El condado de Aranda. Épila

En 1366, Pedro IV concedía el vizcondado de Rueda a Francisco Perellós, quien, en 1393, lo vendía a Lope Ximénez de Urrea. Lo heredó su hijo Pedro Ximénez de Urrea, como dote a su matrimonio con Juana de Luna. También lo heredó Lope Ximénez de Urrea, muerto en 1475 y enterrado en la iglesia de Épila.

El título de conde de Aranda era concedido, en 1488, por Fernando I de Aragón a don Lope Ximénez de Urrea, casado con Catalina de Híjar. En 1626, Felipe IV añadía al título condal el de Grandes de España, en la persona de don Antonio Ximénez de Urrea, quinto conde de Aranda. Al fallecer éste sin sucesión, el título pasó a Pedro Pablo Fernández de Heredia y Ximénez de Urrea.

El noveno conde, Buenaventura Pedro de Alcántara Abarca de Bolea, heredó el título por línea femenina, y su hijo Pedro Pablo fue el X conde de Aranda. Murió sin descendencia y el título pasó a su hermana, que casó con el duque de Híjar. Pertenecieron al Condado de Aranda: Épila, Almonacid, Lucena, Berbedel, Salillas, Lumpiaque, Rueda y Urrea.

El palacio del Conde de Aranda

La gran fachada de paños de piedra irregular entre pilastras e impostas corresponde con la parte posterior del palacio de los condes de Aranda. En ella no hay portada, sólo grandes balcones y ventanas enrejadas en las tres plantas que se levantan sobre un basamento de piedra sillar con pequeñas puertas, lo que en realidad es otra planta de escasa altura que sirvió para almacenar las importantes rentas de los condes.

Este gran bloque de mampostería con encintados, que tiene claras influencias de la construcción madrileña de principios del siglo XVII, se continúa hacia el norte con un material diferente, el ladrillo, utilizado al estilo aragonés. Este mismo tipo de construcción de ladrillo con la galería de arquillos se aprecia en la fachada y en los muros laterales del convento de la Inmaculada Concepción, unido al palacio por un pasillo elevado sobre dos arcos de medio punto.

Todo el conjunto, formado por el palacio y el convento, fue mandado edificar por los quintos condes de Aranda, don Antonio Ximénez de Urrea y doña Luisa Padilla y Manrique. Se conocen las fechas exactas de la fundación del convento (1621) y de la consagración (1628), pero no así el momento de la construcción del palacio. Sí se sabe que el matrimonio entre don Antonio y doña Luisa se celebró en 1605, por lo que puede suponerse que a partir de esa fecha se iniciarían las obras.

Edificado en la ladera de la colina, los dos bloques rectangulares que componen el palacio se hallan a distinta altura y dan a dos calles situadas a diferente nivel: el bloque del este, orientado hacia la iglesia, tiene dos plantas y en él se halla la portada principal; el bloque del oeste, con vistas hacia la huerta, tiene cuatro plantas.

Los dos bloques están unidos en el lado del sur por un amplio patio de doble arcada, y en el lado norte lo hacen por la escalera, de tal manera que conforman un edificio de planta irregular. Este palacio pudo haberse empezado a edificar a finales del siglo XV, cuando don Lope Ximénez de Urrea se convirtió en el primer conde de Aranda. Así lo indica un escudo de armas empotrado en el muro de la escalera.

La fachada es de ladrillo y mampostería sobre basamento de sillería, con vanos de pequeñas proporciones. En el centro de la misma se ubica la portada, que muestra dos pilastras lisas a los lados, con entablamento clásico y frontón curvo partido con volutas, sobre las que se superponen dos jarrones. En el centro hay un emblema con un corazón y una mano sujetando el extremo de una cartela en la que se lee: “VIDETE QVIA NON SOLI MIHI LABORAVI” (Mirad que no sólo trabajé para mí). Sobre ella, una corona. Otra cartela inferior reza: “LOGRA BIEN LA INTENCION PIA / QVIEN PARA DIOS OBRA CASAS / PVES SVS PREMIOS SON SIN TASA / EXEMPLO DESTO ES LA MIA”.

En cuanto al interior, la portada del este da acceso a un zaguán con varias puertas y decoración en yeso con las armas de los condes en la parte alta. Del zaguán parte un pasillo que conduce directamente a un gran salón de unos 10 metros de ancho por unos 25 de largo, con cuatro grandes ventanales, cubierto con un alfarje pintado, cuyas vigas apoyan en canes con figuras de monstruos y efebos, con las armas de los Urrea. Este alfarje puede ser del siglo XVII. Se conserva, además, una gran chimenea.

