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El País de las Montañas

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Chile, país de montañas. Quizás ésta sea una de las frases que mejor nos describa. Y cómo no, si prácticamente no existen lugares en nuestro territorio desde donde no veamos algún monte, o dibujo de niño chileno sin la cordillera como parte del paisaje.

Cerca del 80% de nuestro territorio está compuesto por zonas montañosas, impresionante cifra si se considera que sólo el 20% de la superficie terrestre corresponde a montañas, pero comprensible si se piensa que, además de cordones transversales y pequeños sistemas cordilleranos, existen dos grandes cordilleras que recorren el país de Norte a Sur: la de la Costa, la más antigua, extendida a lo largo de 3000 kilómetros, que se presenta hoy como una sucesión de lomajes redondeados por la erosión, sorprendiendo cada ciertos tramos con uno que otro monte o macizo escarpado que puede llegar hasta los 3000 m. Y la de Los Andes, mítico símbolo de pueblos latinoamericanos, y soberbia presencia que recorre la impresionante longitud de 10000 kilómetros, desde el Mar del Caribe hasta el Cabo de Hornos. De éstos, aproximadamente 4200 kilómetros se sitúan en Chile, luciendo diversas formas y ostentando edades, climas y ecosistemas diferentes a lo largo de su extensión. En esta cordillera destacan altitudes que superan los 6000 m y se asientan más de 2000 volcanes, de los cuales cerca de 60 se encuentran activos.

Pero ¿cuál es la magia que encierran las montañas? ¿Es sólo el desafío de las grandes cimas lo que ha atraído y encantado la mirada de tantos? Si bien para muchos esto puede ser cierto, para otros la respuesta es un rotundo no, ya que saben que el goce de escalarlas se triplica cuando se las conoce más profundamente.

Mucho más que macizos de roca, hielo y tierra, las montañas son fuentes de vida. No por nada la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el año 2002 como Año Internacional de las Montañas, reconociéndolas como “ecosistemas frágiles, mundialmente importantes como depósitos de agua, áreas de diversidad biológica y de recreación, y centros de integridad y patrimonio cultural”. Y la verdad es que más allá de representar un sustento clave para la vida de al menos la mitad de la población humana de la Tierra, las montañas son fascinantes.

Observar detenidamente sus líneas, colores, formas rocosas y secretos fosilizados ya es un indicio para imaginar cómo comenzó su historia hace millones de años, historia que en el caso de Los Andes parte bajo el mar. Lo que hoy es nuestra gran cordillera alguna vez fue una enorme depresión en el fondo marino, que recibía a diario el aporte de sedimentos.

Fueron los largos procesos de deslizamiento de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana, con presiones y movimientos tectónicos que lograban el plegamiento de la superficie, sumados a períodos concentrados de fuertes procesos orogénicos o de formación de montañas, los que alzaron este fondo rebasando el nivel de las aguas. El mayor levantamiento se habría producido hace alrededor de 20 millones de años, especialmente en la parte Norte de nuestro país, y han sido los temblores, el volcanismo, el viento, el agua y la oscilación térmica los que han ontinuado esculpiendo nuestros macizos. A estos fenómenos hay que añadir otros procesos que contribuyeron poderosamente a la forma que actualmente lucen nuestras montañas: las grandes glaciaciones, que socavaron superficies, rediseñaron el paisaje y desplazaron flora y fauna, y la gran secuencia de erupciones volcánicas ocurridas hace 12000 años, erupciones que arrojaron enormes cantidades de cenizas, cubriendo Los Andes desde su base.

¿Cómo no maravillarse entonces cuando en plena cordillera nos encontramos con rastros de lo que fue una rica vida marina hace millones de años? ¿O con líneas y figuras en paredes rocosas que invitan a imaginar cómo fueron los procesos de plegamiento?

Y lo fascinante continúa. Cada montaña que se alza sobre la Tierra acoge un intrincado mosaico de climas, hábitat, adaptaciones perfectas y luchas por la subsistencia. Prácticamente ningún metro cuadrado en una montaña es exactamente igual a otro porque varían la pendiente, la orientación, el relieve, la radiación, la presión atmosférica, la temperatura.

El descenso en la temperatura que se experimenta al ascender 100 m (0,5º C en promedio) equivale a acercarse 150 kilómetros en línea recta al polo más cercano. No es menor. A estos factores se suma la constante y frontal exposición de las montañas a la erosión. Con estos antecedentes, nos damos cuenta de que aquellos que logran hacer de las montañas su hogar, son verdaderos triunfadores. Las especies que habitan sistemas montañosos presentan por lo general un alto nivel de adaptación exclusiva al ambiente logrando sobrevivir contra todo pronóstico, generando ecosistemas de una riqueza única en el planeta.

