17/10/10 - 00:00 Nacionales

“Las inyecciones cambiaron mi vida”

Marta Lidia Orellana sonríe poco. En el ocaso de su vida, los recuerdos de un pasado doloroso aún siguen sin respuestas claras.

POR ÓSCAR ISMATUL

Nunca supo a ciencia cierta por qué cuando era joven los servicios de salud le negaron una tarjeta para demostrar su buen estado físico.

Tampoco sabe la razón por la cual durante su niñez, en el orfanato Rafael Ayau, médicos la inyectaban y le arrebataban la alegría de los juegos. De manera coincidente, esto ocurrió en la misma época en que médicos estadounidenses, dirigidos por John C. Cutler, efectuaron en Guatemala cuestionables experimentos mediante la inoculación de enfermedades venéreas en personas con enfermedades mentales, soldados e incluso niños. Marta desconoce si se trató de la misma situación. Sentada en la cama, en su casa, relata cómo esas inyecciones le amargaron su infancia.

¿Cómo llegó al orfanato?

Cuando yo tenía 6 años, mis papás murieron. Nunca supe de qué. La pobreza nos obligó a venir desde Guastatoya para la capital a vivir con mi hermana mayor. La única alternativa de mi hermana fue ingresarme en el orfanato, para no ser una carga.

¿Cómo fue la vida en ese lugar?

Mi hermana me llevó sin mayores explicaciones. Yo estaba triste. Me entraron y después de llorar un rato me dieron una taza de café con leche. Allí me puse contenta y comencé a vivir allí. Todo fue lindo hasta que mi nombre apareció en una lista pegada en una pared.

¿Y qué decía la lista?

Supongo que éramos los elegidos para esas cosas. Pasaron unos días sin que nada sucediera; sin embargo, fue como dos o tres semanas después que me llamó un médico que yo no conocía y me dijo que me iba a sacar sangre.

¿Y qué sucedió después?

Después de que me sacaron sangre, otro médico me hizo una pequeña operación en el brazo.

Recuerdo que una tarde yo jugaba en el patio, cuando me llamaron para ponerme la primera inyección.

La enfermera me dijo: “Siéntese allí”, y me inyectaron un líquido como blanco. Cuando me inyectaban, yo ya no jugaba. Me ponía toda triste, sin fuerzas y así fue cada dos días. Siempre me preguntaba ¿por qué yo?, ¿por qué me enfermaron a mí?, ¿por qué me ponen medicina si yo no estoy enferma? Nunca me sentí enferma, hasta que me inyectaron.

¿Recuerda si alguna vez le inyectaron algo en la espalda?

Una tarde me llamaron, pero de inmediato me di cuenta de que había más gente de lo normal. Comencé a hacer un berrinche terrible, hasta que me doblaron y me vencieron.

Con una gran aguja que parecía de caballo me sacaron líquido de la columna. Después de eso me tuvieron acostada tres meses, sin almohada, y me dijeron que no me podía levantar ni siquiera para ir al baño porque me podía volver loca.

¿Qué pasó después?

Luego siguieron con más exámenes y cosas extrañas. Me hicieron un examen similar al papanicolau. El doctor realizó varias veces el mismo procedimiento, y el algodón lo colocaba en unas cajitas especiales que después supe que eran para guardar muestras. Yo tenía 9 ó 10 años.

¿Sabía qué estaban haciendo con usted?

Nunca. Siempre les preguntaba, pero no tuve respuestas. A veces me sentía bien y esos exámenes no dolían tanto. Otras veces el dolor era demasiado. Las inyecciones cambiaron mi vida.

¿Tuvo padecimientos físicos después de eso?

Algunos, principalmente en los oídos, y al principio algunas llagas; después tuve alergias y también problemas en los ojos.

¿Alguna vez se hizo un examen médico para saber de qué padecía?

Cuando ya era adolescente fui todos los años a Sanidad, para sacar la tarjeta, pero me la negaban siempre.

¿Por qué se la negaban?

Porque siempre me tenía que inyectar penicilina. Me inyectaron penicilina desde los 6 hasta los 30 años.

¿Nunca tuvo problemas con sus hijos?

Esa pregunta me la hizo por primera vez un médico de Sanidad. Cuando fui a pedir una tarjeta me preguntó si tenia hijos; yo le contesté que tenía cinco y se sorprendió.

De inmediato me preguntó si todos estaban bien, si no tenían algún problema de salud. Yo le contesté que todos estaban sanos, que todos estaban buenos.

Sin embargo, en mi último embarazo me inyectaron penicilina en el útero, pero no me explicaron por qué. Nunca me contaron.

¿Ningún médico le dijo que podría tratarse de alguna enfermedad venérea?

Ninguno. Yo sufrí mucho después. A veces sentía cosas muy extrañas en mi cuerpo, pero los médicos lo único que hacían era inyectarme.

Probé remedios caseros, pero al final de cuentas el dolor desapareció con mi edad; sin embargo, los recuerdos son latentes. A veces no quiero tener tan buena memoria.

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