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INVESTIGACIÓN |
Proyectos del CAAI finalizados |
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Proyecto AREA Los archivos de la Arqueología Ibérica: una arqueología para las dos Españas |
Arturo Ruiz, Alberto Sánchez y Juan Pedro Bellón
Una coyuntura de crisis: De Agosto de 1897 a Diciembre del 1898
El día 4 de Agosto de 1897, en tierras de Elche, cuando se construía un bancal para plantar granados y alfalfa, un joven obrero llamado Manuel Campello descubrió un busto ibérico (OLMOS y TORTOSA, 1997). El día 8 de Agosto se publicaba el hallazgo en la prensa local, precisamente el mismo día en que moría de tres tiros de pistola Antonio Cánovas del Castillo, el padre político de la Restauración. Diez días después, el 18 de Agosto, la pieza era vendida al Museo del Louvre y el 30 de ese mismo mes partía para Francia la que iba a ser el paradigma de la cultura ibérica: la Dama de Elche. El que fuera inductor del paniberismo terminó su vida al mismo tiempo que se marchaba el mejor símbolo de sus pretendidos primeros españoles a tierras de extranjeros. Fue la premonición de un desastre que se cerraba un año después. El diez de diciembre del año 1898, se firmaba la Paz de París que daba fin a la guerra hispano-norteamericana y que suponía para España la pérdida de Cuba y Filipinas y el fin de su imperio colonial.
El inicio del siglo XX abría para las gentes de España una reflexión sobre su identidad, pero sobre todo lo hacía en medio de una profunda crisis social y política en la que un nuevo grupo de intelectuales asumía el poder. La crisis coincidía además con la construcción del fenómeno intelectual, en realidad con la invención del intelectual, pues fue ese mismo año cuando Zola escribió J’acusse en L’Aurore en defensa de Alfred Dreyfus. En España, a partir de la puesta en marcha del modelo político canovista, el Decreto Orosio suspendió la libertad de cátedra si se atentaba contra los dogmas de fe, para asentar un principio integrista que hacía de la nación un proyecto sostenido en la voluntad divina, tal y como defendía Cánovas. Su aplicación apartó de la Universidad a muchos intelectuales y provocó, en 1876, la creación de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). Fueron los institucionalistas los que reivindicaron en obras como los Estudios de Literatura y Arte de Giner de los Ríos la importancia de la Historia para construir la identidad, cuestión que no era ajena a los teóricos de la Restauración, pero que ahora tomaba otra forma de expresión distinta al fundamentar sus bases teóricas en conceptos como la Intrahistoria de Krauss o la Cultura Común de Herder, sustituta del contrato social y expresión de la identidad política colectiva: el Espíritu Nacional. En todo caso, la perspectiva idealista de la ILE tampoco fue uniforme desde sus inicios (FOX, 1998, pp. 35 y ss). En los Estudios sobre el engrandecimiento y la decadencia de España de Manuel Pedregal y Cañedo de 1878 se defendía que la regeneración de España debía basarse en la conciencia individual, la libertad de pensamiento y la independencia de la personalidad humana, lo que propiciaba en la obra un ensalzamiento de la Edad Media frente al despotismo de los Austrias. En 1899 cuando se inicio la publicación de Rafael Altamira Historia de España y la civilización española, aunque el autor también ensalzaba la particularidad de la Edad Media, lamentaba la oportunidad perdida con los Comuneros y detestaba el despotismo de los Austrias, sin embargo ahora era el factor castellano, el que como cultura del espíritu español le interesaba destacar. Altamira, seguidor de Spencer, buscaba además un espacio común entre el idealismo y el positivismo crítico (FOX, 1998, p. 50), que a partir de ahora pasaría a ser el mecanismo metodológico paradigmático de los intelectuales de la Institución, a pesar que algunas veces lo desmintieran (VARELA, 1999, p. 254). Puede que parezca extraño un matrimonio teórico de tales características, pero su éxito no deja lugar a dudas cuando se valora en un marco temporal tan amplio como la primera mitad del siglo XX.
Es notorio, a pesar de la coincidencia señalada entre el hallazgo de la Dama de Elche y el resto de los acontecimientos que se produjeron en los años 1897 y 1898, que esta o su venta no motivaran la intervención de los institucionalistas. Sin embargo, algunos años después parecería que el efecto Dama entraba en acción, como si aquella coyuntura aplazada tuviera efectos retardados. En realidad, la coyuntura había puesto en marcha un programa de legitimación de la identidad política de España que llegaría hasta la II República y cuyas consecuencias son observables aún en la actualidad. Se trataba del programa ideológico de un bloque hegemónico nuevo liderado por los sectores más liberales y democráticos de la burguesía española.
La institucionalización de la arqueología española institucionalista
El programa intervino por primera vez en el campo de la arqueología en 1900 cuando dos reconocidos institucionalistas, Saavedra y Riaño, consiguieron del Gobierno Silvela el encargo del Catalogo Monumental y Artístico de la Nación para un joven Gómez-Moreno, a pesar de la reacción contraria de los académicos Rada y Delgado y Rodrigo Amador de los Ríos (GOMEZ-MORENO, Mª. E., 1995). No lejos de este hecho debió estar la decisión que llevo a la desaparición de la Escuela de Diplomática, cuyas enseñanzas de Arqueología impartía Rada y Delgado, que no muchos años antes había escrito la parte de Arqueología de la Historia dirigida por Cánovas, y la inclusión de dichas enseñanzas en la Universidad de Madrid con la creación de la cátedra de Arqueología que ocupó Juan Catalina García.
Como si se tratara de un primer ensayo, las acciones institucionales se multiplicaron entre los años 1912 y 1917. En 1910, bajo el Gobierno liberal de Canalejas, se creó el Centro de Estudios Históricos, CEH, que dirigió desde sus inicios Menéndez Pidal y al que se sumó desde el primer momento Gómez-Moreno. El Centro nació bajo el paraguas de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, JAE, que había sido creada 1907 bajo la dirección de Ramón y Cajal, también institucionalista y premio Nobel. El cometido del CEH era investigar los fundamentos de la identidad española a partir de estudios filológicos, artísticos, filosóficos, históricos y jurídicos (VARELA, 1999, pp. 229 y ss). En 1914 se creó dentro del Centro la sección de Arqueología bajo la dirección de Gómez-Moreno, que junto con las de Filología que llevaba el propio Menéndez Pidal, Arte con Elías Torno e Historia del Derecho con Sánchez Albornoz, definieron la estructura básica que se desarrolló a partir de 1925. En 1912, y de nuevo vinculada a la JAE, nació la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas que estuvo presidida por el marqués de Cerralbo, en este caso un político neocatólico carlista, líder del partido tradicionalista, cuyas coincidencias con los institucionalistas, pudieron estar en la fobia al intervencionismo arqueológico extranjero. Las buenas relaciones entre el marqués y el CEH se dejaron notar cuando el protegido de aquel, Juan Cabré, ingresó en 1917 en la sección de Arqueología con Gómez Moreno, precisamente tras un conflicto con Breuil sobre el Arte Rupestre, del que no parece que estuviera muy lejos el marqués de Cerralbo (MAIER, 1999, p. 236). Fue en 1911 cuando se aprobó la Ley de Excavaciones y Antigüedades, en cuya redacción colaboró muy activamente Gómez-Moreno, y al año siguiente cuando se creó la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades presidida también por el marqués de Cerralbo.
Una serie de datos a tener en cuenta en esta política, que condujo a crear un entramado institucional para la arqueología, se sigue en la política de cátedras y direcciones de Museo. En 1912 y 1916 respectivamente fue nombrado catedrático de Arqueología de la Universidad y director del Museo Arqueológico Nacional J. R. Mélida, un institucionalista. Este panorama se completaba con la Real Academia de la Historia, cuyo peso era indiscutible y que a partir de 1912 fue presidida por un arqueólogo, Fita, con la creación en 1914 del Servei d’Investigacions Arqueologiques del Institut d’Estudis Catalans (fundado en 1907 y para cuya dirección se propuso a Bosch Gimpera cuya formación alemana se hizo con una beca de la JAE) y con el Instituto Francés de Madrid, antecedente de la Casa de Velázquez, que presidido por P. Paris se fundo en 1913 a partir de L’Ecole D’Hautes Etudes Hispaniques de la Universidad de Burdeos de 1909. Tras esta concentración de hechos y fundaciones todavía se abrió una última fase institucionalizadora con la creación de la cátedra de Historia Primitiva del Hombre en 1922 en la Universidad de Madrid, del Seminario de Prehistoria de la Universidad de Barcelona en 1917 que dirigió Bosch Gimpera, del Servicio de Investigación Prehistórica de la Diputación de Valencia en 1928, y de la cátedra de Arqueología en esa Universidad en 1925.
