Santísimo quedó postergado hasta que amaine la fuerza del invierno. A mediados de 1694 se inició la construcción de la Iglesia Matriz, la cual quedó concluida al final del año siguiente.

El 17 de agosto del 94 se trasladó la gobernación y en septiembre estaba por concluirse el techo del nuevo hospital. El 30 de diciembre se aprobaron las cuentas para la construcción del nuevo edifico del Ayuntamiento. Y desde el 8 de junio de 1696 el Cabildo inició sus sesiones en Ciudad Nueva y su edificio se concluyó en octubre del siguiente año.

La erección de Ciudad Nueva hay que pensarla como una iniciativa para mejorar sus condiciones. Antecedente de la acción constante de los guayaquileños para crear instituciones autónomas que atiendan y resuelvan regionalmente sus necesidades. Sin embargo, todo fue que la ciudad tenía otro plano, surgió el guayaquileño díscolo e indisciplinado de siempre que empezó a extender la ciudad arbitrariamente. Muchos no quisieron permanecer dentro del perímetro urbano, sino que se instalaron “en solares propios de la ciudad, sin haberlos pagado”, poblando los extramuros y levantando “muchos ranchos”en la sabana sur.

Esta mudanza a Ciudad Nueva significó el inicio de una cruenta lucha entre dos bandos: aquellos que querían permanecer en torno al cerro Santa Ana, sin abandonar sus propiedades y los que a todo trance querían obligarlos a cambiarse con hatos y garabatos. En número considerable se aferraron a Ciudad Vieja, que ocupaba el espacio ya descrito. Para el efecto, el Cabildo dispuso “que no se permita el hacer fabricar casas ni bujío alguno en la Ciudad Vieja”, y llegó a aplicar medidas extremas “y en fin, se hace hasta crueldades para sitiarlos y obligar a los testarudos a cooperar en la obra de común mejora”.

Se presionó a través de la Iglesia mediante la eliminación de la categoría de parroquia a la iglesia de Ciudad Vieja, quedó considerada como vice parroquia, cuya categoría no fue restituida hasta 1782, con el nombre de Nuestra Señora de la Purísima Concepción.Esa misma línea de coacción se llegó hasta a prohibir el público esparcimiento, peleas de gallos, corridas de toros y comedias, con las cuales celebraban, por ejemplo, las fiestas del Rosario.

Al prohibirse a las embarcaciones atracar en la playa de Las Peñas con la finalidad de impedir el ingreso de mercaderías, víveres, etc., se estableció una suerte de bloqueo a Ciudad Vieja: “que habiendo orden de su señoría el señor Presidente, para que ninguna embarcación de ninguna calidad, que entrase a la antigua población a descargar (…) que por dicha orden están dados y condenados los que contravinieren contra ella, y, asimismo, llegan todas las balzas y legumbres a la dicha antigua población y se carece en esta ciudad del pescado y demás bastimentos”. El castigo por violar estas disposiciones consistía en propinar “cien azotes al piloto”.

A fin de coaccionar aun más a los pobladores de Ciudad Vieja, se dispuso que los ranchos y casas que existían desde el puente que llamaban de Villamar, “que se muden a esta nueva población por razones que expresa con dichas certificaciones”. Además se levantó un terraplén (actual calle Junín), desde el río hacia el oeste no solo con el fin de impedir el paso de los vecinos que provenían de esta, sino para hacer ostensible la diferencia de opiniones y la pugna abierta que existían entrambos bandos.

Entre el baluarte de La Planchada y el estero de Villamar, a lo largo de la orilla, se desarrollaba la parte más reciente de Ciudad Vieja. Lo antiguo estaba construido en las faldas del cerro Santa Ana. En este sector se hallaban el convento de Santo Domingo y la parroquia de la Concepción (actual plaza Colón). Todo lo cual, con las medidas restrictivas aplicadas, quedó convertido en barrio de pobres, esclavos, etc. Con el agravante, que su desvalorización fue tan profunda, que no era posible transferencia de dominio alguna.

El crecimiento de Ciudad Nueva se desarrolló en sentido paralelo al río. De norte a sur corrían el malecón o calle de La Orilla, y, paralela a este, la que más tarde se llamaría Calle del Comercio (Pichincha). Hacia el oeste las calles secundarias.La primera era la vía principal, donde se desarrollaba la vida económica de la ciudad, pues por el ría fluía toda la producción agrícola de consumo doméstico y de exportación. Estas calles principales se unían por las transversales más importantes llamadas calles del Tigre y del León.

A principiosde 1700, Santiago de Guayaquil no tenía mayor significación como centro urbano, y no obstante continuar dividida en las referidas dos ciudades, había adquirido una importancia bastante mayor, que la que se debía esperar dada su escasa población. El crecimiento económico es paulatino, hasta el segundo tercio del siglo XVIII en que se produce una explosión en la producción cacaotera y la ciudad da un salto hacia la riqueza y el progreso.

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