El Instituto Biológico Argentino
El Instituto Biológico Argentino nace a partir de una idea del doctor Silvio Dessy, médico bacteriólogo de reconocida trayectoria, quien al momento de imaginarlo no contaba con muchos adherentes a su sueño. Consultó e intentó sumar a su osado proyecto a muchas personas, pero para la mayoría se trataba de algo descabellado, ya que nunca los médicos argentinos habían recetado productos biológicos de origen nacional, y era de suponer que nunca lo harían.
Las aspiraciones del doctor Dessy se vieron concretadas el 7 de enero de 1909, cuando apareció el decreto mediante el cual el Superior Gobierno de la Nación autorizaba la fundación del Instituto Biológico Argentino. A pesar de esto, debió seguir luchando contra el prejuicio de muchos y la creencia general de que aún no había llegado el momento de que la República Argentina se independizara de los laboratorios biológicos extranjeros. Quien sí confió en su idea y ayudó a concretarla fue uno de sus discípulos y gran colaborador, el doctor Armando Marotta.
La nueva entidad no pudo comenzar a funcionar hasta mediados de 1911. El Laboratorio inició sus tareas en el consultorio particular del doctor Dessy, y paralelamente se inició la búsqueda de un lote de cierta extensión donde alojar los laboratorios y los animales. Se eligió la localidad de Florencio Varela por encontrarse a mitad de camino entre la Capital y la ciudad de La Plata, lugares donde los contactos eran más fluidos y los vínculos científicos más estrechos. Optaron por un terreno de una extensión de seis hectáreas, y convinieron con el dueño un precio de ocho mil pesos, pagados en parte con acciones del Instituto en plena etapa de gestación. Las instalaciones se construyeron en base a los planos trazados por el mismo Dessy con la ayuda de los ingenieros Landi y Ballerini (más tarde, Landi sería el administrador del Instituto Biológico Argentino). El equipamiento se obtuvo en base a la confianza que en la época se depositaba en la ciencia, logrando la financiación necesaria a cambio sólo de la palabra.
El primer Directorio tenía como postulado que el Instituto Biológico Argentino difundiese el nombre de la República Argentina en América y en Europa; la investigación y la divulgación científica eran su carta fundamental. En los inicios hubo grandes restricciones, ya que sólo se alcanzaba a cubrir los gastos, pero al poco tiempo el sueño fue tomando forma y se inició un proceso de gran expansión, en particular a partir del éxito comercial de productos como la Tuberculina, el matamoscas Fu-Fu, las Sales de Epecuén y el Pan Biol. A partir de este éxito, se hizo necesario alquilar un petit-hotel en Avenida de Mayo al 1200, para la sección Ventas y Administración del Instituto.
En ese entonces, la institución se encontraba en una fase de crecimiento permanente, y en poco tiempo se constituyó en un establecimiento bien conocido por hombres de ciencias del país y del extranjero. De hecho, en 1922, el Instituto Biológico Argentino tenía representantes en las ciudades más importantes de la República como así también en toda América Latina y en Europa. El crecimiento e importancia del Instituto se ven reflejados en el discurso del profesor doctor Lustig ,en presencia del gobernador de la Provincia, doctor Cantil, cuando se inauguraron algunos de los laboratorios de Florencio Varela: “...Silvio Dessy es un fúlgido ejemplo de ‘Querer es poder’, frase tradicional entre italianos, porque son ellos quienes a menudo la traducen en actos en las más diversas tierras del mundo... El deseo de lucro no podrá empañar jamás la mente de aquellos que tienen en sus manos la suerte de este Instituto Argentino que opera y produce con fuerzas estrechamente vinculadas a la ciencia italiana...”.
Corría 1923 cuando se anunció en un periódico local de Florencio Varela que “[el Instituto Biológico Argentino] adquirió un terreno de 1100 varas cuadradas, en la calle Rivadavia casi esquina Callao, en el que levantará una soberbia construcción de estilo moderno, de diez pisos de alto, en la que se invertirá cerca de un millón y medio de pesos”.
En 1924 se inician las obras proyectadas por el arquitecto Atilio Locatti. La construcción lleva casi tres años. Finalmente, el 3 de agosto de 1927 se inaugura, con gran apoyatura científica, política e internacional, la nueva sede del Instituto Biológico Argentino. Concurren al acto el ministro del Interior, doctor José Tamborini; el embajador de Italia, señor Martín Franklin; el presidente del Departamento Nacional de Higiene, doctor Gregorio Aráoz Alfaro, y reconocidas personalidades del mundo científico.
En Mi vida americana, cuenta el doctor Dessy que el peso de los años torció el destino del Instituto, víctima de la mala administración (que no estaba a su cargo, pues siempre había ocupado el cargo de Director Científico, dentro del directorio). Corrían los años 40, y la situación era ya preocupante; los balances mostraban que el Instituto iba barranca abajo. Dessy planteó la necesidad de no retirar dividendos, propuesta que no tuvo consenso alguno entre quienes se habían acostumbrado a exprimir por demás la institución. Como último recurso, se organiza un sindicato de accionistas, con el fin de virar el carácter científico del directorio a uno de composición más comercial y administrativa. El doctor Dessy confía la presidencia del sindicato al doctor Marotta, hasta ese entonces su hombre leal, con quien había compartido la idea romántica de la ciencia. Indudablemente esta decisión fue letal para Instituto, al que, según explica Dessy en su libro, Marotta le dio una orientación exclusivamente comercial...
En un principio, Dessy queda encargado de una de las publicaciones de la institución, la Revista Sudamericana de Endocrinología, cargo que pasó en poco tiempo a resultar sólo una formalidad. En 1944, el fundador e ideólogo del Instituto Biológico Argentino se aleja de su obra para siempre.
Se desconoce la suerte del edificio en los años inmediatamente siguientes, lo concreto es que en 1949 pasa a manos del Instituto Nacional de Previsión Social, y el Instituto Biológico Argentino muda sus oficinas a la calle Uriburu.
Hoy, el Instituto Biológico Argentino sigue funcionando en la sede de la calle Uriburu. Los laboratorios de Florencio Varela, Biol (tal el nombre comercial que utilizan), están a cargo de la familia López, que había adquirido la institución décadas atrás.