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Tuesday, March 3, 2009

EL MITO SOBRE LOS IMPUESTOS

El mito del pago de impuestos

Cuando los partidos políticos capitalistas están en desacuerdo, el tema de la tributación se les aparece como algo de lo más intrincado. ¿Debe reducirse o aumentarse el impuesto sobre la renta? ¿Qué debe hacerse sobre la tributación que impone el gobierno local? ¿Por qué causa tanto alboroto la tributación? ¿De verdad es tan importante?
¿Por qué se pagan impuestos?

Para empezar vale la pena indagar por qué se pagan impuestos. El gobierno recauda impuestos con el fin de tener ingresos para el estado. La porción mayor de los ingresos del estado provienen de la tributación o de empréstitos, y como el aparato estatal ha crecido enormemente a lo largo de la historia del capitalismo, así también se ha multiplicado la carga impositiva. El estado se originó en la división de la sociedad en clases. Véase (La sociedad de dos clases) para entender nuestra definición de “clase capitalista” y “clase obrera”. Al estado lo controla la clase capitalista y sus representantes políticos que necesitan cobrar impuestos para pagar la policía, las fuerzas armadas, el servicio civil, el sistema “educativo”, etc. Las diversas funciones de la maquinaria del estado son necesarias para que la clase capitalista mantenga su posición privilegiada en la sociedad y, naturalmente, alguien tiene que pagar por el desempeño de esas funciones.
Quién paga realmente los impuestos

Como es obvio, los capitalistas presentan del estado una imagen de entidad “neutral” que se halla por encima de la sociedad, ante la que todos son iguales y para la cual todos contribuyen; los ingresos del estado son “el bolsillo público”, que todos tenemos que llenar mediante la tributación. Nuestro argumento es que aunque algunos impuestos son pagados por la clase obrera, la mayor parte de la carga impositiva recae sobre los capitalistas y tiene que ser pagada de las utilidades acumuladas en la forma de renta, interés y las ganancias, cuya base es el trabajo no pagado a la clase trabajadora (¿De dónde salen las utilidades?).

Los salarios son el precio de la fuerza de trabajo—esto es, el precio recibido por los trabajadores que venden sus energías mentales y físicas a un patrón. La fuerza de trabajo es una mercancía como tantas otras en la sociedad capitalista y su precio lo rige el tipo de factores que gobiernan los precios de otras mercancías—principalmente la cantidad necesaria para producir y reproducir dicha fuerza de trabajo. Para reproducir la fuerza de trabajo, ésta necesita ropa, vivienda, alimentación, entretenimiento, etc. En promedio, los salarios bastan para mantenernos aptos para desempeñar el tipo de trabajo para el que estamos adiestrados y en el que estamos ocupados y en torno a este nivel las fuerzas del mercado, ayudadas por la acción de los sindicatos, tienden a establecer las tasas de salarios.

Naturalmente, el precio real de la fuerza de trabajo es lo que en realidad se recibe y no es una suma hipotética, gran parte de la cual nunca es recibida por el trabajador y por tanto no la puede gastar. En años recientes, muchos políticos han alegado que si se redujera el impuesto sobre la renta, “todos estaríamos mejor”. Sin embargo, esto es incorrecto y puede demostrarse con un simple ejemplo. Digamos que el salario nominal de un obrero es de 200 a la semana, 50 de los cuales paga como impuesto sobre sus ingresos. Si la tasa de este impuesto se redujera a la mitad y la cantidad pagada de impuesto se redujera de 50 a 25, entonces es de suponerse que los Conservadores pretenderían que esto constituiría un aumento automático al salario que el obrero lleva a casa, de 150 a 175, y en consecuencia el obrero o la obrera estarían mejor. Pero esto no es lo que sucede en realidad. El salario del trabajador, recordémoslo, es el precio de su fuerza de trabajo, que, en igualdad de las demás condiciones, tenderá a gravitar en este caso en torno de la cifra de 150, que es la suma real que recibe en total. El “beneficio” de la rebaja del impuesto es para el patrón. Si la situación fuera la inversa, el salario “nominal” tendría que elevarse entonces de 200 a 250 para que la cantidad llevada a casa permaneciera en torno de los 150. El incremento en este caso sería sostenido enteramente por el patrón y saldría del valor de la plusvalía.

Claro está que esto no ocurrirá automáticamente como resultado de una tendencia económica de que la clase trabajadora reciba el valor de su fuerza de trabajo. Cuando hay reducciones de impuestos el resultado será un factor clave en el endurecimiento de la actitud de los patrones. Con los incrementos de impuestos, aumenta la presión de los trabajadores por percibir salarios mayores, especialmente cuando el desempleo es bajo. Es de observarse que esta tendencia a que los obreros reciban el verdadero valor de su fuerza de trabajo es apoyada por la acción sindical.

La idea de la forma en que los incrementos de impuestos conducen al aumento de los salarios nominales que reducen las utilidades se entendió mucho mejor en el pasado que ahora. Aquí, por ejemplo, está lo que escribió el miembro del parlamento británico David Ricardo en 1817:

Los impuestos sobre los salarios elevan estos mismos, y por tanto hacen disminuir la tasa de ganancias de las mercancías... un impuesto a los salarios es enteramente un impuesto a las utilidades; un impuesto a lo más necesario es en parte un impuesto sobre las utilidades y en parte también un impuesto a los consumidores ricos. Los efectos últimos que resultan de tales impuestos son entonces precisamente los mismos que los que resultan de un impuesto directo a las utilidades. (Los principios de la economía política y la tributación, p. ?)