Si la marcha de la Dama de pudo haber despertado este programa político institucionalizador (BOSCH GIMPERA, 1980, p. 52), sin embargo fue la existencia misma de esta estructura la que condujo la mirada de la intelectualidad, buscadora del espíritu nacional español, a dar un segundo paso en su discurso: trasladar el problema nacional a las mismas raíces de la Historia de España. Pero hay algo más para comprender la nueva dirección del proceso. En 1906, Prat de la Riba, un año antes de ser nombrado por primera vez Presidente de la Diputación de Barcelona, proponía en su obra La Nacionalitat Catalana que la génesis del nacionalismo estaba directamente vinculada al trabajo de poetas, historiadores y arqueólogos, y señalaba refiriéndose a los iberos Aquelles gents són els nostres passats, aquella etnos ibérica la primera anella que la história ens deixa veure de la cadena de generacions que han forjat l’anima catalana (PRAT DE LA RIBA, 1998, p. 87). Por primera vez se construía un discurso que reivindicaba a los iberos como origen de una identidad nacional que no era España.
El nacionalismo español en el siglo XIX y los orígenes de la nación española
Para analizar la situación política creada en materia de identidades nacionales y el papel reservado a la arqueología al iniciarse el siglo XX es conveniente valorar conceptualmente que la nación es un concepto muy nuevo en el tiempo histórico. En España los investigadores del tema coinciden en situarlo a comienzos el siglo XIX (RIQUER, 1999; PÉREZ GARZÓN, 1999). Riquer, que interpreta la nación como el fruto de la politización y radicalización de la identidad, divide en dos modelos la nacionalización española, es decir el proceso que conduce a la conversión de los habitantes de un territorio en ciudadanos de un nuevo colectivo político-identitario: la nación. El primer caso correspondería al nacionalismo liberal y se basa en las libertades individuales. Se trata de un proceso estatal cívico en el que no ha terminado de articularse el concepto de nación con el estado. Al contrario, el segundo modelo, que bien podría llamarse de identidad nacional, provoca la sumisión de las relaciones personales al derecho de la colectividad nacional: al interés de la nación que es en su caso el interés del estado, pues es evidente que el proceso ha conducido a la construcción de una identidad entre estado y nación (RIQUER, 1999, pp. 23 y ss.).
En términos políticos el desarrollo del proceso tuvo matices, es por ello que la nacionalización española siguió un proceso en tres etapas a lo largo del siglo XIX, la primera de las cuales correspondió a los primeros cuarenta años del siglo. Desde el inicio de este periodo, en las Cortes de Cádiz se opusieron dos modelos de apropiación del concepto que se pretendía construir. De una parte la posición unitarista que pretendía ver el territorio de la Península como una unidad, representada por el conde de Toreno, y de otra una posición federal, descentralizada y municipalista. Es interesante reseñar que hacia 1835 comenzaron a producirse las primeras reacciones de rechazo del modelo liberal federalista desde la periferia, caso de Cataluña donde la burguesía construía las primeras formulaciones de la Renaixença, un movimiento conservador, que recreaba de forma elegíaca el pasado medieval catalán, mitificaba valores ancestrales y recomendaba el reencuentro con la vida campesina (FRADERA, 1999, p. 96). Que duda cabe que el proceso de nacionalización española tenía muchas más aristas y que no era sólo el del enfrentamiento entre una posición conservadora y centralista y otra progresista y federal, aunque en algunos momentos, como en el sexenio revolucionario que se abriera a parir del 68, llegará a constituirse en el debate fundamental. La nacionalización era en realidad la construcción de un bloque hegemónico en el que por primera vez la burguesía asumía su papel dominante en la estructura política. Pérez Garzón valora esta situación cuando señala que la clave del nacionalismo en el siglo XIX fue la construcción de una nación de propietarios, y cita el artículo 4 de la Constitución gaditana, que señala: La Nación esta obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen, al tiempo que recoge una cita de Locke en la cual se expresaba que la propiedad es lo que más arraiga al hombre a su patria (PÉREZ GARZÓN 1999, p. 66). A partir de 1837, coincidiendo con los inicios de la Renaiçensa catalana, el programa de desamortización de las riquezas del clero favoreció a ricos labradores, comerciantes, profesionales o rentistas de la deuda pública y se marginaron demandas de extensos grupos sociales que pedían la extensión del sufragio, el reparto de tierras comunales o la organización federal del poder. La propuesta de Pérez Garzón supera el concepto de nación dormida que sirvió de base tanto a nacionalistas doctrinarios del canovismo como a krausistas, por no citar a nacionalistas catalanes o vascos. Valga como ejemplo la propuesta de Prat de la Riba sobre el invierno de las naciones en su obra cumbre La Nacionalitat Catalana, cuando señala como punto de partida del despertar la abolición de los fueros catalanes por Felipe V tras la Guerra de la Sucesión, o los trabajos de los hombres del 98 sobre la búsqueda de las raíces de España en Castilla como hacía Unamuno.
A partir de mediados de la década de los cuarenta comenzó la segunda fase del modelo propuesto por Riquer, que llegaría hasta 1875, aunque bien podría separase de ella la etapa correspondiente al sexenio revolucionario, que propuso un cambio de rumbo no consumado. Es sin duda la Constitución de 1845 la que mejor reflejaba la situación creada en esta segunda etapa y la que indicaba que los llamados moderados representaban el triunfo del modelo centralista de estado y de identidad nacional y la limitación de la soberanía popular. Se pasó de considerar los derechos a la libertad y la igualdad política, a dejar que se impusieran los derechos de los propietarios con el sufragio censitario y el principio del interés nacional. Nació así la cultura unitaria para la identidad nacional como ideología con voluntad hegemónica y comenzó a desarrollarse por primera vez el discurso que fomentaba la idea de España como realidad preexistente, como nación única, eterna, católica y castellanizada. Además el modelo situado en un marco político muy inestable se sustentó en una fuerte presencia militarista, por lo que aunque su pretensión fuera la de fundamentarse en el consenso dejó notar demasiado claramente que de no ser aceptado el proyecto se recurriría a la coacción, a la represión derivada de la militarización del orden público. (RIQUER, 1999 pp. 33 y ss).
Fue en estos años cuando se inició la publicación de la Historia General de España de Modesto Lafuente desde donde se propuso el nuevo mito de los orígenes del carácter español al desarrollar la siguiente propuesta:
Los primeros moradores de que las imperfectas y obscuras historias de los más apartados tiempos nos dan noticia, son los iberos.
Pero otra raza de hombres viene a turbar a los iberos en la pacifica posesión de la Península. Los celtas, hombres de los bosques, que no tardan en chocar con los iberos, hombres del río. Mas o demasiado iguales en fuerzas para poderse arrojar los unos a los otros, o conocedores en medio de su estado incivil de sus intereses, acaban por aliarse y formar un solo pueblo bajo el nombre de celtíberos... Los iberos y los celtas son los creadores del fondo del carácter español ¿Quién no ve revelarse este mismo genio en todas las épocas, desde Sagunto hasta Zaragoza, desde Aníbal hasta Napoleón? ¡Pueblo singular! En cualquier tiempo que el historiador lo estudie, encuentra en el carácter primitivo, creado allá en los tiempos que se escapan a su cronología histórica (LAFUENTE, 1930, VII).
