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Lunes 30 de junio de 2008. Núm. 230 
Ascenso a la cima Doyle’s Delight, el punto más alto de Belice
 
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En su búsqueda por ser el primero en subir las máximas elevaciones de Centroamérica, Christian Rodríguez dejó para el final la altura principal de Belice, la que requería más logística porque había que cruzar una selva poco transitada. Este es la narración de ese ascenso y de cómo se convirtió en el primero en pisar esas cumbres.

Christian Lauro Rodríguez Morales

El reciente 24 de junio del 2008, tuve la oportunidad de poner mis pies en el punto oficial más alto de Belice– DOYLE’S DELIGHT, después de una expedición de exploración de más de siete días en la casi inexplorada jungla beliceña. Hasta hace algunos años se consideraba a Pico Victoria como la montaña más alta, pero nadie se dio cuenta que escondida entre las montañas mayas se encuentra un sitio tan inaccesible que ni siquiera tuvo nombre hasta 1989. La bautizaron como Doyle’s Delight, en honor a Sir Arthur Conan Doyle, que con un helicóptero coronó esa cumbre por primera vez. La experiencia le sirvió como inspiración para escribir el libro “El mundo Perdido”.

Izquierda a derecha: Alfredo Sho, Erick Sho, Bruno Kuppinger, Douglas Leonardo, Emilino Cho y Christian Rodríguez

Hace muchos años tenía en mi mente subir las montañas más altas de Centroamérica y comencé a realizar mi sueño con muy pocos recursos económicos hace 2 años: el Tajumulco (4,220 metros) de Guatemala; el Chirripó (3,828) de Costa Rica; el Volcán Barú (3,475) de Panamá; el cerro Las Minas (2,849) de Honduras; El Pital (2,730) de El Salvador y el Mogotón (2,107) de Nicaragua. Hice cumbre en todas en el primer intento. Pero faltaba Belice que aunque tiene la montaña más pequeña de todas (1,174), exigía una expedición mucho mayor que subir todas las cumbres centroamericanas restantes a la vez.

No encontraba información por ningún lado, consulte con montañistas experimentados pero sólo conocían el Pico Victoria y ninguno el Doyle’s Delight. Ni siquiera la habían escuchado mencionar. Entre la información que hallé, unos biólogos lograron llegar a la cumbre en 11 días, y de ahí los recogió un helicóptero.

Cinco horas tomó atravesar el bosque de espinas, uno de los momentos más difíciles del viaje.

Así que —¡sí!— supe que era posible llegar a pie a Doyle’s Delight y definitivamente se podía hacer ida y vuelta de la misma manera. Evidentemente los biólogos se tomaron su tiempo haciendo sus estudios, seguramente una expedición hecha por montañistas sería posible en menos tiempo.

Seguí investigando, y al final encontré a Pavel, un ruso que se había propuesto subir esa montaña a como diera lugar. Había fallado en tres intentos anteriores, pero en su cuarto viaje se hizo acompañar por dos experimentadas personas mayas conocedoras de la selva. Hizo cumbre en siete días en viaje redondo. Compartimos información y comencé a trabajar en ello con meses de anticipación.

Yo solo no podría pagarme una expedición de ese tipo porque debía contratar porteadores, acompañantes mayas, licencias, pasajes marítimos y terrestres, comida… yo sólo tenía muchas ganas. Nadie quería acompañarme como para compartir gastos porque les parecía una cosa de locos. Ni a los experimentados montañistas le interesaba: buscaban subir o ya habían subido el Pico Victoria, mucho más conocido y a la larga más fácil. Seguramente tendrían mejor promoción con Pico Victoria.

Natural Arch, es un pasaje natural hacia el otro en una de las montañas mayas.

Doyle’s Delight seguía ahí sin rutas establecidas escondida tanto física como mentalmente para la mayoría de personas.

Finalmente se me unió otro montañista guatemalteco que ama la montaña tanto como yo. Douglas Leonardo. Juntos hemos ascendido innumerables volcanes en Guatemala y el Cotopaxi, en Ecuador. También se unió Bruno Kuppinger, de Alemania, quien desde Belice se encargaría de la mayoría de los trámites legales. Y para asegurarnos el éxito de la expedición tendríamos que hacernos acompañar de los experimentados Emilino Cho, Alfredo Sho y su hijo Erick Sho. La caminata cubriría un total de más de 84 kilómetros, ida y vuelta, y utilizaríamos lo más básico para sobrevivir: abrigo, fuego, comida y agua.

El viaje inició desde la ciudad de Guatemala en bus hacia Puerto Barrios, luego en bote hacia Punta Gorda en Belice; ahí nos reunimos con Bruno y nos dirigimos a la comunidad maya San José. Esta comunidad maya es muy parecida a las regiones indígenas de Guatemala, tanto la manera en que construyen sus casas, como su estilo de vida y sus lenguas mayas. Con la diferencia que no hablan español. Aparte del mopal o kekchí hablan únicamente el inglés.

Campamento de hamacas en el tercer día de expedición.

Sin tantos protocolos ya estamos sumergidos entre la vegetación de la selva beliceña. Llegamos al sitio de nuestro primer campamento después de tres horas por un estrecho camino de terracería. Repartimos nuestras cargas, que no eran tan pesadas en realidad. Queríamos cargar lo menos posible ya que las llevaríamos a la espalda durante todo el trayecto entre 8 y 10 horas diarias. No llevábamos carpas porque en su lugar utilizaríamos hamacas y toldos y llevábamos la ropa indispensable: 2 camisas, 2 pantalones, 2 pares de calcetines. Un juego lo usaríamos para caminar los 6 ó 7 días y el otro juego lo mantendríamos seco para dormir. La comida era sencilla: sopas, avena, café, azúcar y leche en polvo. El agua no era problema, nos iríamos reabasteciendo en los innumerables ríos que tendríamos que atravesar.

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