La concepción de que los impuestos son una carga sobre los capitalistas y no sobre los trabajadores fue expuesta por Marx:

Si todos los impuestos que recaen sobre la clase trabajadora fueran abolidos de raíz, la consecuencia necesaria sería la reducción de los salarios en el monto total de los impuestos que pesan sobre ellos. O las utilidades de los patrones aumentarían como consecuencia directa en la misma cantidad, o bien no sería más que una alteración en la forma de recaudar los impuestos. Nuestro argumento es que aunque algunos impuestos son pagados por la clase obrera, la carga mayoritaria de la tributación pesa sobre los capitalistas y la tienen que pagar de las utilidades que acumulan en forma de renta, interés y beneficio, la base de lo cual es el trabajo no pagado [Crítica y moralidad crítica, Obras selectas de Marx y Engels—Vol. 6.]

Otros dos mitos

Otro argumento que se ha aducido para demostrar por qué a los obreros debe interesarles la tributación se refiere a los impuestos indirectos, como el Impuesto sobre el Valor Agregado (IVA) y los impuestos al consumo. Incrementar los impuestos directos, se alega, significaría precios más elevados y por tanto salarios reales y niveles de vida inferiores. Sin embargo, lo que en este argumento se pasa por alto es que los capitalistas tenderán a buscar el mejor precio posible para sus productos en las condiciones del mercado prevalecientes. A veces el incremento del IVA puede causar al principio que algunos precios suban conforme los capitalistas tratan de transferir la carga del incremento, pero los capitalistas bien pueden encontrar que tienen que reducir de nuevo los precios cuando las ventas descienden, a medida que se imponen las fuerzas del mercado. Lo usual es que el IVA no sea cargado como impuesto distinto del precio—lo común es que los precios lleven la leyenda “IVA incluido”, lo que tiende a confirmar que los vendedores venden al precio más alto que soporte el mercado.

La otra forma principal de impuestos indirectos, los impuestos al consumo, con frecuencia son recaudados en las industrias cuyas ganancias son anormalmente altas debido a la existencia de monopolios o carteles. Debiera recordase que no es cierto, absolutamente, que algunos aumentos de precios que sí ocurren (sea por incremento de los impuestos o el proceso continuo de inflación) rebajarán los niveles de vida de la clase obrera. En la Gran Bretaña, por ejemplo, la mayor parte de los años transcurridos de la Segunda Guerra Mundial los salarios se han elevado más que los precios.
Un vistazo a la historia

Que la tributación es un problema para la clase obrera es un engaño. Se cree con toda seriedad que la clase obrera de la Gran Bretaña, por ejemplo, estaba en mejor situación antes ***the Second sum received all along.*** El “beneficio” de la rebaja de impuestos va a dar al patrón. Si la situación fuese la inversa y la tasa del impuesto a los ingresos se duplicara, el salario “nominal” se tendría que elevar entonces de 200 a 250 para que el salario permaneciera aproximadamente en 150. El incremento en este caso sería sostenido íntegramente por el patrón y saldría de la plusvalía.

Desde luego esto no ocurrirá automáticamente, sino como resultado de una tendencia económica a que la clase laboral recibiera el valor de su fuerza de trabajo. La discusión entre los partidos políticos sobre la tributación se refiere a qué sectores de la clase capitalista adinerada debe llevar la carga del costo de mantener las funciones de la maquinaria estatal.
Lo que dijimos antes

La mayor parte del peso de la tributación no puede recaer sobre la clase obrera, que sólo recibe lo suficiente para producir y reproducir su fuerza de trabajo, y como se dijo en octubre de 1904:

Se pone de manifiesto así que los impuestos deben pagarse de la plusvalía extraída de los trabajadores por los capitalistas; esto explica no sólo el interés de estos últimos en el asunto de la tributación, sin tambi