La propuesta del mestizaje celtibérico de Lafuente, tenía sus raíces en la Historia General de España de Mariana escrita a finales del siglo XVI (MARIANA, 1848, p. 14) cuando el autor escribía que los celtas pasados los Pirineos y venidos a España de la Galia comarcana, mezclaron su sangre y emparentaron con los iberos y fueron causa de que de las dos naciones se forjase aquel dicho nombre (Celtiberia). Desde un punto de vista étnico Lafuente defendía para la Península una estructura territorial en tres núcleos diferenciados: el suroriental ibérico, el noroccidental celta y el central en el que se mezclaban ambos grupos para dar lugar a los celtíberos (LAFUENTE, 1930, p. 6). Su fundamento, no obstante, fueron siempre las fuentes históricas escritas griegas y latinas y en ningún caso el historiador hizo propuestas de identificación arqueológica de estos grupos salvo por la escritura, que ya había sido objeto de un largo debate en el siglo XVIII (MORA, 1998, p. 75). Su historia teleológica se caracteriza, por lo demás, como un largo recorrido hacia la Unidad Nacional, con una lectura maniquea de los reinados según la aportación al proceso, y en un segundo nivel por su tolerancia, cuestión que contrasta de modo significativo con la práctica política del momento caracterizada por su acentuado autoritarismo.
La construcción de un temario para el debate nacional sobre el origen nacional
Un primer modelo arqueológico sobre los orígenes de la nación española, fue la publicación de la obra de Manuel de Góngora: Las Antigüedades Prehistóricas de Andalucía. (GÓNGORA, 1991). En la parte final de su trabajo el investigador proponía una secuencia parecida a la que Lafuente había elaborado algunos años antes; a saber, la existencia de una primera invasión de gentes iberas, procedentes de Asia y una segunda de celtas que se imponía sobre la ya existente dando lugar a los celtíberos. Pero su propuesta en términos territoriales avanzaba en la construcción de un modelo paniberista que se constituiría en versión oficial a partir de 1875 apoyado en el programa legitimador canovista. Góngora proponía que la primera invasión, la de los iberos, se extendió por toda la Península Ibérica, si bien la llegada de los celtas provocaría un mestizaje inmediato que se hizo patente en la parte norte, salvo para los vascos que quedaron como un núcleo no contaminado de la primera raza ibera. Para Góngora la población del Sur de la Península Ibérica, los bastetanos antes mastienos, que no tuvieron relación con los celtas se mezclaron con los fenicios dando lugar a los bástulo-fenicios. Tiempo después se produjo una nueva invasión también de celtas, esta vez de la Narbonense, que se introdujeron en la Península hasta ocupar parte de la Bética y desde luego el área central: vacceos y lusitanos (GÓNGORA, 1991, pp. 116 y ss.). Con su apoyo, señalaba Góngora, los primeros celtas presionaron aun más sobre el territorio de los iberos. Griegos y cartagineses terminaron de dibujar el territorio étnico peninsular.
En su obra Góngora dio otro paso sustancial en la investigación, al proponer una correlación entre los restos arqueológicos y los pueblos que las fuentes escritas citaban y cuya secuencia él había construido. Para el autor enterramientos colectivos como el de la Cueva de los Murciélagos, que en la actualidad se caracteriza como neolítico, fueron ibéricos, y los dólmenes y obras ciclópeas, como la muralla de Ibros en Jaén, podían ser adscritos tanto a los celtas como a los iberos. Este planteamiento se oponía a la tradición arqueológica anterior que siempre había identificado el megalitismo, fuera del tipo que fuera, con los celtas. Así se había defendido durante la etapa del nacionalismo romántico por autores como Ramis que en 1812 había defendido que los monumentos talayóticos de Menorca eran celtas, como Mitjana, que expresamente cita Góngora, que en 1847 proponía que el dolmen de Menga era un templo druídico, como el mismo Hernández Sanahuja que refería tal autoría para las murallas ciclópeas de Tarragona, o como Murguía que identificaba como celtas los dólmenes de la provincia de Granada.
Un segundo modelo se elaboró en los trabajos de Lasalde, el investigador del Cerro de los Santos, sobre la Bastetania (LASALDE, 1879) Para el arqueólogo escolapio el punto de partida del poblamiento de la Península fue inverso al propuesto por Góngora, ya que fueron los celtas quienes primero poblaron el territorio. Lasalde asumía con ello una vieja tradición que se oponía desde la Historia Critica de España de Masdeu (MASDEU, 1784, p. 107) a la existencia de un único pueblo aborigen para España. Masdeu frente a Mariana o el mismo Lafuente defendió que tanto iberos como celtas eran aborígenes de la Península y que desde ella partieron hacia Europa, en cierto modo se trataba de una propuesta que antecede sin decirlo al africanismo de Tubino, por cuanto proponía una dirección invasionista sur-norte. Pero hemos de volver a Lasalde para añadir que en su propuesta, una vez producida la primera invasión celta se desarrollaría una serie de invasiones que presionaron sobre la población existente hasta conducirla al centro de la Península. Se trata de los galaicos, los turdetanos que ocuparon la Baja Andalucía, los edetanos que se extendieron por Valencia desde el río Júcar al Míjares, los iberos que ocuparon desde el río Míjares al Pirineo y Aragón, y los bastetanos que se extendieron por el sudeste de la Península hasta el río Júcar y cuya procedencia étnica era Egipto. El punto de partida de esta idea pudo estar en los trabajos de Rada y Delgado que, muy influenciado por su viaje de 1871 con la fragata Arapiles al Oriente, en su discurso de entrada a la Real Academia de la Historia interpretaba el Santuario del Cerro de los Santos como el templo de una colonia griega ocupada por egipcios (RADA Y DELGADO, 1875). El discurso de Lasalde contenía una novedad importante, además de la señalada anteriormente que invertía el bloque invasionista ibérico-celta, ya que separaba a iberos de bastetanos y situaba a aquellos en la zona catalano-aragonesa. El mismo año Fita en su discurso de entrada en la Academia de la Historia, basado en los trabajos de un escritor del siglo XV, Juan Margarit, el Gerundense, defendió también que los Iberos una vez llegados del Cáucaso se extendieron en una franja entre los Pirineos y el Ebro (FITA, 1879). Todo ello unido a la propuesta de Góngora sobre una reducción de la población íbera al área pirenaica, tanto oriental-catalana, como occidental-vasca contribuye a caracterizar la existencia de tres temas que sustentarán, con el tiempo, el debate arqueológico sobre los primeros pueblos que habitaron la Península Ibérica y por ende el debate nacionalista:
El tema de la procedencia, asiática, africana o autóctona, de los iberos
El tema de quienes, iberos o celtas, fueron los primeros en ocupar la Península
El tema del área peninsular, toda o parte, ocupada por los iberos
El tema del mestizaje con otros aborígenes, invasores o colonizadores
El paniberismo de 1875 a 1898 la primera aproximación a un programa inacabado de legitimación histórica
Fernández Guerra, de quien Góngora había tenido apoyo en la obtención de la cátedra de la Universidad de Granada (PASTOR y PACHÓN, 1991), y que a su vez era correligionario y amigo personal de Cánovas del Castillo, tal y como había demostrado apoyando en 1879 a Menéndez Pelayo contra Joaquín Costa en la cátedra de Madrid (VARELA, 1999, pp. 38 y ss), dio una excelente acogida a la propuesta paniberista de Góngora sobre la ocupación de toda la Península por los iberos. Pero para demostrar este hecho fue, al parecer, la premisa previa sobre la identificación de los restos megalíticos y ciclópeos como posibles obras iberas que el prehistoriador planteaba, lo que más le interesó no solamente a él, sino al programa político canovista. En 1890 se publicó una nueva Historia de España dirigida por el propio Cánovas en la que participaron para elaborar la parte arqueológica correspondiente Vilanova y Piera, y Rada y Delgado, el cual había sido nombrado director de la recién creada Escuela superior de Diplomática (VILANOVA Y PIERA y RADA Y DELGADO, 1893). El discurso siguió un esquema positivista basado en una secuencia de edades tecnológicas y una exhaustiva descripción de todos y cada uno de los hallazgos habidos. Es interesante observar que la única disgresión teórica que se plantea en el trabajo es precisamente para corroborar la propuesta de Góngora sobre la paternidad ibera de los monumentos megáliticos. Este investigador trató de desmentir, a partir de los trabajos de Sempere i Miquel, la negativa de algunos investigadores a que en el área ibera existieran sepulcros megalíticos. Sempere i Miquel demostraba que estos existían en Cataluña. No hay que olvidar que a este momento antecedían (si no en fecha de publicación, sí al menos en el momento en que se gestó la idea) dos trabajos póstumos de autores catalanes que incidían sobre el mismo hecho: el primero recopilado y publicado por el propio Sempere i Miquel en 1879 fue Apuntes Arqueológicos de Martorell i Peña, muerto el año anterior y que había excavado en 1858 en Mallorca monumentos talayóticos. Defendía el investigador, a partir de trabajos lingüísticos de autores de la Reinaxença como Mila i Fontanals y paralelos europeos, que los megalitos y la arquitectura ciclópea era ibera y no celta. El segundo, de 1892 y editado por E. Morera, también era obra póstuma de Hernández Sanahuja, y recopilaba las conclusiones que el autor venía defendiendo desde muchos años antes: que los primeros pobladores de Tarragona no eran los aborígenes vascoides sino los iberos cosetanos que habían construido el primer núcleo de la ciudad. Después Hernández Sanahuja defendía la invasión celta, coincidiendo con la reducción del asentamiento a la acrópolis, y posteriormente señalaba la ocupación sucesiva de etruscos y griegos. Hernández Sanahuja, como Martorell, apostaban por la paternidad ibérica de los megalitos y las estructuras ciclópeas, pero no lo hacían por el paniberismo, en cambio Vilanova y Rada sí utilizaban la opinión de Sempere o Góngora para proponer que desde el Paleolítico los iberos ya constituían la base étnica de la población peninsular. Así lo venía defendiendo Vilanova y Rada al referirse a las hachas de pedernal. Según él, la presencia de las hachas en la Península dan al aborigen ibero una fecha mucho más remota que la atribuida a los restos encontrados en condiciones análogas en otros países del continente europeo (VILANOVA Y RADA, 1889, tomada de MÉLIDA, 1906, p. 15).
