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REPORTAJE ESPECIAL

La tragedia de las madres de Soacha desata escándalo de los falsos positivos

 
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Madre de Julián Oviedo, un joven de 19 años, ayudante de construcción de Soacha, población al sur de Bogotá que fue ejecutado y apareció a 300 kilómetros de la capital, reportado como guerrillero muerto en combate. Desapareció el 2 de marzo de 2008.
Madre de Julián Oviedo, un joven de 19 años, ayudante de construcción de Soacha, población al sur de Bogotá que fue ejecutado y apareció a 300 kilómetros de la capital, reportado como guerrillero muerto en combate. Desapareció el 2 de marzo de 2008.

SOACHA, Colombia

Ese día por la tarde Monroy sintió la corazonada de que algo terrible le había ocurrido a su hijo.

"Cuando estaba haciendo la comida como a las 6 de la tarde, sentí, no sé si fue sugestión, pero oi la voz de él que me llamaba: ‘Mamá’. Yo salí corriendo a la ventana a mirar si estaba afuera en la calle, y me entré llorando y diciendo: ‘¿Qué le pasaría a mi hijo, qué le pasaría?"

Entre las madres desesperadas de Soacha fue corriendo la voz de la desaparición de sus hijos hasta que llegó a oídos del personero Fernando Escobar, una especie de ombudsman de la comunidad. Escobar se dedicó a apoyar los esfuerzos en la denuncia de los hechos. También convenció a los familiares para que dieran a conocer su tragedia.

Escobar ha sido objeto de varias amenazas contra su vida, lo cual lo ha obligado a desplazarse con escoltas y automóvil blindado por la ciudad.

Poco a poco la realidad salió a flote. La mayoría de los jóvenes habían sido llevados a Santander y a Norte de Santander con la promesa de un empleo.

A los reclamos de la madres de Soacha se unió Analía Páez, residente del barrio Kennedy, de Bogotá. Su hijo, Eduardo Garzón, de 32 años, desapareció también la primera semana de marzo del 2008 y luego fue encontrado en el cementerio de Cimitarra, Santander, sepultado sin nombre con un uniforme de guerrillero.

Garzón estudió 12 años en la Academia Militar Superior y luego se especializó en hotelería y turismo. Administraba con su madre un casino que funcionaba en las instalaciones de la Policía de Tránsito y Transporte de Bogotá. Tenía tres hijos.

Un año y medio después de su muerte, su madre asistió a la audiencia en Cimitarra en la que fueron acusados cinco soldados y dos oficiales del ejército.

La mujer fue retirada de la audiencia por un ataque de nervios que sufrió al ver a los acusados.

"Yo quería matarlos, se lo juro, acabaron con Eduardo, destruyeron a mi otro hijo de 15 años, porque Eduardo fue como un papá para él, ahora lo echaron del colegio porque se volvió agresivo. Está mal. El dice que no quiere vivir más'', explicó llorando Páez.

"Mi casa es un luto, ya no es una casa. ¿Por qué acabar con una vida que era el amor de nosotros?", agregó. "Era el que me colaboraba. Yo trabajé en Estados Unidos 11 años y todo lo que mandaba fue para sus colegios, pensando que la Virgen me lo iba a cuidar''.

En la audiencia surgieron algunos detalles de cómo se llevó a cabo la operación. Un testigo de la fiscalía señaló que los militares lo obligaron a firmar un recibo de $700 por haber entregado información relacionada con un supuesto secuestro de un ganadero que Garzón y otro civil inocente estaban preparando. Pero el testigo, que no recibió el dinero, no conocía a ninguno de los dos y, aunque firmó el documento por temor, se presentó a la fiscalía y acusó a los militares.

Después de seis meses de búsqueda, Monroy acudió a Medicina Legal en Bogotá y allí reconoció en una fotografía enviada desde la morgue de Bucaramanga, al nororiente de Colombia, los trazos del tatuaje del signo zodíacal de Libra que su hijo tenía en el brazo izquierdo.

Los funcionarios le entregaron un documento que lo identificaba como combatiente de la guerrilla.

"Antes de saber lo que ocurrió, yo peleaba contra él: ‘Julián, ¿por qué se tuvo que haber ido?' Pero jamás se me pasó por la mente que a mi hijo lo había matado el ejército, y mucho menos como lo encochinaron [difamaron] diciendo que era guerrillero’’, dijo Monroy.

"El salió de aquí a las 7 de la noche'', dijo, "y al día siguiente estaban recogiendo su cuerpecito’’.

El Nuevo Herald

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