Friday, February 27, 2009

DE DONDE PROVIENEN LAS GANANCIAS

¿De dónde vienen las ganancias?
El sultán de Brunéi es uno de los hombres más ricos del mundo. La enorme superficie de tierra, tecnología y otras propiedades de que es dueño le producen beneficios gigantescos. ¿Pero de dónde provienen sus beneficios y la riqueza de otros como él?
¿De dónde vienen las ganancias?
Sí, los beneficios, ganancias o utilidades desempeñan un papel clave en la operación de sistema de mercado (¿Por qué la ganancia es prioritaria?), ¿pero en dónde se originan? ¿Cuál es su fuente? Para un negocio, las utilidades son la diferencia entre sus ventas totales, sus ingresos y sus costos totales de producción.
Los costos de producción son:
• los costos de la materia prima—componentes, energía y servicios usados en el curso de producir las mercancías que el negocio vende;
• el desgaste y la descomposturas de los activos fijos del negocio, o la depreciación de sus edificios, máquinas y demás equipo;
• los sueldos y los salarios de los trabajadores empleados para realizar todo el trabajo que implica transformar las materias primas en mercancías para el mercado.
Cualquier ingreso aparte de estos costos es utilidad.
De esta utilidad el negocio paga cualquier renta, interés o capital tomado en préstamo, los dividendos entregados a los accionistas y los impuestos federales y locales. Todo lo que queda aparte de esto (las utilidades retenidas) está disponible para invertirlo en mejorar y expandir la capacidad productiva del negocio.
Como vimos en Los economistas no son de este planeta la única manera de producir riqueza es por medio del trabajo humano con y sobre los materiales que se extrajeron de la naturaleza. De ahí que los beneficios, como porción del producto, sólo pueden provenir del trabajo.
Karl Marx (1811-1883) adoptó este dato y lo convirtió en base de su teoría de la “plusvalía” o “plusvalor”, que es el valor agregado a la materia prima en el curso de la producción por la fuerza de trabajo aparte de lo que ésta recibe en forma de salario.
Sobra decir que esta teoría de la utilidad como plusvalía es anatema para la economía ortodoxa, lo cual encontrará usted en cualquier libro de texto común y corriente. En lugar de la idea expuesta, encontrará usted los beneficios definidos como la “recompensa” al capital o al “empresario” (no se ponen de acuerdo en qué o quién). Pero, como la palabra “recompensa” indica, esta es justificación conveniente para quienes la reciben. Por desgracia para estos economistas, víctimas de su ideología, sus justificaciones moralistas no están avaladas por los hechos.
Lo que los estadísticos revelan
Como vimos también en Los economistas no son de este planeta, el valor de la riqueza nueva producida en un país durante un tiempo dado (su producto nacional) será el mismo que los ingresos de todos sus habitantes (su ingreso nacional). Es tarea de los estadísticos de Ingresos Nacionales determinar formas de medir esos indicadores.
El concepto clave de los estadísticos de Ingresos Nacionales es el de valor agregado. Al calcular el producto nacional de un país no se limitarán a sumar el valor monetario de la producción de cada industria ya que esto implicaría conteo doble, triple e incluso múltiplos mayores.
Esto se debe a que el producto de algunas industrias no se vende al consumidor final sino a otra industria en calidad de material para su propio proceso productivo.
Para evitar este problema del conteo múltiple, las mercancías utilizadas como insumos por otras industrias no deben tomarse en cuenta al hacer el cálculo. Para esto está ideado el concepto de valor agregado. El valor agregado se define como la diferencia entre el ingreso total de un negocio y el costo de las materias primas, componentes, energía y servicios y el desgaste y mantenimiento de sus activos fijos. Es una medida del valor económico agregado a esos insumos en el curso de la transformación en el producto que la empresa vende. Difiere de las utilidades sólo en un aspecto: incluye los sueldos y salarios.
Así, Utilidad = Valor agregado — Sueldos y Salarios.
Dicho de otro modo, la utilidad es una deducción del valor agregado por el trabajo en el proceso de transformar los insumos en mercancías.
Esto es cierto en el nivel de la economía así como en el nivel del negocio individual o cualquier rama de la industria.
Para obtener el número llamado producto nacional, se calcula el total del valor agregado en cada industria (que es en sí la suma del valor agregado en todas sus empresas componentes). Pero como el valor agregado se compone de sueldos y salarios más utilidades, otra forma de calcular dicho número es sumar las utilidades o ganancias totales obtenidas por todas empresas al total de los sueldos y salarios pagados a todos los trabajadores. Este es, desde luego, el ingreso nacional, que es sólo otro modo de expresar el valor monetario del producto nacional, o nuevo valor agregado total al valor existente previamente en el curso de un periodo dado.
Esta equivalencia entre el producto nacional y el ingreso nacional pone de manifiesto el hecho de que todos los ingresos monetarios resultan del proceso de producción. Todo el ingreso es generado inicialmente en la producción bien como ganancia, bien como sueldos y salarios. Todos los demás ingresos—renta, intereses, pensiones y demás beneficios pagados por el Estado—se derivan finalmente de éstos, y de hecho principalmente de las utilidades.
Las utilidades no sólo son, pues, la fuente de los fondos de inversión en mejora y expansión de la capacidad productiva; también son la fuente de casi todo el gasto del gobierno. Por tanto, del sector que hace utilidades de la economía (ya sea privado o de propiedad estatal) realmente puede decirse, como sus defensores afirman con frecuencia, que es el “sector que crea riqueza” de la economía: es el sector que proporciona la plusvalía tanto para la inversión como para el gasto del gobierno (El mito de la tributación). (Sin embargo, como las propias utilidades se derivan del valor agregado por el trabajo en el proceso de producción, el trabajo es la fuente fundamental.)
¿Qué es el crecimiento económico?
Los estadísticos del gobierno dan a conocer regularmente estadísticas sobre el monto del producto nacional pero éstas no son siempre las mismas. A veces las cifras son citadas como Producto Interno Bruto (PIB), a veces como Producto Nacional Bruto (PNB) y a veces como Producto Nacional Neto (PNN). ¿Qué significan estas iniciales y cuál es la diferencia entre lo que expresan?
El significado de la palabra “bruto” indica que la cifra abarca no sólo el valor agregado sino también la depreciación del capital fijo. Rigurosamente hablando, como decimos, ésta debe excluirse. La única razón de que no lo sea es que las cifras significativas para ella no pueden presentarse para un periodo de tres meses. El PIB es, por tanto, mayor que el total del valor agregado.