Con todo fuera de esta primera aseveración, bastante importante por otra parte, el paniberismo no fue un producto acabado en este periodo, quizás por que no se había producido aún una obra como la de P. Paris, que identificara la cultura material ibérica con los iberos (PARIS, 1903-4), o quizás porque la fragmentación política de los iberos no terminaba de convencer a los teóricos de la Restauración, que preferían modelos histórico-políticos más sólidos y fuertes. Cánovas, que había escrito en 1854 un primer tratado de historia española sobre el significado de la decadencia que los Austrias habían representado para España, concluía que el inicio de aquel proceso residía en la inestabilidad que había impuesto la política provincialista de los Reyes Católicos, que no había sido capaz de lograr una verdadera unificación del territorio español. Para Cánovas ni los griegos, ni las ciudades del Renacimiento Italiano representaban una nación civilizadora y la causa era la debilidad política que le propiciaba su carácter municipal que a su vez le procuraba la anarquía. (CÁNOVAS, 1981, p. 142). Si este era su pensamiento puede entenderse que de los iberos solamente le interesara dejar sentado que con su ocupación de todo el territorio peninsular marcaban el inicio del unitarismo. Estamos en la tercera fase de la secuencia de Riquer, cuyo desarrollo propone el historiador a partir de 1875, y que abrió el proceso de restauración de la monarquía borbónica. El programa político de Cánovas, tras la experiencia traumática del sexenio para los conservadores, llevaba a proponer una verdadera involución basada en un programa político conservador y centralista, procuraba la desmovilización de las masas y el consenso entre notables (RIQUER, 1999, p. 44). El proyecto renunciaba a la nacionalización social, es decir, a la incorporación a un proyecto de consenso de la masa social, a diferencia de lo que sucedía en esos momentos en otros países de Europa.
Por todas estas razones, desde el punto de vista de la construcción nacional, el programa hegemónico de la Restauración desarrolló aun más los aspectos conservadores de la versión nacionalista isabelina y fruto de este posicionamiento fue el papel dominante que adquirieron los aspectos religiosos en el nuevo programa, que acabaron definiendo un valor esencialista en la caracterización de España. La Fe asociada a la Nación se situó por encima del ciudadano: Que las naciones son obra de Dios o, si alguno o muchos de vosotros lo preferís, de la Naturaleza. Hace mucho tiempo que estamos convencidos todos de que no son las humanas asociaciones contratos según se quiso en su día; pactos de aquellos que libremente y a cada hora, puede hacer o deshacer la voluntad de las partes (CÁNOVAS, 1981, p. 143).
El último paso del paniberismo esta en el discurso que Mélida, un reconocido institucionalista, ofreció a los académicos de la Real Academia de la Historia en 1906. Con constantes citas a Vilanova y Piera para justificar el carácter aborigen de los iberos, Mélida citaba que tras la llegada de los colonizadores egipcios y micénicos, las tribus iberas pasaron por virtud de tan saludable influjo a su adolescencia, o sea a la edad de los metales, no todas a un tiempo ni en breve término, sino aislada, sincrónica, trabajosa y paulatinamente. Además, mientras en unas comarcas vivían prósperos y adelantados colonizadores y colonizados, muy cerca, al otro lado de un río o una cordillera, vivían tribus indígenas en plena edad neolítica (MÉLIDA, 1906, p. 23)
Mélida proponía la existencia de un pueblo, que en las lejanas etapas del paleolítico llegó de Africa y que sucesivamente fue ascendiendo a la civilización, como si de la vida de un ser humano se tratara, gracias a la presencia siempre constante de grupos colonizadores: egipcios, micénicos, tirios y cartagineses. En su trabajo la referencia a la presencia céltica es marginal y tardía. Ahora bien, la clave del trabajo de Mélida es que creaba un puente entre el paniberismo de la etapa canovista de Rada y Delgado y la posterior teoría hispánica de Gómez-Moreno.
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Foto 1. Arriba: Santuario ibérico de Castellar, Jaén, 1914 (Real
Academia de la Historia, Madrid). |
De la Reinaxença al Noucentismo en Cataluña, y el vascoiberismo. Uno caso de ida y otro de vuelta
Aunque el poema Oda a la patria de Aribau publicado en 1833 marca el inicio de la Reinaxença, fue la obra de Víctor Balaguer Historia de Cataluña y de la Corona de Aragón la que de una parte comenzó a popularizar la historia catalana, y de otra advirtió sobre la los efectos negativos que tenía la identificación entre Castilla y España al negar la identidad nacional catalana dentro de España (FOX, 1998, p. 70). Balaguer, señala Fraderas, tuvo como proyecto político y cultural fundir una mitificada libertad medieval catalana con un proyecto liberal de su tiempo (FRADERA, 1999, p. 95). Lo que se presentaba bajo el paradigma del nacionalismo romántico de los liberales revolucionarios, pronto cambió a fórmulas mas conservadoras al modo que había ocurrido en el ámbito conceptual y político del nacionalismo español. Fue entonces, de la mano de Mila i Fontanals y Piferrer, cuando se construyó el programa cultural de la Reinaxença. Este programa se basó en una visión de un mundo rural recreado idílicamente y en la recuperación de los valores ancestrales que reconducían la jerarquía familiar, social y sexual hacia la religión, y que desconfiaba del potencial revolucionario del nacionalismo romántico (FRADERA, 1999, p. 95). En 1860 Juan Cortada construye las bases del prototipo secular del catalán: laboriosidad, espíritu económico, formalidad, independencia, etc. En opinión de Fradera, a partir de 1843 y al tiempo que se fraguaba el estado nacional de los liberales isabelinos, en Cataluña se construía el doble patriotismo con la aparición de un programa ideológico de integración en España como una nación que debía ser patria común de identidades. En realidad, en esta primera etapa del nacionalismo catalán la construcción ideológica de la Reinaxença es una reacción tanto a la existencia de otras posiciones dentro de Cataluña, que podían condicionar la afirmación de la burguesía como bloque hegemónico (carlistas, demócratas y militaristas), como al centralismo uniforme que potenciaba el modelo isabelino de nación (RIQUER, 1999, p. 41)
El proceso cobró una nueva dimensión en las últimas décadas del siglo cuando Almirall escribió en 1886 Lo Catalanisme. Fue desde este texto desde donde se aceleró la oposición entre la castellanización que dominaba el nacionalismo español y una Cataluña que aspira a ser ella misma. Un año antes, el propio Almirall había contribuido a escribir el Memorial de Greuges, que sumaba al movimiento catalanista la burguesía industrial catalana. Prensa en catalán (L’Avenç, Diari catalán), presencia de los nacionalistas en plataformas ciudadanas (Ateneo de Barcelona), edición de nuevas obras literarias (L’Atlantida de Verdaguer, los poemas de Maragall o los dramas de Guimera), organismos políticos nuevos, aunque efímeros, (la "diputación catalana" que organizada por Balaguer y Durán i Bas en 1880 tenía como cometido impulsar la unidad del voto catalán para temas relacionados con Cataluña), terminaron de caracterizar el catalanismo modernista y abrieron el camino a la politización de nacionalismo (RIQUER, 1999, p. 50). La mejor expresión de esto último se encuentra en Prat de la Riba y su obra La Nacionalitat Catalana en 1906.