Hay otro salón hacia el norte con alfarje en el que aparecen las armas de los Urrea y los Ferrench de Luna, que tal vez corresponda al primitivo palacio. Se conservan también otras estancias, entre las que cabe destacar un comedor con bellas pinturas del siglo XVII y las habitaciones privadas en la planta superior. Fue declarado Monumento Nacional el 3 de junio de 1931, y Bien de Interés Cultural el 2 de abril de 2003.

En conclusión, se trata de un palacio del siglo XV y XVI, reedificado casi totalmente a principios del XVII, con añadidos posteriores como chimeneas, decoración de yeso especialmente en el zaguán, y el escudo del X Conde en la fachada posterior.

Convento de la Concepción

Se fundó en 1621 y se consagró en 1628, como ya se ha dicho. La fachada consta de dos portadas de piedra con arcos de medio punto entre pilastras en las que apoyan sendos frontones partidos con una pirámide en el centro y dos bolas en los extremos. Entre ambas portadas se colocó en relieve un águila bicéfala con las armas de los quintos condes de Aranda. En la parte superior, una galería de arquillos con yeserías de tradición mudéjar recorre toda la fachada, y otros tres arcos decoran el frontón recto sobre el que se levanta una bella espadaña con dos pequeñas campanas. Una de las portadas da acceso directo a la iglesia; la otra, hoy cegada, permitía el paso al convento.

La iglesia es de una sola nave con crucero, cabecera recta y coro alto a los pies. La nave se cubre con bóveda de lunetos, los brazos del crucero con bóvedas de arista, y el crucero con cúpula y linterna de iluminación. Tanto las bóvedas como la cúpula se decoran con pinturas murales al fresco. Son figuras de ángeles, en la cúpula, y de los profetas David, Isaías, Jeremías y Ezequiel, en las pechinas, lo que se completa con una profusa ornamentación vegetal en blanco sobre fondo de oro en el resto. Todo el conjunto es obra del pintor Juan Galván.

La iglesia había sido levantada como capilla funeraria de los condes y, consecuentemente, en ella fueron enterrados tras su muerte. Sus sepulcros se encuentran a ambos lados del crucero, con dos lápidas de piedra de Calatorao. En el lado del evangelio está el de la condesa doña Luisa María de Padilla Manrique y Acuña, que murió el 2 de julio de 1646, a los 54 años, 10 meses y 6 días de su edad. En el lado de la epístola se enterró a don Antonio Ximénez de Urrea Alagón y Espés, conde de Aranda y Sástago, que murió el 14 de febrero del año 1654, a los 63 años de su edad.

El retablo mayor, del siglo XVII, está dedicado a la Inmaculada Concepción. En él se colocó una talla de la Inmaculada, del siglo XVIII, entre las de San Miguel y San Francisco de Asís. Otros dos retablos del siglo XVII tienen como titulares a Santa Teresa de Jesús y a la fundadora, Santa Beatriz de Silva. Cuatro grandes lienzos de la época de la fundación de la iglesia muestran pinturas de la Resurrección, el Nacimiento de Cristo, el Prendimiento y la Asunción de la Virgen.

El cenobio es la continuación de la iglesia hacia el norte, el cual presenta en la tercera planta una galería de arquillos en los muros laterales, con los mismos modelos de yeserías que los de la fachada. El interior tiene las dependencias clásicas de un convento: locutorio, cocina, refectorio, lavadero y sala de labor, en la planta baja, además del relicario, una de las piezas de más interés. Destaca también la Sala Capitular, que mira al oeste, hacia la huerta. En los extremos de ésta se conservan dos capillas, dedicada una al Santo Cristo y la otra a la Dolorosa.

Iglesia parroquial de Santa María la Mayor

Se sitúa la iglesia parroquial en la parte alta del cerro en el que se fue acomodando la población de Épila, y se accede a ella por una gran escalinata que parte de la fachada del palacio. Fue edificada entre 1722 y los primeros años del siglo XIX, sobre el solar de otra anterior, y en las obras se destruyo incluso la casa natal de San Pedro Arbués. El proceso de construcción fue muy lento hasta que, hacia 1777, intervino el arquitecto zaragozano Agustín Sanz. Se consagró la iglesia el año 1798, con motivo de la muerte del conde de Aranda. Matías Sanz, hijo de Agustín, acabó el pórtico y una de las torres proyectadas. La otra torre todavía está por acabar.

Se trata de un gran edificio rectangular construido en paños de mampostería con encintados de ladrillo. La monumental fachada es toda de ese último material, con ornamentación de piedra caliza sobre basamento de piedra arenisca. El interior consta de un presbiterio recto y profundo entre dos sacristías, crucero que se cubre con cúpula con linterna y tres naves con bóvedas de lunetos.