El PNB representa el Producto Nacional Bruto. Difiere del PIB en que toma en cuenta las transacciones con otros países: exportaciones e importaciones y pagos al y del extranjero.
Los pagos del extranjero por las exportaciones, los servicios (“las exportaciones invisibles”) y de las inversiones extranjeras incrementan el ingreso nacional, mientras que los pagos al extranjero lo disminuyen. Como lo indica su nombre de Producto Interno Bruto, el PIB es una cifra en bruto que simboliza el valor agregado (depreciación sin tomar en cuenta las transacciones con otros países). Por eso la producción de algunas industrias no se vende al consumidor final sino a otra industria a la que sirve de material para su proceso productivo.
Para evitar el problema de contar varias veces el mismo concepto, las mercancías usadas como insumos de otras industrias deben excluirse del cálculo. Para ello está ideado el concepto de valor agregado. El valor agregado se define como la diferencia entre el ingreso total de un negocio y el costo de comprar materias primas y componentes.
Una de las tendencias a largo plazo del sistema de mercado es incrementar el ***PNN/Ingreso Nacional, o “crecimiento”***. En realidad esta es una consecuencia de otra tendencia más fundamental ***pero que no es citada tan a menudo como es ahora tan fácil de medir***: el incremento de la cantidad de capital invertido en la producción, o acumulación de “capital”.
Ya vimos cómo las presiones de la competencia fuerzan a las empresas a buscar el maximizar sus utilidades (Por qué la ganancia es prioritaria) como manera de maximizar la cantidad de dinero que pueden dedicar a comprar la maquinaria más nueva y productiva y los métodos de producción que deben tener para ser capaces de producir más y más barato. Este incremento de la cantidad de dinero invertido en la producción, o acumulación de capital, se traduce a términos físicos como incremento en las reservas de medios de producción, tanto edificios, maquinaria y otra clase de equipo fijo y materias primas que transformar en nuevas mercancías. Esto a su vez lleva a un aumento del Producto nacional/Ingreso nacional: crecimiento.
Inversión, consumo y gasto del gobierno
La acumulación de capital depende de la inversión, o la proporción de ingreso nacional que se emplea para comprar nuevos medios de producción. Así, en este contexto es donde reside la importancia de la división de Ingreso nacional en “inversión” y “consumo”. Algunos pensadores económicos alegan que porque la inversión es una deducción del consumo debe reducir el mercado para las mercancías. Salta a la vista que esta visión es claramente errónea. El dinero que se invierte de todos modos se gasta, sólo que es gastado en comprar medios de producción antes que bienes de consumo. La distinción entre inversión y consumo es una diferencia entre el propósito para el cual se gasta el ingreso nacional.
¿En qué parte del cuadro entra el gasto gubernamental? Aquí, desgraciadamente, los estadísticos del Ingreso Nacional se descarrilan. No hay problema con las empresas públicas (que sólo son parte del sector del mercado de la economía del mismo modo que lo son las empresas privadas) y las actividades de sus obreros crean valor agregado que cuenta de modo decreciente el producto nacional. ¿Pero que hay acerca del ***gasto gubernamental presente***, en contraste con su gasto en edificios y equipo, para cosas tales como la administración, la policía y las fuerzas armadas, la educación y la salud? Este es claramente consumo y no producción, como una generación anterior de economistas reconoció. El gobierno está consumiendo riqueza del mismo modo que lo hacen los individuos.
Pero los estadísticos del Ingreso Nacional no lo ven así. Consideran que el gobierno es alguien dedicado a producir “servicios públicos”, llamados “educación”, “cuidado de la salud” pero también “administración” e incluso “defensa” y “ley y orden”, que no crean valor agregado que pueda añadirse al producto nacional. Aun en sus propios términos, sin embargo, hay algo peculiar acerca de esto ya que el valor agregado en el llamado sector de servicios públicos es igual solamente a los sueldos y salarios pagados a los empleados en tal sector, pero no hay elemento de utilidad. Esto significa entonces que los estadísticos del Ingreso Nacional están sumando simplemente al producto nacional los sueldos y salarios de los empleados del gobierno. Llama la atención que no estén dispuestos a ir al fondo del asunto y clasificar esto como “inversión”, que es lo que implica la lógica de su razonamiento.
En sí, esto debiera ser un indicio de que el ***gasto presente*** del gobierno en administración y el resto es diferente del gasto de las empresas en producir sus mercancías para venderlas. La entera ficción de que los gobiernos son productores entregados a producir servicios públicos se viene abajo cuando se les pregunta de dónde viene el dinero con que el gobierno paga los sueldos y los salarios de sus empleados. ¿De la venta de mercancías como hacen los demás productores? Absolutamente no: pues las mercancías en cuestión son vendidas ahora. Obtienen dinero gravando los ingresos generados en el sector del mercado de la economía o pidiéndolo prestado de quienes reciben tales ingresos.
En otras palabras, los sueldos y los salarios de los empleados de gobierno son “pagos de transferencia” pues los ingresos transferidos de una sección de la población a otra se llaman pensiones y otros pagos de seguridad social, por ejemplo, y el interés sobre la deuda nacional. Al mismo tiempo los pagos de intereses a los ***tenedores de la deuda nacional*** fueron incluidos en el las estadísticas del ingreso nacional como parte del ingreso derivado de la propiedad de bienes pero esto fue abandonado cuando se cayó en la cuenta de que esto era sólo una transferencia vía la tributación al ingreso de la propiedad de un grupo a otro. Lógicamente, debe reconocerse lo mismo para los sueldos y los salarios de los empleados del gobierno. Ellos deben ser vistos también como “pagos de transferencia”.
Rechazar el concepto de que los empleados de gobierno producen servicios públicos no es rechazar el registrar en las estadísticas del producto nacional/ingreso nacional el gasto en educación, el cuidado de la salud y la defensa. La discusión es sobre cómo y dónde debe clasificarse. El error de clasificar el gasto nacional en sueldos y salarios de sus empleados como producción tiene dos consecuencias. Primera: infla artificialmente la magnitud del producto nacional (y también la porción de ingresos del empleo en éste). Segundo: sostiene la ilusión de que en una recesión el gobierno puede incrementar el producto nacional con sólo prestar dinero del sector mercado y gastarlo, literalmente, en cualquier cosa.