Desde el punto de vista de los programas de legitimación histórica, el proceso seguido entre Almirall y Prat de la Riba muestra un cambio importante. Si el primero limita su base de referencia a la Edad Media como el punto de partida de las diferencias entre Castilla y Cataluña y en la identidad de Austrias y Borbones con el castellanismo, el segundo viaja algo más en el tiempo hasta encontrar a los iberos como punto de partida de la identidad catalana. Es también Prat de la Riba quien identifica el espacio territorial ibérico con la zona de habla catalana al tiempo que es él mismo quien, desde la Diputación y con Puig i Cadafalch, inicia los trabajos en el núcleo de mayor interés arqueológico del catalanismo: Ampurias, el centro griego que ejercía la força d’atracció propia de les grans capitals, s’havia constituit en centre de nombroses comarques. Doncs bé, el rastre de la seva influencia, s’ha trobat dintre de les fronteres de l’etnos ibérica , i en el primer tractat entre Roma i Catago es fixa el limit sud de Roma i les seves aliades –entre les cual hi havia Empuries- a l’indret de Murcia, limit sud de la llengua catalana. (Prat de la Riba 1998, p. 90). Es evidente que el inicial paniberismo de Rada no había sido asumido por el catalanismo de Prat de la Riba y que en cambio habían calado las visiones restrictivas de los momentos avanzados del modelo de Góngora, que dejaba al final un núcleo ibérico no contaminado por el celtismo en el Pirineo, o de los trabajos de Lasalde, que hablaban de unos iberos limitados al área catalana y aragonesa. También conocía Prat de la Riba (PRAT DE LA RIBA, 1998, p. 87) la obra de Bonsor puesto que de éste había recogido la teoría de la invasión tartésica de las tierras valencianas tras la conquista cartaginesa del valle del río Guadalquivir a fines del siglo VI a. n. e. (BONSOR, 1922).
Si los nacionalistas catalanes buscaban en los iberos sus orígenes, unos años antes, en 1892, Sabino Arana desarrollaba un discurso de trayectoria contraria en su obra Bizcaya por su independencia, para destacar que en los orígenes del nacionalismo vasco Bizcaya tuvo la dignidad de conservarse pura e intacta en medio de las inmigraciones ibérica y céltica y la altivez de despreciar el fasto del Imperio Romano. (trad. de DUPLA y EMBORUJO, 1991, p. 110). Terminaba con ello un siglo de debate sobre la vinculación de iberos y vascos que se desarrolló sobre dos corrientes teóricas. De una parte el vascoiberismo, que identificaba la lengua vasca como un residuo puro de la cultura ibérica y que se mantuvo en la base de los planteamientos de la arqueología nacionalista española de corte liberal (GÓMEZ-MORENO, 1948). Por otra parte Arana omite el vascocantabrismo, corriente que sin ser opuesta a la línea anterior proponía una vinculación entre vascos y cántabros en origen, y que fue rota por el proceso de romanización que supuso la latinización de los segundos (DUPLA y EMBORUJO, 1991). Arana sin embargo no rechazó el principio de imbatibilidad de los vascos, que al fin y al cabo reforzaba su independencia, pero en cambio no vinculó a estos con los cántabros y se alejó con ello del largo debate que había presidido la identidad vasca desde el siglo XVI. De hecho en 1882, Vicente Arana publicó Los últimos iberos leyenda de Euskaria, que contribuía a construir, con leyendas como la de Lelo, la red legitimadora de identidad a partir de textos literarios sobre mitos vascos, campo este que ya había sido iniciado con la leyenda de Aitor, el patriarca ibero, que Chao recoge en su obra Aitor leyenda cántabra. Chao representaba la síntesis entre las posiciones fueristas y el proyecto político carlista que tan ligados estuvieron durante el siglo XIX a la construcción del nacionalismo vasco. Precisamente en esa marcha hacia atrás que venimos haciendo no hay que olvidar la obra de Erro y Espiroz, ministro potencial del aspirante carlista al trono de España, que en 1806 publicó Alfabeto de la Lengua Primitiva de España y explicación de sus más antiguos monumentos de inscripciones y medallas, donde escribía, al estudiar el vaso con inscripción ibérica de Castulo, en Jaén, que esta era ciudad vascongada. (ERRO Y AZPIROZ 1806, p. 144). Tampoco debe obviarse el trabajo de Larramendi Discurso histórico sobre la antigua famosa Cantabria donde sentaba las bases programáticas del vascocantabrismo sobre la invencibilidad de los vascos a partir de datos directamente tomados de las fuentes históricas antiguas (DUPLA y EMBORUJO, 1991, p.108). No es descartable que en el pensamiento de Sabino Arana existiera, para construir el nacionalismo político vasco, un programa ideológico para romper con aquellos lazos históricos que unían la identidad vasca al carlismo y que se siguen en autores como Erro o Chao. Es importante, no obstante, resaltar que fue la política canovista la que en 1876 abolió definitivamente los fueros y provocó que el carlismo desde su posición tradicionalista tomara su recuperación como bandera, y que la sociedad de Vizcaya registró entre 1886 y 1900 un incremento demográfico de proletariado industrial externo a la zona, muy superior a la media española, que desajustó las bases sociales de identidad que se fundamentaban en los valores rurales. (FOX, 1998, p. 95).
El aprecio que el carlismo tuvo en todo momento por la singularidad vasca pudo ser, escribe Juaristi, la clave del posicionamiento de Arana contra el origen ibero o celta de los vascos. El sostenimiento del mito esencialista de España exige que los vascos formen parte inalienable de la Nación, pero también paradójicamente que constituyan una comunidad diferenciada, perspicua, reconocible de inmediato por unos rasgos culturales, lingüísticos e incluso raciales no compartidos por el resto de los españoles. De hecho, el nacionalismo español encomendó tácitamente a los vascos la función de representar a la España arcaica y eterna. La mitificación de los vascos como detentadores del misterio de los orígenes de España es un elemento primordial del nacionalismo español, que busca fundamentarse en bases identitarias e historicistas. (JUARISTI, 1992, pp. 101 y ss).
Mueve pieza Cataluña: La teoría de Bosch Gimpera
Un año después de la publicación de la Nacionalitat Catalana de Prat de la Riba, en 1907 se crea el Institut d’Estudis Catalans. Es en ese mismo año cuando por propuesta de Puig i Cadafalch y con la oposición de Pijoan se compra Ampurias Desde entonces y de forma continuada salvo en los años de la Dictadura de Primo de Rivera hasta la proclamación de la República, la bandera arqueológica catalana fue la excavación de Ampurias que dirigió Puig i Cadafalch con Gandía y Cazurro. Sin embargo, es la creación del Servei en 1914 la que termina de ajustar las pretensiones de legitimación, que Prat de la Riba anunciaba en su obra sobre los orígenes de Cataluña, con datos arqueológicos directos. Bosch Gimpera, llegado de Alemania de trabajar con Vilamovittz, Friekenhaus, Kossinna y Schmidt y vinculado a los programas nacionalistas, pues fue él quien tradujo la obra de Homero para que Maragall la versificara, será quien llevará adelante el programa de investigaciones con la colaboración de Corominas, Duran i Sempere y Matías Pallares en un primer momento y muy pronto de Pericot y Serra Rafols.