Tanto las pechinas de la cúpula como las bóvedas del presbiterio, el crucero y la nave están decoradas con bellas pinturas murales, desarrollando el ciclo de las letanías de la Virgen. Mariano Ponzano pintó, hacia 1790, dos de las bóvedas del presbiterio: la Adoración del nombre de Dios y María Tota Pulcra.

Las otras seis letanías parecen ser obra del pintor valenciano Bernardo Costa: Regina Patriarcharum, Regina Apostolorum, Regina Prophetarum, Regina Martyrum, Regina Confesorum y Regina Virginum. Inspiradas en las composiciones que Ramón Bayeu realizó para el Pilar, el colorido resulta equilibrado y luminoso.

El templo cuenta con once retablos en total, todos de corte clasicista y realizados en madera pintada imitando mármoles y jaspes. Dos columnas soportan un entablamento con frontón recto, y en el centro se representa en relieve a los titulares de cada uno. El retablo mayor se dedica a la Asunción de la Virgen y parece obra de Carlos Salas. Por su parte, los dos púlpitos son de madera sobre esculturas de ángeles tenantes, también del mismo material imitando mármol. Tal vez fueran diseñados por Silvestre Pérez, arquitecto nacido en Épila.

De la iglesia antigua procede el sepulcro de don Lope Ximénez de Urrea, vizconde de Rueda y virrey de las Dos Sicilias. Era padre del primer conde de Épila, y murió en 1475. El sepulcro es de alabastro y, encima de la caja, que se levanta sobre cuatro leones, se representa al difunto con espada. A sus pies, un león con el blasón de los Urrea. La iglesia fue declarada Bien de Interés Cultural el 6 de noviembre de 2001.

Un recorrido por la población

Podemos dejar la plaza de la Iglesia y bajar por la calle Capitán Esponera, que en su primer número guarda el palacio de los condes de Montenegrón. Se trata de un armonioso edificio, con escudo de armas en la fachada. Por su parte, el palacio de los Felices se sitúa en la calle del mismo nombre y, aunque transformado al exterior, sobre la puerta campea el escudo de armas del linaje. En el interior se conservan además varios arcos decorados con motivos vegetales y una bella celosía de yeso.

En la antigua calle del Burgo, hoy Casamayor, se ha conservado, aunque remodelado y adaptado para Centro Social, el edificio de las Antiguas Escuelas, realizado según proyecto de Félix Navarro. Es una construcción de tres plantas, con columnas de hierro en el interior y gran fachada decorada en ladrillo resaltado formando paños de rombos. Tiene además un escudo de Épila (una pila de fuente), con la fecha de 1890.

La plaza de España parece haber sido plaza porticada en forma de rectángulo. Quedan algunos restos en los lados más largos del mismo; y una casa del XVII con arcos de medio punto, hoy inutilizados, y galería de arquillos doblados, frente al Ayuntamiento. La planta baja de dicha casa la ocupa actualmente un restaurante.

Además se mantienen en pie otros palacios y casonas, por ejemplo en las calles Silvestre Pérez, del Horno Nuevo, Campo del Toro, condesa de Montenegrón, etc.

Antiguos conventos y la ermita de Santa María Magdalena

En la plaza de Segontia hallamos la iglesia, con su espadaña, del antiguo convento de San José, de frailes capuchinos. Fue fundado por los quintos condes de Aranda, don Antonio Ximénez de Urrea y doña Luisa María de Padilla, y en su interior estuvo enterrado el cuarto conde de Aranda, don Luis Ximénez de Urrea. Tras la desamortización, el convento se convirtió en hospital y, en la actualidad, se utiliza como residencia de ancianos. El sepulcro se trasladó a Mareca.

El otro convento, el de San Sebastián, de frailes agustinos, estaba extramuros, junto a la actual calle de San Agustín. Lo fundaron en 1570 don Juan Ximénez de Urrea y doña Juana Enríquez, terceros condes de Aranda. Del antiguo edificio sólo se ha conservado un bajorrelieve en el que está representada la Virgen de la Consolación, en el acceso a la bodega de un restaurante actual.

No muy lejos, en dirección a Rueda de Jalón, puede verse, recién restaurada, la ermita de Santa María Magdalena. Es un edificio románico de principios del siglo XIII, construido con materiales pobres. Es uno de escasos restos románicos en la comarca de Valdejalón.

Camino de la estación

En el camino de la estación se encuentran dos monumentos dignos de reseña: la casona de los condes de la Viñaza, junto al río Jalón, y el puente Viejo. Este último podría tener origen romano, aunque las referencias al mismo son del siglo XIV. Tuvo su importancia en la batalla de Épila, cuando Lope de Luna lo tomara para enfrentarse a las tropas de la Unión, en 1348. Más tarde, en 1389, don Juan de Aragón concedía el derecho de pontazgo a Juan de Perellós.