Por que las utilidades tienen prioridad ?

¿Por qué las utilidades tienen prioridad?
Así los partidarios como los opositores del sistema capitalista concuerdan en un punto: la importancia central de las utilidades para la manera como el sistema opera. Veamos, pues, qué son las utilidades y por qué tienen prioridad.
¿Qué es la utilidad?
En su mayor parte la producción para el mercado está organizada actualmente no por particulares sino por empresas de negocios de una u otra clase. Esto representa un cambio desde la época en que vivieron muchos de los defensores del sistema de mercado, como Adam Smith. El objetivo de estos negocios, ya grandes, ya pequeños, sean poseídos por accionistas o por el estado, es llevar al máximo el rendimiento (la ganancia) del capital invertido en ellas.
Este “rendimiento” es la utilidad. En sus términos más simples, este beneficio es la diferencia entre el dinero que un negocio obtiene de la venta de sus productos y el dinero que tiene que gastar en producirlos. La tasa de ganancia es la cantidad de utilidades obtenidas durante un período dado, normalmente un año, expresada como porcentaje del valor monetario de los activos del negocio al principio del periodo.
La competencia en curso
La búsqueda de ganancia no es asunto de la avaricia de los que hacen marchar un negocio. Al contrario, es un imperativo impuesto por las presiones del mercado. Todos los negocios que pertenecen a una particular rama de la producción están en competencia unos con otros con la finalidad de vender sus productos. Esta batalla la ganarán las empresas que puedan proporcionar una mercancía equivalente al precio más bajo.
Para tal fin el asunto primordial es tener mejor tecnología: máquinas de mayor rendimiento y mejores procedimientos de producción que permitan producir la misma mercancía a un costo menor. La medida en que una empresa pueda instalar tal maquinaria y adoptar tales procedimientos depende de la cantidad de utilidades que obtenga. De este modo las fuerzas del mercado obligan al empresario a buscar las máximas utilidades y luego a invertir de ellas el monto que le permita mejorar y expandir su capacidad productiva.
Nivelación
En el ámbito de la economía en su conjunto las fuerzas del mercado tienden a ocasionar una nivelación de la tasa de utilidades en todas las ramas de la producción. Si en cierta rama de la industria se está logrando una tasa superior esta rama tenderá a atraer hacia ella más capital, con lo que la producción aumentará y el suministro extra hará que los precios caigan, de lo que resultará que la tasa de ganancia retrocederá al promedio o nivel “normal”. Si, por un lado, la tasa de ganancia es inferior al promedio algo de capital tenderá a salir de esa rama de la producción y ésta descenderá. El menor suministro impulsará los precios hacia arriba y la tasa de ganancia tenderá a elevarse hasta el nivel promedio.
Publicado por el Movimiento Socialista Mundial. Última actualización: 2006-08-13
20:46:30 BST

Economistas, No en este Planeta

Los economistas no son de este planeta
La mayoría de los libros de texto contemporáneos contienen una variación de la siguiente y famosa definición de economía: ciencia que estudia el comportamiento humano como relación entre fines y medios escasos que tienen usos optativos.
En consecuencia la economía es el estudio de la lógica de la elección en condiciones de escasez. Pero esta no es la forma en que la mayoría de la gente entiende el término. Sin embargo, compruébelo usted mismo y verá que la palabra escasez se presenta una y otra vez en las definiciones de los libros de texto de economía. Paul Samuelson, en su Economics, libro de texto de economía muy estudiado, habla de una “gran escasez” y dice que si las mercancías no fueran tan escasas la ciencia de la economía no tendría papel alguno que desempeñar. Así, en estas definiciones, la economía se ve como el estudio de la producción y distribución de mercancías escasas.
El dogma de la escasez
Esta definición, sin embargo, sólo puede sostenerse dándole un significado peculiar a la palabra “escasez”. El sentido normal de ‘escasez’ es el de insuficiencia, carencia, lo que supone que hay desabasto de algo en relación con las intenciones de usarlo. Los economistas de la teoría de la escasez definen ésta como la carencia de suministros ilimitados. Como ninguna mercancía producida por humanos es, o puede ser, ilimitada en cuanto a la cantidad que de ella puede disponerse, entonces, por definición, es “escasa”.
Refuerzan su idea con otra suposición: las necesidades humanas son ilimitadas. Pueden refugiarse en esa posición, pues, si las necesidades humanas son infinitas, incluso en el significado normal de escasez como ***insuficiencia de relación para los usos*** las mercancías siempre estarán en suministro insuficiente. Pero esta suposición de que las necesidades humanas son infinitas es igualmente dudosa ya que, aunque las necesidades humanas sean numerosas, no son ilimitadas. Tampoco existen fuera de los contextos social e histórico sino que son determinadas por la sociedad en que seres humanos particulares están viviendo en un tiempo particular y en la práctica siempre son limitadas.
Esta escuela de economía (que es hoy la predominante) necesita la suposición de la escasez—ya sea basada en una definición irreal de escasez o en una suposición igualmente irreal de necesidades humanas infinitas—porque es la base de la pretensión de que la mejor manera de resolver el perpetuo problema de esto o lo otro al que los seres humanos se enfrentan cuando tienen que decidir qué producir, es tener que recurrir al dinero, los precios y los mercados. Quieren estar en posición de demostrar que el sistema económico actual, dentro del cual la mayor parte de la riqueza se produce para su venta en el mercado, es el mejor de los sistemas posibles. Necesitan la suposición de la escasez, en otras palabras, para dar por hecho lo que falta por demostrar.