Cuando se valoran las actuaciones habidas en los años posteriores a la creación del Servei llama la atención que aparte de los trabajos desarrollados en Cataluña (Olerdola, Fontcaldes en Valls o Nec de Perelada entre otros) se promovieron una serie de campañas en asentamientos del Bajo Aragón. Estas comenzaron ya en 1914 con la excavación de la Gessera y Tossal Redo en el área catalana de Tarragona, y continuaron en 1915 con Escodines, bajo la dirección del propio Bosch con Pérez Temprado y San Antonio de Calaceite y otros lugares. Precisamente en Calaceite, Pijoan había conseguido en 1902 una colección cerámica para el museo de la Ciutadella de Barcelona y algunos años después Cabré excavó en él. Desde 1916 a 1920 Bosch aumentó las intervenciones con Pérez Temprado en San Cristobal y Piuro del Barranc Fondo, y él continuó con San Antonio de Calaceite, La Gessera y Tossal Redo. Fue también en esos años cuando Cabré y el grupo bajoaragonés continuaron sus intervenciones en Miraveta de Cretes y Castellans de Calaceite. En 1921 también excava con Senent en Castellón, concretamente la Torre de Foios de Lucena del Cid. En 1915 Prat de la Riba había creado una serie de fondos especiales para excavar en zonas de habla catalana fuera de Cataluña. Pero algún tiempo después sabemos cual es el objetivo de la intervención sobre el valle del río Matarrañas, cuando en 1922 Bosch Gimpera hizo su discurso de entrada en la Academia de las Bones Lletres de Barcelona: Assaig de reconstrucció de l’Etnologia de Catalunya.
La secuencia que elaboró Bosch Gimpera partía de la existencia de un grupo cultural pirenaico que pudo existir durante el Neolítico Final, procedente de la cultura capsiana, cuyos orígenes se remontan al Paleolítico Superior, y al que se le sumaron grupos de la Cultura de las Cuevas. Este núcleo dio lugar en la segunda Edad del Hierro a un grupo cultural no ibérico que en opinión de Bosch Gimpera se repartía en dos áreas. Una muy activa localizada en la costa, que definió como indigete-sordon y que en su desarrollo había dado lugar a los layetanos, cosetano y lacetanos, y otra pasiva y tradicional, localizada al interior que llamó ausetano-cerete. El primero de los dos grupos había recibido influencias hallsttaticas durante la primera edad del hierro, de la Cultura de Almería durante el Eneolítico o de la Cultura del Argar en la Edad del Bronce. Sin embargo estas relaciones solamente habían servido para generar un grupo muy activo que esencialmente había mantenido su carácter original y que siempre tenía como referencia al núcleo interior intacto y no cambiante. Cataluña contaba también con un tercer grupo poblacional situado en el Valle del Ebro y que se extendía a las áreas de Lérida y Tarragona. Se trataba del grupo edetano-ilergete y en concreto de los ilergetes, que procedían de la ya aludida cultura de Almería, después cultura del Argar. La tesis de Bosch Gimpera destaca que las puntas de lanza hacia el Sur del grupo activo no ibérico indigete-sordon, cosetanos y lacetanos presionaron unos por la costa y otros por el Alto Llobregat sobre la población ibérica desplazando hacia Lérida a los ilergetes y dominando a los ilercaones.
La estructura del pensamiento de Bosch Gimpera se mueve de una parte en la descomposición del núcleo original de identidad en dos subgrupos, uno permanente y otro activo, y de otra en la recreación de un área territorial de expansión. La primera de las cuestiones, que se ordena en la separación entre la costa catalana muy activa y una zona interior y próxima a los Pirineos en la Plana de Vic, preferentemente recuerda las premisas sentadas en el discurso de Jaume Bofill, hombre de la Lliga, sobre el clasicismo nacional que defendiera en 1907, un año después de la publicación de la obra de Prat de la Riba. En opinión de Bofill el nacionalismo necesita compaginar un programa expansivo con un núcleo original, no contaminado, que sea referencia de las raíces nacionales. El modelo también estaba en la obra de Prat de la Riba cuando escribía que la clave del renacimiento de Cataluña era la pagesia, refugio espiritual de la nación, y que el expansionismo nacional o el imperialismo es el periodo triunfal del nacionalismo de un gran pueblo, basándose en las propuestas de los norteamericanos Emerson y Roosevelt: Els pobles bárbars, o els que vant en sentit contrari a la civilizació, han d’esser sotmesos de grat o per fosa a la direcció i al poder de les nacions civilitzades. Les potencies cultes tenen el deure d’expansionar-se sobre les poblacions endarreides....Patriotisme y expansio han de menester en la societat internacional d’avui l’ajuda de la guerra (PRAT DE LA RIBA, 1998, p. 110). El modelo de Bosch contiene las tres unidades propuestas: un núcleo original no contaminado: los auso-ceretes, un área activa y expansionista: los indigetes-sordones con grupos dedicados a la acción expansiva en cosetanos y lacetanos, y un territorio que Bosch reconoce mas civilizado pero menos activo: los ilergetes e ilercavones o en expresión étnica los iberos que se extienden hacia el sur por el territorio edetano. En 1932 Bosch perfila mejor esta lectura al señalar que los orígenes de la cultura ibérica estarían en la cultura de Almería y que este pueblo se extendería también por todo el sudeste. Sin embargo, señala el investigador, que la expansión tartessia hacia el sudeste peninsular dio lugar a los mastienos, que por esa influencia ya no se definieron étnicamente como iberos (BOSCH GIMPERA, 1932). De este modo se mantendría un área ibérica que coincidiría a grandes rasgos con las zonas de habla catalana y que sería el área natural de expansión de unas tribus no ibéricas que constituirían el punto de partida de lo catalán. Tribus no exclusivas de Cataluña y en ningún caso confundibles con grupos étnicos que pudieran estar en otros territorios peninsulares. Aunque se modificaba así la teoría del origen ibero de Cataluña de Prat de la Riba, se reforzaba la singularidad catalana y se conservaba lo ibérico para el círculo cultural "catalan", en tanto lo tartéssico se disponía al sur configurando un segundo círculo, y lo céltico al oeste de la Península.
El turno del nacionalismo español: La teoría de Gómez-Moreno
La corriente nacionalista española también presentó en 1925 sus propuestas. Gómez Moreno presentó un borrador a la Real Academia de la Historia destinado a formar parte de un Manual de Historia de España que nunca se publicó. Sin embargo sí tuvo expresión publica a través de la Novela de España publicada en 1928. Es importante anotar que este trabajo, junto al Ensayo de Prehistoria Española de 1922 y el preámbulo historial de 1923, se publicaron por primera vez en 1949.
Gómez-Moreno conocía sin duda la posición de Bosch Gimpera, por esta razón matiza considerablemente los planteamientos que un institucionalista como Mélida había hecho en 1906. Para ello sustituyó la teoría paniberista por el uso del término hispánico. Este hecho posibilitó que pudiera valorar propuestas como la de Bosch Gimpera que, como se ha señalado no hacían extensible el área ocupada por los iberos a toda la Península Ibérica, y también le permitió un discurso más liberal en el que es frecuente la aparición del espíritu español como síntesis y prueba de diversidad: en punto de complejidades raciales de abolengo la población española llega a términos extraordinarios; y gracias a ello conserva una fuerza vital poderosa (GÓMEZ-MORENO, 1949, p. 28).
Gómez-Moreno situaba en el Neolítico la primera población española: los iberos, que debió ocupar toda la Península. Un proceso interno guiado por una influencia oriental, quizás cretense-micénica, o una verdadera invasión oriental produjo una ruptura entre el sur y el noreste peninsular debido a que durante el Eneolítico se formó la cultura tartéssica y el resto de los pueblos iberos siguieron su camino histórico al margen de los grupos desarrollados del sur. Durante el bronce la llamada Tartesside Oriental, es decir, el sudeste, en el también llamado periodo mastieno, se expandió hasta las Baleares. Después sucesivamente se produjeron las invasiones de ligures, procedentes de Tracia o Iliria que ocuparon el norte, oeste y centro (cántabros, astures, austrigones, galaicos, lusitanos, vetones y vacceos), fenicios, que se extendieron por la costa del sur, y celtas, que tras pasar a las ordenes de los tartessios ocuparon Galicia y formaron el territorio celtibérico. Entre tanto quedo un núcleo ibero formado por vascones, ilergetes, ceretes, indecetes, lacetanos y edetanos (GÓMEZ-MORENO, 1949, p. 34).