Hay que pasar el puente camino de la estación, algo que hacen diariamente algunos vecinos de Épila. A continuación se encuentra la antigua Azucarera del Jalón, la cual funcionó desde 1904 hasta 1969, año en que se cerró definitivamente. Modelo de arquitectura industrial, de todo el complejo de la fábrica sólo quedan las cuatro enormes chimeneas, además de las viviendas para directivos y obreros, la fonda-casino y la iglesia- escuela. A su lado está la estación del ferrocarril.

Los restos de don Luis Ximénez de Urrea

Mareca era el nombre de un poblado medieval cristiano, cuyos habitantes tal vez aprovecharan una torre defensiva musulmana. Posteriormente, el núcleo fue habitado por los jesuitas. El X conde de Aranda lo utilizó como finca de recreo, colocando en él sus escudos de armas. Lo más interesante es la iglesia, con el magnífico sepulcro de don Luis Ximénez de Urrea, cuarto conde de Aranda

Don Luis, sospechoso de haber ayudado al Justicia en las lateraciones de Antonio Pérez, fue apresado y trasladado a la fortaleza de Coca, en Segovia, donde falleció el 4 de agosto de 1592 a consecuencia de un recio tabardillo. En 1602, los agustinos recuperaron sus restos y los trasladaron a la iglesia del convento de San Sebastián de Épila, donde permanecieron 23 años, hasta que don Antonio Ximénez de Urrea, quinto conde de Aranda e hijo de don Luis, consiguió los restos, que fueron depositados en la iglesia del convento de capuchinos en 1625.

El sepulcro es similar a los del convento de Concepcionistas, aunque con una inscripción muy larga en la que se lee: Aqvi iace el Illmo Sr Don Luis Ximenez de Vrrea conde de Aranda que mvrio a IIII de Agosto del año M D L XXXXII. Hizieronle este sepvlcro i convento dedicado al glorioso Patriarca St Joseph el año de M D C XX III a VIII de septiembre sv hijo el Illmo Don Antonio Ximenez de Vrrea y la Ilma Doña Lvisa Manrique de Padilla sv mvjer condesa de Aranda. Reinando en España Don Phelippe III de Aragón teniendo el Imperio de Alemania Ferdinando II y la silla pontifical Gregorio XV. Piden y rvegan por amor de Jesvchristo los dichos fvndadores a todos los religiosos que habitaren en esta Sta. Casa tengan continva memoria de svs almas y de las de svs padres y demas difvntos y mui particvlarmente de la que estvvo en el cverpo qve aqvi se les a entregado para qve en sv cvstodia dverma hasta el dia vltimo de la vniversal cventa rogando a Dios nvestro Sor y a la Sacratisima Virgen con sv Santo Esposo intercedan por el descanso dellos.

Imprenta y literatura

Se debe sin duda a los condes de Aranda la existencia en Épila de una imprenta durante el último tercio del siglo XVI, la cual contó con impresores tan conocidos como Tomás Porraslis y Juan Pérez de Valdivielso. Francisco M. López Serrano se ha encargado de destacar la importancia de la literatura en la villa, con escritores vinculados a la familia de los Urrea.

Es el caso de Pedro Manuel Ximénez de Urrea, señor de Trasmoz y autor de varias obras, entre ellas un cancionero publicado en Logroño en 1513. Otro autor, también del siglo XVI, fue Jerónimo Ximénez de Urrea, autor de una novela pastoril, inédita y perdida, que se titulaba La famosa Épila. Por último, fue doña Luisa de Padilla y Manrique autora de varias obras de carácter religioso y moral, entre las que cabe citar Nobleza virtuosa y Excelencias de la castidad, ésta dedicada a las religiosas del Convento de la Purísima Concepción.

El castillo

Desde la iglesia se accede con facilidad a la fortaleza, coronada con una gran cruz de hierro. Es un magnífico lugar para dominar toda la población, con sus colinas de cuevas, la vega, la azucarera, etc. Se mantienen algunos trozos de lienzo de muralla en la parte alta del cabezo del castillo, rodeados de cuevas. Otro resto es un cubo de piedra situado en la confluencia de la calle Entremuros con la calle Cuartel. La muralla protegió a la población hasta el año 1790.

El santuario de Rodanas

El santuario de Rodanas, a 15 kilómetros de Épila, consiste en un conjunto del que forman parte la iglesia, algunas casas y la hospedería. Al menos la cabecera de la iglesia es de principios del siglo XVI, aunque el conjunto ha sido objeto de reformas en el XVII y el XVIII. La imagen de la Virgen es una bella talla en alabastro, fechada en 1546.

Valdejalón, rincones para perderse

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