La escuela económica de la escasez tiene razón en ver la economía como el estudio de la forma en que lo que se produce y cómo se produce están determinados bajo un sistema de mercado. Se equivocan en hacer que tal sistema sea el resultado de la “escasez”.
La escasez, en su peculiar sentido, ha existido a lo largo de toda la historia de la humanidad, pero el sistema de mercado—en donde todo, incluidas las energías mentales y físicas de los humanos tiene un precio y en donde todo mundo tiene que poseer dinero para obtener lo que necesita—apenas empezó a existir hace relativamente poco, tal vez unos 500 años, y sólo alcanzó existencia plena en lugares como Estados Unidos, Europa y Japón aproximadamente en los últimos 100 años. No está íntegramente desarrollado en el resto del mundo.
La base del sistema de mercado no es ninguna escasez eterna, sino la separación de la mayor parte de la gente del acceso a la tierra que les haría posible producir su propio alimento, vestido y vivienda. En otras palabras, su base es el desposeimiento de la mayoría de la población de todos los recursos productivos salvo su propia capacidad de trabajo y la concentración de estos recursos en manos de una ínfima minoría de la población. Es esto, no la escasez, lo que hace rasgos universales de la vida actual el dinero, los precios y el mercado.
Llegamos así a una definición de economía: el estudio de la producción y la distribución de la riqueza que se produce para venderla en un mercado. La economía es el estudio, no de mercancías escasas, sino de las mercancías para el mercado.
¿Qué es la riqueza?
Riqueza “es cualquier objeto material o servicio al que se recurre para satisfacer alguna necesidad o apetencia humanas”. Al objeto individual de riqueza se le conoce en economía como ***mercancía***.
Algunas mercancías esenciales para la vida humana, como el aire que respiramos y el calor y la luz del Sol, son proporcionadas espontáneamente por la naturaleza sin que los seres humanos tengan que hacer nada y de ahí que sean llamadas “mercancías gratuitas”. Pero en su mayoría las mercancías, incluidas otras también esenciales para la vida humana, como el alimento, tienen que ser producidas, en el sentido que los seres humanos tienen que ejercer sus energías mentales y físicas para obtenerlas, aunque en algunos casos lo único que haya que hacer cortar de un árbol una fruta. La mayor parte de las mercancías, en otras palabras, son productos del trabajo humano.
Cuando los humanos producen una mercancía no están creando algo de la nada: lo que están haciendo es transformar partes de la naturaleza en algo útil para ellos. Esta transformación, como en el caso de cortar una fruta, puede consistir solamente en cambiar de lugar algún material natural dado; en términos generales, sin embargo, se supone un cambio de forma así como un cambio de lugar.
La producción es, pues, el proceso de transformar partes de la naturaleza en mercancías. Aparte de las “mercancías gratuitas”, toda riqueza es producida por seres humanos que trabajan con materiales originalmente suministrados por la naturaleza.
Cualquier actividad que transforme partes de la naturaleza en algo útil para los humanos es actividad productiva. Esto es así aun cuando la transformación sea un mero cambio de lugar; por tanto, el transporte es una actividad productiva. También lo es el almacenamiento, pues preserva la utilidad de alguna mercancía. Algunos productos del trabajo son intangibles, como un corte de pelo, y son conocidos como “servicios”.
Hay quienes argumentan que sólo las mercancías tangibles son riqueza, y que, por tanto, sólo el trabajo del que resulta algún producto físico es trabajo productivo. Pero están equivocados. La única diferencia entre una mercancía tangible y otra intangible, o servicio, es que en este último caso el producto es consumido a medida que está siendo producido, pero sigue siendo un producto.
Las mercancías pueden dividirse en dos grupos principales. Primero, el de las que son consumidas directamente por los humanos para satisfacer sus necesidades personales, o “mercancías del consumidor”. Estas pueden ser consumidas conforme están siendo producidas (algunos servicios) o de una sola vez (como la comida o la electricidad) o a lo largo de cierto tiempo (como la ropa, los muebles y las casas).
El segundo grupo es el de las mercancías que se utilizan para producir otras mercancías, o mercancías para el productor (conocidas también como “mercancías intermedias) y como “medios de producción”. Estos son consumidos (gastados), desde luego, pero para hacer otras mercancías y ahora directamente por humanos. Entre ellos están los materiales extraídos de la naturaleza, las mercancías semiterminadas, las herramientas, las máquinas, los edificios, el combustible y los medios de transporte.
La base del sistema de mercado no es alguna escasez eterna, sino la falta de acceso de la mayoría de la gente a la tierra que les permitiría producir sus propios alimentos, ropa y viviendas. Como dijo William Petty (1623-1687), el trabajo es el padre de la riqueza material; la tierra es la madre.
Sin embargo, los humanos son animales que hacen y utilizan herramientas y, aparte de las actividad productiva muy básica, como cortar frutas de un árbol silvestre, la producción entraña un tercer elemento: las herramientas y la maquinaria que los humanos usan para transformar en riqueza los materiales que brinda la naturaleza. Estas mercancías para el productor provienen, claro, de las otras dos clases, ya que se les ha dado su forma existente por medio de trabajo humano pasado sobre los materiales dados por la naturaleza.
La “distribución” de la riqueza es sencillamente la forma en que se distribuye lo que se ha producido—es decir, dividido—, compartido, entre los miembros de la sociedad.