Esencialmente el modelo discursivo de Gómez-Moreno parece ajustarse sin grandes problemas al de Bosch ya que respeta las zonas que este había marcado para iberos y tartessios-mastienos, sin embargo la propuesta teórica de Gómez-Moreno no discrimina entre iberos y tribus no iberas de Cataluña (aunque en 1923 admitía la posibilidad, como proponía Bosch, que hubiera existido una área de población pirenaica. De hecho en su trabajo de 1923 no cita a los indecetes entre los pueblos iberos) (Gómez-Moreno 1949, p. 80). Ahora bien, el investigador de la escritura ibérica utiliza su conocimiento de la epigrafía ibérica y su posición favorable al vascoiberismo para defender que el núcleo residual ibero, núcleo original de identidad español, era más amplio ya que quedaba situado desde el área vasca hasta Valencia. De este modo, aun aceptando la diversidad en sus planteamientos, instalaba el núcleo original de identidad de lo español sobre los mismos núcleos en los que se fundamentaban los nacionalismos vasco y catalán.
Por lo demás la matriz nacionalista empleada por Gómez-Moreno repitió estructuralmente el modelo catalanista de Bosch. Añadió al núcleo ibero de identidad original de lo español, una zona activa identificada en la Tartéside andaluza y desde ella un programa expansionista que se deja ver durante la edad del Bronce hacía las Baleares y después con la punta de lanza de los celtas sobre la zona central y noreste de España.
La propuesta del término hispánico que sustituye al ibérico, ya restringido al área nuclear de identidad, fue inmediatamente aceptada por los investigadores de CEH. Así se comprueba en la publicación por Cabré de la cámara de Toya (CABRÉ, 1925), o en los trabajos de Mergelina publicados en 1943 (MERGELINA, 1943) pero realizados con Carriazo en la década de los años veinte. También en el propio Mélida, que en 1930 publicaba una síntesis de arqueología prerromana.

Figura 2. Modelos vasco, de Bosch Gimpera y de Gómez-Moreno
Los efectos encadenados: los casos valenciano y alicantino
Sin la larga tradición histórica de Cataluña, el nacionalismo valenciano se hizo notar a partir de casos como el discurso de Barberá en Lo Rat Penat en 1902, que publicaría después en 1909 con el título: De regionalismo y valentinicultura. En 1907 se celebró la primera asamblea regionalista valenciana. La lectura del proceso seguido políticamente concluye que los teóricos de la identidad valenciana no llegaron a construir una teoría completa al modo en que se había llevado a cabo en el nacionalismo catalán y español. De hecho, el peso de las corrientes del nacionalismo catalán sobre el valenciano se dejan sentir con cierta eficacia transcurridos los momentos inmediatos a la publicación de los trabajos de Bosch Gimpera, baste recordar que en 1923, el gran arqueólogo catalán publicaba en el Annuari del Institut d’Etudis Catalans L’estat actual del coneiximent de la civilizació ibérica del Regne de Valencia. Seguramente la teoría de Bosch Gimpera, concediendo a Valencia la paternidad de los núcleos ibéricos originarios, no estuvo muy alejada de la decisión de la Diputación, precisamente durante la Dictadura de Primo de Rivera, de la creación del Servicio de Investigación Prehistórica que dedicó gran parte de su labor a la investigación de la cultura ibérica con las excavaciones arqueológicas dirigidas por Ballester, director del SIP de sitios como S. Miguel de Liria o La Bastida de Mogente. La fácil comunicación existente entre el SIP de Valencia y el Servei se hace ver en 1929 cuando fue el propio Bosch quien representó al SIP en la conmemoración del centenario del Instituto Arqueológico alemán, en el desembarco del Servei en la edición del primer número del Archivo de Prehistoria Levantina, o en la pronta presencia de Pericot, alumno de Bosch, en Valencia junto a Ballester. Que duda cabe que el prestigio del investigador catalán favoreció este apadrinamiento, pero también lo hizo la segregación de los orígenes valencianos y catalanes que exponía en su trabajo de 1922 y que coincidía con la posición más conservadora del propio Ballester. Es aceptable que el modelo teórico de Bosch creó un Efecto Valenciano, pero no parece que en los años siguientes a la creación de SIP se desarrollara una teoría propia. En realidad los debates sobre los orígenes de Valencia siguieron centrados en la Edad Media y la definición del territorio conquistado por el rey Jaime I.
J. Fuster destaca en su obra Nosotros los Valencianos (FUSTER, 1976, 230) la reacción antinacionalista del provincialismo en casos como Alicante. Fuster trata de buscar en la historia de los límites del Sur de Valencia, fundamentalmente durante la Edad Media, el nacimiento de esta reacción que se muestra fundamentalmente en el sur de la provincia, Orihuela, Elche o el mismo Alicante, y de defender por la constatación de la existencia del habla valenciana en aquella zona desde aquella época. El caso es que el alicantinismo fomenta una fuerte reacción antivalenciana y una mirada amistosa hacia el centro de la nación, una cierta madrileñización. En nuestro caso y sólo a modo de apunte merecen ser valorados una serie de hechos que se desarrollaron a partir de fines de los años veinte y que pudieron constituir un efecto secundario del Efecto Valenciano, en esta vertiente provincialista de reacción a una identidad común valenciana que subsumiera el alicantinismo. Se trata de los trabajos en sitios como el Molar, el Oral, Campello, el Tossal y la Albufereta todos en Alicante y realizados por Senent, Lafuente. Figueras Pacheco y Belda (Foto 2). Salvo el primero que estuvo ligado al ámbito catalán, los demás defendieron el carácter púnico de la zona, como el factor de identidad mas fuerte porque coincidió con el esplendor de Alicante tras la fundación cartaginesa de Akra Leuke (FIGUERAS, 1932; LAFUENTE VIDAL, 1957). Se trata sin duda de un efecto típicamente local basado en la identificación antigua de un núcleo urbano, pero la proximidad a Madrid de los investigadores aludidos y el reconocimiento dado por autores como García y Bellido (194 ) a su teoría hacen muy significativo el seguimiento de este debate local.
El caso andaluz
En Andalucía el proceso nacionalista se desarrolló primero con la publicación en 1915 del Ideal Andaluz de Blas Infante, y continuó después con el Congreso de Ronda en 1918 que planteó el modelo federal de estado y con la Asamblea de Córdoba en 1919 donde se aprobó el Manifiesto Regionalista y se creó el Centro andaluz.
El proceso de su identidad histórica se puede seguir en la obra básica de Blas Infante El ideal andaluz (INFANTE, 1982). De su lectura se desprende que el político había estudiado las obras de los arqueólogos de su tiempo y preferentemente a Góngora, Gómez Moreno o Bonsor. Incluso en su afán por buscar el carácter civilizador de lo andaluz Infante recupera la vieja obra vascoiberista de Erro y Azpiroz en la que como ya se ha señalado anteriormente defendía el carácter vasco de la escritura hallada en Cástulo. En general los recursos empleados por Blas Infante fortalecen la visión regionalista de una Andalucía que se nutre de los modelos de identidad española, por cuanto el ideólogo encuentra en los iberos la clave para el despertar de Andalucía, al haber mezclado este pueblo su sangre con la de los aborígenes que en ella vivían y dar lugar a los tartessios, el gran mito de identidad andaluza. Infante siguió en este caso los estudios de Gómez Moreno sobre los monumentos megalíticos andaluces de Antequera (INFANTE, 1982, 51), que el institucionalista atribuía a la nación tartessia, pero también se valió de Fernández Guerra para determinar el territorio tartessico, que él localizaba hasta Villajollosa en Alicante y que incluía el Sur de Extremadura, supuestas áreas de expansión (INFANTE, 1982, 29), y de Bonsor al decir que los tartessios tras su conflicto con los cartagineses se marcharon hacia Alicante. Este hecho sirvió al autor del Ideal Andaluz para proponer que fueron los tartessios los autores de obras como la Dama de Elche (INFANTE, 1982, 53): La obra capital de la escultura ibérica, la celebrada Dama de Elche, ha sido encontrada cerca de la frontera tartesa, cuyos límites ya hubimos de citar, ejecutada dentro de Tartesia o bajo la influencia directa y próxima de los artistas tartesos, dada la existencia en esta nación del foco de la civilización peninsular. Erudito conocedor de la bibliografía de su momento, construyó una verdadera teoría sobre los orígenes de la identidad andaluza sobre un sistema de tres razas: la autóctona, de procedencia desconocida, la que con su mestizaje de sangre ha nutrido a la anterior compuesta por iberos, (si es que no son la raza aborigen destaca el autor), griegos, romanos, árabes y berberiscos, y por último las razas que han influido de modo secundario como la tiria, germana, bizantina y mora. Ni siquiera en este grupo incluyó a los cartagineses a quienes considera enemigos fundamentales de lo andaluz. Fuera de estos hechos el modelo teórico de Infante no deja de ser un préstamo de las teorías españolistas, que el no rechaza por el carácter regionalista (de nación integrada en España) que da a sus pretensiones nacionalistas. Quizás por ello su modelo contiene, comparado con los modelos de Bosch o Gómez Moreno, un núcleo activo y un área teórica de expansión al norte, pero adolece de un núcleo original que los historiadores y arqueólogos españolistas siempre dispusieron al norte. Desde este punto de vista es la propuesta contraria al caso vasco que sólo definía un núcleo original de identidad.