Si bien sobre los 6000 m desaparece la vida, el tipo de vida que se puede encontrar a lo largo de las 38 grandes alturas andinas a las que se refiere este libro están abarcadas por dos de las ecorregiones descritas por Quintanilla (unidades biogeográficas que poseen ciertas características climáticas y biológicas). La ecorregión Altiplánica Andina es una de ellas.

Por sobre los 3500 m y extendida desde la Región de Tarapacá hasta el Salar de Maricunga en la Región de Atacama, esta ecorregión aloja formaciones vegetacionales compuestas por varias especies conocidas como Tolar (arbustos), Pradera Andina Perenne (arbustos enanos y pajonales) y Bofedal (cojines verdes de hierbas enanas en zonas húmedas). Son plantas perfectamente adaptadas al clima de la puna que presenta grandes diferencias de temperatura entre el día y la noche, períodos muy secos, y fuertes lluvias y nevazones en los meses de verano durante el denominado Invierno Altiplánico, especies que permiten la subsistencia de animales también altamente adaptados a estas condiciones. Los anfibios que viven aquí tienen pieles muy resistentes que impiden la deshidratación, o prácticamente habitan todo el tiempo bajo el agua; mientras que los escasos reptiles que se pueden encontrar estarán exclusivamente en las laderas más soleadas, ya que esto junto a otras adaptaciones les permite liberarse del sopor y la torpeza que les causa el frío. Para las aves tal vez el mayor problema no sean el frío y la sequedad, sino la falta de lugares apropiados para anidar. ¿Cómo lo resolvieron? Adaptándose magistralmente al suelo y a las rocas, o simplemente migrando. Los mamíferos, en tanto, sortean el frío con un pelaje exquisitamente térmico. Dentro de los fascinantes animales que se pueden observar en estos parajes están el Flamenco Chileno (Phoenicopterus chilensis), la Chinchilla de Cola Corta (Abrocoma cinerea), el Lauchón de la Puna (Phyllotis arenarius), la Llama (Lama glama), la Alpaca (Lama pacos), el Puma (Felis concolor) y el Gato Montés Andino (Felis jacobita).

La segunda ecorregión es la llamada Altoandina, característica de las altas montañas de nuestros Andes, que agrupa los tipos vegetacionales y comunidades de especies que viven por sobre los 4500 m. Siendo las condiciones reinantes de gran adversidad, como temperaturas promedio de 0ºC, baja concentración de oxígeno, precipitaciones en forma de nieve o granizo (lo que para las plantas significa escasez de agua) y alta exposición al viento, son verdaderamente admirables las especies que habitan estos espacios. El tipo de vegetación es mayoritariamente pajonal y sobre alguno que otro suelo húmedo aún es posible ver algunos bofedales. Pero existen dos especies que destacan por su impresionante adaptación: la Llareta (Azorella compacta) y la Queñoa (Polylepis tarapacana). La llareta es una planta tan compacta que semeja una roca verde; su lento crecimiento forma cóncavas protuberancias con pequeñas hojas resinosas muy duras, que impiden al máximo la pérdida de agua y le permiten adaptarse totalmente a la sequedad del ambiente. La queñoa, por otra parte, es un árbol retorcido que puede alcanzar una altura de hasta tres metros y es inconfundible por su ramificación fuerte y apretada, por sus hojas cubiertas de resina y por tener una capa serosa, densa y amarillenta, de pelos en el revés. Es uno de los árboles que crece a mayor altitud en el mundo, pudiéndosele encontrar en bosquetes de quebradas hasta los 4700 m. Si bien la queñoa está presente principalmente en Los Andes de la Primera y Segunda Región, mientras que la llareta llega hasta Los Andes Centrales, ambas se encuentran con problemas de conservación debido al alto uso que se les ha dado como combustible.

La fauna altoandina es menos diversa que la altiplánicoandina, pero es igualmente rica en endemismo. De los mamíferos, el Guanaco (Lama guanicoe) es uno de los pocos que vive en estas altitudes, acompañado por el Zorro Andino (Dusicyon culpaeus). Entre las aves, además del simbólico Cóndor (Vultur griphus) es posible tener la compañía del pequeño Jilguero Cordillerano (Spinus atratus), el Pato Juarjual Cordillerano (Lophonetta specularioides) y el Aguilucho Cordillerano (Buteo poecilochrous).

Si a todo esto sumamos el hecho de que las montañas y la vida que ellas cobijan son nuestras fuentes y reservas de agua dulce, escenarios de procesos vitales para nuestra subsistencia, agentes de gran influencia sobre el clima y fuente de inspiración para culturas e historias de pueblos, se hace fácil entender por qué hay tantos que se fascinan y movilizan por ellas. Por qué hubo tantos que las veneraron y por qué habemos actualmente tantos que luchamos por su protección, por qué hay tanta magia en explorarlas y escalarlas, y por qué habemos tantos que las consideramos verdaderas obras de arte exquisita y perfectamente esculpidas.

Ojalá cada día seamos más.
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