Auges y recesiones economicas: Que los causa?

Auges y recesiones económicas: ¿qué los causa?
Las “recesiones”, “contracciones económicas” o “crisis económicas”—todas son frases sinónimas que se aceptan actualmente como parte regular de la vida económica. Los políticos dan cuenta “racional” de ellas, describiéndolas como “dolor necesario” que a veces hay que padecer. En última instancia la economía controla a los políticos y no éstos a aquélla.

¿Que es una crisis económica?
Las crisis económicas son periodos de bajo crecimiento económico e incluso negativo. Esto significa que los niveles de producción son inferiores e implican aumento del desempleo. Como resultado, se debilita el poder de negociación de los obreros y sus salarios disminuyen.
Cambio de actitudes
Hace tiempo muchos economistas creían que las crisis eran evitables. Cuando Karl Marx argumentó que el capitalismo se desarrolla inevitablemente de una manera inestable, con periodos de expansión y contracción, su teoría fue ferozmente rechazada. En su obra principal, El capital, Marx formuló la ley básica del proceso de desarrollo capitalista en los siguientes términos:
La tremenda capacidad del sistema fabril para expandirse a saltos enormes, y su dependencia en el mercado mundial, da lugar necesariamente al siguiente ciclo: producción frenética, con el consecuente atiborramiento del mercado, luego, la contracción de éste, de lo que resulta la parálisis de la producción. La vida de la industria se vuelve una serie de periodos de actividad moderada, prosperidad, sobreproducción, crisis y estancamiento.
En esa época y durante décadas más tarde, los economistas capitalistas aseguraron que las crisis y las contracciones no eran parte intrínseca del capitalismo. Esta idea de que, si se deja que el libre mercado marche por sí sólo, no ocurrirán crisis se basaba en la doctrina propugnada por J. B. Say, economista francés de principios del siglo XIX, la cual dice así:
Cada vendedor lleva un comprador al mercado.
Claro está que si cada mercancía producida de verdad fuera comprada, no habría desplomes económicos (lo cual es cierto por definición). Sin embargo, tal suposición se basa en un falso razonamiento, sobre el cual Marx explicó:
Nada puede ser más tonto que el dogma de que porque cada venta es una compra y cada compra una venta, la circulación de mercancía implica necesariamente un equilibrio entre ventas y compras... su intención real es mostrar que cada vendedor trae con él un comprador al mercado... pero nadie necesita comprar directamente sólo porque le hayan vendido algo. (2)
¿Puede ayudar la intervención del gobierno?
Según Marx, la división en el capitalismo entre compradores y vendedores de mercancías abre la posibilidad de crisis y tropezones económicos, pues los poseedores del dinero no siempre encuentran en sus intereses convertir de inmediato el dinero en mercancías. Por lo tanto, mientras existan el comprar y el vender, el dinero, los mercados y los precios, el comercio será cíclico.
En la época de la Gran Depresión de los años treinta, la mayoría de los economistas habían llegado a concordar en que las crisis eran parte integrante del capitalismo, habiendo seguido la pauta impuesta en ese tiempo por John Maynard Keynes. Como Marx antes que él, Keynes argumentaba que la ley de Say no tenía sentido y que el mercado libre no conducía naturalmente a un punto de equilibrio de pleno empleo con crecimiento sostenido. El capitalismo, razonaba, si fuese dejado seguir su propio impulso, terminaría por estancarse, como había sucedido luego del estrepitoso derrumbe de Wall Street en octubre de 1929. Keynes y sus seguidores adoptaron el punto de vista de que, conforme el capitalismo se desarrollaba, la tendencia observable del sistema a concentrar la riqueza en unas cuantas manos lleva al ahorro excesivo, al atesoramiento de la riqueza y al descenso de la demanda total. Esto a su vez hundiría al capitalismo en una crisis prolongada.
Keynes, al elaborar una doctrina económica que influiría a los gobiernos de todo el mundo, proclamaba que era necesaria la intervención del gobierno para impedir crisis futuras. Los gobiernos debían aumentar los impuestos a quienes menos les gustaba gastar grandes partes de sus ingresos, y encauzar fondos directos a quienes sí lo hicieran. Además, los gobiernos deberían intervenir para asegurar un nivel adecuado de demanda en la economía, aumentando el gasto y operando con déficits presupuestarios cuando fuera necesario.
El comercio mundial de 1932 era poco más de un tercio de lo que había sido antes de la catástrofe de Wall Street. Los dos países más afectados fueron Estados Unidos, donde el desempleo ascendió a trece millones de desempleados, y Alemania, donde el número de desempleados alcanzó los treces millones y fue uno de los factores que impulsaron la llegada de Hitler al poder. En la Gran Bretaña, más de tres millones, o sea el veinte por ciento de la fuerza de trabajo, carecían de empleo en 1932.
Los remedios de Keynes aumentaron el gasto del estado y los déficits de presupuesto fueron puestos en práctica de 1933 en adelante en Estados Unidos por el gobierno de los Demócratas presidido por Roosevelt. El desempleo disminuyo cierto tiempo, pero no más que en la Gran Bretaña, que no había seguido los consejos de Keynes y operaba directamente con políticas opuestas a las de este economista. En 1938 se desencadenó otra crisis en Estados Unidos, la cual sólo sanó durante la Segunda Guerra Mundial. El pronóstico inicial de de la intervención de carácter keynesiano no fue, por consiguiente, bueno, aun cuando la opción por el libre mercado estuviera muerta y enterrada.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los varios países capitalistas de empresa privada adoptaron las recomendaciones de Keynes en grados diversos, precaviendo la posibilidad de otra Gran Depresión y las revueltas sociales que traería consigo, y confiados en que los mercados libres, sin trabas, eran cosa del pasado. A pesar de esto, en la mayoría de los países siguió presentándose el ciclo del comercio como antes, aunque sin experimentar grandes depresiones. Una de las pocas excepciones fue la Gran Bretaña. En el Reino Unido el crecimiento se mantuvo relativamente fuerte durante todos los años cincuenta y sesenta y el desempleo nunca fue mayor de 900,000. Los partidarios de las políticas keynesianas proclamaron que era un triunfo de la manera como el gobierno había manejado la demanda. La historia ulterior de la economía en la Gran Bretaña pronto probaría lo equivocados que estaban. Después de la guerra, la Gran Bretaña consiguió una posición relativamente ventajosa en los mercados mundiales para muchas mercancías, época en que estaban devastados económicamente sus rivales Alemania y Francia. Por algún tiempo en la Gran Bretaña emergió como uno de los principales productores de vehículos de motor, aviones, sustancias químicas, electricidad y otras mercancías. Hacia fines de los años sesenta, sin embargo, los rivales de la Gran Bretaña se habían recuperado y vuelto competidores con tecnología mejoradas que habían introducido después de los destrozos ocasionados por la guerra. A fines de los años sesenta y principios de los setentas, el clásico ciclo del comercio resurgió como una especie de venganza contra la economía británica, lo que a la larga fomentó el retorno a las políticas de libre mercado en los años ochenta. Ahora, a principios de los años setenta, durante el régimen del Primer Ministro Edward Heath, el desempleo creció por encima de la cota del 1, 000,000 por primera vez desde 1945. Para entonces los economistas ya estaban de acuerdo en que las recesiones eran parte intrínseca del capitalismo, aunque en su momento habían seguido las directrices de John Maynard Keynes. Como Marx antes que él, Keynes alegó que la ley de Say era pura tontería y que el mercado libre no llevaba naturalmente a un punto de equilibrio de pleno empleo con crecimiento sostenido, y que el capitalismo, abandonado a su peculiar modo de funcionamiento, terminaría por atascarse, tal y como había sucedido después del derrumbe de Wall Street en octubre de 1929. Keynes y sus seguidores adoptaron el punto de vista de que, como capitalizable para el estado que como capitalismo se había desarrollado, las crisis y las recesiones se habían integrado más con la concentración mundial del capital, y que sus efectos se habían propagado ampliamente. Lo que es más, habían sido capaces de demostrar que ni la economía política keynesiana ni el libre mercado habían sido capaces de impedir el colapso.