El celtismo: teoría para después de una guerra.
En 1905 Gómez Moreno señalaba al referirse a la paternidad tartéssica de los grandes monumentos megalíticos de Antequera, que en otros tiempos se sostuvo otra teoría que hacía de los celtas sus autores, pero que había sido arrinconada (GÓMEZ-MORENO, 1949,127). Aunque el propio Gómez Moreno presentó como discurso de entrada a la Real Academia de la Historia en 1942 un texto llamado Las Lenguas Hispánicas (GOMEZ-MORENO, 1949, 201) que seguía defendiendo sus propuestas de la década de los años veinte, sin embargo el triunfo tras la Guerra Civil Española de Franco, había dado paso a un grupo de investigadores que encontraron en la vieja idea celtista la posibilidad de construir un lazo común en los orígenes con el, en esos momentos ascendente, nacional-socialismo (Foto 3). La construcción de la teoría panceltista no supuso un rechazo a la teoría de unos orígenes únicos para España. En realidad el nacionalismo franquista lo que planteó fue cambiar a los iberos por los celtas y dejar que estos quedaran como celtas mediterraneizados, cultivados, civilizados.
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Foto 2: Exposición del Museo Arqueológico Provincial de Alicante tras la Guerra Civil. En el Museo Arqueológico Provincial de Alicante. |
El proceso se produjo inmediatamente después de la Guerra Civil y el grupo intelectual que se hizo cargo de las riendas de la investigación arqueológica procedía preferentemente de la cátedra de Historia Primitiva del Hombre que ocupara Obermaier en la Universidad de Madrid. Almagro Basch paso a hacerse cargo de la investigación de Ampurias, la joya creada por el nacionalismo catalán de Prat de la Riba, y desde allí de toda la Arqueología de Cataluña, en tanto Martínez Santaolalla organizó, desde un encargo de la citada cátedra en Madrid y desde la Comisaría Nacional de Excavaciones Arqueológicas, la red de comisarios provinciales, la mayor parte de los cuales no procedían de la arqueología y sí tenían en cambio un perfil favorable al régimen franquista. En todo caso se respetó a gran parte de los intelectuales encuadrados en el CEH como Menéndez Pidal o Gómez-Moreno, y algunos de los miembros de la institución, como Cabré o Gratiniano Nieto, se mostraron en distintos trabajos entusiastas partidarios de la nueva situación política. Incluso Cabré, no se sabe si forzado por las circunstancias o convencido de la bondad de la nueva situación, publicó algunas imágenes ibéricas de las pinturas cerámicas de hombres que levantaban las manos abiertas hacía arriba como antecedente del saludo franquista, quizás pretendiendo crear un programa legitimador desde lo ibérico que no terminó de ajustarse a las nuevas directrices políticas (CABRÉ, 1944).
Martínez Santaolalla en 1941 en un Homenaje a los "mártires" de la Guerra Civil, publicado en el recién creado Consejo Superior de Investigaciones Científicas (sustituto de la Junta de Ampliación de Estudios y del CEH), mostró las bases del nuevo planteamiento legitimador del régimen a partir del origen céltico de España. En él el investigador propuso una secuencia para toda la prehistoria reciente que se puede simplificar en dos grandes fases. Una primera caracterizada por una serie de invasiones norteafricanas a las que se añaden sucesivamente influjos mediterráneos que ocupan desde el Neolítico a la Edad de Bronce (1200 a. n. e.). El salto a la segunda etapa se produce bruscamente con el inicio del primer Bronce Final y la llegada de hasta cuatro oleadas indoeuropeas que acaban provocando un cambio radical de cultura, mercados y finalmente de raza (MARTÍNEZ SANTAOLALLA, 1941, p. 154). La cuarta de las invasiones indoeuropeas durante el Hierro I es la que aporta el contingente poblacional celta que según el autor se divide en dos líneas. La primera de la cuales, la gaélica, se localiza en la Meseta y el Atlántico, en tanto la segunda, que Martínez llama iberizante o celtibérica, se dispone en el área mediterránea y posteriormente por la influencia griega y cartaginesa llega a producir los rasgos clasicistas que le llevaran al apogeo después de la conquista romana, época en la que se producen obras escultóricas como la Dama de Elche. El hierro ibérico, todo, tanto el iberizante I como el II plenamente ibérico, no tienen una base racial diferenciada, ya que esos llamados iberos no existen como raza, ni como cultura. Lo que históricamente llamamos iberos y arqueológicamente cultura ibérica, ni es raza ni es cultura puesto que se trata de la misma etnia hispánica en que todo lo mas habrá que reconocer una mayor proporción de elementos prearios, con las débiles aportaciones mediterráneas lógicas sobre la cual operan los todos los elementos étnicos y culturales que son común denominador peninsular hasta la segunda edad del hierro…(MARTÍNEZ SANTAOLALLA, 1941, 162)
Debió contar Martínez Santaolalla con el concepto "hispánico" de Gómez-Moreno pues en la referencia bibliográfica expuesta anteriormente lo señala, es decir hundía sus raíces conceptuales Martínez Santaolalla en el paniberismo, pero trastocaba el concepto en una doble vertiente de un lado cambiando la identidad originaria de los llamados primeros pobladores que él hacía que fueran no iberos, sino celtas y en segundo lugar y ello es lo más importante modificando el principio de diversidad que tenía el concepto hispánico en Gómez Moreno. Un segundo factor contribuyó a hacer mas firme este posicionamiento celtista cuando García y Bellido rebajó en 1943 la cronología del arte ibérico hasta hacerlo un arte provincial romano, con ello sentó las bases empíricas que el panceltismo de Martínez Santaolalla necesitaba (GARCÏA Y BELLIDO, 1943). Algunos años después sería el propio García y Bellido (GARCIA Y BELLIDO, 1954) quien se opondría al celtismo de Almagro Basch en la Historia de España de Menéndez Pidal, en una coyuntura en la que panceltismo desaparecía por razones políticas conocidas y por imposibilidad de continuar sosteniendo científicamente la propuesta. Antes Gómez Moreno (1949) desde el CSIC publicaba unas Misceláneas que recogían todos sus trabajos sobre la prehistoria y la protohistoria, entre otras sus síntesis de 1922 y 1925, reafirmándose en lo escrito anteriormente. También desde el ámbito valenciano se hizo patente este planteamiento con la publicación de Fletcher (1949) desde el SIP en defensa del Iberismo. Por último desde el ámbito alicantino-murciano, donde nunca se había renunciado al iberismo, comenzaron a desarrollarse desde 1945 los Congresos del Sudeste, tras la creación del Museo de Cartagena y bajo los auspicios del Almirante Bastarreche, que terminarían dando lugar tras la secta convocatoria de Alcoy de 1950 al I Congreso Arqueológico Nacional.
El panceltismo había durado solamente una década, pero la arqueología ibérica siguió siendo la base de los procesos de legitimación para las dos España: una vivida desde fuera de la Península por investigadores como Bosch Gimpera en México y otra adormilada en el interior bajo el sopor de la Dictadura.

Figura 3. Esquema resumen de las principales corrientes, modelos y efectos acerca del nacionalismo y los iberos.