Guía paso a paso
Ciertamente, la mera existencia de comprar y vender siempre hace surgir la posibilidad de la crisis, pero el impulso a acumular capital—el fuego vital del capitalismo—asegura que periódicamente la crisis se vuelva una realidad, y nada que hagan los políticos puede impedirla. Cuando el capitalismo está en auge, las empresas están en una posición en que sus beneficios están incrementándose, el capital se está acumulando y el mercado está hambriento de mercancías. Pero esta condición no dura mucho. Las empresas están en perpetua lucha por lucrar—necesitan las ganancias para poder acumular capital y por tanto sobrevivir en contra de sus competidores. En la época de bonanza esto conduce inevitablemente a algunas empresas—por lo general las que han crecido vertiginosamente—a extender en demasía sus operaciones en el mercado disponible.
En el capitalismo, las decisiones sobre inversión y producción las hacen miles de empresas en competencia que operan sin control social ni regulación alguna. El impulso competitivo hacia la acumulación de capital obliga a las empresas a expandir sus capacidades productivas como si no hubiera límite al mercado disponible para las mercancías que están produciendo.
El crecimiento no está planeado; sólo gobernado por el caos del mercado. El crecimiento de una industria no está acoplado al crecimiento de las demás industrias sino tan sólo a la expectativa de la ganancia, y de esto resulta una acumulación y un crecimiento desequilibrados entre las varias ramas de la producción. La acumulación excesiva de capital en algunos sectores de la economía pronto aparece como sobreproducción de mercancías. Las mercancías, imposibles de ser vendidas, se amontonan, y las empresas que han ampliado exageradamente sus operaciones tienen que aminorar la producción.
A medida que las mercancías invendibles permanecen almacenadas se hunden los ingresos y las ganancias, haciendo al mismo que la inversión sea más difícil y que menos valga la pena. La acumulación se atasca, el ahorro y el atesoramiento se incrementan y las fuerzas inestables del dinero y el crédito pronto trasmiten la depresión hacia los demás sectores de la economía. Las empresas que al principio se expandieron ilimitadamente recortan sus inversiones y esto trae consigo una caída de la demanda de los productos de sus proveedores quienes, a su vez, se ven forzados a restringir su producción, contagiando sus dificultades a los proveedores de sus proveedores y así sucesivamente. Los beneficios se hunden, las deudas se acrecientan y los bancos aumentan las tasas de interés y restringen sus préstamos, de todo lo cual resulta una espiral viciosa y descendente de contracción económica. De este modo, lo que empezó como una sobreproducción parcial en ciertas porciones del mercado se transforma en una sobreproducción general, en la cual se ve afectada la mayoría de los sectores de la industria.
Las crisis y las recesiones siguen invariablemente este patrón general. A veces la sobreproducción inicial ocurre solamente en las industrias de bienes de consumo, como sucedió en 1929, y desde ahí se propaga. Otras veces, como a mediados de los años setenta, la expansión desmedida inicial se da en el sector de los bienes de producción donde las empresas producen nuevos medios de producción, como acero industrial o equipo robótico. En la recesión de principios de los años noventa uno de los factores principales fue la extensión desmesurada del sector de la propiedad comercial y algunas de las industrias nacientes de alta tecnología. Pero independientemente de la causa, el resultado es siempre el mismo: caída de la producción, bancarrotas, recorte de salarios y aumento del desempleo, con el consiguiente incremento de la pobreza.
En una recesión hay simultáneamente un problema de caída de la demanda junto con caída de las utilidades. Tratar de resolver un problema (digamos la demanda de parte de los presuntos consumidores) a expensas de los otros (digamos, las ganancias), como quieren los keynesianos, no mejorará la situación. Necesitan ocurrir muchas cosas distintas y por separado antes de que tome su curso una recesión. En primer lugar, el capital tiene que ser liquidado si la capacidad de producción en exceso va a coartarse con capital devaluado siendo comprado barato por las empresas que están mejor situadas para sortear la crisis. En segundo lugar, es preciso deshacerse de las mercancías acumuladas, comprándolas a bajo precio o borrarlas de plano. La inversión no se reanudará si persiste la sobreproducción. En tercer lugar, después de que esto ha ocurrido tiene que haber un incremento de la tasa de beneficio industrial auxiliada por bajas del salario real y baja de las tasa de interés (las cuales se reducirán naturalmente a medida de que la demanda de dinero “fresco” aminore la recesión). Esto ayudará a que se reanude la inversión y aumente la acumulación. También, para que la recuperación se sostenga, gran parte del débito acumulado durante los años de auge tendrá que ser liquidado para que no actúe como un lastre sobre la acumulación futura. Mediante estos mecanismos una recesión ayuda a construir las condiciones para el crecimiento futuro, librando al sistema capitalista de unidades de producción deficientes.
Ciclo continuo
Cuando estos procesos siguen su curso natural, la acumulación y el crecimiento pueden hacer que de nuevo el capitalismo cree una situación de bonanza a la que, inevitablemente, seguirá una crisis y una recesión. Tal ha sido la historia del capitalismo desde sus orígenes. Ninguna medida, ninguna reforma emprendida por los gobiernos—aunque sea hecha con la mejor buena voluntad—ha impedido ni puede impedir la operación de este ciclo. Los defensores del laissez faire (dejar hacer) y del libre mercado han fracasado, igual que los keynesianos partidarios de la intervención del estado. Hoy, enfrentados a una nueva recesión, los partidarios del capitalismo tienen las manos atadas.
En realidad, el ciclo auge-crisis demuestra la impotencia de los reformistas y los políticos y es un cargo más en contra del sistema capitalista en su conjunto, que acarrea miseria para los millones de trabajadores que pierden sus puestos, se vuelven insolventes o ven sus salarios reducidos y tienen que trabajar en las peores condiciones. Lejos de ser una aberración, este ciclo de miseria es el ciclo natural del capitalismo.